Infiltrada

David B. John · Capítulo 7 de 10 · parte 6/7

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Infiltrada

Segunda Parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 7 partes.

Le pareció que los focos de la orilla norcoreana lo habían perdido, los haces de luz barrían de lado a lado penetrando en el bosque negro, proyectando las largas sombras de los árboles. Cho avanzó a gatas sin detenerse. Se abrió paso entre la nieve profunda, goteando sangre, protegiéndose la cara de las ramas peladas. Le pesaba cada vez más el cuerpo y se hundía en la nieve. Se dejó caer boca abajo y recuperó el aliento. El hielo le había arañado un lado de la cara y lo notaba ardiente y magullado. Le ardía la pantorrilla. Sentía la quemazón de la bala. La pernera del mono estaba ennegrecida de sangre. Los focos se apagaron y, por un momento, Cho quedó en la oscuridad más absoluta, pero sabía que los soldados de la torre de vigilancia ya estarían hablando por radio con la fuerza fronteriza china. «¡Emergencia! Ha escapado un asesino…». Solicitarían permiso para enviar agentes del Bowibu al otro lado para abatirlo como a un animal escapado del zoológico. Cho había perdido la bolsa con las galletas de arroz y las provisiones, pero aún tenía el paquete con el cigarrillo de droga en un bolsillo, y el teléfono móvil y el cargador, en el otro.

Parpadeando para quitarse las gotas de sudor de los ojos, se dio la vuelta en la nieve blanda. Improvisó un torniquete desgarrando un trozo de tela de la pernera y se lo ató con fuerza en lo alto de la pantorrilla, apretando los dientes, con el aliento silbándole en las fosas nasales. Se frotó la herida con nieve. ¿Era grave? Sí. Músculo rasgado, carne arrancada, nervios destrozados. Un agujero en la pierna causado por munición militar pesada. Tenía el pie dormido y apenas podría apoyarlo para caminar, pero la bala había esquivado el hueso por un milímetro. ¡Un rastro de sangre en la nieve! ¿Podía ponérselo más fácil a sus perseguidores? Sintió una repentina descarga de euforia y supuso que era una respuesta hormonal a la conmoción. Cogió una rama caída para utilizarla como muleta, logró levantarse y empezó a avanzar, tambaleándose.

Ante él, la arboleda se aclaró y le permitió ver una carretera en cuyos márgenes se había amontonado la nieve, formando altos muros. Más allá, a unos quinientos metros, se divisaban las luces de una casa de campo, detrás de la cual Cho alcanzó a distinguir la silueta azul pálido de una cordillera de colinas desnudas. Pese al dolor de la pantorrilla, que le hacía ver las estrellas, se forzó a subir por el muro de nieve amontonada, y ya estaba a punto de bajar a la carretera cuando oyó que se acercaba un vehículo. Lo pararía, decidió, y suplicaría ayuda. Tenía que confiar en su destino o dejarse morir allí mismo. No se sentía capaz de llegar hasta la casa de campo.

Fueron las luces las que le hicieron contener la respiración de repente. El destello zafiro y rubí de un coche de la policía. Se tumbó boca arriba y se quedó quieto como una piedra. No había tiempo para huir. El coche redujo la velocidad. El sonido de la radio policial crepitó detrás de una ventanilla cerrada. Pasó por su lado sin detenerse y Cho respiró aliviado.

 

Para cuando alcanzó la granja, Cho estaba jadeando y a punto de desmayarse por la pérdida de sangre. Llamó a la puerta. Lo asaltó un potente olor a cerdo. Un perro gruñó en el interior. Se oyeron unas pisadas y, al abrirse la puerta, una cuña de luz amarilla se proyectó en el suelo. Cho vio la silueta de la cabeza de un hombre.

—¿Quién es? ¿Qué quiere?

Cho se esforzó por mantener los ojos abiertos. La silueta del hombre quedó desdibujada y confusa. Ni siquiera podía verle la cara. Sintió náuseas de repente.

—Si ha cruzado el río, no puedo ayudarlo.

La cabeza empezó a darle vueltas. La puerta se cerró en sus narices. Lo siguiente que supo justo antes de perder el conocimiento fue que el suelo se acercaba hasta su mejilla.

 

Cuando volvió en sí, sintió que una nariz húmeda lo olisqueaba y le tocaba la oreja. Le dolía la pantorrilla y la sentía entumecida. Un rostro rudo, ajado por el sol, estaba mirándolo. Era un hombre de unos cincuenta años, que lo examinaba con los ojos suspicaces de un campesino. Un olor a desinfectante alcanzó las fosas nasales de Cho. Sus ojos trataron de asimilar el entorno. Estaba tumbado boca arriba en un suelo de cocina embaldosado delante de una chimenea que proyectaba un brillo rojizo. La estancia era sencilla, humilde, con un conjunto de sartenes de metal gastadas colgadas sobre una pila. Un perro se entretenía olisqueándolo, aspirando el hedor de sangre y suciedad.

—¿Qué le ha pasado en la pierna? —preguntó el granjero, hablando con la cantinela típica de un chino coreano.

Entonces Cho notó que alguien le manipulaba el pie, respirando hondo, y se dio cuenta de que tenía la pierna apoyada en un cuenco humeante, donde una mujer robusta de antebrazos colorados intentaba limpiarle la herida con desinfectante. Cada toquecito lo hacía estremecerse.

—Un accidente… cuando cruzaba el río —dijo Cho con voz débil. No tenía sentido negar de dónde venía—. Gracias por ayudarme.

—¿En qué lío se ha metido?

Cho cerró los ojos con fuerza.

—¿Tiene algo para el dolor?

El granjero se marchó y regresó con una botella de líquido ámbar.

—Lo hice yo mismo.

Le acercó la botella a los labios y Cho notó que el aguardiente le quemaba la garganta como si fuera lava. Tosió y, cuando habló, su voz era fina como el aire. En ese momento, el campesino y su esposa estaban de pie a su lado.

—Por favor. ¿Podría cargar mi teléfono…? —Cho tuvo que hacer un esfuerzo para sacarlo del bolsillo del mono de trabajo.

La pareja intercambió una mirada. A regañadientes, el granjero cogió el móvil.

—El enchufe está en la otra habitación.

—Me iré en cuanto pueda y no les causaré problemas.

—De momento, descanse aquí —dijo el campesino sin apartar la vista de él—. Hablaremos después.

La mujer le secó la pantorrilla y le puso una toalla debajo, y el campesino le dio otro generoso trago de aguardiente.

Cho se sentía sin fuerzas. Volvió a dormirse y fue perdiendo y recobrando la conciencia a intervalos, sin ningún sentido del paso del tiempo. Soñó con voces susurrantes que discutían en la habitación de al lado. Cuando despertó, el fuego del hogar estaba casi apagado y tenía la frente cubierta de un sudor febril. Sentía la espalda rígida y dolorida sobre el suelo duro. Levantó la cabeza y vio al perro observándolo desde una estera en el rincón. El campesino estaba hablando en mandarín en la habitación de al lado; entonces la puerta de la cocina se abrió un poco y por la rendija vio que el hombre lo miraba.

