Jaque al psicoanalista
Capítulo 30
30
La noche los envolvía. La oscuridad parecía engullirlos como si fuera arenas movedizas. Era como si las ruedas del coche estuvieran clavadas a la calzada. Combatiendo las irresistibles ansias de huir cuando no había escapatoria posible, Ricky condujo hacia el hospital donde la ambulancia a la que habían llamado llevaría al padre de Roxy.
«Existen las mismas probabilidades de que lo lleven a un depósito de cadáveres», pensó Ricky.
No sabía adónde más podrían ir.
Contempló de soslayo a la adolescente. Roxy estaba mirando por el parabrisas. Tenía los labios cerrados con fuerza y los ojos puestos en lo que tenía delante, aunque Ricky dudó que viera nada. «Los hechos la ciegan». Parecía una estatua esculpida en mármol. Ricky pensó que debía de estar procesando internamente la imagen del recepcionista muerto. Podría estar en shock. Podría estar desorientada. Su noche había estado marcada por el asesinato. «Unas patillas ensangrentadas». Imaginó a Tarik sentado delante de él en su consulta de Nueva Orleans y recordó el placer que sentía cada vez que oía al chico decir algo sin tartamudear. Volvió a mirar a Roxy.
«No hay tartamudeo en su voz —pensó—. No exactamente. Más bien un tartamudeo de emociones».
Sabía que los chicos de su edad podían mostrar una increíble resistencia emocional frente al dolor y el desastre. Tarik le había enseñado eso. Solo le quedaba esperar entonces que en esa noche imperara la resistencia.
Pero lo que había experimentado Roxy era más de lo que la mayoría de gente podía soportar. Ra-ta-tá, su psique ametrallada.
Una lágrima podría decirle algo. Una palabra. Un sonido. Roxy estaba callada. Impertérrita.
No creía que la adolescente fuera a hacer nada hasta tener alguna respuesta sobre su padre, pero, al mismo tiempo, temía que la muerte inminente de este la inmovilizara. Roxy estaba en el umbral del peor miedo del mundo: el vacío. Pero eso era solo si el profesor seguía vivo. Podía imaginar otras tres posibilidades. Tal vez lo hubiera matado esa noche el cáncer. Tal vez lo hubiera matado esa noche una bala disparada por él mismo. Era probable que lo hubiera matado esa noche el señor R, furioso al ver que su cuidadosa planificación e intensa preparación se habían ido al garete. Tres resultados parecidos, pero cada uno de ellos con un significado muy distinto.
Rebuscó en su memoria alguna valoración clínica sobre algún chico enfrentado a lo que Roxy tenía delante en ese momento. Pero no le vino a la cabeza ningún estudio de casos de sus últimos cinco años, ningún artículo académico que hubiera leído en una revista científica, ninguna conferencia a la que hubiera asistido ni ninguna pregunta de una sesión médica de sus días en la facultad de Medicina que abarcara sus circunstancias. Ni siquiera nada de lo que Tarik había dicho durante sus sesiones con damas. A su entender, Roxy era un nuevo misterio.
Podía explotar.
Podía meter la cabeza en un agujero.
Más mármol. Tal vez dinamita. Imposible de predecir.
Pensó que los dos iban a la deriva sin remos en un mar de muertes en el que no se divisaba tierra a la vista. Miró de nuevo a la adolescente sentada en silencio a su lado en el pequeño coche de alquiler. Lo invadió una inmensa y vaga sensación de obligación.
«Si puedo mantenerla con vida esta noche —pensó—, tal vez pueda mantenerme vivo a mí mismo mañana».
No estaba muy seguro de cómo lidiar con ninguna de las dos cosas de modo fiable.
Se le arremolinaban las ideas en la cabeza de tal modo que, absorto como estaba, apenas oyó la furiosa sirena que gemía tras ellos. Un estridente bocinazo retumbó sobre su cabeza como el estallido de una ola. Pillado por sorpresa, miró por el retrovisor y vio un par de camiones de bomberos corriendo hacia ellos, con las luces rojas centelleantes, amenazando prácticamente con atropellarlos con las prisas. Otro bocinazo del claxon del camión llenó el reducido espacio del automóvil, y vio que Roxy se había tapado de repente las orejas con las manos y tenía la boca abierta. Podía haber estado chillando, pero cualquier sonido que emitiera quedaba tapado por el estrépito del camión de bomberos que los adelantaba a toda velocidad. Cuando el segundo camión estaba llegando a su altura se hizo a un lado para dejar que pasara, con los mismos ruidos, la misma velocidad, la misma urgencia. Pisó el freno. El cinturón de seguridad se tensó y se le clavó en el cuerpo, impulsado hacia delante. Por un segundo, mientras el coche se detenía en seco, creyó que se ahogaba.
