Jaque al psicoanalista
Capítulo 40
40
Mala poesía… Como tiempo atrás…
Pero… Son versos con otro propósito
Estaba sentado ante una mesa con una taza de café, esperando.
Se encontraba a unas dos manzanas del bufete de Merlin. Se había metido en una cafetería después de ver cómo Virgil cruzaba las puertas de cristal del imponente edificio de Wall Street con paso rápido, arrastrada por la ansiedad. Frente a él, en la mesa de madera, había colocado el móvil con el número que había enviado a Merlin. Para cualquiera que pasase por allí y lo viese se trataba de una persona normal y corriente que esperaba una llamada de relativa importancia. No desentonaba en el lugar, una vez que se había quitado la ropa de indigente, que tenía amontonada a sus pies. Como un intérprete en el camerino preparándose para salir al escenario y situarse bajo los focos, Ricky notó que se le aceleraba el pulso y que se le hacía un nudo en el estómago al repasar lo que creía que iba a oír, mientras que todo el rato aparentaba ser ante el mundo exterior otro hombre normal y corriente siguiendo una rutina aburrida. Anotó unas palabras en una servilleta de papel, tachó un par, añadió unas cuantas más y después las articuló en silencio para sí mismo, practicando lo que diría. Daba la impresión de ser un hombre que entre una cita y otra se tomaba una taza de un café carísimo en un restaurante de moda frecuentado normalmente por jóvenes operadores de bolsa y otros profesionales ataviados con trajes de dos mil dólares. Él no iba trajeado, pero se imaginaba que quien lo mirara detenidamente vería que lucía asesinato en su camisa como si fuera el logo de Nike. Hizo un pequeño gesto a una camarera que pasaba a su lado para pedir que volviera a llenarle la taza de café. Y siguió esperando. La llamada llegaría. En diez minutos. Tal vez en quince. Pero llegaría. Era más que previsible. Era inevitable.
Cuando estaba dando el último sorbo a la segunda taza, tenso, pero no debido a la cafeína, el móvil sonó en la mesa. Esperó. Un tono. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
Se recordó a sí mismo que debía ser paciente.
Seis. Siete.
Lo dejó sonar. Al décimo tono, le dio a la tecla para contestar pero no habló. Dejó que el silencio fuera su lenguaje. Después de varios «¿Hola?» de Merlin, colgó.
Treinta segundos. Sabía que Merlin estaba marcando de nuevo.
El móvil sonó.
Un tono. Dos. Tres.
Repitió lo que había hecho antes: tecla de contestar, silencio y colgar.
Echó un vistazo a su alrededor para ver si alguien lo estaba mirando. Todas las demás personas de la cafetería parecían absortas en sus asuntos. Se planteó si Merlin intentaría llamar una tercera vez. Creyó que no. Imaginó a los dos hermanos mirándose, intranquilos y desconcertados. Sabía que esperaban oír su voz después del primer tono de llamada. Habrían comentado lo que dirían y cómo.
«El silencio es la herramienta de un psicoanalista», pensó. Y se dio cuenta de que también podía servir de arma.
Se terminó el café. Dispuso la servilleta con las palabras que había escrito delante de él y, después, marcó el número de Merlin.
El abogado contestó al segundo tono de llamada.
Ninguna sorpresa, ningún saludo.
Una rabia instantánea desde el otro lado del teléfono.
—Escúcheme bien, hijo de puta, como vuelva a acercarse a mi mujer y a mis hijos, le juro que…
Era exactamente lo que Ricky había esperado. Casi palabra por palabra.
—¿Qué harás? —lo interrumpió—. ¿Matarme? ¿No es eso lo que habéis intentado hacer durante los últimos cinco años?
Un repentino silencio.
—En vano, debería añadir —dijo Ricky.
Provocador.
—Una psicodinámica interesante —prosiguió, en un tono de repente reflexivo, casi académico—. ¿Imaginaste que podrías usar tu casa, a tu mujer y a tu hijo como atrezo, y que no los pondrías en peligro? ¿Son de algún modo inmunes? Una idea muy curiosa. Tendrías que recibir tratamiento por ello.
El abogado no contestó. Ricky sabía que había dado en el clavo. Siguió adelante.
