HRH,1-Vencida

Hope Tarr · Capítulo 6 de 20

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HRH,1-Vencida

Capítulo 5

«Si consideramos que las mujeres deben dedicarse especialmente a lo que es bueno o bello,

tienen mucho que hacer en política; y si las damas se ocuparan aunque solo fuera de los colegios,

casas de misericordia, edificios públicos, parques, jardines y galerías de arte, e intentaran enviar al

Parlamento a algunas que trabajasen con eficiencia en estas materias, el resto de la comunidad

tendría motivos para estarles agradecida por su ayuda...»

HELEN TAYLOR, El clamor de las inglesas por el sufragio considerado constitucionalmente, 1867

Mientras, en Parliament Square, Hadrian se felicitaba a sí mismo por haber tenido la

idea de llevar la siguiente sesión de fotos con Caledonia al exterior. Una gran idea. El aire

era frío, más fresco que helador; el sol, aunque tibio, eliminaba la humedad del ambiente.

Y, por supuesto, la plaza quedaba a un corto paseo desde su estudio, un detalle muy

importante en su juego de seducción. Lo triste era que tuviera que utilizar la pasión como

arma para destruir, para vencer, según le había dicho Dandridge. Porque de no haber sido

así, no habría dejado que Caledonia Rivers volviese corriendo a su oficina tan rápido.

—Señor St. Claire, hola.

Empezó a desempaquetar las patas del trípode y vio a su presa saludarle desde el

otro lado del parque. Al contemplar cómo se acercaba, admiró el porte con que lo hacía.

Con los hombros hacia atrás, la espalda recta, dando pasos ni remilgados ni apresurados,

sino decididos. Cómo se movería cuando le quitara toda esa pesada ropa y la metiese en

su cama era un delicioso descubrimiento que todavía le quedaba por hacer.

La perspectiva

de lograrlo hizo que la entrepierna de doliera.

—¡Qué buen día!

Llegando hasta donde estaba, alargó su mano enguantada para dársela igual que

haría un hombre, algo que él estaba empezando a ver con cierto agrado.

—Cierto, hace muy bueno.

Entonces le dio la mano, manteniéndola durante un segundo o dos más de lo

necesario junto a la suya.

Ella llevaba otro de esos sombreros horribles, aunque no esperaba otra cosa.

Unos

mechones de cabello se le habían escapado y volaban al viento, bajo el sol, donde estaba

ella. Su pelo, que le había parecido más oscuro, se veía con tonos caobas al sol. Incluso su

maldito color de cabello resultaba complicado, confuso, como ella, y distinto a lo que se

veía a primera vista.

Recordándose a sí mismo que tenía trabajo que hacer, apuntó hacia la estatua del

gran presidente y libertador estadounidense, Abraham Lincoln; además de estar situada

en un sitio que, casualmente, se encontraba iluminado por el sol, el obvio paralelismo con

la joven lo golpeó.

—Había pensado que podríamos empezar por fotografiarla allí.

—De acuerdo —dijo ella, acercándose a la estatua de bronce y rodeándola, con los

brazos a los lados, como si quisiera abrazar el día en todo su esplendor—.

¿Así?

—Veamos.

Él se deslizó bajo la cortinilla de su cámara y abrió el objetivo tratando de enfocar su

cabeza y sus hombros.

No es que tuviera, estrictamente hablando, una cara bonita, o al menos no lo era en el

sentido clásico de forma y simetría, pero había belleza en ella, una cierta sutilidad, un

matiz, una «pasión» que le decía algo a su alma de artista. Lo que más le gustaba era su

barbilla, aunque resultara demasiado angulosa para lo que estaba de moda, pues se

suavizaba con aquellos hoyuelos suaves y encantadores. El otro día, en su estudio, cuando

se levantó para increparlo, se imaginó poniéndole los dedos ahí, justo ahí, y dibujando su

cara, fantaseando con que la besaba.

—Supongo que no habrá posibilidad de que se separe de ese sombrero,

¿verdad? —

preguntó Hadrian, a sabiendas de que no le serviría de nada. Conocía de antemano cuál

sería su respuesta.

Anticipando sus palabras, Callie negó con la cabeza.

—Estamos en pleno invierno, señor St. Claire.

Bueno, después de todo lo había intentado. Por lo menos había conseguido que se

quitara las gafas. «Algo es algo», pensó.

—En ese caso, por favor, échese el velo hacia atrás... Sí, así, un poco más...

Hadrian se escabulló tras su cámara y se acercó hacia ella. Estirando el brazo, alisó

un poco un lado del velo que se había levantado con el viento y que le había hecho llegar

ese aroma delicioso a agua de rosas y canela, o así era como lo percibía él.

Con solo un

ligero toque detrás de aquella bonita oreja le llegaba su olor, pensó. Aunque solo tardó

unos segundos en prender el velo y colocarlo en su lugar, al estar tan cerca de ella no

necesitó más tiempo para que el deseo se hiciera patente en su entrepierna.

Hadrian dio un paso atrás, agradecido a los pliegues de su abrigo por ocultar lo que

allí abajo sucedía.

—Mucho mejor así. Tiene unos ojos muy bonitos, como le dije antes. Es una pena que

los esconda.

Ella arqueó una ceja.

—Es usted un maestro de la seducción, ¿verdad?

Enfadado, se volvió y regresó hacia donde estaba su cámara. Nunca jamás se había

encontrado con una mujer tan reacia a los piropos.

—La respuesta más habitual a un piropo es decir «gracias». Podría intentarlo la

próxima vez —le espetó, hablando por encima del hombro.

Callie abrió la boca para contestar cuando unas risas infantiles hicieron que se

volviera hacia tres niños que jugaban con una pelota. Él ya se había dado cuenta antes, al

llegar y empezar a montar su equipo, de que estaban cerca y quizá podrían distraer, pero

no les dio mayor importancia. Sin embargo, ahora que había vuelto la mirada hacia

Caledonia, su percepción había cambiado. A juzgar por lo embelesada que se la veía y por

su sonrisa suave, debían de gustarle los niños. Otra paradoja más, pues parecía que

hubiera decidido no tenerlos.

La pelota que daba saltos entre ellos acabó por golpear una de las patas del trípode,

pillándolo desprevenido y casi tirando la cámara al suelo. Por un instante, la imagen y el

sonido del objetivo de una cámara rompiéndose recorrieron su memoria, resucitando un

dolor agudo y primitivo.

Uno de los niños corrió hasta Caledonia, un rubito con el pelo mojado que se le

pegaba a las mejillas, sonrosadas como las de un querubín.

—Caramba, señorita, lo siento. Ha sido sin querer. Solo estábamos jugando.

Hadrian se dio la vuelta para enfrentarse al culpable, que no era más grande que una

pinta de cerveza.

—No me importa lo que estuvierais haciendo, mocoso —le gritó, más alto de lo que

debía, aunque su enfado había empezado a decaer y a dejar en su lugar un vacío en el

alma, un sentimiento que le resultaba familiar.

El niño se detuvo. Con el labio inferior temblando, miró a Caledonia al mismo

tiempo en que sus dos compañeros de juegos se acercaban. Los dos pequeños echaron una

mirada a Hadrian y se detuvieron.

Caledonia envió a Hadrian una mirada llena de furia por encima de la cabeza del

pequeño.

