Infiltrada

David B. John · Capítulo 7 de 10 · parte 1/7

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Infiltrada

Segunda Parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 7 partes.

«Nada es imposible para un hombre de

voluntad fuerte. La palabra “imposible” no existe en la lengua

coreana».

Kim Jong-il

30

ESPACIO AÉREO SOBRE EL MAR DE OJOTSK

Tres semanas más tarde

17 de diciembre de 2010

 

Jenna abrió los ojos en una cabina inundada de luz ártica. La vista al otro lado de la ventanilla era cegadora: un mar congelado partido en hexágonos, impecable como azúcar glas. Mucho más abajo, un rompehielos resoplaba humo negro, despejando una senda de agua a través de la nieve virgen. A Jenna le escocían los ojos. Habían salido temprano desde la base de la fuerza aérea de Elmendorf, en Anchorage.

El ambiente en el avión era un tanto melancólico; había algunos portátiles abiertos, pero la cabeza blanca del gobernador estaba caída hacia delante. Dormía a pierna suelta.

Jenna tenía la boca seca. Buscó una azafata, pero entonces recordó que no había servicio a bordo.

—¿No va a hacer ninguna llamada antes de entrar en el espacio aéreo enemigo?

Jenna se volvió en su asiento para ver al hombre rubio de aspecto atlético que le había hecho un guiño al subir a bordo, y otra vez tuvo la vaga sensación de que lo conocía de algo. Dio por hecho que estaba trabajando en su portátil, hasta que oyó los ruiditos de un juego de ordenador.

—Chad Stevens —dijo el hombre, cerrando la pantalla y tendiéndole la mano—. Corresponsal en Asia de NBC News. Supongo que usted es Marianne Lee.

Ella le estrechó la mano con reticencia; estaba demasiado adormecida para entablar una conversación.

El tipo se inclinó hacia delante y apoyó los brazos en la parte superior del asiento.

—Bueno… Una misión de paz sin ningún itinerario oficial, sin protección diplomática, sin seguridad y sin ninguna comunicación con el mundo exterior. Supongo que puede ocurrir cualquier cosa. —Tenía una fuerte y penetrante voz de tenor; instintivamente, Jenna adoptó su tono más grave.

—Supongo.

—¿Tiene sed? —Levantó una botella de Coca-Cola llena.

—Oh… —Jenna se apartó el pelo de los ojos y sonrió—. Gracias.

La abrió, tomó un trago y casi lo escupió por toda la cabina. El líquido debía de tener alrededor de un cincuenta por ciento de bourbon.

Stevens soltó una risita aguda y seca, y golpeó el respaldo del asiento de Jenna.

—¡Para armarse de valor!

Al otro lado del pasillo, la ayudante ejecutiva del gobernador, una gran dama salida de la peluquería con joyas de perlas y gafas de media luna, miró por encima de su USA Today.

—¿También ha picado?

Jenna le devolvió la botella.

—Eh… es un poco pronto para mí.

—Esta noche invito yo. Y tal vez pueda ofrecerme una pequeña declaración…

—Las opciones de vida nocturna en Pyongyang sin duda serán un tanto limitadas, señor Stevens, pero sus opciones de una conversación privada conmigo todavía lo son más.

—Siempre nos quedará mi habitación.

Jenna rió con desgana.

—Allí pondrán el primer micrófono. —Se volvió en su asiento.

—Vaya, tiene razón.

Jenna ya recordaba quién era. Alguna vez lo había visto informar con falsa solemnidad ante la cámara, y normalmente cambiaba de canal de inmediato. Nada en sus análisis de Corea del Norte sugería originalidad o perspicacia.

Todavía estaba inclinado sobre ella, invadiendo su espacio personal.

—¿Sabe?, uno de nuestros espías me contó que en nuestro hotel no hay quinta planta. Los botones de los ascensores pasan del cuatro al seis. Es porque allí tienen una estación de escucha secreta oculta. Por lo visto, hay una en todos los hoteles para extranjeros…

Jenna cerró los ojos. «Colega, a ver si pillas la indirecta».

Decidió bloquear a Stevens escuchando el zumbido de los motores, imaginando ballenas que se deslizaban bajo el mar helado y la capa de ozono que se arremolinaba en el azul estratosférico, pero no pudo volver a dormirse. La mención del espacio aéreo enemigo la había devuelto inevitablemente a los pensamientos sobre Soo-min. La ansiedad le anudó de nuevo las tripas. Lo que el secuestrador de su hermana había revelado de manera involuntaria en aquella llamada de Skype la había electrificado. Era una prueba definitiva de que Soo-min había sido secuestrada. Sin embargo, una vez aposentada la euforia, Jenna se había dado cuenta de lo difícil que sería encontrarla. Era como si le dijeran que había ganado la lotería, pero que su premio estaba en una isla fuertemente custodiada de la cual no podía sacarse nada. Lo único que podía hacer era pasar navegando por delante. También se preguntaba adónde habría ido a parar el informe de «ideas frescas» que le había enviado al director de la CIA.

Al otro lado de la ventana, el cielo se había nublado y el hielo parecía de un gris paloma.

El coronel Cho iba a estar presente en las conversaciones de aquel día. Jenna no tenía ni idea de cómo hacerlo, pero era crucial poder estar un momento a solas con él. No sería fácil. Todo el mundo estaría vigilado y acompañado a todas horas.

¿Y si no la ayudaba…?

En ese caso, lo haría público. Pondría todo el escándalo al descubierto. Contaría al mundo que su hermana gemela había sido secuestrada y llevada a… la Sección 915… el Programa Semilla… No tenía ni idea de qué podía ser eso, aunque su instinto le decía que era algo temible y siniestro y no tenía nada que ver con la jardinería.

Sin embargo, incluso mientras lo pensaba, se le iba desvaneciendo la determinación. Hacerlo público era demasiado arriesgado. El régimen negaría todo conocimiento de Soo-min. Cerrarían las persianas del todo y la última esperanza de Jenna se habría extinguido para siempre.

 

El tren de aterrizaje descendió acompañado de un sonido hidráulico. Un paisaje marrón, desnudo, desfilaba a su lado y se alzaba hacia ella. Ni un solo árbol en ninguna parte.

Las ruedas golpearon el asfalto y oscilaron por una pista llena de irregularidades. Sacos de tierra. ¿Trincheras de defensa antiaérea? Vallas de espino. Sin luces, sin tráfico de aeropuerto… El avión frenó y pasó junto a dos Tupolev oxidados con el logo de Air Koryo.

El avión viró lentamente y Jenna sintió un cosquilleo de excitación cuando el edificio de la terminal entró en su campo de visión. Encima del edificio había un enorme retrato de un sonriente Kim Il-sung. Parecía un anuncio de salud dental para ancianos.

«Han tendría un ataque al corazón si supiera dónde estoy».