—Recuerdo perfectamente que tus hermanos y tú erais aficionados a la mala poesía cuando nos conocimos hace cinco años… —Le vinieron a la cabeza los pareados burlones que el señor R y sus hermanos habían usado entonces para atormentarlo. Sonrió amargamente y continuó—: Así que escúchame con mucha atención…
—¿Qué? —soltó por fin Merlin.
Ricky ignoró esta pregunta y se puso a susurrar a ritmo rápido la melodía de una canción infantil, con una única pausa para lograr un golpe de efecto con la frase final:
—Ricky, oculto, planea con tino.
»Ya todo le importa un comino.
»Tiene que ir a un funeral
»y, después, llegará el final.
»Tiene una muerte prevista.
»¿Qué hermano seguirá la pista?
»¿Virgil, Merlin o el señor R será?
»Entonces Ricky no se detendrá.
»¿Le importa cuál de ellos muera?
»Pues no, de ninguna manera.
»Una cosa clara ha quedado:
»Demasiado lejos habéis llegado…
»… Y en Jack me he transformado».
Y entonces colgó por tercera vez.
Vio a la camarera y le preguntó rápidamente:
—¿Cuánto le debo?
Luego pagó la cuenta y salió deprisa a la calle. Estuvo tentado de apostarse delante del edificio donde estaba el bufete de Merlin solo para ver en el rostro de Virgil el profundo miedo que sabía que le había instilado y darse esa satisfacción, pero sabía que eso sería un error. No quería ser visto hasta estar preparado. No quería hablar hasta estar preparado. Y, lo más importante de todo, no quería cometer un asesinato hasta estar preparado.
Era lo bastante listo para añadir un pensamiento a esa ecuación: «En caso de que pueda».
Una vez había apretado el gatillo y casi había matado a un asesino. No había ninguna certeza de que pudiera volver a hacerlo. Creía que sí. Pero no estaba seguro.
Tuvo una idea sorprendente, una sensación que prácticamente lo abrumó. Ya no tenía miedo a morir.
Tenía miedo a perder.
Dando bandazos entre la seguridad y la duda, se marchó a ritmo rápido. Antes de haber llegado a media manzana, empezó a sonarle el móvil. Solo había tres personas que, en principio, podían tener ese número. Imaginó que Merlin y Virgil habían llamado al señor R presas del pánico que él les había provocado.
«Adiós, móvil del bolsillo izquierdo. Ya has cumplido tu función —pensó sonriendo—. Caballo a torre cuatro. Jaque. Pero no mate».
Esa última jugada le seguía siendo esquiva, pero esperaba que ahora estuviera más próxima. Tiró el móvil en una papelera cercana sin contestar la llamada. Seguía sonando cuando se alejó de allí.
Curiosamente, su primer pensamiento fue: «En la vida siempre es importante elegir el momento oportuno».
Sabía que Virgil no saldría del bufete de Merlin hasta que ambos hubieran hablado por segunda vez con su otro hermano. Sabía que necesitaría que el señor R la tranquilizara. Al igual que Merlin. No creía que fuera a ser una conversación rápida. Le preguntarían qué había dicho Ricky y el señor R les respondería que no había contestado la llamada. Y entonces le exigirían que hiciera algo. Y el señor R se vería obligado a decir: «Me ocuparé de ello…». De modo que Ricky creía que tenía poco tiempo para adelantarse a Virgil.
Hizo una parada rápida en una tienda, donde compró un paquete de sobres postales blancos y cinta adhesiva. Una vez en la calle, sacó un sobre del paquete y tiró los restantes.
Volvió al edificio donde vivía Virgil.
Como prácticamente todos los edificios de Nueva York, tenía los buzones en el vestíbulo de entrada, junto a la puerta principal. Localizó el que llevaba el nombre «Tyson».
Sacó el sobre y escribió en el exterior:
Hola, Virgil. Un regalo de tu hermano que me gustaría devolver.
Un pequeño recordatorio de cómo están las cosas.
Se metió la mano en el bolsillo, donde todavía llevaba el proyectil que el señor R había dejado en su cama del motel. Lo introdujo en el sobre y lo pegó con cinta adhesiva a su buzón de modo que fuera muy visible.
Era excesivo y cinematográfico, algo que creía que apelaría al sentido teatral de Virgil. Imaginó que era exactamente la clase de cosa que el Jack de los tres hermanos o su Jack haría.
Eso hizo que se marchara con una sonrisa en los labios.
