HRH,1-Vencida

Hope Tarr · Capítulo 17 de 20

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HRH,1-Vencida

Capítulo 18

«Nunca es demasiado tarde para convertirse en lo que uno podría haber sido.»

GEORGE ELIOT

—¿Has visto eso? —dijo Gavin, y Rourke levantó la cabeza de detrás del seto que

rodeaba los establos que había detrásmde la casa de Dandridge, tras el cual ambos se

habían escondido. Sus caballos, que habían alquilado en un establo, permanecían atados

cerca, escondidos para que nadie pudiera verlos.

—Vamos, te acompaño. Esta vez seremos dos contra dos, será una lucha más

equilibrada. Démosles una paliza. Diablos, estoy como loco, creo que podría dársela yo

solito.

Rourke se hubiera lanzado a la carga en ese mismo momento, pero Gavin le agarró

de un hombro y le obligó a agacharse.

—¡Espera, por Dios! A no ser que quieras ver a Harry muerto, contén ese temperamento escocés que tienes y sigue escondido. Y estate quieto.

—Pero si acabas de ver lo que le han hecho igual que yo. Por los clavos de Cristo, he

visto morcillas más tiesas que él. Le han metido en el maletero como si fuera un bulto.

Mirando por entre las ramas del seto, Gavin pudo ver cómo el matón calvo subía al

pescante. El otro, el más gordo de los dos, estaba de pie fuera del carruaje, untando algo

negro, seguramente betún, sobre el escudo de Dandridge, para que nadie lo reconociera.

Entonces se volvió hacia su impaciente amigo.

—De momento está vivo —le susurró—, y seguirá vivo hasta que lleguen a donde

quiera que hayan pensado llevarle para matarlo. Si nos dejamos ver, quién sabe cuántos

secuaces más de Dandridge pueden salir de esa casa para ayudarles. No, es mucho mejor

que los sigamos y veamos a dónde se lo llevan. Entonces atacaremos y tendremos a

nuestro favor el elemento sorpresa.

* * * * *

—Caramba, señoras, ¡qué agradable sorpresa! Sin embargo, ¿no les parece que es un

poco tarde para una visita de cortesía? —dijo Dandridge mientras devolvía a la cubitera el

paño con hielo que se estaba poniendo en las magulladuras de la cara y se levantaba para

saludar a las mujeres a quienes su mayordomo había conducido hasta el estudio.

Ahora que creía que St. Claire estaba fuera de juego y que la mancha de sangre de la

alfombra había sido eliminada justo a tiempo, les indicó que se sentaran.

Mirándole desde el lado opuesto de su escritorio, Caledonia levantó la barbilla.

—Esto no es una visita de cortesía, señor, como bien debe de saber. Creo que tiene

algo que me pertenece y quiero que me lo devuelva.

Bajo el velo del sombrero, Dandridge percibió los ojos hinchados de Callie y lo pálida

que tenía la cara, ambas señales de que aquella mujer había sufrido, y reprimió una

sonrisa. Según parecía, St. Claire había hecho su trabajo incluso mejor de lo que pensaba.

Aquella chiquilla malcriada no solo acabaría social y políticamente arruinada pasado

mañana, sino que además sufriría el terrible dolor de tener el corazón destrozado: por fin

la había derrotado, estaba vencida. Y lo había logrado en un grado que superaba el mejor

de sus sueños. A pesar de lo que le dolía la cara, casi no podía ocultar su alegría.

—¿De veras? —preguntó el hombre, llevándose un dedo al labio inferior, uno de los

pocos sitios que no le dolían, como si estuviera pensando—. No creo —dijo al fin—.

¿Podría especificar de qué se trata?

Charlotte Rivers, que había permanecido en silencio desde que llegaron, se puso al

lado de su sobrina como si fuera una leona dispuesta a defender a su cachorro.

—Josiah, sabe de sobra a qué hemos venido. ¿Dónde la tiene?

La tía de Caledonia, que de soltera se apellidaba Smythe, era todavía una mujer

atractiva a pesar de que en edad casi igualaba a Dandridge. En su baile de presentación en

sociedad la llamaban «Lottie la bonita». Había sido la reina de la temporada, un diamante

por el que no pocos solteros se planteaban luchar para llevarla hasta el altar.

