La campaña afgana
La campaña afgana
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Steven Pressfield
Subtítulo: Un novela sobre la campaña deAlejandro Magno en Afganistán
Editorial: Militaria / Planeta
Cubierta: Cartoné
Fecha Edición: 2008
Editorial: Planeta
ISBN: 978-84-08-07427-4
Fecha de Edición: 02/2008
Tamaño: 150X230mm.
Páginas: 348
Hace 2300 años el ejército invicto de Alejandro Magno invadió la tierra natal de las fieras y orgullosas tribus afganas. Esta campaña, que debía durar tres meses, se prolongó por tres largos años. Ésta es la historia de uno de esos soldados...
Matías, el más joven de tres hermanos y el más ansioso por probarse a sí mismo, se presenta voluntario para unirse a la ambiciosa expedición al indómito país que ahora conocemos como Afganistán. Pero tan pronto
como cruza la frontera, Matías empieza a darse cuenta de que los macedonios se enfrentan a un tipo de enemigo al que no están acostumbrados. Para sobrevivir, los hombres de Alejandro tendrán que adaptarse a los métodos de un despiadado adversario que hace uso de tácticas basadas en el terror y en la insurgencia pero, ¿a qué precio? Matías y sus compañeros sufrirán un rito de iniciación marcado por el miedo, la euforia, el horror y la vergüenza.
En un tono ágil y trepidante, La campaña afgana demuestra una vez más la profunda comprensión de Pressfield acerca de las esperanzas y desesperaciones de los hombres en las batallas.
«Pressfield devuelve a la vida a Alejandro Magno con la misma fuerza y habilidad con que conjuró a los héroes de la Termópilas en Las puertas de fuego.»
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MANDA SCCOT
Nacido en Trinidad (Puerto de España) en 1943, Steven Pressfield se graduó por la universidad de Duke en 1965. Comenzó su carrera literaria como guionista de cine y trabajó en más de 34
películas de Hollywood, algunas de las cuales se convirtieron en notables éxitos de taquilla (La leyenda de Bagger Vance o Por encima de la ley). Cuando ya estaba plenamente establecido en esa profesión, decidió probar suerte con las novelas históricas de tinte bélico. Quizá su pasado en los marines inspiró algunos de sus personajes más logrados, como los espartanos de Las puertas de fuego o los macedonios de La campaña afgana. Sus novelas han sido traducidas a varios idiomas y en 2003 fue nombrado ciudadano de honor por la ciudad de Esparta.
Ilustración de cubierta: © Larry Rostant
Diseño de cubierta: Lucrecia Demaestri / Departamento de Diseño, División Editorial del Grupo Planeta
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Para Ruthie
NOTA HISTÓRICA
La campaña de Afganistán de Alejandro dio comienzo en el verano de 330 a.C., cuando su ejército entró en Artacoana (la Herat actual), y se prolongó hasta la primavera de 327, momento en que partió de Bactra (próxima a la Mazar-i-Sharif contemporánea) y cruzó por el Hindu Kush hasta llegar a la India.
Fue la campaña más larga en la carrera militar de Alejandro y la más difícil que libró. Sus adversarios no eran grandes ejércitos, sino hombres libres de tribus del territorio que en la actualidad comprende Afganistán y Turkmenistán, así como jinetes guerreros que habitaban las estepas y las montañas que llegarían a ser Uzbekistán y Tajikistán. En ambos bandos se cometieron atrocidades sin precedentes y se sobrepasaron los límites de la guerra. A pesar de las numerosas victorias, Alejandro no sometió la región hasta bien entrado el tercer año del conflicto, cuando pactó una alianza con el señor de la guerra Oxiartes al tomar por esposa a Roxana, su hija. De la
porfiada oposición con la que topó da cuenta el hecho de que cuando Alejandro continuó
su avance hacia la India, en 327, dejó en Afganistán no menos de diez mil soldados de infantería y tres mil quinientos de caballería —un quinto de su ejército—para evitar que el país volviera a la insurgencia.
Para un glosario de la jerga que se usa en este libro ver página 345.*
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* De la edición impresa [Nota del escaneador]
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«¿Acaso creéis que a tantas naciones acostumbradas al nombre y al dominio de otro y a las que no nos une ni religión ni costumbres ni idioma en común se las ha sometido con la misma batalla en la que fueron derrotadas? Únicamente las reprimen vuestras armas, no su predisposición, y aquellos que nos temen cuando estamos presentes, serán enemigos en nuestra ausencia. Tratamos con animales salvajes que sólo el transcurso del tiempo domará, pero están atrapados y enjaulados porque su propia naturaleza no permite amansarlos... En consecuencia, o renunciamos a lo que hemos tomado o nos apoderarnos de lo que aún no tenemos.»
Discurso de Alejandro a sus tropas en la aproximación a Afganistán.
QUINTO CURCIO, Historia de Alejandro
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PRÓLOGO
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BODA EN ASIA
La guerra ha terminado. O lo hará esta noche, al ponerse el sol, cuando Alejandro tome por esposa a la princesa afgana Roxana.
