Jaque al psicoanalista
Capítulo 26
26
Todo le gritaba: «¡Muévete!».
Pero permaneció inmóvil.
«Me han disparado.
»Me estoy muriendo.
»Ya estoy muerto».
No sucedió ninguna de estas cosas, lo que solo sirvió para asombrarlo más.
«¿Dónde está el dolor? ¿Y la sangre?».
Por un momento, Ricky creyó que estaba fuera de su cuerpo, mirando hacia abajo, como si pudiera verse a sí mismo herido mortalmente y cayendo al suelo a cámara lenta, con el corazón atravesado por un balazo, jadeante, intentando vivir cuando eso era imposible. Y entonces, como una aguja que raya la superficie de un viejo disco de vinilo, regresó a su cuerpo y se percató de que todavía había vida en él. El sueño terminó. El aire, que parecía cenizas fundidas, le llenó los pulmones. Los músculos se le contrajeron espasmódicamente, pero su postura no cambió ni un milímetro. Le retumbaban los oídos, como si estuviera al lado de un reactor.
«Estoy vivo —se dijo a sí mismo—. Aunque puede que no por mucho tiempo».
Entonces las cosas sucedieron rápidamente a su alrededor: explosiones de sonido, pensamientos y acciones que llenaron la habitación mientras el eco del disparo se desvanecía.
La hija gritó. Fue algo entre un chillido y un sollozo que no aspiraba a ser lenguaje, pero que expresó íntimamente la confusión del momento. El profesor moribundo se hundió más en la cama, como si apretar el gatillo hubiera sido el último levantamiento de una serie de pesas y el esfuerzo hubiera dejado exhausto todos los músculos de su cuerpo. Soltó un grito ahogado y el arma se le cayó de las manos. Y, por último, Ricky se puso de pie de un salto y volcó ruidosamente la silla plegable de metal. Él también soltó un largo grito gutural, como el de un animal, desafiante, herido por el ruido y no por la bala, asustado; no, aterrorizado. Pero cuando se volvió para salir huyendo, el sonido se disipó. La lógica le decía que el profesor moribundo encontraría otro ápice de fuerzas, volvería a levantar la semiautomática y le pegaría otro tiro, esta vez mortal.
«No fallará dos veces», pensó Ricky.
Y en aquel mismo instante se preguntó cómo era posible que hubiera errado la primera vez.
«Indecisión. Enfermedad. Inexperiencia», concluyó.
Y entonces pensó: «¡Defiéndete!».
Se vio a sí mismo lanzándose hacia delante, sujetando el arma y forcejeando enérgicamente para arrebatársela al profesor de sus manos debilitadas. Imaginó a la hija levantando el 357 y disparándole una bala en la espalda para defender a su padre. Pudo ver una lucha desesperada entre el profesor aquejado de cáncer, la adolescente frenética y él, arañándose, clavándose las uñas, una refriega con golpes y disparos, y con la muerte observándolo todo de cerca, paciente, puede que incluso apostando, sin saber quién se impondría.
Pero eso no sucedió.
En lugar de eso se quedó quieto. Fue toda una proeza que reuniera las fuerzas suficientes para dudar en vez de correr. Notaba que el pánico que lo invadía le exigía actuar. Lo desafió pensando con frialdad, de modo calculador. El equilibrio entre estos dos deseos opuestos le resultaba esquivo.
En aquel segundo, la hija gritó:
—¡No, papá, para!
Todo pareció frenarse en la habitación, derrapando por piedras sueltas hasta detenerse.
—No puedo, papá. No puedo —dijo, embargada de nuevo por las lágrimas, y en voz baja añadió—: No podemos. —Y a continuación—. No deberíamos hacerlo.
Se oyó un fuerte golpe que al principio Ricky no supo identificar, pero enseguida cayó en la cuenta de que la adolescente habría dejado caer el pesado 357 al suelo de madera.
Ricky vio que el profesor moribundo la miraba. Tenía los ojos llenos de tristeza y de desesperación.
