HRH,1-Vencida
Capítulo 15
«Hablo por mí y digo que soy de la opinión de que las mujeres no tienen la voz que deberían
tener a la hora de elegir a los representantes de este reino; pero les advierto que no hay nada que
divida más a los partidos en estos momentos, y ni siquiera estoy seguro de estar expresando el sentir
de la mayoría de miembros de mi propio partido.»
ROBERT GASCOYNECECIL, marqués de Salisbury,
Discurso para la Primrose League, 1896
Para Callie, el encuentro con lord Salisbury había sido el motivo de que pasara
muchas noches sin dormir. Ahora que el día de la reunión había llegado, estaba encantada
de pensar que pronto dejaría el asunto resuelto. Mientras seguía a la secretaria de
Salisbury por la gran escalinata del Foreign Office y luego a la izquierda para bajar de
nuevo hacia el corredor del primer piso, con su techo en forma de bóveda de cañón y las
paredes pintadas con estarcido, iba pensando en lo que Teddy la había confesado la noche
anterior. Al principio se había enfadado por mentir acerca de su relación, pero la ira había
dado paso a la calma, especialmente cuando él le había confesado entre lágrimas que, al
igual que su ídolo, Oscar Wilde, era culpable de un tipo de amor que «no se puede
nombrar». Había luchado contra su verdadera inclinación durante toda su vida, y en su
desesperación había pensado que casarse con una mujer que era también una amiga muy
querida podría curarle. Cuando miraba atrás, sospechaba que siempre había sabido que su
afecto no iba más allá de una mera amistad, y, desde luego, había sido un buen amigo para
ella en muchos sentidos. Aunque tenía muchas ganas de salir a la calle e ir en busca de
Hadrian para aclarar el malentendido, no podía dejar a Teddy en aquel estado. Ambos
estuvieron charlando hasta tarde aquella noche y, por segunda vez, se saltó la cena. Si
seguía así, pronto parecería una sílfide.
A pesar de lo poco que había dormido y comido últimamente, y de que sentía algún
que otro pinchazo en el estómago, se sentía tranquila de camino al despacho del primer
ministro. Mientras escuchaba sus propias pisadas sobre el suelo de mármol, se había dado
cuenta de que eso le daba paz. La respuesta a aquella tranquilidad venía de una sola
persona, Hadrian. Antes de que él llegara, la causa sufragista le había servido para darle
un sentido a su vida; había comido, bebido y dormido solo para la causa.
Sin embargo, en el corto plazo de tres semanas, todo había cambiado. Tener algo, o
alguien, en su vida que no tenía nada que ver con la política le había proporcionado una
nueva perspectiva, un equilibrio, que solo al mirar atrás se daba cuenta ahora de que le
había faltado durante los últimos diez años, o quizá durante toda su vida adulta. Gracias a
Hadrian, había descubierto que en la vida había algo más que la lógica.
Aunque seguía
totalmente comprometida con la causa y pensaba esforzarse para convencer a Salisbury y
que la apoyara, si la reunión de hoy no salía bien, si no lograba su objetivo, por lo menos
tanto ella como otras delegadas habrían hecho todo lo que estaba en sus manos. Y podrían
sentirse orgullosas.
La llamada de la secretaria en la puerta anticipó la voz que las invitaba a entrar.
Callie contuvo el aliento. A pesar de su interés por la política exterior, por las posesiones
británicas en África, Salisbury había roto la tradición de gobernar desde el 10 de Downing
Street y lo hacía desde el Foreign Office. Así las cosas, algunas de sus palabras más
recientes podían ser consideradas como de apoyo, aunque leve, a la causa del sufragio
femenino. Pero, después de todo, aquel hombre seguía siendo un político.
La puerta se abrió y dio paso a una estancia de techos altos decorados en color verde
oliva, con remates rojos y dorados.
Lord Salisbury se levantó de detrás de un escritorio de caoba. Era un hombre de
mediana edad, con la cara enmarcada por un puñado de cabellos blancos que recordaron a
Callie la tonsura de un monje, y llevaba la barba canosa recortada. Aquellos ojos
profundos que la contemplaban no le parecieron poco amigables, aunque sí cansados. Era
normal, pues aparte de su labor como primer ministro se ocupaba personalmente de la
cartera de Exteriores, con lo que tenía doble trabajo. Tenía los hombros un poco cargados y
era de complexión fuerte, a pesar de lo cual su figura resultaba imponente cuando se
trasladó a la parte delantera de su escritorio y se acercó a saludarla, indicándole que se
sentara en alguna de las sillas de piel.
—Por favor, siéntese, señorita Rivers. Mi estimado colega, lord Stonevale, me ha
hablado muy bien de usted. Después de todo lo que me han contado sobre su labor, estoy
encantado de conocerla al fin.
Callie tomó asiento e inclinó ligeramente la cabeza para agradecer el cumplido.
—Ha sido usted muy amable, milord, al aceptar recibirme.
El hombre hizo un movimiento con la mano, como para quitarle importancia al
hecho de haber aceptado la reunión.
—Aun así, entenderá lo difícil de mi posición, señorita Rivers. Como primer ministro
no puedo arriesgar la mayoría parlamentaria de mi partido por una causa que, como usted
sabe muy bien, algunas mujeres británicas no apoyan.
Durante los últimos diez años de lucha en la arena política, Callie había aprendido
que había un tiempo para sonreír y asentir y un tiempo para ser audaz. Esta ocasión era
del segundo tipo, había que actuar.
—Con el debido respeto, milord —empezó a decir, no sin antes respirar hondo—,
creo que la principal obligación del gobierno es salvaguardar los derechos de todos sus
súbditos, sin importar sus ideas políticas, su sexo... o sus circunstancias —
añadió,
pensando esta vez en mujeres como Iris Brown, para quienes su sexo era un obstáculo más
que superar en su lucha por una vida mejor para sus hijos y para ellas.
Salisbury asintió.
—No obstante, siguen llegando a mis oídos informaciones que hablan de mujeres
que hacen huelga de hambre, destrozan los escaparates de algunos comercios o incluso
llegan a encadenarse en los barrotes de las vallas y, para que se marchen, la policía se ve
obligada a utilizar sierras para cortar las cadenas. Este gobierno no puede apoyar la
violencia, señorita Rivers. No podemos y no lo haremos, y no importa lo buena que sea la
causa.
Además de ocuparse de la cartera de Asuntos Exteriores, Salisbury se había distinguido por lograr la unidad de las diversas facciones de los conservadores.
Independientemente de la simpatía que pudiera despertar en él la causa sufragista, no
estaba dispuesto a hacer nada que pudiera poner en peligro aquella unidad que tanto le
había costado conseguir.
Estaba haciendo alusión a Emmeline Pankhurst, que junto a su marido, Richard,
había fundado la Liga de Mujeres por el Sufragio un año antes. Con base en Manchester, la
Liga salía a menudo en grandes titulares en las columnas de la prensa sensacionalista.
A sabiendas de que su respuesta podría determinar el resultado de aquella reunión,
Callie tuvo mucho cuidado a la hora de contestar.