A través de la llanura de los Lamentos —llamada así por la multitud de sepulturas que hay en ella— los campamentos macedonios se extienden pegados a los del enemigo, costado con costado. Debe de haber medio millar de estos últimos, esos vivaques que los afganos llaman tafiran («círculos»), en cada uno de los cuales se albergan entre cincuenta y quinientos hombres. Todos los clanes y las tribus desde Artacoana hasta el Jaxartes han viajado para asistir a la celebración, junto con miles de buhoneros, prostitutas, alfayates, costureras, acróbatas, músicos y adivinos.
Aquí está
la fuerza expedicionaria macedonia al completo, caballería e infantería, incluidas las unidades extranjeras. Todos los capitanes y cabos van de acá para allá con sus mejores galas, ansiosos de que empiecen los festejos.
Todos excepto mis compañeros Bandera, Púgil, Rojillo y yo. Aún nos queda trabajo que hacer.
Hay que reconocer que Alejandro tiene mérito. Al tomar por esposa a la princesa afgana, convierte a su enemigo más temible, el señor de la guerra Oxiartes, en su suegro. Ninguna otra maniobra habría logrado la victoria en esta guerra. O lo que puede pasar por ser una victoria. Así pues, tendremos paz. Dudo que cualquier cese de hostilidades se haya deseado con tanto fervor como éste. Una campaña que se suponía iba a durar tres meses se ha prolongado casi tres años en los que no han dejado de sucederse las atrocidades y los actos brutales. Aquellos que salimos de casa siendo niños nos hemos convertido en hombres primero y luego en algo más parecido a animales o a demonios. Los afganos han salido peor parados. Doscientos mil muertos, ésa es la cifra de la que se habla. Y yo lo creo. No sé si quedará algún pueblo en este país que no haya sido arrasado por nuestras tropas o una ciudad que no hayamos desmantelado piedra a piedra. De modo que ésta es una boda muy deseada. El acuerdo entre Alejandro y Oxiartes es como sigue: el señor de la guerra entrega a su hija y acepta a nuestro rey como su soberano. A cambio, Alejandro lo inviste como su Primer Deudo y Compañero del Rey, lo que hace de Oxiartes el mandamás
de todos los nobles bactrianos y el pez más gordo al este del Éufrates.
Después de la boda, los maces, como nos llaman aquí a los macedonios, recogemos nuestras cosas y nos largamos. No sé quién es más feliz, si nosotros por irnos o los afganos por vernos marchar. Yo también me caso esta noche. Mil cuatrocientos maces nos uniremos con chicas afganas en una ceremonia colectiva. Mi prometida se llama Shinar. Es una larga historia, así que la contaré
sobre la marcha.
Mi amigo Bandera desmonta frente a la tienda en este momento, justo cuando termino de armarme. Tiene unos cuarenta años y es el tipo más duro que conozco. Me ha enseñado todo lo que sé y lo seguiría incluso al infierno.
Entra vestido con el equipo militar de gala, para la boda. Le señalo su capa.
—Vas a asarte con eso.
Bandera abre un faldón de la capa con gesto brusco. Debajo del brazo izquierdo lleva un xifos sujeto a las costillas con una correa y un cuchillo afgano largo atado a un muslo, así como dagas arrojadizas metidas en las botas. También lleva otras dos armas a la vista: una espada ceremonial en el tahalí y media pica de nueve pies. Éstas son para llamar la atención sobre ellas; para darles a los Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a
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baz (que es como llamamos los macedonios a cualquier varón afgano) algo en lo que fijarse. Púgil y Rojillo han sofrenado a sus caballos fuera.
Dentro de unos instantes marcharemos a través de la estepa, de camino al campamento de los pactianos de Altai. Allí me reuniré con el hermano de mi prometida y lo resarciré con una indemnización de honor para saldar mi deuda con él y que no nos mate ni a mí ni a su hermana. El precio es la paga de cuatro años y mi mejor caballo.
Así es Afganistán. Sólo aquí tiene uno que sobornar a un hombre para que no acabe con su propia hermana por el crimen de estar contigo.
Sospecho una posible traición, por supuesto. Por eso llevamos armas.
En cierto modo, tengo la esperanza de que ocurra. Por otro lado, nuestro código mace de filoxenía («amor por el extranjero») me prohíbe quitarle la vida a un miembro de la familia con la que voy a emparentarme. Soy idiota por respetarlo todavía, pero es lo que hay.
En lo alto de la ciudadela se oye la llamada del pregonero. Dos horas pasado el mediodía. El día persa empieza al ponerse el sol. Entonces será cuando se celebre la boda. Otras ceremonias menores han tenido lugar a lo largo del día. A última hora de la tarde tendrá lugar la parada militar. El ejército mace al completo y todos los clanes y tribus afganos desfilarán ante Alejandro, Roxana y los dignatarios. La gran boda, la real, tendrá lugar en el palacio de Corienes, en lo alto de la fortaleza de Bal Teghrib, la
«Montaña de Piedra». La ceremonia multitudinaria en la que Shinar y yo nos uniremos se celebra al aire libre, en el nuevo estadio que hay al pie de la colina. Cuando las bodas hayan terminado dará comienzo la celebración.
—Muy bien —dice Bandera—. Vamos a repasarlo todo otra vez.
Bandera es bastante mayor que nosotros. Su rango es de sargento abanderado y tendrá un nombre propio, pero nunca he oído a nadie llamarlo por otro distinto al que usamos nosotros, por su rango.