—Tienes que hacerlo. Tenemos que hacerlo. Es nuestra única esperanza. Por favor, Roxy. Recoge el revólver.
Fue como si Ricky ya no estuviera en la habitación.
«A lo mejor estoy muerto. A lo mejor estoy viendo todo esto desde un mundo paralelo porque estoy transitando entre la vida y la muerte», pensó.
Sin embargo, se oyó a sí mismo decir con calma:
—Hay otra posibilidad.
«¿La había?». Tenía sus dudas.
Al resonar en la habitación, su voz cambió la dirección de la mirada del profesor. Fue como si de golpe recordara que Ricky estaba allí.
Este vio que el profesor moribundo levantaba despacio la pistola. Parecía moverse entre fango o pegamento. A pesar de que todas las fibras de su ser le gritaban a Ricky que se escondiera, que se agazapara, que se lanzara al suelo, que corriera hacia la puerta, que escapara o que hiciera algo típico del protagonista de una película de acción de Hollywood, se quedó clavado en su sitio. Pero mientras que él se había quedado rígido, Roxanne exhibió de repente una agilidad atlética, como una bailarina que se mueve por el escenario bajo la luz de los focos, haciendo piruetas y proyectándose elegantemente por el aire. Lo dejó atrás de un salto y se situó al lado de su padre, puso con seguridad su mano sobre la mano con la que este sujetaba la pistola y le obligó cariñosamente a dejarla sobre la cama.
—No —susurró—, para. Por favor, para. No podemos. Me da igual mi futuro. Me da igual todas esas cosas que has dicho. Yo solo te quiero a ti, papá. Por favor.
Vio la derrota en los ojos del profesor. Mermado por la enfermedad. Incapaz de matar. Desgarrado por la desesperación. Y entonces el Ricky que parecía perdido, la parte de él que era dura, tranquila y organizada frente a las descontroladas emociones de la temeridad, la parte de él que se había enfrentado a la muerte antes y que había salido vencedora, afloró a la superficie, emergió y dijo con calma:
—Permítame que le explique algo sencillo, señor Allison.
Se detuvo teatralmente, como un actor que se prepara antes de empezar a declamar: «Ser o no ser, de eso se trata…».
—Esta noche vamos a morir todos. Usted. Yo. Y Roxanne.
Fue como si el disparo que le había pasado silbando junto a la oreja nunca hubiera tenido lugar.
La habitación se quedó en silencio.
En aquel momento, Ricky vio algo de la trampa en la que había caído. Había comenzado cuando se había encontrado al señor R esperándolo en el diván de su consulta.
«La primera mentira: nadie se prepara contra un asesino.
»El señor R no podía saber eso.
»No podía estar seguro. No podía imaginarse qué podía haber hecho yo o no por si alguna vez se presentaba en mi casa exactamente como lo hizo. Así que de ningún modo podía apretar el gatillo aquella noche.
»Tenía que encontrar a otra persona que lo hiciera. No otro asesino. Alguien inmune a la ley. Entonces estaría a salvo. Su hermano estaría a salvo. Su hermana estaría a salvo.
»Y yo estaría muerto, igual que si él me hubiera matado cinco años atrás… o aquella primera noche… o cualquier noche pasada…
»… Lo que se convirtió en la segunda mentira:
»Quiero su ayuda, doctor…».
Aquella era la trampa que él mismo había ayudado a tenderse, puede que no del todo, pero sí lo suficiente.
«Me interpretaron a la perfección. Sabían en qué agujero caería por voluntad propia», pensó.
Y reconoció que, al igual que una red abandonada que se ha desamarrado y que, arrastrada por las fuertes corrientes, va matando indiscriminadamente por el mar, la trampa en la que él estaba atrapado seguía funcionado a todo riesgo. Máximo peligro.
Casi se atragantó.
—Solo tenemos unos segundos. Tal vez unos minutos. Pero no mucho más.
Roxanne separó cariñosamente los dedos de su padre del arma. De repente, ella tenía la semiautomática en la mano.