Dandridge

había sido uno de ellos, pero Edward Rivers se la arrebató delante de sus narices. No es

que la amara, aquel hombre no amaba a las mujeres, pero sí apreciaba lo excepcional, lo

hermoso, y ciertamente Lottie era ambas cosas. Dulce y encantadora, habría sido la esposa

ideal para un político, en lugar del ratón sin cerebro con el que finalmente se había casado

Dandridge. Un motivo más para odiar a la familia Rivers.

El hombre abrió los brazos, como invitándolas a que se acercasen.

—Creo que estoy un poco perdido aunque, si pudieran describir con un poco más de

detalle qué es lo que creen que tengo que a ustedes les pertenece, puede que me resultara

de ayuda —dijo en tono desafiante, en especial las últimas palabras.

Al mirar a Caledonia Rivers y recordar su fotografía, casi no pudo contener su

sonrisa de superioridad.

Aunque estuviera muy furiosa, Charlotte nunca dejaba de comportarse como una

dama.

—Esto no ha acabado todavía, Josiah —le amenazó en un tono helador.

Luego se

volvió hacia su sobrina y, de pie como si fuera una estatua, añadió—

¡Vamos, Callie.

Estamos perdiendo el tiempo. No podemos apelar al honor de un hombre cuando no lo

tiene —dijo para acto seguido agarrarse del brazo de su sobrina y tirar de ella hacia la

puerta del estudio. Cuando ya estaba en el umbral, se detuvo para mirar hacia atrás y

añadir—: Josiah, ¿qué te ha ocurrido en la cara?

Por primera vez desde que ambas damas habían entrado, la sonrisa se le borró de la

cara y dejó de estar de buen humor. El vendaje de la nariz estaba bastante mal pero ahora,

además, le dolía la mandíbula, en la que St. Claire parecía haber dejado la marca de sus

nudillos.

—Ha sido un desafortunado accidente. Me he caído del caballo.

Lo cierto era que había tenido que dejar de montar hacía años, al igual que había

renunciado a otros placeres del cuerpo. Por lo penetrante de la mirada de Lottie, supo que

ella conocía ese detalle y muchos más. Eso le hizo pensar en el viejo encogido y gotoso en

que se había convertido, en una sombra del hombre que un día fue. Al recordarlo, alargó

una mano para ajustarse mejor el cinturón de terciopelo de la bata que vestía.

—¡Qué mala suerte, Josiah! Si no me lo hubieras dicho, creería que lo que te ha

pasado es que te han dado unos buenos puñetazos.

* * * * *

La nieve que le caía en la nuca y los chillidos de las gaviotas le sacaron de la

oscuridad en que se había sumido. Volvió en sí, no tan dolorido como entumecido. Sykes

y Deans lo arrastraban por el malecón. Tuvo que resistirse a la tentación de abrir los ojos.

Los mantuvo cerrados mientras dejaba que le arrastraran. A juzgar por el hedor que

desprendían el agua y el pescado podrido estaban en el East End, en alguna parte cerca de

las dársenas.

—Vamos, muévete. Al paso que vamos será de día antes de que le hayamos tirado al

agua —dijo Sykes.

—Hago todo lo que puedo —protestó Deans, que olía a podrido—, pero es que pesa

más de lo que parece.

—Es un peso muerto, eso es todo, o por lo menos pronto lo estará —ladró Sykes

entre risotadas. Sujetándolo entre los dos, ambos hombres se detuvieron para tomar

aliento. Entonces este preguntó—: ¿Has traído la soga?

—¿Para qué?

—Para atarle los pies y las manos, idiota.

—¿Para qué molestarse? Si está medio muerto.

—Pero puede que se espabile cuando caiga al agua, y Dandridge no quiere que

dejemos ningún cabo suelto. Además, St. Claire es como un gato. Nunca he sabido cómo,

pero siempre vuelve.

—Está bien, de acuerdo. La soga está en el maletero. Ahora la traigo.

Con los ojos todavía cerrados, Hadrian se dejó caer sobre el matón mientras escuchaba cómo se alejaban las pisadas de Deans. Era su oportunidad y, aunque estaba

malherido y sabía que no sería una pelea al mismo nivel, quizá no tuviera otra ocasión

mejor para intentar escapar.

En silencio, contó hasta diez y entonces abrió los ojos. A su lado, la torpe silueta de

Sykes se dibujaba a contraluz de la playa. Un rayo de luna iluminaba la calva del matón,

que parecía una bola de billar.