Nos hace ensayar movimientos de bloqueo. Es fundamental que el hermano y los dos primos de Shinar no escapen. No podemos permitir que huyan ni que sobrevivan a las heridas. Nuestros golpes han de ser mortales.
Esos tres son los últimos parientes varones de Shinar. No quedan más que estén obligados por el nangwali, el código de honor afgano, a que se haga justicia. Muertos hermano y primos, podremos comprar un arreglo para no cargar con el delito. El dinero servirá
como reparación. Pero esos tres deben morir.
Les estoy agradecido a mis compañeros. Van a correr un serio peligro por mi causa. Yo haría lo mismo por ellos y lo saben. Se sentirían avergonzados si les manifestara mi gratitud. Cuando esto haya acabado, si aún seguimos vivos, les conseguiré a cada uno de ellos una mujer o un caballo.
—Todo cuanto puedo decir —añade Rojillo mientras terminamos con los preparativos—, es que éste es un ejercicio estupendo para entrar en calor antes de una boda. Mis compañeros y yo estamos acabando de prepararnos cuando mi prometida aparece en la entrada. Ahora se bañará, ayudada por sus damas de honor, y realizará el karahal, el rito de purificación pactiano.
Ese rito no puede presenciarlo un varón. Me mira directamente a los ojos.
—¿Cuándo te vas, Matías?
—Ahora.
Un mozo me trae el caballo. Mis compañeros ya han montado en los suyos. La despedida afgana es tel badir, «Dios te guarde». Shinar me hace
esa seña y yo le respondo con otra igual. Bandera taconea a su poni.
—Ahora o nunca.
Partimos. Para llevar a cabo, si no nos queda más remedio, una última matanza; después nos largaremos de este país.
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LIBRO I
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SOLDADO RASO
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Soy el tercer y último hijo de mi familia que parte hacia Afganistán.
Mis hermanos mayores lo hicieron como soldados de caballería. Yo he firmado como infante.
No hay mucha diferencia entre caballería e infantería en Afganistán, como ocurría en las primeras campañas de Alejandro en Asia Menor, Mesopotamia y Persia. En el este se espera que un soldado de infantería salte a lomos de cualquier criatura que soporte su peso —caballo, mula, asno o yaboo (el poni afgano)— y cabalgue hasta el lugar donde está la acción, que allí desmonte y combata o incluso que luche a lomos del animal si es preciso. Del mismo modo, los soldados de caballería, incluso la unidad de élite de los Compañeros del Rey, restan importancia a echar pie a tierra y liarse a puñetazos al lado de los «pisahormigas».
Mi padre perdió la vida en Afganistán o, para ser más exacto, murió de sepsis en un hospital militar de Susia, en la provincia de Aria, situada en la frontera occidental del país. Mi padre no era un soldado de caballería ni un infante, sino un ingeniero del tren de asedio; lo que las tropas llaman
«topos», porque los minadores y zapadores se pasan el tiempo cavando trincheras, levantando parapetos y retirando tierra con capazos de mimbre.
Se llamaba como yo, Matías. Mi padre combatió en el río Gránico, en Tiro, Gaza e Iso. Era un auténtico héroe. Y mis hermanos, también. Una vez, teniendo yo dieciséis años, mi padre envió a casa un recibo de depósito del ejército por valor de un cuarto de talento de oro. Con él compramos otra granja con dos graneros y un arroyo que tenía agua todo el año, y con lo que sobró tuvimos suficiente para vallarla con piedra.
El más vivo deseo de mi padre era que yo, el hijo menor, no fuera a la guerra. Además, mi madre se oponía con todas sus fuerzas a cualquier paso encaminado a alejarme del país.
—Achaca si quieres a tu mala suerte que te haya parido el último de la camada, Matías —me dijo una vez—. Pero, te guste o no, eres mi baluarte y el baluarte de esta granja. Tu padre murió y jamás volveremos a ver a tus hermanos. El afán de gloria será su perdición y como legado dejarán grandes nombres, nada más.
Mi madre temía que, estando en otros países, pisara el lazo tendido por alguna desvergonzada moza extranjera, que me desposara con ella y no regresara a Macedonia jamás. Sin embargo, tenía dieciocho años y estaba tan deseoso de gloria como los demás jóvenes enardecidos de un reino cuyo monarca de veinticinco años, Alejandro, hijo de Filipo, había saqueado el imperio más poderoso del mundo en sólo cuatro años y había entusiasmado a su país con conquistas, fama y tesoros.