Respiraba con dificultad, como si hubiera estado corriendo.
Se volvió hacia Roxy.
—¿Estás bien?
La adolescente asintió.
Otra sirena surcó el aire. Y la siguieron una segunda y una tercera; un torrente de gemidos agudos, clamorosos, de una emergencia frenética.
Esta vez, Ricky giró un poco el cuerpo y vio cómo una ambulancia se les acercaba rápidamente. Detrás de ella, iban dos coches patrulla. Los faros y las luces rojas y azules lanzaban sus veloces rayos hacia la oscuridad. Los tres vehículos pasaron a su lado como la primera ráfaga de viento de una tormenta inminente y, al hacerlo, les dejaron sin aliento, envolviéndolos en sonido al instante y desapareciendo después igual de deprisa. Ricky vaciló y quiso ver si se les acercaban por detrás otros vehículos de emergencia, pero no lo hizo.
—El hospital está a unos dos kilómetros. —Las palabras de Roxy fueron a rebufo de las sirenas.
Ricky esperó un momento y notó que algo le recorría la piel. Al principio, creyó que sería un bicho, pero entonces se dio cuenta de que era algo invisible. Humo. Olisqueó el aire. Bajó la ventanilla y les llegó un tenue olor a quemado.
—Algo está ardiendo —comentó Roxy.
Ricky asintió, comprobó todos los espejos y volvió a la calzada.
Una manzana. Dos. El olor aumentaba.
A lo lejos vio las luces de emergencia centelleando contra algunas fachadas, reflejándose en un reluciente cielo amarillo. Alargó el cuello al mismo tiempo que Roxy.
—Caramba —dijo la chica en voz baja—. Mira eso.
Entre los destellos rojos y azules, y mezclada con el color negro de la noche, una enorme columna borrosa de humo gris oscuro se elevaba por encima del tejado de unos edificios del centro.
De nuevo detuvo el coche a un lado.
Por un segundo sintió la conocida angustia por las turbulencias aéreas e, instintivamente, sujetó con fuerza el volante. Al mismo tiempo le vino de golpe a la cabeza un recuerdo inconexo, que le abofeteó las mejillas. Una sensación de familiaridad casi se adueñó de él. Era como si él mismo se susurrara al oído: «Sabes lo que está pasando, ¿verdad?».
—Tengo que comprobar algo —dijo. Alargó la mano hacia la guantera, metió en ella el Magnum 357 y la cerró con la llave de contacto—. Quédate en el coche, Roxy.
—Ni hablar —contestó la chica, que se desabrochó el cinturón de seguridad y salió.
Los dos bajaron deprisa por la acera hacia las luces y el ruido de emergencia. El olor acre del humo y el fuego los invadió. Doblaron una esquina y observaron el caos organizado de los hombres que combatían el fuego que devoraba un edificio al final de la calle. Sin decir nada, se situaron detrás de un reducido grupo de curiosos que se estaba congregando unos veinte metros detrás del camión de bomberos más grande, y al que un único agente de policía mantenía alejado del bullicio.
—Maaaadre mía —dijo un hombre al ver como una lengua de fuego se proyectaba hacia el cielo.
Cerca de ellos, una mujer juntó las manos y pareció ponerse a rezar. Delante había un montón de bomberos, algunos manejando mangueras, otros apresurándose a conectar líneas de agua a las bocas de incendio cercanas, y unos cuantos más poniéndose botellas de aire comprimido. Muchas voces potentes, muchas órdenes e instrucciones a gritos; una energía frenética que recorría la calle reluciente de agua de arriba abajo. Se oyeron a lo lejos más sirenas que se aproximaban. Otro agente uniformado se unió al primer policía.
—No se acerquen, por favor —dijo en voz alta—. Es peligroso. —Sus palabras eran amistosas, pero su tono era de preocupación.
—Ya te digo —soltó un joven con una gorra de la tienda de artículos de pesca Bass Pro Shops que a duras penas cubría su cabello largo y rizado.