—Bueno, St. Claire, este es tu mejor momento, ¿verdad?

«Tu mejor momento.» Girando sobre sí mismo, Hadrian propinó un buen puñetazo a

Sykes en plena garganta.

El bravucón cayó hacia atrás con un gruñido y acabó entre un montón de cajas vacías

que estaban amontonadas contra la pared de un tinglado. Tambaleándose como si

estuviera borracho, Hadrian huyó. Le dolía todo el cuerpo, era como si varias agujas

invisibles se le estuvieran clavando en los pies y en las piernas. Sin embargo, no podía

hacer caso de aquella agonía y mantuvo la vista fija en el edificio de ladrillo que había más

adelante. No podría con ellos en la calle, pero con un poco de suerte lograría perderse por

entre los barcos del astillero y aguantar hasta el amanecer, cuando llegaran los estibadores

y los pescadores.

—Detente. ¿A dónde crees que vas?

Hadrian echó la vista atrás hacia el lugar donde Deans había dejado el carruaje. En

sus manos llevaba una soga de marinero.

—No te quedes ahí parado, idiota. ¡Atrápalo! —gritó Sykes.

Deans dudó, luego tiró la cuerda y se lanzó en su persecución.

Aquellas fuertes pisadas que le seguían se acercaban cada vez más. En cualquier otra

ocasión no le habría resultado difícil zafarse del más gordo de los dos, pero la pierna

izquierda le estaba fallando y los músculos de ambas le ardían por haber pasado tanto rato

encogido dentro del maletero del carruaje.

Siguió adelante. Todavía pensaba en ella, tenía esperanza. Aquella mujer hacía que

valiera la pena luchar por sobrevivir. Callie. Si lograba escapar, volvería a ella, se echaría a

sus pies y le pediría perdón.

Deans casi lo había alcanzado, estaba muy cerca, tanto que casi podía sentir la

respiración de aquel hombre en la espalda. Se abalanzó sobre él y le tiró al suelo. Ahora lo

tenía encima y lo había inmovilizado. Las conchas marinas que había en el suelo se le

clavaban en la carne como años antes le había sucedido con la lente de aquella cámara que

se había caído.

Al recordarlo, sintió deseos de seguir luchando. Le quedaban pocas fuerzas pero,

ahora que sabía que no tenía escapatoria, por lo menos no les pondría las cosas fáciles a

esos dos. No, presentaría batalla y haría que aquellos desgraciados se acordaran de ese

momento durante el resto de sus vidas miserables y malgastadas. Se volvió sobre sí mismo

y logró que Deans perdiera el equilibrio. Arrodillado, vio cómo aquellas manos porcinas lo

agarraban del cuello de la camisa y le tiraban al suelo. Esta vez, no obstante, pudo

levantarse. Con varios puñetazos certeros, consiguió que la cara de Deans tuviera un

aspecto no mucho mejor que la suya. Sabía que era matarlo o morir, así que le rodeó el

cuello con las manos y le apretó la laringe con los pulgares.

Un navajazo en la espalda hizo que soltara a su presa.

—Déjalo, St. Claire, o acabo contigo aquí mismo —dijo Sykes, al tiempo que le

clavaba la navaja más profundamente entre los omoplatos y le dejaba sin otra salida que

echarse atrás—. Así está mejor —añadió, para luego dirigirse casi ladrando

—: Agarra esa

cuerda y átalo. Vamos a sentarle en esa caja que hay ahí. No hay motivo para que no nos

divirtamos un poco antes de que lo convirtamos en comida para los peces.

No contentos con ahogarlo, primero iban a torturarle. Hadrian estaba deshecho. Dejó

que le arrastraran hasta las cajas. Ahora sí que no le quedaba esperanza alguna de escapar.

Dando la vuelta a una de las cajas, lo sentaron encima, le ataron las manos a la espalda y

apretaron la soga bien fuerte alrededor de sus muñecas.

Deans, con la cara sangrando, le tiró del pelo con brusquedad para levantarle la

cabeza.

—Empiezo cortándote las orejas, o quizá esa polla que tienes y la meto en salmuera.

Puede que fuera un trofeo mejor, ¿no crees?