En el ejército macedonio los alistamientos no se hacen por años, sino por ciclos o «paquetes». Un paquete consta de dieciocho meses. El período mínimo es de dos paquetes, uno para entrenamiento y otro para servicio, pero un hombre debe comprometerse para un tercer ciclo si lo llaman a filas para ir al extranjero, lo que haría un total de cuatro años y medio. Funciona así: un recluta entra en servicio con un regimiento del Ejército de Ocupación. Ésta era la fuerza que Alejandro dejó Steven Pressfield
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para mantener bajo control a Grecia y las tribus del norte. Todos esos contingentes eran territoriales; había que proceder de la región de ese regimiento o no se podía acceder a él. Cuando Alejandro necesitó reemplazos en Asia, mandó pedirlos a Macedonia. A veces se reclutaban regimientos enteros; otras, a personal especializado en actividades militares tales como inteligencia o ingeniería de asedios o simplemente soldados de infantería con antigüedad a los que les tocaba en suerte. Todo eso era irrelevante para un joven de mi comarca, Apolonia. Apolonia no tiene regimiento de infantería; es una región de caballería. El escuadrón más famoso de los Compañeros de Alejandro, la ile de Sócrates Satón, procede de Apolonia. Este escuadrón, en el que mis dos hermanos sirvieron, encabezó la carga en la batalla del río Gránico; combatió en el flanco derecho de Alejandro en las grandes victorias de Iso y Gaugamela. En Dión tenía más estatuas de héroes que cualquier otro escuadrón, incluso el del rey. Como todos los jóvenes del territorio fascinados por la guerra, Lucas, mi mejor amigo, y yo habíamos empezado a entrenar todos los años, antes incluso de aprender a caminar, preparándonos para el día en que pudiéramos acceder a las pruebas y, con la ayuda divina, convertirnos, como los héroes de Apolonia que nos precedieron, en Compañeros del Rey.
Llegamos demasiado tarde, Lucas y yo. Para cuando nos llegó el momento, el ejército de Alejandro había penetrado tanto en Asia y había asimilado tropas de tantas naciones derrotadas que nuestro rey ya no mandaba alistar escuadrones de Compañeros en Macedonia salvo para reemplazar hombres muertos, heridos o licenciados. Todas las tropas de caballería que empleaba en ese momento eran escuadrones de mercenarios, en su mayoría persas, así como sirios, lidios, capadocios y jinetes de otros reinos del conquistado este. Ningún mace podía unirse a ellos, ni aun en el caso de que pudiera ir al otro lado del mar, que no podía, ni aunque supiera hablar la lengua bárbara, que no sabía.
Sólo había un modo de que Lucas y yo llegáramos a Asia: como soldados de infantería a sueldo. Como mercenarios.
Por entonces, montones de contratistas —llamados piloforoi por los gorros de fieltro que llevaban— viajaban por las ciudades de Grecia y Asia Menor alistando tropas. Era un negocio. Los candidatos pagaban una tarifa, a la que llamaban «poni» porque era tan excesiva que con ella se podría comprar un buen potro. Esas sumas iban a parar a los gorros de fieltro. Al cumplir los dieciocho años, Lucas y yo viajamos seis días hasta el puerto de Metone, punto de contratación de tropas de infantería mercenarias. Las tabernas estaban plagadas de profesionales avezados: arcadios y siracusanos, cretenses y rodios, incluso oficiales aqueos y espartanos. Todos se conocían de enganches anteriores; tenían compañeros y camaradas que los subirían a bordo. Lucas y yo éramos los más jóvenes con mucha diferencia y no conocíamos a nadie. Ningún piloforoi quería saber nada de nosotros por convincentes que pareciéramos al mentir sobre nuestra edad o nuestro historial de servicio (que no teníamos).
Pasaron diez días y nuestro dinero para sobornos menguaba rápidamente con los intentos de abrirnos hueco o comprar un destino a cualquier parte. Al final, nos fuimos a buscar al general de reclutamiento en persona. Ni siquiera pudimos acercarnos a él, por supuesto. Un sargento de línea, oriundo de Pela, nos echó a patadas.
—Un momento, chicos —dijo al oírnos hablar—. ¿Sois de Apolonia?
Nos preguntó si sabíamos montar.
¡Éramos centauros!
El sargento preparó nuestros papeles en el acto y no quiso aceptar dinero. Nos apuntó en infantería montada. Eso era lo que más necesitaba Alejandro. Lucas y yo no nos creíamos la suerte que habíamos tenido.
Preguntamos en qué unidad estaríamos y cuándo nos darían nuestros caballos.
—Nada de unidades y nada de caballos —contestó el sargento. Nos había apuntado en la lista de reclutamiento porque éramos macedonios entre tantos forasteros—. Ningún oficial en el extranjero ha rechazado jamás a un chico de casa.
Le dimos las gracias de todo corazón, pero él le quitó importancia.
—No os preocupéis por la unidad con la que embarcáis ni si vais a oler siquiera una hora de instrucción. Allá, en el este —agregó—, el rey os reclutará dondequiera que os necesite. Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a
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El decimosexto día de desio nuestras tropas de reemplazo desembarcaron en la ciudad de Trípoli, Siria; era el principio del verano del sexto año del reinado de Alejandro, el cuarto desde que nuestra fuerza expedicionaria se internó en Asia. El rey y su ejército se encontraban entonces a mil millas en dirección este, en ruta desde Persépolis, la capital de Persia, a Ecbatana en Media, la residencia estival de sus reyes. El imperio persa había caído y Alejandro perseguía a su rey fugitivo. De acuerdo con los informes, el tren de provisiones de nuestro señor estaba formado por siete mil camellos y diez mil parejas de asnos, todos ellos cargados de oro. Nuestro destacamento de reemplazo estaba formado por seis mil cien hombres a bordo de cuarenta y siete barcos. En el puerto de Trípoli no había capacidad para tantos y puesto que los navíos no tenían literas ni posibilidades de estar a la capa durante la noche, los capitanes, que no eran más que patrones de mercantes contratados, se reunieron y decidieron que entre nuestro transbordador (pues eso era la embarcación) y otros nueve o diez más nos acercarían a la costa. Una vez allí nos dirían a los milicos que recogiéramos nuestros bártulos, saltáramos por la borda y nadáramos hacia la playa. Y eso es lo que hicimos. La cosa habría tenido gracia si no fuera porque me cansé de sostener sobre la cabeza un par de botas estupendas y el agua salada me las estropeó. Así es como desembarqué en Asia, calado hasta los huesos y descalzo.