Bajada, apuntando al suelo.
Su padre se volvió hacia Ricky.
—No comprendo —gruñó.
Ricky pudo verlo todo, como en una pantalla situada delante de él.
Otra clase de pánico le recorrió el cuerpo. Fue como si, de repente, viera el futuro inmediato.
—En un lapso muy breve de tiempo —explicó despacio, con una voz gélida que contradecía insistentemente el miedo que ardía en su interior—, se abrirá la puerta principal de su casa. Será un hombre con una pistola. El hombre con quien usted creía que había acordado un trato. No lo tenía. Y nunca fue así, a pesar de lo que él pudiera decirle o hacer. Entrará en esta casa y esperará ver lo siguiente: a mí y a usted muertos. Y a su hija de pie a nuestro lado, pero eso sucederá solamente si ella es lo bastante valiente para seguir sus instrucciones al pie de la letra. Ahora bien, si no ha podido llevar a cabo lo que se le ha dicho que haga y usted sigue vivo, a él le dará igual. No le importará en absoluto. Y hará lo siguiente: tomará esa arma, mi arma, y la matará primero a ella y después a usted. Luego me la pondrá en la mano. Y finalmente se irá. Desaparecerá por completo. Y será como si nunca hubiera estado aquí. —Ricky se detuvo, antes de añadir—: ¿Y sabe qué?
Ni el padre ni la hija preguntaron «qué» a modo de respuesta. No era necesario.
—Él nunca habrá estado aquí. Porque puede ser un fantasma cuando quiere.
El silencio se propagó por la habitación como una enfermedad.
—¿Ha visto alguna vez al señor R en persona? —preguntó Ricky.
El profesor negó con la cabeza.
—¿Quién es el señor R? —respondió tosiendo—. Nosotros nos reunimos con una mujer…
—¿Muy hermosa?
Roxanne asintió.
«Virgil».
—Y ella dijo: «Si hacen esto cuando el doctor Starks llegue…». —Ricky se detuvo. Pudo ver en las caras de ambos que respondían «sí»: el profesor al borde de la muerte, la adolescente al borde de la pérdida—. Pero tuvo que convencerlo…
—Dijo que usted es un asesino. Una mala persona. Que quedó impune del asesinato de su padre adoptivo, al igual que Jimmy Conway se libró del asesinato de Julia. Dijo muchas cosas que yo quería oír. No me importó si eran verdad o no. Era tentadora. Y yo… —El profesor se detuvo. No fue necesario que añadiera: «Estaba desesperado y me moría». Era obvio.
—El dinero, ¿cómo le garantizó…?
—Una cuenta bancaria. Un fideicomiso. Habría un millón de dólares en él. A nombre de Roxy.
«Un millón de dólares —pensó Ricky—. Todos esos ceros eran para impresionar. Podrían haber sido mil millones de dólares. Un billón de dólares. Jamás existieron».
—Ya no estarán ahí. De hecho, nunca lo estuvieron.
—Había un abogado… —empezó a contar Roxanne—. Trajo unos documentos que papá firmó. Tenía que ser mi tutor.
—¿El señor Sharpe de Dothan?
Roxanne asintió de nuevo.
«El hombre que aportó Merlin. Creo que tendré que visitarlo otra vez», pensó Ricky con un atisbo de furia, aunque no dijo nada de esto en voz alta.
—Parte del plan, creo. Los documentos eran falsos. Y el señor Sharpe, bueno, dudo que fuera a hacer lo que creíais que haría… —Miró al padre—. Usted no estaría aquí para enfrentarse a él. De hecho, no habría nadie.
La adolescente había recuperado algo de compostura. Ricky vio que se secaba las lágrimas de los ojos.
—¿Qué hacemos, papá? Todo está al revés. Llamemos a la policía. Te dije que deberíamos haberlos avisado. Hagámoslo ahora.
«“Al revés” es la expresión adecuada», pensó Ricky.
