Jaque al psicoanalista
Capítulo 33
33
Regresa al coche.
«No digas nada. Nada de explicaciones».
Pon el motor en marcha.
Recula.
Da media vuelta. Acelera.
«Deja de hacer exactamente lo que esperan que hagas».
Ricky intentó compartimentar cada acción. Quería que todas sus acciones fueran insignificantes. Sencillas. Rutinarias. Cosas que podía hacer sin apenas pensar. Era la única forma que conocía de alejarse de su casa, de alejarse del hombre armado con una pistola que podría estar esperándole, de alejarse de la muerte esa noche. Al principio condujo demasiado deprisa y bajó la calle como un bólido. Después, demasiado despacio. A paso de tortuga. Finalmente se tranquilizó lo suficiente para actuar con normalidad. Una manzana. Dos. Una tercera y después entró en el aparcamiento situado junto al parque Kennedy, donde tiempo atrás le gustaba ir a correr y donde le habían robado la bicicleta. Parecía que hubieran pasado meses, puede que años. En alguna vida anterior.
«La puñetera bicicleta robada —pensó—. Fue la primera señal de que todo andaba mal».
Charlie estaba en el asiento de atrás. Roxy estaba junto a Ricky, en el del copiloto. No había dicho nada cuando Charlie se había sentado detrás de ella. El joven llevaba unos vaqueros hechos jirones, unas zapatillas deportivas llenas de unos agujeros terribles y una sudadera negra con capucha y con un gran emblema naranja y verde de la Universidad de Miami en la parte delantera. Estaba peligrosamente delgado. Tenía la cara y las manos recubiertas de una capa de mugre. No parecía alguien que le hubiera salvado la vida esa noche a Ricky. Este miró a la adolescente. Si recoger de la calle a un joven aparentemente sin techo no la asombraba, se preguntaba qué podría hacer que su cara adoptara una expresión de sorpresa.
Inspiró profundamente. Notó que su pulso se reducía hasta las regulares sesenta pulsaciones por minuto.
«¿Qué coño hago ahora?», pensó.
Charlie sonreía abiertamente a la chica. Lo veía por el retrovisor interior.
—Hola —dijo—. Soy Charlie. Soy uno de los pacientes del doctor Starks. ¿Y tú?
—Me llamo Roxy —respondió la adolescente, girándose en el asiento.
—¿Como Roxanne, de Cyrano de Bergerac? Vi esa obra cuando estaba en el instituto. Ese tipo con una nariz increíblemente grande, espadachín fantástico y poeta descontrolado y totalmente genial.
Charlie extendió la mano y ella se la estrechó.
—Hola, Roxy —dijo el muchacho.
—Hola, Charlie.
—En la obra, ella acaba en un convento.
—No creo que yo vaya a hacer eso.
—Yo tampoco —dijo Charlie con una carcajada—. Así que ¿estás loca? —le preguntó sonriente.
—Creo que no —contestó la adolescente.
—Bueno, ¿también eres una paciente de psiquiatría?
—No —contestó Roxy—. No sé muy bien qué soy.
—Bueno, yo soy bipolar tipo I. A veces veo cosas que no están ahí — explicó Charlie—. Oigo cosas. Como si me hablaran. Me aceleran. Maníaco, dicen. ¿A ti también te pasa eso?
—No —contestó Roxy—. Pero muchas veces estoy triste. En especial, últimamente.
—Oh —dijo Charlie—. Es una pena. Yo también me siento triste a veces, pero nunca estoy seguro de si es porque lo estoy realmente o porque estoy enfermo.
Ricky quiso intervenir, pero no lo hizo.
—No pareces enfermo —comentó Roxy—. No como mi padre. Él tiene cáncer.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—Perdido, ¿eh?
—Más o menos.
—Yo también estoy perdido. Es duro a veces. —Sonrió de nuevo—. Roxy es un nombre bonito —añadió—. Y pareces sureña. ¿De dónde eres?
—De Alabama.
—Bueno, ahí lo tienes —dijo Charlie, y sonrió de oreja a oreja—. «Wish I was in the land of cotton. Old times there are not forgotten. Look away, look away, look away Dixieland…» —cantó Dixie en voz baja—. Nunca he estado en Alabama. ¿Es bonito?
—Eso creía —respondió Roxy, que le devolvió la sonrisa con otra más tímida—. Podría decirse que es el único lugar que conozco, por lo que no tengo forma de saber si es mejor o peor que otros. Pero estos últimos días no ha sido tan bonitos.
