Infiltrada
Segunda Parte
Este capítulo es largo, así que está dividido en 7 partes.
Entre la multitud se alzaron exclamaciones de rabia.
—¡El gobierno no sabe qué demonios está haciendo! —La voz sonó como la de la señora Lee.
—El sistema de racionamiento volverá a funcionar mañana, ¿no? —El sarcasmo provenía de la señora Kwon.
—¿Y qué se supone que hemos de hacer con nuestros inútiles wones? — La señora Yang se asomó al frente y se dejó ver, con una expresión tan dura como la del cobre a la luz del fuego—. ¿Quemarlos para calentarnos?
—¡Las cantidades que superen los cien mil wones deben ser depositadas en el banco estatal! —gritó el capitán.
Una risa despectiva recorrió la multitud. El capitán sacó su pistola, levantó el brazo y disparó al aire, obligándolos a agacharse. El disparo resonó en los edificios de la plaza, acallando a la multitud al instante.
—¡Los mercados son una fuente de todo tipo de prácticas no socialistas! —gritó—. El Partido está reafirmando la economía del pueblo…
—Nosotros somos el pueblo.
La señora Moon no había levantado la voz. Había hablado en su tono habitual, pero sus palabras parecieron incendiarse y estallar en cuanto fueron pronunciadas.
Dio otro paso hacia la luz de la hoguera.
—¿No dijo el camarada Kim Jong-il en persona que el pueblo es el dueño de la economía? Nosotros somos el pueblo.
La multitud empezó a murmurar y a susurrar. La fuerza invisible pareció hincharse y consolidarse. La señora Moon se dio cuenta de que sus palabras adquirían poder al salir de sus labios. No sentía ningún miedo, solo una euforia que se acumulaba y crecía en su interior. Lo que dijo a continuación era algo tan simple y natural como si se dirigiera a unos niños.
—Tendrá que darnos arroz o dejarnos comerciar.
Tiró de los tres billetes que quedaban en su cinturón de dinero. Parecían patéticos, y uno de ellos cayó al suelo. Estrujó los otros dos en una bola de papel, alargó el brazo y los dejó caer en el brasero.
La multitud se quedó paralizada. Aquellos billetes que centelleaban entre las ascuas llevaban la imagen del Gran Líder. El asombro recorrió los rostros de los congregados. Había cometido un acto del cual no podía haber marcha atrás ni perdón. La noche estaba cayendo desde las montañas, los rostros refulgían de ámbar y oro a la luz del fuego; ojos negros y chispeantes. El capitán abrió la boca, pero no dijo nada.
La señora Moon vio movimiento a izquierda y derecha. La señora Lee y la señora Yang se acercaron al fuego. Las dos alargaron los brazos y dejaron caer sus inútiles fajos de billetes al brasero. Las tropas esperaban órdenes sin hacer nada. Todo el mundo parecía demasiado sorprendido para moverse, como si alguna ley universal estuviera viéndose alterada ante sus ojos. Entonces, la señora Kwon hizo lo mismo. Después, la señora Kim. Después, la Abuela Whiskey. Cientos de miles de wones arrojados al fuego. La tinta de los billetes creó llamas delicadas de azul, lima y fucsia que se reflejaban en las caras de las mujeres. Luego el papel se consumía en llamas brillantes y soltaba virutas de ascuas naranjas hacia el aire.
De la multitud surgió un murmullo de mal presagio, como si fuera un rebaño azuzado y provocado.
—¡Dispersaos todos ahora mismo! —gritó el capitán—. ¡Dispersaos ahora o seréis detenidos!
Una mujer gritó desde la parte de atrás de la multitud:
—¡Dadnos arroz o dejadnos comerciar!
Otra voz, más joven y más cerca de la parte delantera, repitió las mismas palabras:
—¡Dadnos arroz o dejadnos comerciar!
El capitán hizo una seña con la mano a las tropas y sopló su silbato. Durante unos segundos, los soldados no hicieron nada. Estaban siendo testigos de su primera revuelta. De repente, cargaron contra la turba, embistiendo a los reunidos para apartarlos, dándoles patadas y puñetazos, tirándolos al suelo con las culatas de los rifles… La violencia desatada era brutal. La multitud rugió, pero el clamor había calado y se extendía como un incendio en el bosque, y cada individuo nutría con su energía a los demás.
—¡Dadnos arroz o dejadnos comerciar!
—¡Dadnos arroz o dejadnos comerciar!
Todos los ciudadanos de la plaza lo gritaban a pleno pulmón, agitando los puños al aire. Ningún silbato podía ahogar aquel canto. Una piedra voló por los aires y golpeó un camión del ejército, luego otra rompió la ventana superior del cuartel general del Partido. La plaza entera estaba cantando al unísono.
La señora Moon nunca había visto nada semejante. El mundo se estaba poniendo patas arriba. El hierro se fundía, se disolvía la piedra. Cualquier cosa parecía posible.
De repente, un grito de asombro se extendió entre la multitud como la onda expansiva de una explosión. Tan rápidamente como había empezado, la revuelta se calmó y los cantos se detuvieron. La gente miró con incredulidad. El pequeño brasero proyectaba su débil luz en las columnatas en sombra de la Oficina del Partido, pero fue suficiente para que se viera que habían pintado el gran cartel rojo erigido delante del edificio aquella misma mañana. La multitud estaba tratando de aceptar lo imposible.
En letras negras apresuradas, se había escrito una palabra sobre el nombre del Amado Líder.
ABAJO
KIM JONG-IL
La única cabeza que no se volvió hacia allí, la única figura que siguió mirando al lado contrario, era la del capitán. Por un momento, su rostro permaneció en las sombras, hasta que la luz de la hoguera reveló su expresión. Tenía los ojos desorbitados; la cara, trastornada. Estaba escudriñando a la multitud como un láser: buscaba a la señora Moon.
Ella empezó a retroceder, despacio, paso a paso, sin atraer su atención. Hasta que él la vio. Un instante después, estaba cargando hacia ella, gritando a la gente para que se apartara de su camino. Levantó la pistola, sosteniéndola por el cañón, con la culata preparada para golpear.
La señora Moon levantó las manos para protegerse la cara.
De pronto, inesperadamente, una pequeña forma oscura se lanzó contra las piernas del capitán y lo derribó, haciendo que su gorra saliera volando. El capitán cayó a plomo de costado, se golpeó la oreja con el suelo y aulló de dolor. Antes de que pudiera ver a su asaltante, Kyu había desaparecido. El capitán se levantó, se tocó la oreja y vio que tenía los dedos pegajosos de sangre.