Hadrian empezó a rezar en silencio a cualquier Dios que quisiera escucharle,

pidiendo morir antes de que le hicieran todo aquello. Miró hacia arriba a las caras rabiosas

de los dos matones.

—Chicos, si me la cortáis, así por lo menos tendréis una para los dos.

—Siempre has sido demasiado listo, St. Claire —le dijo Sykes, sacudiendo la

cabeza—. Me pregunto si también al gritar cantarás tan bien como una soprano —le espetó

haciendo una mueca horrible, indicando a Deans con la cabeza que empezara, al tiempo

que el otro arrancaba la navaja de la espalda de Hadrian para llevarla hasta su

entrepierna—. Ha llegado el momento de comprobarlo, muchacho.

Para evitar ver cómo le castraban cerró los ojos con fuerza, pero al oír un disparo los

abrió y vio a los dos matones tirados en el suelo. Miró hacia la playa y vio que dos

hombres corrían hacia él con las armas desenfundadas.

—Todavía no cantaría victoria si estuviera en tu lugar —le dijo un hombre alto, de

cabello oscuro, elegantemente vestido con un traje de montar, que se detuvo a pocos pasos

de donde estaba con una pistola humeante en la mano. A su lado, otro un poco más bajo y

más musculoso se detuvo junto a él, guardó la pistola y acercó la linterna que llevaba en la

otra mano.

Miró hacia arriba, a través de una cortina de sangre y dolor, y al verlos allí casi no

podía dar crédito a sus ojos. ¿Gavin y Rourke?

—¿Por qué habéis tardado tanto? —suspiró mirando a sus amigos. Al sonreír, los

labios le empezaron a sangrar.

Los matones permanecían arrodillados, con las manos arriba. Sykes se volvió para

mirar a Deans.

—Solo tiene una pistola. No puede dispararnos a los dos —dijo Sykes; pero al ver a

Rourke se agachó y Deans le siguió.

El escocés se rió a carcajadas.

—Sí, es verdad, pero a esta distancia difícilmente erraría el tiro —dijo, y moviendo la

pistola entre los dos matones añadió—: A ver, ¿cuál es el valiente que quiere empezar?

Los dos hombres se intercambiaron las miradas y, mientras lo hacían, Gavin tuvo

tiempo de recargar la pistola.

—Como suele decirse, «no hay honor que valga entre ladrones», y yo diría que

tampoco mucha valentía —afirmó Gavin. Como si fuera el canto de una sirena, los dos

hombres se volvieron para mirar hacia la carretera. En respuesta a su pregunta no

formulada este añadió—: Es la policía. El juez es un viejo amigo de la familia. Habría

venido antes, pero me detuve para enviarle un mensaje. Si no os importa, muchachos,

aguantad aquí un poco más, pronto estaréis a buen recaudo en la camioneta de la policía y

os meterán entre rejas.

* * * * *

Visitar a Dandridge había sido una pérdida de tiempo, justo lo que Callie ya se había

imaginado, pero como su tía había insistido en que no podían quedarse de brazos

cruzados bebiendo jerez toda la noche había aceptado ir, aunque a regañadientes. De la

misma manera, había estado a punto de discutir con ella cuando quiso que pasaran por la

tienda de Hadrian de camino a casa. El escaparate estaba a oscuras cuando su carruaje se

detuvo junto a la acera.

No fue hasta el momento en que Lottie insistió en que se apearan y llamaran a la

puerta cuando Callie se negó a seguirla.

—De verdad, tía, ya me han humillado lo suficiente hoy como para que me dure la

humillación diez años más, ¿no te parece?

Lottie seguía sentada en el interior del carruaje, junto a su sobrina.

—Ni siquiera sabemos con seguridad si Dandridge tiene la fotografía.

Puede que

todavía esté en manos de Hadrian —dijo su tía.

Callie asintió. Le dolía y mucho, por la pena y también por el cansancio, además de

por la cantidad de jerez que se había bebido.

—Ya has visto la cara que ha puesto Dandridge cuando nos enfrentamos a él. Me ha

mirado como si estuviera desnuda. Pues claro que tiene la fotografía, sí, y la única razón

de que la tenga es que Hadrian se la ha dado. Él mismo reconoció que había aceptado el

dinero de Dandridge a cuenta de arruinarme la vida. De verdad, tía, ¿qué más pruebas

necesitas?