—En todo movimiento siempre pueden encontrarse extremistas, como bien sabe,
milord, y, por desgracia, el que apoya el sufragio femenino no es una excepción. Dicho
esto, permítame que le asegure que la violencia, tenga la forma que tenga, nunca ha estado
ni estará presente entre las líderes de nuestra organización —dijo recordando que, justo el
día antes, había afirmado lo mismo en casa de los Stonevale, y, desde luego, pensaba
cumplirlo.
Salisbury empezó a golpetear con sus dedos, fuertes, cortos y regordetes, sobre la
pulcrísima superficie de su escritorio.
—Como estoy seguro que ya sabrá, existe una preocupación considerable entre mis
colegas, tanto liberales como conservadores, de que permitir el voto a las mujeres haga
que las votantes superen en número a los votantes. Por eso tengo que decirle que si el
proyecto de ley actual fuera modificado, de modo que se diera derecho al voto a las
mujeres de mayor edad, con propiedades, ya fueran suyas o recibidas de sus maridos,
incrementaría las posibilidades de que fuera aprobado por la cámara —dijo levantando
una de sus pobladas cejas y mirando a Callie, a la espera de su respuesta.
Ella no sabía qué decir. Unir el derecho al voto a la condición de propietaria siempre
había sido un asunto complicado, algo sobre lo que no todas las organizaciones de la
Unión Nacional de Sociedades para el Sufragio Femenino estaban de acuerdo. Aunque ella
siempre había creído en el sufragio universal para ambos sexos, hasta hacía unas semanas
había aceptado lo que dice el refrán, que es mejor algo que nada.
Sin embargo, al pensar de nuevo en Iris Brown y sus compañeras de la fábrica de
cerillas su punto de vista había cambiado. ¿Es que acaso Iris tenía menos derecho a
expresar sus opiniones políticas que ella misma, simplemente porque no poseía nada más
que las ropas que llevaba? ¿Y qué pasaría con la hija de Iris, June? ¿Qué posibilidades
tendría aquella niña y muchas otras como ella de tener un futuro mejor, privadas de voz y
voto? ¿Podía trabajar únicamente para lograr el derecho al voto para las más privilegiadas
mientras se consignaba a las más pobres a una vida de esclavitud?
—En conciencia, no puedo compartir esa postura —dijo, después de pensarlo
durante unos instantes—. Hasta que el derecho al voto de la mujer no esté a la misma
altura que el del hombre, no habrá justicia, solo diversos grados de tiranía.
—Es usted muy sincera, señorita Rivers, una cualidad estimable que pocos líderes
demuestran tener en nuestros días. Si es capaz de reunir los apoyos necesarios para que su
proyecto de ley llegue a votarse en la cámara, le prometo que, por lo menos, no haré nada
en su contra.
* * * * *
Aquella tarde, Hadrian cerró la puerta del cuarto oscuro donde había dejado laúltimas fotografías de Callie secándose tendidas en una cuerda. Ahora que había bajado la
guardia, Callie se mostraba encantadora y deslumbrante. Ahí estaba ella, con los ojos
brillantes y la barbilla levantada, orgullosa, aquel primer día en que él la había provocado
con sus palabras; o esa otra en que se la veía sola en el parque, de perfil, con los ojos llenos
de melancolía al contemplar a unos niños jugando a la pelota. Estaba maravillado porque
lo que había empezado como una artimaña para hundirla había terminado siendo un
estudio fotográfico de primera, un material que bien podría emplearse para realizar una
exposición. Pero las que más le gustaban eran los centenares de imágenes que se habían
quedado grabadas en su mente, que solo estaban ahí: Callie, valiente y hermosa, de pie
sobre aquella caja de madera frente a las puertas de la fábrica de cerillas, Callie corriendo
junto a él en busca de un refugio por las calles del East End, y la última, aunque no por
ello la menos importante: Callie con la cabeza apoyada en la almohada, mirándolo con los
ojos muy abiertos, maravillada después de llegar al clímax.
Se quitó el mandil y miró hacia las escaleras que subían al piso de arriba, donde
estaba su casa. Tenía que asearse e ir a casa de la tía de ella. Cuando llegara, ella ya estaría
en casa o de camino a ella. No iba a posponer más lo inevitable. Tenía que contárselo. Con
Dandridge se había tirado un farol, pues en realidad no tenía pruebas de sus fechorías
pasadas. Y después de la última noche, y a pesar de lo que había disfrutado humillando a
aquel hombre, sabía muy bien que el parlamentario no se detendría hasta hundirlo
completamente. Más pronto que tarde, Callie sabría, al igual que todo Londres, la historia
de su sórdido pasado, quién y qué era en realidad. Lo mejor que podía hacer para
redimirse de sus pecados, pasados y presentes, era contarle la verdad antes de que ella se
enterase por otros.
Habría salido en su busca mucho antes, pero recordaba que hoy tenía la reunión con
el primer ministro, la culminación de muchos sacrificios y de años de duro trabajo. No
quería ponerla de mal humor antes de esa reunión contándole que se había puesto de
acuerdo con Dandridge para engañarla y destrozar su reputación, lo que, a buen seguro,
habría sucedido de haberlo hecho. Cuando le hubiera contado la verdad, se despediría de
ella y saldría de su vida para siempre. Seguramente entonces estaría encantada de
perderle de vista, y más ahora que ella estaba a punto de casarse con otro hombre.
Sin embargo, esos ojos tan conmovedores le perseguirían en sueños durante mucho
tiempo, quizá por siempre, porque... En fin, porque estaba enamorado de ella.
Irónicamente, el encuentro con su novio había sido lo que le había llevado a aceptar
sus propios sentimientos. Lo habitual en él era no hablar de absolutos, ni morales ni de
ningún otro tipo. Decir «te quiero» era una locura, simple y llanamente; y añadir a eso un
«para siempre», le habría llevado a pensar que no se merecía otra cosa que ir al infierno.
Pero... eso era lo que creía antes. La había perdido, y aun así no podía evitar sentir lo que
sentía, de la misma forma que debía aceptar el color que tenía de ojos o la anchura de sus
hombros.
La cola de Dinah restregándose contra sus pantalones le hizo mirar hacia abajo. La
gata le seguía por la habitación. Los ojos verdes del animal enfocaron a los suyos y abrió la
boca para maullar, lo que le recordó que, a pesar de que su vida se estaba derrumbando,
todavía había que cenar. Se agachó para acariciarla por debajo del morro.
—Está bien, Dinah, ¿qué te parecería vivir en París? O en Venecia... ¿Te gustaría?
Desde lo alto de las escaleras oyó una voz de mujer.
—Pues yo prefiero Londres, la verdad.
¿Callie? Con el corazón latiéndole a toda prisa subió escaleras arriba, saltando los
peldaños de dos en dos hasta la puerta de su casa. Entró y vio que el lugar estaba
iluminado por la suave luz de un candelabro.
Ataviada con un salto de cama de seda, con el cabello suelto cayéndole por encima
de los hombros, Callie salió de entre las sombras.
—No estarás planeando irte de vacaciones dentro de poco, ¿verdad, señor St. Claire?
El corazón de él casi deja de latir en aquel instante, pero al contemplar su sonrisa
volvió a ponerse en marcha. Todavía no había descubierto la realidad, pues, si lo hubiera
hecho, no habría venido así.
Ella recorrió la distancia que los separaba y le rodeó el cuello con los brazos, tirando
de él para darle un beso apasionado que hizo que aquella habitación diera vueltas a su
alrededor.