La señora Moon se dio la vuelta e hizo algo que no había intentado en años: echó a correr. El bingdu le había eliminado la rigidez y el dolor de las rodillas. El corazón le latía con calma y tenía la cabeza despejada. Eso, por supuesto, no alteró el hecho de que era una mujer artrítica de sesenta años. Había llegado hasta las vías del ferrocarril cuando un porrazo la alcanzó en la espalda, dejándola sin respiración. La gravilla suelta le golpeó el rostro.
A lo lejos, oyó el traqueteo de una ametralladora. Cuando le aplastaron la cabeza en la gravilla oleosa y cubierta de excrementos de las traviesas y le esposaron las muñecas a la espalda, la señora Moon pensó en lo contenta que estaba de haberle dado un apellido a Kyu.
35
PLANTA 31, HOTEL INTERNACIONAL YANGGAKDO
PYONGYANG, COREA DEL NORTE
Cuando Jenna se despertó, un anochecer naranja se había posado sobre la ciudad. Las sirenas se habían detenido, dejando tras ellas un silencio siniestro. En las calles no había tráfico ni transeúntes. Jenna miró el reloj. Solo tenía unos minutos para prepararse.
Las cañerías del cuarto de baño emitieron un rugido fantasmal antes de que saliera agua ardiendo de la ducha. Jenna se lavó y se secó el pelo con rapidez, se puso su vestido Givenchy negro y, después de una mirada fría y apreciativa en el espejo, se aplicó algo de maquillaje y se puso unos pendientes de zafiro. Sacó la cadena de plata de Soo-min del bolso, se la colgó cuidadosamente en torno al cuello y tocó el colgante con la yema del dedo. Una dama del Renacimiento, señalando una joya.
Era tentador dejar que Chad Stevens se quedara dormido, pero caminó por el pasillo en busca de su puerta porque había quedado en pasar a recogerlo. De pronto, las luces zumbaron y parpadearon antes de apagarse por completo, dejándola en la más absoluta oscuridad. Un instante después, distinguió la tenue luz de la salida de emergencia. Aquel hotel estaba empezando a aterrorizarla. Todo el edificio transmitía una calma profunda, como si la suya fuera la única planta ocupada. Esperaba que al menos los ascensores funcionaran.
Jenna llamó a la puerta de Stevens. Ninguna respuesta. Llamó otra vez y, al ver que no contestaba, abrió lentamente y vio a Stevens de espaldas a ella, encorvado en el suelo sobre su portátil con los auriculares puestos. A su lado estaba su Samsonite abierta de par en par y media botella de bourbon. Un cable se extendía desde el ordenador hasta una pequeña antena satelital cuadrada y plana, desplegada en el alféizar de la ventana. En la pantalla del portátil se veía un estudio de BBC World News.
—Stevens, ¿qué demonios…?
El periodista cerró el portátil de golpe y se levantó como si lo hubieran pillado viendo porno.
—¡Joder, qué susto me ha dado!
Jenna lo miró, desconcertada.
—¿Qué está haciendo?
Levantó las manos.
—Relájese, haga el favor. Y hable en voz baja. Algo gordo está pasando…
—¿Cree que esto es un juego? Estamos en Corea del Norte, Stevens. ¿Tiene idea del peligro en el que nos ha puesto a todos al traer ese…?
—Lo siento, ¿vale? Nadie tiene por qué enterarse…
Jenna miró por la habitación, fijándose en los múltiples escondites en los que podrían haber ocultado una cámara o un micrófono, sabiendo que podrían estar en ese mismo momento escuchando a ese estúpido mientras confesaba su delito con su propia bocaza.
Stevens hizo un gesto hacia el portátil.
—¿Es que no me ha oído? Tenemos un notición…
Jenna suspiró y cruzó los brazos como una maestra de escuela que escucha una excusa lamentable.
Stevens le echó una medida de bourbon en una taza de café y se la pasó. Su rostro perdió aquel aspecto apagado de chico de la fraternidad. Sus pupilas estaban encendidas, su mente funcionando. Jenna aceptó el trago. Stevens volvió a sentarse en el suelo, abrió la pantalla y le mostró una imagen pixelada en stop-motion. Los subtítulos que se veían en la pantalla decían «VENDEDOR CALLEJERO TUNECINO DESATA UN LEVANTAMIENTO». Una turba enfurecida marchaba a través de un bazar, gritando en árabe. Un coche volcado en llamas iluminaba a la multitud. Centenares de puños al aire… La señal no dejaba de cortarse. Stevens quitó el audio. Entonces la filmación pasó a una foto de un joven con el pelo rizado y largo con ojos castaños y tristes.
—Este vendedor callejero se quemó a lo bonzo ayer, en protesta contra… todo. Está empezando una puta revolución. Ya hay multitudes en las calles de El Cairo. Esto podría extenderse a cualquier parte…
Jenna observó una imagen aérea nublada, temblorosa, tomada desde un helicóptero. El gas lacrimógeno dejaba un rastro de humo blanco cuando la policía lo lanzaba, creando de repente un círculo vacío en la multitud, como un iris que se dilata de pronto. Los comentaristas estaban hablando sin sonido desde Londres, Estambul, El Cairo…
—Puede apostar a que todos los dictadores árabes impondrán toques de queda esta noche. Están en alerta máxima…
—Una razón más para apagar eso ahora mismo. Joder, Stevens, recuerde dónde está.
Sus palabras lo hicieron reaccionar. Como si de pronto estuviera sobrio, cerró el ordenador y guardó la antena.
—Tiene razón. —Luego mostró su sonrisa de vendedor—. Pero es emocionante. —Se bebió el bourbon de un trago.
—Ni siquiera se ha vestido.
—¿Por qué no se adelanta? La veré en el vestíbulo con los otros.
Jenna ya estaba saliendo cuando él añadió:
—Está muy sexy hoy, por cierto.
No vio cómo ella entornaba los ojos en un gesto de hastío.
En el pequeño vestíbulo de la planta treinta y uno, los otros miembros de la delegación estaban esperando el ascensor. Los dos expertos en política del sudeste asiático del Departamento de Estado llevaban corbata negra, y Jenna no estaba muy segura de que eso transmitiera la imagen adecuada; la periodista del Wall Street Journal era la pura imagen del poder, vestida como una candidata presidencial, con amplias hombreras y peinada con laca. El cámara de Stevens, en cambio, llevaba los mismos tejanos y chaqueta con los que había llegado.
Se abrieron las puertas de uno de los cuatro ascensores, pero dentro iba un grupo de hombres asiáticos extremadamente altos vestidos con chándales con las palabras «GIRA AMISTOSA DE BALONCESTO. MONGOLIA». Había espacio para algunos más.
—Adelántense ustedes —dijo Jenna.
