Jaque al psicoanalista

John Katzenbach · Capítulo 31 de 48

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Jaque al psicoanalista

Capítulo 28

28

Como imaginaba, la tienda que había a menos de un kilómetro del Friendly Shores tenía un teléfono público fuera, y la adolescente, que lo detectó en cuanto llegaron, lo señaló frenéticamente. Ricky se percató de que Roxanne se encontraba en un terreno extraño, donde la impaciencia, el miedo, la incerteza variable y las necesidades fluctuantes se unían para formar una mezcla peligrosa. Creyó que podría ser voluble cuando era necesario que se comportase de manera calculadora. Cuando se requiriera calma, seguramente se pondría frenética. Si tuvieran que moverse deprisa, podría quedarse inmóvil. Si fuera necesario quedarse quietos, probablemente saldría disparada. Mientras conducía hacia la tienda, pensó que solo podía contar con su absoluta imprevisibilidad. Esperaba poder evitar comportarse igual que Roxanne. Confiaba en sí mismo solo un poquito más que en la chica. Intentó juzgar lo que había visto de ella aquella noche, pero estaba acostumbrado a hacer valoraciones solo horas después de una conversación emocionalmente controlada en su consulta, donde todo era seguro. Esa noche, todo había sido repentino. Se preguntó quién era Roxanne. Naturalmente, ella podría preguntarle quién era él. Y no sabía si sería capaz de responderle. Iban a la deriva.

Y tampoco sabía si ni siquiera estaban en el mismo bote salvavidas.

—Muy bien, Roxy, tendrías que llamar ahora para que envíen una ambulancia a tu padre —dijo, intentando medir cuidadosamente sus palabras.

«¿Seguirá vivo?

»No lo sé.

»¿Habrá llegado el señor R a su casa como me imaginé que sucedería?

»No lo sé.

»Dios mío —pensó—. No sé nada. Ni una puñetera cosa».

Aparcó el coche de alquiler en una plaza vacía junto al teléfono que había en la pared exterior de la tienda. Unos brillantes fluorescentes iluminaban el interior. Cerveza en una nevera, refrescos en otra. Hileras de golosinas, bolsas de patatas y dulces. Cada pasillo más iluminado que el anterior. Se dio cuenta de que habría sido mejor para ellos haber permanecido en la penumbra.

—Escúchame, Roxy —dijo cuando la chica alargaba la mano hacia el tirador de la puerta—. Dales la dirección. Y cuando te pregunten tu nombre, díselo. Pero no les digas que no estás allí. Lo sabrán de todas formas, porque su sistema telefónico les indicará desde dónde se hace la llamada. Puede que te pregunten por otro adulto…

—Mi madre murió hace cinco años —susurró.

—… Si te preguntan eso, repite la dirección, asegúrate de que la hayan anotado bien, vuelve a decir que se trata de una emergencia, avísales de que la puerta principal está abierta y pídeles que se den prisa. No digas nada más, tan solo cuelga. ¿Entendido?

Asintió.

—Repíteme algo de lo que te he dicho.

—Entiendo lo que quieres decirme —dijo negando con ligeramente la cabeza—: que cuente lo menos posible.

Ricky vio que empezaba a preguntar el porqué, pero que cerraba la boca antes de que la palabra pudiera escaparse de sus labios.

Sin decir nada más, salió del coche. Por un momento Ricky temió que se marchara corriendo por la calle para huir. Se dio cuenta de que aquella noche no había hecho nada que le permitiera confiar en él. En su mundo todo era una posible amenaza y estaba en una edad en que el sentido común era realmente improbable. Quiso decir algo para tranquilizar a la niña que había en ella y no insultar a la adolescente, pero no se le ocurrió nada. Nunca había conocido a nadie a punto de quedarse huérfano a una edad tan vulnerable y repasó rápidamente las consideraciones clínicas, lo que lo llevó a la poco científica observación de que nada es seguro ni previsible.

Vio cómo la chica se acercaba aprisa al teléfono público y lo descolgaba. Bajó la ventanilla para intentar captar lo que decía, pero solo pudo entender unas palabras. Oyó la dirección y «enfermo», «muriendo» y «deprisa», palabras que repitió por lo menos tres veces.

