HRH,1-Vencida
Prólogo
«En primer lugar, debo afirmar que resulta evidente que la prostitución existe, y florece,
porque también hay una demanda del servicio que se oferta.»
WILLIAM ACTON ,
La prostitución, vista desde sus aspectos morales, sociales y de salud 2a Edición, 1870.
Covent Garden, Londres
Invierno, de 1875
Una nueva ráfaga de viento frío se abrió paso a través de la escasa ropa del muchacho, dibujando en su semblante un temblor que lo recorrió de la cabeza a los pies.
La nieve que le caía sobre la piel agrietada no le ayudaba mucho. Aquellos grandes copos,
que a primera vista parecían suaves como plumas, le picaban como si fueran ortigas
cuando le llegaban a la piel. Si seguía así, cuando amaneciera estaría completamente
empapado... Eso si no se moría antes de frío.
Todavía no eran las siete en punto, pero para Harry Stone su miserable situación
hacía que le pareciera ya medianoche. Se refugió bajo la columnata porticada de San
Pablo, contemplando la escena con los ojos brillantes por el frío. La plaza, que pocas horas
antes bullía de actividad, estaba casi desierta, con las farolas de gas titilando y dando un
brillo aceitoso a los porteadores que acarreaban de aquí para allá las frutas y verduras que
todavía quedaban por recoger. Tan pronto como desapareciera el último de ellos, Harry se
adentraría en el oscuro mercado y rebuscaría entre los puestos vacíos en busca de algo que
llevarse a la boca. Pero, de momento, tenía que esperar.
Deslizó una de sus frías manos dentro del abrigo, en busca de su botellita de ginebra.
Tenía los dedos paralizados por el frío, pero aun así la abrió, se la acercó a los labios y la
apuró de un trago, dulce y largo. Con un hombro apoyado contra la columna, saboreó el
licor que le calentaba las entrañas, verdadero antídoto para resistir la miseria, fuera del
tipo que fuese, al tiempo que iba grabando en su mente imágenes de lo que veía, igual que
una cámara fotográfica. Llamaría a las fotos Noche nevada en la plaza de Venus. Sí, esa es
la foto que habría tomado de haber tenido su cámara consigo... Pero no, esta no había
sobrevivido al último choque.
Con sus pensiones y sus baños turcos, sus teatros y sus casas de juego, se decía que
Covent Garden era el barrio de la ciudad donde había más putas. Harry lo sabía de sobra,
pues su madre era una de ellas.
Sin embargo, no quería pasarse la vida mendigando... O al menos no siempre. Algún
día, de alguna manera, intentaría ahorrar lo suficiente para comprarse una cámara
fotográfica, esta vez una de verdad, y establecerse como fotógrafo. Sería como su ídolo,
Roger Fenton, cuyas fotos documentales sobre la guerra de Crimea habían dado la vuelta
al mundo. Él tomaría grandes fotos, fotos importantes, fotos que te hicieran sentir que
veías las cosas de una manera distinta, como nadie antes nunca lo hubiera hecho.
Pero más que una escena estática, lo que de verdad le apetecía fotografiar con su ojo
certero era gente. Personas. Oda a la gente de la sombra, la titularía, y su colección de
fotografías no dejaba de crecer en su mente. Ya sabía cómo serían, había oído hablar de
ellas o podría documentar sus historias. Polly la Sifilítica, alta y rubia, a la que llamaban
así porque tenía una llaga a un lado de la boca que nunca parecía curarse.
María, aquella
italiana bajita y bonita que, con ayuda de una esponja empapada en vinagre, se las
apañaba para aparentar que tenía el himen de una virgen cada noche. Y
luego estaba
Randy Roger, tan solo unos años mayor que Harry pero que aparentaba tener más
cuarenta que veinte a consecuencia del opio, del que nunca parecía fumar bastante. Le
gustara o no, Harry era ahora uno de ellos, era parte de las sombras de aquel lugar.
Autorretrato de un muchacho apoyado en una columna. Con la cabeza ladeada, los
hombros encogidos, las manos en los bolsillos... todo lo que le rodeaba le decía que mejor
estar en cualquier otra parte que allí. Aquella no era la escena de un retrato, no era una
fotografía en realidad, pues no se le veía la frente, cubierta por unas greñas rubias, y solo
se sugería su nariz bien perfilada y se adivinaba la punta de una barbilla cuadrada.
Aquellos eran rasgos que tenía en la memoria y que parecían hacerse más borrosos con
cada día que pasaba.
Harry no se había mirado en un espejo desde hacía más de un año.
Antes, echar un vistazo a su reflejo no había sido una costumbre, sino más bien una
ocurrencia inevitable, consecuencia de haber crecido en el Palacio del Placer de madame
Dottie, donde había más espejos que jerez o champán y por supuesto eran más abundantes
que las buenas comidas, que solo tenían lugar en las ocasiones especiales o cuando
llamaba algún cliente importante.