Los demás entraron y las puertas se cerraron. Las luces volvieron a parpadear, se atenuaron poco a poco y finalmente se apagaron. Jenna se preguntó si eso afectaría de algún modo al ascensor, pero el indicador digital de las puertas mostraba que seguía descendiendo con suavidad hacia el vestíbulo. En la oscuridad del pasillo, Jenna se fijó en un pequeño halo de luces de color rubí enfocadas hacia ella: una cámara de seguridad. Se acercó a la ventana, fuera del campo de grabación de la cámara, y miró hacia el este, el lado residencial de la ciudad. Había grandes franjas sumidas en la oscuridad. Los únicos charcos de luz, como iconos en una catacumba, eran los retratos de Padre e Hijo, que daban a la oscuridad un extraño aspecto enjoyado. Hermoso, pero de un modo siniestro.
La mente de Jenna estaba reproduciendo la escena que acababa de presenciar.
Una muchedumbre enfurecida en un bazar de Túnez, la tenaza dictatorial del poder debilitándose hora tras hora bajo el foco de los medios internacionales.
«Sin duda, esto pondrá en alerta al régimen norcoreano…».
Comprenderlo la impactó con la fuerza de una revelación.
Kim Jong-il solo era poderoso en la medida en que tenía capacidad de controlar las noticias. Si estas se filtraban en su país, si se extendían rumores de revolución, la chispa más pequeña… La chispa más pequeña…
Las sirenas. Las calles vacías. Las tropas en todas partes. Jenna se llevó una mano a la frente. La ciudad estaba en estado de emergencia.
A su espalda sonó una campanilla.
Se abrió la puerta de uno de los ascensores. No estaba ocupado. ¿Dónde demonios estaba Stevens?
Entró. Las puertas se cerraron. Observó los dígitos que descendían y recordó lo que le había dicho Stevens en el avión. Por supuesto, el panel de acero a su lado tenía un botón de ascensor para cada planta desde la treinta y cinco al vestíbulo, pero no para la quinta planta.
Se ajustó el cinturón del abrigo. El aire dentro del ascensor estaba congelado. Jenna se volvió al espejo para mirarse el pelo y el maquillaje. El ascensor empezó a descender lentamente. Poco después, se detuvo y las puertas se abrieron con una campanilla.
En el espejo, Jenna no vio el vestíbulo detrás de ella, sino una oscuridad absoluta.
Un tanto confundida, levantó la mirada al dígito iluminado encima de la puerta. El número del piso que mostraba era el cinco.
Una corriente gélida llegó hasta ella, arrastrando una ola de puro vacío. Ante sus ojos, un pasillo largo y oscuro como el cañón de un arma. La lucecita del ascensor zumbó y luego se apagó.
Unas manos entraron en la cabina y agarraron a Jenna antes de que pudiera gritar.
36
QUINTA PLANTA, HOTEL INTERNACIONAL YANGGAKDO
PYONGYANG, COREA DEL NORTE
La mano le había tapado la nariz y la boca, ahogando su grito. Jenna se debatió y se retorció, pero entonces una voz siseó en su oído.
—Ni un solo ruido si quiere volver a ver a su hermana.
Jenna se puso rígida al instante, con los ojos muy abiertos. La sensación que experimentó era más poderosa que la sorpresa.
Cho suavizó poco a poco su presión, inseguro, temiendo la reacción de Jenna. Cuando sus pupilas se acostumbraron a la oscuridad, ella vio un pasillo donde se sucedían puertas y paredes de cristal ahumado. Un ruido leve, como un zumbido, llenaba el espacio, y con ese ruido llegaba el olor de cables calientes de los servidores de ordenador.
Jenna contuvo la respiración, con el corazón como un puño apretado en el pecho.
La voz de Cho era una minúscula exhalación de aire, menos que un susurro.
—No tenemos mucho tiempo. El banquete empieza en treinta y cinco minutos. ¿Está de acuerdo en hacer exactamente lo que le diga?
—Sí.
—Hay un precio. Asilo en Estados Unidos. Me voy en su avión a las seis de la mañana.
«¿Quiere desertar?». La mente de Jenna se tambaleaba. Ella no tenía poder para aceptar semejante propuesta, y Cho debía de saberlo. Entonces percibió la magnitud de lo que eso implicaba. Los norcoreanos que desertaban eran gente miserable y hambrienta. Las deserciones de gente de su rango eran extremadamente raras, apenas se producía una cada década…
—No podrá acercarse al avión… —repuso Jenna.
—Podré hacerlo si usted me ayuda.
Estaba perpleja. Cho la había soltado, pero ella le cogió las manos y se volvió hacia él en la oscuridad, muy cerca de su rostro, consciente de que el tiempo se iba agotando.
La voz de Cho sonó tensa y desesperada.
—¿Trato hecho?
Jenna habría dicho cualquier cosa con tal de recuperar a su hermana, lo que fuera, y el coronel debía de saberlo.
—Sí.
Cho se quedó unos instantes en silencio, examinándola, deseando creerla.
Ella notó que los ojos del coronel escudriñaban los suyos en la oscuridad.
—Diríjase rápidamente al final del pasillo. No mire a izquierda ni a derecha. Espéreme al otro lado de la puerta. Y prepárese para correr.
Jenna sintió una mareante inyección de miedo y euforia. Le temblaban las piernas. Empezó a caminar por el pasillo. Incapaz de resistirse, miró a un lado. Detrás de un cristal ahumado vio a varios hombres uniformados sentados de espaldas a ella. Llevaban cascos y observaban largos paneles llenos de pantallas que mostraban las imágenes de las cámaras de vigilancia. Atisbó algunas en directo: invitados durmiendo en las camas del hotel, invitados esperando ascensores… En una de las pantallas vio a una mujer duchándose. «Oh, qué estúpido has sido, Chad Stevens, lo han visto todo».
Pero ¿acaso ella era menos estúpida? ¿Qué riesgo demencial estaba corriendo?
Después de un centenar de metros, llegó a la puerta. Era una salida de incendios. Miró atrás y vio vagamente al coronel metiéndose en el ascensor y pulsando un botón. Las puertas se cerraron justo cuando él salía de un salto. Entonces dio un fuerte codazo en un pequeño panel de la pared y rompió el cristal.
Se alzó un clamor ensordecedor de las alarmas de incendio y Jenna se llevó las manos a los oídos. Cho ya estaba corriendo hacia ella. Una de las puertas de cristal se abrió. Luego otra. Varios hombres salieron de ellas.
Jenna se coló a través de la puerta antes de que la vieran. Oyó que el coronel gritaba:
—¡Fuego!
Luego más cerca.
—¡Fuego! ¡Evacúen el edificio!
Cho cogió del brazo a Jenna, y los dos bajaron apresuradamente por la oscura escalera, iluminada solo por los paneles que anunciaban la salida de incendios. Llegaron a la cuarta planta, luego a la tercera, que ya se estaba vaciando de gente. Personal de limpieza, guardias de seguridad y huéspedes extranjeros se dirigían a la escalera. La gente solo podía concentrarse en huir de aquel ruido ensordecedor. Nadie se fijó en Jenna y en el coronel. Cuando llegaron a la planta baja, se unieron a la lenta fila de camareras, animadoras de karaoke, crupieres, asistentes de bolera, bármanes, cocineros y más invitados. Su fuga avanzaba a paso de tortuga.
