Infiltrada
Segunda Parte
Este capítulo es largo, así que está dividido en 7 partes.
Jenna se dio cuenta de que la sensación de náusea se estaba evaporando, sustituida por una claridad mental muy estimulante y por una especie de hiperagudeza: sus sentidos estaban atentos al menor detalle. Casi podía ver el trabajoso latido del debilitado corazón de su interlocutor, oír las conversaciones de los soldados en la sala de guardia detrás de la puerta del fondo…
En voz baja dijo:
—Me ha preguntado si tenemos un acuerdo. —Empezó a levantarse lentamente de su asiento—. No lo tenemos. —Sus ojos permanecieron fijos en los de Kim—. No hay puente que no esté dispuesta a quemar, ni tierra que no vaya a arrasar… con tal de recuperar a mi hermana.
De pronto, Jenna se levantó ante él, y Kim Jong-il la observó con su cautela característica, que ahora había adquirido una expresión de alarma. Sus dedos todavía sujetaban el cigarrillo a medio fumar. De repente, su mano izquierda se movió para presionar algo oculto bajo la mesa. Un botón de emergencia.
La puerta del fondo se abrió de golpe y los dos soldados de la Guardia Suprema llegaron corriendo en auxilio del Líder con sus AK-74. Durante tres segundos, Jenna fue invisible para ellos. Solo respondían a las necesidades de Kim. Ambos eran altos y de constitución fuerte, como velocistas de cien metros, pero eso no la preocupaba.
«En física newtoniana, la potencia de un golpe experimenta un aumento cuadrático con respecto a la velocidad del golpe, mientras que con respecto a la masa del objeto que golpea el aumento es solamente lineal».
Kim Jong-il estaba señalándola. Ambos se volvieron hacia ella.
«En otras palabras…»
El que estaba más cerca se lanzó a sujetarla. Jenna giró su cuerpo noventa grados y levantó la pierna para soltarle una patada demoledora en plena mandíbula. El impacto del talón provocó el crujido de un hueso.
«… la velocidad genera más potencia que el tamaño».
El hombre cayó como un árbol, desplomándose en la silla al lado de Kim Jong-il. El segundo soldado quiso desenfundar su pistola. Con la rapidez de un relámpago, Jenna agarró el pesado encendedor de cromo de la mesa y lo lanzó con toda la fuerza de su brazo. Le acertó en el ojo con tanta potencia que el encendedor se partió en dos y el líquido inflamable que contenía se derramó por la mesa y la cortina que tenía detrás.
Por un momento, solo se oyó la respiración de Jenna y el aullido del soldado cuyo ojo acababa de aplastar. El otro estaba inconsciente.
Jenna sintió que un manto de poder le cubría los hombros. Era invencible.
Al coger el arma del soldado inconsciente, Jenna vio que era del modelo AKSU, la versión reducida del fusil de asalto AK-74, diseñada para disparar de cerca. Le gustó su agarre, su peso… Quitó el seguro.
Kim Jong-il tosió. Durante un instante irreal, Jenna casi se había olvidado de él. Estaba golpeando con los nudillos en la ventana, tratando de atraer la atención del soldado apostado en el exterior, cuyo casco alcanzaban a ver desde dentro. El cristal, sin embargo, estaba herméticamente cerrado y blindado, y ahogaba cualquier sonido.
Kim tosió de nuevo, una tos violenta, seca, y se desabrochó la cremallera del cuello de la chaqueta. Buscó su vaso a tientas. Jenna cogió su copa de Baedansul, se la entregó y observó con fascinación cómo tragaba el aguardiente de ochenta grados. La tos se convirtió en una especie de arcada brusca, y el rostro del dictador se puso de un color ciruela oscuro.
Jenna movió la cabeza. Se estaba distrayendo. Tenía que encontrar a Soo-min.
Estaba a punto de salir corriendo en la dirección que había tomado Soo-min, cuando de pronto la puerta se abrió tras ella. Entraron dos soldados más, mirando al compartimento con incredulidad. Tantearon torpemente las cartucheras.
Jenna los apuntó con el AKSU. El fusil corto, en modo automático, disparó una ráfaga fugaz. Tenía un gran retroceso. Heridas como amapolas se abrieron en el pecho de los hombres. Los dos cayeron hacia atrás. Otro soldado apareció tras ellos. Una nueva ráfaga, y Jenna también acabó con él.
Una onda de euforia la recorrió desde las puntas de los pies hasta la coronilla. Era Diana la cazadora, una diosa que disparaba flechas de plata. Apuntó con el cañón humeante del AKSU al otro extremo del vagón.
Un auricular de radio había caído al suelo, emitiendo un crujido de comunicaciones frenéticas.
Estaban a punto de converger todos los soldados del tren en aquel compartimento a menos que ella desviara su atención. El cigarrillo encendido del dictador había caído al suelo. Jenna lo recogió y lo lanzó al líquido inflamable del mechero, que goteaba desde la superficie de la mesa.
Una llama clara y brillante recorrió el fluido con un estallido sonoro. Al cabo de un segundo, una de las cortinas de la ventana se había encendido y desprendía un humo blanco y acre.
Enseguida sonó la alarma a lo largo del tren, ahogando cualquier otro ruido. En el exterior, los soldados echaron a correr desde sus puestos.
Jenna no estaba segura de por qué echó una última mirada a Kim Jong-il. Tal vez fue la conciencia de haber compartido un momento del destino, o la simple curiosidad. La desesperación de la tos del dictador quedó silenciada por la alarma. No podía respirar; se estaba ahogando, era como si respirara en el vacío, y se le habían empezado a hinchar los ojos como huevos. Qué poco hacía falta para acabar con la vida de su corazón enfermo. Una pequeña mezcla tóxica de alcohol, humo y terror. Se le habían caído las gafas en la mesa. Por un instante, sus ojos buscaron los de Jenna, como implorándole ayuda. «Muérete», pensó ella, mientras el cuerpo de Kim se sacudía por las convulsiones. La gran cabeza rebotó hacia atrás y luego, con un leve estertor, se derrumbó sobre el pecho.
Los dos policías estaban agachados a ambos lados de Cho. Se habían quitado los guantes, las gorras y las chaquetas y estaban totalmente concentrados en acercarlo hacia la camilla.
—Eso es —murmuró Cho entre dientes—. Adelante…
Sudaban profusamente. Cho les veía en el cuello el latido del pulso.
De repente, la manta se levantó. Con la rapidez de un lagarto, los brazos delgados de Cho se alzaron con los puños apretados hacia ellos.