Tanto Ricky como Roxy vieron cómo las llamas salían disparadas por una ventana rota de la planta baja y entonces, con un segundo estrépito, tres ventanas del primer piso del edificio explotaban hacia fuera y de repente había más fuego lamiendo el exterior de ladrillo. Unas cortinas de llamas y de humo se elevaron por encima del tejado. Ricky vio a tres bomberos manchados de hollín que salían a toda prisa por la puerta principal del edificio, agachados para protegerse de los escombros que llovían a su alrededor, sujetándose el casco con las manos mientras corrían hacia una relativa seguridad. Oyó que uno de ellos gritaba agitando enérgicamente los brazos:
—¡Atrás! ¡Atrás todo el mundo! ¡Vamos!
Los dos policías extendieron los brazos y los movieron para indicar a la pequeña multitud de gente que retrocediera más. Cayeron cristales a la calle a unos seis metros de distancia como si fueran metralla. Los mirones se movieron hacia atrás como ganado al que arrearan. Ricky vio que las llamas prácticamente engullían el edificio mientras unos potentes chorros de agua rasgaban la noche. Los bomberos crearon una cortina de reluciente líquido plateado que parecía una cascada para intentar impedir que el incendio se propagara a los edificios contiguos. Vio la cara de Roxy iluminada por el fuego, salpicada de rojo, pero inexpresiva. Volvió a mirar el edificio. Se hizo una idea general de la escena y pensó: «Ya he vivido esto».
—Ya podemos irnos —susurró a la adolescente.
Esta se volvió hacia él. Había una pregunta en sus ojos.
—Lo sé —respondió Ricky. No explicó inmediatamente qué sabía.
La adolescente asintió como si sus palabras fueran una respuesta que ella esperaba. Se abrieron paso entre la multitud que no paraba de crecer. Todos los demás iban hacia el espectáculo. Ellos iban contra la corriente.
Por un momento Ricky tuvo la sensación de estar flotando.
El ruido de los hombres que combatían el incendio se desvaneció a su alrededor. Solo oía el ligero chirrido de las zapatillas deportivas de la adolescente contra la acera y su respiración regular junto a él.
—¿Sabes de quién era ese edificio? —preguntó Ricky.
Roxy negó con la cabeza.
—Del abogado que preparó los documentos falsos que tu padre firmó.
Lo que no dijo fue lo que creía del modo en que alguien cree algo que no puede demostrar: «Augustus Sharpe, abogado de una ciudad pequeña, soltero empedernido, propietario considerablemente obeso de una escopeta nueva del calibre 12 que no sabía usar, las fotografías de la escena del crimen, los informes policiales y Dios sabe qué más que hubiera en su bufete y que lo relacionaba con la exitosa defensa de un infanticida estaba dentro de aquel edificio. O, mejor dicho: lo que quedaba de él estaba dentro».
No dijo nada de esto a Roxy.
Mientras caminaba de vuelta al coche con la silenciosa adolescente a su lado, Ricky recordó lo que Virgil, Merlin y el señor R le habían hecho cinco años antes. Habían arruinado su carrera. Habían arruinado sus finanzas. Después habían destruido su piso de Nueva York. «Las autoridades lo habían considerado un escape de la cañería principal que había inundado el edificio y lo había vuelto inhabitable. Un accidente». Pero no lo fue. O, por lo menos, no fue algo provocado por unas instalaciones viejas y defectuosas que finalmente habían fallado tras demasiados años de uso. Fue un accidente orquestado de forma deliberada por tres personas que habían estudiado la muerte. Expertos.
«Esa noche han hecho lo mismo.
»Otra ciudad. Otro método.
»Un resultado parecido: han borrado todos los rastros que han dejado.
»Y yo tendría que estar muerto. Pero no lo estoy», pensó.
La entrada del hospital era un oasis de luz fluorescente en una noche desértica. Había dos coches patrulla y una ambulancia aparcados delante. Ricky vio a un par de técnicos de emergencias sanitarias y a varios agentes uniformados reunidos alrededor de una puerta abierta. Una radio de la policía emitía sonora y rápidamente palabras metálicas. Imaginó que todos estaban escuchando las llamadas para acudir al incendio del centro.
Roxy iba pegada a su lado cuando cruzaron el aparcamiento y pasaron junto al grupo de la entrada. Iba en absoluto silencio. Ricky se figuró que estaba demasiado asustada para hacer preguntas.