—¿Y eso por qué?
—Ha fallecido gente. He visto a un hombre muerto.
—Ostras. Eso es duro. ¿Cómo murió?
—De un balazo.
—¿Había sangre?
—Sí.
—Supongo que eso será una pequeña parte de la razón de que estés aquí —dijo Charlie tras asentir con la cabeza.
Roxy asintió a su vez.
—¿Huelo mal? —preguntó Charlie tras quedarse mirando un instante el techo del coche, como si estuviera reflexionando.
—Sí, un poco —contestó Roxy. Hizo una mueca, pero añadió—: Tampoco es tan horrible.
Finalmente Ricky los interrumpió:
—Charlie, ¿cuándo…? —empezó a decir.
—Me dejaron salir del pabellón de psiquiatría hace un par de días, doctor Starks. Me dieron un puñado de pastillas, me dijeron que estaba estabilizado, me entregaron un plan de medicación, me dijeron que pidiera hora para verlo a usted y se despidieron con un «hasta luego». Yo fui directo a casa, pero mis padres me echaron nada más verme. No sabía a qué otro lugar podía ir. Pensé en el albergue, pero ese sitio me da miedo y es muy peligroso. Ahí te matan por calderilla. Así que me pasé los días vagando por la ciudad; hay toda clase de cosas interesantes que ver y, si eres como yo, te vuelves invisible para los demás. Y por la noche dormía entre los arbustos que hay junto a su casa. Lo siento. Sé que no está bien, pero no sabía qué otra cosa hacer. Estaba esperando a que usted volviera. Pensé que podría hacerme algunas sugerencias prácticas. Estaba entre los arbustos preparándome para acostarme cuando vi al hombre con la pistola. Tuve mucha suerte de que él no me viera. Y no supe muy bien qué hacer. Me quedé paralizado. Como un mapache cuando lo ilumina un foco. Así que esperé para ver si volvía a salir. Y entonces apareció usted con la misma pinta de malote que el individuo que había entrado antes. Pasa algo, ¿verdad?
—Sí —respondió Ricky.
—¿Algo no demasiado bueno?
—Sí.
—Es lo que me había imaginado, pero es difícil saberlo. La cabeza me juega malas pasadas, ¿sabe? Estaba bastante seguro de que el hombre que he visto era real, pero no al cien por cien, no sé si me entiende.
Lo comprendía. Sabía exactamente lo que Charlie estaba pensando.
—¿Es algún loco que quiere matarlo?
—No está loco, pero sí quiere matarme.
—Ostras. Eso es radical. ¿Quiere matar también a Roxy?
—Puede. No estoy seguro.
—Pues no podemos permitir de ninguna manera que eso pase —dijo Charlie, sonriendo a Roxy.
—No —coincidió Ricky—. No podemos. Dime, Charlie: ¿te estás tomando tu medicación?
—Cuando me acuerdo.
—Charlie, ¿te has acordado hoy?
Charlie sonrió de nuevo.
—Me estoy acordando ahora mismo. —Metió la mano en un bolsillo de la sudadera y sacó un envase de pastillas—. Una pastilla al día mantiene las voces en la lejanía —dijo en tono cantarín. Dejó caer una en la palma y se la metió en la boca.
—¿Cuándo comiste por última vez?
—Creo que ayer —contestó sacudiendo la cabeza—. Puede que anteayer.
—Tu familia… —empezó a decir Ricky, pero Charlie negó con la cabeza con más energía incluso para exagerar el gesto.
—Dijeron «nunca más». Supongo que para ellos es duro cuando esas voces vuelven a aparecer. Ojalá comprendieran que para mí lo es mucho más.
Suspiró y, por primera vez, hizo una mueca de tristeza y le tembló un poco la voz:
—Supongo que ahora soy una especie de huérfano —dijo débilmente.
Antes de que Ricky pudiera responder, Roxy se inclinó hacia el asiento de atrás y le cogió de la mano.
—Yo también —dijo—. Tal vez podríamos ser huérfanos juntos.
—Gracias, Roxy —respondió Charlie esbozando una sonrisa enorme—. Esto me hace sentir mejor. Mucho mejor. —Se volvió hacia Ricky—: ¿Y qué hacemos ahora, doctor?
Roxy también se giró hacia él. Le estaba haciendo la misma pregunta con la expresión de su cara.