—La policía no será de ayuda —comentó con decisión, pensando en los inspectores Smith y Jones.
Trató de imaginar cómo esos dos policías se abrirían paso entre la maraña de mentiras que Virgil, Merlin y el señor R habían creado. «Imposible. Especialmente cuando todo se remontaba a un farmacéutico muerto que podía haber sido o no asesinado después de que ellos no consiguieran que lo declararan culpable de asesinato», pensó.
—No pueden ayudarles. ¿Cree que hay alguna prueba de su acuerdo? Ni hablar. La policía… puede que esta noche los mantenga con vida. Puede que incluso mañana. Pero ¿y después? ¿De aquí a una semana? ¿De aquí a seis meses?
«¿Y de aquí a cinco años? —se dijo a sí mismo—. Este es el tiempo que han esperado para matarme a mí».
—No —prosiguió, tratando de dar sentido a una situación que no lo tenía —. Conozco a estas personas. Son implacables. El tiempo no significa nada para ellas. —Paseó la mirada del profesor a su hija y, después, de vuelta al hombre—. Todos ellos son asesinos. Uno más que los otros: este es un asesino a sueldo, un psicópata. Son tres hermanos, dos varones y una mujer, que quieren, no, que necesitan verme muerto. Están obsesionados conmigo. Ya intentaron matarme una vez. Les da igual lo que le ocurra a cualquiera que se interponga en su camino, siempre y cuando obtengan lo que quieren. Y queden impunes.
—Pero ¿por qué? —preguntó Roxanne.
—No hay una respuesta fácil, Roxanne —dijo, girándose hacia ella—. En parte, porque una vez, hace muchos años, le fallé a su madre y eso le costó la vida. Y jamás me lo perdonarán. Se quedaron huérfanos, pero los educó para que se vengaran alguien que era… —Se detuvo. Imaginó a su antiguo mentor, el doctor Lewis—. Nunca se detendrán. Antes no lo entendía, pero ahora sí lo sé.
Vio que el profesor moribundo se mordía el labio inferior agrietado. Vio que, a través de la confusión del dolor y del miedo, Allison comprendía un detalle vital: era vulnerable.
«Acudes a un hombre que necesita terriblemente esperanza y le das un poco. Lo único que tiene que hacer es llevarse a alguien con él al morir. Es el engaño más fácil de montar. Cuiden de este oso, por favor. Solo que el oso abandonado no es Paddington, sino Roxanne, que está a punto de quedarse huérfana. Y el profesor moribundo hace por ti lo que llevas cinco años planeando. Venganza. Asesinato, pero uno con el que no estás relacionado porque puedes hacer desaparecer cualquier vínculo con él. Lo único que necesitabas era situarme en esta habitación con un hombre agonizante que se creería cualquier promesa falsa que le hicieras. El asesino sustituto ideal».
A duras penas empezaba a comprender esto. Pero cada vez lo tenía más claro. Ricky notó que le fallaba la imaginación, pero conservó la compostura en su semblante.
—Solo puedo decirles que yo no soy la persona que les dijeron que era — aseguró—. Y que ellos no son quienes ustedes creyeron que eran.
Vio que cada palabra que decía hacía mella en el rostro del profesor. El hombre postrado en la cama pareció flaquear.
—Señor Allison —dijo con una voz casi suplicante—. Usted, yo, Roxanne… todos corremos un enorme peligro.
De nuevo el silencio se apoderó de la habitación.
—Miren, señor Allison, Roxanne… si creen que ellos están diciendo la verdad y que yo les estoy mintiendo… bueno, adelante, dispárenme ahora. No fallen esta vez. De otro modo tendré que actuar, y rápido.
Le pareció que era un argumento convincente y un riesgo espantoso. Estaba pidiendo a dos personas que pasaran del homicidio a la confianza casi al instante. No sabía si lo que había dicho bastaría para que hicieran esta transición, pero, al observarlos, vio que el profesor recostaba la cabeza, miraba al techo y se inclinaba hacia delante. Dirigió a su hija una mirada que era en parte exigencia, en parte devoción.