—Por favor —dijo Cho—. Mi teléfono…

—Descanse, descanse —dijo el hombre en un susurro.

Pero Cho repitió gritando:

—¡Deme mi teléfono!

El campesino entró en la habitación, fulminándolo con la mirada, y le entregó el teléfono móvil, que estaba caliente por la carga. Cho lo encendió.

Le temblaron las manos al introducir el código de la tarjeta telefónica, con su crédito de cincuenta yuanes. No tenía ni idea de si bastaría. Inmediatamente marcó el número que había memorizado hacía casi un año. No tenía fuerzas para calcular qué hora era en Washington.

La voz de Jenna sonó increíblemente distante, como si hablara desde otro mundo.

Cho no tenía ni un segundo que perder. Ni siquiera saludó: simplemente le dijo dónde estaba y, jadeando por el esfuerzo y hablando en inglés para que el campesino no lo entendiera, empezó a explicarle lo que había descubierto sobre el programa de experimentación humana dentro del Campo 22.

—He sido prisionero allí. Lo vi con mis propios ojos.

—Esto es una línea abierta… —dijo Jenna.

Estaba advirtiéndole. Las fuerzas de seguridad chinas espiaban cualquier llamada hecha desde un móvil a un número extranjero, y esta en concreto levantaría al instante una bandera roja. El autor de la llamada estaba en una remota zona fronteriza hablando con alguien de Langley, Virginia. Pero en ese momento todo eso no le importaba.

—Escúcheme. Dentro de unos minutos estaré muerto de todos modos. Su amigo Fisk tenía razón. La amenaza nuclear de Kim Jong-il es una farsa, una pantalla de humo para algo peor, mucho peor… El objetivo de las pruebas con cohetes de largo alcance es atacar a Estados Unidos con un agente nervioso llamado escitodotoxina X, un arma de destrucción masiva que envenenará la comida y el suministro de agua y matará a millones de personas. La cabeza del misil está diseñada para llevar esa carga. He visto lo que un microgramo de esa sustancia puede hacerle a un cuerpo humano en solo diez segundos. Ni se lo imagina.

Al oírle hablar en inglés, el rostro suspicaz del campesino se volvió abiertamente hostil.

—¿Es un espía? —preguntó el campesino.

—Ha sido agradable oír su voz —dijo Cho.

—Espere. —Por primera vez, la voz de Jenna sonó cargada de pánico—. ¿Cuál es su localización exacta?

Un vehículo estaba aparcando en el patio al otro lado de la ventana, y el techo de la cocina se convirtió en un caleidoscopio de luces rojas y azules.

—No serviría de nada. ¡Adiós, Jenna!

—¡Eh! —El campesino trató de arrancarle el teléfono de las manos, pero Cho solo quería oír la despedida de Jenna.

Por encima de las interferencias, se oía el ruido de los teléfonos en el lejano Langley. La voz de Jenna era fría y controlada.

—Por favor, pásele el teléfono a la persona que está con usted en la habitación. Dígale que necesito hablar con ella.

51

 

CUARTEL GENERAL DE LA CIA

1000 COLONIAL FARM ROAD, LANGLEY, VIRGINIA

 

—¿No es más valiosa la información que el activo…? —Fisk hizo una mueca con la expresión abochornada que solía adoptar cuando traicionaba sus principios—. ¿En serio? ¿Una operación sobre el terreno en China?

—Es la fuente más importante que hemos tenido en el interior de Corea del Norte —replicó Jenna, tratando de no levantar la voz—. Nos ha dado información de primer orden sobre no una, sino…

—Vale, vale…

—… sino dos operaciones encubiertas norcoreanas… Ni de broma vamos a dejarlo tirado en China.

—Pero el riesgo…

Después de una larga discusión en su despacho, Fisk había cedido.

—Necesitaré un piso franco en Yanji, un contacto local y un arma — concluyó Jenna.

Fisk recostó la cabeza en la silla y soltó un suspiro derrotado.

Se pidió la aprobación siguiendo la cadena de mando hasta llegar al consejero de seguridad nacional, y en cuestión de horas había una operación en marcha para que Cho pudiera viajar a Estados Unidos con un pasaporte estadounidense falso. A su llegada, recibiría el asilo que se ofrecía a todos los desertores norcoreanos.

—No tenemos tiempo para darte cobertura diplomática oficial —dijo Fisk, frotándose la cara—. Los chinos se lo olerían. Actuarás de forma extraoficial. —Viendo que Jenna se resistía, añadió—: ¿Estás segura de que vale tanto la pena para ti?

Actuar sin cobertura oficial suponía el máximo peligro para un agente de la CIA. Si la pillaban, estaría a merced de las fuerzas de seguridad chinas. No tendría ninguna protección ni inmunidad diplomática. Tendría que negar cualquier conexión con su propio gobierno.

—Si esto sale mal, Jenna —dijo Fisk, que de repente parecía enfadado con ella—, estarás sola.

52

YANJI, PROVINCIA DE JILIN, CHINA

Sábado, 17 de diciembre de 2011

 

El frío de Manchuria se llevó el aliento de Amy Miller en el momento en que cruzó las puertas de cristal del aeropuerto de Yanji. Afortunadamente, no tuvo que esperar. Un chófer que sostenía un cartel con su nombre la llevó directamente a su hotel, que estaba en la zona comercial, rodeado de letreros de neón y torres brillantes de cristal verde esmeralda. Incluso el centro de la ciudad parecía decadente y sórdido, pensó.

Sonrió al encargado cuando él apuntó el número de su pasaporte; en el formulario de registro, Amy Miller anotó que era agente de viajes y que residía en el distrito de Arlington Heights de Milwaukee, y preguntó en inglés si había otros delegados de la Feria de Turismo del Norte de China en el hotel. Dio una propina al botones, cerró la puerta de su habitación y se duchó con agua caliente: fue entonces cuando Amy Miller empezó a sentirse otra vez Jenna Williams.

Yanji, en la provincia de Jilin, en el noreste de China, era una pequeña ciudad situada a menos de cincuenta kilómetros de la frontera con Corea del Norte. Su amplia población de etnia coreana hablaba mandarín como segunda lengua. Jenna había visitado la ciudad varias veces cuando trabajaba en la universidad —había perfeccionado su dialecto norcoreano en Yanji— y en todas esas ocasiones había tenido la sensación de estar en una localidad fronteriza donde cualquier cosa podía pasar. El lugar era un hervidero, y no precisamente en el buen sentido del término. Agentes encubiertos del Bowibu tenían libertad para dar caza a norcoreanos fugados, se traficaba en sórdidos salones de masaje con niñas menores de edad a las que nunca se volvía a ver, y los beneficios del cristal de metanfetamina habían dejado a las autoridades de la ciudad en manos de violentas bandas de traficantes.