—Solo digo que es algo que te debes a ti misma. Tienes que enfrentarte a él, escuchar

lo que tenga que decir en su defensa.

—No estoy precisamente interesada en nada de lo que tenga que decirme.

¿Cómo iba

a creer ni una sola palabra? Ni siquiera se llama Hadrian St. Claire. Se lo cambió para que

nadie supiera nada... de su pasado.

Callie calló de repente, no quería decir nada más. Incluso ahora que sabía que

Hadrian era el causante de su desgracia, contarle a su tía lo de su pasado le parecía mal.

Entre las luces y sombras que producía la lámpara del carruaje Lottie la observaba

pensativa.

—Igual que cambian los tiempos, también lo hacen las personas. Si lo desean de

verdad.

Callie se sintió incómoda. Su tía lo decía por ella.

—Muy bien, tía, tú ganas otra vez. Si Hadrian quiere hablar conmigo le escucharé.

Pero esta vez, Lottie, es él quien tiene que venir a mí.

* * * * *

A primera hora de la mañana, cuando las calles todavía están casi desiertas y

empiezan a cobrar vida, Hadrian, Gavin y Rourke salían de la oficina del juez tras haber

declarado bajo juramento acerca de lo sucedido. Relacionar a Dandridge con los hechos

acaecidos aquella noche tardaría un poco más, pero conociendo a Sykes y Deans, Hadrian

estaba seguro de que bien uno de ellos o bien los dos acabarían confesando antes que

verse colgando de una soga.

—Bueno, esto sí que ha sido una aventura —dijo Rourke mientras miraba a su pistola

de duelo Mantón.

—Sí, una que espero que no se repita —añadió Gavin—, en especial porque las

pistolas del abuelo no se habían vuelto a disparar desde la época de Napoleón hasta esta

noche.

—Por si se me había olvidado, gracias a los dos por salvar mi vida, o lo que queda de

ella. Aunque no valga mucho —dijo Hadrian a sus amigos de la infancia.

Al mirarse en el espejo roto que había en el baño de caballeros de la comisaría, se

había dado cuenta de que tenía la cara llena de cortes y moratones, lo que no le permitiría

afeitarse durante una semana, si no más. Tenía un chichón del tamaño de un huevo de

gallina que le estaba saliendo en la coronilla y, aunque no era médico, estaba bastante

seguro de que le habían roto la nariz. Aun así, prefería seguir viviendo con la cara

magullada durante el resto de sus días si con eso conseguía que Callie se compadeciera de

él y, sí, volviese a aceptarle.

—Ahora no pienses en eso. Pero, Harry, solo una cosa —le advirtió Gavin haciendo

una pausa y mirándolo muy serio—: la próxima vez que se te ocurra ir por ahí haciendo

de caballero andante avísanos, ¿de acuerdo? ¿Qué demonios tenías en la cabeza para

entrar en la casa de Dandridge?

En una esquina, un muchacho que vendía periódicos gritaba: «¡Extra!

¡Extra! Léanlo.

La doncella de Mayfair se desnuda.» Aquellas palabras le ahorraron la respuesta.

—¿Qué diablos...? —dijo Gavin, al tiempo que se acercaba al muchacho y retiraba un

ejemplar del periódico de sus manos.

—¡Míralo, aquí está! —exclamó Rourke.

Hadrian apenas dijo nada. No dejaba de mirar aquella portada. A toda página salía

una fotografía de Callie, su fotografía, con los pechos al aire y sus blancas nalgas rodeando

un punto negro que había sido censurado. Dandridge había cumplido su amenaza

después de todo. Aunque pronto estaría hundido, había arrastrado a Callie antes de caer.

Vacilante, se llevó la mano al bolsillo para buscar su cartera.

—¿Cuánto quieres por todos los periódicos?

El muchacho lo miró con sorpresa.

—¿Quiere comprarlos todos?

—No importa, aquí tienes, es todo para ti —le dijo al chico, dándole un fajo de

billetes que él se guardó, a cambio del saco lleno de periódicos.

Acercándose a él, Rourke miró a Gavin y asintió con un gesto.

—Ese chichón que tiene en la cabeza debe de estar nublándole el cerebro.

Gavin también se acercó por el otro lado.

—En serio, Harry, deja que te llevemos a un médico. No tienes buen aspecto —le dijo

agarrándole de un brazo.