Después vio que colgaba y se inclinaba hacia delante, inspirando con dificultad como un anciano exhausto tras un esfuerzo. Luego se dio la vuelta y regresó al coche.

Una vez en el asiento del copiloto, Roxanne se puso el cinturón de seguridad.

—Ya van de camino —dijo—. Sé que lo llevarán al Memorial Hospital. Es donde llevan a todo el mundo. Una vez me rompí el brazo jugando en la calle y, cuando llamamos a una ambulancia, me llevaron allí. Y es donde le hicieron todos los tratamientos… —Titubeó un momento—. Los tratamientos —dijo una segunda vez.

No lo añadió, pero Ricky supo lo que iba a continuación: «Que no funcionaron».

—Y es donde mi madre fue tras el accidente de coche.

Miró a Ricky. Se le estaban llenando los ojos de lágrimas otra vez.

«Tratamiento. Accidente». Ricky pensó que aquellas palabras eran tan fuertes como cualquier palabrota. Roxanne se mordió el labio un momento y añadió:

—Tendríamos que ir allí para reunirnos con él.

—De acuerdo —contestó Ricky.

Vio que Roxanne miraba por la ventanilla: primero las luces que iluminaban el interior de la tienda y después la noche que se extendía ante ellos.

—Quiero volver a casa —repitió.

—No hasta que sepamos que no es peligroso —dijo Ricky, algo aliviado por poder dar una respuesta.

—¿Cómo lo sabremos?

—No estoy seguro. Pero lo sabremos.

Era consciente de que no se trataba de una respuesta real y de que la adolescente se daría cuenta de ello. Iba con cuidado de no decir nada que la incitara a intentar huir y tenía las mismas precauciones a la hora de dar otro paso con ella a su lado.

De repente rememoró un recuerdo horroroso del señor R inclinado sobre el tablero de ajedrez en el parque neoyorquino de Washington Square y oyó su voz diciendo: «Jaque mate».

«Ya había perdido, pero no lo sabía —pensó—. Perdí en cuanto empecé a ayudarlos».

No fue tan insensato como para decir esto en voz alta. Sabía que tenía que mostrarse seguro y capaz. Se figuró que eso supondría todo un reto.

Puso de nuevo el motor en marcha.

—Vamos a pasar antes por mi motel para recoger mis cosas —dijo.

Pensó que aquella no era una idea inteligente, aunque no se le ocurría qué otra cosa podía hacer. Era consciente de que cualquier paso en falso podría ser fatal, pero no quería que la adolescente que tenía al lado lo notara. No quería ponerla en un mayor peligro. No quería abandonarla. No quería que se convirtiera en lo que los militares llaman «daños colaterales». Le vino una imagen breve y terrible a la cabeza: «Oye, lo siento, Roxy, pero vas a morir porque estás a mi lado y estoy a punto de ser asesinado». Pero, por otra parte, tampoco quería dejarla para que se las arreglara sola. Su imaginación valoró un montón de alternativas y ninguna le pareció aceptable. Roxanne podría ayudar. Podría acabar herida. Podría vivir. Podría morir.

Se dio cuenta de que lo mismo podía decirse de él.

En el ajedrez, jugar a la defensiva suele acabar en derrota.

Pero a veces sirve para lograr la victoria.

Solo que no estaba seguro de cuál sería su siguiente jugada.

O de cuál debería ser.

O de si incluso iba a haber siquiera una siguiente jugada que hacer.

 

El letrero de habitaciones libres brillaba en rojo a la entrada del motel. Una sola luz iluminaba tenuemente el interior de la recepción. Ricky detuvo el coche allí. Supuso que el recepcionista podría volver a ser servicial, pero imaginó que tendría que darle otros cincuenta pavos. No quería entrar en su habitación y encontrarse al señor R esperándolo.

—Mantén la cabeza agachada —dijo a Roxanne—. Oye, si ves a alguien, y me refiero a cualquiera, salir de alguna habitación, toca el claxon una vez. Voy a dejar el motor en marcha. Solo tardaré uno o dos minutos. Después iremos al hospital.

Roxanne asintió y se hundió en su asiento.

—¿Qué vas a hacer? —quiso saber.

—Un par de preguntas rápidas. Solo quiero asegurarme de que no haya venido nadie aquí a buscarnos.

Había dicho «buscarnos» pero, en realidad, había querido decir «buscarme».