El jefe de la oficina de la CIA en Shenyang le había preparado un piso franco que quedaba a cinco minutos a pie del hotel, pero Jenna sabía que su seguridad era relativa. Sin duda, la policía estatal ya había reparado en su presencia en la ciudad, y las posibilidades de que estuvieran sometiéndola a algún tipo de vigilancia eran muy altas. Tendría que actuar con extrema precaución.

El piso franco era un apartamento en la octava planta de un bloque sórdido en cuyos rellanos olía a grasa de cerdo solidificada. Al llegar, después de dar un largo rodeo cambiando de sentido varias veces y rodeando varias manzanas para asegurarse de que no la seguían, Jenna se encontró a Cho dormitando en una estera con una manta encima y sumido en una deriva que lo desconectaba por momentos de la realidad ante la mirada preocupada de Lim, un joven agente de la CIA con gafas que trabajaba como programador de software para la Policía Armada del Pueblo. En el piso, también había un cirujano clandestino al que Lim había llamado para que tratara la herida de bala en la pantorrilla izquierda de Cho, que había empezado a enrojecerse y a hincharse. Lim mantenía a Cho narcotizado con oxicodona, porque el cirujano, de quien Jenna sospechaba que trabajaba para las bandas de la ciudad, se había negado a operar hasta que le pagaran una considerable suma en efectivo, que Jenna le entregó antes de quitarse el abrigo. Lim le dio un grueso sobre acolchado que contenía una Beretta 8000 compacta, su arma corta preferida, con un doble cargador lleno.

 

El granjero había hecho exactamente lo que Jenna le había pedido: el teléfono móvil de Cho seguía en la mano del hombre cuando este abrió la puerta a la policía de frontera china. Jenna había oído toda su conversación en mandarín con acento coreano.

—¡Llegó aquí pidiendo ayuda hace dos horas! Le dije que se entregara. ¿Por qué han tardado tanto? Ahora podría estar ya en cualquier parte.

Ella había cumplido su promesa, y al día siguiente el granjero se había encontrado con una pequeña fortuna en su cuenta bancaria. A primera hora, Jenna había logrado enviar un coche para que recogiera a Cho y lo trasladara a Yanji.

Sabía que su desaparición en China ya no sería un asunto de la policía de fronteras, sino que habría ascendido al nivel de la seguridad del Estado, probablemente bajo presión política desde Pyongyang. No tenían mucho tiempo. Era vital que Jenna lo sacara del país en las siguientes doce horas. Llevaba consigo un pasaporte estadounidense para él. El jefe local de la CIA estaba preparando su vuelo desde Shenyang —un trayecto de ocho horas— con documentos de su seguro médico.

El cirujano era un chino bajito de la etnia han, de aspecto duro, que trabajaba de rodillas y en silencio. Jenna lo observó mientras el hombre limpiaba la herida, extraía minúsculos fragmentos de casquillo de bala con unas pinzas y cosía y cerraba los orificios de entrada y salida. Después, el hombre cubrió la herida con una venda limpia. Cortó y tiró el viejo vendaje que envolvía el antebrazo de Cho, palpó con suavidad el hueso que sanaba y volvió a vendarlo. Al final colocó en la mesa dos ampollas de cristal, que contenían un fuerte sedante y un paquete de jeringuillas desechables.

—Hay que mantener baja la presión sanguínea. Pónganle una inyección antes del trayecto a Shenyang. Y otra para el vuelo.

Lim acompañó al cirujano a la salida y luego se fue a comprar ropa y comida. Cho no tenía nada que ponerse y necesitaría alimentarse bien antes del largo viaje a Shenyang. Empezaba a preocuparle esa parte del plan: la policía tenía varios puntos de control a lo largo de la carretera, donde se examinaban rutinariamente los documentos de identidad de los ocupantes de los vehículos.

Jenna puso a hervir un cazo de agua en el minúsculo hornillo de la cocina, se preparó una taza de té verde y se sentó en el suelo con la espalda apoyada en la pared. Había empezado a nevar otra vez. Los copos se arremolinaban entre los edificios y el mundo al otro lado de la ventana se convertía en un blanco difuso, un espacio vacío. Eran las dos de la tarde. En cuanto Lim regresara con las provisiones, Jenna despertaría a Cho y valoraría su estado para viajar.

Mientras observaba el pecho del coronel, que subía y bajaba al ritmo de la respiración, se sumió en un estado meditativo. Se oía el tictac del reloj de la pared. El parquet calefaccionado desprendía un aroma de bosque químico. En la mesa que completaba el escaso mobiliario de la habitación estaban todas las posesiones mundanas de Cho: un paquete de Double Happiness con dos cigarrillos, unos pocos yuanes arrugados y un par de pequeñas bolas envueltas en celofán que contenían un misterioso polvo blanco. Nada más. Sin duda, Cho ya habría tirado el teléfono móvil.

Podría ser cualquiera, pensó Jenna, recogiendo el paquete de cigarrillos y haciéndolo girar en su mano. Un don nadie. Un hombre de la calle. Su cuerpo era solo hueso y tendones, pero la tirantez de la piel daba una extraña serenidad a su rostro, como si fuera el de un niño. Le ajustó la manta, subiéndosela hasta la barbilla, y sintió un extraño deseo de rozarle la mejilla, de acariciarle la frente. Toda esa arrogancia que había visto en Nueva York había desaparecido. Jenna no era religiosa, pero le pareció que el alma del coronel se había aligerado y se había vuelto tan humilde y liviana que podía flotar a través de nubes de nieve. Aquello le hizo pensar en algo que había escrito Solzhenitsyn. Solo tienes poder sobre un hombre mientras no se lo arrebates todo. Pero, si lo dejas sin nada, ya no está en tu poder. Es libre.

Cuando coincidió con el coronel en Pyongyang, Cho ya estaba metido en serios problemas. Había ido a parar al Campo 22, una zona de no retorno… ¿y había escapado? Jenna negó con la cabeza, asombrada. Tenía que haber ofendido gravemente al régimen. Trató de adivinar qué ley podría haber infringido, hasta que recordó que en Corea del Norte solo había una ley que se respetara y cuya transgresión merecía el castigo más severo: la lealtad absoluta a la dinastía Kim.

—No los toque.

Jenna salió de su ensueño. Los ojos de Cho eran rendijas estrechas.

—No… no fumo. No los tocaré.

—Tírelos. Puse cristal de metanfetamina en uno… por si acaso necesitaba… matar a alguien con una sobredosis.

Jenna asintió en silencio y se guardó el paquete en el bolsillo de la chaqueta. Ya se desharía de ellos más adelante.

La voz de Cho era poco más que un susurro.