—De verdad, señor St. Claire, solo ha sido un accidente. Solo estaban divirtiéndose,

¿a que sí, chicos?

Los tres asintieron al unísono. Uno de los niños, alto y desgarbado, que llevaba un

gorro de lana y unos pantalones con remiendos a la altura de las rodillas sujetos a la

cintura con una cuerda, se atrevió a dar un paso al frente para recoger la pelota. Con la

nuez de la garganta subiéndole y bajándole, el muchacho tragó saliva antes de hablar. Por

su determinación debía de ser el mayor.

—No queríamos molestar, señor, de verdad que no —dijo, mirando entonces al niño

rubio, el más pequeño de los tres, sobre cuyo hombro Caledonia había posado una

mano—. Lo que pasa es que Ned no tiene muy buena puntería, eso es todo.

—Oliver Tuttle, retira eso ahora mismo o... —le dijo el pequeño Ned, como si de

repente su orgullo masculino le hubiera hecho olvidar el miedo. Dando un paso hacia

delante con los puños cerrados, dejó atrás la mano protectora de Caledonia.

—¿O qué? —preguntó Oliver, que le sacaba la cabeza y más. Entonces se acercó para

enfrentarse a él.

En los labios de Caledonia se dibujó una sonrisa, suficiente para que Hadrian se

olvidara de la regañina que había estado a punto de echar a aquellos mocosos.

—¿Sabéis una cosa, chicos? Juego muy bien al fútbol, o, por lo menos, solía hacerlo.

Quizá pueda daros algunos consejos, ¿qué os parece? —les dijo Callie mirándolos con

dulzura.

Los ojos de Ned se abrieron como platos.

—Pero usted... es una chica.

Oliver le dio un codazo en las costillas.

—Es una dama, idiota.

Su sonrisa se hizo entonces incluso más amplia y dejó a la vista aquellos bonitos

hoyuelos que Hadrian solo había visto antes una vez, cuando se conocieron.

—Puede que sea una chica, pero crecí jugando a muchos de esos juegos a los que a

las niñas no se les anima a jugar.

Entonces alargó la mano para atrapar la pelota y Oliver tuvo que aceptarlo y rendirse.

Consciente de que se había convertido en un mero espectador, Hadrian volvió a su

cámara. Deslizándose bajo la cortinilla del aparato, enfocó antes de disparar.

Olvidándose de que el fotógrafo estaba allí, Caledonia levantó la pelota por encima

de su cabeza y luego la hizo descender, para atraparla con su pie derecho y empezar a

darle patadas. La pelota subió hacia arriba, un buen tanto, coincidiendo con una ráfaga de

viento. Como si fueran la vela de un barco, el aire levantó las faldas de la mujer y dejó a la

vista, desde su esbelto tobillo hasta la bien formada rodilla.

Al estar detrás de la cámara, Hadrian no se perdió detalle y se quedó helado. Con un

solo clic podría obtener, si no la maldita fotografía que Dandridge quería, sí al menos una

bastante comprometedora. Sin embargo, no movió un dedo y dejó que la oportunidad

pasara.

Ella se tiró de las faldas hacia abajo justo en el instante en el que el pequeño Ned, con

la mano colocada por encima de los ojos para darse sombra, miraba fijamente hacia el

lugar donde había caído la pelota.

—Vaya, es usted... muy buena —dijo el pequeño echándose hacia atrás.

Caledonia se rió.

—Caramba, gracias por el cumplido. También solía jugar muy bien al cricket, aunque

lo que más me gusta es correr, más que batear, y eso que hacerlo con faldas resulta un

poco más difícil para nosotras —dijo ella guiñándole un ojo.

Los dos niños mayores se marcharon en busca de la pelota, pero Ned regresó a

donde estaba ella.

—Aunque sea una chica, puede jugar en mi equipo siempre que quiera —

dijo

ceceando y levantando los ojos para mirarla.

El niño se alejó arrastrando los pies y luego se detuvo, se dio la vuelta, se lanzó a sus

faldas y le dio un abrazo muy fuerte.

—Gracias, cielo. Es lo más bonito que me han dicho en mucho tiempo.

Conteniendo las lágrimas, le acarició la cabeza y le animó a que regresara con sus

amigos. Con un abrazo final, el muchacho partió. Ella se quedó mirándolo durante un

buen rato, con tal cara de nostalgia que Hadrian se conmovió. La tristeza podía palparse

en su rostro, y eso produjo un eco doloroso en su interior que le llegó al corazón.

—Le gustan los niños, ¿verdad?

No era en realidad una pregunta, sino simplemente algo que se le ocurrió decir para

romper el silencio.

Como si de repente recordase que estaba allí, Callie se volvió hacia él.

—Sí. ¿Le sorprende?

—Un poco —admitió, inclinándose hacia delante para enfocar el objetivo a sus ojos.

¿No fue el filósofo estadounidense, Thoreau, quien dijo que los ojos son el espejo del

alma? Si eso era cierto aunque solo fuese a medias, Caledonia Rivers debía de tener un

alma preciosa. Un hombre menos precavido podría caer de cabeza a sus pies al contemplar

aquellos ojos verdes, tan serios y tan tristes.

—Lo dice porque la maternidad es la vocación sagrada de la mujer,

¿verdad?

Lo afilado de su tono le decía que había tocado un asunto sensible, algo que, de

alguna manera, la había herido.

Hadrian pensó en su madre, que pasaba la mitad de su tiempo emborrachándose con

ginebra y la otra mitad abriéndose de piernas ante cualquier hombre dispuesto a pagar

por sus servicios. Si la maternidad hubiese sido una «vocación», sagrada o no, su madre lo

había disimulado muy bien.

Saliendo de debajo de la cortinilla de su cámara, sacudió la cabeza.

—Al verla con esos niños, no he podido evitar pensar que usted sería una madre

maravillosa.

Ella bajó la mirada hacia el suelo helado.

—Creo que ya es un poco tarde para tener una familia. Casi tengo treinta años —dijo

ella, revelando su edad como si fuera un sucio secreto o, como mínimo, algo de lo que

tuviera que avergonzarse.

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—Bueno, no es para tanto.

Con la mirada perdida en la distancia, Callie agitó la cabeza.

—Tener una familia me distraería o, como mínimo, sería un obstáculo para mi labor.

No sería justo para nadie, y menos para los niños.

La frialdad de su respuesta le chirrió un poco, quizá porque su propia madre le había

hecho sentirse como si fuera un estorbo.

—Ah, sí, la noble causa según la cual ningún sacrificio es demasiado grande.

Después de sus palabras, lo que él esperaba era alguna de esas mordaces réplicas,

pero en cambio se encontró con que se quedó mirándolo durante un rato antes de decir

nada.

—¿Y qué hay de usted, señor St. Claire? Debe de haber algo que le importe, algo por

lo que esté dispuesto a sacrificarse.

El hecho de que ella pensara que en él había cierta nobleza innata estaba tan fuera de

contexto que tenía que reírse. ¿Acaso aquellos ojos tan sagaces no podían ver quién era y

qué era en realidad?

Sacó el pañuelo y se dispuso a limpiar el polvo del objetivo de la cámara como si

aquello fuera lo más importante del mundo.

—Lamento desilusionarla, pero me temo que la mera supervivencia consume todas

mis energías.