—De todos modos voy a morirme, Roxy —dijo—. Muy pronto. Lo sabes. Pero el doctor Starks podría tener razón: tienes que huir. Y tienes que hacerlo ya. No podemos correr el riesgo de pensar que está equivocado. No puedo morir a no ser que sepa que tú estás a salvo. Eso me dolería más que nada.
—¿Adónde puedo ir? —Se le quebró la voz.
Y en aquel segundo, Ricky se percató de que su mundo había cambiado de repente, como si hubiera dejado de girar en un sentido y empezado a dar vueltas en el sentido contrario, más y más deprisa, adquiriendo impulso, irrefrenable.
—Tiene que venir conmigo —dijo en voz baja.
—No me iré de aquí —soltó la adolescente con brusquedad, volviéndose hacia él. Su cuerpo, tenso, decía «no»—. No dejaré a mi padre aquí solo. Este es nuestro hogar. —Cada palabra era desafiante.
—Ya no —soltó Ricky demasiado deprisa.
«Te matarán porque conoces su existencia —pensó y, aunque no lo dijo en voz alta, estaba convencido de algo—: Tienes quince años y no llegarás a los dieciséis».
El silencio recorrió de nuevo lentamente la pequeña habitación y pareció enconarse. Un segundo. Dos. ¿Un minuto? ¿Más? No lo sabía. Miró al profesor.
—Señor Allison… —empezó a decir.
—Creo que lo entiendo —respondió el profesor—. Necesitamos tiempo, y eso es lo que no tenemos.
A Ricky le pareció un comentario perspicaz. No había tiempo ni para planear, ni para tomar decisiones, ni tampoco para vivir y no morir. Asintió.
—¿Cuidará de ella? —preguntó el profesor lastimeramente.
—¡No voy a dejarte, papá!
—Lo haré lo mejor que pueda —replicó Ricky por encima de la negativa de la adolescente. No podía creerse que estuviera diciendo aquello, pero también creía que no tenía otro remedio que hacerlo.
—¿Cómo puedo confiar en usted? Acabo de intentar asesinarlo.
Ricky reflexionó mucho su respuesta antes de hablar:
—Porque no tiene a nadie más en quien confiar. Y no nos queda tiempo.
—No voy a marcharme —insistió Roxanne. Frustrada. Casi como si estuviera a punto de darle una pataleta como un niño pequeño que quiere llamar la atención—. ¿Me oyes? No voy a dejarte, papá. Ahora no.
—No creo que tenga otra opción, señor Allison. Debe decidirse ya. — Ricky estaba mirando al profesor, pero fue la adolescente quien intervino:
—No me iré. Cuando este hombre entre en casa, le dispararé. Lo mataré, papá. Lo haré.
El profesor se volvió hacia su hija y negó con la cabeza.
—No, no lo harás. Permitiría que me mataras a mí, Roxy, porque sabrías que estás poniendo fin a mi dolor y, más adelante, te darías cuenta de que me habías hecho un favor enorme. Pero no a esas personas que el doctor Starks describe. Y, de todos modos, no puedo arriesgarme a que corras ese peligro.
—No lo lograrás —dijo Ricky en voz baja—. Ese hombre es un experto.
—Lo intentaré —insistió Roxanne—. Con todas mis fuerzas.
—Sé que lo harías, cielo. Pero sería un error —dijo su padre.
Ricky pensó que tenía razón. Sería un error fatídico.
—Por favor —pidió—. Decídase. Creo que no tenemos mucho tiempo.
—Prométamelo —susurró el profesor, volviéndose hacia él.
Ahora era como si la adolescente no estuviera en la habitación.
—Lo haré lo mejor que pueda —respondió Ricky—. Sé que eso no es ninguna promesa. Pero es lo único que puedo ofrecerle.
«Una promesa suele estar tan cerca de ser una mentira como de ser una verdad», pensó. Su compromiso tenía mucho más peso.