Hadrian respondió con un feroz movimiento de cabeza que hizo que el chichón

empezara a dolerle otra vez.

—Eso tendrá que esperar. Antes tengo que ir a ver a una dama. Ahora, ayudadme a

parar una calesa y subidme a ella. No tengo tiempo que perder.

* * * * *

Saber que era sólo cuestión de tiempo, quizá horas, antes de que la verdad la

salpicara, hizo que Callie no pudiese dormir en toda la noche. Cuando empezó a oír la

agitación que llegaba desde el piso de abajo supo que no podía posponerlo más. Tenía que

levantarse. Decidida a encarar el día y lo que la esperase con la mayor dignidad posible, se

lavó la cara, se peinó y se vistió para bajar. El proyecto de ley para ampliar el derecho de

voto a las mujeres iba a presentarse en el Parlamento cuando se convocara el pleno aquella

tarde, y la entrega de las tres mil firmas de mujeres que lo apoyaban se haría poco después

del mediodía.

Podía suponer que Dandridge se ocuparía de que su fotografía saliera a la luz en

algún momento entre la entrega y la presentación del proyecto en la cámara.

Mientras

tanto, decidió ocuparse de sus asuntos habituales como si fuera un día cualquiera, pero,

claro estaba, no lo era. Después, dimitiría de sus funciones en el movimiento sufragista,

seguramente para bien. Lo que ahora le hacía falta era estar sola y pensar en sus

prioridades, sus objetivos y, lo más importante, su vida.

De camino a la planta de abajo, pensaba en el papel que Hadrian había desempeñado

en la ruina inminente que la esperaba. Durante las últimas semanas la había estado

tentando, animándola a que fuera más osada y dejara de lado su reserva, su autocontrol y

la máscara almidonada tras la que se había refugiado durante los últimos diez años tanto

como tras las viejas gafas de su tía. Ahora que había abandonado la seguridad y había

salido a la luz, y a pesar de que las consecuencias de hacerlo habían sido desastrosas, se

dio cuenta de que no lamentaba del todo haber hecho ese cambio.

Pensaba en Hadrian. No podía evitarlo, al igual que no podía evitar amarle, o por lo

menos amar al hombre que había creído que era. Dejando de lado sus sentimientos

amorosos, ciertas acciones de él le parecía que formaban parte de un puzle en el que

faltaban piezas, que no encajaban con el todo. Esa fotografía, ¿se había resistido realmente

a tomarla o incluso entonces había estado jugando con ella? Y fuera como fuese, ¿por qué

le había confesado el despreciable acuerdo a que había llegado con Dandridge? Suponía

que nunca conocería las respuestas y, además, ¿qué importaba ya? En cualquier caso, le

había destrozado la vida.

Al entrar en el comedor para tomar el desayuno, pensando en todo aquello, contempló que su sitio en la mesa permanecía tristemente vacío. Siempre solía haber allí

un montón de periódicos, bien doblados y colocados junto a su plato. Lottie, que estaba

con los bigudíes puestos y en bata, se levantó para mirar por la ventana.

Hacía un día precioso, soleado, pero a pesar de eso corrió las cortinas y se dio la

vuelta.

—Callie, querida. Me había parecido oír que ya te habías levantado —le dijo.

La tristeza de su cara contradecía su alegre bienvenida. Cruzó la estancia en dirección a ella, con un periódico enrollado en una de sus finas manos.

Callie miró hacia el diario que le traía y sintió que el corazón le latía con la fuerza de

un tambor en una ejecución.

—¿Cómo es de malo? Quiero saberlo.

—Quizá prefieras sentarte primero. Es... malo, Callie —le aclaró, acercándole un

ejemplar del London Times.

Callie lo agarró y se sentó en su asiento por temor a que las piernas no la sostuvieran.

Pensaba que estaba preparada para lo peor, pero al abrir el periódico y ver lo que se había

publicado el alma se le cayó al suelo. La cara que se veía en la fotografía, mirándola desde

las sombras del blanco y negro, era la suya y al mismo tiempo no lo era.

Con la mirada

lánguida, los labios hinchados y el pelo revuelto, la mujer de la imagen era alguien que

acababa de disfrutar de los placeres carnales y se sentía satisfecha. En cuanto al cuerpo,

toda aquella piel clara y aquellas curvas generosas hacían que se viera demasiado

desnuda. Por suerte, la censura había cubierto el gesto lascivo que estaba haciendo con la

mano.