Uno de los policías se volvió hacia él, con los ojos como platos de pura incredulidad. El otro cayó a cuatro patas. Un burbujeo le salió de la garganta.
Cada policía tenía una jeringuilla clavada en el cuello.
Uno de ellos forcejeó con Cho y se arrancó la aguja. La jeringuilla estaba vacía. Había recibido la dosis completa.
Jenna echó a correr, sosteniendo el AKSU en ángulo. Tenía una energía ilimitada y un único deseo: encontrar a Soo-min.
Corrió hacia las puertas del fondo y se metió en un pequeño cuarto de guardia, que estaba desierto. A su izquierda, la puerta del tren que daba al exterior se abrió y dejó entrar un viento gélido. Un soldado con casco estaba subiendo. Con dos fugaces movimientos, Jenna lo golpeó en la cara con la culata del AKSU y le soltó una patada en la parte superior del pecho que lo lanzó disparado hacia atrás. La puerta estaba blindada y era enorme, hecha de un grueso acero a prueba de explosiones. Jenna la cerró con los dos brazos y bajó el cierre.
Siguió adelante por un pequeño pasillo y dejó atrás un lavabo. El espacio cerrado amplificaba el sonido de la alarma. Jenna abrió la siguiente puerta con cuidado y la cerró a su espalda.
La escena que vio podría haberla desconcertado, pero en su alterado estado mental simplemente notó que una sonrisa radiante se extendía por su rostro.
Soo-min estaba sentada con un grupo de críos, unos siete u ocho niños y niñas con las caras ocultas en los pliegues de su vestido hanbok de seda azul o bajo sus brazos. Algunos se tapaban los oídos para protegerse del ruido. Las cortinas del vagón estaban corridas. La única luz procedía de una pantalla plana montada en la pared que reproducía una película infantil de animación. El espacio estaba dispuesto como una cómoda sala de estar, con sofás y sillones.
Jenna sabía que eran algunos de los niños medio coreanos que había visto en la mansión. Uno se volvió hacia ella. Era del sudeste asiático, pero tenía el cabello castaño, y de repente se vio a sí misma a través de sus ojos. Una occidental con tejanos y enloquecida por las drogas que era exactamente igual que la mujer que lo protegía.
Todavía con el AKSU en ángulo, Jenna tendió su mano izquierda y movió los dedos, apremiando a su hermana por encima del sonido de la alarma.
—¡Soo-min, vamos!
Se oyó un golpe tremendo en la puerta: una bota que pretendía derribarla a patadas. Los niños empezaron a chillar y llorar.
Los ojos de Soo-min centellearon de terror. Hizo que los niños se pusieran en pie y los llevó a la puerta del fondo del vagón, lejos de Jenna. Todos se aferraban con fuerza a ella mientras corrían.
Al otro lado de la puerta se oían gritos de soldados y un retumbo de botas.
Jenna siguió a su hermana, pero después de hacer salir a los últimos niños por una puerta al final del vagón, Soo-min la cerró, se dio media vuelta y apoyó la espalda en ella con actitud protectora.
Jenna cambió al inglés.
—Susie, vamos.
La salida que Soo-min acababa de cerrar era su única vía de escape.
Otro golpe tremendo impactó en la puerta por la que había entrado Jenna.
Su hermana estaba paralizada, con una expresión difícil de interpretar. Mostraba miedo, confusión y… algo más, algo que inquietó a Jenna, pero en ese momento la distrajo una repentina sacudida del suelo. El tren empezaba a moverse.
Cho se incorporó lentamente sobre los codos, observando a sus captores retorciéndose y jadeando en el suelo. Sus movimientos se estaban haciendo más lentos. Aquel sedante debía de ser potente. O también podía ser que sufrieran alguna clase de conmoción, lo cual, dada su juventud, era muy posible. Cho fue consciente por primera vez de que estaba completamente desnudo bajo la manta. Se puso de pie en la estera y apoyó la pierna herida en el suelo. No le dolía en absoluto, seguramente por el efecto de la oxicodona que Lim le había dado para el dolor. ¿Qué le habría ocurrido a Lim?
Oyó un ruido parecido a un borboteo que provenía del suelo, se volvió y vio que uno de los policías estaba intentando alcanzar su cartuchera. Cho se lanzó hacia él antes de que pudiera cogerla, sacó la porra antidisturbios de la funda que el hombre llevaba atada a la cintura y, sin perder la calma, lo golpeó en el cráneo. Un golpe para dejarlo sin sentido. El otro estaba noqueado por la droga. Cho esperó un momento con la porra levantada, hasta que lo oyó soltar un suave ronquido.
Sin perder un segundo, empezó a desnudarlo. Era aproximadamente de su misma estatura, aunque, después de su paso por el campo de prisioneros, el cuerpo de Cho era mucho más delgado.
Minutos después, un hombre con el uniforme azul marino y las botas de la policía de seguridad del Estado chino corría por el vestíbulo después de haber inutilizado los botones del ascensor con un fuerte golpe de porra. La acera estaba cubierta de aguanieve y la calle congelada brillaba como la sangre húmeda bajo los letreros de neón carmesí. Cho registró los bolsillos del uniforme que llevaba puesto. Encontró un teléfono móvil, que tiró a un contenedor de basura, y las llaves de un vehículo. Pulsó el botón de desbloqueo y oyó un campanilleo y vio parpadear las luces de una furgoneta BMW sin identificar, a diez metros de allí, en medio de la fila oscura de coches aparcados.
—Genial —murmuró Cho.
La puerta del compartimento se abrió de golpe de una patada y tres, cuatro soldados irrumpieron empuñando fusiles semiautomáticos. Jenna no dudó ni un milisegundo. Abrió fuego con el AKSU, derribándolos con una ráfaga de balas hasta que vació el cargador. Empezó a entrar un denso humo gris, que procedía del incendio del vagón comedor.
Un soldado yacía gritando en el suelo con una herida en el estómago. Jenna le quitó el cargador del arma y lo insertó en la suya. Entre los aullidos de la alarma y a través del humo, vio a dos hombres más que se estaban asfixiando, y dio por hecho que el fuego en el vagón comedor tenía que estar ya ardiendo con fuerza, lo que sin duda impedía la llegada de más refuerzos.
Levantó el AKSU otra vez y apretó el gatillo, disparando al humo del pasillo. Apenas podía distinguir ya las siluetas de los dos cuerpos bajo el brillo naranja intermitente de las llamas procedentes del vagón comedor.
Jenna retrocedió y agarró a Soo-min del brazo, tirando de ella a través de la puerta que habían derribado los soldados y llevándola hacia la pesada puerta del compartimento de guardia, sin soltar el arma que sostenía en la otra mano.