Las tropas de reemplazo no somos un ejército, por lo que no nos formaron en regimientos, sino en CC.EE. —contingentes embarcados— y ni siquiera teníamos armas al desembarcar. Tampoco había monturas para la
caballería porque los animales venían en otros transportes que llegarían después. Nos esperaba un campamento tan grande como una ciudad, además de una escolta de seiscientos mercenarios sirios y mil cuatrocientos infantes licios, también mercenarios; al mando, oficiales macedonios que nos conducirían hasta Marato y desde allí, a través de Larisa, a Tápsaco, por donde cruzaríamos el Éufrates para viajar por Mesopotamia, Siria y Kurdistán. Tardaríamos entre tres y cuatro meses en alcanzar a Alejandro.
Como ocurre siempre en un campamento nuevo, a los hombres les faltó tiempo para dedicarse a sus pasatiempos favoritos: recorrer el lugar buscando amigos y afanar cualquier parte del equipo a la que tuvieran ocasión de echarle mano. No podías dejar ni un cuscurro de pan sin que alguien te lo birlase y en el menor descuido ya podías despedirte de un buen gorro o de un par de botas. La bolsa del dinero te la colgabas cerca de la de los testículos y después de estrecharle la mano a un desconocido comprobabas si seguías teniendo las dos en su sitio.
En el ejército de Alejandro, hasta el último soldado sabía cuál era su sitio, pero allí, a mil millas en la retaguardia, lo que primaba era el «todo vale». Comías cuando a los cocineros les daba la gana y dormías donde encontrabas un hueco en el que tumbarte. No te apartabas de los compañeros para que los mangantes no te quitaran hasta las pestañas. Mi grupo estaba compuesto por Lucas; Terres, al que apodamos Trapos por gustarle vestirse como un figurín; y el retaco, Pitón, más conocido por Pulga. Todos procedíamos de Apolonia, todos teníamos dieciocho años y todos nos conocíamos de toda la vida.
Lucas era el líder. Era un dirigente nato y se proponía que destacáramos de la tropa normal y corriente. Se suponía que tenían que pagarnos al desembarcar en Trípoli (había pasado un mes entre organizarnos y cruzar en barco), pero si en esa muchedumbre alguien tenía cuartos nunca vi señales de ello. De hecho, nos tocó pagar a nosotros. Las sanguijuelas que se encargaban de la cocina pedían dinero por entrar a la tienda del comedor. Se pagaba hasta por cagar.
—Hemos de buscarnos un toro —decidió Lucas, que se refería a alguien con rango al que pegarnos.
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Lo encontramos en un sargento mayor llamado Tolmides. Tolo para abreviar. Era un tipo achaparrado, fuerte, con un gran bigote y un casco forrado con colmillos de jabalí; había sido compañero del padre de Lucas y estaba al mando de una compañía de infantería licia. Lucas lo vio en la cola de las letrinas.
—¡Eh, Tolo! ¿Dónde puede cagar por aquí un milico sin tener que pagar?
—Por las pelotas de Hades —exclamó Tolo, que rió mientras se acercaba—. Ya os habéis hecho mayores ¿eh, piltrafillas?
Mucho bromear, pero su rango no era ninguna tontería. Entraba en la categoría de los que llamábamos «cebollones». Nos llevó fuera del campamento y embuchamos algo con sus licios en la estepa.
Le preguntamos qué posibilidades teníamos de que nos pagaran.
Más o menos las mismas que teníamos de cagar marfil. ¿Cuándo nos asignarían a un regimiento?
Cuando untáramos a los oficiales que nos escoltaban. ¿Y que pasaba con el equipo?
Tolo nos dijo que no repartirían armas hasta que llegásemos a Tápsaco o más adelante y que entonces también tendríamos que soltar dinero por eso.
—No os preocupéis, que el furriel os lo descontará de la hoja de soldada. —Se refería a la cuenta de nuestro sueldo. Iríamos saldando la deuda conforme pasara el tiempo prestando servicio.
—Esto no nos lo dijeron allá, en casa. —Lucas parecía abatido.
—Si lo hubieran hecho, no os habríais alistado —respondió Tolo, que se echó a reír. Nos pegamos a él. Tolo y sus camaradas maces habían servido como exploradores en operaciones de avanzada, llevando a cabo misiones de reconocimiento para Alejandro en Aria y Afganistán. Los habían mandado a la retaguardia para entrenar a los reemplazos durante la marcha.
Ganaban una paga doble por ello y el doble de eso por escoltarnos. No os pongáis tristes, hermanitos. —Tolo señaló hacia el este, a la noche asiática
—. Ahí fuera los hombres caen como moscas por el calor, por enfermedades o simplemente porque se chalan. —
Se dio golpecitos en la cabeza—. Ascenderéis rápido si demostráis ser fuertes. No manchéis vuestra hoja de servicio, haced lo que os manden y estaréis en el buen camino. Había otros seis maces en el grupo de oficiales de Tolo, entre ellos Estéfano de Egas, el famoso poeta de guerra, un héroe condecorado y una auténtica celebridad. Estéfano tenía treinta y cinco años
y a esas alturas ya debería ser capitán o teniente como poco, pero seguía plantado en sargento de línea por propio gusto. El que sigue es uno de los poemas que lo han hecho famoso allá, en casa, incluso uno de los preferidos por las mujeres.