—Sin embargo tiene que haber algo o alguien que le importe.

Su perseverante mirada le obligó a estrujarse la cabeza. Gavin y Rourke eran más

hermanos de sangre que amigos; eran lo más parecido a una familia que tenía. También le

importaba Sally, aunque el ardor de juventud que había sentido por ella se había

convertido con los años en simple amistad. Más allá...

—Hubo un tiempo en que deseé llegar a ser como Roger Fenton, pero de eso hace

mucho —dijo y, viendo que con la mirada le decía que no sabía quién era ese personaje,

añadió—: Fenton fue el fotógrafo que documentó en imágenes la guerra de Crimea; sin

embargo, lo que yo quería hacer era un reportaje sobre la pobreza en Inglaterra, Londres

particularmente.

Los ojos de ella se iluminaron, lo que no pasó desapercibido para Hadrian.

Dios, esos

ojos eran capaces de atrapar la luz y el corazón de un hombre, su corazón, como jamás

otros habían logrado.

—Todavía está a tiempo de conseguirlo, ¿no le parece?

Él se encogió de hombros y se guardó el pañuelo en el bolsillo.

—El trabajo por encargo paga las facturas; la caridad, no. En cualquier caso, el

mundo está lleno de mártires. Los individuos interesados como yo existimos para

mantener un cierto equilibro.

Ella sacudió la cabeza, más que enfadada, defraudada por la respuesta, como si él

fuera un caso perdido.

—¿Por qué será que creo que quiere hacerme picar el anzuelo?

Él sonrió.

—Pues, francamente, señorita Rivers, o Caledonia, si me permite el atrevimiento, no

tengo ni idea.

—Si quiere llamarme por mi nombre de pila, llámeme Callie. Las únicas veces que

me llaman Caledonia son cuando hay problemas de algún tipo.

Después de decir aquello la joven sonrió. Fue una sonrisa suave, sencilla, que le hizo

volver al escondite de su cámara, bajo su cortinilla, y no porque fotografiarla así le pusiera

más cerca de llevársela a la cama, sino porque, por algún motivo, quería captar este

instante y guardarlo para siempre.

—De acuerdo entonces, que sea Callie. Si piensa seguir rebuscando entre las

profundidades oscuras de mi alma, entonces será mejor que me llame Hadrian.

Tiró del cordón del disparador de la cámara. El pum que hizo el aparato confirmó

que su imagen, que aquella sonrisa, estaba grabada y formaría parte de la historia, o, como

mínimo, de la historia de ambos.

Enderezándose, miró por encima de la cámara.

—Entonces dígame, Callie, ¿qué piensan sus padres acerca de su determinación de

seguir adelante sin un marido ni hijos? —le preguntó para proseguir enseguida—: ¿O es

que tiene suficientes hermanos como para mantener llenas las habitaciones para niños de

la familia?

De repente, su rostro se ensombreció.

—Tengo un hermano mayor al que hace años que no veo. Su esposa y él tienen

gemelos, dos niños, y mis padres están encantados de que lo sean, por aquello de

mantener el nombre de la familia y demás —respondió, sin mirar demasiado hacia donde

estaba, sino más allá.

—¿Cómo son sus padres?

Ella hizo una pausa.

—Serios, convencionales. Mi padre es el penúltimo patriarca. Mamá lleva la casa con

puño de hierro pero, a pesar de eso, ni se le ocurriría leerse un periódico, y mucho menos

formarse una opinión propia sobre nada. Aparte de las contadas visitas que les hago

durante las vacaciones, nuestro contacto se limita a la correspondencia, bastante exigua,

por cierto. Supongo que está claro que mi familia no aprueba mi actitud.

Mantuvo un tono firme y, aun así, le pareció que aquel estado de cosas producía en

Callie un cierto dolor.

—Ellos se lo pierden, estoy seguro —dijo él, no porque intentara cortejarla, sino

porque, simplemente, le parecía que así era.

—¿Qué me dice de usted? ¿Tiene familia aquí, en Londres?

El movió la cabeza, maravillado por el esmero con que ella se las había arreglado

para dar la vuelta a la conversación y hablar de él otra vez. Volvió entonces a pensar en la

historia que Gavin y él habían vivido, después de que él regresara a Londres un año antes.

—Soy hijo único —le dijo él.

Era cierto, o por lo menos lo era hasta lo que él sabía, pues, de niño, había soñado con

tener un hermano de la misma manera que soñaba con vivir en el campo.

No fue hasta que

hubo dejado Londres, y con la ciudad su pasado, para empezar de nuevo en Roxbury

House cuando se dio cuenta de que aquello era lo que siempre había deseado.

—Un hijo único y un chico que debe de haber tenido muchos tíos y abuelos para

mimarlo.

El retrato de familia feliz que ella estaba dibujando suponía un contraste tan duro y

cruel con las circunstancias reales que había vivido en su infancia que el viejo sentimiento

de amargura que lo embargaba cuando era un niño, y que creía enterrado para siempre,

pareció salir a la superficie una vez más.

—Ni mucho menos. Mi madre era... viuda —dijo, pensando en la otra mujer que

trabajaba en casa de madame Dottie, Sallie, de la que, por alguna extraña razón, había

decidido hacer algo bello—. Tuve un montón de tías que me mimaron hasta la saciedad.

Después de que mamá, madre, muriese, viví en un orfanato durante algún tiempo. Resultó

ser un gran cambio.

—Lo siento. No pretendía curiosear en su vida —dijo ella, con los ojos tristes, tristes

por él.

Hadrian se encogió de hombros para indicar que no tenía importancia y también por

otro motivo, y es que el hecho de que ella sintiera pena de él le hería profundamente.

—No era un sitio tan malo. De hecho, todo lo contrario. Estaba en el campo, y con el

tiempo hice tres amigos allí, uno de los cuales vive actualmente en Londres.

—¿Y los otros dos?

—Uno era un escocés grandote y valiente, Patrick, que se apellidaba Rourke. Lo

último que supe de él era que estaba en el norte de Escocia trabajando para el ferrocarril.

En cuanto a la pequeña Daisy, fue adoptada por una pareja, un hombre y una mujer que

no eran matrimonio pero que iban a hacer el papel de padres para ella, y desapareció para

siempre.

—¿Así que se quedó solo?

La forma en que lo dijo le recordó lo mucho que le había dolido verse abandonado

otra vez.

—Sí, creo que sí —dijo, encogiéndose de hombros y tratando de ocuparse en algo,

como cambiar las placas de la cámara de fotos que ya habían sido utilizadas y colocar otras

nuevas. Consciente de que ella lo estaba mirando, levantó la vista y añadió

—: ¿En qué está

pensando ahora? —preguntó.

No estaba jugando con ella, no esta vez. Por algún motivo, quería saberlo.

Ella se volvió para mirarlo con una sonrisa en los labios, unos labios que, de repente,

quería besar, como si lo necesitara.

—Que está empezando a hacer frío, aunque ya sé que usted está cumpliendo con su

parte de nuestro acuerdo.

Habría apostado cualquier cosa a que aquello no tenía nada que ver con lo que ella

había estado pensando en realidad. Sin embargo, no quiso presionarla.