La puerta no se desbloquearía mientras el tren estuviera en movimiento. Jenna hizo un gesto para que Soo-min se apartara hacia atrás y disparó tres balas al cristal, que en medio de un estruendo ensordecedor se hizo añicos y estalló en un millar de fragmentos. Una ráfaga de aire helado dejó a Jenna sin aliento. El tren estaba ganando velocidad.
Jenna sujetó la mano de Soo-min con fuerza y gritó:
—¡Vamos a saltar!
—¿Adónde vamos?
—A casa.
Sus ojos se encontraron y, por un breve instante, cuando las estrellas y las llamas se reflejaron en las pupilas de Soo-min, Jenna supo que no había perdido a su hermana del todo.
Se acercaban a un ventisquero. Saltaron, y el tren en llamas rugió hacia el sur en la noche.
Cho se puso el cinturón de seguridad y accionó la llave de contacto. El potente motor se encendió con suavidad y el salpicadero se iluminó. Depósito lleno. La radio de la solapa volvió a crepitar.
—Wang, ¿me recibes? ¡Vamos! Cambio.
Cho dudó. El mandarín pueblerino no era tan difícil. Pulsó el botón.
—Eh, aquí Wang. Vamos a tardar un rato. El prisionero está herido en una camilla y el ascensor no funciona. Cambio.
—Recibido. Vamos a enviar ayuda. Cambio.
—¡No, no hace falta, ya nos encargamos nosotros! Ya sabes, tenemos que hacer ejercicio. Si no vuelvo a llamarte, es porque estamos cargando con el cabrón.
Arrancó del cuello de la chaqueta el clip de la radio, abrió la puerta y lo tiró por una alcantarilla. Se estaba inclinando sobre la guantera para buscar un mapa de carreteras cuando la consola del salpicadero llamó su atención. Unos caracteres en mandarín decían «INTRODUZCA DESTINO». Desconcertado, tocó la pantalla y tecleó con indecisión: S-H-E-N-Y-A-N-G.
La pantalla se configuró y le mostró una ruta por la autopista G-1212 Jilin-Shenyang y una gran flecha roja.
Distancia: 717 km.
Tiempo: 7h 44 min.
Cho negó con la cabeza. Increíble. Era como ser testigo de un truco de magia. Entonces una suave voz femenina que hablaba en chino casi le hizo saltar de su asiento.
«Cuatrocientos metros más adelante —le avisó la voz—, gire a la izquierda e incorpórese a la autopista G-1212».
Jenna hizo salir a los hombres del Volkswagen Bora pidiéndoles a gritos auxilio. Caminaron hacia ella con las linternas encendidas: Chaqueta de Cuero, los dos policías chinos y el chófer. Ella sostenía a una tambaleante y temblorosa Soo-min, vestida solo con un hanbok de seda suelto. En la espalda de Soo-min, entre los pliegues de su vestido, Jenna ocultaba su AKSU. Cuando los hombres estuvieron lo bastante cerca para verles la cara, levantó el arma y disparó por encima de sus cabezas. Los hombres se quedaron paralizados. Los faros del Volkswagen apuntaban en otra dirección, y las caras de los hombres estaban en sombra. El objetivo de Jenna era llegar hasta el coche. Ahora le castañeteaban los dientes, y a Soo-min le ocurría lo mismo. La temperatura estaba descendiendo muy rápido.
—¡Las armas al suelo! —gritó Jenna al viento.
Ninguno de ellos se movió, y ella se preguntó si alguno entendía el coreano.
Disparó otro tiro al suelo delante de ellos, levantando una nube de nieve. Todos se protegieron los ojos.
—Suelten las armas o el siguiente tiro destrozará una rótula y el siguiente agujereará un pulmón.
Lentamente, los hombres sacaron sus armas y las tiraron.
—¡Túmbense en el suelo! ¡Boca abajo!
Se pusieron de rodillas.
—Mi querida hermana —susurró Jenna, sin dejar de apuntar a los hombres—, por favor, recoge sus armas.
Los hombres debían de pensar que estaban en un sueño extraño. Una mujer norcoreana del tren personal del Amado Líder se había acercado flotando entre rocas y hielo como una dama de un cuento de hadas, y ahora estaba recogiendo sus armas, amedrentándolos, mientras el tren en llamas se alejaba hacia el horizonte.
Poco después, Jenna y Soo-min estaban sentadas en el Volkswagen, con los cinturones puestos y circulando a toda velocidad por el páramo en dirección a Yanji.
Jenna estaba bajando del subidón que había experimentado en el tren. El efecto de la metanfetamina empezaba a desvanecerse. Volvía a adoptar la actitud de una agente de campo, calculando probabilidades con calma, adelantándose a los peligros.
Sintió que la gran cantidad de preguntas que tenía para Soo-min aumentaba como la presión de un dique, pero podían esperar hasta que llegaran a Shenyang. Mientras conducía tan solo podía mirar de reojo de vez en cuando el perfil de su hermana. No daba crédito al milagro de estar a su lado. Soo-min, Susie. Tanto que decirle y todo el tiempo del mundo para decirlo. Soo-min se limitaba a mirar a la carretera, con los ojos claros y vidriosos, sin decir nada, respirando con jadeos cortos y tenues. Jenna reconoció los síntomas de la conmoción.
En los aledaños de la ciudad de Yanji, tiró el AKSU y las pistolas en un campo y aceleró para incorporarse a la autopista. La policía seguiría el rastro del coche por el transpondedor en cuanto se diera la alarma, así que abandonaron el vehículo en la estación de autobuses de Changchun a las 23.15 h. Allí, por un precio generoso, Jenna contrató un taxi para el resto del viaje hasta Shenyang.
54
AUTOVÍA G-1212 SHENYANG-JILIN
NOVENTA KILÓMETROS AL ESTE DE MEIHEKOU
PROVINCIA DE JILIN, CHINA
Cho llevaba unas dos horas conduciendo. Se sentía descansado y alerta, aunque tenía hambre. No había encontrado ningún tentempié en la furgoneta y no se atrevía a entrar en una estación de servicio. Su mayor preocupación era tener que parar en un peaje de la autopista, donde mayor era el riesgo de que lo detuviera la policía. Seguramente ya habrían dado la alarma en Yanji. Sin embargo, no había peajes en aquella autopista, solo carteles amarillos de «COBRO DE PEAJE ELECTRÓNICO». Había apagado el navegador, y aun así no podía desprenderse de la sensación de que estaban siguiéndolo. En la cartera del teniente Wang había una pequeña cantidad de dinero en efectivo. Cho ya había decidido deshacerse del vehículo en Meihekou, adonde llegaría en aproximadamente una hora. Allí compraría un billete de autobús para el resto del viaje hasta Shenyang. Tendría que cambiarse de ropa. Estarían buscando un uniforme de policía.