—¿Hay alguna posibilidad de que pueda tentarte para que vengas a un picnic en
casa, señor St. Claire? —le susurró con los labios pegados a los suyos.
Él miró por encima del hombro de ella y vio una botella de champán entre cubitos de
hielo y un juego de cestos de mimbre en la mesa, con velas y todo lo necesario para hacer
de aquella una velada íntima.
Oh, ya lo creo que había posibilidades de que lo tentara, y de muchas más maneras
de las que le gustaba admitir. Ya se había excitado y, por lo cerca que estaba de él, seguro
que ella podía notarlo. Sin embargo, al recordar la sonrisa satisfecha de Teddy se apartó de
ella.
—Eso dependerá de lo que diría tu novio si supiera que estás aquí... —le dijo.
Él esperaba sorprenderla con aquellas palabras y, en cambio, lo único que logró fue
que Callie le sonriese con dulzura y asintiera con la cabeza.
—Como no tengo ningún novio, solo un amigo muy querido, aunque bastante
desesperado, me interesa mucho más lo que tú tengas que decir —repuso ella, mientras le
acariciaba los brazos y subía las manos hasta posarlas sobre sus bíceps.
Callie le explicó brevemente lo que había sucedido con la treta de su amigo.
Hadrian
se sintió incómodo al pensar que se había dejado engañar con tanta facilidad y que
enseguida había pensado lo peor de ella cuando, en realidad, estaba siendo él quien
mentía, así que solo pudo asentir con la cabeza.
—Soy un perfecto idiota. Debería haberme dado cuenta.
—¿Te pusiste muy celoso? —le preguntó Callie, levantando la cabeza para mirarlo
con ojos oscuros y seductores.
—Muchísimo.
Aunque se había prometido al entrar en la habitación y verla que se mantendría
fuerte y no sucumbiría a sus encantos, era un hombre y no podía resistirse.
La acercó más
hacia sí y deslizó las manos por la suave seda que la cubría hasta la cintura.
Abrazándola
todavía con más fuerza, su erección presionaba contra el ombligo de ella.
—Si fuera mejor persona no estaría encantado con esto, pero lo estoy. Y
mucho.
Ella lo abrazó por la cintura. Ya no sentía los reparos de noches anteriores, así que
deslizó sus ansiosos dedos hasta su camisa y empezó a desabrochársela.
—Callie, espera —le dijo él, sujetándola por las muñecas y colocándole las manos a
los lados. Entonces la liberó y la miró a los ojos para añadir—: ¿Recuerdas la otra noche,
cuando te conté que al regresar a Londres me cambié de nombre?
—Sí —contestó ella, asintiendo con la cabeza mientras seguía desabrochándole los
botones de la camisa y contemplando el torso masculino que se abría ante ella.
—Callie, espera. Nunca he encontrado la ocasión de contarte por qué lo hice.
—No me importa. Eso forma parte del pasado. No tienes que darme explicaciones —
dijo Callie, acompañando cada frase con un asentimiento de cabeza y haciéndole pensar
que no sabía cuál de ellos dos era más difícil de convencer.
—Pero sí que importa, Callie. Pensé que cambiarme el nombre me permitiría
empezar otra vez, tener una nueva vida.
Cuando se disponía a seguir hablando, ella terminó de desabotonarle la camisa y le
lamió los pezones.
—Hummm... —murmuró contra aquella carne sensible.
Hacer lo que debía, ser noble, en aquella situación, con aquellos labios rozándole la
piel, con aquella lengua que lo lamía, se le hacía demasiado difícil.
Callie apartó la boca de él para mirarlo y sonreír, con la barbilla apoyada en su
pecho.
—Ya tendremos tiempo después para hablar. De momento, llévame a la cama o,
mejor aún...
Ella lo cubría de besos por todas partes: en la boca, en la mandíbula, en el cuello...
mientras él iba retrocediendo por la habitación hasta que topó con una pared. Callie
deslizó una mano entre ambos y empezó a desabrocharle los botones de la bragueta. Sin
necesidad de mirar hacia abajo, Hadrian sabía que su erección apretaba contra aquellos
botones hasta el punto de casi hacerlos saltar. Antes de que eso sucediera, ella ya los había
desabrochado y rodeaba su miembro con su mano.
—Eres hermoso, en esta parte de tu cuerpo y en todo lo demás —le susurró, levantando la cara para besarle mientras le acariciaba la punta humedecida con el
pulgar—. ¿Te gusta así?
—Sí, sí —dijo él, reprimiendo un gruñido.
—Entonces, ¿lo estoy haciendo bien? —preguntó ella, mirándolo de nuevo con
aquella sonrisa pícara que le dejaba claro que sabía muy bien lo que estaba haciendo con
él.
—Sí, pero la palabra «bien» no es la que me viene a la cabeza ahora mismo.
Yo diría
mejor «exquisitamente», pero si sigues así creo que no tardaré mucho en perder el
control—le dijo, entre gemidos de éxtasis y casi riéndose.
—De eso se trata, ¿no es así?
—Todavía no. No si antes quiero darte placer a ti también.
—Pero ya lo haces. Me da placer mirarte, tocarte como lo estoy haciendo.
No he
podido pensar en otra cosa desde ayer. Casi no podía concentrarme en lo que Salisbury me
decía, solo podía pensar en que, en cuanto terminara, vendría aquí y podría estar contigo.
Ella lo soltó, aunque solo durante unos segundos. Los necesarios para agacharse.
Hadrian contuvo el aliento mientras ella introducía su pene en la cálida humedad de su
boca.
Al mirar hacia abajo y verla, con su cabello echado a un lado dejando visible el arco
que forman la mandíbula y la garganta, pensó que se correría de inmediato.
—Callie, no tienes que hacerlo.
Ella se detuvo para levantar la vista y mirarlo con los ojos casi cerrados, llena de
sensualidad.
—Ya sé que no tengo que hacerlo, pero quiero hacerlo. ¿Es que te cuesta tanto
creerlo?
Él quiso responder, sin embargo los labios le resbalaban y no sabía qué decir, si sí o si
no.
—Hummm..., sabes muy bien, delicioso —le dijo Callie cerrando los ojos.
Al principio lo hacía con algo de torpeza, pensando en sus modales, a su manera.
Aparte de animarla un par de veces, Hadrian se negó a decirle lo que tenía que hacer. En
lugar de eso, apretó la espalda contra la pared y le sujetó los cabellos para que no le
cayeran en los ojos. Entre los gemidos de placer y dolor, se puso a pesar que aunque ya
antes había practicado aquel tipo de sexo, al verlo en retrospectiva se sorprendía, pues
nunca antes se había preocupado de ayudar a su compañera y sujetarle el pelo para que no
le cayera en la cara. Ahora, la hermosa mujer que estaba a sus pies no era una cualquiera.
Era Callie, su corazón. La mujer a la que amaba.
Cerca del clímax, supo que no podría aguantar mucho más. Fue como si Callie le
hubiese leído el pensamiento. Entonces, se levantó y buscó un condón de los que él
guardaba en la mesita de noche de su dormitorio. Al observar cómo se acercaba a él, con
aquella preciosa boca dispuesta a besarlo, se dio cuenta de que los pezones de sus pechos
perfectos se erguían y se marcaban en la seda del camisón que llevaba. Ya no podía
aguantar mucho más.
