La campaña afgana

Steven Pressfield · Capítulo 1 de 4 · parte 4/4

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La campaña afgana

La campaña afgana

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

Eso no es una buena noticia. Y para nosotros, los novatos, es peor.

Encajados en la línea decimosexta, Lucas y yo estamos condenados a tragar polvo todo el día en la columna y a entrar agotados al campamento horas después de anochecer, cuando todo el guiso caliente se ha terminado y no queda un solo sitio seco donde tumbarse que no esté ya ocupado. Como

«cebollinos», somos esclavos de cualquiera superior en rango (lo que significa la totalidad del regimiento) y hemos de arreglarles el equipo, conseguirles como sea comida y leña y hacer su guardia además de la nuestra. Lo que es peor, estamos enfermos. Lucas tiene almorranas y diarrea. Yo, lombrices, y las plantas de los pies hechas trizas. Para colmo, nos hemos separado de Bandera, Tolo y Estéfano, que han vuelto a sus antiguas unidades. ¿Qué vamos a hacer? Desesperados, nos acercamos a nuestro sargento mayor, al que los hombres llaman Bálago por la espesa y gris mata de pelo y, haciéndonos propaganda de excelentes jinetes de la renombrada caballería de Apolonia, solicitamos que se nos transfiera a la unidad de exploradores montados.

—De modo que sois jinetes ¿verdad? —inquiere nuestro nuevo jefe.

¡Somos centauros!

—Destacados —dice... Y nos asigna como arrieros con la impedimenta.

Ahora sí que estamos bien jodidos. Como arrieros, tenemos que levantarnos tres horas antes de amanecer y preparar la recua, viajar en el culo de la columna todo el día y después trabajar duro hasta la medianoche acomodando mulas y asnos. Al viento de ciento veinte días todavía le quedan noventa y uno para terminar, según nuestras cuentas. La desesperación habría acabado con nosotros de no ser por el milagro que nos espera en Kandahar.

Mi hermano.

Elías me encuentra en la ciudad. O, para ser más exacto, Estéfano lo encuentra a él y los dos nos rastrean a Lucas y a mí por el bazar.

¡Qué alegría verlo! Elías sonríe de oreja a oreja.

—¿Pero es éste nuestro pequeño filósofo? —Me sujeta con los brazos extendidos ante sí para comprobar cuánto he crecido (tenía quince años la última vez que nos vimos) y después me da un abrazo que por poco no me despachurra. Mi hermano llora. Y yo también—. No esperaba volver a verte

—dice.

—Ni yo a ti.

Mi hermano es una celebridad. Dos Leones de Plata y uno de Oro tachonan su capa escarlata de Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a

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los Compañeros de caballería; en el cinturón, de piel de serpiente, hay tantos «salivajos» —

remaches de hierro, uno por cada enemigo abatido— que parece que es de metal. Su montura (la séptima, nos dice, desde que se marchó de Macedonia) es una preciosa yegua castaña con cordón blanco y las cuatro cañas blancas, a la que llama Meli, que significa «miel». Tiene otros dos caballos en su reata, unos castrados más preciosos incluso y, por si fuera poco, una bellísima amante afgana; la conoceré esta noche, cuando lo celebremos. Por lo visto, Elías sólo se queda un día más en la ciudad.

Después, su compañía y él —es un brigada de las operaciones de avanzada

—

tienen que dirigirse al norte, valle del río Arghandab arriba y entrar en las montañas; buscarán alianzas y compromisos de suministros con los maliks locales.

—Entonces ¿el ejército va a seguir adelante? —pregunta Lucas para verificar los rumores que se oyen hace días.

Elías confirma que el propósito del rey es cruzar el Hindu Kush antes de que la nieve cierre los pasos. Invadirá Afganistán por el sur —no por el norte, como se había planeado anteriormente— y atacará a Beso y a Espitámenes en la estepa bactriana.

—Agenciaos una pellica y unas botas resistentes para la nieve. Dicen que el paso más bajo está a dos millas de altura.

Elías nos deja en el mercado. La faena que nos ha asignado Bálago para hoy es alquilar dieciséis mulas más.

—Traedme bestias que carguen peso —nos ha ordenado el jefe por la mañana a Lucas y a mí.

—Sí, sargento mayor.

—Y, chicos...

Nos volvemos.

—Escoged algunas que tengan aspecto apetitoso. Por si acaso hay que comérselas. La columna, tal y como está configurada ahora, emplea treinta mil caballos y mulas. Pero todos se han alquilado en Frada y en los pueblos situados a lo largo de la ruta occidental. Sus propietarios no nos permiten llevarlos al otro lado de la montaña por miedo a perderlos por el frío o a manos de los bandidos y ellos tampoco acceden a subir con los animales.

Por eso los exploradores adelantados del cuerpo de reconocimiento avisaron que se necesitaban más. La región respondió. En el litoral frente al pueblo de Gram Tal, el mercado de ganado se extiende a lo largo de millas. Tiendas y bichees —sobretechos de tres lados hechos con piel de cabra cosida— se

alinean en calles, como si fuese una ciudad. Aquí se ha reunido a todos los camellos, yaboos y mulas existentes en cien millas a la redonda junto a sus dueños que los ofrecen en alquiler. Si te preguntas qué diferencia hay entre el caballo y la mula, es que a la mula es más fácil pillarla. Eso no es ninguna tontería cuando se carga a los animales en medio de la oscuridad.