Roxanne asintió por segunda vez.

Ricky echó otro vistazo al estacionamiento del motel. Unas cuantas luces. Unos cuantos coches. Muchas sombras. Recorrió toda la zona con la mirada para intentar penetrar en la oscuridad, para ver a través de las paredes y detrás de las esquinas. Que todo pareciera normal, aceptable y rutinario le pareció tan aterrador como si hubiera visto manadas de lobos aullando o zombis sanguinarios campando por el espacio que tenía delante.

—Iré deprisa —aseguró.

Salió sigilosamente del coche, agazapado. La luz del interior se encendió y se apagó cuando abrió la puerta. Pasó por delante del vehículo, de modo que la luz de los faros le rasgó las piernas y entró apresuradamente en la recepción.

No vio de entrada al servicial recepcionista.

—¿Hola? —dijo—. ¿Hola?

Miró el mostrador. Un expositor que contenía coloridos folletos sobre las diversas atracciones de los alrededores estaba tumbado de lado y su contenido, esparcido por encima.

Dio otro paso adelante.

—Hola —dijo por tercera vez.

No hubo respuesta. El silencio en la pequeña recepción le pareció de repente como un peso que le aplastaba los hombros.

—¿Hay alguien?

Todo lo que había dicho en voz alta era previsible y estúpido. Se dirigió despacio hacia el mostrador.

Cuando vio el cuerpo del recepcionista, soltó un grito ahogado. Fue como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.

El hombre estaba tumbado boca arriba, con las piernas extendidas en el suelo. Un charco de sangre se estaba coagulando debajo de su cabeza y una segunda mancha de color granate oscuro le afeaba la pechera de la camisa amarilla en uno de cuyos bolsillos llevaba escrito su nombre. Tenía gran parte de la cara destrozada, teñida de franjas coloradas, y un agujero negro en la frente, producto de un disparo que le había borrado los rasgos, aunque tenía los ojos muy abiertos por la sorpresa. Por un momento Ricky se fijó en las patillas a lo Elvis del hombre, que estaban impregnadas de sangre. Tenía los brazos abiertos y, cerca de su mano derecha, había una pequeña pistola, a un lado, como si solo hubiera podido cogerla antes de que le dispararan. Era obvio que le habían disparado mientras estaba sentado porque había una silla volcada que había ido a parar junto a la pared más cercana, como si el impulso de las balas que lo habían golpeado lo hubiera empujado hacia atrás, antes de que cayera al suelo. Ricky apartó la mirada. Empezó a alargar la mano hacia el 357 que todavía llevaba incómodamente en el bolsillo como si quisiera protegerse de un asesino que estuviera en la habitación con él, pero tenía los dedos como agarrotados, las manos nudosas, retorcidas y artríticas, incapaces de sujetar la culata. Vio que el cajón del dinero estaba abierto y que había algunas monedas en el suelo.

Tuvo la sensación de tener los pies hundidos en el barro.

La calma de la habitación pareció zumbarle en los oídos. Era un silencio que hacía ruido. Imposible pero preciso.

Se giró primero hacia la derecha y luego se detuvo. Dio un paso atrás. Se le tensaron los músculos, como si estuvieran a punto de estallarle. Se giró hacia la izquierda. Quiso darse la vuelta del todo, pero se quedó clavado con los ojos fijos en el cadáver del recepcionista.

Su primera intención fue salir corriendo. Cada fibra de su cuerpo le gritaba órdenes insistentes: «¡Corre! Sal corriendo ya. Márchate. Huye. Escapa. ¡Corre, maldita sea! ¡Vuelve al coche, arranca y lárgate de aquí lo más rápido que puedas! ¿A qué estás esperando?».

Sin embargo, contuvo sus emociones.

Oía su respiración: «Rápida, pesada».

Se obligó a sí mismo a mirar al recepcionista y, después, todo el espacio.

Una parte de él quería hablar con el recepcionista, preguntarle qué había pasado y quién le había hecho aquello. Era como si en la pequeña recepción todavía resonara su acento complaciente: «Bueno, señor Documentalista, estaba aquí sentado y…».

Podía imaginárselo:

«SEÑOR R: ¿Dónde está el doctor Starks?

»RECEPCIONISTA CON LAS PATILLAS DE ELVIS: No voy a decirle nada. El hombre me dio cincuenta pavos para mantener la boca cerrada, de modo que voy a seguir así.