Él se agachó y la atrajo hacia sí.
—Enrolla las piernas alrededor de mi cintura y aguanta.
Ella obedeció. Su camisón se abrió y dejó a la vista su piel opalescente, sus pechos y
sus nalgas, coronadas por aquel triángulo de rizos oscuros húmedo y dispuesto a recibirlo.
—Eres preciosa —gimió él, levantándola hasta que sus miradas se cruzaron, con los
pezones de ella a la altura de su pecho y su pene presionando contra su intimidad
femenina.
Hadrian deslizó una mano entre ambos para comprobar cómo estaba ella.
Lista para
recibirlo, más que preparada, como esperaba. Con la espalda apoyada en la pared y las
manos sujetándole el trasero, entró en ella de una estocada.
Con las manos sobre los hombros de él, ella echó la cabeza atrás y, al hacerlo, su
precioso cabello negro le cayó por la espalda hasta rozar los brazos de él.
—Hadrian, Harry, no me importa cómo te llames en realidad. Te quiero. ¡Te quiero!
—Apretando las nalgas, se balanceó hacia delante sin vergüenza, ambos arrastrados por la
pasión del momento.
Era demasiado perfecto, ella era demasiado perfecta. Los dos empujaron y, aunque
Hadrian había estado con tantas mujeres que ya no recordaba el número, nunca antes se
había sentido tan en sintonía con alguien, sin necesidad de hablar, siguiendo un ritmo sin
par. Perdido en un mar de sensaciones, casi no podía dar crédito a las palabras de cariño
que salían de su boca: «Eres preciosa», «Dios, qué bien me haces sentir así, rodeando mi
cuerpo» y «Callie, no sabía que esto podía ser así». De pronto, hizo algo que nunca antes
había hecho, algo que se creía incapaz de hacer. La miró a los ojos y se centró no en él o en
ella sino en ambos, en lo bien que estaban juntos.
—¡Oh, Dios, Callie! —dijo él, que llegó al clímax tan deprisa y con tanta intensidad
que le costó darse cuenta de que el sabor metálico que notaba en la boca era sangre.
* * * * *
Echados, enredados el uno en el otro en la cama de Hadrian, casi no podían cubrirsecon la sábana arrugada que se habían echado encima. Callie alargó una mano hacia el lado
de la cama donde estaba Hadrian y con la yema de su pulgar le limpió una gota de sangre
de los labios.
—¿Mejor así?
—Sí, mucho mejor —dijo él para, acto seguido, llevarse la mano de ella a la boca,
besarle la palma y dejarla de nuevo sobre su pecho, en el lado izquierdo, donde está el
corazón. Mientras, ella seguía haciendo dibujos imaginarios con la otra mano sobre el
bíceps de él. Incluso ahora, después de caer rendidos tras haber alcanzado el clímax, ella
parecía no tener bastante.
Callie levantó la cabeza de la almohada apoyándose en el codo; tenía que asegurarse
de algo.
—No estarás cansado de que te toque, ¿verdad?
A pesar de que él tenía media cara enterrada en la almohada, ella pudo percibir la
curva de su soñolienta sonrisa.
—Nunca me cansaré de que me toques, ni en un millón de años.
Aunque eso no era un «te quiero», empezar con un millón de años resultaba bastante
prometedor.
—Bien, me encanta. No creo que me canse nunca de tocarte.
Sonriente, lo besó por detrás del cuello y se acercó más a él, satisfecha. No habían
hablado de amor, un sentimiento que él tenía que transformar en palabras todavía, pero,
aun así, solo con la esperanza de cómo sería cuando lo hiciera se sentía plena, imaginando
las miradas ardientes entre ambos, la misma que le dirigía él cada vez que se encontraban
en la puerta, la ternura de sus manos cuando la acariciaba entre las piernas y llegaba con
un dedo hasta su interior para moverlo a continuación suavemente, el modo en que decía
«Callie» una y otra vez hasta que se corría.
Bajo la luz de las velas su piel brillaba como el mármol. Tenía los huesos más cerca
de la piel que ella, el cuerpo reducido a su esencia. Sin ganas ni necesidad de resistirse, ella
deslizó una mano por la espalda de él, trazando una «V» allí donde se unían sus hombros
y dejaban a la vista una onda de piel cálida y tensa bajo sus dedos, la luz y las sombras.
Tras depositar un cálido beso en el hombro de Hadrian, siguió hacia abajo hasta llegar a la
sábana, que solo le cubría hasta la altura de la cintura. Bajo esta quedaban su firme trasero,
las nalgas y unas piernas como las de un atleta. No le sobraba ni le faltaba nada, su cuerpo
era perfecto, delgado pero fuerte y fibroso. Más que perfecto. Era como el David de Miguel
Ángel.
—Eres tan hermoso. Podría pasarme el día mirándote —le dijo, poniendo en palabras
lo que pensaba.
Mirando hacia atrás por encima de uno de sus anchos hombros, él sonrió perezoso,
de una manera que siempre hacía que ella se enfadara... aunque ya no era así.
—¿Sólo mirándome?
Aquella sonrisa y el hecho de verla reflejada en los ojos de él hicieron que Callie
deslizara una mano por su frente masculina y bajo las sábanas. Tal y como sospechaba,
estaba duro como una roca y a la vez era suave como el terciopelo, preparado para ella.
En respuesta, ella se sentía cada vez más húmeda.
—He oído decir que una mujer puede recibir a un hombre en su interior por tres
sitios. Pero nosotros siempre lo hemos hecho por el mismo —se le ocurrió decir.
Sujetándole la mano, se volvió hacia ella.
—Callie, ¿de qué estás hablando?
Luchando contra su antigua timidez, ella forzó una sonrisa.
—La otra noche cuando me metiste el dedo por detrás... me gustó. No sé por qué.
Él miró hacia abajo, bajo las sábanas, donde ella seguía teniendo la mano alrededor
de su erección.
—El pene es mucho más grueso que un dedo, Callie. Aunque te pusiera algún tipo de
crema para hacerlo más fácil te haría daño.
Parecía tan serio, tan preocupado, que ella quiso consolarle acariciándole la frente
con el pulgar.
—No me importa. Quiero estar contigo, Hadrian, de todas las maneras posibles.
En el cajón donde guardaba los condones tenía también un tarro de crema lubricante.
Hadrian alcanzó el envase de cristal color cobalto y desenroscó la tapa.
Metió dos dedos en la crema y se volvió hacia ella.
—Empecemos con un masaje, ¿de acuerdo? —le dijo poniendo las manos sobre sus
hombros y empezando por el cuello—. ¿Sabes una cosa? Me gusta tu cuerpo, todo él,
desde tus pechos hasta tu intimidad —añadió mientras deslizaba la mano desde la
columna hasta la nalga, que empezó a masajear.
Callie se puso tensa y él se dio cuenta.
—Tienes un trasero precioso, Callie, voluptuoso, lleno. Estoy deseando clavarme en
él. ¿Sabes por qué?
Ella se volvió hacia él.
—¿Porque te gustan las mujeres que lo tienen grande?