Siguieron a la multitud por una puerta de incendios hasta el frío aire de la noche, manteniendo la cabeza baja. Justo a su izquierda estaba la parte trasera de un Mercedes-Benz plateado con matrícula 2 × 16, aparcado lo más cerca posible de la salida de incendios.
—Suba —dijo el coronel, pulsando la llave para desbloquear las puertas.
Subieron. Cho cerró su puerta con fuerza y le dio al botón de encendido, mirando por el retrovisor.
A menos de tres metros de ellos, al otro lado de la puerta de emergencia, los faros de un coche que esperaba estaban encendidos. El vehículo, sin embargo, tenía el paso bloqueado por las densas filas de personal e invitados que evacuaban el hotel, pasando por delante de sus faros como un código de barras. Cho quitó el freno de mano y pisó a fondo. Las ruedas chirriaron y el Mercedes empezó a circular a toda velocidad mientras el coronel hacía sonar el claxon en un staccatourgente. Estaban atrapados detrás de la multitud y los bocinazos se perdían en la cacofonía de la alarma de incendios.
Jenna se volvió hacia Cho. Iba surcando una ola de pura adrenalina cuando se dio cuenta de que su formación había tomado el mando de sus acciones. «Permanece calmada y atenta». El rostro del coronel estaba concentrado en la carretera sin iluminar, con las manos agarradas al volante como si se tratara de un salvavidas. «Concéntrate con él». El coche frenó cuando alcanzaron el puesto de control en el puente Yanggak, que conectaba con la ciudad. Los guardias encendieron sus linternas, pero, para sorpresa de Jenna, dieron un paso atrás y saludaron. La barrera se levantó sin que Cho tuviera que detenerse siquiera. Un minuto más tarde, estaban al otro lado del río Taedong, acelerando por inmensos bulevares vacíos, más allá de la estación de Pyongyang, más allá del hotel Koryo.
Era una sensación extraña, inquietante, ver aquellas moles de torres oscuras y edificios estatales sin iluminar. Una ciudad en una pesadilla, o una ciudad bajo asedio en tiempo de guerra, que un cielo tachonado de estrellas volvía más surrealista todavía. Solo los retratos de Padre e Hijo estaban iluminados por faros alimentados por una corriente que nunca se cortaba. Sin tráfico y sin semáforos, Cho pasaba los cruces sin apenas mirar a izquierda o derecha. Jenna volvió a sentir una oleada de excitación nerviosa.
Por lo que podía adivinar, estaban dirigiéndose al noroeste, lejos de los monumentos y del río. Cruzaron un paso elevado y Jenna vio ante ella un muro de oscuras viviendas en cuyas ventanas apenas se distinguía la débil luz de las lámparas de queroseno.
Iban a toda velocidad y, unos minutos después, los grandes edificios empezaron a quedar atrás. La ciudad se transformó en una serie de barrios miserables de chozas con cubierta de tejas, las partes de la capital que nunca se enseñaban a los visitantes. La carretera se deterioró al alcanzar la periferia poco poblada, y el coronel tuvo que frenar de repente para esquivar un socavón lleno de agua. Cuando los límites de la ciudad dieron paso a colinas y tierra de labranza, Cho rompió el silencio y habló en coreano.
—Hay toque de queda en la capital. No sé por qué. La red telefónica ha caído, así que al menos eso significa que el coche que me sigue no puede dar la alarma de inmediato.
—¿En qué lío se ha metido?
—Los guardaespaldas que escoltan a su grupo al banquete pensarán que está atrapada en ese ascensor. Tenemos… —miró el reloj del coche— veintitrés minutos antes de que empiece el banquete, antes de que empiecen a sospechar.
—¿Va a decirme adónde vamos?
—No puedo prometerle que la vea. —Miró al frente, preocupado—. En el camino de vuelta a la ciudad, le contaré lo que debe hacer para meterme en el avión.
De repente, Jenna sintió que la sensación de peligro le ponía los pelos de punta. La invadió una ola de culpabilidad. No tenía ni idea de cómo iba a ayudarlo y, aunque pudiera hacerlo, sin duda pondría en peligro a los demás. No había forma de contactar con Langley para pedir órdenes… A menos que… «¡La antena de satélite de Stevens!».
—¿A qué hora llegará el avión? —preguntó él.
—Supongo que… solo unos minutos antes de que salgamos a las seis de la mañana, y entonces despegará de inmediato. Es un avión militar de la Casa Blanca. No estará en ese aeropuerto ni un minuto más de lo necesario.
Cho se refugió en el silencio otra vez y ella se preguntó si tenía algún plan o si aquel inesperado estado de emergencia simplemente le había ofrecido una oportunidad.
El coronel había conducido tan deprisa que ya estaban en el campo, y a Jenna le pareció divisar el océano desde la cima de una colina. El coche redujo la velocidad una vez más al seguir el alto muro de piedra de un enorme recinto cerrado.
—Túmbese en el asiento.
Se estaban acercando a una puerta con barrera. Dos garitas bajas de hormigón armado se alzaban a ambos lados del portón, flanqueadas por alambre de espino.
Jenna se agachó y el coronel le echó una manta encima.
El coche se detuvo. Oyó botas que se acercaban por la gravilla y, una vez más, le pareció que se retiraban y repiqueteaban en un saludo. Tal vez el coronel había mostrado una identificación, pero ni siquiera había abierto la ventanilla. Algo en el coche en sí —¿el número de matrícula?— le estaba abriendo todas las puertas y barreras, superando cualquier formalidad.
—No se mueva —ordenó Cho. Al cabo de un momento, se detuvieron en una segunda barrera. Otra vez un saludo y el coche avanzó—. Ahora ya puede levantarse.
Estaban recorriendo una pequeña carretera flanqueada por hileras de arces coreanos, cada uno de ellos iluminado por minúsculos focos instalados en el césped. A la izquierda había un gran lago ornamental, en cuyo centro una fuente profusamente iluminada convertía el agua en una cascada de chispas blancas. La silueta de un pavo real arrastraba sus largas plumas, y Jenna atisbó el green bañado en luz de un campo de golf. La transformación era sorprendente, como si hubieran cruzado una frontera de Mogadiscio a Beverly Hills.