Ricky tuvo una última idea. Una posibilidad remota.
—Creo que haré una llamada telefónica —dijo.
Marcó el número en un teléfono público situado en el exterior de una tienda abierta las veinticuatro horas. Había un par de hombres morenos de mediana edad que lo miraron con recelo. Pensó que era el mundo al revés: se suponía que él era respetable; ellos, no. Se figuró que eran camellos o chulos. Los teléfonos públicos eran mucho más difíciles de rastrear que los móviles, aunque resultaban poco prácticos para conducir una operación en curso. Más de una tienda los había trasladado al interior para impedir que las pequeñas ilegalidades abarrotaran el aparcamiento. Ricky iba a consultar su reloj, pero se contuvo y se limitó a esperar que no fuera demasiado tarde. No quería saber la hora que era.
Tercer tono de llamada.
—Residencia de la señora Heath.
—Soy el doctor Starks. ¿Está la señora Heath en casa? Perdone que llame tan tarde pero es importante.
Una vacilación.
—Iré a ver. Le gusta leer hasta tarde. Pero a lo mejor ya se ha acostado.
—Gracias.
Ricky aguardó en el teléfono lo que le parecieron varios minutos.
—¿Ricky?
—Señora Heath.
—Bueno, tu llamada es de lo más inesperado a estas horas. ¿Qué problema hay?
Ricky inspiró hondo.
—Me ofreció su ayuda —empezó a decir.
—Sí, por supuesto que sí. Y con gusto, además.
—Esto infringe todos los principios y todas las normas de las relaciones entre médico y paciente —comentó—. Nunca, ni una sola vez en toda mi carrera, he hecho esto. Es lo que llamamos una violación de los límites. En cierto sentido es denunciable. Podrían prohibirme ejercer la medicina.
—Dios mío. Tiene que ser algo grave.
—Lo es.
—Me he pasado la mayor parte de mi vida negándome a aceptar los límites. Ya lo sabes —soltó la señora Heath con una ligera carcajada.
Ricky no contestó, pero asintió con la cabeza, casi como si ella pudiera verlo.
—Bueno —prosiguió la señora Heath con una voz repentinamente férrea —. Me imagino que lo que está pasando no es exactamente algo que quieras comentar por teléfono.
—Correcto.
—Es demasiado tarde para que vaya a tu consulta.
—Creo que, dadas las circunstancias, eso sería peligroso.
—Eso suena apasionante. Pues entonces tendrías que venir aquí.
«Gracias», pensó Ricky.
—Señora Heath, me acompañan dos jóvenes. Ellos también necesitan ayuda. Necesitamos ponernos a salvo.
—Dios mío —repitió—. Ahora has despertado definitivamente mi interés. —Su voz mezclaba ferocidad y curiosidad—. Y es algo de lo más estimulante. Creo que tendríais que venir enseguida.
—Gracias. Lo haremos. Estamos a pocos minutos de su casa.
—Llamaré al encargado de seguridad de la entrada. —Y, pasado un momento, añadió con un toque de ligereza que pareció cubrir la dureza que se desvanecía de su voz—: Jóvenes. Me encanta la gente joven. Y, bueno, me apuesto algo a que tienen hambre.
El guarda de seguridad armado que operaba la verja de la entrada del lujosísimo vecindario de la señora Heath miró y remiró a las tres personas que ocupaban el coche, comprobó dos veces la hoja de la tablilla y, finalmente, a regañadientes, pulsó el botón que levantaba la barrera.
—Está en la segunda calle sin salida a la derecha, al final del todo, cerca del agua —indicó.
Ricky avanzó despacio por las calles oscuras. No había farolas, pero sí algo de luz procedente del exterior de las casas. Tanto Roxy como Charlie estaban boquiabiertos ante el despliegue de casas de más de diez millones de dólares envueltas en la penumbra, más allá del alcance de los faros del automóvil. Un paisaje perfecto. Caminos de entrada de ladrillos puestos a mano. Vallas de hierro forjado. Alguna que otra piscina infinita se vislumbraba entre las hileras de majestuosas palmeras e hibiscos. Había casas del guarda más pequeñas, contiguas a garajes para cuatro coches, que se utilizaban como dependencias del servicio. Era como si el mundo de amenazas y asesinatos que los había conducido tan erráticamente desde Alabama hasta la casa de Ricky en Florida y, después, hacia la noche, hubiera desaparecido de repente, sustituido por una abrumadora riqueza y un lujo constante. Era como conducir por un mundo ficticio, escondido del mundo real por la barrera del dinero. Ricky enfiló el camino de entrada de la señora Heath y vio que la anciana y un ama de llaves los esperaban junto a una amplia puerta de madera tallada a mano. Un hombre que Ricky reconoció como su chófer estaba a media escalinata de entrada. Iba en mangas de camisa, a diferencia de su habitual traje negro, y Ricky supuso que lo habrían despertado. La señora Heath, sin embargo, estaba sonriendo. Los saludó enérgicamente con la mano.