—Bueno, solo en parte. Me gustas. En cuanto a tu trasero, hay una deliciosa hendidura, justo aquí —le dijo trazando una curva allí donde una nalga se unía a la otra, al
tiempo que empleaba la punta del dedo para acariciarla ahí.
Callie tembló.
El repitió la caricia.
—¿Sabías que cuando te toco ahí, justo ahí, tiemblas?
No le sorprendía. De hecho, no importaba donde la tocara, el resultado era siempre
el mismo. Pero especialmente ahí donde nadie antes, ni siquiera ella, había explorado.
—Eres tan hermosa —le susurró separándole los glúteos. Sensibilizada por la crema,
sintió cierto frescor en la parte de atrás. Entonces, oh, Dios, notó cómo su respiración le
acariciaba la espalda. Ella tembló, todo su cuerpo estaba en tensión, preparada para que él
entrara en ella, deseándolo, haciéndole olvidar el miedo a que la hiriera o incluso la
sensación de saciedad.
Estaba tan relajada que casi no se dio cuenta cuando le metió el dedo dentro. De
forma instintiva, se deslizó sobre las rodillas, empujando contra el dedo invasor, deseando
que fuera más largo, más grueso, que le metiera todos los dedos si podía y, cuanto antes,
mejor.
A su espalda, sentía el calor del aliento de Hadrian.
—¿Más?
Entonces la sujetó de la cintura y la atrajo hacia sí, de modo que pudiera sentir el
calor y la fuerza de su erección empujando contra ella, reclamándola para sí.
—Más —dijo ella, respirando con fuerza. Y, para que él no dudara, empujó la cadera
hacia atrás para que su dedo entrara con mayor facilidad.
—¿Quieres probar con dos dedos?
Al meterle el segundo dedo sintió un ligero y contundente dolor, que no era dolor en
realidad y que después se convirtió en algo maravilloso, que se movía dentro de ella y se
abría, como si fueran unas tijeras. Imaginó que él debía de haber echado ahí más crema
lubricante con la otra mano, que ahora empleaba para masajearla entre sus nalgas
húmedas.
Entonces le dio un mordisquito suave en una oreja, que no le dolió pero sí logró
llamar su atención.
—¿Quieres que me detenga?
Que ahora le arrebatasen su premio después de haber llegado tan lejos era algo que a
ella no le apetecía nada. Unas gotas de sudor le corrieron por el cuello, se arqueó hacia
atrás y se agarró con fuerza a los barrotes de metal de la cama.
—No... oh, no, por favor.
Él la agarró por las caderas con firmeza y entró en ella, no de golpe como había
hecho antes, sino poco a poco, con cuidado, despacio. Había hecho bien en advertirle que
eso dolería pero de alguna forma el dolor hizo que otras sensaciones despertaran a la vez:
el olor de su sudor mezclado; la ropa de cama agradablemente tiesa bajo sus rodillas; el
deslizarse de una piel contra la otra. Y, por encima de todo, estaba la increíble sensación
de que, por primera vez, se sentía bella en cada parte de su cuerpo.
—Dios, eres maravillosa —le dijo él en voz baja al oído.
Hadrian deslizó una mano hasta el pecho y se lo acarició, disfrutando de su volumen, tirándole de los pezones doloridos y luego excitándola con el pulgar y el índice
hasta que ella creyó que gritaría de placer.
—Oh, Hadrian, yo...
Él bajó la mano de los pechos hasta su pubis. Más dedos, otra vez, dos, que introdujo
en ella haciendo que se relajara, que disfrutara.
Hadrian la penetraba doblemente, por delante y por detrás, sus sentidos le pedían
alivio. Casi no podía hacer más que murmurar frases entrecortadas: «Por favor», «Mi
señor»... aunque casi siempre su nombre o, por lo menos, el nombre con el que ella le
conocía, «Hadrian», una y otra vez. El placer crecía, aumentaba con cada palabra
murmurada.
Él agachó la cabeza y le mordisqueó la nuca.
—Grita si quieres. Nadie puede oírte salvo yo.
Capítulo 16
«Las heridas que podría haber curado el dolor humano e inteligente, y, sin embargo, nunca
quise desempeñar un papel tan ingrato.
El mal consecuencia de la falta de pensamiento, como de la necesidad de corazón.»
MARY LEE, South Australia Register, 2 de abril de 1890
El apetito les hizo rebuscar entre la comida que había en la casa. En el piso de abajo,
las persianas seguían bajadas y el letrero de cerrado colgado en la puerta.
Confiada en su
aislamiento con respecto al mundo exterior, Callie vagaba por el estudio en camisón y con
los pololos hasta las rodillas, bebiendo champán en un tarro de mermelada vacío mientras
examinaba los trabajos que ya había visto varias veces, aunque ahora lo hacía con otros
ojos. Con los ojos abiertos a la pasión.
—Señorita Rivers, es que nadie te ha dicho que últimamente pareces una fotografía.
Ella se retiró de la fotografía sobre platino que estaba contemplando, unos desnudos,
para ver a un Hadrian sonriente de ojos cálidos que bajaba las escaleras con una bandeja
de pan, fruta y queso. La boca se le hizo agua pero no por la comida.
Despeinado, sin
camisa y vistiendo sus pantalones con tirantes, que se había puesto a toda prisa, ella lo
contemplaba como a un maravilloso macho semidesnudo de metro noventa; y, de
momento, era completamente suyo.
Envalentonada, dio un paso hacia delante.
—En ese caso, hazme una.
—No he hecho otra cosa estas últimas semanas que fotografiarte.
Ella levantó su vaso y se lo acercó a los labios.
—No este tipo de fotos sino el otro, como este, un desnudo.
El último sorbo de champán se le atragantó al oír aquello.
—¿Quieres que te fotografíe desnuda? —le dijo levantándole la barbilla con una
mano.
Oh, Dios, cuando creía que ya era inmune a la humillación, o por lo menos a una de
este tipo, su antigua vergüenza volvió, ahora con más fuerza que antes. Ya no era una
cuestión de orgullo, sino de corazón. Por primera vez en su vida estaba enamorada, de
Hadrian. Aunque puede que él no le correspondiera, o no del todo, solo pensar que no le
parecía bonita, que le había hecho el amor por aburrimiento o, peor aún, por caridad, era
algo muy amargo y difícil de soportar.
Cruzó los brazos por encima de su pecho, que había olvidado cubrirse, y se retiró,
buscando alguna manera digna de huir.
—No me hagas caso. Es solo una tontería que se me ha pasado por la cabeza. Por
favor, olvida lo que he dicho.
Él dejó la bandeja sobre la mesa y se acercó a ella. Le puso las manos sobre los
hombros y la miró a los ojos.
—No creo que vaya a olvidarlo y no ha sido ninguna tontería. Lo único que quiero
que me expliques es a qué se debe este cambio de opinión, cuando hasta ahora me había
costado hacer que te quitaras las gafas para posar. Y ahora quieres posar desnuda...
—Porque... —dijo ella, mirando de reojo la fotografía, tan perfecta, de aquella
modelo. ¿Cómo se le habría ocurrido que podía competir con ella? Y más que competición,
lo que buscaba era aprobación, que ella era bonita así; deseable, cierto, pero además
alguien a quien valía la pena amar—. Ya sé que no soy tan joven como ella ni estoy tan
delgada ni soy tan bonita, pero estar contigo esta noche y la noche anterior ha hecho que
me sienta...