Ante ellos, en la cresta de una colina baja, había una mansión de dos plantas rematada con tejas rojas, iluminada por pequeños focos situados en los senderos de alrededor. Altos cipreses daban al lugar un aire a la Toscana, y las ventanas proyectaban franjas de luz dorada en las lomas de césped. Rodearon una pista de tenis y pasaron a una zona cubierta donde había lujosos coches deportivos occidentales y motocicletas Suzuki, que parecían completamente nuevas. El coronel estaba a punto de parar cuando una lámpara de seguridad se encendió, iluminándolos de pleno. Siguió conduciendo un poco más y encontró un lugar sumido en las sombras junto a un seto de hayas.
—¿Qué es este lugar? —preguntó Jenna.
—Solo unos segundos —susurró—. Luego nos vamos, ¿entendido?
Los ojos de Jenna estaban captando todos los detalles. Vio una especie de campo de tiro con dianas en forma de siluetas de soldados. Se preguntó si había visto ese sitio antes en las imágenes de los satélites espía.
—¿Ha oído lo que he dicho?
—Sí.
Salieron y caminaron por el borde del seto. El aire era tan frío que le quemaba las fosas nasales. Los tacones de Jenna se hundieron en la hierba y ella trastabilló; estiró el brazo y Cho le sujetó la mano.
El coronel siguió adelante y, poco después, se detuvo al acercarse al final del seto, haciendo un gesto para que ella se quedara en las sombras. Se oía música y risas y el sonido de muchas voces conversando —voces infantiles— procedentes del lado de la mansión con vistas al lago. Cho le indicó a Jenna que se acercara y la sujetó por el hombro. Los dos miraron por el borde del seto.
Dentro de la mansión había una fiesta infantil. El participante más pequeño tenía ocho o nueve años, pero la franja de edad parecía extenderse hasta la primera adolescencia, trece o quince años, tal vez. Estaban sentados en el suelo a lo largo de unas mesas bajas que formaban un cuadrado en la sala. La música, que sonaba como una canción patriótica soviética, procedía de un conjunto de cuatro niños que tocaban el acordeón. Todos iban vestidos con ropa occidental —tejanos, zapatillas, sudaderas…—, aunque había algo singularmente no occidental en ellos. Tenían una actitud curiosa, demasiado respetuosa, pero no se trataba solo de eso. Jenna tardó un momento en darse cuenta. Algunos de los niños eran rubios; otros, de piel oscura y cabello oscuro. Algunos tenían ojos azules; otros, cabello castaño oscuro. De hecho, el único rasgo unificador era la forma de sus ojos. Todos esos niños eran medio coreanos. Mujeres sonrientes con vestidos chima jeogoriestaban sirviendo comida y charlando con ellos en tono amable. Pasaron unos segundos más, hasta que Jenna advirtió que la persona sentada a la cabeza de la mesa, con un vestido suelto de seda tradicional coreano, era… ella misma.
En el lugar reservado al cabeza de familia se sentaba una mujer que era su réplica exacta. Sostenía un abanico de seda y llevaba el cabello peinado al estilo clásico norcoreano de la década de 1950, igual que las otras mujeres. Estaba inclinando la cabeza para escuchar a uno de los chicos mayores —un joven con rasgos del este de Asia y un sorprendente cabello color maíz dorado —, que le susurraba algo al oído. La mujer soltó una risa educada y le alborotó el pelo.
Soo-min. Tan clara como el día. A solo unos metros de distancia.
Jenna notó que le faltaba el aire. ¿Podía confiar en lo que le mostraban sus ojos? Era como si estuviera viendo a un animal mágico, a una criatura mítica. Dio un paso involuntario hacia delante, pero el coronel la echó hacia atrás tirándole del brazo.
La comida que se estaba sirviendo también era inusual: no era comida coreana, sino pizza, Coca-Cola y ensalada. Comida que ningún norcoreano corriente había visto nunca, y mucho menos probado.
Colocaron un plato delante de Soo-min, pero ella lo rechazó negando con la cabeza a modo de disculpa. Entonces se levantó y la charla y la música se silenciaron. Los niños se levantaron también. Soo-min puso una cara animada y dijo algo que los hizo reír a todos. A continuación, los niños hicieron una reverencia profunda, como si ella estuviera a punto de marcharse.
Jenna se lanzó hacia la ventana con el brazo extendido, pero el coronel la sujetó con fuerza. Ella se resistió y trató de empujarlo.
—Nos vamos —susurró Cho—. Ahora.
Jenna se olvidó de susurrar. Se olvidó del resto del mundo.
—¡No me iré sin ella!
37
COMPLEJO PAEKHWAWON
13 KILÓMETROS AL NOROESTE DE PYONGYANG
COREA DEL NORTE
Cho estaba suplicando con un dedo en los labios, temblando, pidiéndole que no hiciera ni un solo ruido.
«¡Teníamos un trato!». Estaba agarrando el brazo de Jenna con fuerza, consciente de que le hacía daño.
Con el brillo de las ventanas, vio que los ojos de ella centelleaban con una fuerza indómita. Las emociones que la embargaban eran demasiado grandes para ser sometidas, y menos aún por alguien como él. Se había convertido en algo irrelevante para ella. Jenna movió el brazo violentamente para zafarse de su mano y, antes de que Cho pudiera impedirlo, salió corriendo por el sendero de piedra.
Se detuvo justo delante de la ventana. Su cuerpo pareció relajarse y derretirse ante la escena.
Soo-min todavía estaba hablando, con un leve reflejo de luz dorada en su vestido hanbok de color rosa. Los niños habían vuelto a sentarse. Su hermana estaba dirigiéndose a ellos como si les contara un cuento. Los niños escuchaban, embelesados.
Jenna levantó la mano despacio para saludar. Una niña fue la primera en verla y soltó un grito de sorpresa. Entonces las cabezas de todos los niños se volvieron al unísono hacia las ventanas.
Y, durante tres largos segundos, las miradas de las dos hermanas se encontraron.
Al principio, el rostro de Soo-min se mantuvo inexpresivo; luego pareció abrirse como una flor, como un capullo que abre sus pétalos de miedo e incredulidad, de estupefacción y alegría, y Cho tuvo la sensación de presenciar una conexión de un poder inmenso, un arco de pura energía que pasaba entre las hermanas.
Entonces Jenna tocó el cristal con las yemas de los dedos… Y todo se fue al infierno.
Se encendieron unas luces blancas, cegadoras, en todas las direcciones, y una sirena ensordecedora atravesó el aire con prolongadas pulsaciones electrónicas. Los niños se levantaron y salieron corriendo de la sala, pero la mirada de las hermanas no flaqueó. Cho fue el primero en detectar la expresión de terror que apareció en el rostro de Soo-min.
Un perro ladró muy cerca.
Desde el otro lado de la esquina de la casa, a unos veinte metros, una forma negra atravesó la luz.