Se estuvo un buen rato, no sabía cuánto, en silencio, hasta que Jenny entró con el

correo matutino, esta vez sin pronunciar su habitual y alegre «Buenos días».

Miró la

bandeja de la correspondencia que traía.

—Le dejo esto aquí, señorita Callie.

—Gracias, Jenny —dijo Lottie, respondiendo por su sobrina—. Puedes retirarte.

—Pero, ¿qué debo decir a los periodistas que no dejan de llamar a la puerta?

—He dicho que puedes retirarte —repitió Lottie en un tono inusualmente duro que

hizo que la sirvienta saliera por la puerta de inmediato.

—¿Qué periodistas? —preguntó Callie una vez se quedaron a solas.

Con una mirada intensa, Lottie asintió mirando hacia la ventana de la que acababa de

apartarse.

—Verás, la prensa ha estado acampando en nuestra acera y en el jardín, delantero

casi desde el amanecer.

—Ya veo —dijo Callie, dejando el periódico a un lado y mirando la bandeja repleta

de correspondencia.

La primera carta del montón era un telegrama que la señora Fawcett le había enviado

desde los Estados Unidos el día anterior. Familiarizada con la letra de Millicent, siempre

tan precisa, podía decirse que había transcrito la nota con desgana.

Indiferente, rompió el

sello y leyó detenidamente las pocas frases de que constaba.

De pie tras ella, Lottie miró por encima del hombro de su sobrina entornando los

ojos.

—¿Qué dice?

Callie se aclaró la garganta. Estaba angustiada.

—Según parece, gracias a mi «conducta lasciva e inconsciente», he perjudicado a la

causa. Sigue diciendo que no le queda otro remedio que hacer una declaración pública

condenando lo inmoral de mi comportamiento y rechazando cualquier relación futura

conmigo. Además, ha convocado una reunión de urgencia del comité de la Unión

Nacional de Sociedades para el Sufragio Femenino para proponer a la Sociedad

Londinense para el Sufragio Femenino que me expulse de la organización a no ser que

dimita de mi cargo de presidenta de manera inmediata. Mientras tanto, me aconseja que

no me deje ver, ni la cara ni ninguna otra parte de mi anatomía, durante la manifestación

de hoy.

—Callie, ¿qué vas a hacer?

Callie dejó la carta a un lado, sin molestarse siquiera en volverla a doblar.

—Dimitir, por supuesto. Millicent podrá seguir adelante sin mí. Además, aunque no

fuera así, mostrarme en público ahora mismo solo serviría para dividir a nuestras

seguidoras.

—Quería decir después.

Callie se levantó y empezó a dar vueltas por la habitación, aunque sus pies no iban

tan rápidos como su cabeza.

—Oh, no lo sé. Quizá me tome un tiempo y viaje por el extranjero. Me encantaría

visitar Francia de nuevo. ¿No es eso lo que hacen las mujeres que caen en desgracia en la

actualidad, salir corriendo a Monte Carlo y pasar los días jugando al bacará y mirando las

fotos enmarcadas de sus días de gloria? Aunque, pensándolo mejor, creo que dejaré lo de

las fotos —dijo acabando la frase con una sonrisa de cansancio.

Lottie la miró.

—Mi sobrina va a escapar, jamás lo hubiera pensado. Eso sí que es una sorpresa.

—No voy a escapar, me voy a... retirar.

Lottie se puso de brazos cruzados.

—¿No es eso que llaman «meter el rabo entre las piernas» ? —dejo ir su tía.

—Si me hablas de rabos, el mío, así como el resto de mi cuerpo, sale en la portada del

Times y en sabe Dios cuantos periódicos y diarios más. ¿Qué quieres que haga?

—Mantenerte firme y luchar.

Callie negó con la cabeza. Estaba terriblemente cansada, terriblemente derrotada y

más que vieja.

—No tengo con qué luchar ni un futuro por el que hacerlo.

Lottie le puso las manos en los hombros, preparándose para salir del comedor. Antes

de hacerlo, miró a su sobrina a los ojos.

—Oh, Callie, querida niña, ¿es que no lo ves? Nadie puede quitarte el honor a no ser

que se lo permitas.