Grandes espejos de marcos dorados cubrían casi todas las paredes; también había
espejos que colgaban del techo de las habitaciones donde las mujeres como su madre
entretenían a sus «invitados». Además, también estaban los espejos que su amiga Sally
colocaba para verlo a él. Por fuera, parecían espejos como cualquier otro, pero por detrás,
una vez colgados tapando algún hueco en la pared, permitían ver lo que sucedía en la
habitación desde la estancia de al lado. Cuando preguntaba para qué querría alguien ver
lo que pasaba en la otra habitación, o que otra persona lo viera, Sally se echaba a reír y le
explicaba que las personas, en general, podían clasificarse en tres grupos: los que hacen,
los que miran y aquellos a los que les apetece hacer cualquiera de las dos cosas de vez en
cuando. En aquel entonces, Harry no entendía nada de todo aquello.
Pero ahora sí.
El ruido que le hacían las tripas lo devolvió a la realidad. El último carro de verduras
se estaba marchando. Por fin tenía vía libre cuando observó a un hombre alto con chistera
y sobretodo que cruzaba por en medio de la plaza vacía.
Con el corazón latiéndole a toda prisa, se apartó de la columna y corrió por los
escalones resbaladizos hasta la calle. Plantándose en medio de su camino, levantó la vista
para mirarlo a la cara. La tenía como embotada.
—Por favor, ¿tendría una moneda para que este pobre muchacho pueda cenar esta
noche? —se forzó a decir, con los labios tiesos por el frío e intentando esbozar una sonrisa.
El hombre no sonrió, sino que lo miró con desdén y unas cejas espesas que marcaban
un inconfundible ceño fruncido. Con sus fieros ojos y pétreas facciones, a Harry le recordó
a uno de aquellos metodistas hacedores del bien, el tipo de individuos que predicaban
contra los demonios del alcohol en las esquinas de la calle East End y que repartían sopa, y
no mucha, en la misión cristiana de la carretera de Whitechapel. Sin embargo, bajo su
aspecto piadoso, Harry podía sentir su ansia, su hambre afilada, no muy distinta de la que
veía en algunos de los mejores clientes de su madre. Cielo e infierno, santos y pecadores.
Una línea muy fina separaba ambas categorías.
Entonces se fijó en el enorme bastón que llevaba, así como en la manaza que lo
sujetaba, y dio un paso atrás.
—Lo siento, señor. Ya me iba.
Se dio la vuelta para echar a correr, con la esperanza de perderse entre la maraña de
cajas y cubos de basura que allí había.
—¡Espera, espera!
Y desde atrás sintió cómo una enorme mano enguantada asía su hombro con fuerza.
Aterrorizado y enfadado a partes iguales, Harry se dio la vuelta.
—¡Ey, oiga! ¡Déjeme! Ya le he dicho que lo sentía.
El hombre apartó la mano.
—No te asustes, muchacho. No voy a hacerte daño. Solo quiero hablar contigo.
Aquellos ojos le resultaban sagaces, aunque no desagradables.
Harry observó al hombre de ancha espalda de arriba abajo, desde un ángulo un poco
inclinado. Tanto su abrigo como su sombrero eran de calidad, y la empuñadura de su
bastón parecía de oro.
—Muy bien —dijo al fin—, pero mi tiempo le costará dinero.
La dureza del rostro de aquel hombre desapareció, aunque Harry no sabía decir si
era por pena o por disgusto. Con un suspiro, el caballero se llevó la mano al bolsillo
interior del abrigo.
—¿Será esto suficiente?
Entonces se sacó un billete de cinco libras de la cartera y se lo tendió. ¡Un billete de
cinco libras! Harry se quedó con la boca abierta.
—Sí, señor —respondió entre balbuceos, al tiempo que cerraba la boca y se metía el
billete en el bolsillo antes de que nadie pudiera verles.
—¿Cómo te llamas, muchacho?
Harry dudó. Dar tu nombre a un desconocido, y más cuando en realidad todavía no
sabías qué te iba a pedir, era jugársela.
—Eso depende de quién pregunte.
—Yo me llamo William —dijo el hombre.
El chico dudó un instante.
—Harry, me llamo Harry.
Sin embargo, no quiso decir su apellido, «Stone», el de su madre. No lo hizo por
pragmatismo y por precaución. William, si es que era ese su verdadero nombre, tampoco
le había dicho el suyo. Si las cosas se ponían feas, podría birlarle la cartera a aquel viejo
caballero y salir corriendo sin que supiera cómo se llamaba, así que decirle su apellido
hubiera sido una estupidez.
—¿Cuántos años tienes, Harry? —le preguntó el hombre mirándolo con ojos
solemnes.