Jenna se volvió y vio al perro listo para atacar. Con una velocidad asombrosa, el animal saltó sobre ella mostrando los dientes. Sin embargo, antes de que Cho pudiera siquiera reaccionar, Jenna dio un paso adelante y golpeó el morro del animal con la mano plana. Luego se revolvió dando un paso atrás y le lanzó una patada con tal fuerza que lo hizo rodar por la hierba. El perro aulló y salió corriendo.
Cuando Jenna se volvió hacia la ventana, la habitación estaba vacía. Soo-min se había ido.
Se oyeron voces de hombres que gritaban desde la zona del lago y un repiqueteo de botas que corrían hacia ellos por una senda de piedra. Jenna seguía allí, intentando forzar el cierre de la ventana corredera.
—Capsida! ¡Vámonos! —gritó Cho.
De pronto, Jenna retrocedió. Dos guardias armados habían entrado en la sala y sus miradas se dirigieron de inmediato a las ventanas. Cho aprovechó el momento. Levantó a Jenna en volandas y se la llevó corriendo por detrás del seto que rodeaba la mansión. Para su sorpresa, ella no se resistió, y Cho notó el suave aliento de su respiración en la mejilla. El Mercedes brillaba como si fuera de plata bajo aquellas luces deslumbrantes, y los árboles despedían una blancura lunar. Cho tenía las llaves en la mano. Desbloqueó las puertas y metió a Jenna en el asiento. Su cuerpo apenas se resistía, como si hubiera sufrido una conmoción o estuviera borracha. Cho quitó el freno de mano y puso la marcha atrás. El coche retrocedió derrapando por la gravilla hasta la zona cubierta de coches y motocicletas nuevas. Notó que el parachoques golpeaba la motocicleta más cercana con un crujido metálico, haciéndola caer contra la siguiente y derribándolas todas como fichas de dominó. Dio un volantazo y el Mercedes giró sobre sí mismo y salpicó grava hacia los otros coches. Cho aceleró hacia la salida por el camino flanqueado de árboles que discurría junto al lago.
Ya no tenía sentido esconder a Jenna. De hecho, si tenían alguna oportunidad de salir de allí se la deberían precisamente al rostro de la mujer.
Se acercaban a la primera barrera. Las luces de las linternas iluminaron el parabrisas tintado. Esta vez no iban a dejarlos pasar.
Un joven suboficial les hizo una señal para que se detuvieran. Cho bajó la ventanilla. La sirena de alarma estaba sonando en la caseta del guardia.
—Lo siento, señor, nadie sale del centro hasta que tengamos el visto bueno.
La cara de Cho se puso dura como una roca. Levantó un carnet con la insignia grabada en oro del Partido de los Trabajadores, la identidad de un mando de élite del partido. Si había una cosa que hacía bien era jugar el mezquino juego de las jerarquías de Pyongyang.
—¿Sabes con quién estás hablando, escoria?
—Señor…
Cho movió la cabeza significativamente hacia el asiento del pasajero, y el suboficial se agachó para escudriñar a Jenna. Ella mantuvo la cabeza al frente, sin mirar al guardia. Parecía calmada, casi seráfica, como alguien que acabara de experimentar una visión.
Una expresión de confusión apareció en el rostro del suboficial.
—Abre la barrera —ordenó Cho.
El suboficial buscó su teléfono móvil en el bolsillo, antes de recordar que todos los teléfonos móviles habían sido confiscados y la red estaba caída.
—Tengo órdenes de…
—Mi pasajera debe estar en la ciudad en cuestión de minutos. No me hagas decirte a quién tiene que ver. Créeme, no querrás ser responsable de estropearle la noche.
El suboficial se quedó paralizado, indeciso, y miró a sus subordinados, que se mantenían de pie junto a la barrera. Solo entonces Cho se fijó en que llevaba el uniforme planchado de la Guardia Suprema. No era una unidad de tropa ordinaria.
Se oyó un teléfono, de los antiguos, que empezó a sonar con urgencia en la garita del guardia. El complejo debía de contar con su propio sistema interno de comunicaciones.
—Tú decides, sargento —dijo Cho bruscamente, sacando la libreta que llevaba en el bolsillo de la guerrera—. ¿Tu nombre?
El temor se asomó al rostro del joven. Después de otra pausa agónica en la cual el teléfono continuó sonando, el guardia hizo una señal a los dos de la barrera.
Cho pisó a fondo el acelerador y pasó sin esperar a que la barrera se abriera por completo. Miró a Jenna, pero su rostro era tan inescrutable como un Buda de piedra. Los arces que bordeaban la carretera dieron paso a unos abedules que destellaban en blanco y negro a la luz de los faros. La entrada principal del complejo se alzaba ante ellos. Oyeron las sirenas de alarma antes de ver las dos garitas de guardia de cemento armado, el muro alto del recinto y la puerta principal. Estaba seguro de que ya los habrían advertido por la línea interna. Se encendió un foco y recortó la silueta de una fila de cuatro guardias con capa y casco que bloqueaban la carretera, con las metralletas levantadas.
Cho pisó el freno y redujo la velocidad hasta que el coche avanzó apenas al ralentí. Dando por hecho que se detendría del todo, dos de los guardias se separaron para abrir las puertas de ambos lados. Cho pisó a fondo. Las ruedas del coche derraparon. Un guardia se lanzó como un portero de fútbol para esquivar al Mercedes. El retrovisor lateral golpeó al otro y lo hizo caer hacia atrás. Se oyeron gritos. El coche rugió en una marcha corta, acelerando derecho hacia la salida.
El impacto fue intenso: un destello ferroso de chispas y las verjas se abrieron del todo.
El estruendo pareció sacar a Jenna de su trance. Se volvió hacia él.
—Pare el coche. Déjeme conducir.
—No voy a parar ahora.
El coche viró a la izquierda, tomó velocidad y salió lanzado hacia una oscuridad casi total. Un velo diáfano de nubes había borrado las estrellas y hacía que la luna pareciera tenue y sedosa como el capullo de una polilla. No había luz suficiente para distinguir el paisaje. Los faros del coche hendían el negro vacío, con giros y curvas repentinos en la carretera que solo se revelaban en el último segundo.
Las venas de Cho bombeaban adrenalina. Miró el reloj. El banquete en honor de los estadounidenses estaba a punto de empezar. En uno de los bolsillos de su guerrera llevaba el discurso escrito para él por el viceprimer ministro. Pisó a fondo el acelerador y agarró el volante con todas sus fuerzas. Los baches y saltos de la carretera eran tremendos.
—¡Se lo voy a decir! —gritó Jenna, con su voz distorsionada casi hasta lo ininteligible por el temblor—. ¡Voy a decirles que la he visto! ¡Mañana me la llevo!
—¿Quiere que la maten? —gritó Cho—. Si dice algo, la pondrá en peligro. Negarán conocerla siquiera, y su hermana correrá un riesgo terrible. Confíe en mí. No tiene ni idea de…
—¿Que confíe en usted? —gritó ella—. ¡La última vez que nos vimos era uno de ellos!