—Ha llegado la hora de recoger el equipo y marcharse, ¿no le parece? —le dijo,

enderezándose y alejándose de la cámara—. Y sí, es cierto, parece que hace frío. Creo que

eso tampoco me ayuda a trabajar porque el objetivo de la cámara empieza a empañarse.

¿Qué le parece si tomamos esa taza de té que le ofrecí el otro día, Callie?

* * * * *

Cuando la invitó de nuevo a tomar el té en su casa, no esperaba que fuera a aceptar.

Como norma, una joven de buena familia como Caledonia Rivers nunca consentiría en ir a

la casa de un soltero, aunque fuera una de esas que están encima de una tienda. Por eso, se

había preparado, si no para una batalla verbal exactamente, sí para una negativa que no le

dejaría ningún género de dudas. Pero, en lugar de eso, ella lo miró apenada e hizo una

pausa más larga de lo habitual, para acabar asintiendo con un rápido movimiento de

cabeza y un «sí, muy bien».

Después de todo, bajo aquella blusa tiesa y abotonada hasta el cuello y aquellas

faldas almidonadas había una mujer.

Y él era un hombre.

Caminaron en silencio, algo que parecía apetecerles a los dos. Cuando llegaron y

entraron en la tienda, Hadrian dio la vuelta al letrero que había en la puerta por el lado en

que se leía « Cerrado » y dio una vuelta a la llave. Observó que Callie vagabundeaba por

su estudio, aparentando estar interesada en las fotografías que tenía enmarcadas, aunque

lo más probable era que ya las hubiera visto antes, cuando había posado para él.

Como si pudiera sentir los ojos de aquel hombre sobre ella, se apartó de la pared y le

dio la cara. Hadrian sintió que algo en su interior le cedía el paso como si estuviera a

punto de robar un objeto que ni siquiera le estaba permitido tocar.

—Estos están muy bien. Quise decírselo el otro día. No soy ninguna experta en el arte

de la fotografía, pero creo que tiene talento.

Él la miró con los brazos cruzados.

—Algunos dicen que no se trata de un arte, sino como mucho de un oficio.

Ella le sonrió con aquella sonrisita de Mona Lisa que tenía, que producía sin duda un

intenso efecto en sus entrañas.

—Si me permite que se lo diga, usted no parece alguien a quien le importe mucho lo

que dicen los demás —comentó ella.

—Es cierto, pero sí me importa lo que usted diga o lo que piense.

De repente, Hadrian se dio cuenta de lo que había dicho sin pensar. Habría dado

todo lo que tenía porque aquellas palabras volvieran a su boca, todas y cada una de ellas.

—Dígame, ¿cómo funciona exactamente? —preguntó ella sorprendiéndole.

—¿Cómo dice?

Callie cruzó la habitación hasta llegar a donde él estaba.

—La mecánica de la cámara, por dentro. Me deja atónita que algo que se ve a través

de un objetivo acabe por transformarse en una representación física que puedo sostener en

la mano y ver con mis propios ojos.

Aunque pareciera ridículo, le gustó que se interesara por todo aquello. Le indicó con

un gesto que se acercara a la cámara que él acababa de dejar en su mesa de trabajo.

—El proceso requiere la alineación de tres componentes: luz, una cámara oscura con

una abertura a través de la cual la luz pueda pasar, y una sustancia sensible a la luz, que

en este caso es una placa de cristal revestida de una emulsión gelatinosa que contiene unas

sales fotosensibles —le explicó, apuntando con el dedo a cada punto.

Ella asintió con la cabeza.

—Pero ¿cómo se consigue fijar la imagen?

Buena pregunta, sí señor. La manera en que se lograba capturar la imagen y evitar

que se desvaneciera era el enigma que atormentaba a los primeros fotógrafos, como sir

Humphrey Davy y Thomas Wedgwood, hasta una fecha tan cercana como 1802.

—Tras la exposición, empleo un agente químico que fija la imagen y, después, se deja

secar la placa y ya está.

Callie frunció el ceño.

—Parece un proceso bastante largo.

Él se encogió de hombros.

—Solo dura unos minutos.

Ella agitó la cabeza, sorprendida como una chiquilla, con aquella bonita cara

iluminada por la luz del mediodía.

—Pensar que en tan solo unos minutos usted puede hacer algo que perdurará quizá

cambie el mundo para siempre.

—Cambiar el mundo, claro. Esa es su misión, no la mía —dijo, recordando que, hasta

no hacía tanto, él había soñado con utilizar sus dotes de fotógrafo precisamente para eso—

. En cualquier caso, nada dura eternamente, ¿no le parece?

Como idealista que era, Callie se tomó aquellas palabras de la manera que él

esperaba.

—¿Y qué hay del Partenón, de la torre de Pisa, de...?

Hadrian tuvo que hacer un esfuerzo enorme por reprimir el deseo de sellar aquella

bonita boca con la suya.

—Como nunca he visto ninguno de esos lugares, tendré que dar su palabra por

buena. Sí he visto una fotografía de la torre de Pisa. Es una torre que está torcida, que se

está cayendo, ¿verdad?

Ella empezó a reírse con ganas. Era como escuchar unas campanillas al viento, un

sonido maravilloso que no había vuelto a oír desde su primer y accidentado encuentro.

—Está bien, de acuerdo, unos cuantos siglos, más o menos —dijo. Y

encogiéndose de

hombros añadió—: Mi trabajo acabará en la basura mucho antes.

—¿Por qué dice eso? —preguntó ella, ladeando la cabeza.

—Es el lado oscuro de la naturaleza humana: supongo que solo se valora lo que

cuesta conseguir. Buena parte de mi trabajo como retratista implica hacer ferrotipos, nada

más, y eso tiene poco de artístico. Las galerías de arte los desprecian y muchos de los

fotógrafos más prestigiosos se niegan a exponer su obra junto a imágenes que resultan tan

fáciles de obtener y, por tanto, tan accesibles a las masas.

—Me parece una bobada.

—Bueno, pues puede que lo sea o puede que no.

Seguro que alguien como Fenton no tenía que preocuparse por si podía pagar o no el

alquiler del mes siguiente. Desde luego, nunca tendría que vender su alma a alguien tan

odioso como Dandridge. Y no era solo su alma la que había vendido, sino también la de

Callie. Eso sí que lo sentía.

Antes de que la melancolía hiciera mella en él y lo ablandara, aprovechó la oportunidad para seguir hablando.

—En realidad, la única forma de entender cómo funciona el proceso fotográfico es

hacerlo uno mismo. ¿Le gustaría a usted probar?

El motivo para hacer tal invitación era doble. Por un lado, le encantaría compartir la

pasión de su vida con una aprendiz brillante y deseosa de aprender; por otro, el trastero

que le servía de cuarto oscuro estaba arriba, y aquella era una excusa excelente para lanzar

el anzuelo, hacer que picara y arrastrarla hasta sus habitaciones.

Ella dudó.

—Debería saber que nunca he sido muy... artística.

—Tomará una fotografía. Nada de acuarelas ni bloc de dibujo, lo prometo.

Diez

minutos, eso es todo. ¿Podrá dedicarle todo ese tiempo a la ciencia?

Estaba bromeando abiertamente con ella, que en lugar de ofenderse le sonrió.

—De acuerdo entonces, si no le importa que yo esté fisgoneando por ahí.