—Me ha salvado. ¿Por qué?

Cho se había puesto de costado y estaba observándola con la cara medio oculta por la almohada. Jenna se dio cuenta de que le incomodaba que ella lo viera así.

—Usted me mostraba dónde estaba mi hermana y yo lo sacaba a usted del país. ¿No era lo que habíamos pactado?

El silencio en el apartamento era tal que se oían las respiraciones.

—¿Por qué el Campo 22? —preguntó Jenna.

Cho la miró un buen rato antes de responder. Entonces esbozó una leve sonrisa y se dio la vuelta, mirando al techo.

—Podría decir que era mi destino… escrito en las estrellas antes incluso de que yo naciera.

—Sobrevivió —susurró Jenna.

Cho asintió muy levemente.

—Por el amor de mi verdadera madre.

Antes de que Jenna pudiera preguntarle qué quería decir, sus cabezas se volvieron hacia la puerta al oír que el ascensor se abría en el rellano. Jenna sabía que era Lim de regreso con las provisiones, pero se puso instantáneamente en guardia. Salió de la habitación de Cho y cerró la puerta tras ella, luego siguió el procedimiento establecido, empuñando la Beretta y sacando el seguro. Había verificado el cargador esa mañana y había limpiado el cañón y la corredera. Tenía quince balas. Esperó a la señal acordada: dos dobles llamadas a la puerta. Oyó la señal. Jenna descorrió el cerrojo y empezó a abrir. De repente, la puerta se propulsó hacia dentro y casi la golpeó en la cara. Jenna levantó la Beretta, apuntando con ambas manos.

Lim estaba fuera. Le temblaba el labio. Moduló las palabras «lo siento» en voz baja.

El hombre que apuntaba con la Glock 17 a la oreja de Lim llevaba la cabeza afeitada y una chaqueta de cuero negra. Detrás de él iban cuatro policías chinos de la seguridad del Estado con uniformes azul marino. El hombre de la chaqueta de cuero habló con calma en coreano.

—Suelte el arma.

Lentamente, Jenna dejó la Beretta en el suelo.

—Ahora dé un paso adelante.

Antes de que pudiera reaccionar, le colocaron una capucha áspera sobre la cabeza. Para advertir a Cho, gritó lo más alto que pudo, hasta que una mano le tapó la boca. Le sujetaron las manos y la esposaron.

—Ni una palabra más —dijo Chaqueta de Cuero—, y lo haremos por las buenas.

La escoltaron por el pasillo hasta el ascensor, más allá de las miradas curiosas de los vecinos, y le quitaron la capucha. A Jenna le temblaban las piernas. Tal vez su tapadera no fuera la mejor del mundo, pero aun así estaba sorprendida de que la hubieran encontrado tan pronto.

La puerta se cerró y el ascensor empezó a bajar con una sacudida. Jenna pensó en su madre y en cómo se lo explicaría. Pensó en Soo-min y en Fisk y su decepción. Qué forma tan miserable de terminar una carrera.

Chaqueta de Cuero estaba de espaldas a ella y tenía a dos de los policías chinos detrás. Los otros dos, supuso Jenna, habían entrado en el apartamento para detener a Cho.

—¿Adónde vamos?

Chaqueta de Cuero no respondió.

Al salir del edificio la hicieron subir a un Volkswagen Bora negro sin identificar. Los dos policías se sentaron a ambos lados de Jenna en la parte de atrás. Chaqueta de Cuero ocupó el asiento al lado del conductor, que estaba esperando.

El chófer accionó el intermitente y se incorporó al tráfico. Los limpiaparabrisas creaban un borrón de aguanieve y neón. Jenna no llevaba abrigo y se puso a temblar. Iba vestida con tejanos, zapatillas deportivas, un suéter ligero y un chaleco negro acolchado.

Trató de pensar y supuso que la llevarían a Shenyang, la ciudad grande más cercana. En el mejor de los casos solo la acusarían de entrar ilegalmente en el país con documentación falsa, y la usarían como moneda de cambio después de que Pekín presentara una protesta diplomática ante Washington. En el peor, desaparecería en una prisión secreta, encadenada y abierta en canal. El coronel no tendría tanta suerte. Lo que le esperaba no era nada bueno, y Jenna descubrió en ese momento que no estaba preocupada por ella, sino por el destino de Cho.

Una calma extraña la invadió en ese momento crítico. Cuando otros caían en el pánico, el agente de operaciones calculaba. Seguramente podría negociar la liberación de Cho con la información que el coronel ya le había proporcionado… Los chinos estaban tan alarmados como Washington por la capacidad letal del régimen de Kim. Tenía que jugar sus cartas correctamente.

En la hora punta de la tarde, la circulación en el centro de Yanji se había colapsado, pero al cabo de media hora las calles se despejaron. El coche había dejado atrás todas las salidas hacia la autopista y ella ya tenía claro que su destino no era Shenyang. Supuso que se dirigían al sur. Los bloques de edificios eran cada vez más dispersos; dejaron atrás los barrios periféricos y se alejaron del entorno urbano, acelerando hacia el sur a través de zonas industriales y campos de cultivo vacíos, apenas visibles en la oscuridad invernal que iba cayendo con rapidez.

La calma de Jenna empezó a resquebrajarse. Tenía miedo.

Al sur de Yanji no había nada más que la frontera norcoreana.

Su respiración se volvió agitada; se notaba las axilas empapadas.

—Señor —le dijo a Chaqueta de Cuero—, ¿podemos hablar un momento?

Chaqueta de Cuero permaneció inmóvil en el asiento del copiloto.

—Podría ofrecerles algo sumamente beneficioso para todos ustedes —dijo Jenna, mirando a los dos policías—, si quisieran parar para que podamos hablar un minuto.

El coche aceleró.

Un sol rojo se estaba poniendo detrás de unas amenazadoras nubes de nieve y, ante ella, la carretera se extendía hacia el sur bajo los copos arremolinados.

«Oh, Dios mío, no…»

Los dos policías chinos miraron a Cho, que seguía tumbado en su estera de dormir debajo de una manta, con los brazos ocultos. Se oyó el crepitar de una radio.

—Levántese y vístase —dijo uno de los hombres en mandarín.

Encendió la luz del techo y buscó la ropa de Cho, pero no encontró ninguna prenda.

Cho los miró con interés. Su aparición en el cuarto no lo había sorprendido del todo. El grito de Jenna lo había alertado. Los dos policías eran jóvenes, apenas tenían veinte años. Caras inexpresivas. Ojos apagados. ¿Habían acabado su formación? Él estaba acostumbrado a tratar con asesinos expertos, dotados de una ferocidad que no había visto en ningún otro grupo de personas. En cambio, las fuerzas de seguridad del Estado chinas habían enviado a dos muchachos a detenerlo. A él, a Cho, que había escapado del Campo 22. Esbozó una débil sonrisa. Si hubiera sido el mismo de siempre, se habría sentido insultado. Cho estaba dispuesto a apostar hasta su último yuan a que esos chicos nunca habían disparado sus armas de servicio.