Jenna apenas podía contener la rabia. Se cruzaron las miradas en el mismo instante y Cho tuvo la sensación de que entre ellos saltaba una chispa de algo, y deseó que fuera de confianza. Era la primera vez que estaba a solas con una occidental, y en la oscuridad apenas los separaban unos centímetros.
—Mañana, cuando el avión…
Algo captó su atención en el retrovisor. ¿Acababa de ver una luz? Jenna se volvió en su asiento para mirar. Ahí estaba otra vez: dos luces, amarillas como luciérnagas, coronando una colina detrás de él.
Entonces Cho los oyó: el rugido iracundo de dos motocicletas aproximándose. Cho bajó una marcha para controlar mejor el coche y aceleró.
—¡Cuidado! —gritó Jenna, y alzó los antebrazos para protegerse la cara.
El coche golpeó el enorme socavón en la carretera que habían pasado antes, levantando una columna de agua estancada. Las ruedas delanteras rebotaron y a Cho casi se le escapó el volante de las manos; la parte trasera del coche derrapó en el húmedo asfalto.
La carretera era cada vez más lisa y más recta. Las nubes se abrieron y la luz de la luna reveló una visión oscura de Pyongyang, que se extendía ante ellos como una enorme formación geológica.
Las dos motocicletas estaban acercándose cada vez más. Cho vio un destello procedente de una de las motos. Al instante, la mitad del parabrisas trasero se convirtió en un laberinto de grietas que conformaban una telaraña. El impacto del disparo reverberó a través del metal. Cho bajó la cabeza y pisó a fondo, justo cuando el arma se iluminaba otra vez. Se oyó otro estallido cuando una bala impactó en la ventana trasera y los duchó con una granizada de cristal. El coche se sacudió y los faros se apagaron, pero Cho continuó acelerando.
Por encima del ruido del viento, Jenna gritó:
—¡Nos están alcanzando!
—Solo necesitamos llegar hasta… —Cho apretó los dientes y el motor rugió. Estaban precipitándose sin luces por una pendiente. Las siluetas negras de los álamos que la bordeaban pasaron a su lado, reflejando el tenue brillo de la luna—. Allí.
El coronel señaló con la cabeza hacia la oscuridad. Cuatro o cinco linternas se encendieron y vieron lo que parecían garitas de centinelas a ambos lados de la carretera. Cho miró una vez más el espejo retrovisor. Las motocicletas habían reducido la velocidad.
Jenna se volvió otra vez a mirar.
—Están parando.
—Estamos entrando en Pyongyang. La Guardia Suprema no tiene jurisdicción aquí. Este es el territorio de la comandancia de policía de la capital. —Empezó a reducir la velocidad—. Esperemos que las comunicaciones sigan caídas.
El Mercedes frenó lo suficiente para que los centinelas vieran la placa de la matrícula. Decenas de haces de luz brillaron en el Mercedes destrozado, sin faros, pasando por los rostros del oficial que lo conducía y de una mujer, una visitante occidental mestiza que viajaba sin los dos guías exigidos por la ley. El impulso de aquellos policías de parar aquel coche y detener a sus ocupantes tuvo que ser extraordinario, pero el Mercedes estaba protegido por una magia poderosa. Cuestionar al conductor de un coche 2 × 16 equivalía a cuestionar al Amado Líder en persona. Se hicieron a un lado y el coche entró en la ciudad.
38
CASA INTERNACIONAL DE LA CULTURA DE PYONGYANG
DISTRITO CENTRAL, PYONGYANG, COREA DEL NORTE
En el esplendor de mármol del gran salón, el cuerpo diplomático del Ministerio de Asuntos Exteriores de Corea del Norte estaba correspondiendo a la buena voluntad de los estadounidenses con un banquete de categoría imperial. El anfitrión en persona estaba presente, pero solo en la forma de una enorme pintura al óleo, con su figura regordeta representada de manera poco creíble: de pie encima de un jeep, conduciendo a un ejército a través de una tormenta de nieve.
Todos los presentes se volvieron cuando Jenna entró en el gran salón. Llegaba tarde, pero, antes de que ella pudiera murmurar siquiera una palabra, dos de los diplomáticos subalternos del ministerio estaban a su lado presentando exageradas disculpas por el «simulacro de incendio» en el hotel Yanggakdo, que se había llevado a cabo en un momento tan inconveniente. Cho la había dejado en su hotel, donde sus frenéticos guardaespaldas no habían parado de buscarla por todas las plantas.
Con sus uniformes llenos de condecoraciones, los norcoreanos presentaban una imagen inmaculada. Los estadounidenses parecían extras de una película distinta que por alguna razón se habían mezclado en el mismo estudio. Chad Stevens le dedicó una sonrisa lasciva. La ayudante ejecutiva del gobernador miró con envidia su vestido. Jenna tomó asiento, sintiendo que le temblaban las piernas. Se recogió un mechón de pelo detrás de la oreja y oyó que un trozo de cristal de la ventanilla caía al suelo.
Tres mujeres empolvadas entraron sosteniendo kayagums, instrumentos de cuerda similares a las cítaras, y empezaron a tocar una melodía suave.
El viceprimer ministro hizo una señal a Cho para que se dirigiera a los invitados en inglés. El coronel estaba ahí de pie, sonriendo, copa en mano, y Jenna se maravilló de su capacidad de mantener la compostura, sin que su expresión lo traicionara dando alguna señal de la experiencia cercana a la muerte por la que acababan de pasar, aunque cabía suponer que desde la cuna le habían enseñado a ocultar lo que pensaba y lo que sentía. De todas las voces que debían de resonarle a gritos dentro de la cabeza, Cho había elegido el tono de un pirata genial y magnánimo que acababa de saquear el barco del tesoro de los yanquis, pero se alegraba de ofrecer a sus víctimas un festín y… ¡pelillos a la mar! Los estadounidenses levantaron sus copas para brindar por el precario nuevo entendimiento que, si no llevaba a la amistad, al menos debía traducirse en el espíritu de una tregua temporal.
A Jenna le temblaba la copa de tanta rabia acumulada.
Cuando empezaron a servir la cena, apenas logró tragar nada. ¡Estaba cenando con los hombres que habían secuestrado a su hermana! ¿Cómo podía? Y, tras esa farsa de hospitalidad, aquellos extorsionistas, aquellos secuestradores se estaban riendo del viejo gobernador, de todos ellos. Se suponía que Jenna tenía que hacer de intérprete para el viejo, que estaba sentado a su lado, pero el simple hecho de mantenerse centrada en aquella sala le suponía un esfuerzo sobrehumano: lo único que podía ver ante sus ojos era la escena que había presenciado en la mansión.
Soo-min en carne y hueso. ¡Soo-min viva y real!