No dijo más. Habría dado cualquier cosa por echarse atrás, pero Hadrian no se lo
permitiría.
Él le sujetó la cara entre las manos, de forma que ella no pudiera mirar a nada más
que a él.
—Oh, Callie, mi dulce y traviesa muchacha, ya deberías saber que para mí eres miles
de veces más bonita de lo que esa modelo podría ser. Tienes un pecho que sería la envidia
de cualquier cortesana y piernas de bailarina de revista. Lo único que quiero saber es...
¿por qué en este momento?
—Supongo que quiero tener un recuerdo de nosotros. Algo que pueda sacar del
fondo del cajón después de que hayan pasado los años, cuando me haya convertido en
una anciana de cabellos grises y una verdadera solterona.
«Cuando llegaste cambió mi vida.»
—Aunque tengas el pelo canoso, siempre serás hermosa.
—No hace falta que digas esas cosas para no herir mis sentimientos o por compasión.
Él respondió a aquellas palabras asistiendo feroz con la cabeza.
—No lo digo para no herir tus sentimientos, sino porque es la verdad, nada más —le
espetó, acercándola hacia sí y acariciando su cuerpo con sus manos, grandes y a la vez
sensibles—. Por Dios, Callie, ni te imaginas lo cierto que es.
Ella levantó una mano y le acarició la cara, algo que la confianza entre ambos le
permitía hacer.
—En ese caso, hazme la foto, Hadrian. Hazlo como recuerdo de esta maravillosa
noche que hemos pasado juntos, de cómo eran las cosas antes de que el mundo y su locura
se interpusieran entre nosotros.
—¿Estás segura?
Ella no dudó.
—Confío en ti, Hadrian.
Hadrian respiró hondo, una inspiración larga que atravesó su garganta en toda su
longitud.
—En ese caso, será un honor para mí fotografiarte.
* * * * *
«Confío en ti, Hadrian.» La fe ciega que se desprendía de los ojos de Callie fue comosi con una navaja de barbero le cortaran el corazón. Solo hacía poco más de un día que
había roto su acuerdo con Dandridge y no creía merecer su confianza. A sabiendas de que
este sería su regalo de despedida, Hadrian decidió que todo fuera perfecto, hasta el último
detalle. Subió arriba su mejor cámara fotográfica y el trípode. Preparar el escenario para la
sesión le llevó un buen rato: no dejaba de colocar cojines y echarpes de seda aquí y allá
hasta que, al final, llegó a la conclusión de que un fondo sencillo sería lo más acertado.
Una de las reglas de oro del retrato fotográfico es que cualquier decorado debe servir para
destacar al sujeto, no para distraer la vista hacia otro lado. Verla como la veía ahora, tan
bonita y tan libre, hizo que casi le doliera el corazón por lo que nunca podría ser y, al
mismo tiempo, que se sintiera orgulloso por lo lejos que había llegado aquello en tan solo
unas semanas.
Aun así, dejaría la estancia en una penumbra sutil, suave, para que ella se sintiera
cómoda y para sacarle el mayor partido a sus curvas y su piel satinada. De acuerdo con
ese planteamiento, empezó a apagar algunas lámparas de la estancia y a bajar la luz en el
caso de otras, para conseguir que en la habitación reinara un ambiente cálido, como si
fuese un resplandor entre tinieblas, y luego colocó un espejo a un lado para maximizar el
reflejo de la luz. Mientras hacía todos estos preparativos, era plenamente consciente de
que Callie le seguía atenta con la mirada.
Cuando por fin estuvo satisfecho con la composición, le hizo una seña a ella para que
se colocara sobre el diván.
—Échate de forma que te sientas cómoda, como harías si yo no estuviera aquí.
Ella avanzó y se sentó con las piernas subidas al diván. Extendió un brazo a un lado,
hizo una pausa y después enredó el otro sobre el respaldo. Cuando ya estuvo lista,
Hadrian hizo los últimos retoques de la composición: le echó hacia atrás un mechón de
cabello, colocó un echarpe de colores sobre el respaldo del mueble para lograr un mayor
contraste, deslizó una camisola de seda por su hombro para destacar la perfecta curva de
este y sus magníficos pechos. Entonces se apartó de ella, algo que no le apetecía nada
hacer, para situarse detrás de la cámara y enfocar.
Ella lo miró con los ojos llenos de luz.
—¿Está todo bien?
Él sonrió.
—Yo diría que mejor que bien. Me encantaría que pudieras verte como te veo yo.
Estás maravillosa.
En lugar de llevarle la contraria, como habría hecho tan solo un par de días atrás, ella
le sonrió. Fue una sonrisa tan sincera que le conmovió. Con los ojos brillantes y la piel tan
luminosa, lo miró a los ojos, al objetivo de la cámara, sin pizca de ansiedad o dudas. Y
entonces ella hizo algo que él jamás habría esperado que hiciera y nunca se habría atrevido
a pedirle: estiró la pierna izquierda ligeramente y deslizó un dedo en el interior de su
intimidad.
Al deslizarse bajo la cortinilla de la cámara, Hadrian sintió como si el calor de la
habitación hubiera subido unos cuantos grados. Tenía la boca seca y la frente le sudaba.
—¿De verdad quieres hacerlo? —preguntó.
En lugar de responder, ella empezó a mover el dedo en su interior, sacándolo y
metiéndolo, una y otra vez. Incluso visto desde el objetivo de la cámara, y a pesar de que
ella estaba apartada de él, Hadrian no podía dejar de percibir lo húmeda que estaba, lista
para él, y lo segura que estaba de lo que hacía.
—¡Quieta! —gritó él, sintiendo el peso del deseo entre las piernas para, acto seguido,
tirar del cordón del disparador.
* * * * *
Su idilio, por dulce que fuera, no duraría siempre. Al levantarse tarde la mañanasiguiente, Callie le dijo con pena que tenía que irse. La esperaban la marcha hasta el
Parlamento y el proyecto de ley de sufragio universal, que se leería en la Cámara de los
Comunes al día siguiente. Hadrian sabía que no podía ocultarle lo que tenía que contarle
por más tiempo. Aunque no era un cobarde, esperó a que ambos estuvieran en la calesa,
de camino a la calle de la Media Luna, antes de empezar con el discurso.
Para mantener la discreción, se sentaron en asientos enfrentados, aunque la necesidad que tenían de tocarse hacía que alargaran los brazos para hacerlo.
Callie, con su
dulce mirada, le apretó de una de sus manos enguantadas.
—Te agradezco que me acompañes a casa, pero ya sabes que no era necesario, de
verdad.
Él tragó saliva para aligerar la tirantez que sentía en la garganta.
—Callie, tengo que decirte algo, algo que debería haberte dicho hace días, o mejor
dicho hace semanas, pero que no he hecho porque no encontraba el momento oportuno ni
las palabras adecuadas — dijo él.
Aquel tono tan serio le dio que pensar. Callie levantó la vista.
—Muy bien. Te escucho —repuso ella.
Hadrian dudó. ¿Cómo podía decirle a la mujer a quien amaba que había aceptado
dinero para destruirla?
—¿Por qué no me contaste que el hombre con el que habías estado comprometida era
Gerald Dandridge?