Hizo una última parada en su camino hacia las afueras. Fue a la New Chance House para dar las gracias en modo esquizofrénico:
—A Richard le gusta estar aquí. Richard dice adiós. Pero Richard también os da las gracias.
Hizo una reverencia y saludó con la mano.
Sabía que el personal intentaría convencerlo de que se quedara hasta que estuviera mucho más estabilizado, lo que vendría marcado por el abandono de la tercera persona al referirse a sí mismo. No les dio la oportunidad. Salió de nuevo a la calle, a pesar de las súplicas que le gritaron mientras él se marchaba a toda velocidad hacia la Autoridad Portuaria y su consigna. A mitad de camino, le dio su abrigo de indigente y su gorra de los Mets a un hombre que ocupaba la acera tal como él había hecho antes. Al hombre pareció gustarle especialmente la gorra azul.
Ricky pensó que era lo mínimo que podía hacer.
En la terminal de autobuses, después de recuperar su bolsa de viaje y su pistola, y de asearse, compró un billete de ida a Atlanta y se subió al autobús que cubría el trayecto de catorce horas. Ocupó un asiento cerca de la parte trasera y echó un vistazo a los demás pasajeros. Tuvo la impresión de que ya no encajaba, como si la educación, la respetabilidad y los logros profesionales se llevaran por fuera, y él simplemente no tuviera el aspecto de la clase de persona dispuesta a hacer aquel agotador e incómodo desplazamiento al sur. Pensó que seguía proyectando la imagen de alguien que tendría que haber volado en primera clase desde el aeropuerto JFK, no del tipo de persona que iba encajonada en un asiento incómodo en un autobús lleno a rebosar. Sin embargo, estaba satisfecho. No creía que a Virgil, a Merlin o al señor R se les ocurriera que fuera a viajar de este modo. Y aunque imaginaran que lo haría, dudaba que tuvieran el tiempo suficiente para seguirle la pista.
Antes de que el autobús arrancara, llamó a la señora Heath.
—Las cosas están en marcha —comentó—. Me reuniré con ustedes en Alabama de aquí a tres días. Procure ir allí con el menor tiempo posible entre la llegada y el funeral.
—Entendido. Eso haré. Pero ¿hay algún motivo para ello?
—Sí. —No le dio más detalles pero la respuesta implicaba: «Porque cuanto menos tiempo estén allí, menos tiempo tendrá el señor R para encontrar a Roxy y matarla».
—¿Hay algún plan?
—Todavía lo estoy ideando. Ya empieza a tomar forma.
No sabía muy bien si eso era exactamente cierto o no. Creía que podría serlo. Pero todo lo que había previsto exigía que el señor R, Virgil y Merlin actuaran como había anticipado.
«Los conozco», se dijo a sí mismo. Esperaba tener razón.
—Muy bien —dijo la señora Heath pasado un momento—. Mi sugerencia es que te esfuerces al máximo en todo este asunto, pero supongo que ya lo haces.
—Correcto —contestó.
Tuvo ganas de sonreír. Hablar con la señora Heath requería ventilarse todas las complicaciones e ir directamente al grano. Era alentador.
—Alguno de los…, bueno, riesgos que temes, ¿ha disminuido?
Ricky pensó que era una forma sumamente educada de preguntar si había matado ya a alguien.
—Hasta ahora no. Pero creo que he logrado alterar un poco los cimientos.
—¿Cómo? Ricky, eso suena de lo más fascinante.
—Miedo. Duda. Comportamiento errático. Amenazas inciertas. No creo que deba entrar en detalles.
La señora Heath asimiló lo que le había dicho antes de hablar:
—Parece un juego muy peligroso —dijo despacio, titubeando entre cada palabra y subrayando mucho la palabra «muy».
Ricky pensó que la señora Heath estaba en lo cierto.
—Tiene razón. Pero creo que es el único juego que me queda por jugar.
—¿Crees que terminará en Alabama?
—Eso creo. No sé cómo podría alargarse más en el tiempo.
—¿De modo que nos dirigimos hacia un funeral y hacia el peligro?
—Sí.
Vaciló antes de responder.
—Esto no supone nada para mí, Ricky. Soy vieja y ya he vivido mi vida. Una buena vida. Llena de aventuras. He ido de safari. He escalado una montaña helada. He saltado en paracaídas. Cuando era joven, me gustaba correr riesgos. Pero los muchachos, Roxy y Charlie, no estoy tan segura de que posean este gen temerario. ¿Es esto justo para ellos?