En cuanto cruzaron unas puertas automáticas que se abrían con un ruido suspirante, Ricky vio un mostrador de recepción y fue directo hacia él. Una mujer de mediana edad con unas gafas colgadas del cuello y un peinado ahuecado elaboradamente cardado que se había pasado de moda hacía cincuenta años alzó la mirada hacia ellos. Sonrió a Roxy y miró a Ricky, que ya se había sacado de la cartera su identificación del hospital de Miami.
—Necesitamos saber si han ingresado a Lawrence Allison esta noche — dijo, usando su mejor voz de médico al mando.
La mujer contempló la identificación.
—¿Miami? —preguntó.
—Sí. Estoy aquí por un caso difícil.
No dijo de qué clase de caso se trataba. Sabía que la mujer supondría que era un asunto médico no homicida.
—Deje que lo compruebe, doctor —dijo. Se volvió hacia la pantalla de su ordenador y empezó a teclear. Después se acercó las gafas a la cara, sosteniéndolas un poco por delante de la nariz y moviéndolas ligeramente hacia atrás y hacia delante, como si intentara enfocar los documentos de ingreso. Luego dejó caer las gafas y tecleó de nuevo. Al final se separó del ordenador y se dirigió a Ricky—: No, lo siento, ningún señor Allison esta noche.
—¿Lo ha comprobado en Urgencias?
—Por supuesto.
—¿Y en Paliativos? Enviaron una ambulancia a su casa. Es un paciente de cáncer. Terminal. Recibió aquí sus tratamientos…
No le gustó utilizar la palabra «terminal» delante de Roxy. Pero sabía que decirla añadiría cierta energía a la búsqueda de la recepcionista.
—Deje que lo compruebe otra vez —dijo esta. Tecleó, y se inclinó hacia delante y hacia atrás, moviendo las gafas—. No, lo siento. Ninguna entrada nueva. Veo los ingresos anteriores… —Se le fue apagando la voz.
—¿Podría llamar a Urgencias? —pidió Ricky—. Tal vez ya esté allí y no hayan introducido todavía su nombre en los registros.
—Por supuesto.
Descolgó el teléfono y tecleó unos números. Ricky oyó que decía:
—Hola, Connie. Soy Dawn, de recepción. ¿Os han traído a un tal señor Allison en ambulancia esta noche? Es un paciente de cáncer que podría haber sido trasladado a Cuidados Paliativos. —Esperó, escuchando. Al colgar el teléfono, negó con la cabeza—. Lo siento, doctor. No esta noche.
—¿Tienen otras instalaciones…?
—No. No en kilómetros.
Ricky se inclinó hacia delante, pero era imposible que pudiera hablar tan bajo como para que Roxy no lo oyera.
—A lo mejor si los sanitarios de la ambulancia vieron que no respondía. Que era una defunción. Podrían haberlo llevado a…
La mujer lo interrumpió.
—A no ser que fuera un asunto policial —dijo negando con la cabeza—, y aun así, habrían llamado a la policía de inmediato.
—¿Y también a la oficina del médico forense?
—Si hubo una defunción, como usted dice, se habrían puesto inmediatamente en contacto con ella. Un médico tiene que certificar la muerte in situ.
—¿Podría llamar ahí?
—Lo siento. Por la noche solo hay un servicio de contestador automático que se pone en contacto con el médico forense que está de guardia. Y estoy bastante segura de que esta noche todo el mundo está en ese incendio de Market Street. Tengo entendido que hay víctimas mortales.
Ricky estaba frustrado. No se atrevió a mirar a Roxy.
—Muy bien —dijo—. Volveremos más tarde.
—Ojalá pudiera ser de más ayuda —comentó la mujer.
—No puede ser —susurró Roxy, tanto para sí misma como para que Ricky la oyera. Lo repitió mientras este regresaba hacia la entrada, y añadió —: ¿Dónde está?
Por el temblor de su voz Ricky supo que estaba a punto de sufrir una crisis nerviosa. Pensó que necesitaba que se mantuviera entera un poco más.
Salieron de nuevo al arco de luz que parecía mantener a raya la noche. Los mismos sanitarios y policías estaban aún reunidos alrededor de la puerta abierta del coche patrulla, escuchando los mensajes sobre la actividad que proporcionaba la central.
—No te separes de mí, pero no digas nada a no ser que yo te lo pida — dijo Ricky en voz baja. No oyó que Roxy aceptara sus instrucciones, pero supuso que haría lo que le decía. Debía de estar en una especie de piloto automático.
Se aproximó al grupo de hombres. Roxy iba unos pasos tras él.