—Fisgonee todo lo que quiera, señorita Rivers, pero antes tomemos ese té que le

había prometido.

Capítulo 6

«La historia de la humanidad es la historia de las repetidas vejaciones y usurpaciones

perpetradas por el hombre contra la mujer con el único objetivo de establecer una tiranía absoluta

sobre ella.»

Declaración de Seneca Falls, 1848

Hacía frío en el piso de arriba, o por lo menos fresco. Hadrian cerró la puerta tras de

sí y se dio la vuelta, haciendo un esfuerzo por adivinar cómo vería Caledonia Rivers aquel

entorno, los pocos muebles que tenía, todos de segunda mano, una hamaca colgada detrás

de un biombo de madera de teca, la mesa donde comía, un diván cuya tapicería de

terciopelo estaba apolillada y que usaba como decorado para las mujeres que se hacían las

fotografías más atrevidas.

Al ver que Callie se frotaba las manos se apresuró a preparar el té. Tenía un pequeño

hornillo de gas, regalo de Gavin, que le había dado casi vergüenza aceptar, aunque al final

lo había hecho, sobre todo por evitar una discusión. Ahora agradecía tenerlo. Encendió el

quemador de parafina, llenó el hervidor con agua del grifo y lo puso al fuego, y acto

seguido calculó la cantidad de té que esperaba fuera la correcta para prepararlo como es

debido.

Ella se desplazó hasta la mesa y se inclinó para oler el centro de rosas que él había

comprado en la floristería del barrio a un precio escandaloso. Después, por la tarde, y

siguiendo su plan, arrastraría una de esas flores rojas por la blanquísima y desnuda piel de

aquella mujer.

Pero antes había que fingir que lo que quería en realidad era tomar el té.

Siguiendo

su plan, vertió el agua hirviendo en la tetera de porcelana del delicado juego de té que

había tomado prestado de la casera, que le juró que le partiría un brazo si se lo devolvía

con alguna taza desportillada.

—¿Le gusta solo o con leche? —le preguntó, tirando a un lado la manopla de cocina

que había utilizado para no quemarse al servirlo.

—Con crema, por favor, y mucho azúcar.

No tenía crema, solo leche. Con la esperanza de que no se hubiera echado a perder,

abrió la nevera y la olió. Satisfecho, derramó un poquito en cada taza, añadió varios

terrones de azúcar y se lo llevó todo a la salita de estar.

Encontró a Callie sentada en el diván acariciando a Dinah, que parecía estar lo

bastante en forma como para saltar sobre su regazo.

—Así que no solo le gustan los niños. Según parece, los animalillos peludos también

son de su agrado.

Ella aceptó la taza de té asintiendo con la cabeza en señal de agradecimiento,

inhalando el aroma que desprendía antes de dar un sorbito.

—Me encantan los animales de todos los tamaños, especialmente los caballos,

aunque hace mucho que no monto —dijo dejando la taza en la mesita.

Hadrian recordó los caballos que había en los establos de Roxbury House, la mayoría

de los cuales eran demasiado viejos o estaban demasiado débiles para montarlos. Como a

los niños perdidos, el orfanato le había proporcionado un lugar seguro.

Ayudar al mozo

de cuadra que se ocupaba de estos animales había sido una de las tareas que más le

gustaba hacer.

Sentándose en el cojín que se encontraba al lado de ella, tomó un sorbo de té y

empezó a bromear.

—¿Debería entonces hacerle la próxima fotografía montando a caballo?

Sería algo así

como la de un general comandando a sus tropas.

Notó que ella se sentía incómoda; ya fuera por el comentario que acababa de hacer o

por su cercanía. O por ambas cosas, no sabría decirlo. Ella echó un vistazo rápido al reloj

de pulsera que llevaba.

—La clase que iba a darme, casi lo había olvidado.

—Una alumna entusiasta, por lo que veo. Esas son las mejores —dijo él, dejando el té

en la mesita, al lado del suyo, y levantándose, a la vez que le indicaba que lo acompañara a

donde estaba la cámara fotográfica.

Levantando la cortinilla de la cámara, la animó a que se metiera debajo.

Ella dudó y

luego se agachó.

Hadrian colocó la cortinilla de manera que le tapara la cabeza y los hombros. Al

hacerlo, no podía dejar de percibir la maravillosa fragancia floral que desprendía su

cabello.

—Al mirar a través de esa pequeña pantalla podrá ver lo mismo que capta el objetivo

de la cámara. Así es como se enfoca antes de disparar.

—Ah, sí, ya lo veo. Pero es tan pequeño —dijo Callie pasados unos minutos con la

voz apagada.

Él sonrió.

—Más allá de eso, la dirección de la luz es el factor más importante para hacerse una

idea de conjunto de cómo será la fotografía. El botón que sirve para regular la apertura del

objetivo es el encargado de controlar cuánta luz se deja entrar. Si falta luz, la fotografía

saldrá oscura; si hay demasiada, se arriesga a que haya demasiados destellos y la imagen

se deteriore.

Para demostrárselo, llevó las manos a la parte delantera de la cámara y empezó a

jugar con el enfoque.

Entusiasmada con la clase, ni siquiera se le ocurrió pensar en cómo su increíble

trasero se inclinaba hacia arriba, quedando a pocos centímetros de la ingle de él.

Inclinándose en su dirección, cambió de posición y, al hacerlo, le rozó con la cadera en el

muslo. A Hadrian se le secó la boca de deseo. «Mal asunto», se dijo. En este juego de gato

y ratón se suponía que era él el depredador, el cazador. Lo que no esperaba era sentir algo

por el ratón, no se lo podía permitir.

—Lo primero que hay que hacer después de poner a punto el equipo es enfocar hacia

lo que se quiere fotografiar, que, en este caso, soy yo —dijo aclarándose la garganta.

Saliendo de debajo de la cortinilla de la cámara, se enderezó y se volvió para mirarle.

—¿Así que usted es lo que quiero fotografiar?

Pensando en lo bonita que se la veía con el cabello revuelto, asintió.

—A no ser que prefiera hacer una fotografía de algún objeto inanimado, como por

ejemplo ese diván que ahora está vacío. Le sugiero que me diga en qué posición desea que

me coloque. Le prometo que no me moveré ni un centímetro. A diferencia de otras

personas, yo sí soy capaz de permanecer quieto.

—¿De veras? Pues vamos a verlo.

La repentina sonrisa de ella, deliciosamente diabólica, hizo que él también sonriera y

olvidara por un momento que aquello no era un pasatiempo, sino un juego que él debía

ganar a toda costa.

Hadrian se aproximó al diván, se inclinó hacia ella y extendió los brazos de la misma

forma que había hecho ella en el parque. La diferencia radicaba en que ya no estaban en la

calle, a la vista de todos, sino encerrados en aquel espacio tan reducido, en su estudio.

—Haga conmigo lo que quiera.

Ella dudó y cruzó la estancia en dirección a él. Hadrian no se movía, se mantenía

erguido, mirándola con atención. Después de todo, el objetivo de aquel juego no era otro

que ella le tocara.

—Muy bien, siéntese.

Él agitó la cabeza, negándose a moverse.

Contrariada, le presionó con suavidad en el pecho, empujándole. Él pretendía dejarse

caer en el asiento, lo que arrancó las risas de ella.

Hadrian se estaba divirtiendo.