El profesor pareció reflexionar, intentando aferrarse a la vida en ese momento en que tenía que utilizar todas las fuerzas que le quedaban para tomar una decisión durísima.
—No lo haré, no lo haré, no me iré —repitió de nuevo Roxanne. Le reverberaba la voz, temblorosa, y las lágrimas volvían a apoderarse de ella.
—Pero yo creo que tienes que hacerlo —dijo finalmente su padre en voz baja, volviéndose hacia ella—. Tienes que hacerlo por mí, Roxy. Será lo último que te pediré en la vida.
Con un sollozo, Roxanne se echó sobre su padre, cubriendo su consumido cuerpo con el de ella.
—No, no, no, por favor, papá, no puedo. No lo haré. Por favor, por favor, no me obligues, por favor… —Cada palabra era más triste que la anterior.
—No queda demasiado tiempo —dijo Ricky—. El hombre que nos matará está cada vez más cerca.
Sabía que esto podría ser o no cierto. Pero cuando calculaba mentalmente las probabilidades, se imaginaba al señor R en la puerta. Arma en mano. Aguardando.
—Tenemos que marcharnos ya —insistió.
La adolescente se volvió hacia él como una leona.
—No puede moverse. No puede levantarse de la cama —dijo.
«No acepta que su padre no venga con nosotros», pensó Ricky. Miró al profesor, que también tenía los ojos llenos de lágrimas. Pero este se había dado cuenta.
—Tienes razón —dijo el profesor ante la respuesta silenciosa de Ricky—. Roxy, yo no me voy. —Y, tras sonreír a su hija, añadió—: Abajo, en la estantería, está mi ejemplar de Por quién doblan las campanas, de Hemingway. Lo he tenido desde mi época de universitario. Léelo y, cuando llegues al final, comprenderás lo que estoy sintiendo ahora. Venga, ve a recoger algunas cosas y márchate con el doctor.
«El profesor es el romántico incorregible que había imaginado —pensó Ricky, y de repente, se le ocurrió algo—: Me pregunto si podríamos haber sido amigos si nos hubiéramos conocido en otras circunstancias».
Era una forma extraña de pensar en un hombre que había intentado asesinarlo unos momentos antes o de quien había supuesto erróneamente que estaba obsesionado por una compañera de clase de su hija al estilo de Lolita.
—No lo haré —dijo Roxanne con terquedad.
—Sí que lo harás. Tienes que hacerlo. Y será mucho mejor así, Roxy.
De nuevo el profesor miró a Ricky, y este supo qué quería decir. «Su hija lo recordará enfermo, agonizando, pero no frío y muerto. Y este será un recuerdo algo mejor que llevarse con ella».
—¡Roxy! —dijo el profesor con toda la fuerza que su debilitada voz le permitía—. Tu mochila. Una muda o dos. Coge solo lo que puedas necesitar los próximos días. Deja todo lo demás.
La adolescente titubeó. Y entonces, para sorpresa de Ricky, asintió. Dejó la semiautomática a los pies de la cama, como si ya no tuviera ninguna importancia, y pasó junto a él para dirigirse hacia su cuarto.
—Unos minutos —advirtió Ricky—. Nada más. Y puede que ni siquiera eso.
Roxanne se marchó por el pasillo y se metió en su dormitorio. Ricky oyó cómo abría cajones y cerraba de golpe un armario.
Se volvió hacia el profesor moribundo.
—Tiene que obligarla a ir con usted —dijo Allison—. Creo que se opondrá. Puede llegar a ser tozuda.
—Lo haré lo mejor que pueda.
Recogió el 357 del suelo. También se hizo con el sobre que contenía su antigua identidad falsa de Richard Lively. El profesor señaló la semiautomática.
—Podría necesitarla —le dijo en voz baja.
Ricky vaciló y, después, se la puso en la mano.
—Dudo que vaya a servirme de mucho —comentó el profesor. Su voz carecía de convicción—. Sería más fácil suicidarme. No fallaría. —Sonó casi como un chiste fúnebre.