Jenna había dedicado años a estudiar Corea del Norte, pero era su primera visita. Pocos estadounidenses habían entrado en aquel país, con el cual estaban técnicamente en guerra. Miró a todas partes, ansiosa por retener cada detalle.

Fuera de la terminal vio a varios hombres de aspecto serio alineados para recibirlos. El ministro de Asuntos Exteriores y unos tipos que, a juzgar por su aspecto, eran de algún cuerpo de seguridad ministerial: abrigos militares aleteando al viento, caras de cera… Sus ojos buscaron al coronel Cho, pero no estaba entre ellos.

—Esto es hospitalidad —oyó decir a Chad Stevens.

Jenna se fijó en que había vaciado la botella de Coca-Cola y que las pupilas le bailaban como las de un niño.

La misión de paz se preparó para desembarcar, con el gobernador encabezando la comitiva. Al salir del avión, dos agentes de seguridad de la CIA con cazadoras tacharon sus nombres de la lista de embarque.

—Vienen con nosotros, ¿no? —preguntó Jenna.

—Nos quedamos en el avión, señora. Demasiado material sensible a bordo como para dejarlo aquí toda la noche sin vigilancia. Volveremos a buscarlos a las seis de la mañana.

Jenna siguió caminando, sintiendo un escalofrío de ansiedad.

Apenas había amanecido y hacía un frío atroz. La luz del sol se inclinaba teatralmente por el asfalto de la pista y, al respirar, Jenna dibujaba formas de vapor blanco. Y, sin embargo, era un día distinto de cualquier otro que hubiera conocido. No era solo por el aire, fresco y sin contaminar, con apenas un leve y melancólico aroma a fuego de carbón. Ni por las hileras de suaves colinas que parecían materializarse, como en un sueño, una tras otra. Era por el silencio. Nada de tráfico, ningún avión sobrevolaba la pista, ni siquiera se oía el canto de los pájaros.

Los mechones blancos del cabello del gobernador ondearon al viento mientras saludaba con un fuerte apretón de manos al primer hombre de la comitiva de recepción.

Aunque ya podría haberse jubilado y aún le quedaban dos años de servicio en la capital de uno de los estados del noroeste, el gobernador, como respetado exembajador de Estados Unidos ante la ONU con larga experiencia sobre Corea del Norte, había sido el candidato obvio para dirigir la misión de paz. El objetivo era calmar la tensión que siguió al ataque a la isla de Yeonpyeong, y ofrecer más ayuda a cambio de concesiones claras. El presidente había proporcionado un avión militar de la Casa Blanca. El papel oficial de Jenna consistía en hacer de intérprete. Su papel real, más sensible, se lo había comunicado Fisk, magullado aún por el fracaso del espionaje con respecto a Yeonpyeong. Decidido a aprovechar la iniciativa, había insistido en que la misión solo tratara con una entidad conocida: el coronel Cho.

La monitorización diaria del satélite espía había revelado que la construcción del complejo del laboratorio en el interior del Campo 22 parecía casi completada. La velocidad con la que lo habían levantado, utilizando una inmensa cantidad de mano de obra esclava desechable, había sido asombrosa. El nerviosismo de Fisk, que estaba convencido de que el complejo tenía una relación directa con el programa de misiles intercontinentales, se extendía por toda la comunidad de defensa. Jenna tenía órdenes de vincular cualquier oferta de ayuda posterior a la exigencia de abrir el laboratorio a los inspectores. Eso se había convertido enseguida en el objetivo primario y tácito de la misión, y a Jenna le daba mucho que pensar. Estaba convencida de que el régimen norcoreano rechazaría esas exigencias, dejándola sin ninguna opción.

Los miembros de la delegación siguieron en fila india al gobernador: una comentarista política del Wall Street Journal, conocida por sus mordaces opiniones de la política exterior del presidente; la ayudante ejecutiva del gobernador, que llevaba la insulina de su jefe en el bolso; dos miembros del Departamento de Estado expertos en política del Este de Asia, ambos asiático-estadounidenses de cuarenta y tantos años que llevaban gafas de sol Tom Ford idénticas, y un cámara de la NBC asignado a Chad Stevens. Hasta el momento, solo Stevens, al que Jenna no confiaría ni el helado de un niño, se había mostrado amistoso.

Los escoltaron a través del edificio desierto de la terminal para una somera revisión de aduanas, cuyo único propósito era retirarles los teléfonos móviles y todos los mecanismos de comunicación, que les serían devueltos cuando partieran.

A través de la ventana de la terminal, Jenna observó el brillo del Gulfstream IV de la fuerza aérea. La puerta de la cabina se había cerrado y sus turbinas estaban empezando a girar.

—Creo que deberíamos permanecer juntos… —dijo, sin apartar los ojos del avión.

—Me parece una buena idea. —No se había fijado en que Stevens estaba a su lado—. Yo odio viajar solo.

—Jipís.

Un agente de aduanas uniformado estaba señalando con el dedo el portátil de Stevens dentro de la maleta Samsonite.

—Jipís.

—Cree que lleva un GPS —dijo Jenna.

—Dígale que es solo un maldito portátil y que lo necesito para mi trabajo.

Un cortejo de vehículos los esperaba en el exterior de la terminal. Un sedán Lincoln negro clásico con las banderas de Estados Unidos y de la República Democrática Popular de Corea en el capó encabezaba la comitiva. Al gobernador lo llevaron al sedán. Los guardaespaldas de la seguridad interna, que Jenna suponía que eran del Bowibu, se mantenían cerca con sus chaquetas de cuero negro. Luego vio cómo acompañaban a Chad Stevens al coche de detrás del de ella, y el resto de la comitiva subió a los siguientes vehículos situados más atrás.

Un instante después, Jenna estaba sola en la parte trasera de un Nissan Maxima con un chófer y un agente de seguridad sentados delante. El cortejo partió a ritmo de funeral, detrás del Lincoln.

«Estoy sola en tierra hostil y sin ningún tipo de protección».

Mirando atrás, pudo distinguir la gran cabeza de Chad Stevens en el coche que seguía al suyo. El periodista la saludó con la mano. Por increíble que pudiera parecer, en ese momento sí que habría aceptado un trago de ese bourbon con Coca-Cola.

Jenna preguntó a los dos hombres de delante si podía escuchar la radio.

La pareja intercambió una mirada. El agente de seguridad giró el dial. Una entusiasta voz de mujer llenó el coche: «… se anunció ayer en el Complejo de Acero de Kangsong, donde los trabajadores mismos encendieron la antorcha de una nueva rebelión revolucionaria que se está extendiendo por toda la nación…».