»Pistola.

»¿Dónde está el doctor Starks?».

El recepcionista tendría que contestar. Habría acercado la mano hacia su arma. Un error.

«Quería saber dónde estaba la escuela.

»SEÑOR R: Gracias.

»Y eso habría sido todo.

»El silenciador habría hecho lo demás».

Notó que se le cerraba la garganta.

Quería gritar.

Quería conservar la calma.

Era como si distintas partes de él le exigieran reacciones diferentes.

«Si te dejas dominar ahora por el pánico —se insistió—, si te dejas dominar por el pánico después, si te dejas dominar por el pánico esta noche o mañana, la semana que viene, el año que viene o en algún momento de tu vida, morirás».

Inspiró hondo.

«Ya has visto antes a personas muertas —pensó—. Has visto morir a un hombre delante de ti: hace cinco años, cuando tu mentor, el doctor Lewis, se disparó en tu presencia después de contarte que el hombre que te daba caza y el hermano y la hermana de este último no pararían hasta verte muerto».

Intentó analizar la escena del crimen como un detective, fijándose en algunos detalles más: Un teléfono caído en el suelo, una taza de cartón medio llena de café intacta en el mostrador, un registro del motel abierto con la fecha del día destacada en la parte superior pero sin ninguna entrada debajo. Miró la pared donde estaban las llaves de las habitaciones y vio que faltaban cuatro: la clientela actual del Friendly Shores, que lo incluía a él. Quiso inclinarse por encima del mostrador para comprobar si debajo estaba colgada la llave maestra, pero de golpe se dio cuenta de que no podía hacerlo sin tocarlo y, por lo tanto, sin dejar sus huellas dactilares en él. Le costó deducir por qué estaría mal dejar sus huellas en un lugar donde era razonable que estuvieran, pero tenía la cabeza hecha un lío.

Dio un paso atrás.

«Un robo que acabó mal.

»Eso es lo que la policía pensará al instante cuando llegue.

»Pero yo sé lo que realmente pasó.

»Vino el señor R.

»¿Por qué tendría que matar al recepcionista?

»¿Por qué no tendría que matar al recepcionista?

»No seas idiota. No puede matar a todo el mundo.

»¿O sí que puede?».

Dio otro paso atrás. Pensó que el asesinato imponía un silencio espantoso a su alrededor, como si la falta misma de ruido pudiera envolverlo y asfixiarlo. Estuvo allí plantado, inmóvil, durante un momento hasta que oyó algo detrás de él. Se volvió bruscamente, con los nervios de punta y los músculos tensos, y vio a Roxy en el umbral de la recepción.

—Me he… —No pareció querer usar la palabra «asustado»—. Me ha parecido que tenía que entrar.

—Quédate ahí —respondió Ricky enseguida.

Vio que el miedo se le reflejaba en la cara.

—¿Qué pasa? —susurró tras vacilar un instante.

—Roxy, tienes que ser valiente —dijo Ricky en voz baja.

La chica se quedó totalmente quieta, pero la pregunta siguió viva en su mirada.

Ricky no sabía si lo que iba a hacer era totalmente acertado o más bien equivocado. Detrás de él, en el suelo, había una realidad. Recordó lo que el señor R le había dicho unos días antes: «Bienvenido a mi mundo». Y ese mundo estaba ahora expuesto en la recepción del Friendly Shores. Se quedó mirando a Roxy. Con quince años, estaba en el umbral de esa edad poco definida: en parte niña, en parte adulta. Comprendió que, si querían sobrevivir hasta el día de mañana, Roxy tenía que crecer rápidamente. Había hecho algunas apuestas aquella noche y esta le pareció la mayor de ellas hasta el momento.

—Lo que pasa, Roxy, es exactamente a lo que nos enfrentamos.

La adolescente no contestó, pero pareció echarse un poco hacia atrás. Ricky supo que eso era bueno.

—¿Eres fuerte? —preguntó.

Roxy asintió ligeramente con la cabeza.

—Si das unos pasos adelante, verás a un hombre muerto —explicó Ricky —. ¿Has visto alguna vez…? —empezó a preguntar. Ella negó con la cabeza.