«Ya te preocuparás por eso más adelante».
Se dirigía al oeste a través de las estribaciones de las montañas Changbai. La autopista trazaba curvas y ondulaciones a través del paisaje, cruzando de vez en cuando un puente tendido sobre la profunda garganta de un valle. ¡Qué inhóspita era la provincia de Jilin en invierno! Lo único que quedaba de la luz del día era un turbio brillo naranja detrás de las montañas, a la izquierda. Parecía una reacción química. Una gruesa capa de nieve cubría las cumbres, de un gris pálido en la penumbra. Cho vio a su derecha las luces y la llamarada de una enorme refinería de petróleo de esquisto y percibió su hedor tóxico.
La carretera se prolongaba sin fin en la oscuridad. Habían echado arena y sal, pero aun así había hielo en los márgenes. Cho sujetó el volante con más fuerza. El tráfico era escaso y rápido. Un camión gigante lo adelantó, meciéndolo en su estela y salpicándolo de aguanieve marrón. Cho no se atrevía a ir más deprisa, no quería dar a las patrullas de la autopista ningún motivo para pararlo.
Encendió la radio. La música lo calmaría. Una banda de chicas chinas tocaba una melodía aprobada por el Estado con cítaras y flautas. Empezaba a notar de nuevo una punzada de dolor en la pantorrilla. Sacó otra cápsula de oxicodona del bolsillo de la camisa, se la tragó sin agua y volvió a distraerse pensando en su hijo.
Durante los meses en que había estado en el Campo 22, no había pasado ni una sola hora de un solo día en que no hubiera pensado en él. Libros, su único hijo, su hombrecito. ¿Cuál era la broma que se escondía detrás del mote? Cho lamentó no recordarlo. Evocó su carita vuelta hacia él, su bonita sonrisa. El libro de acertijos que siempre llevaba en las manos. Un niño inocente que amaba a los animales… En el oscuro reflejo del retrovisor, Cho vio su propia sonrisa y sus ojos anegados en lágrimas. La sonrisa desapareció de su rostro. Daría cualquier cosa por saber qué le había ocurrido a Libros. Nunca, nunca lo sabría. La posibilidad de que estuviera muerto era demasiado terrible para considerarla siquiera, aunque lo había atormentado en sueños. En realidad, no creía que su hijo estuviera muerto, aunque era inimaginable que le hubieran permitido regresar a Pyongyang. ¿Le habrían dicho que renegara de su padre y lo condenara como traidor? Casi seguro. ¿Lo creería? Cho esperaba que no. Esperaba que su hijo mantuviera la verdad en algún rincón de su corazón que el Partido nunca encontraría, y eso lo reconfortó. Le parecía que su hijo lo conocía mejor que ningún adulto. De la madre del niño, en cambio, Cho tenía menos dudas. La intuición le decía que la habrían convencido enseguida. De hecho, Cho había empezado a perderla antes de caer en desgracia, y le sorprendió darse cuenta de que hasta entonces no había sido consciente de ese distanciamiento. Cuánto debía de despreciarlo. Cómo debía de maldecir el día en que lo había conocido.
Era curioso, pero cuando trataba de evocar la imagen de ellos tres como la familia que podrían haber sido, juntos y felices, ya fuera posando en verano para una fotografía junto al mar en Wonsan, o en otra vida, en algún lugar completamente distinto, en Nueva York, con la estatua de la Libertad al fondo, no era la cara de su mujer la que veía a su lado, sino la de Jenna.
Jenna, que había cruzado el mundo para rescatarlo a él, un miserable don nadie que lo había perdido todo. Una sombra de hombre… Jenna no sabía que él conocía su verdadero nombre.
Movió suavemente la cabeza. Tener la libertad de amar a una mujer como esa… Ni siquiera se atrevía a imaginarlo.
Trató de pensar dónde podía estar ella en aquel momento y lo asaltó la preocupación como un ardor en el estómago. Esperaba que no le hicieran daño. Los chinos tenían prisiones secretas, agujeros negros invisibles para Occidente, donde no había reglas para interrogar a los espías. Pero recordó que ella era una ciudadana estadounidense. Y eso le confería una protección mágica. Jenna procedía de un universo gobernado por leyes y derechos humanos. No podían maltratarla como lo habían maltratado a él. Fuera como fuese, Jenna estaría bien.
Cho miró otra vez por el retrovisor. A cierta distancia vio los faros de un coche solitario que circulaba a la misma velocidad que él. ¿Estaban siguiéndolo? Hacía mucho rato que lo llevaba detrás.
Entre las nubes de nieve que se movían con rapidez, Cho distinguía de vez en cuando el brillo tenue de las estrellas. Una media luna brillante se estaba levantando, y su luz confería un tono azul apagado a la nieve. Tenía por encima el firmamento entero, girando, indiferente, y al pensarlo se sintió muy pequeño y le pareció que sus problemas eran irrelevantes. Su hermano estaba muerto. Su querida madre, que nunca había dejado de amarlo ni de creer en él, casi con toda seguridad también lo estaría. Él no era más que una combinación temporal de átomos, provisional y efímera, como casi todo lo demás. Le esperaba el mismo destino que a todos los seres. El mundo seguiría girando sin él. Nadie lo recordaría.
No había advertido en qué momento se había detenido el tráfico al otro lado de la mediana. Todos los carriles que discurrían en sentido contrario estaban vacíos. ¿Un accidente, tal vez?
Entonces algo destelló en su retrovisor y vio las luces, a unos dos kilómetros detrás de él.
Al principio no supo lo que era. Solo veía luces multicolores que, como una siniestra atracción de feria, se mantenían a distancia, aunque iban acercándose poco a poco. Hasta que Cho comprobó que al coche solitario que lo seguía se le habían unido otros tres que avanzaban en paralelo, uno en cada carril, y varios más detrás, todos con las luces largas, los intermitentes encendidos y las luces rojas y azules rotando: un banco silente de luz que se acercaba.
No le sorprendió ni le dio miedo.
Apagó la radio. Solo se oía el zumbido del motor, el rugido del viento y los rotores distantes de un helicóptero, que fue acercándose hasta que Cho pudo distinguir el ritmo de sus palas. Levantó la mirada, pero no alcanzó a verlo a través del techo solar.
Los pocos coches que tenía por delante en la carretera se estaban deteniendo en el arcén.