La carretera no era más ancha que un camino rural. El cortejo pasó por un pueblo de cabañas blanqueadas con tejados a cuatro aguas con gablete, que tenían un aspecto pintoresco desde cierta distancia, aunque de cerca eran miserables, como si los habitantes compartieran sus hogares con el ganado. En la entrada del pueblo había un enorme monumento a los Kim, padre e hijo, en un mosaico de piedras de colores. El mismo retrato que había visto en el edificio del aeropuerto. Jenna apenas llevaba media hora en el país y ya sentía la presión constante de la presencia del Gran Líder allí adonde iba.

La comitiva aceleró al llegar a las afueras de la capital y recorrió un largo bulevar flanqueado por árboles entre interminables edificios calcados de viviendas. Parecía uno de los escenarios de cine de Kim Jong-il, o una visión del futuro de la era de los cosmonautas. A su lado pasaban trolebuses eléctricos con un zumbido; aquí y allí se veía algún Mercedes-Benz con chófer militar, vidrios tintados y una matrícula de tres dígitos.

A ambos lados del bulevar, las multitudes se estaban reuniendo en las aceras delante de cada edificio. Centenares de ciudadanos con ropa anodina empezaban a formar en filas de cinco o seis hombres para partir bajo el sol del amanecer, marchando a trabajar en largas columnas detrás de sus jefes de sección, que sostenían banderas rojas.

Algo extraño estaba ocurriendo con la voz de la radio. Se estaba amplificando y repitiendo, como un eco que parecía atronar más allá del coche, en el aire gélido que soplaba entre los edificios. Jenna tardó unos segundos en darse cuenta de que la misma voz se estaba radiando desde altavoces situados en farolas a intervalos de unos cien metros.

«… y una nueva batalla de máxima velocidad para la producción, camaradas. Hagamos todos una demostración de solidaridad socialista con los héroes del Complejo de Acero de Kangsong trabajando las mismas horas extra…».

Jenna apoyó otra vez la cabeza en el respaldo.

Bienvenida a Pyongyang.

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ESTACIÓN DE TREN DE HYESAN

PROVINCIA DE RYANGGANG, COREA DEL NORTE

 

Había algo en el aire, pero la señora Moon no podía explicar qué era exactamente. Un corte eléctrico había silenciado los altavoces y el silencio parecía aumentar la tensión en todas partes. Lo sintió en las articulaciones, como sienten los reumáticos que se avecina una tormenta. La mañana estaba encapotada. Nubes de gasa oscurecían el sol, dando un tinte sulfuroso al cielo. Los sonidos de la estación parecían amortiguados, como si la gente caminara de puntillas.

Había veinte pastelitos de arroz colocados en el bol de níquel. La señora Moon tenía el trasero entumecido de estar sentada en el suelo. Se había visto obligada a empezar de nuevo, desde abajo de todo, pero de una forma u otra volvería a levantar cabeza. El equipo de investigadores del Bowibu había aceptado su soborno de la nevera y había eliminado su nombre de la lista, aunque ella sabía que solo era un indulto temporal. Volverían. Con suerte tendría la cantina otra vez en un año o dos, y podría permitirse sobornarlos de nuevo. Esos pensamientos se encendían y apagaban en su mente, como bombillas defectuosas, agitándola. Aunque tal vez todo aquello se debía a aquella tensión antinatural. Deseaba que ocurriera algo que le pusiera fin.

Kyu estaba sentado frente a ella, en un cajón. Acababa de encender el mechero de plástico debajo de su pipa. Inclinó la cabeza, como un perro que oye un ladrido lejano.

—¿También lo ha notado? —dijo.

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MINISTERIO DE ASUNTOS EXTERIORES

PLAZA KIM IL-SUNG, PYONGYANG, COREA DEL NORTE

 

Cho se sentó en un sillón del despacho del viceprimer ministro, con su impecable uniforme nuevo abotonado y la medalla en el pecho. Se sentía como un falso actor en una película de guerra. Los miembros de más alto rango del ministerio estaban agrupados detrás de él como extras, todos con sus mejores galas. Zapatos embetunados, relucientes condecoraciones…

El viceprimer ministro paseaba con una taza de té en la mano.

—Nuestra principal oportunidad se presentará durante el banquete de esta noche, después de varios brindis de soju. —Una risa cómplice se extendió por la habitación—. Será entonces cuando serviremos a nuestros yanquis un entrante de amenaza, un plato principal de desinformación y un postre de dulces promesas. Mandemos al viejo a casa pensando que tiene la paz en el bolsillo…

Hasta donde sabía Cho, la estrategia no consistía en absoluto en reducir la tensión, sino en mantenerla bien controlada. No es que nada de eso le importara ya. Los yanquis iban a pasar veintidós horas en el país. Dudaba que el Bowibu esperara tanto. Sospechaba que lo detendrían aquella misma noche al salir del banquete, una vez cumplido su papel.

El viceprimer ministro hizo una pausa para tomar un sorbo de té y miró solemnemente a través de las altas ventanas de la plaza Kim Il-sung.

—Debemos envolver al enemigo en una niebla para impedir que adivine nuestros planes…

«Niebla, mentiras».

La mente de Cho, como una brújula que busca el norte, volvió a centrarse en su familia.

Se lo había contado todo a su esposa y aún se sentía profundamente afligido. Vivían la vida privilegiada de la élite. Ella nunca había conocido la desgracia. Para ella, Cho no era más que un marido fiel y un padre que adoraba a su hijo. A partir de ese momento, él tendría que vivir sabiendo que su mujer conocía la verdad: que su linaje estaba manchado, que su sangre acarreaba un crimen tan grande que él sería purgado de la sociedad, aunque no tenía ni idea de cuál era ese crimen. La reacción de su mujer había pasado de la incredulidad al asombro, y acabó en un llanto interminable en el dormitorio. ¿Estaba seguro? Ella no dejaba de preguntárselo, y aunque Cho no tenía ninguna prueba que ofrecerle, estaba absolutamente seguro. Repitió una y otra vez lo mucho que lo sentía, pero no tenía palabras para reconfortarla. El problema era él.

Al día siguiente, se dio cuenta de que su mujer había cortado el vínculo que los unía. Dos días después, se mostraba ya fría y distante. Sentimientos de traición y arrepentimiento aparecieron en su rostro. Lo miraba de una forma diferente, como a alguien completamente distinto. Cho no podía soportar aquella mirada. El estigma se había transmitido al hijo que ella había parido. Le pidió a su mujer que llevara a Libros a la dacha de sus padres en Wonsan, en la costa este, mientras él pedía el divorcio. Y cuando ella comprendió por fin el grave riesgo que corría Libros, se desesperó por romper el matrimonio. Empezó a apremiar a Cho, enfadada, diciendo que su familia pagaría el soborno que hiciera falta para acelerarlo. Ella y Cho se aferraban a una última esperanza: que el divorcio y las conexiones de su familia salvarían a su hijo.