—El fotógrafo no es solo un científico. Él o ella —dijo de manera intencionada— tiene

que ver la escena con los ojos de un artista, teniendo en cuenta mil y un pequeños detalles

que contribuyen al todo que es la composición.

—¿Qué tipo de detalles?

—El contraste, sin ir más lejos. Por ejemplo, colocarme con esta camisa blanca sobre

un fondo blanco ofrecería un contraste muy pobre, mientras que hacerlo sobre uno negro

daría al conjunto un contraste máximo pero quizá demasiado fuerte. Si queremos

conseguir un detalle alegre, podemos utilizar esas flores que están en el jarrón que hay

encima de la mesa. Así tendríamos un punto de interés, algo que llamaría la atención de

quien mira.

Siguiendo su recomendación, ella miró hacia la mesa. Se acercó a ella y sacó de aquel

desportillado jarrón de cerámica una de las rosas. Volvió, cortó parte del tallo y se la

alargó.

—Quedaría impresionante si se la pusiera en la solapa, ¿no le parece?

Como todo un

caballero.

Callie estaba empezando a entender cómo funcionaba aquello.

—No puedo verme, pero usted a mí, sí, así que lo mejor será que lo haga usted

misma —le dijo, primero porque era cierto y, segundo, porque quería obligarla a tocarlo.

Ella le puso la flor en el ojal y luego dio un paso atrás para ver cómo había quedado.

—Por favor, ponga el brazo sobre el respaldo del sofá, estirado.

—¿Así?

Él mantuvo el brazo tieso a propósito, de modo que la posición resultara desmañada,

si no antinatural.

—No, no, así no, mejor así...

Con una mano sobre su muñeca, se inclinó sobre él, con la boca apretada debido a la

concentración, su aliento con aroma a menta que acariciaba su cara, su pecho que subía y

bajaba bajo aquella blusa almidonada. Hadrian se puso serio al darse cuenta, de repente,

de cuánto deseaba levantarse y besarla. No era solo porque besarla y seducirla era lo que

le habían encargado, sino porque, de estar en otra situación, en una en la cual pudiera ser

honesto, le encantaría hacerlo.

Y como para nada era una buena persona, porque en realidad era un mal tipo,

cuando ella se volvió para ajustarle la flor en la solapa forzó la posición para que el pecho

de ella lo rozara.

Ella echó la mano hacia atrás como si quisiera abofetearle. Preparándose para la

explosión, Hadrian advirtió que en el dedo índice de ella había una marca de color carmesí

y se dio cuenta de que se había pinchado.

No se le había ocurrido pensar en eso, como tampoco lo había hecho en su propia

reacción. Aunque todavía no la había tocado directamente, piel con piel, algo en sus

pantalones empezó a hincharse y crecer. El brillo en los ojos de ella le decía que se había

dado cuenta, que sentía lo mismo y que no todo estaba perdido, al tiempo que empezó a

imaginarse en su mente febril toda una serie de imágenes de Callie.

Él levanto la vista para ver lo furiosa que estaba ella.

—No hace falta que me tire un plato a la cabeza ni nada por el estilo. Ha sido sin

querer, se lo aseguro.

—Queriendo o sin querer, un caballero pediría perdón.

Asimilando la mirada que aquellos ojos oscuros le lanzaron y el temblor y humedad

que se adivinaban en su boca, no era precisamente ira lo que Hadrian veía, sino deseo,

deseo en estado puro.

—Debo recordarle, de nuevo, que no soy ningún caballero. ¿Lo había olvidado,

Callie? Y, además, nunca pido perdón.

Entonces, él alargó la mano, le agarró la suya y se metió el dedo que sangraba en la

boca.

* * * * *

—Creo que tu gata se pondrá celosa.

Ella yacía sobre Hadrian, en el diván, con la barbilla ligeramente apoyada sobre el

pecho de él, cuando echó una mirada hacia la gata blanca y negra que permanecía en el

respaldo del sofá. Moviendo la cola y con las orejas tiesas, parecía como si aquel felino

estuviera dispuesto a abalanzarse sobre ellos.

Hadrian la siguió con los ojos.

—A nadie le gusta que le quiten el sitio, y Dinah está demasiado mimada, acostumbrada a llevarse siempre todas mis atenciones.

Apoyándose en un codo, Callie le sonrió, sintiéndose deliciosamente sensual y

totalmente viva por primera vez en... bien, en toda su vida. Estar en la cama con un

hombre, hacer algo así con alguien que ni era su marido ni, probablemente, lo sería, es lo

último que debiera haberle ocurrido... Y, aun así, no sentía remordimiento alguno.

—Bueno, no puedo decir nada sobre eso, ya que la estoy culpando.

Él deslizó una mano hasta la nuca de ella, haciendo que bajara y se acercara más a él

para capturar su boca en otro de aquellos largos y lánguidos besos que hacían que el pulso

de ella se acelerara, y también su sexo. Ella hubiera empezado a arrancarle la ropa de

haberse atrevido.

—En el caso de que no te hayas dado cuenta, te diré que tanto mis atenciones como

mis ojos, labios y manos, han estado dedicados a ti durante la última hora más o menos.

Aunque había dicho que no era un caballero, una vez que la atrajo hacia sí había

actuado como tal, sin presionarla para que diera más de lo que ella quisiera dar, sin

desnudarla rápidamente, sino desabrochando un único botón del vestido que llevaba.

—¿De veras ha pasado ya una hora? Supongo que nunca me había puesto a hacerte

una fotografía.

Riendo, él alargó una mano para tocarle la cara y le acarició una mejilla.

—Puedes hacerme una foto o lo que quieras, siempre que quieras, aunque sería una

pena enterrar tanta belleza detrás de la cortinilla de una cámara. Tienes que estar frente a

la cámara, no tras ella.

Ella le acarició los cabellos con los dedos.

—¡Qué cosas dices!

—¿Es que no me crees?

Ella le puso la cabeza sobre el hombro, lo que le produjo un sentimiento de puro

placer.

—Lo único que digo es que tú eres un poco culpable de todo esto, tú sabes hacer de

las cosas algo bello. En mi caso, bueno...

—Oh, Callie, ¿qué voy a hacer contigo? —le dijo, volviendo la cabeza para darle un

beso en la cabeza—. Eres una mujer muy hermosa, lo admitas o no. Eres preciosa y me

gusta mirarte, tocarte —siguió diciendo, mientras deslizaba una mano por la espalda de

ella hasta llegar a los pliegues de la falda, donde se encontraba su bonito trasero—.

Muchos pagarían por tener el privilegio de llevarte a la cama.

Sorprendida, Callie sintió cómo le subía el calor por las mejillas. No sabía por qué

estaba más paralizada, si por la escandalosa frase de Hadrian o por la traidora excitación

que la invadía al pensar en ese hombre, ese hombre que tanto la deseaba.

—¿Pagarías... pagarías por mí? —preguntó ella, volviendo la cara hacia arriba, en

lugar de levantarse, indignada.

Mirándola a los ojos, no tuvo ninguna duda.

—Sí, lo haría. En realidad, ya estoy pagando.

—¿Cómo es eso?

Ella se chupó los labios, resecos, consciente del lento y dulce dolor que la invadía

entre las piernas. Una sola palabra suya y Hadrian la aliviaría y le daría placer, un placer

que, hasta ahora, solo había existido en sus sueños. Pero aun así se contuvo.