Al cabo de un momento, estaba cegado. Un faro blanco intenso lo enfocaba desde arriba y seguía su movimiento, iluminándolo en el interior de la furgoneta como el rayo de sol que la lupa concentra en una desdichada hormiga. Tenía la sensación de estar suspendido en una piscina deslizante de luz. Trató de mantener la vista fija en la carretera.
Esbozó una sonrisa para sí.
De modo que no iban a correr riesgos. Al fin y al cabo, había reducido a dos policías y había robado el cinturón y la cartuchera de Wang con su arma de servicio modelo 92. Era un criminal fugitivo armado.
Se sentía en calma. Respiraba con firmeza.
La autopista coronaba una pequeña colina. Pisó a fondo para acelerar. Los coches de la policía que lo seguían mantuvieron la distancia.
Al otro lado de la colina, Cho vio la emboscada. Al final de un largo puente había una barricada formada por decenas de coches de la policía, con las luces rojas y azules encendidas. El puente se extendía sobre otra garganta del valle. Cegado por el resplandor, Cho no podía ver lo profundo que era. Finalmente, levantó el pie del acelerador.
Se detuvo hacia la mitad del puente. Apagó el motor y se quedó quieto un momento. El batir del helicóptero era muy ruidoso, lo tenía justo encima. A su alrededor, el puente estaba bañado en un brillo blanco azulado, como un escenario. La falange de coches de la policía también se había detenido detrás de él, a una distancia de seguridad cerca de la entrada al puente.
Una voz metálica atronó desde el aire.
«Policía Armada del Pueblo. Salga del vehículo con las manos levantadas».
La voz amplificada no rebotó ni resonó. Fue devorada por la oscuridad, y Cho percibió que la caída desde el puente era muy larga.
Soltó el aire despacio. Nunca se había sentido tan vivo, tan presente en el momento. Tan… en paz.
De todos los finales que había imaginado desde que empezaron sus problemas, sabía que ese era el correcto. El que estaba destinado a tomar. Tal vez nada de lo que había hecho en su vida podría haber cambiado ese final. Las casualidades no existían.
Despacio, salió del coche. Dio unos pasos por la carretera y levantó las manos débilmente. Las luces lo enfocaban desde arriba, desde atrás y desde delante. Vio las siluetas de los policías con cascos que se acercaban.
—¡Quédese donde está! —rugió una voz desde el cielo.
Se volvió y comprobó que también se acercaban por detrás.
Su respiración levantaba una amplia nubecilla de vapor blanco en el aire congelado.
Alzó la mirada para ver las estrellas por última vez, pero la luz del helicóptero lo cegó y la corriente de aire que producía le sacudió la ropa y el pelo.
«Estoy listo —pensó—. Hace mucho que lo estoy». Bajó los brazos.
—¡Mantenga los brazos en alto!
Con cuatro largas zancadas, alcanzó la barrera de protección.
—¡Quédese donde está!
Con dos movimientos rígidos había pasado por encima de la barrera.
—¡Alto! ¡No se mueva!
Se había sujetado a la barrera y se inclinaba por encima de un abismo negro. El aliento de la noche aulló a través del valle, lacerándole el rostro, ensordeciéndolo, congelándole las lágrimas de los ojos. Debajo vio el vacío. Ah, sí, era lo bastante profundo…
Era el momento de saltar.
Mientras caía, con el viento alborotándole el pelo, Cho se sintió liberado de toda necesidad de comprender, de toda necesidad de saber. Y, en ese momento, lo comprendió todo.
55
CONSULADO DE ESTADOS UNIDOS
SHENYANG, PROVINCIA DE LIAONING, CHINA
Las habitaciones de invitados del consulado de Estados Unidos en Shenyang —un extenso bloque severo de hormigón— parecían las de un hotel barato de Alemania del Este, pero a Jenna nunca le había importado que la cama fuera dura. Soo-min había estado durmiendo prácticamente desde que habían llegado, tensas y exhaustas, a las tres de la madrugada. Llevaban doce horas allí.
Le había dolido tener que decirle al jefe local de la CIA que había fracasado en su misión, que había perdido a Cho Sang-ho, el activo norcoreano más importante de cuantos habían intentado desertar. De no ser por él, tal vez nunca se habría descubierto la verdad sobre el programa de cohetes. Sin embargo, cuando describió lo sucedido en el tren de Kim Jong-il en un informe urgente enviado a Charles Fisk vía JWICS, el Sistema Conjunto de Comunicaciones de Inteligencia Mundial que usaba la CIA para las comunicaciones encriptadas de alto secreto, la reacción de Langley la sorprendió.
Había dado por hecho que le caería un rapapolvo por la carnicería que había causado, una reprimenda formal, una suspensión de servicio en espera de investigación, pero Fisk estaba impresionado.
—Te negaste a aceptar el soborno y recuperaste a tu hermana, una ciudadana estadounidense secuestrada.
El director de la CIA, que fue informado de inmediato, se alegró de poder comunicar al presidente que Kim había muerto antes de que saltara la noticia. De hecho, ya habían pasado dos días, y Corea del Norte aún no lo había anunciado.
—Siento mucho lo de Cho —dijo Fisk—, pero ahora, cuando vuelvas, nuestra prioridad absoluta será obtener información de Soo-min.
«¿Qué?»
Tal vez Jenna, cegada por el amor hacia su hermana, no lo había visto venir.
—Según lo que dijiste, puede que Soo-min haya formado parte del séquito de Kim durante años —arguyó Fisk—. Podría ser una mina de oro de información y conoce de primera mano el Programa Semilla. Conoce a todos esos chicos. Con su ayuda, los encontraremos.
«¿Y qué haremos con ellos?»
Jenna sintió un deseo inmediato y feroz de proteger a Soo-min. Estaba preocupada por ella. Su hermana gemela apenas había hablado durante el viaje a Shenyang. Ni siquiera le había preguntado por sus padres, y Jenna había decidido esperar el momento adecuado para decirle que Douglas había muerto. Solo una vez había visto alguna reacción en su hermana. Fue al llegar a las puertas del consulado, cuando, ante la visión de los policías, Soo-min se había encogido de terror y había vuelto la cara hacia ella. Jenna le había apretado la mano y le había dado un beso.
—No tienes nada que temer. No eres una fugitiva. Eres ciudadana de Estados Unidos.
Soo-min todavía no había pronunciado ni una palabra en inglés.
—Me preocupa que mi hermana pueda estar sufriendo los efectos de un trauma severo —le dijo Jenna a Fisk—. Podría no reaccionar bien a un interrogatorio.