EL BAGAJE DE UN SOLDADO
La práctica enseña al soldado a preparar
el petate con lo que más necesita encima,
para tenerlo a mano. En los bolsillos de fuera, las cebollas y los ajos, bien envueltos,
para que no apesten la capa aguadera
y el zamarro que guarda al otro lado.
Al fondo, debajo de todo, mete esos objetos que debe proteger a toda costa contra el polvo, contra el extravío, contra los elementos.
Allí, envueltas en la piel de gamuza que me diste, amada esposa, es donde guardo tus cartas.
El más joven en esa camarilla de oficiales maces ya pasaba de los treinta; algunos tenían cincuenta e incluso más. Eran los cabrones más duros que jamás habíamos visto. Nos tenían acojonados. Cualquiera de ellos, por sí solo, habría podido zurrar a todo el grupo. Acabamos haciéndoles recados y cargando con su equipo sin que nadie nos mandara hacerlo, sólo para que no nos arrancaran la cabeza de un mordisco. Una noche, Lucas y yo fuimos a recoger leña y regresábamos Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a
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con paso cansino al campamento cuando uno de ellos nos llamó, un sargento abanderado cuyo nombre real nadie se había atrevido a preguntar y al que la tropa llamaba simplemente Bandera, el título habitual por el que hay que dirigirse a alguien de su rango.
—Vosotros dos, venid que Os voy a enseñar algo.
Soltamos la leña y corrimos a toda prisa hacia él como colegiales.
Bandera llamó a uno de sus licios y le ordenó dar media vuelta para ponerse de espaldas. Luego me plantó bruscamente en la mano el astil de su media pica, una versión corta de la sarisa que entonces se usaba en Asia.
—Mátalo —ordenó.
Me puse rojo como un tomate. ¿Estaría hablando en serio?
—¿Cómo acabas con un hombre que huye de ti?
Yo no lo sabía.
Bandera ordenó al licio que diera media vuelta.
—¿Y si se da la vuelta y te hace frente?
Yo no lo sabía.
—Ocupa su sitio.
—¿Qué?
De repente me encontré ocupando el lugar del licio.
—Corre —ordenó Bandera. Antes de que pudiera dar un paso, estaba de bruces en el suelo y sin resuello. Ni siquiera sé dónde me golpeó Bandera, sólo sentí la parte trasera de la media pica que me hacía caer patas arriba en un instante y, al siguiente, el impacto en mi cráneo. No podía moverme ni respirar; estaba indefenso.
—Así —le oí aleccionar a Lucas—. De costado, para que el hierro no se atasque entre las costillas. —Y me lanceó. No fue un simple pinchazo; profundizó lo bastante para que sintiera el filo arañarme en el hueso.
Bandera tiró de mí y me ayudó a levantarme. Lucas estaba pálido.
—Si el enemigo te hace frente, lancéalo ahí. Un golpe seco. Y tiras para sacar la pica enseguida y que no se atasque.
Bandera se volvió hacia mí.
—Cuando golpeas a un hombre, ¿con qué fuerza lo haces?
Antes de que tuviera tiempo de contestar, Bandera había atizado a Lucas en el pecho con el extremo del asta de la media pica. Nunca había oído un golpetazo así. Mi compañero se desplomó
en el suelo como muerto.
—Hazle esto al afgano —añadió Bandera—, antes de que él te lo haga a ti.
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La falange macedonia se basa en una fila de dieciséis hombres.
Dieciséis, uno detrás de otro. Dos filas forman una sección. Ésta se encuentra al mando de un sargento de línea. Cuatro filas forman un pelotón, dirigido por un teniente y un sargento abanderado. Un cuadro lo forman cuatro pelotones, dieciséis por dieciséis: doscientos cincuenta y seis hombres. Y una brigada, seis cuadros: mil quinientos treinta y seis. En el ejército de Alejandro hay seis brigadas. En formación de dieciséis en fondo,
el frente de la falange mide más de seiscientas yardas. El jefe de tropa de cada pelotón es un sargento abanderado, llamado así por el banderín que ondea en la punta de su pica larga, la sarisa. Su puesto es en primera fila. Su segundo en rango es un cabo primero. Se le llama «zaga». Es el que va en la retaguardia. En muchos sentidos su trabajo es más importante que el del abanderado (al que también se llama «primero» o «cabeza») porque es quien empuja a la fila hacia delante y si a algún hombre se le ocurre la idea de quedarse atrás tiene que vérselas con él.
El tercero en rango de cada fila es «el noveno hombre», un sargento o un cabo primero. ¿Por qué
el noveno? Porque cuando se da la orden de «doble frente» la fila de dieciséis se divide en dos medias filas de ocho llamadas «andas» y la media posterior de ocho se adelanta al lado de la media de ocho delantera. El noveno hombre se convierte en el primero de la nueva fila. Con este despliegue, la brigada ha pasado de un frente de unos cien hombres a otro de doscientos, en fondo de a ocho. La falange al completo pasa de cubrir un frente de seiscientas yardas a uno de mil doscientas.