Cho preparó de inmediato los permisos de viaje para su mujer y su hijo. Ese había sido el peor momento: ver a Libros por última vez, diciéndole adiós desde el andén de la estación de Pyongyang como si appa fuera a reunirse con ellos al cabo de unos pocos días para unas vacaciones de invierno. Su hijo le había pedido que se acordara de llevarle su libro de acertijos, y Cho se había dado media vuelta para ocultar sus emociones.

Su vida había terminado y le sorprendía haberlo afrontado con tanta facilidad. Examinó ese sentimiento, la ligereza y la ausencia de miedo ante la muerte. ¿De dónde procedía esa fortaleza? Tal vez, de alguna manera, siempre había sabido que eso podía llegar. Que ocurriera era un alivio y le daba un valor inesperado. Y ese valor estaba convirtiéndose en una oscura nube en su interior, en un deseo irrefrenable de cometer un acto de venganza.

Había pasado días dándole vueltas, pero al presentarse la oportunidad no lo había dudado.

Se lo debía a la verdad, al futuro. Se lo debía a Marianne Lee.

El día anterior, habían llamado a los colegas de Cho a una reunión en la planta superior que no estaba en la agenda. Él no estaba invitado. En cuanto sus colegas se fueron, se asomó a la puerta de su despacho y comprobó que no hubiera nadie vigilándolo. No vio por ninguna parte a ninguno de los agentes del Bowibu que habían estado controlando sus idas y venidas, vestidos de limpiadores, oficinistas y empleados de intendencia. Disponía de un minuto, dos a lo sumo. El despacho de al lado pertenecía a un colega llamado capitán Hyong. Cho se coló en él y cerró la puerta.

El corazón le martilleaba en el pecho; trató de calmar su respiración.

Sección 915, había dicho Yong-ho. El Programa Semilla.

Cogió el teléfono de la mesa de Hyong y llamó a la centralita principal del ministerio. Tenía la boca seca.

—Páseme con la Sección 915 del Departamento de Organización y Orientación.

Un oficial respondió al teléfono de inmediato y dijo su nombre y rango.

—Teniente, soy el capitán Hyong del Ministerio de Asuntos Exteriores — dijo Cho, tratando de sonar relajado y altivo—. Necesitamos datos de una mujer de nombre Lee Soo-min, coreano-estadounidense, traída aquí en mil novecientos noventa y ocho.

Un gruñido de pausa llenó la línea.

—No compartimos información sobre un programa clasificado con otro ministerio, a menos que…

—Esto podría suponer una ventaja crucial en nuestras conversaciones con los yanquis mañana. ¿Necesito hacer llegar este asunto al Líder en persona?

Nueva pausa en el otro extremo.

—Un momento.

Cho oyó una discusión murmurada al fondo.

El teniente volvió a ponerse al teléfono.

—¿Una coreano-americana, dice?

—Ya me ha oído. Mestiza. Afroamericana y coreana.

Cho oyó que tecleaban algo en un ordenador.

«Vamos, vamos…».

Sin soltar el teléfono, volvió a mirar al pasillo y vio a dos de los vigilantes del Bowibu hablando al fondo. Evidentemente, acababan de darse cuenta de que no estaba en la reunión con los demás. Uno de ellos empezó a acercarse.

«Vamos, por favor…».

Justo en ese momento, un documento en lo alto de la pila de la bandeja de entrada del capitán Hyong captó su atención. Era la relación de los miembros de los delegados de la misión de paz, con unos pocos detalles de inteligencia de cada uno. De inmediato, el nombre de Marianne Lee le llamó la atención. Vio las palabras… «es casi con toda seguridad la antigua académica de la Universidad de Georgetown, Washington D. C., cuyo verdadero nombre es Jenna Williams, doctora en…».

El teniente volvió a la línea.

—He encontrado a Williams Soo-min, el único nombre que encaja con ese perfil racial… El nombre se cambió a Ree Mae-ok. Entró en el país en un submarino en la base naval de Mayangdo el veintitrés de junio de mil novecientos noventa y ocho, junto con un varón surcoreano de diecinueve años.

A Cho le daba vueltas la cabeza. «Así que era cierto…».

—Deprisa, por favor, ¿dónde está retenida?

—Complejo Paekhwawon, justo al norte de la ciudad. Es una zona de estricta invitación…

Cho estaba a punto de colgar cuando el teniente añadió:

—¿Hemos de enviar el expediente?

El coronel salió de la oficina del capitán Hyong con toda naturalidad y a plena vista de su escolta del Bowibu, jugando con la grapadora de Hyong como si acabara de pedirla prestada.

Esa noche, en su casa, Cho pasó un buen rato sentado a oscuras en su estudio, imaginando a la Soo-min de dieciocho años, desorientada, aterrorizada al llegar a su país, observando su nuevo entorno, convencida de que estaba viviendo una pesadilla. ¿Cómo daría esa información a Marianne Lee, que en verdad era la doctora Jenna Williams? Jenna… Era una cuestión de orden, de encontrar la oportunidad…

¿Y eso era todo lo que iba a hacer? ¿Contarle lo que había descubierto? Notó que empezaba a sudar. «Cho Sang-ho, no eres ningún cobarde. Seguramente puedes…»

—¿Alguna pregunta?

Cho se sobresaltó y volvió a centrarse.

El viceprimer ministro estaba examinando los rostros de su personal a través de sus gruesas gafas. Posó la mirada en Cho.

—Coronel, después de las conversaciones esperará a los yanquis en el hotel Yanggakdo y los escoltará al banquete. Y recuerden —dijo, dirigiéndose a los presentes en su conjunto—: si un yanqui pregunta por la presencia de seguridad reforzada en la ciudad, tienen que responder que es solo un «ejercicio anual rutinario».

«¿Qué seguridad reforzada?»

 

Cho regresó a su despacho para coger su discurso. Esa era la parte más vergonzosa de todas: iba a ser un mero ventrílocuo de las palabras escritas por el Partido. Al llegar al pasillo pasó junto a una de sus sombras del Bowibu, que simulaba limpiar un cristal. Por alguna razón, varios miembros del personal avanzaban apresurados en la dirección opuesta. De repente, su hombro chocó con uno de los diplomáticos subalternos y los papeles del hombre cayeron por el suelo.

—Camarada, más despacio —dijo Cho.

—Lo siento, señor.

Todo el mundo estaba inquieto. ¿Era por la visita de los yanquis? Ya había percibido ese nerviosismo en la reunión. Incluso el viceprimer ministro parecía mirar con cierta ansiedad por las ventanas que daban a la plaza.

Se sentó ante su escritorio y empezó a leer el discurso una última vez, pero lo interrumpieron unos gritos en el pasillo. Un agente de la comandancia de policía de Pyongyang se acercaba seguido por dos subalternos con unas cajas.