No era un modo de empezar muy elegante, pero por lo menos era una forma de
hacerlo.
Ella dudó. Apartó la mano de la de él para recolocarse la manta que le cubría las
piernas, que se le estaba cayendo.
—Por ninguna razón en particular. No he vuelto a pensar en su familia.
—Sin embargo, ellos no han dejado de pensar en ti, o por lo menos su padre, Josiah.
Ella frunció el ceño e hizo un aspaviento, como quitándole importancia a esa
revelación.
—Josiah no es más que una vieja gloria, un conservador de la vieja escuela que cree
que las mujeres, al igual que los niños, deberían ser vistos pero no ser escuchados. No
tiene buena salud, así que dejará la política pronto y su escaño lo ocupará Gerald, aunque
eso no es que vaya a suponer una gran mejora. En cualquier caso, es verdad que ha sido
uno de los opositores más duros contra nuestra causa, aunque dudo mucho que haya algo
personal tras dicha oposición.
—Al contrario, sí lo hay, Callie, algo muy personal. Incluso podría decirse que se
trata de una vendetta.
Eso le llamó la atención.
—Pero, Hadrian, ¿qué estás diciendo?
Había llegado el momento de la verdad, así que se armó de valor antes de seguir
hablando.
—Josiah Dandridge pasó por mi tienda hace tres semanas, pocas horas después de
nuestro encuentro fortuito en Parliament Square —dijo alargando una mano para alcanzar
las de ella y colocarlas entre las suyas—. Callie, tienes que entender que estaba
desesperado, o mejor dicho al borde del abismo. Me metí en un lío, adquirí una deuda
muy elevada jugando en un antro de Bow. El propietario envió a dos de sus secuaces para
que me cobrasen, pero yo no tenía con qué pagar. Me las arreglé para conseguir una
semana más de plazo aunque pasado ese tiempo volverían a por mí, y cuando lo hicieron
querían cobrarse en sangre. Ya no sabía qué hacer cuando Dandridge se presentó.
Ella apartó las manos y se apoyó en el respaldo del asiento.
—¿Y qué tiene que ver todo eso conmigo?
—Dandridge te odia, Callie, personalmente porque difundiste a los cuatro vientos la
ruptura de tu compromiso con su hijo y también políticamente por el poder que has
demostrado al conseguir que el asunto del sufragio femenino llegase a ser un asunto que
está en la primera línea de la conciencia pública. Quiere verte arruinada, avergonzada
hasta el punto de que no te quede más remedio que retirarte de la vida pública para
siempre. Sin embargo, para levantar un escándalo tal necesita pruebas, pruebas
comprometedoras que pueda hacer llegar a la prensa de Fleet Street.
—Como por ejemplo una fotografía. ¿Es eso, no?
Ella se lo quedó mirando, más que horrorizada, helada... con la cara casi blanca.
Él asintió con la cabeza.
—Me ofreció cinco mil libras, una pequeña fortuna. Para ganármelas, todo lo que
tenía que hacer era conseguir una fotografía comprometida de tu persona y entregársela
antes de que tu proyecto de ley llegara al Parlamento. Me pagó para que te destruyera,
para verte «vencida», como a él le gusta decir, y hasta hace pocos días yo estaba de
acuerdo en seguir adelante con ese plan.
Ella se dio la vuelta y abrió la ventanilla de la calesa. Un aire helado entró en el
interior. Callie sacó la cabeza y golpeó con los nudillos en el lado donde estaba el cochero.
—¡Deténgase! Que pare, le digo. ¡Pare!
—No puedo, señorita —dijo el hombre desde el pescante—. Hay mucho tráfico,
discúlpeme.
—¡Haga lo que le digo! —exclamó ella, metiendo la cabeza dentro de la calesa y
agarrándose a la tapicería de piel, dispuesta a levantarse.
Alarmado ante la idea de que ella pudiera bajar con el coche en marcha, Hadrian la
agarró de una muñeca. Tiró de ella hacia atrás e hizo que se sentara.
—Callie, ¿qué diablos crees que estás haciendo?
Ella se liberó de sus manos como si él al tocarla la quemara.
—No te atrevas a ponerme la mano encima. Ni ahora ni nunca.
El cochero se detuvo a un lado de la calle. Hadrian echó un vistazo rápido afuera.
Acababan de doblar la esquina de Regent Street, todavía estaban lejos de su destino final.
Se dio cuenta de que ella no dejaba de mirar el tirador de la puerta, se movió con
rapidez y le impidió abrirla.
—No me has dejado acabar. Anteayer vi a Dandridge y le puse fin a nuestro acuerdo.
—¿De veras? Qué noble por tu parte. ¿Eso fue antes o después de que me follaras,
señor Stone?
Hadrian creía que se había preparado lo suficiente para soportar su ira y hasta su
odio, pero el resentimiento de su voz le hizo más daño de lo que esperaba.
Con las manos temblorosas, abrió su bolso y se puso a buscar en su interior.
Mientras, el cochero empezaba a perder la paciencia.
—¿Baja o no? —gritó.
—No —dijo Hadrian, que, acto seguido, le susurró al oído a Callie—: No vas a ganar
nada volviendo a casa a pie con el frío que hace y poniéndote enferma.
Cálmate y deja
que, por lo menos, te lleve a casa.
—Sí —gritó ella, haciendo caso omiso de las palabras de Hadrian.
Callie había abierto el bolso y tenía un fajo de billetes en la mano. Sin contarlos, se los
tiró a la cara.
El hombre ni miró a los billetes esparcidos por todas partes, por su regazo, el asiento
de piel, el suelo sucio.
—Callie, ¿qué te pasa? Yo pagaré al cochero, por el amor de Dios —dijo Hadrian
tratando de devolverle el dinero, a lo que ella respondió con un movimiento de cabeza.
—No es para el cochero, sino para ti, para pagarte por los servicios que me prestaste
anoche y el otro día. Si no es suficiente, envía la factura junto a las de los demás
proveedores.
Aturdido tanto por su mirada como por sus palabras, esta vez, cuando ella puso la
mano en el tirador de la portezuela para abrir, Hadrian no movió ni un solo dedo para
detenerla.
* * * * *
Después de que Callie se hubiera marchado, Hadrian no soportaba la idea de volvera su casa, ahora vacía, donde los signos de la noche que habían pasado juntos y los olores
de su intimidad lo atormentarían. En lugar de regresar, pidió al cochero que lo llevara a
uno de los antiguos antros que solía visitar, una taberna de Mile End. Lo malo era que no
habría suficiente ginebra en el mundo como para que se emborrachase y, lo peor, tampoco
para acabar con el dolor que lo destrozaba por dentro. La última imagen de Callie, con los
ojos llorosos y la boca temblorosa, le atormentaría por muchas copas que se tomara.
Se apeó de la calesa y empezó a caminar. Sin saber a dónde ir, acabó por llegar a la
puerta de la antigua casa de madame Dottie, el burdel que una vez había llamado «su
casa». Ahora que Sally dirigía el negocio, se sentía mejor allí. Aunque, en fin, aquellos
espejos infames de dos caras seguían allí para aquellos a los que les gustaban ese tipo de
cosas... pero por lo menos Sally se ocupaba de que sus chicas estuvieran bien alimentadas,
vistiesen bien y visitaran al médico con cierta regularidad. Cualquiera de ellas que
quisiera marcharse podía hacerlo sin temor a represalias.