«Los suficientes» habría sido la respuesta que le hubiera dado a cualquiera, pero el
modo de comportarse de William le obligó a decir algo distinto, a dar una respuesta más
seria.
—Catorce, creo. Quizá quince. —Clavando la puntera de la bota en la nieve añadió:
— No... No estoy muy seguro.
—¿No tienes padres? ¿Ningún pariente que pueda socorrerte? —preguntó el hombre
con voz amable.
Harry no entendía muy bien qué era eso de «socorrerte», pero notó que empezaban a
saltársele las lágrimas, y aquello no tenía nada que ver con el frío.
—Solo a mi madre, señor, y está muerta. —Entonces apartó la mirada bruscamente,
avergonzado por aquella voz rota que le estaba saliendo, y añadió—: Murió de tifus.
Después de todo, el tifus era una enfermedad respetable, no como la sífilis, que te
llenaba de pústulas rojas y hacía que acabaras loco como una cabra. Claro está que, con el
oficio que había tenido su madre, también podría haber pillado la sífilis.
Pero no, Sally le
había asegurado que lo que se había llevado a su madre era el tifus, y aquella era la única
mujer en este mundo en la que confiaba.
Después de todo, había que confiar en alguien.
—Ya veo —dijo William. Harry se obligó a mirarle a los ojos, aquellos ojos sabios y
amables, y casi pudo creerse que así había sido—. ¿Qué te parecería si te dijera que, si
vienes conmigo ahora, te ayudaré a encontrar un empleo en el campo, donde te darán
buena comida, ropa limpia y tendrás un sitio donde dormir caliente?
—Se refiere a un asilo para pobres, ¿verdad?
Harry pateó la gruesa capa de nieve que cubría los adoquines, como si quisiera
limpiarse aquella odiosa palabra de los labios. Todo el mundo sabía lo que eran, en
realidad, aquellos centros: lugares terribles donde los niños trabajaban por el día y rezaban
durante la noche, y donde les castigaban si no hacían alguna de las dos cosas con
suficiente dedicación.
Una mirada de dolor cruzó el rostro curtido de William.
—Roxbury House no es un asilo para pobres, no se le parece en nada. Es un orfanato
fundado y gestionado por la Sociedad de Amigos, los cuáqueros. Su misión es encontrar
un hogar cristiano para muchachos que no lo tienen y apartar del pecado a quienes hayan
caído en él, así como prepararlos para que tengan una vida productiva y sean personas
temerosas de Dios.
Harry se encogió de hombros, aunque en su interior el corazón no dejaba de latirle
con fuerza. «Qué demonios tendrá qué ver todo eso conmigo», se preguntaba.
—Ahora mismo, en el orfanato están buscando a un muchacho que pueda trabajar
allí como asistente del encargado de mantenimiento de las pistas de deporte.
El puesto te
permitiría estar al aire libre y hacer ejercicio al tiempo que trabajas en el huerto y en la
propiedad.
El único «aire libre» que Harry conocía era el de Londres, contaminado por el polvo
del carbón y lleno de olores inmundos. En cuanto a lo de trabajar en un huerto, dudaba
que él supiera diferenciar un rábano de un puerro. Sin embargo, cuando cerraba los ojos
por la noche, la visión que acudía a su mente y le permitía dormir era la de amplios
campos verdes y cielos azul cobalto; la de la leche con la nata flotando por encima, todavía
caliente tras el ordeño; la de campos de manzanos donde un muchacho podía darse un
festín de fruta con las manzanas de los árboles.
William se agachó hacia él, sin dejar de mirarlo a los ojos.
—¿Te gustaría ocupar ese puesto?
La nieve arreciaba y se iba acumulando sobre los hombros del abrigo de William,
lanzando destellos plateados a la vista de Harry. Parecían de plata, sí, plateados, como las
alas de los ángeles. Harry se quedó sin respiración sin saber por qué.
«¿Te gustaría ocupar ese puesto?»
¿Podría? Harry empezó a buscar en su interior, en su alma herida. Por fin, una
oportunidad para empezar una nueva vida, para hacer algo limpio y bueno.
¿Acaso
existían de veras tales oportunidades?
—Sí, señor. Creo que sí —respondió balbuceando, casi temeroso de creer que a él
pudiera sucederle algo así.
—Bien, entonces esta noche vendrás a mi casa y mi querida esposa te preparará algo
de cena. Mañana nos pondremos en marcha para que te encamines hacia una nueva vida.
Y sin decir más, el hombre se dio la vuelta y se dirigió hacia la calle James, mientras
su bastón iba dejando marcas en la nieve según avanzaba. La escena le recordó a Harry
una historia que le habían contado de pequeño, en la que un niño y una niña, perdidos en
un espeso bosque, habían ido dejando un rastro de miguitas según avanzaban para que los
encontraran más tarde.