—¡Todos los portátiles, teléfonos móviles y memorias USB!

Los colegas iban dejando sus móviles en las cajas.

Se detuvieron ante la puerta de Cho.

—¡Todos los portátiles, teléfonos móviles y memorias USB!

Cho tiró su teléfono en la caja.

—¿Qué está pasando?

—Todos los dispositivos de comunicación deben ser registrados por el Bowibu. Forma parte de las medidas de seguridad reforzadas —dijo el oficial, al tiempo que le pegaba una etiqueta adhesiva con el nombre de Cho al teléfono—. Los devolverán mañana.

Un tanto desconcertado, Cho se dirigió a la zona de recepción de la planta, cerca de la escalera, donde había un expositor de periódicos con los diarios y semanarios. Examinó las páginas del Rodong Sinmun. No mencionaba ningún refuerzo de la seguridad. Lo único que captó su atención fue una noticia curiosamente neutral en primera página sobre las «medidas económicas necesarias» que se anunciarían a mediodía.

Aguzó el oído. El edificio parecía sumido en una calma siniestra. Los teléfonos de mesa estaban en silencio. Cho volvió caminando hacia su despacho y se detuvo. De pie, en el otro extremo del pasillo, vio la figura de un hombre que lo miraba fijamente. Tenía el cabello plateado e iba vestido con una guerrera negra lisa. Cho lo reconoció enseguida: era el mismo hombre que había visto entre los diputados en la Asamblea Popular Suprema. De manera instintiva, echó a andar hacia él, pero el hombre se dio media vuelta y desapareció por un pasillo a la izquierda. Pensó en ir tras él, pero en ese momento lo distrajo otro alboroto.

Las sirenas de la ciudad empezaron a sonar, alzando su alarido primero en un distrito, luego en otro. Vio el miedo y la alarma en los rostros de sus colegas. Todas las miradas se habían vuelto hacia las ventanas. Cho se había mantenido en calma hasta ese momento, pero esa figura de negro lo había puesto nervioso. Empezó a sentir una incomodidad informe y extraña. Entonces un ruido del exterior hizo que todos se movieran en masa hacia las ventanas. Al otro lado del amplio espacio de la plaza Kim Il-sung corrían en formación tropas armadas y policías. De repente, se dividieron y se dispersaron hacia los laterales como dos bandadas de golondrinas, despejando un camino en el centro, y desde la izquierda un enorme cañón de color verde oscuro fue asomando lentamente, seguido por el repiqueteo y el zumbido de ruedas de oruga. Estupefacto, Cho contempló la maniobra de un tanque T-62 para posicionarse en el centro de la plaza.

Levantó el auricular de un teléfono en el escritorio más cercano. Sin línea.

Detrás de él sonaron pisadas apresuradas. Se volvió y vio al viceprimer ministro en el pasillo con otros diplomáticos del equipo de negociación tras él. Señaló con impaciencia a Cho.

—Los yanquis están aquí.

33

MINISTERIO DE ASUNTOS EXTERIORES

PLAZA KIM IL-SUNG, PYONGYANG, COREA DEL NORTE

 

Con jet-lag y desorientados, los miembros de la misión de paz estadounidense fueron conducidos en fila india más allá de las cámaras de la televisión estatal de noticias, que los esperaban fuera de un gran edificio con columnata cerca del río Taedong. Era un acceso lateral, y no la entrada principal a la plaza Kim Il-sung. Un desaire calculado, pensó Jenna.

Stevens estaba a su lado.

—Me siento como un criminal al que pasean para la prensa.

Jenna olió el alcohol en su aliento.

Los condujeron a través de dos largos pasillos hasta una espaciosa sala enmoquetada y los invitaron a sentarse a un lado de una larga mesa de caoba. Había una inmensa escena marina en la pared de la izquierda: olas de un azul verdoso rompiendo, salpicando contra las rocas. Jenna se echó atrás para asimilar la imagen. La pintura ocupaba una pared entera. Decidió que simbolizaba la firmeza del régimen en tiempos tempestuosos.

Ni el gobernador ni nadie en el grupo tenía idea de qué esperar. Los norcoreanos estaban ejerciendo un control total sobre la visita. La periodista del Wall Street Journal sacó su espejito e hizo una mueca mientras se inspeccionaba el lápiz de labios. El cámara de Chad Stevens se estaba hurgando la nariz con la punta de un bolígrafo. Solo los dedos del gobernador tamborileando en la mesa y el aullido distante de las sirenas rompían el silencio.

Sin previo aviso, se abrieron las puertas dobles en el otro extremo del salón y entró una gran delegación que mantuvo el paso al acercarse. El gobernador se levantó y rodeó la mesa arrastrando los pies para saludar, pero los norcoreanos fueron directos a sus asientos, en formación. Unos cuantos se sentaron en un movimiento sincronizado y el resto se quedaron de pie, detrás de sus jefes. El gobernador, que parecía ridículo ahí en medio, dejó caer la mano y volvió a su asiento, atrayendo todas las miradas de la sala. Justo frente a él se había sentado el coronel Cho, con una guerrera militar blanca y una gorra caqui. Le habían dado una medalla en forma de estrella. Jenna trató de captar su atención, pero la mirada del coronel permaneció fija en la media distancia. Sus pómulos parecían un tanto más marcados que la última vez que lo había visto, y tenía unas profundas ojeras.

Un panorama de rostros severos se había desplegado ante los estadounidenses. No se había ofrecido ningún saludo, ninguna sonrisa. El silencio comenzaba a emponzoñarse. El gobernador se quedó con la boca abierta, desconcertado. Era obvio que había esperado unas palabras de bienvenida.

Justo detrás de Jenna, Stevens resopló.

—¿Aquellas conversaciones con la URSS en plena Guerra Fría? Fiestas de swingers comparado con esto…

Imperturbable, el gobernador sonrió con cordialidad, sacó su discurso y se puso las gafas. No era precisamente la primera vez que le tocaba dirigirse a un público al que había que estimular. Sin embargo, justo en ese momento el coronel Cho puso su propio discurso en la mesa y empezó a leerlo con solemnidad. Su voz resonaba en la sala, pero lo más extraño de todo era que el discurso estaba impreso en un periódico, en lo que parecía ser el editorial del Rodong Sinmun.

Inclinándose hacia el oído del gobernador, Jenna tradujo la intimidatoria prosa: «¡El injusto bloqueo yanqui a Corea, un obstáculo para la paz! ¡El único camino para los lacayos que venden naciones es la destrucción…!». El gobernador apretó los labios y asintió con la cabeza, escuchando con atención durante los primeros minutos. Sacó su bolígrafo y tomó alguna nota que otra, pero su expresión se tornó en creciente desconcierto cuando el coronel Cho pasó una página y su voz se elevó un punto para condenar la corrupción yanqui y la vacuidad moral de los occidentales hasta que, transcurridos unos veinte minutos sin que Cho diera señal alguna de apuntar una conclusión o acercarse al cierre, el gobernador levantó una mano e hizo un movimiento exasperado para indicarle que parara.