—¡Vamos, arriba! —dijo el mismo policía. Tenía acento pueblerino.

—No puedo moverme —repuso Cho en tono calmado, hablando en mandarín—. He sufrido una grave herida en la espalda. Si quieren sacarme de aquí, tendrá que ser en una camilla.

—¿De qué está hablando? Muéstremelo.

El policía se quitó los guantes y retiró la manta. Cho tenía las manos debajo del cuerpo, como si se estuviera sosteniendo la espalda para alejar la columna vertebral de la presión del suelo. El policía intentó dar la vuelta a Cho, pero se detuvo cuando este soltó un grito de dolor.

Los policías se miraron.

La radio que uno de ellos llevaba prendida en la solapa crepitó.

—Vamos, Wang. ¿Cuál es tu situación? Cambio.

El agente que estaba de rodillas le dijo al otro:

—Trae la camilla de la furgoneta.

 

El paisaje se estaba volviendo más desolado, convirtiéndose en un llano pétreo interminable, ondulado, surcado de rocas hasta donde alcanzaba la vista. De vez en cuando, algún ventisquero blanqueaba la vista. Jenna no vio ningún signo de vida.

Un poco más allá, la carretera empezó a discurrir en paralelo a una vía de ferrocarril. El sol casi se había puesto y, por un caprichoso fenómeno lumínico, las nubes exhibían un color melocotón y mandarina. El coche frenó y se detuvo en la cuneta. Estaban en medio de ninguna parte. Allí no había nada más que la carretera y la vía del ferrocarril. Jenna estaba sola, esposada, en territorio hostil. Sus temores empezaron a transformarse en un terror negro.

Una ejecución encubierta. Habían elegido el lugar adecuado.

Incapaz de contener el temblor de su voz, Jenna dijo:

—Señor, no sé lo que quiere de mí, pero lo conseguiré con una simple llamada telefónica…

Chaqueta de Cuero sonrió.

—Cállese.

Jenna trató de reflexionar, de planear una estrategia, pero tenía las manos inmovilizadas, no disponía de espacio para dar una patada y los cuatro hombres estaban armados. De repente, sintió una inmensa tristeza por sí misma. Por lo que nunca llegaría a ser. Por el futuro que nunca vería… Chaqueta de Cuero encendió un cigarrillo y bajó la ventanilla para fumar. El conductor encendió la radio… Peng Liyuan cantaba una balada patriótica con el fondo de un coro masculino. El conductor estaba tamborileando en el volante con los dedos y Chaqueta de Cuero miraba por la ventanilla.

Sin embargo, esa ejecución era muy extraña, carecía del aire furtivo y de la energía oscura que suelen preceder a toda acción infame. De todos modos, ¿quién era ella para buscar razones? Ocurriría. De lo contrario, ¿por qué la habían llevado hasta allí? Tal vez estaban esperando al verdugo.

El policía que iba a su derecha murmuró algo en mandarín a los otros y levantó el teléfono móvil. No había cobertura.

Chaqueta de Cuero se sobresaltó ligeramente y lanzó el cigarrillo por la ventana.

En el horizonte por el norte, aproximadamente a un kilómetro y medio, Jenna vio una forma de color verde oscuro que avanzaba despacio hacia ellos. Un tren.

Chaqueta de Cuero sacó algo de la guantera, bajó del coche y trepó por la pendiente rocosa hasta las vías del ferrocarril. De pie en las vías, sostuvo en alto una bandera naranja en una mano y una linterna en la otra. Estaba haciendo señas a un tren que se dirigía hacia Corea del Norte desde… ¿dónde? ¿Pekín?

Jenna observó la escena con atención. Los faros del tren centellearon una vez, reconociendo la señal. Ya había reducido la velocidad.

Poco después, el convoy se detenía delante de ellos con un largo silbido, una sacudida de los empalmes entre vagones y un chirrido de frenos. Un hedor a acero quemado alcanzó a Jenna a través de la puerta abierta del coche. En el interior insonorizado del tren, Jenna oyó el sonido de su respiración entrecortada.

Era un tren inmenso y mucho más alto de lo normal. La parte delantera de la locomotora estaba adornada con una gran estrella blanca entre dos banderas rojas. Los vagones estaban pintados de verde oscuro. Algunos no tenían ventanas; otros sí, de cristal negro tintado. Dos de ellos estaban equipados con cañones antiaéreos: uno, cerca de la parte delantera; el otro, en la parte posterior del tren. Con unos trazos metálicos brillantes, en el lateral de la locomotora podía leerse el nombre en coreano: «ESTRELLA DEL NORTE».

Se abrieron las puertas y bajaron decenas de soldados con cascos.

Chaqueta de Cuero abrió la puerta trasera del coche. Los policías chinos sacaron a Jenna del vehículo y, agarrándola por los brazos, la pusieron en la gravilla, de cara al tren.

Jenna no podía dejar de temblar.

Los soldados habían tomado posiciones a lo largo de todo el convoy, sosteniendo sus Kalashnikov en diagonal sobre el pecho. Por unos momentos, no ocurrió nada. Seguían cayendo copos de nieve. Una brisa helada levantó los faldones de los abrigos largos de los soldados. Finalmente, apareció un oficial en una puerta del tren e hizo una seña a Chaqueta de Cuero con un movimiento del dedo.

El hombre retiró las esposas a Jenna y, casi con cortesía, la condujo del brazo por el terraplén de rocas hacia el tren. El oficial le tendió la mano para ayudarla a subir al vagón. La pesada puerta se cerró con un chirrido detrás de ella.

 

Cho observó al policía, en cuyo rostro se reflejaba la pálida luz del teléfono móvil mientras comprobaba los mensajes con una mano y se hurgaba la nariz con la otra. Fuera estaba anocheciendo. Oyeron el ascensor. Había vuelto su colega.

—No hay ninguna camilla en la furgoneta —dijo.

El otro miró a Cho.

—Bueno. Lo levantaremos nosotros.

Cho volvió a hablar otra vez con voz calmada y firme:

—¿Qué creen que pasará si me devuelven a Corea del Norte paralizado del cuello para abajo? ¿Cómo lo explicará su capitán? —Les sonrió—. Será mejor que encuentren una camilla.

Uno de ellos soltó una maldición y le dijo al otro:

—Contacta por radio con los chicos de la comisaría de Onsong. A ver si tienen una camilla.

Por los altavoces sonaba una melodía folclórica coreana para instrumentos de viento. Apenas se oía. El oficial le señaló el camino, empujándola suavemente por la cintura a través de una serie de compartimentos: una sala de conferencias con una larga mesa bruñida, un salón amueblado con cómodos y abigarrados sofás y una barra con espejos, una sala de comunicaciones con una serie de pantallas planas y oficiales del ejército sentados hablando por radio. Uno de ellos la detuvo y la repasó de la cabeza a los pies con un detector de metales manual. Le quitó las llaves y el teléfono.