Tal formación era el entrenamiento practicado en Macedonia por el Ejército de Ocupación y el tipo de combate de la fuerza expedicionaria de Alejandro durante los tres primeros años de la guerra con Persia, en las grandes batallas convencionales del Gránico, del Iso y de Gaugamela. En Afganistán, nos dicen, las cosas no serán tan sencillas, ya que es un territorio donde sólo hay montañas y desierto. Allí no se puede utilizar la falange porque el enemigo no plantará cara en una batalla campal. ¿Por qué iba a hacerlo? Lo aniquilaríamos si lo hiciera. En Macedonia, en la instrucción con las sarisas de dieciocho pies, una fila tenía que estar perfectamente alineada desde la primera línea hasta la última o si no la formación tropezaba con sus propios pies. Era lo que se llamaba avanzar
«en el eje». La virtud del guerrero de «estar en el eje»
significaba ser disciplinado, obediente, no desviarse nunca. Un buen soldado estaba en el eje en todo lo que hacía.
Aquí, en el este, empezamos a darnos cuenta de que no hay eje. La sarisa de dieciocho pies ha pasado a ser una media pica de nueve y la falange sólo existe en la explanada de desfiles. Sólo quedan dos preceptos: uno, sacrificar todo en pro del esfuerzo general; y dos, no abandonar jamás a un mace.
—La guerra en el este —nos instruye nuestro sargento poeta, Estéfano
— es de tres tipos: en llanura, acción de caballería; contra plazas fuertes, asedio; en las montañas, infantería ligera. El cuarto tipo es acción contra poblaciones, pero los instructores no nos han explicado nada sobre eso.
Steven Pressfield
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Se suponía que nuestra fuerza de reemplazo tenía que partir de Trípoli a los tres días de haber desembarcado, pero nos hemos quedado atascados aquí otros veintidós días hasta que han llegado las monturas de la caballería y nuestras armas. No es para tomarlo a broma, ya que a nuestro grupo no se le ha pagado aún (ni a nosotros ni a nadie) y con los pocos cuartos que nos quedan no tenernos para vivir. Hemos acabado robando como espartanos.
Es lo que hace todo el mundo. A las tropas de escolta no nos dejan entrar en la ciudad, así que sableamos, rebuscamos en la basura, rateamos, trocamos y apostamos. A saber cómo, pero funciona. He acabado con la mayor parte de mi equipo renovado y con un par de botas decentes para sustituir las que se me estropearon en el mar. Lucas y yo hemos hablado con un par de jinetes de los Compañeros que regresan a Apolonia y que conocen a mis hermanos y tienen noticias suyas.
A Elías lo han herido pero se encuentra bien; ahora está en el hospital de Frada, al sur de Afganistán. A Filipo (Elías tiene nueve años más que yo y Filipo, catorce) lo han ascendido a comandante. Ahora se encuentra en la India, como enviado en las operaciones de avanzada, para negociar alianzas con los potentados nativos con antelación a la ofensiva de Alejandro por el Hindu Kush hacia el Punjab. Los nombres de esos lugares me suenan increíblemente románticos. ¡Mis hermanos! ¡Qué tíos tan ilustres! ¿Cómo voy a lograr estar a su altura? ¿Los reconoceré cuando los vea?
La caballería de los Compañeros, en la que mis dos hermanos sirven, es el cuerpo de élite de las unidades en combate de Alejandro. Cuando te aceptan en un escuadrón, se te arregla la vida. De hecho, ese hombre se convierte en el compañero del rey. Puede comer con él, ir de juerga juntos, dirigirse a él por su nombre, (aunque pocos se atreven a hacerlo, es cierto).
Las brigadas de la falange comparten el nombre de Compañeros (pezétaroi,
«compañeros de a pie»), pero no es lo mismo, ya que el rey está en la caballería y sus compañeros más íntimos también son jinetes. En teoría,
cada escuadrón de Compañeros se compone sólo de jinetes de su región natal: Apolonia, Botica, Torone, Metone, Olinto, Anfípolis y Antemunte, escuadrones que Alejandro llevó
a Asia. (Hay otros cuatro de otras partes de Macedonia, pero se quedaron como guarnición en Grecia y el norte tribal.) Pero en la práctica, jinetes destacados acuden de todas partes del reino buscando un hueco.
Conozco hombres que se han casado o que los ha adoptado una familia del lugar con tal de probar suerte en las pruebas.
Las pruebas duran cuatro días. Los dos primeros son para ejercicios obligatorios; el tercero, carrera a campo traviesa; el cuarto es para combate.