Cho levantó la mirada.

—Señor —dijo el gobernador—, soy un hombre mayor. Me temo que no tengo tiempo para esto, porque podría estar muerto antes de que llegue al final de ese artículo.

Jenna lo tradujo. Siguió otro silencio, y todas las miradas se apartaron de ella para posarse en el gobernador.

Entonces el hombre que estaba a la derecha de Cho reaccionó. Llevaba unas gruesas gafas con montura de acero que le agrandaban los ojos como si fuera un pez y una guerrera marrón sin insignias. Soltó una risa profunda, lenta, y Jenna comprendió por fin la ambigüedad de toda la escena. La dinámica establecida era incorrecta. Cho era un simple portavoz. El de la risa era quien ostentaba el poder en la sala. Los otros siguieron su ejemplo y empezaron a reír de buena gana, llenando la sala de risas masculinas. La expresión del coronel Cho, sin embargo, permaneció inmutable. Durante el más fugaz de los instantes, sus ojos se encontraron con los de Jenna antes de posarse en su propio reflejo en la madera pulida de la mesa. Cuando las risas continuaron y se hicieron más ruidosas, Jenna percibió el trasfondo de su crueldad: para ellos, era como si ese anciano de cabello enredado, el gobernador, fuera la encarnación de la fortaleza de su enemigo.

 

Más tarde, condujeron al gobernador y su ayudante a sus alojamientos en una casa de invitados del Estado —«Aquí es mucho más fácil espiar nuestras conversaciones», murmuró el gobernador— y los otros miembros de la misión se instalaron en habitaciones de la planta treinta y uno del hotel internacional para extranjeros Yanggakdo, con vistas a la ciudad a través del río Taedong. El hotel estaba situado en una isla del río, cuyo único puente de acceso estaba fuertemente vigilado. No había ninguna oportunidad de escabullirse sin ser visto. Guardaespaldas y guías estarían a su lado desde el momento en que salieran por las puertas del vestíbulo, y los informadores infiltrados entre el personal del hotel y los chóferes vigilarían todos sus movimientos. Sus habitaciones eran el único espacio en el que podían disfrutar de cierta intimidad, pero Jenna ni siquiera estaba segura de eso, y echó la cadena de su puerta.

Se quedó de pie junto a la ventana durante un buen rato, escuchando el resoplido del motor de una barcaza oxidada que dragaba esquisto del lecho del río y el sonido ondulante de las sirenas, como si la ciudad estuviera preparándose para un ataque. Un perfil oscuro de altos edificios se extendía hasta un horizonte de colinas fantasmales. No había color ni luces de comercios, ningún alboroto o bullicio. Las luces de los pisos apenas brillaban en las ventanas sin cortinas: un bosque de hormigón.

La exasperación del gobernador en aquella primera reunión había resultado en una victoria menor para la delegación estadounidense. El hombre que había iniciado la risa, presentado a continuación como el viceprimer ministro, había hecho una seña al coronel Cho para que dejara el discurso. Durante media hora, el intercambio a través de la mesa había transcurrido como una conversación casi normal, hasta que el gobernador, abriendo el informe que Jenna había escrito para él y levantando una foto de satélite, aseguró que aquel complejo secreto que a todas luces parecía un laboratorio constituía una grave preocupación de seguridad. El viceprimer ministro se mostró perplejo. Entonces un ayudante le susurró algo al oído y la atmósfera en la sala cambió en un instante. «Nadie habla de los campos», pensó Jenna, al ver que los rostros que tenía delante se endurecían de nuevo. Era como si se hubiera cruzado alguna enigmática línea roja. «Lástima», pensó. Se aseguraría de que la cuestión se planteara de nuevo en el banquete.

Las sirenas seguían sonando y estaban empezando a ponerla nerviosa. Encendió el viejo televisor Toshiba para enmascarar el sonido. Niños de preescolar con maquillaje y caras de exagerada alegría estaban ejecutando una pequeña danza, levantando las manos en el aire y cantando: «Vamos a recoger una cosecha de alubias abundante…»

Cho se había quedado sentado en silencio durante el resto de la reunión. Algo le había ocurrido desde su viaje a Nueva York. Solo le había sostenido la mirada un segundo, y en sus ojos Jenna no percibió arrogancia, sino algo completamente inesperado, una especie de vulnerabilidad. Había visto pena, vergüenza y lamento. Estaba segura, y el hecho de que no participara de las risas de sus camaradas no hizo más que confirmarlo. Sin embargo, le había sido imposible cruzar una palabra a solas con él. Eso solo le dejaba el banquete de aquella noche…

Deshizo su maleta, colgó la ropa y se tumbó en la cama. Estaba agotada. En cuestión de minutos, se quedó dormida con los niños cantando en el viejo Toshiba, vagando en un sueño inquieto e intermitente en el que el televisor la observaba, el pomo de la puerta de su habitación giraba y la cadena de la puerta tintineaba.

34

ESTACIÓN DE TREN DE HYESAN

PROVINCIA DE RYANGGANG, COREA DEL NORTE

 

Era justo mediodía en el reloj de la estación. La señora Kwon lo oyó primero. Después, lo oyeron todas las demás y levantaron la mirada de sus esteras. Provenía del otro extremo de la ciudad, un grito semejante al bramido del viento en los aleros de las casas durante una tormenta, o a los aullidos de los espíritus malignos en las montañas. A medida que se acercaba el sonido, entendieron que era producto de muchos silbatos que sonaban a la vez.

El mercado se detuvo a escuchar.

De repente, vieron a Cara de Pala, sin el sargento Jang, corriendo hacia ellas por el pasillo y sujetándose la gorra con una mano. Tenía el rostro colorado como una ciruela. Les hizo una seña para que se reunieran.

—Si algunas de ustedes, señoras, tienen teléfonos ilegales, desháganse de ellos ahora. Y no se lo he dicho yo.

Los silbatos se elevaron otra vez, cientos de ellos al unísono, y a continuación se sumó a ellos el ulular de las sirenas que daban la alarma en caso de ataque aéreo. Las mujeres se volvieron en dirección al sonido, con los ojos brillantes de puro miedo.

—¿Qué ocurre? —dijo la señora Yang, pero Cara de Pala se había ido ya.

—Estamos en guerra. —La señora Kim ahogó un grito, tapándose la boca con los mitones.

La señora Moon escuchaba desde su estera. Eso era lo que se había estado preparando durante toda la mañana. Lo que había tensado la atmósfera como la piel de un tambor. La electricidad no había vuelto, y sin los sonidos de cobertura del altavoz o los trenes, las notas de los silbatos parecían subir y bajar como ondas de un aullido fantasmal.