Salieron del coche. Roxy y Charlie parecían acobardados. Se quedaron atrás.
La señora Heath se dio cuenta de ello.
—No, no —dijo—. Entrad. Sois todos bienvenidos.
Estrechó la mano de Ricky y el ama de llaves hizo pasar al grupo. Una inmensa y reluciente araña de luces de cristal tallado colgaba sobre una entrada con baldosas de mármol. El chófer cerraba la marcha. Ricky vio un salón en un lado y un comedor en el otro. Muebles que costaban miles de dólares. Todo limpísimo, sin una mota de polvo. En una pared, sobre una repisa, había un gran cuadro de arte moderno con muchos colores. Se lo quedó mirando un instante y preguntó:
—¿Es un Jackson Pollock auténtico?
—Pues sí —respondió la señora Heath—. Imponente, ¿no?
—Vaya —soltó Charlie.
—¿Quién es Pollock? —preguntó Roxy.
—Es el famoso artista de la vanguardia neoyorquina del que todo el mundo, cuando lo contempla, dice: «Esto podría haberlo pintado mi hijo de seis años». Aunque no es verdad —contestó la señora Heath—. Nadie podría. —Extendió los brazos—. Vamos a la cocina. Consuela ha preparado unos bocadillos. —Se volvió hacia Charlie—: Y tú, jovencito, después de comer algo, te vas directo a la ducha. Con mucho jabón. ¿Has estado viviendo en la calle?
Charlie asintió a modo de disculpa.
—Más o menos. En la calle que hay junto a la casa del doctor Starks.
—Bueno —sonrió la señora Heath—, por lo menos elegiste un barrio bonito para ser un sin techo. —Se volvió hacia Roxy—: Y tú, cielo, ¿de dónde eres?
—De Alabama —contestó Roxy—. Mi padre tiene cáncer.
—Vaya por Dios. Lamento oír eso. Pero por más enfermo que esté uno, la idea es no morirse antes de su hora.
Entraron en una cocina que era casi tan grande como toda la casa de Roxy. En una reluciente encimera de granito moteado blanco había una gran bandeja con bocadillos. Cerca de ella, un antiguo cuenco de plata pulida estaba lleno de patatas de bolsa. A su lado había una hilera de refrescos, así como unos platos de porcelana y servilletas de lino.
—Es lo mejor que hemos podido hacer con tan poca antelación — comentó la señora Heath.
Los dos jóvenes se removieron, incómodos.
—Aquí estáis a salvo —dijo la señora Heath—. Servíos vosotros mismos.
Charlie alargó la mano hacia un plato, tomó un bocadillo, titubeó y luego tomó otro. Roxy lo imitó. El ama de llaves los guio hacia una mesa de cocina de roble y, en unos momentos, los dos estaban comiendo.
—¿Ricky? —dijo la señora Heath.
Extrañamente a este le pareció que no estaba bien que él comiera, pero no pudo contenerse. Tomó un bocadillo y una Coca Cola Light.
—Comed —dijo la mujer mayor—. Y después, jovencito, dale la ropa a Consuela. Ella te preparara algo para que te lo pongas mañana, porque creo que lo que llevas tiene que ir directamente a la basura. ¿Tal vez Donald tenga algo que te pueda ir bien? —Se volvió hacia el chófer, que asintió.
—Estupendo. Y tú, Ricky, quizá estaría bien una breve explicación antes de que nos vayamos a dormir. Lo suficiente para pasar la noche.
Ricky tenía la boca llena de jamón y queso. También asintió. La señora Heath lo miró con intensidad.
—¿Ha muerto alguien esta noche? —preguntó.
—Creo que no —respondió Ricky.
—Estupendo. Tendremos que seguir así.
—No puedo prometerle nada sobre mañana —dijo Ricky.
—Es lo que me imaginaba —contestó la señora Heath.