—Tenemos personal en Langley preparado para interrogar a activos con estrés postraumático —apuntó Fisk. Fueron sus últimas palabras antes de desconectarse. Fin de la conversación.
Después, tumbada en la habitación de invitados, Jenna observó a Soo-min, que respiraba con suavidad. Dormida, cuando su cara estaba apacible y en reposo, parecía ella otra vez. Pero Jenna sabía que, en cuanto su hermana se despertara, la máscara volvería a su lugar y de nuevo se mostraría cautelosa, vigilante, distante. Un enigma. Parecía llevar algo en su interior, algo oscuro como un tumor. Jenna se había puesto el collar con el pequeño tigre de plata para que Soo-min lo viera, y esperó a que ella abriera los ojos con la esperanza de pillarla desprevenida.
—¿Quién es Ha-jun? —dijo en voz baja, hablándole en coreano.
Soo-min no se movió, y durante un rato Jenna pensó que su hermana prefería no oír sus preguntas.
—Has susurrado su nombre mientras dormías.
Soo-min se enderezó. El cabello le caía sobre la cara, pero tenía los ojos fijos en Jenna. Con una voz que era apenas un susurro, contestó:
—Mi hijo.
«¿Tienes un hijo?». Jenna sintió que algo cedía en su corazón.
—¿Era uno de los niños de la mansión?
Soo-min asintió de manera casi imperceptible, su rostro permanecía inexpresivo.
—¿Sigue ahí?
Después de una pausa tan larga que Jenna pensó que su hermana había regresado permanentemente al silencio, Soo-min dijo:
—Me lo quitaron… cuando tenía ocho años.
—¿Por qué?
—Por muchas razones.
Jenna se sintió abrumada al intuir la gran cantidad de temas inexplorados que tenían por delante, como nuevos continentes que emergían de la niebla.
Poco a poco, entrecortadamente, como si estuviera aprendiendo un nuevo idioma, Soo-min empezó a responder a las preguntas de Jenna. Era como si estuviera palpando en la oscuridad en busca de herramientas mentales abandonadas mucho tiempo atrás, y Jenna comprendió que aquel proceso no hacía más que empezar. El verdadero regreso al mundo de Soo-min llevaría tiempo, tal vez meses, incluso años.
Al principio, le desconcertó oírla hablar con el acento coreano típico del Norte. Durante más de un año, explicó Soo-min, ella y Jae-hoon, el chico de la playa, habían permanecido retenidos en un complejo residencial custodiado que compartían con cuatro parejas de japoneses secuestrados muchos años antes.
—Nuestros responsables nos obligaron a casarnos. Jae-hoon es el padre de mi hijo.
Jenna supuso que Sin Gwang-su, el secuestrador, había sido una amenaza constante para su hermana en el complejo. Pero, tras el nacimiento del hijo de Soo-min, madre e hijo habían sido trasladados a la mansión del complejo de Paekhwawon y, por razones que Jenna no acabó de entender, Soo-min no había vuelto a ver a Jae-hoon. Soo-min aseguró no conocer su destino. Era como si los recuerdos del tiempo anterior a su llegada a la mansión todavía conservaran el brillo de un camino que Soo-min podía describir, y cada vez que sus ojos conectaban con los de Jenna, esta sentía que el magnetismo que siempre las había unido se activaba, intentando conectarlas de nuevo aunque sin lograrlo del todo. Sin embargo, en cuanto la historia llegaba a la mansión, todo se cubría otra vez de misterio. Fuera cual fuese el rol que Soo-min había desempeñado allí, no iba a contarlo, el secreto estaba oculto detrás de demasiadas puertas, pero Jenna había visto con sus propios ojos que Soo-min tenía un fuerte vínculo con los niños de la mansión. No debía de haber sido fácil para ella dejarlos atrás.
Entonces Jenna preguntó:
—¿Por qué estabas en el tren de Kim?
La luz se apagó en las pupilas de Soo-min; bajó la cabeza y no dijo nada más.
«Está prohibido hablar del General», pensó Jenna.
Soo-min no dio ninguna señal de reconocer el collar de plata.
Durante el desayuno, el cónsul le dijo a Jenna:
—Tiene usted amigos en puestos altos. Acabo de recibir un mensaje de correo de la secretaria de Estado en persona. A su hermana le darán un pasaporte provisional estadounidense. Mañana se irán las dos.
Después de desayunar, Jenna llamó a su madre y le dijo que la esperara en el edificio de llegadas del Aeropuerto Internacional Dulles de Washington. Le dio los datos del vuelo.
—¿Desde cuándo tengo que ir a recogerte al aeropuerto? —preguntó Han.
Jenna había fantaseado muchas veces con ese momento, se había imaginado dándole la buena nueva a Han, pero ahora se sentía nerviosa, como si estuviera entregando un regalo tan frágil que podría romperse en las manos de su madre.
—Soo-min está conmigo.
La línea quedó en silencio. Jenna pudo percibir el impacto de sus palabras como una explosión debajo del agua.
Han trató de decir algo, pero su voz se entrecortó al pronunciar el nombre de su hija, y entonces ella y Jenna se pusieron a llorar en silencio; lágrimas calientes rodaron por sus mejillas a miles de kilómetros de distancia.
—Déjame hablar con ella —dijo Han.
—Todavía no se ha recuperado, omma. Mejor espera a verla.
Ese día, Jenna también pensó mucho en Cho. Si era sincera consigo misma, perderlo en Yanji había sido algo más que un fracaso profesional. No podía dejar de pensar en él, lo recordaba en aquella habitación del piso franco, mirándola tímidamente desde la estera de dormir, con la luz de las nubes de nieve reflejada en sus ojos, demasiado digno y avergonzado para que ella viera su cuerpo, su corazón con cicatrices de… pérdida, afecto, arrepentimiento. Jenna nunca había conocido a nadie que hubiera pasado por semejantes pruebas. Había leído suficientes libros de historia para saber que las condiciones extremas —como la guerra, el hambre o los campos de concentración— sacaban lo peor de los hombres; solo a unas pocas personas muy especiales les sacaban lo mejor que tenían. El hombre que Jenna había visto en esa habitación no se había convertido en un animal ni en un monstruo. Había resplandecido de humanidad. Se había encontrado a sí mismo.