Llamó a la puerta. Tres golpes secos, la vieja señal. Sally abrió, ataviada con un salto
de cama de color melocotón y todavía con los bigudíes puestos.
—Pero bueno, Harry, ¡qué sorpresa!
Por su maquillaje y su aspecto, pudo advertir que aquella noche había mucho
trabajo, así que dio un paso atrás para marcharse.
—No debería haber venido.
Ella lo miró de arriba abajo.
—¿Qué te sucede, cariño? Tienes un aspecto deplorable y apestas a ginebra.
Mirándola a los ojos, se dio cuenta de que no valía la pena disimular.
—Oh, Sally, creo que no hay nada en mi vida que vaya bien.
Pasaron de largo el salón, con su sofá de terciopelo y sus sillas cubiertas de satén, y se
dirigieron por el pasillo lleno de espejos hasta la cocina, su refugio cuando tan solo eran
unos niños.
Sally preparó un par de tazas de café recién hecho, les añadió un montón de leche y
azúcar y le dio una a Hadrian. Luego se sentó a la mesa frente a él.
—Vamos, suéltalo ya. Quiero saberlo todo.
Hadrian se puso a mirar su taza.
—No sé cómo empezar —admitió.
—Pues por el principio, por supuesto, y luego sigues hasta que llegues a la razón por
la cual has venido aquí. Se trata de Callie, ¿verdad?
El negó con la cabeza, no en señal de negación sino de derrota.
—Oh, Dios, Sally, lo he echado todo a perder. Ya no hay nada que pueda hacer para
arreglar las cosas entre nosotros.
—¿Por qué no dejas que sea yo quien lo decida? Ya sabes que las mujeres solemos
perdonar.
—Pero no será así esta vez. Si estuviera en su lugar, no me perdonaría por lo que he
hecho.
—¿Tan malo es? Respira hondo y suéltalo.
Hadrian tomó un buen trago de café, que estaba muy caliente, y luego dejó la taza a
un lado. Durante las últimas semanas se había estado moviendo en una red de mentiras y
ahora no sabía por dónde empezar.
Antes de hacerlo, puso en orden sus pensamientos y empezó a contarle a Sally su
primer encuentro con Callie en el parque, totalmente casual, la llegada poco después de
los secuaces de Boyle y, finalmente, la visita de Dandridge y lo culpable que se sentía por
haber aceptado su oferta, pues estaba en una situación desesperada.
Sin acordarse de que llevaba los bigudíes puestos, Callie se pasó una mano por el
pelo.
—Pero, Harry, ¿por qué no viniste a verme antes? Tengo algunos ahorros, no
llegarán a las cuatrocientas libras, pero habrían sido suficientes para sacarte de Londres
durante algún tiempo y dejar que todo eso se olvidara.
—Mi amigo Rourke me ha dicho más o menos lo mismo. Lo que sucedía era que se
había marchado al extranjero y no sabía cómo ponerme en contacto con él.
En cuanto a
Gavin, ya le he pedido tantos favores que no me atrevía a pedirle algo una vez más, y
menos cuando he sido yo el culpable de que todo esto sucediera.
—Así que, en lugar de buscar ayuda entre tus amigos, aceptaste el trato de Dandridge y decidiste arruinar la vida de Caledonia, ¿no es así? Oh, Harry.
Dejó caer la cabeza.
—Lo sé, sí, lo sé. Cuando acepté el encargo de Dandridge pensé que podría hacerlo
pero...
—Pero te has enamorado de ella, ¿no es cierto?
No había motivo para negarlo. Se pasó una mano por el pelo.
—Por Dios, Sally, daría mi vida por tener la oportunidad de hacer las cosas bien, de
mantenerla a salvo... pero ya es demasiado tarde. Se lo he confesado todo y no quiere
verme, nunca más. No puedo reprochárselo.
—Eso es lo que se dice cuando una se acalora con una conversación así.
Dale tiempo.
Volverá.
—Eso es lo único que no tengo. Ahora que Dandridge sabe que no voy a proporcionarle la fotografía que quería, solo es cuestión de tiempo que envíe a sus
secuaces a por mí —dijo Hadrian levantando la vista de la taza para mirar a Sally—. Así
que, ya ves, tendré que aceptar esa oferta que me has hecho de esconderme, por lo menos
durante una temporada.
La mujer se quedó pensativa.
—Tengo algo para ti. Algo que hace mucho que quería darte. Pero nunca encontré la
ocasión —musitó, bajando la cabeza.
—¿Qué es?
La mujer no respondió. Se levantó y le pidió que esperase.
—Está arriba, en mi habitación. Solo será un minuto.
Pero Hadrian no podía seguir ahí, sin hacer nada, así que se levantó y se puso a dar
vueltas, con la cabeza en otra parte, recordando la escena que había tenido lugar en la
calesa. No es que nunca le hubieran insultado o herido, le habían sucedido ambas cosas.
Había nacido en un burdel, era el hijo de una puta, y había sobrevivido sus primeros años
como mendigo y ladronzuelo. Sin embargo, nunca se había sentido tan miserable como
cuando Callie le había tirado el dinero a la cara y le había llamado Judas, traidor,
desgraciado. No se lo reprochaba. Dejar que se marchara odiándole para siempre era lo
mejor que podía hacer pero, aun así, una parte de él no quería abandonar del todo la
esperanza, todavía no. Al fin y al cabo, le había dicho que le amaba y, aunque lo había
hecho en mitad de la pasión, no creía que Callie pudiera decir algo así a la ligera. Solo Dios
sabía que él deseaba haberle dicho lo mismo. «Te quiero.» Pero no era libre, no tenía
derecho a hacerlo, así que se contuvo y, a cambio, le dio todo lo que su cuerpo podía
ofrecerle.
Sumido en sus cavilaciones, no oyó a Sally cuando entró en la cocina hasta que esta
se aclaró la garganta.
—Ten cuidado, no vayas a desgastar el suelo de dar tantas vueltas.
De pie en el umbral de la puerta, le tendió algo cuadrado envuelto en algodón y que
olía a cedro.
—Este es mi regalo para Callie y para ti —le dijo. Hadrian empezó a desenvolverlo,
hasta que ella le puso la mano en el brazo y añadió—: No, ahora no —
añadió con una
mirada triste—. Espera a estar a solas. O mejor, ábrelo con ella. Entonces sabrás qué hacer
con ello.
—Sally, ¿seguro que todo va bien?
—Perfectamente, y ahora sigue con lo tuyo —le contestó, poniéndole una mano en el
hombro y arrastrándolo hacia fuera.
Callie. Tenía que verla, aunque no sabía qué demonios le diría, y eso si tenía la
oportunidad de hacerlo.
—Pero, Sally, ¿cómo puedo esperar que me perdone y mucho menos que vuelva a
aceptarme?
Entonces su amiga le dedicó una de sus miradas largas y bondadosas.
—Mientras hay vida, hay esperanza. Si tienes suerte, lo hará hoy mismo, y si no
mañana; si no es mañana, pasado mañana —dijo, dejando escapar una lágrima que resbaló
por su mejilla llena de maquillaje y empolvada.
—Ámala, solo eso. Lo demás ya llegará.