«Quiero que me encuentren», pensó.
Con el corazón latiéndole a toda prisa, Harry echó a correr tras él. Las finas suelas de
los zapatos que calzaba hacían que resbalara sobre la nieve.
—¡Espere! ¡Espere!
Tragándose el aire frío de la noche a bocanadas, Harry siguió corriendo, sin hacer
caso de la música de violín, de las risas chillonas y de algún que otro grito de «agua va»
que salía por las puertas de las tabernas y los burdeles frente a los que pasaba. Alcanzó a
William en Long Acre, justo cuando subía a su carruaje, un vehículo lacado en negro que
le pareció impresionante, no muy distinto de los que había visto frente al teatro de Drury
Lane, de los que se apeaban los ricachones que asistían a las representaciones.
Antes de que el cochero con librea le diera con la puerta del carruaje en las narices,
saltó hacia el interior del vehículo. Exhausto, cayó de espaldas contra el asiento de piel que
estaba frente al de William.
El hombre lo miró con ojos serios e inquisitivos.
—Bien, Harry, me parece que no me equivoco al pensar que estás preparado para
dejar atrás tu vida de pícaro, ¿a que no?
Antes de que pudiera responder, la puerta del carruaje se cerró. Al final sintió una
pequeña vibración en cada centímetro de su tembloroso cuerpo.
Entonces William se acercó a él, pero solo fue para darle una manta de viaje y
apuntar hacia dos ladrillos envueltos en franela que había bajo su asiento.
Envuelto en la
cálida manta de lana, con los pies sobre aquellos ladrillos calientes, Harry echó la cabeza
atrás y la apoyó sobre la superficie de piel. Inhalando aquel confortante olor a cuero, puros
y ron de malagueta, se quedó dormido. Cuando abrió los ojos, el carruaje se había
detenido y un brazo fuerte y a la vez amable le zarandeaba con suavidad para que se
despertara.
Se desperezó y se sentó erguido, horrorizado al darse cuenta de que se había dormido frente a un desconocido.
—¿Dónde? ¿Dónde estamos?
A William no pareció ofenderle su actitud, o por lo menos no lo demostró.
Apoyándose en el respaldo de su asiento, agarró con su mano enguantada el mango de su
bastón.
—En mi casa de Downing Street. En el número 10, para ser más preciso.
El 10 de Downing Street. ¿De qué le sonaba a Harry esa dirección? No lo sabía. Al
sacar la cabeza por la ventanilla y contemplar aquella calle, tan tranquila y elegante, lo
único que podía afirmar era que nunca antes había estado allí. Una mujer poco atractiva,
de mediana edad, abrió la puerta delantera del carruaje antes de que William tuviera
tiempo de pedirlo golpeando con su bastón. Cuando la mujer le quitó al hombre con un
movimiento brusco el abrigo empapado y el sombrero y luego lo envió hacia la chimenea
de la biblioteca, diciendo que acabaría con fiebre si no entraba pronto en calor, Harry
dedujo que aquella debía de ser la «querida esposa» de la que William le había hablado.
En cuanto a Harry, pronto se vio envuelto en un cálido edredón y sentado frente a la
chimenea de la cocina, con un tazón de delicioso caldo y un pedazo de pan crujiente entre
las manos. Después lo dejaron al cuidado de una muchacha rolliza y de cara amable que lo
acompañó hasta su habitación tras subir por una gran escalinata. Aquella estancia olía a
limpio. Era un olor tan maravilloso que, por un momento, se detuvo para disfrutar del
aroma de la ropa de cama lavada y planchada. Aunque pensaba que no podría dormir al
pensar en el giro que su vida acababa de dar, cayó exhausto en un profundo sueño en el
instante en que posó la cabeza sobre aquella almohada de plumas de ganso.
A la mañana siguiente, después de haber tomado un baño, haber desayunado bien y
haberse puesto ropa limpia, aunque no fuera muy de su talla, se encontró en un andén de
la estación de trenes Victoria, con un billete de segunda clase para Kent, que sujetaba en la
mano apretándolo, como si tuviera miedo de perderlo.
—Dios Todopoderoso ama tanto al pecador como al santo —le había dicho William
poco antes de subir al tren—. Sé buen chico, trabaja duro, ama al Señor y prosperarás.
En los últimos años, cuando Harry recordaba su primer y único encuentro con
William Edward Gladstone, el por aquel entonces primer ministro del Reino Unido, lo
hacía con alegría y una especie de temor reverencial. Aquel encuentro tan improbable, que
se había producido en su vida en una amarga noche de invierno, cuando gobernaba el
popularmente conocido como William del Pueblo, marcó el momento en que un
muchacho llamado Harry Stone empezó a morir para dar vida a... Hadrian St. Claire.