Entonces, un chirrido en la plaza de la estación atrajo la atención de la señora Moon. Entrecerró los ojos y, a través de la valla, vio un gran objeto rojo que se movía en su línea de visión. El líder de una tropa de adolescentes estaba dirigiendo a un grupo de la Juventud Socialista que empujaba un enorme cartel con ruedas hasta la Oficina del Partido. En letras de un metro de alto, se leía: «¡DEFENDAMOS A NUESTRO CAMARADA KIM JONG-IL CON NUESTRAS VIDAS!».

Desde el otro lado de la plaza llegó el gruñido de un motor: un camión del ejército que circulaba a toda velocidad. El vehículo se sacudió cuando los frenos lo detuvieron con un chirrido, y las tropas saltaron de la parte de atrás. Empezaron a sacar más carteles del camión. El oficial gritaba y señalaba las distintas posiciones alrededor de la plaza donde tenían que fijarse los carteles.

Los silbatos sonaron otra vez, como gritos, más cercanos ya: notas agudas detrás de un violento martilleo de clavos en las paredes.

El primer cartel estaba colocado, y un terror negro se extendió sobre la señora Moon. Las letras se habían escrito apresuradamente en pintura blanca.

«¡AL PAREDÓN LOS QUE DIVULGAN RUMORES!»

Los martillazos resonaban en el aire. Los clientes de las dos cantinas del mercado dejaron de comer, se dieron la vuelta en los bancos y se quedaron mirando fijamente. Parecía que estuvieran viendo matar a alguien a palos. Se alzó un segundo cartel, luego un tercero y un cuarto.

«¡AL PAREDÓN LOS QUE DIVULGAN CULTURA EXTRANJERA!» «¡AL PAREDÓN LOS QUE ORGANIZAN REUNIONES ILEGALES!»

«¡AL PAREDÓN LOS QUE ABANDONAN EL SOCIALISMO!»

Sin mediar palabra, las mujeres reunieron sus productos y empezaron a recoger. La señora Moon buscó a Kyu. Se sentiría más segura con él y, sin duda, el muchacho sabría lo que estaba ocurriendo. El puesto de divisas frente al edificio del Partido estaba echando a sus clientes; el salón de belleza estatal ya se había vaciado; la farmacia estaba cerrada.

«Una suma máxima de cien mil wones», dijo una voz férrea desde los altavoces.

El volumen era explosivo, casi rompía los tímpanos. Había vuelto la corriente. Las luces de la estación se encendieron. La ciudad estaba mareada, no se sabía si era de día o de noche. El zumbido de los altavoces era alto y constante.

«Repito: en dos días, hasta un máximo de cien mil…»

Las mujeres se quedaron paralizadas.

Escucharon el anuncio hasta el final:

«Todas las escuelas y universidades permanecerán cerradas hasta nuevo aviso; todos los teléfonos móviles y lápices de memoria deben entregarse sin más dilación a representantes del Ministerio de Seguridad del Estado…».

Con el alma en vilo, las mujeres estaban mirando al suelo, esperando a que el anuncio se repitiera desde el principio.

La noticia osciló a través del mercado como una bola de derribo.

«Se emitirá una nueva moneda más valiosa. El nuevo won vale mil wones antiguos. Todos los ciudadanos disponen de dos días para cambiar los billetes viejos por nuevos, hasta un máximo de cien mil wones. Repito…».

La calma era similar a la que se produce tras una explosión. Cuando el humo se despejó, la devastación los miró a la cara.

El Estado iba a arrebatarles los ahorros que les quedaban.

La señora Kwon se sentó en cuclillas como una campesina y empezó a gemir, tapándose la cara con las manos; otras siguieron concentradas, escuchando el anuncio de nuevo, estupefactas, como si lo hubieran oído mal o las palabras pudieran cambiar.

Todas sus iniciativas, todas sus largas horas, todo su duro trabajo…

En los primeros minutos, las mujeres permanecieron perdidas en sus pensamientos. Entonces la señora Lee gesticuló, enfadada, dirigiéndose al altavoz:

—¡Lo único que me queda está en wones! —gritó, y la consternación se convirtió en rabia, como cuando la leña húmeda empieza por fin a arder.

Unos instantes después, todas estaban hablando entre ellas. ¿Cuánto habían ahorrado en wones? ¿Cuánto en divisas seguras, yuanes, euros, dólares?

—¿Por qué hacen esto? —gritó la señora Yang.

Había cuestionado lo incuestionable, pero nadie se sorprendió. Sus palabras solo parecieron alimentar la rabia que se extendía a través del mercado.

«Porque el comercio es libertad», pensó la señora Moon, y bajó la mirada a su regazo.

Los silbatos se elevaron otra vez al unísono, ahora como un ruido de fondo en el barullo de voces enojadas.

Un hombre joven que sostenía a un niño en brazos llegó corriendo por el pasillo. Se fue acercando a todas y cada una de las comerciantes que vendían ropa; y todas ellas le dijeron que no con la cabeza. Llegó hasta las mujeres que estaban cerca del puente y dijo suplicante:

—Por favor, he estado ahorrando para comprar un abrigo a mi hijo.

En su mano libre sostenía un fajo de wones que pronto no valdrían nada.

Sus palabras parecieron activar un interruptor y el ambiente febril del mercado cambió otra vez. El pavor siguió a la estela del hombre por el pasillo, como si fuese una ráfaga de viento repentina que levantara hojas a su paso. De pronto, el pánico atenazó a las mujeres que rodeaban a la señora Moon y se extendió a los clientes. En cuestión de segundos, el mercado estaba rugiendo. Todo el mundo intentaba gastar sus wones en algo que luego pudiera revender.

—Un día de mala fortuna, ajumma. —Kyu apareció de pronto a su lado.

Sin dudarlo un instante, la señora Moon puso un puñado de sucios wones en manos del muchacho. Era todo lo que tenía.

—Compra cualquier cosa que puedas revender —dijo—. Date prisa, ¡vamos!

Se hundió en una pila de sacos de arroz, dejando caer la cabeza en las manos, sin hacer caso de los gritos y las discusiones que surgían en torno a ella. Se sentía como si estuviera sentada en la orilla de una inmensa superficie de agua plana y oscura que se extendía sin fin, fría y eterna. Durante mucho tiempo, años tal vez, había preferido ignorarlo. En aquel momento lo afrontó y lo aceptó. Siempre estaría allí. Nunca cambiaría. «No hay futuro», pensó. La melodía que recordaba a medias se coló a través de alguna puerta en su memoria, que se abría hacia un pasado remoto, y la visión, desdibujada, se le llenó de brumas.

«Un cordero avanza, resignado, cargado con la culpa de todos los hombres».