Ricky ignoró la perogrullada.
—En cuanto nos marchemos, llamaré a una ambulancia. Lo trasladarán a un hospital. Llevaré allí a su hija para que se reúna con usted. Eso será seguro…
—Será intercambiar una forma de muerte por otra… Pero, adelante, inténtelo. Eso hará sentir mejor a Roxy. Aunque, en realidad, no hay mucho que pueda hacerse.
Ricky pensó que el profesor entendía sutilmente la forma de pensar de su hija. «Ganaría algo de tiempo para ella si la adolescente creía que iba a pedir ayuda, aunque esta fuera inútil». Entonces cayó en la cuenta de que cinco años antes había llamado a una ambulancia para un hombre que había intentado asesinarlo. Captó la ironía.
—Prométamelo —dijo otra vez el profesor.
Ricky sabía lo que le estaba pidiendo.
—Le daré todas las oportunidades que pueda —respondió—. La mantendré a salvo.
No sabía si sería capaz de hacer estas cosas, pero era consciente de que tenía que decírselas al profesor. Lo único que sabía con certeza era que no podía dejarla allí para que se enfrentara al señor R.
—Eso me basta —dijo Allison, que inspiró profundamente. Ricky se preguntó si podría contar la cantidad de respiraciones que le quedaban a aquel hombre en esta vida—. Ella es lo único que dejo en este mundo que me importa.
—Lo sé.
Tras ellos, la hija apareció en la puerta. Llevaba una mochila llena a rebosar colgada de un hombro.
El profesor alargó la mano y ella cruzó la habitación brincando para cogerla. Se la llevó a la mejilla y sus lágrimas surcaron la piel de su padre.
—El plan es el siguiente, cielo. Tú te vas con el doctor. Cuando estéis lo bastante lejos como para que él considere que no hay peligro, llamará a una ambulancia para mí. Y puede que también a la policía para que me proteja. Sabrá a qué hospital me llevan. Y podrás reunirte allí conmigo.
La adolescente asintió, sin dejar de llorar.
«Mentiras necesarias —pensó Ricky—. Ha sido listo; ha usado la palabra “plan” cuando, en realidad, no hay ninguno. Lo único que tenemos es: irse, ocultarse, huir deprisa. Es un hombre inteligente».
Contempló al padre y a la hija. Intentó imaginar el dolor que estarían sintiendo: algo muy superior al dolor de morir; enfrentarse a una pérdida que le incitaría a uno hacer casi cualquier cosa.
—Muy bien. Venga, Roxy, por favor. Dame un abrazo. Hablaré contigo después, pero ahora márchate. Ya, Roxy. Ya. Deprisa. Vete con el doctor y no mires atrás.
La adolescente abrazó a su padre. Ricky se preguntó si presentiría las mentiras que le había dicho al tenerlo tan cerca. Sabía que si reflexionaba un momento, las captaría. Pero era muy joven y la abrumaban demasiadas emociones como para que pudiera pensar de modo racional. No vería con claridad todas las contradicciones, conflictos y falsedades que había en lo que se había dicho hasta pasadas unas horas. Puede que unos días. O tal vez no lo hiciera nunca. Entonces la adolescente se incorporó, asintió y se volvió hacia Ricky.
—Muy bien. Ya podemos marcharnos —dijo.
—Sígueme —ordenó Ricky—. No te separes de mí.
Tomó el 357 y lo sostuvo delante de él. Esperó que la adolescente no mirara hacia atrás, porque eso podría hacer que dejara de avanzar. Se dirigieron con cuidado hacia la escalera y la puerta principal, pasando frente al agujero en la pared del dormitorio que había hecho el caprichoso disparo del profesor. Tenía la impresión de que con cada paso que daba estaba más cerca del blanco de una diana. No estaba seguro de si solamente le quedaban unos segundos de vida. Y de repente se dio cuenta de que podría decir lo mismo de la chica que lo seguía y, por supuesto, del padre que se había quedado solo arriba, en su cama.