—No —contestó Ricky—. Pero no se me ocurre ningún otro método.
—Creo que no soportaría que les pasara algo. Me siento responsable.
—Yo también —aseguró Ricky.
Otra pequeña pausa.
—Según mi experiencia, Ricky, cuando la gente está acorralada y tiene pocas opciones, se vuelve cada vez más difícil maniobrar.
Ahora quien vaciló fue Ricky. «En la mayoría de terapias, la idea era crear opciones para los pacientes. En el caso del señor R, Virgil y Merlin, la idea era limitarlas».
—¿Puedes maniobrar, Ricky? —prosiguió la señora Heath.
—La respuesta es sí, señora Heath. Creo que sí.
—¿Sabes qué, Ricky? —dijo la señora Heath pasado un instante—. Siempre es peligroso acorralar a un animal salvaje. De repente se revuelve contra ti. Un lobo suelto es simplemente un lobo que deambula libre por el bosque. Podría ser peligroso. Podría no serlo. Un lobo encerrado sin escapatoria posible enseña los dientes, saca las garras y solo le queda una opción y un instinto: defenderse. ¿Estás seguro de que quieres enfrentarte a eso?
—Creo que aquí hay dos corrales igual de estrechos —dijo Ricky despacio—. El corral en el que estoy yo. Y en el que creo haberlos metido.
—Ajá —estuvo de acuerdo la señora Heath—. Pero ¿eres tú también un lobo, Ricky? Porque, por lo que me has contado, es obvio que esas otras personas lo son.
—Supongo que ahora lo averiguaré.
—Bueno, se me ocurre lo siguiente: es fundamental que te adelantes a ellas. Mi difunto marido me dijo una vez que solo hay una forma correcta de abordar la mayoría de peleas a puñetazos: asestar el primero. Y que sea fuerte. Porque es mejor que no haya un segundo. Si no quieres perder.
—Tenía razón en eso.
—Tenía razón en muchas cosas. Era muy de Hemingway, como te dije. Ojalá estuviera todavía aquí. —Suspiró—. Muy bien, Ricky. Tres días. El funeral es a las cinco de la tarde. Nos vemos entonces. —Añadió su número de móvil a la conversación.
—La llamaré cuando llegue —aseguró Ricky.
—Estupendo. ¿Quieres hablar con Roxy? Necesita que la tranquilicen un poco.
—Ahora mismo no. Lo siento. Es muy perspicaz y no quiero que me pregunte algo a lo que todavía no pueda responderle. Cuando lleguemos a Alabama, me encargaré de ello.
—De acuerdo, tiene algo de sentido. No mucho, pero algo. Se lo diré. Pero no creo que le diga que podría estar en peligro. Será mejor que eso quede entre nosotros, ¿no? ¿Y Charlie?
—¿Qué opina usted?
—Está mejorando un poco cada día. Se toma regularmente la medicación. Es un joven encantador en muchos sentidos. Su enfermedad es trágica, a mi entender. Pero veo que puede llegar a serlo muchísimo menos. Él también te necesita, Ricky. Podría empeorar si…
—¿Si…?
—Si no lo incluimos en esto. Se nota que es muy leal y ha adoptado una actitud protectora.
Era un riesgo adicional. Ricky le veía ventajas y desventajas a la vez.
—Entonces deberíamos incluirlo.
—Estoy de acuerdo.
—¿Señora Heath?
—Sí.
—Esté preparada para cualquier cosa.
Oyó una carcajada.
—«Cualquier cosa» es un concepto maravilloso, Ricky. Eso, mi querido doctor, es lo que he estado haciendo muchos años y por lo que he durado tanto tiempo.
El autobús arrancó cuando colgó. La marcha entró con un fuerte sonido metálico al recular y salió del andén con un rugido del motor diésel.
Ricky cerró los ojos cuando entró en el túnel Holland; el autobús pasó por debajo del río Hudson para salir en New Jersey, rumbo al sur y ganando velocidad. No miró ni una sola vez hacia atrás para ver la ciudad que en su día había sido su hogar y de golpe tuvo la sensación que nunca volvería a ver Manhattan. Se dio cuenta de que ya no estaba intentando proteger esa vida pasada y que podría no estar protegiendo siquiera su vida actual. Reconoció que tendría que haberlo percibido mucho antes. Tenía otras vidas, más nuevas, que proteger.