—Hola —dijo con una voz lo más amistosa posible—. Me pregunto si podrían ayudarnos un momento.
Los hombres se volvieron hacia él.
—Un gran incendio, ¿eh? —dijo Ricky.
—Está costando mucho controlarlo —intervino un sanitario.
—¿Se sospecha que haya sido provocado?
—Seguramente algo relacionado con el seguro. Los investigadores del departamento de bomberos llegarán al fondo del asunto —comentó uno de los policías—. Solo les llevará un par de días.
—Estamos esperando una llamada para acudir hasta allí. Prácticamente todo el mundo está en el incendio —añadió el sanitario.
Ricky esperó un momento. Sacudió la cabeza de modo exagerado.
—Bueno, verán, detesto molestarles, pero esta noche enviaron una ambulancia a recoger a un enfermo —dijo—. En una calle rural, no demasiado lejos de la escuela…
—Sí —dijo el sanitario—. De hecho fuimos nosotros. Nosotros recibimos esa llamada. —Señaló a su compañero, que asintió para mostrar su conformidad.
—Bueno, y cuando llegaron…
—Fue extraño —explicó el hombre—. La puerta principal estaba abierta, pero no como si alguien la hubiera forzado… —Al decirlo dirigió una mirada a los policías, como para indicar que no había ningún indicio evidente de una ilegalidad, pero que era algo extraño—. En cualquier caso… El coche no estaba y no había nadie en casa. Echamos un vistazo lo mejor que pudimos, pero no encontramos a nadie. Imaginamos que sería una falsa alarma o que tal vez la central se había confundido con la dirección. A veces pasa. No demasiado a menudo, pero pasa. O a lo mejor las personas que estaban en la casa no quisieron esperar a la ambulancia, se subieron al coche y vinieron aquí. También pasa. La gente hace estupideces, mucho más a menudo de lo que cabría pensar.
—¿Por qué lo pregunta? —quiso saber uno de los policías.
—Es un amigo mío —respondió Ricky—. Pero supongo que yo también me confundí.
El policía pareció querer preguntar otra cosa y dirigió una larga mirada a Roxy mientras la preparaba, pero en aquel momento la voz de la central los interrumpió con una orden por radio que llamaba a todas las unidades que estuvieran cerca. Oyó que la central daba la dirección del Friendly Shores.
—¡Mierda! Somos nosotros —exclamó el otro policía. Ignoró a Ricky y a Roxy y se subió al coche patrulla. Luego se dirigió a los sanitarios—. Creo que tendríais que ir a Market Street. Me parece que van a necesitar ayuda sacando cadáveres.
—Vamos, Roxy —dijo Ricky en voz baja.
Retrocedió y volvió a sujetarla por un codo para conducirla hacia el coche aparcado. Luego la acompañó hasta la puerta del copiloto.
—No lo entiendo —dijo Roxy, mirándolo.
Quiso responderle lo siguiente: «Supuestamente no tenías que entenderlo porque no tenías que sobrevivir a esta noche. Ni yo tampoco. Estaba programado que mucha gente muriera esta noche. Hay quien lo ha hecho. Pero nosotros, no, y eso lo ha llevado todo a una dimensión que apenas puedo imaginar».
Contempló el semblante de la adolescente. Él solo veía que reflejaba un misterio: «¿Dónde está mi padre?».
Hasta que obtuviera una respuesta, se mostraría explosiva.
Y cuando la consiguiera, podría derrumbarse.
Ricky estaba haciendo unos rapidísimos cálculos mentales. Las matemáticas del asesinato.
«Lawrence Allison, que tenía que asesinarme, se ha convertido en otra cosa: un anzuelo».
—Si tu padre pudiera elegir el lugar —acabó diciendo—, ¿adónde habría querido ir antes de que lo llevaran al hospital?
La primera parte, «adónde», era lo que necesitaba saber de la adolescente. La segunda parte, «que lo llevaran al hospital», no iba a ocurrir esa noche. No dijo lo que creía: «Se lo ha llevado un asesino. Y nosotros tenemos que encontrarlo».
Roxy reflexionó un momento.
—Tengo una idea —dijo. La decisión había vuelto a su voz—. Puede que a dos sitios.
«Tengo que llevarla a esos dos lugares —pensó Ricky—. Si no lo hago, se escapará a la primera oportunidad. Se supone que en uno o en el otro vamos a morir».
La elección correcta era huir.
Pero la única decisión que creía que podían tomar era la equivocada.