Se había acercado tanto que casi había estado a punto de hablar con ella. No tenía ninguna intención de permitir que se sumiera de nuevo en la oscuridad. Sin duda, aquel era el momento, su única oportunidad para arreglarlo, para poner fin al ultraje.
Dejó la copa y notó que le transpiraban las manos. Estaba sudando como si acabara de salir de una sauna. La furia que sentía le daba el valor que le faltaba. Maldición, sí, iba a montar una escena allí mismo. ¡Quiénes eran ellos para negarle a su propia hermana! Respiró profundamente y echó la silla hacia atrás para levantarse.
Cho captó su atención durante un milisegundo que aprovechó para comunicarle una advertencia, y fue como si el ímpetu de Jenna se sometiera a una ducha fría de terror.
«¿Quieres que la maten?»
¿Iba a arriesgarse a eso? ¿Y si el coronel tenía razón…? De pronto, Fisk irrumpió en sus pensamientos. Fisk contaba con ella, y ella estaba abrumada por una agonía de vacilación y culpa.
En algún momento, mientras esos pensamientos se agitaban y batallaban en su cerebro, se dio cuenta de que el viceprimer ministro estaba mirándola con curiosidad a través de sus gafas de montura de acero. Jenna no estaba comiendo ni conversando. Apenas podía contener sus sentimientos, que debían de percibirse en su rostro como agua que hierve detrás de un cristal.
Miró otra vez a Cho. ¿Para qué? ¿Para tranquilizarse?
El coronel estaba enzarzado en una conversación con Mats Foyer, el único occidental no estadounidense de la mesa. Como Estados Unidos no tenía relaciones diplomáticas con Pyongyang, Foyer, el embajador sueco, era el único testigo que podía proteger la misión estadounidense con su poder. Una figura alta, angulosa, con cara de santo y una sonrisa encantadora, a la que Cho iba rellenando generosamente la copa. ¿Formaba parte del plan de fuga del coronel? Cho no le había explicado cómo planeaba llegar al aeropuerto cuando el avión partiera al amanecer; solo le había pedido que, si no lo veía, tratara de retrasar el despegue hasta el último momento posible.
De repente, todas las caras se volvieron hacia las ventanas. Por encima de la afilada música de las cítaras, las sirenas de la ciudad habían empezado a sonar otra vez, subrayadas por el rumor del desfile de botas.
—Hay un montón de actividad ahí fuera… —comentó el gobernador.
—Un ejercicio anual de toda la ciudad —explicó el intérprete del viceprimer ministro.
Las puertas altas se abrieron y un mensajero se apresuró a cruzar el salón para entregar una nota al viceprimer ministro, que miró el mensaje y lo abrió.
Los estadounidenses observaron cómo el rostro del hombre se oscurecía. Trató de ocultar la expresión de su boca dándose unos golpecitos con una servilleta, y de alguna manera Jenna supo lo que ocurría: la partida había terminado para Cho. Sus colegas parecieron captar el cambio de humor. La atmósfera en torno a la mesa se heló como si una fría niebla marina hubiera entrado de pronto en el continente. Cho se quedó muy quieto.
El viceprimer ministro se levantó e hizo una seña a los músicos para que dejaran de tocar, solo se oyó el sonido de las sirenas, amplificado de modo siniestro en el cavernoso salón.
—Tenemos…
El hombre abría y cerraba la boca. Parecía incapaz de encontrar las palabras, hasta que la urgencia del momento lo obligó a abandonar la etiqueta por completo.
—Estimados huéspedes, lamento informarles de un cambio de agenda. Su avión ha sido convocado y ahora está esperando su partida inmediata. Nos hemos tomado la libertad de colocar su equipaje en los coches que los esperan fuera. Los llevarán directamente al aeropuerto.
Algo grave había sucedido. El temor en las caras de los norcoreanos era contagioso. Jenna evocó la imagen de aquel vendedor callejero tunecino. Las llamas de su cuerpo se extendían por todo el continente.
Los estadounidenses se miraron, estupefactos.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó el gobernador.
La cara del viceprimer ministro se congeló en una sonrisa falsa. Uno por uno, los estadounidenses se levantaron. Las puertas altas se abrieron desde el exterior.
—¿Nos están echando? —dijo Stevens—. Me estaba gustando la comilona. —Cogió un par de mandu de un plato y se los metió en el bolsillo.
Los norcoreanos acompañaron al grupo hasta lo alto de la escalinata. El viceprimer ministro, pálido de vergüenza, intentó murmurar una excusa al gobernador y le tendió la mano. El gobernador lo saludó brevemente con la cabeza y empezó a bajar la gran escalinata. Los demás se apresuraron tras él.
Jenna cerraba la comitiva. Al pie de la escalera, se volvió para mirar por última vez a sus anfitriones, que los observaban desde arriba. Cho le dedicó una leve sonrisa a modo de despedida. Parecía inconmensurablemente triste y resignado. Había corrido un enorme riesgo personal para mostrarle a Soo-min, y Jenna se sintió conmovida. Tal vez ya era consciente de que no iba a tener ninguna oportunidad.
Las puertas principales se abrieron antes de que la comitiva llegara hasta ellas. Del frío exterior llegó un estrépito de acero y el retumbo de las botas a la carrera. Dos columnas de tropas armadas entraron en el edificio, pasaron corriendo por su lado y subieron por la gran escalinata, empuñando sus fusiles con las bayonetas caladas. En la última fracción de segundo antes de perder de vista a Cho detrás de la melé de uniformes y armas, a Jenna le pareció que gritaba su nombre.
39
CASA DE HUÉSPEDES SECRETA MARAM
DISTRITO YONGSUNG, PYONGYANG, COREA DEL NORTE
Entró un guardia a cada lado de Cho, en la parte trasera de un todoterreno del ejército, y cerraron las puertas. Cada uno le tomó una mano, le colocaron las esposas y lo encadenaron a dos aros metálicos situados a ambos lados de su asiento.
Su detención tenía un aire de irrealidad, como si fuera una escena de un sueño. En lo alto de la escalera, a las puertas de la sala de banquetes, habían rodeado a todo su grupo: él mismo, el viceprimer ministro y todos sus colegas. Los soldados se habían separado para dejar pasar a un capitán del Bowibu, que se había dirigido a él sin mencionar su rango.
—Cho Sang-ho, tengo una orden para proceder a su arresto.
Extendió la orden y Cho oyó que sus colegas respiraban tranquilos. Al pie del documento se hallaba la firma de Kim Jong-il. Cho no podía mirar a sus compañeros a la cara, no podía soportar ser testigo de sus expresiones de sorpresa y traición. En ese momento, rodeado por bayonetas brillantes, se sintió como una figura en el centro de una pintura histórica. El gran desenmascaramiento de un traidor.