56
AEROPUERTO INTERNACIONAL DE PEKÍN-CAPITAL
PEKÍN, CHINA
Lunes, 19 de diciembre de 2011
Sentadas una junto a la otra, las gemelas estaban tomando café en la zona de tránsito del Aeropuerto Internacional de Pekín. Llevaban botas de ante exactamente iguales, tejanos ajustados, camisetas Benetton y chaquetones de plumas. Años atrás, de niñas, nunca se habían vestido de forma idéntica. Jenna no estaba segura de por qué había comprado las mismas prendas para las dos, pero tenía una vaga conciencia de querer forjar de nuevo una identidad compartida con Soo-min, y el hecho de no haberla sentido de manera espontánea la inquietaba. A Soo-min le molestaban los tejanos y no paraba de rascarse las piernas. Una de las pocas cosas que le dijo en el aeropuerto fue que, durante años, solo había llevado vestidos hanbok.
Jenna se dijo que, con la ayuda necesaria, Soo-min recuperaría poco a poco su antiguo yo. Si su hermana tenía problemas para afrontar las tensiones del mundo libre y la pérdida de su hijo, ella sería su roca y su guía. Haría lo que hiciera falta para que su Soo-min tuviera una vida normal y feliz.
Estaban a punto de salir por la puerta cuando la pantalla del televisor en la pared captó su atención. La noticia, emitida en directo en la cadena China Central Television News y subtitulada en mandarín, procedía de Corea del Norte. Habían dejado pasar tres días antes de anunciar lo sucedido. La presentadora iba vestida con un hanbok negro. Tenía los ojos enrojecidos por el llanto y el rostro letalmente pálido.
Jenna miró a la pantalla con una expresión impasible.
—Ahí está…
«Nuestro gran camarada… nuestro Amado Líder… el secretario general del Partido de los Trabajadores, jefe de la Comisión de Defensa, Comandante Supremo del Ejército Popular de Corea…»
La voz de la mujer se entrecortaba por la emoción.
—Han anunciado nuestro vuelo —dijo Jenna—. Debemos ir para allá.
«… Kim Jong-il…»
Soo-min estaba observando la pantalla con una expresión extraña en el rostro, una especie de embeleso.
«… Genio de Genios, Estrella Guía del Siglo Veintiuno, Padre de la Nación, Líder de Todos los Pueblos Socialistas, Sol Brillante de la Idea Juche, Amigo de los Niños…»
Soo-min parecía incapaz de apartar los ojos de la pantalla. Suavemente, Jenna la obligó a levantarse y la condujo en dirección a la puerta.
En la larga cinta mecánica, trató de distraer a Soo-min hablándole de las desastrosas y cómicas «citas» que Han le había preparado con varios hombres que a Jenna no le gustaban nada, pero Soo-min parecía no oírla. La noticia se estaba reproduciendo en todas las pantallas que encontraban a su paso.
«… sufrió un infarto de miocardio a bordo de su tren, causado por la excesiva tensión física y mental de toda una vida dedicada a la causa del pueblo…»
En la sala contigua a la puerta de embarque, Soo-min seguía cautivada por las pantallas. Se le había soltado un mechón del pelo y Jenna se lo recogió detrás de la oreja, pero su hermana ni siquiera lo advirtió. Estaba en trance.
«… en todo el país, surgen manifestaciones espontáneas de duelo cuando los trabajadores salen de las fábricas y de las oficinas. Su único pensamiento es unirse al pesar inconsolable de la multitud…»
Las imágenes mostraban masas de personas que lloraban y gemían en las calles nevadas de Pyongyang. Gente que se lanzaba al suelo y se daba puñetazos en la cara, gente que sollozaba y alzaba las manos al cielo.
Esta escena pareció electrificar a Soo-min. De repente, se tapó la boca con la mano para ahogar un grito agudo. Los pasajeros del vestíbulo se volvieron hacia ellas. Antes de que Jenna pudiera decir una palabra, Soo-min había salido disparada de su asiento.
Jenna la siguió de inmediato. Por un momento, tuvo la irreal sensación de que su gemela estaba huyendo de ella, pero entonces vio que solo entraba en el lavabo.
Los pasajeros del vuelo a Washington habían empezado a embarcar. Jenna miró hacia el lavabo y luego se detuvo, al comprender que Soo-min necesitaba unos minutos para sí misma. El embarque casi había finalizado cuando Soo-min salió por fin. Tenía los ojos hinchados y enrojecidos, pero la agitación que acababa de experimentar ya se había contenido y extinguido. La máscara volvía a estar en su sitio. Se había recompuesto el rostro. Tenía una expresión fría, remota, plácida. Incluso logró sonreír a Jenna cuando esta se acercó.
Ella la tomó de la mano.
—¿Estás bien?
Soo-min asintió.
El avión se elevó a través de una llovizna gris hasta quedar iluminado por el sol. Soo-min permaneció con la cara pegada a la ventana, mirando las masas de nubes de algodón blancas. Jenna empezaba a darse cuenta de que la mente de su hermana estaba muy lejos de allí, en un lugar extraño que ella no podía ni imaginar y del que no sería fácil hacerla volver. El avión se ladeó hacia el este, hacia el Pacífico, y la cabina se inundó de luz matinal. Jenna contempló el perfil de Soo-min y recordó que ella también había pasado por un infierno semejante al perder a su hermana gemela. El paso del tiempo la había curado y la había hecho más fuerte. El paso del tiempo haría lo mismo con Soo-min.
—En trece horas estaremos en casa —dijo, y entrelazó la mano de Soo-min con la suya.
Esto hizo que Soo-min se sobresaltara y mirara a Jenna. Por un instante — apenas una fracción de segundo— se desprendió de la máscara y Jenna volvió a ver ansiedad, desconcierto… y algo más, algo inflexible y decidido.
Jenna tuvo una intuición repentina y se decidió a hacerle una pregunta:
—¿Por qué saltaste conmigo del tren?
Finalmente, Soo-min se volvió en su asiento hacia Jenna y le cogió las manos. Por primera vez habló en inglés.
—Porque mi hijo está en América.
57
CAMPO 22, PROVINCIA DE HAMGYONG DEL NORTE
COREA DEL NORTE
Jueves, 16 de febrero de 2012
La celda era un cuadrado de cemento, apenas lo bastante grande para tumbarse. Dentro solo había dos mantas finas y un cubo para las necesidades corporales. La señora Moon calculaba que llevaba retenida en la prisión interna del campo unos dos meses, pero era difícil estar segura. No tenía ninguna ventana. Cada día era idéntico al siguiente y las medidas normales de tiempo parecían haberse trastocado. Los minutos podían alargarse como si fueran horas; en cambio, las semanas volaban. La sacaban para el recuento por la mañana y por la noche en el enorme patio de prisioneros que quedaba junto al edificio de administración del campo, por eso sabía cuándo era de día y cuándo era de noche, y tenía una vaga sensación de que iban pasando los meses. Incluso había identificado señales —un olor más fresco de tierra en el aire, una bandada de somorgujos de alas grises— que le decían que la primavera no estaba lejos. Estos minúsculos detalles habían impedido que cayera en la locura.