Un jinete debe aparecer con una reata de siete caballos. Se le exige utilizar cuatro como mínimo a lo largo del recorrido de trabajo (para demostrar que no hace trampas al montar un animal avispado), y uno de esos cuatro tiene que servirle de montura en la carrera de obstáculos o en las pruebas de combate. Se necesitan diez años para entrenar una buena montura de caballería y los costes ascienden a lo que cuesta una granja pequeña. Sólo el hijo de un hombre rico puede intentarlo, a menos que lo patrocine otro hombre rico, como les ocurrió a mis hermanos, o que a su padre lo haya condecorado el rey. De muchachos, mis dos hermanos eran caballerizos y cabalgaron en el hipódromo como jinetes de carreras. No sabría deciros cuántas noches llegaron a casa con la cabeza partida y las espinillas destrozadas. Eran imparables. En las pruebas de Apolonia, cuando Elías sólo tenía diez años, se coló en el corral mientras ensillaban los caballos y se subió no en uno, sino en dos campeones, con un pie en el lomo desnudo de cada animal al tiempo que asía las riendas de uno con la mano Steven Pressfield
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izquierda y las del otro con la derecha; y no sólo cabalgó a toda velocidad como si tal cosa, sino que además hizo que los caballos saltaran las dos vallas, dentro y fuera, todo ello encaramado a los animales como si llevara los pies clavados en los lomos. La paliza que recibió como castigo casi lo dejó sin conocimiento, pero valió la pena; se había dado a conocer.
Él y Filipo, cinco años mayor, eran capaces de bajar del caballo a galope tendido y subir de nuevo de un brinco, sujetos únicamente con la crin del animal enrollada a una muñeca; sabían hacer «la revuelta» (colgarse por un lado del caballo, deslizarse por debajo del vientre y montar por el otro
lado). Cualquiera de los dos ensartaba una pera con la lanza larga sujeta con una sola mano y a galope tendido, como si tal cosa. Sus conocimientos veterinarios y en lo que llamamos «hiposofía» (todo cuanto pasa dentro del establo) eran parejos a los de cualquier albéitar del reino. No obstante, ninguno de los dos superó la prueba de calificación y no sólo una vez, sino en cuatro ocasiones —eso da una idea de la gran cantidad de excelentes jinetes que tenía el reino— antes de que, por fin, los enviaran en la expedición del segundo año con cuatro mil reemplazos al mando de Amintas Andromenes. Cruzaron a Gaza, en Palestina, por mar y se reunieron con el ejército del rey en Egipto. Nuestro nuevo y tardío contingente parte de Trípoli ahora, al vigésimo tercer día. Estamos en pleno verano y cualquier superficie de armadura debe llevar algún revestimiento de tela o de otra forma el sol la convertiría en una sartén. En casa nos entrenamos para hacer marchas de treinta millas al día cargados con el equipo y las raciones. Ahora, a través de Siria, caminar quince parece que fueran cuarenta y recorrer veinte, como si fueran cien. El sol cae a plomo; respiramos arena en vez de aire. En la marcha hacia Marato vamos con la lengua fuera, como perros. Me pongo al paso junto a Bandera, que se da cuenta de que lo estoy pasando mal.
—El afgano hace cincuenta millas a pie en un día y el doble a caballo.
No bebe y no come. Arráncale la cabeza y te lanzará otro par de golpes más antes de desplomarse. La diana suena tres horas antes de amanecer y la columna sale dos antes que el sol. Los que van a la cabeza acampan a media tarde y los rezagados y el tren de suministro los alcanzan al oscurecer. Una hora antes del mediodía se ordena hacer un alto y se descarga a los asnos y las mulas; las acémilas pueden aguantar de seis a ocho horas, pero hay que quitarles la carga durante dos o de lo contrario caen reventadas. Para nosotros no hay tanta consideración. Tenemos veinte minutos y después...
¡Arriba, se acabó el descanso! En una de las paradas del tercer día de marcha, Lucas se apartó para mear y Bandera lo miró con desaprobación.
—No debería quedarte ni una gota.
Según él, si aún puedes mear es que no caminas lo bastante deprisa.
Ahora ya tenemos armas y cuando acampamos pronto, nos entrenamos.
Operaciones de acordonamiento. Bloqueo y registro. Nunca habíamos oído cosas así. Despliegues en abanico. Barridos mediante columnas volantes.
Todo esto es nuevo para nosotros. En desplazamientos a larga distancia, la marcha diaria se plantea de manera que vaya de una zona habitada a otra, ya
sea una villa o una ciudad que tiene encomendado el abastecimiento de pan y forraje o en la que haya al menos un mercado para el ejército. Ahora, en días seleccionados y como entrenamiento, la columna empieza a dar rodeos para evitar esos núcleos habitados. Aligeramos de ninguna parte a ninguna parte, levantamos un «campamento rápido» con zanja y parapeto y rodeado de una estacada. Nada de pan de trigo esos días. Cenamos bodrio, como llamamos a las gachas de cebada, que sacamos de la mochila de comida que llevamos todos y en la que se guarda la ración de grano para diez días. Lo sazonamos con mastuerzo o con las hierbas que podamos apañar y el pollo o ganso que alguna que otra vez distraemos de un corral. Para desayunar tomamos vino, aceite de oliva y «pan rápido» (una pasta de cereales molidos que se pone en remojo durante la noche y se cuece un poco sobre piedras planas de la hoguera de guardia o directamente sobre el fuego en las
«palas», las planchas planas de hierro de las catapultas). Una comida de la que no queremos ni acordarnos es el «pienso» (gachas de mijo), pero hasta eso es preferible al
«almuerzo de cigarra», que significa que no hay nada que llevarse a la boca. Tolo y Estéfano han incorporado ese «día de hambre», uno de cada siete, para que las tripas se nos acostumbren a lo que está por venir.