Cuando pasaron al siguiente vagón, el agente le ordenó que esperara. Jenna se hizo a un lado cuando alrededor de una docena de mujeres con largos vestidos de seda hanbok salieron del compartimento de delante. Varias caras empolvadas de blanco se volvieron fugazmente hacia ella, dejando a su paso una nube de dulce perfume. Sostenían instrumentos musicales: cítaras y flautas. El oficial reapareció. De nuevo hizo avanzar a Jenna, empujándola suavemente hasta lo que parecía un gran vagón comedor, donde solo había dos soldados, de pie junto a la puerta del fondo, y un anciano de baja estatura vestido de beis sentado a una mesa, comiendo solo. La puerta de detrás de Jenna se cerró. La fragancia de las mujeres todavía flotaba en el aire.

—¿Doctora Williams? —dijo el anciano, llevándose una servilleta a la boca—. Gracias por venir. —Se levantó con cierta dificultad y le sonrió—. Por favor, únase a mí.

Como si estuviera en un sueño, Jenna no pudo hacer otra cosa que quedarse mirando a aquel hombre. Era Kim Jong-il.

53

CUARENTA KILÓMETROS AL SUR DE YANJI

PROVINCIA DE JILIN, CHINA

 

Avanzó unos pasos como buenamente pudo. Con la mente bloqueada por la conmoción, parecía que las piernas funcionaran con piloto automático. No podía apartar los ojos de Kim Jong-il, que ahora se había recostado en su asiento, ya plenamente concentrado en la comida.

Había una docena de platitos extendidos ante él. Con unos palillos de plata, cogió un pequeño bocado de uno de ellos y masticó con lentitud.

Había un lugar reservado para Jenna, con una copa de cristal sobre el mantel.

—Por favor —dijo Kim, haciendo un gesto con los palillos para que Jenna se sentara.

En el lado de Kim, la cortina de la ventana estaba corrida, de manera que no entraba ninguna luz del exterior. Las lámparas del vagón tenían pantallas de cristal naranja, pero aquella tenue luz no lograba ocultar la fragilidad de aquel hombre.

Jenna se sentó.

De cara a ella, encorvado en su asiento, se hallaba la Estrella Guía del Siglo Veintiuno, el Amado Líder, un hombre cuya imagen había sido labrada en mármol, moldeada en bronce, pintada en óleos, serigrafiada sin fin, reproducida en inmensos mosaicos de cristal, mostrada por cien mil escolares que sostenían tarjetas de colores y proyectada en las nubes del cielo. Su nombre estaba grabado en ideogramas de seis metros de alto en la ladera rocosa del monte Paektu, sonaba temblorosa en los altavoces, lo cantaban coros del ejército, lo invocaban los niños al dar las gracias por la comida en la mesa, lo loaban los oradores ante las multitudes. Era un nombre que había firmado centenares de volúmenes sobre todo tipo de temas, desde la fertilización con nitratos hasta el arte del cine, un nombre adjudicado a infinidad de escuelas, universidades, fábricas, tanques y lanzacohetes. Era el nombre que gritaban los cuadros del Partido, en un acto de lealtad desesperado, cuando se enfrentaban al pelotón de fusilamiento, el nombre que acechaba a los desertores en sus sueños, por más que se alejaran de su reino.

Sin embargo, el poder absoluto no había detenido la decadencia de aquel cuerpo. El famoso cabello ahuecado escaseaba y parecía quebradizo; Jenna entreveía el cuero cabelludo. Unas arrugas profundas enmarcaban la boca y hacían que las mejillas se hundieran al comer; la piel era de un gris cremoso, con las manchas propias de la edad. Con las enormes gafas descansando en una nariz pequeña y femenina, no parecía tanto un hombre como un homúnculo, que se mantenía vivo por puro poder.

—Antes siempre tenía mucho apetito en estos viajes —dijo con vaguedad —. Ahora la comida ya no me sabe a nada. —Señaló un plato con los palillos —. El brote de helecho helado limpia el paladar. La gelatina de huevo de codorniz combina bien con el faisán asado, cazado en mi propio coto. Esto es pulpo frito con nuez de gingko, preparado por mi chef de sushi. Pero ¿sabe cuál es el mejor manjar de esta mesa? —Miró a Jenna con aire divertido—. ¡El pan! Me lo han traído en avión esta mañana desde Jabarovsk.

Su voz sonaba tenue y seca, quebrada por un leve tartamudeo. Le temblaba el brazo izquierdo y un lado de su cuerpo parecía inmovilizado, como si hubiera sufrido un ictus.

Jenna pensó que a aquel hombre le quedaban menos de cinco años de vida.

—No… tengo hambre.

Un hombre joven, de aspecto inmaculado con su chaquetilla blanca, apareció al lado de Jenna, le hizo una reverencia con la mano puesta en el corazón y le llenó la copa con aguardiente de una botella dorada que dejó en la mesa.

—Baedansul —dijo Kim Jong-il, volviendo la etiqueta hacia ella—. Destilado para mí por el Instituto de Ciencias Básicas. Tiene ochenta grados de alcohol, así que mis médicos no me dejan ni probarlo… —Soltó un resoplido sarcástico—. Cuando me atienden les tiemblan las manos. Pero si no les temblaran… entonces debería preocuparme.

Estaba bebiendo algo que parecía vino tinto rebajado con agua. Levantó la copa hacia ella en un brindis, pero Jenna no se movió.

—¿Por qué me han traído aquí?

Kim dejó de comer y su semblante experimentó un mínimo cambio, tornándose menos benigno.

Hizo una señal al joven asistente para que retirara los platos, luego levantó la mano y con un movimiento de muñeca mandó salir a los soldados que estaban detrás de él.

Dudaron.

—Gran General, nosotros…

—¡Dejadnos! —Cerró los ojos.

Levantar la voz lo había debilitado. Los soldados salieron por la puerta trasera. La boca de Kim adoptó una expresión neutral, pero sus minúsculos ojos brillaban como alfileres.

—El símbolo de Estados Unidos es el águila, ¿no? Un ave que planea. Y el orgullo de Corea es el paisaje montañoso que araña el cielo. No hay ningún obstáculo que no podamos superar si lo abordamos juntos.

A Jenna no se le ocurrió ninguna respuesta para ese comentario sentencioso.