—Mi madre, cuando estaba en el ataúd, pero no parecía… —De nuevo se esforzó por encontrar las palabras—. Bueno, era ella pero no era ella —dijo.

—Esto es distinto —comentó Ricky.

Vio que Roxanne se estremecía un instante. En la tenue luz de la recepción y con la oscuridad que se colaba por la puerta abierta detrás de ella, no atisbó si había palidecido. Vio una mirada gélida en sus ojos.

—Pero no tienes que entrar y mirarlo si no quieres —dijo en voz baja con toda la tranquilidad que pudo—. Puedes confiar en mi palabra.

Levantó una mano para pedirle que se detuviera.

—¿Es…? —dijo Roxy tras hacer un gesto con la cabeza.

—Sí —la interrumpió Ricky—. Sangriento. Aterrador. Espantoso. Una pesadilla. Y no es alguien a quien necesites introducir en tu vida, porque se quedará contigo. No solo esta noche, sino mucho tiempo. No es una imagen que vayas a olvidar fácilmente. Pero también es la realidad, y esta, por terrible que sea, suele ser más fácil de abordar. Así que puedes dar media vuelta y marcharte o entrar y mirar. Pero yo no puedo tomar esta decisión por ti.

Vio que Roxy estaba intentando encontrar la respuesta correcta.

—Mi padre me dijo que no tuviera miedo de nada —susurró—. Y no tengo miedo.

Ricky supuso que en realidad era todo lo contrario.

—Creo que tendría que mirarlo —añadió Roxy.

La certeza de la adolescente simplemente subrayó su incerteza.

—No tienes que hacerlo si no quieres —repitió.

—Lo miraré —dijo Roxy.

Por duro que fuera, Ricky creyó que había una ligerísima posibilidad de que esa decisión fuera mejor que la de no mirar. Su imaginación crearía imágenes que podían ser considerablemente peores que la realidad. Y las imágenes de fantasía suelen ser mucho más traumáticas que las reales. Existen peligros emocionales en ambas.

—Métete las manos en los bolsillos —indicó—. No toques nada. —Cruzó el reducido espacio y le cogió con suavidad un codo.

Ya fueran damas o ajedrez, Roxy era ahora una pieza del tablero y se percató de que era necesario que ella fuera consciente de ello.

—No grites. No hagas ningún ruido. No toques nada —dijo—. Simplemente echa un vistazo rápido y nos iremos.

Roxy primero negó y después asintió con la cabeza. Luego dio un paso adelante.

—Al otro lado del mostrador —dijo Ricky.

Ella no pareció darse cuenta de que él la estaba sujetando. Avanzó titubeante y se inclinó hacia delante para mirar.

Ricky oyó la fuerza con que inhaló el aire. Pareció balancearse, temblorosa.

Pero no dijo nada.

Vio que miraba fijamente al recepcionista muerto, asimilándolo todo.

«Esto no es la televisión. No es una película —pensó Ricky—. Es duro y es real».

A Roxy le temblaba el mentón. Siguió callada. Diez segundos. Veinte. El tiempo parecía irrelevante aunque, en realidad, era vital.

—¿Podemos irnos ya? —preguntó por fin. Cada palabra pareció salir de algún lugar gélido de su interior. Por un segundo agachó la cabeza como si pudiera enterrar en el pecho todo lo que había visto allí. Después se enderezó —. Vale —susurró.

A Ricky le impresionó su ferocidad. Una palabra decía mucho.

«No me lo esperaba —pensó, pero luego rectificó—: No, en realidad sí me lo esperaba».

Siguió sujetándola por el codo mientras la acompañaba hacia la puerta abierta y dejaban atrás el asesinato. Una vez fuera, Roxy pareció tomar una bocanada de la noche y tragó saliva.

Ricky la condujo hasta la puerta del copiloto y rodeó despacio la parte delantera del coche para sentarse al volante.

—Tendríamos que avisar a alguien —susurró Roxy.

—Sí.

—Tendríamos que marcharnos.

—Sí.

—¿Podemos irnos ya, por favor?

—Sí.

Arrancó.

—¿Vamos a recoger tus cosas? —preguntó Roxy.

—Sí —respondió Ricky.

No sabía si podría abrir la puerta de su habitación sin morir. No sabía si la muerte lo esperaba dentro o no. Sabía que esa noche lo estaba esperando en algún lugar.