—Hay muchas maneras de pagar lo que se debe, Callie —dijo él, contemplando la

mirada seria de ella—. Los que pueden, pagan en libras esterlinas. Y los que no podemos,

pagamos con nuestro ser. Pero eso es algo que tú ya sabes. Después de todo, ese es el

motivo por el que viniste aquí, ¿no es así?

Más que responder a aquella pregunta, se levantó sobre él, tocándose los labios, la

frente, los párpados de él, el punto sensible donde el pulso golpeaba un lado de su

garganta. Incluso con la ropa que les separaba, la sensación de estar tocando a un hombre

de carne y hueso, tras una década de negarse a sí misma y de tener fantasías vacías,

resultaba exquisito.

—Me encanta tocarte. ¿Te importa mucho? —preguntó ella, mirándolo fijamente.

—Tócame donde quieras. Donde quieras, salvo en el corazón —añadió él en un

susurro y echando la cabeza hacia atrás.

* * * * *

Hadrian se estaba poniendo una camisa limpia cuando oyó sonar la campanilla de la

puerta de entrada de la tienda. ¿Sería Callie? ¿Tan pronto? La había acompañado hasta la

puerta hacía escasos minutos. ¿Se habría dejado algo? Quizá fuera incluso mejor, ¿quería

de él algo más que un beso?

—Estoy arriba, cariño —dijo pensando que era ella, para que su voz le llegara a

través de la puerta entreabierta.

Unas pisadas más pesadas y lentas de lo que él recordaba anunciaron su presencia en

el descansillo de la escalera.

—¿Decidida a tomar otra lección de fotografía después de todo? —dijo sin volverse

para mirar.

Entonces se dio la vuelta con una sonrisa y vio quien estaba oscureciendo la puerta.

Con el bastón en la mano, Josiah Dandridge cruzó el umbral.

—Creo que le dejaré eso a usted, St. Claire.

A pesar del calor que había sentido al pensar que, de nuevo, estaba allí Callie,

Hadrian sintió cómo la temperatura de la habitación bajaba por lo menos diez grados de

golpe.

—¿Por qué ha venido? —preguntó sin más preámbulos.

Apoyándose en el bastón, Dandridge se quitó los guantes lentamente mientras

miraba el juego de té para dos que había en la mesa, con el contenido de las tazas casi

intacto.

—Una foto de la señorita Rivers retozando en el parque como si fuera una loca

escapada de un manicomio y con las faldas por encima de las rodillas no es exactamente el

tipo de fotografía comprometedora por el que le estoy pagando un precio exagerado,

aunque sin duda es un principio prometedor que servirá para construir todo el entramado

contra ella. La quiero.

Así que su instinto, que le decía que les estaban siguiendo, no había sido después de

todo una simple paranoia.

—Ha enviado a alguien para que me siguiera.

El viejo hizo caso omiso de la pregunta con un golpe de mano, con aquellos dedos

finos y retorcidos como el tronco de un roble nudoso, con aquel vello que por arriba era

oscuro y por abajo se tornaba gris. Hadrian miró aquella mano durante un momento,

molesto y algo más nervioso, sintiendo que la ansiedad le crecía en el estómago. Era solo

una mano, después de todo, y la mano de un viejo. No sabía por qué le inquietaba tanto,

pero lo hacía, no podía evitarlo.

«Estoy cansado. No he dormido suficiente. Sí, debe de ser...»

—¿Cuánto tiempo tardará en revelarla?

Hadrian dudó, sopesando si valía la pena decir que la imagen se había echado a

perder durante el proceso de revelado. Pero no, un novato podría cometer un error así,

pero no un fotógrafo con experiencia como él.

—Me temo que eso es imposible. No he tomado una foto así.

Eso llamó la atención del parlamentario.

—Eso es mentira.

Hadrian cruzó los brazos.

—Si hubiera intentado hacerle una fotografía así, la señorita Rivers se me habría

echado encima. Después de todo, no es ninguna tonta.

Pues claro que Callie no era ninguna tonta. Ni tampoco la mala zorra de corazón

helado que una vez quiso pensar que era. En lugar de eso, había descubierto en ella a una

mujer cariñosa y amante, graciosa y amable. En realidad, era más apasionada de lo que

ella misma creía, políticamente comprometida con su causa hasta la obstinación, cierto,

pero eso era un pecado pequeño comparado con lo que Dandridge le estaba preparando.

Qué podía haber hecho ella para ganarse el odio de aquel parlamentario era algo que no

podía imaginarse. Desde luego, tenía que haber sido algo más que repartir algún folleto

sufragista en el parlamento.

Otro misterio que tenía que descubrir era por qué demonios le había consentido

tanto aquella tarde. Abandonada con docilidad en sus brazos, le habría resultado fácil

arrancarle la ropa y seducirla, y todo eso frente a su cámara, nada menos.

Con solo dar un

tirón del cordón del disparador de la cámara, habría pagado plenamente la deuda que

tenía con Dandridge. Y ahora, lo del parque, acababa de mentir... ¿Por qué?

Dandridge le miró con los ojos entrecerrados.

—Es bonita, ¿verdad?

—Muchos así lo dirían —dijo Hadrian, intentando mantener una expresión neutra.

—No es la opinión de alguien la que a mí me interesa. ¿Cómo la encontró?

Miró a Dandridge, y por su expresión decidió que tenía que elegir sus palabras con

mucho cuidado.

—Más que atractiva, yo diría «pasable», aunque la ropa que se pone no es que le

favorezca mucho.

Sin previo aviso, Dandridge golpeó el suelo con el bastón, con fuerza, tanta que

Dinah se asustó y se escabulló.

—¡Entonces elija una, por Dios!

Hadrian no cedió terreno.

—Estamos empezando. Todavía nos quedan, por lo menos, dos sesiones de fotos. Si

le hubiese propuesto ni tan siquiera quitarse un guante, habría salido huyendo por la

puerta para no volver. Sin embargo, ha prometido que estará aquí mañana.

Dandridge le apuntó con uno de sus dedos huesudos.

—Quizá no sepa cómo funciona una cámara fotográfica, pero sí sé bastante sobre la

naturaleza humana, St. Claire, y me parece que vacila.

A pesar de los latidos de su corazón, Hadrian consiguió encogerse de hombros.

—Imaginaciones suyas. Aparte del desafío que supone fotografiarla, esa mujer no

significa nada para mí.

Sus palabras lo convencieron. Dandridge retrocedió.

—Procure que siga siendo así.

Con el bastón en la mano, el parlamentario emprendió la marcha. A medio camino,

antes de llegar a la puerta, se detuvo

—El proyecto de ley para el sufragio universal llegará a la Cámara de los Comunes

para su lectura final en trece días. Debo tener la prueba en mi mano antes de esa fecha.

—Así será.

—Eso espero, St. Claire. Por su propio bien, no me falle.

* * * * *

Con el carruaje rodeando Victoria Embankment, Dandridge corrió hacia un lado la

cortinilla y miró hacia fuera. Ahí estaba la inconfundible y oscura forma de aquellos pies, a

orillas del río. Golpeó el techo del carruaje con el bastón para que el cochero lo detuviera.