—Si la gente me trata con diplomacia —continuó Kim—, me vuelvo diplomático, y ojalá me trate usted diplomáticamente, doctora Williams. — Removió un poco su copa y tomó un sorbo—. Durante años, mi padre fue un guerrillero que combatió a los ocupantes japoneses en Corea. Pasó inviernos enteros metido en cuevas de las montañas de la provincia de Ryanggang, con mi madre y una banda de rebeldes devotos. De día superaban a los imperialistas por pura pillería, de noche entonaban canciones en la nieve en torno a la hoguera. Era una vida sencilla, heroica. Entonces llegó la Revolución en el cuarenta y ocho, y mi padre ya no fue el líder de una pequeña banda de rebeldes, sino de un país de millones de habitantes. Así que nuestra nueva nación se convirtió en una extensión de la vida que él había conocido. Somos una nación guerrillera en conflicto con el mundo. Ese es el Estado que heredé. Es lo que somos. No hay nada que pueda hacer para cambiarlo sin que todo se derrumbe.

Suspiró como un hombre que, tras haber bebido profusamente de la copa de las experiencias vitales, se siente cansado. Posó el vino en la mesa.

—Usted y yo no somos muy distintos —dijo con una leve sonrisa—. Su vida, como la mía, se formó hace mucho tiempo a partir de la infelicidad y de varios sucesos que escapan a su control. Ninguno de nosotros ha elegido ser la persona en la que nos hemos convertido.

Jenna notó que le ardían las orejas al presentir, de forma vaga e imprecisa, que estaba a punto de ser chantajeada.

—Usted no me conoce —contestó. Una leve sensación de náusea estaba empezando a fermentar en su estómago.

Kim Jong-il apartó la cortina unos centímetros y miró al exterior. El Volkswagen negro que había llevado a Jenna hasta allí continuaba esperando en la carretera paralela a la vía. Chaqueta de Cuero estaba de pie junto al vehículo, desafiando al frío mientras fumaba. El soldado con casco apostado debajo de la ventana permanecía inmóvil como una estatua. Los copos de nieve se fundían en el cañón de su Kalashnikov. La última luz del día se había retirado al horizonte en una paleta de rojos y violetas amenazadores. Unas pocas estrellas perforaban el cielo entre las nubes.

—Hace un año, usted escribió un informe secreto para Panetta, el director de la CIA. En él sugería un cambio radical en la actitud de Estados Unidos hacia mí. Su idea consistía en eliminar todas las sanciones y los embargos a mi país, todas las restricciones relativas a los viajes, la banca y el comercio. Defendió nada menos que un cambio radical en la política estadounidense. Fue una propuesta valiente, audaz. La secretaria de Estado se opuso, pero por presiones de la Casa Blanca, según tengo entendido, compartió discretamente el contenido de su informe con los chinos y los surcoreanos, y después con los rusos. Estaba muy sorprendida, a juzgar por sus mensajes de correo electrónico, de que ninguno de ellos le hubiera dado una respuesta negativa. La semana pasada, en un correo enviado a su presidente, escribió que sus recomendaciones le parecían acertadas. Está lista para hacerlo público y para presionar en la ONU…

Jenna lo miró con frialdad. «O sea, que se trata de eso».

—… y una vez que lo haya hecho público, el presidente le dará su pleno apoyo.

Kim Jong-il posó de nuevo su mirada en ella. Como la última luz del día se reflejaba en sus gafas, Jenna no podía interpretar su expresión, pero la voz se tornó fría.

—Usted dirá a la secretaria de Estado que ha reconsiderado su informe. Que, después de hacer un examen de conciencia, se le han planteado graves dudas. Y que, en su experta opinión, todas las sanciones y los embargos contra mi país deben mantenerse a perpetuidad.

Hubo una larga pausa antes de que Jenna respondiera con frialdad:

—Su país es pobre y está aislado por las sanciones.

—¿Cree que no sé lo que está haciendo? —Una corriente de rabia se había colado en su voz, pero entonces se obligó a mostrar una expresión más conciliadora, y Jenna captó la trascendencia de sus palabras—. Mi pueblo está formado por niños inocentes. Exponerlos a las tormentas de la economía global y a todas las influencias perniciosas del mundo moderno los… los sometería a tensiones que no podrían soportar.

Jenna murmuró, casi para sí misma:

—Y, además, mientras tengan hambre, sean pobres y estén desinformados, no podrán levantarse contra usted. —Sintió una punzada de puro desprecio hacia aquel hombre—. ¿Qué le hace pensar que yo haría algo así?

—Creía que era perfectamente obvio. —Presionó un botón en el lateral de la mesa.

Detrás de él se abrieron las puertas del fondo del compartimento, dando paso a una mujer vestida con un hanbok de seda azul pálido.

Jenna se levantó de un salto.

Su hermana llevaba la larga melena negra recogida a la espalda y la piel de caramelo maquillada con polvos blancos. Parecía una muñeca grotesca, con el rostro inexpresivo y la mirada vacía y vidriosa.

Sin siquiera mirarla, Kim Jong-il levantó un dedo para indicarle que se acercara.

Jenna observó a Soo-min, que avanzaba hacia ella como una vampiresa. Se puso a temblar y se dio cuenta de que estaba llorando.

 

Finalmente, habían conseguido una camilla. Los dos policías estaban de pésimo humor. El que había ido a buscarla relucía de sudor y no dejaba de maldecir, pero Cho permaneció como si no se diera cuenta, mirando al techo desde su colchón, sin mover un músculo. Dejaron la camilla a su lado, en el suelo.

—Con cuidado —dijo—, lo mejor será que se pongan uno a cada lado y me levanten muy despacio, y que uno de los dos me aguante la cabeza.

Se agacharon uno a cada lado de la estera y le pasaron las manos por debajo para levantarlo.

—Eso es —dijo Cho, haciendo una mueca—. Despacio, despacio…

 

—Soo-min… soy yo. —Las lágrimas surcaban el rostro de Jenna. Extendió los brazos—. Soy Jee-min.

Soo-min se detuvo al lado del dictador. Mantuvo la cabeza baja, evitando mirarla, pero Jenna pudo sentir las emociones de su hermana agitándose detrás de esa fachada como si fueran llamas detrás de un cristal. Kim Jong-il se inclinó ligeramente para tomar la mano de Soo-min y posársela en el hombro, en un gesto íntimo que a Jenna le revolvió el estómago.

—Me alegro mucho de ser el artífice de su reencuentro —dijo.

Ella se lanzó a abrazar a Soo-min, pero su hermana permaneció rígida e indiferente, como si Jenna fuera una desconocida.

—Por favor, dense un abrazo —dijo Kim Jong-il gesticulando—. Estamos en familia.

Muy despacio, Soo-min levantó los brazos como un maniquí y rodeó los hombros de Jenna, y notó que el corazón de su hermana latía violentamente. Tenían las mejillas juntas. El sonrojo calentaba la piel de Soo-min.

—Mi querida hermana… —dijo Soo-min con una voz extraña que parecía desconectada de su cuerpo, como si fuera una grabación. Su rostro se congeló en una sonrisa—. Te ofrezco mis saludos socialistas y te deseo éxito en tus esfuerzos por el bien de mi pueblo.