Habían superado el recuento de la mañana sin incidentes. Pero solo llevaba un minuto en su celda cuando la puerta se abrió otra vez y un guardia le ordenó salir. En otros tiempos, algo así la habría llenado de malos augurios —recibir un trato especial de los guardias siempre presagiaba algo malo—, pero ahora ya solo sentía curiosidad. Hacía mucho tiempo que había perdido las ganas de vivir. Habitaba en una zona fronteriza que no podía llamarse vida, pero que, hablando estrictamente, tampoco podía llamarse muerte. Para su sorpresa, el guardia la condujo al edificio de administración principal, a una zona de recepción que no había visto antes. Estaba resplandeciente y olía a pulimento de suelos. En la pared de detrás del escritorio principal había un retrato fotográfico de un joven regordete al que no reconoció.
Había unos veinte presos reunidos allí, un grupo de hombres y mujeres desaliñados y sucios. Estaban rodeados por una docena de guardias que permanecían apostados a lo largo de las paredes de la recepción como si fuera a celebrarse algún tipo de ceremonia. Seis o siete de los prisioneros parecían incluso mayores que ella. Esqueletos de cabello blanco, tullidos y encorvados.
Así pues, no iban a matarlos de una paliza. No los habrían llevado allí para eso.
Un oficial con unas botas altas muy embetunadas salió de su oficina. Los guardias se pusieron firmes. Los prisioneros hicieron una reverencia de noventa grados.
—Prisioneros… —El hombre de las botas hizo una pausa, esperando a que levantaran la cabeza. Su voz era calmada y clara. Leyó un texto—. Hoy, dieciséis de febrero, Día de la Estrella Brillante, cuando nuestra nación recuerda la abnegada y milagrosa vida de nuestro Amado Líder Kim Jong-il, cuya muerte nunca dejará de ser una herida abierta en nuestros corazones y cuyo espíritu perdura eternamente, el Comité Central de nuestro gran Partido me autoriza a deciros lo siguiente.
El aire en la sala se tensó. Los prisioneros contuvieron la respiración.
—Para honrar la memoria de su difunto padre, nuestro nuevo líder, el Gran Sucesor Kim Jong-un —el agente pronunció las vocales con sonoridad —, en su infinita misericordia, ha concedido clemencia a diez prisioneros cuyas súplicas lo han conmovido, y a todos los presos del campo mayores de sesenta años.
Los ojos de la señora Moon se abrieron como platos. Algunos presos que estaban a su lado empezaron a llorar. La señora Moon miró a su alrededor. Los guardias parecían tan asombrados como los presos. Antes de que ella pudiera empezar a asimilar lo que significaba todo aquello, uno por uno los prisioneros empezaron a hincarse de rodillas.
Con gran esfuerzo y dolor, la señora Moon se arrodilló. Uno de los prisioneros de más avanzada edad perdió el equilibrio y cayó. Nadie acudió en su ayuda.
El hombre de las botas brillantes gritó:
—¡Larga vida al Gran Sucesor!
«Mierda de cabra y de pollo. ¿Así que voy a sobrevivir a este lugar?»
—¡Larga vida al Gran Sucesor!
«No tengo ningún derecho a vivir».
Le dieron un hatillo doblado que contenía un mono de trabajo que le quedaba grande. Como nadie había sido liberado hasta entonces del Campo 22, la oficina de administración no guardaba las pertenencias originales de los prisioneros. Le entregaron un formulario.
—Léelo con atención y fírmalo —dijo el guardia. El texto indicaba que no podía revelar nada sobre el Campo 22, ni por escrito ni de palabra—. Abre la boca y volverás aquí en menos de lo que tardas en cagar maíz.
El grupo que avanzaba hacia la puerta principal del campo era variopinto. Como supervivientes de un naufragio, pensó la señora Moon. Algunos de ellos, pensó también, estaban demasiado viejos y destruidos para disfrutar mucho tiempo de su libertad. Sus cuerpos no se recuperarían, y el horror los visitaría en sueños. La señora Moon se tambaleó detrás de ellos vestida con aquel mono enorme, bajo la mirada de decenas de guardias que habían acudido a observar el espectáculo con una mezcla de desconcierto y desconfianza en el rostro. Lo que estaban viendo iba contra todos sus instintos, contra todos sus impulsos y su formación.
Era media mañana. El cielo estaba gélido y azul como flor de maíz, y los gorriones se reunían en bandadas y piaban en la hierba amarilla. La señora Moon no sentía ningún alivio en el corazón. ¿Adónde la iban a liberar? Solo a una prisión más grande, del tamaño de un país. ¿Por qué no había muerto ahí, en un momento elegido por ella, olvidada para siempre, tan solo un cadáver que nutre a un árbol frutal?
Al otro lado de las puertas esperaba un pequeño grupo de personas. Algunas saludaron y lloraron cuando localizaron rostros conocidos entre los prisioneros. Un niño corrió a los brazos de su padre. Un hijo se abrazó a su madre y se echó a llorar. Los guardias habían informado a las familias de antemano para asegurarse de que los recogieran y no se convirtieran en vagabundos.
La señora Moon vio a un hombre delgado y encorvado que permanecía apartado de los otros, y algo en su interior se fundió. El rostro del hombre se encendió como el de un niño cuando la vio. La ropa de Tae-hyon era un amasijo de harapos remendados. El abrigo le colgaba de los hombros delgados como una cortina, y había perdido tanto pelo que estaba calvo como un bebé. ¡Tenía un aspecto penoso! ¿Cómo se las había arreglado? Que un marido pudiera salir adelante sin su mujer era un milagro, en su opinión.
—Entonces, has sobrevivido —dijo la señora Moon.
Tae-hyon le había llevado una manzana verde. Y también algo más, algo que sacó de la chaqueta y colocó en la palma de la mano de su mujer en cuanto se alejaron del campo.
La señora Moon abrió la mano y el rostro se le arrugó en una sonrisa. Era la primera vez que sonreía en mucho tiempo.
«Benditos sean mis antepasados. Una Choco Pie».
—De un globo —susurró él—. Cayó en el bosque ayer por la mañana.
Partieron cogidos de la mano por la carretera de tierra. No había llovido en toda la semana y los gorriones estaban aleteando y bañándose en el polvo que cubría la carretera. Cuanto más se alejaban de las puertas del campo, más dulce y más limpio se volvía el aire. La señora Moon dirigió el rostro hacia el tenue calor del sol y aspiró el aire. La primavera no estaba lejos.