Un momento después, se abrió la puerta. El vehículo se hundió cuando un ser enorme y

corpulento, con cara de asesino, un viejo abrigo de tweed y un sombrero deforme, subió.

Sam Sykes cerró la puerta y se sentó en su sitio, haciendo que los muelles del asiento

crujieran.

—Buenos días, jefe

—Ya has tardado demasiado.

Dandridge se volvió hacia su esbirro más reciente y tuvo que batirse en retirada ante

lo que percibían sus fosas nasales. «¿Cebolla?», pensó, «¿O será ajo?».

Fuera lo que fuese,

estaba aderezado con el inconfundible hedor de alguien que no se lava.

Siempre había

sido molesto, un error suyo, suponía. Aun así, nunca pudo entender por qué el haber

nacido en las alcantarillas parecía empujar a quienes lo hacían a llevar consigo aquella

pestilencia allá donde fueran.

Y más la gente como Sykes y los suyos.

Dandridge esperó hasta que el carruaje continuó el camino antes de seguir hablando.

—¿Qué tienes para mí? —preguntó.

Echándose atrás contra el respaldo de piel, Sykes dibujó algo con sus manos heladas.

—La mujer ha pasado unas dos horas a solas en la tienda con él.

—¿Estás seguro?

—Oh, sí, me quedé fisgando desde el otro lado de la calle, aunque hacía tanto frío

que incluso a un mono de bronce se le habrían helado las pelotas. Les vi entrar juntos y

luego a él dando la vuelta al cartel por la cara en que dice «Cerrado». Un par de minutos

después se encendió una luz en el piso de arriba, pero la tienda seguía a oscuras. Ella no

salió hasta cerca de las tres de la tarde.

Dandridge hizo una pausa para mirar hacia los elaborados mástiles que se veían a lo

largo de la orilla, con sus fieros delfines enrollados en la base.

—¿Sola? —preguntó.

Sykes se encogió de hombros.

—Bueno, no exactamente. Él la acompañó hasta la puerta y se quedó ahí.

—¿Cómo los encontraste?

—¿Perdón?

—¿Estaba colorada? ¿Desarreglada? ¿Medio desnuda? —dijo con los dientes

rechinándole por el frío.

—Ah, ya entiendo. Ella llevaba el vestido bien abotonado, tocada con uno de esos

sombreros tan grandes que están de moda y un abrigo largo que le llegaba hasta los

tobillos. Él estaba en mangas de camisa, llevaba pantalones bombachos y también la

bragueta abrochada. Me fijé.

Dejando de lado su decepción, Dandridge tomó el paquete atado con cadenas que

había en el asiento que estaba junto al suyo y se lo dio a Sykes, con cuidado de que sus

manos enguantadas no tocaran ni un solo momento a aquel individuo.

—Ya veo. Sigue vigilándolos hasta que recibas nuevas órdenes.

Los gruesos labios de Sykes se alargaron en una sonrisa que dejó al descubierto una

dentadura mellada. Se metió el dinero en el bolsillo del abrigo.

—Oh, sí, lo haré. En realidad, puede decirse que será un placer.

* * * * *

—Bien, bien, esto sí que es un encuentro inesperado. Nunca antes te habías escapado

para ir de compras en un día laborable.

Callie se asustó. Levantó la vista de los maletines de caballero que estaba buscando

para encontrarse a Teddy de pie, a su lado. Vaya, había olvidado que él trabajaba en

Harrods, en las oficinas.

—Sí, bueno, necesito comprarme un maletín —dijo intentando sonreír.

Desde que había dejado el estudio de Hadrian, hacía algunas horas, se había obsesionado con la idea de darle algo, un recuerdo, un regalo para que la recordara. Un

maletín era perfecto, porque estaba entre lo práctico y lo personal; lo importante era lo

personal, desde luego, aunque sin resultar un regalo comprometido. Se había dado cuenta

de que el maletín de piel que llevaba con su cámara estaba desgastado, casi raído. Era

como si lo hubiera dejado olvidado bajo un montón de encargos y no se hubiese acordado

de comprase uno nuevo.

Teddy frunció el ceño, torciendo extrañado uno de los extremos de su bigote

encerado.

—Pero ¿no te había regalado Lottie un maletín para tu último cumpleaños?

Si está

roto ya lo repararemos, solo tienes que traerlo.

Callie se aclaró la garganta. Señor, ¿es que tenía que ser su sino en la vida que la

descubrieran siempre?

—No es para mí. Es un regalo... para... una colega —dijo, escogiendo las palabras con

mucho cuidado.

—Ya veo.

La mirada herida que le dirigió le hizo pensar que aquel hombre veía con claridad lo

que pasaba.

Luchando por no sonrojarse, ella miró de nuevo hacia la estantería donde se

exponían los maletines

—El negro es precioso —afirmó.

—Tienes muy buen gusto —dijo Teddy, muy servicial, alcanzando el maletín y

abriéndolo a continuación—. El forro es de piel de cordero, no de paño verde, como en

modelos de menor calidad. Aunque el paño verde no tiene nada de malo...

—Me lo llevo —le interrumpió ella, desesperada por marcharse y quedarse a solas

con sus pensamientos y el nuevo curso que había tomado su vida aquella tarde,

importante, desastrosa y, en general, maravillosa—. ¿Cuánto tardarían en grabarlo?

—El caballero que se ocupa de nuestros trabajos en piel tiene algunos otros encargos

anteriores al tuyo, pero creo que podré hacer algo —dijo Teddy, haciendo chascar uno de

sus tirantes antes de añadir—: Intercederé en tu favor, diré que es para un amigo que

espera y todo eso. Debería estar listo mañana, a última hora de la mañana.

¿Es suficiente?

—Oh, Teddy, sería maravilloso. ¿Estás seguro de que no te importa hacerlo?

—Claro —contestó él, golpeando suavemente el suelo con los tacones de sus

relucientes zapatos. Mirando hacia abajo prosiguió—: Salgo del trabajo dentro de unos

minutos. ¿Hay alguna posibilidad de que te tomes un té conmigo en la cafetería de arriba?

—Me encantaría, pero no tengo tiempo.

Después de las horas que había pasado con Hadrian, necesitaba aprovechar hasta el

último minuto para ponerse al día.

—No te lo pienses más, vieja amiga. Es solo que... bien, vaya, que te echo de menos,

Callie. Te echo muchísimo de menos. Casi no nos vemos últimamente.

Ella le saludó, con la esperanza de que aquello pareciese natural, que no se notara

que en realidad ella era culpable, una cualquiera, una mentirosa a punto de que la

pillaran.

—Con el proyecto de ley del sufragio universal a punto de volver a la Cámara de los

Comunes, estoy tan ocupada buscando potenciales apoyos que no he tenido ni un solo

momento para mí. Pero dentro de unos quince días todo esto se habrá resuelto, y un día u

otro, como mínimo hasta la próxima sesión, tendremos la oportunidad de charlar y

ponernos al día, te lo prometo.

Intentó sonreír, y que la sonrisa pareciera sincera, aunque sentía que el corazón se le

hundía como una piedra de molino lanzada a la corriente.

Quince días. Lo que no dijo, porque no podía soportar pensar en ello, era que su

retrato también estaría listo para entonces. Eso significaría que ya no le quedaría ninguna

excusa para ver a Hadrian St. Claire.