La fatiga había desaparecido del rostro de Kim Jong-il para dejar paso a una sonrisa astuta.

Soo-min soltó a Jenna. Le hizo una profunda reverencia a Kim Jong-il, susurrando «Gran General», y retrocedió lentamente hacia la puerta sin dejar de doblar la cintura.

Jenna empezó a seguirla, pero Soo-min levantó la cabeza y le lanzó una clara advertencia con la mirada. Desapareció con la misma rapidez con la que había aparecido.

A Jenna se le había secado la boca. Cogió la copa de cristal y tomó un trago antes de recordar que era un aguardiente de ochenta grados. Tosió y sintió que se le encendía la cara. Le temblaban las piernas, y decidió sentarse antes de derrumbarse.

Kim Jong-il rió suavemente.

—Ojalá yo también pudiera tomar una copa de ese licor… Ah, pero… — Se dio unos golpecitos en el pecho. Sus pequeños dedos eran blancos como larvas—. Espero que ahora lleguemos a un acuerdo. Yo garantizaré personalmente la seguridad de su hermana. —Su mirada se endureció—. Sin embargo, lamento no poder decir lo mismo del traidor Cho Sang-ho. Esta noche lo tendremos de nuevo a buen recaudo.

Jenna sintió que el alcohol se le subía a la cabeza. Una agitación insoportable le invadió el cuerpo. Como no sabía qué hacer con las manos, las metió en los bolsillos de su chaleco acolchado; al hacerlo, tocó el extremo de un paquete de cigarrillos.

«Los cigarrillos de Cho…»

En ese momento, se sintió poseída por una sensación extraña, como si de repente hubiera hallado una solución sencilla para una ecuación imposible.

—Temo haberla impresionado en exceso, doctora Williams. Está temblando. Tómese la bebida.

—Perdóneme… me fumaría un cigarrillo, si me lo permite.

—Por supuesto.

Sacó el paquete de su bolsillo.

—Double Happiness —dijo Kim con una nota de lamento—. La mejor marca de China. Otro placer que se me ha prohibido. —Pulsó un botón en el lateral de la mesa.

Jenna abrió el paquete y se llevó un cigarrillo a los labios, con un temblor en la mano. No tenía ni idea de cuál de los dos había sido manipulado por Cho. Estaba jugando a la ruleta rusa. El asistente masculino apareció con un grueso cenicero de cristal y un encendedor de mesa cromado, que Kim Jong-il tomó de sus manos.

—Una mujer hermosa no debe encenderse un cigarrillo ella misma.

Kim acercó la llama del encendedor al extremo del cigarrillo de Jenna.

Ella dio una breve calada, observando el color anaranjado de la punta del cigarrillo. Tenía el gusto inconfundible del tabaco, y sintió que su temblor empezaba a calmarse.

Entonces se centró en su actuación, plenamente y sin pensarlo dos veces.

Ofreció a Kim el segundo cigarrillo.

El conflicto se dibujó en el rostro del hombre al resistir la tentación.

—Lástima. Órdenes del médico.

—Una pena —dijo Jenna, reclinándose en la silla y soltando el humo—. Habría sido una buena anécdota para mis futuros hijos explicarles que compartí un cigarrillo con el hombre más poderoso de Asia.

Un deleite casi infantil surcó el rostro de Kim, como si la observación de Jenna le hubiera dado el permiso que necesitaba.

—En ese caso, sería una falta de educación rechazarlo.

Extrajo el cigarrillo del paquete y se lo llevó a la boca.

Sintiendo la fuerza del destino, Jenna encendió el pesado mechero de cromo y, al acercárselo a Kim, se fijó en que estaba grabado: «CON MI AMISTAD, DE V. V. PUTIN, 2001».

Kim Jong-il dio una profunda calada y cerró los ojos con placer.

—Cuénteme —dijo, expulsando el humo mientras hablaba—, ¿de quién fue la idea de rescatar a Cho de esa desdichada orilla? ¿Suya?

—Sí.

—Es usted genial. —Rió de nuevo—. Su operación de la CIA fue tan rápida que pilló a los chinos echando la siesta…

Sin apartar los ojos de él, Jenna dio otra calada, esta vez más profunda. Llevaba años sin fumarse un cigarrillo. Había olvidado aquella sensación mareante. Aquel efecto calmante y estimulante al mismo tiempo. Miraba intensamente a Kim, en busca de cualquier señal de que el cristal de metanfetamina empezaba a hacer efecto. Una sobredosis, había dicho Cho. Lo bastante alta para matar.

—Adoro las historias de rescates —continuó Kim, dando otra calada—. Sobre todo en las películas. Son historias que cautivan al público y provocan su respuesta emocional.

—Salvo que este rescate termina con la muerte de Cho y la prolongación del encarcelamiento de mi hermana.

Kim pareció no oírla y se volvió hacia la ventana, súbitamente reflexivo.

—Desde luego, podría ser una película. —Sostenía el cigarrillo en ángulo cerca de su rostro, como una estrella de cine—. El tema sería la devoción por el deber y la bondad innata del alma coreana…

Jenna dio otra calada nerviosa. El escozor de la garganta no se parecía al que ella recordaba. De hecho, al exhalar se formaba una especie de neblina…

Se tocó la muñeca.

Se le estaba acelerando el pulso. Empezó a notar un leve sudor en la frente. La tenue náusea que había sentido desde su entrada en el compartimento se estaba intensificando, mezclada con un leve pero inconfundible acceso de euforia.

«Ah, mierda…»

Apagó el cigarrillo frenéticamente.

Kim Jong-il seguía hablando y mirando por la ventanilla. Jenna se notó el rostro caliente, enrojecido. ¿Cuánto había fumado? ¿Tres, cuatro caladas…?

—Por amor a su hermana, atravesó el mundo en busca de ella, y al hacerlo encontró su verdadera vocación: servir a la gente. Ese será el argumento. Usted no gozó de las ventajas de su hermana… Por supuesto, no pudo experimentar los beneficios del socialismo, la liberación de nuestra ideología, la emoción embriagadora de un movimiento de masas…

La droga empezaba a hacer efecto. Se le llenaban profundamente de aire los pulmones cada vez que respiraba. Sabía que tenía las pupilas dilatadas.

—… pero es la coreana que hay en usted la que triunfa sobre la raza inferior que lleva mezclada en la sangre…

Jenna sintió un hormigueo en la boca del estómago, una ardiente sensación de euforia que amenazaba con inundarle todo el cuerpo.

—Yo mismo orientaré a los guionistas. —Se volvió hacia ella—. Y me encargaré del mon…

Kim Jong-il se quedó paralizado, cautivado por la transformación de Jenna. Tenía los ojos iluminados, grandes y brillantes, y al respirar alzaba los hombros como una poderosa fiera. Le dio la impresión de que estaba creciendo ante sus ojos.

Seguir: parte 7 de 7