La melodía llevaba consigo la imagen de una mujer joven con un vestido hanbok, sentada entre pétalos a la sombra moteada de un cerezo en flor. Su canto era dulce y amable, y estaba repleto de esperanza. Era su madre, muerta mucho tiempo atrás. La señora Moon tiró de dos de los sacos de arroz hacia ella, los abrazó contra el pecho y apoyó en ellos la cabeza. Sus bebés, que solo se llevaban trece meses. Cómo habían llorado y sollozado, qué sanos habían estado, qué ruidosos y llenos de vida. Perdidos para ella, como todo lo demás.

 

Cuando Kyu regresó, el cielo se estaba tiñendo de oro y unas amenazantes nubes rojas se alzaban en las cumbres de las montañas. Kyu dejó caer un pesado saco de lona a su lado. Tenía la cara sucia, con marcas de haberse frotado en torno a los ojos, y llevaba el abrigo rasgado. Se sentó junto a la señora Moon en la estera sin decir una palabra, sacó una papela de bingdu y preparó su pipa, llevando a cabo su ritual con sus dedos delgados. No necesitaba contárselo. El ruido del campo de batalla había hecho erupción en torno a ella. La gente peleaba pujando por cualquier cosa que pudieran revender. La señora Moon levantó el borde del saco de lona con un dedo. Kyu había logrado comprar un oso de peluche, una sudadera usada y una cabeza de cerdo. Había gastado dos mil wones en artículos que apenas le habrían costado unos cientos aquella misma mañana. Le devolvió los tres billetes que le habían sobrado.

El muchacho soltó el humo blanco como el hielo y ofreció su pipa a la señora Moon.

Ella la miró. En la mano pequeña de Kyu, brillaba como un objeto sagrado. Con un ceremonioso gesto, la señora Moon se la llevó a los labios y chupó. La droga no le quemó en la garganta ni la hizo toser. Era suave y limpia, más como neblina que como humo. La frente se le relajó y, unos instantes después, todo le preocupaba menos todavía. Se volvió hacia Kyu y le echó un brazo a la cintura. El muchacho la miró con esos ojos de vidrio ahumado cargados de conocimiento, luego apoyó la cabeza en su hombro.

—¿Cuál es tu apellido? —Nunca se le había ocurrido preguntárselo.

—No lo recuerdo.

—¿No lo recuerdas? ¿Te llamas solo Kyu? —Eso no estaba bien. Todo el mundo tenía un apellido. Una persona no era nada sin un apellido—. Toma el mío —le dijo ella.

Él sonrió con timidez, como si acabaran de ofrecerle un regalo raro y de gran valor.

—Moon —susurró Kyu.

Los silbatos y sirenas eran ahora como una música de fondo. Habían perdido el poder de asustarla. Dio otra chupada al bingdu. Kyu tenía razón. Se llevaba el dolor. Se llevaba el miedo y la preocupación.

Estaba viendo a la gente que vagaba hacia la plaza de la estación y se reunía a hablar en grupos delante del edificio del Partido, ajena a las sirenas. La voz del altavoz continuó su gemido constante y marcial:

«Por orden del Ministerio de Seguridad del Estado, se declara el toque de queda en toda la ciudad al caer el sol. Cualquier ciudadano que se encuentre en las calles después del atardecer será detenido…».

Los últimos rayos de sol estaban iluminando la parte inferior de las nubes de un profundo carmesí, pero el número de personas en la plaza parecía doblarse, triplicarse. El bingdu hacía que la señora Moon viera cosas que no estaban ahí: una multitud creciente que no tenía miedo.

Entonces se fijó en la cara de Kyu, también cautivado por esa visión, y en las mujeres que salían del mercado y se dirigían a la plaza como atraídas por un hilo invisible.

La señora Moon se levantó, muy tiesa. No eran imaginaciones suyas. La multitud estaba creciendo.

Entró en la plaza sosteniendo la mano de Kyu. Reconoció algunas de las caras —comerciantes y vendedores que también la conocían a ella—, pero se les estaba uniendo un número creciente de ciudadanos. Parecía que toda la ciudad se estuviera reuniendo allí, abandonando fábricas y viviendas, atraída por el tirón gravitacional de lo que estaba ocurriendo, fuera lo que fuese. La tensión que había sentido a lo largo de toda la mañana se había roto. Lo que había percibido era como una especie de electricidad estática, pero eso era otra cosa. La señora Moon no podía explicarlo. Era una fuerza, un magnetismo. Alguien llevó el brasero yontan desde el mercado hasta la plaza y lo colocó justo delante del edificio del Partido, y la gente se reunió a su alrededor, soplándose las manos para que el frío no les cortara la circulación.

Cuando llegó un convoy de cuatro, cinco camiones del ejército con sus faros amarillos encendidos, la multitud observó en silencio. En lugar de dispersarse, la concentración siguió creciendo. La gente olvidaba toda precaución; la tensión en sus rostros parecía anticipar lo que iba a suceder. Las tropas saltaron de los camiones, decenas de soldados, pero, al verse enfrentados a una inesperada y muy numerosa multitud, sus silbatos permanecieron en silencio. El punto muerto duró unos instantes, hasta que el cordón de las tropas se separó para dejar pasar al capitán. El oficial caminó hasta el brasero yontan en el centro de la plaza, mirando a izquierda y derecha y apartando a la gente de su camino.

Todas las miradas de la plaza se centraron en él.

—¡¿Qué está pasando aquí?! —gritó—. ¿Acaso habéis perdido el respeto a nuestra Oficina del Partido? ¿Está a punto de empezar un toque de queda y os quedáis todos aquí, como gentuza?

Ninguno de los congregados se movió.

—¡Esto es lo que ocurre cuando se extiende el veneno del capitalismo! Desorden. Falta de respeto. Egoísmo. Y como veo a tantos capitalistas aquí… —Inclinó sardónicamente su gorra de plato hacia la Abuela Whiskey—. Os voy a decir algo: a partir de mañana por la mañana, el mercado de la estación abrirá solo durante tres horas, de ocho a once…

—¿Por qué? —preguntó una voz.

El capitán se alejó del fuego. Se llevó la mano a la cartuchera y de repente el rostro se le puso blanco de asombro.

—¿Quién se ha atrevido a replicarme?

La señora Moon avanzó entre la multitud hasta la luz del fuego y se situó frente al capitán, al otro lado del brasero.

—¿Cómo te atreves a desafiarme? —Estaba mirándola, respirando profundamente—. Me preguntas por qué… ¡pues te diré por qué! —Miró a su alrededor, en dirección a la multitud, y una ligera aprensión se abrió paso en su voz al ver el creciente número de rostros que lo miraban—. A partir de ahora, los precios de la comida, combustible y ropa los fijará el Estado…

Seguir: parte 2 de 7