Las mulas son más apacibles que los caballos. Se crean adhesiones en los grupos, de modo que puedes estacar a la cabecilla y a las demás dejarlas libres. Las patas delanteras de las mulas son más largas que las de los caballos; no se clavan en las pendientes y no se les rompen los huesos con tanta facilidad. Las mulas son menos propensas a ponerse nerviosas y a asustarse. Un caballo atorado en un ventisquero se afanará para liberarse hasta que el corazón le estalle; una mula tiene el sentido común de quedarse quieta y esperar a que la ayuden. Sin embargo, las mulas son más testarudas. Un caballo es leal; si te caes y te rompes una pierna, una buena montura se quedará pegada a ti sin moverse. Una mula te dirigirá una de esas miradas que te dicen «lo siento, tío» y se marchará a trote vivo.

Si os preguntáis qué hace al ejército de Alejandro superior al de todos sus rivales, entre otras cosas se debe a esto: nadie os dirá nunca nada. Uno tiene que deducirlo todo por sí mismo. Así se estimula la iniciativa. En otros ejércitos, milicos como Lucas y yo se quedarían parados sin hacer nada sin órdenes de sus superiores. En las unidades de Alejandro, un sargento está tan dispuesto a asumir responsabilidades como un capitán, y un guripa tanto como un sargento. Pero ¡ay! Este tipo de iniciativas se vuelve ahora contra nosotros, ya que cualquier milico del tren de suministros que tenga graduación, por baja que sea, y al que han mandado la misma tarea que a nosotros, o abusa de su autoridad o simplemente nos echa con cajas destempladas de la vía pública. Somos novatos; los veteranos nos comen vivos. Por si fuera poco, una columna de doce mil Steven Pressfield

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soldados descansados, incluidos los de las cuatro brigadas al completo de la falange de Ecbatana, han alcanzado al ejército aquí. También necesitan mulas. Abarrotan el área del mercado. Se supone que Lucas y yo hemos de volver al campamento con dieciséis animales. Al final del día, en la reata tenemos los ocho bichos más feos y zarrapastrosos de Asia; no se nos ocurre de dónde vamos a sacar los otros ocho que faltan. La región está

esquilmada de animales de carga. Por si tuviésemos pocos problemas, hemos topado con un comerciante de ganado afgano, de nombre Ashnagur

—

aunque le llamamos Ash— que nos pide el doble de precio y nos exprime al máximo. Lucas y yo apenas tenemos dinero para dos mulas.

¿Cómo vamos a conseguir otras ocho? Ash se compadece de nosotros y nos invita a entrar en su bi chee, que comparte con un clan de otros veinte, como poco, para comer pollo y arroz con leche cuajada y platos de chuppaties —tortas de pan ácimo— que trae su mujer o una de sus hijas, no sabríamos decir si es lo uno o lo otro, ya que sólo se le ven las manos cuando pasa la comida a través del faldón medio abierto de la entrada.

Cenamos sobre alfombras colocadas encima del suelo de tierra.

—Las mulas salen caras —comenta Ash.

Le contestamos que ya nos hemos dado cuenta de eso.

—Las mujeres son más baratas.

No comprendemos.

Nuestro anfitrión finge con mímica que levanta una carga.

—Tres mujeres cargan tanto como una mula y comen sólo la mitad. Y

por la noche en el campamento —sonríe—, se puede conseguir un rato de distracción.

Llegamos al alojamiento de mi hermano dos horas antes de la medianoche. Elías y otros Compañeros han alquilado una casa en Gram Tal, villa que se convertirá en la ciudad de Kandahar. El lugar está abarrotado cuando llegamos allí y el sonido de panderetas y cítaras es atronador. El vestíbulo está alumbrado con cirios. No encontramos a Elías. En campaña no hay lugar para el andron, un cuarto sólo para varones. Aquí, esposas y amantes cenan al lado de sus hombres. Nos topamos con Costas, el joven cronista que conocimos en la marcha desde Frada. Se convierte en nuestro guía. Cuatro banquetes separados se reparten por las estancias; nuestros compatriotas están tan ebrios y son tan amistosos que tardamos un cuarto de hora en llegar al fondo de la estancia, donde mi hermano y sus camaradas actúan como anfitriones de su sala. Es un aposento amplio, de techo bajo, dispuesto al estilo afgano: nada de cojines ni sillas, sólo alfombras para que todo el mundo se acomode. Maces en distintos estados de embriaguez cubren el suelo, algunos inconscientes en rincones y otros despatarrados contra las paredes. El grupo principal se apiña alrededor de una mesa baja y mantiene una animada conversación. Elías nos da la bienvenida. Nos

instalamos apretujados a su lado y al de su dama. Costas lleva una ánfora de vino con la que contribuye al krater y por lo que se gana el aplauso general.

Los soldados son de las OA (operaciones de avanzada); todos ostentan el pañuelo negro y marrón claro que los identifica como hombres de la tropa de reconocimiento.

Mi hermano hace las presentaciones a voces. A su espalda, de pie, hay un shikari afgano. Esa palabra significa «lobo de montaña». Son los guías, unos especímenes de aspecto feroz que acompañan a toda la caballería de vanguardia. Nunca había visto a uno tan de cerca. Aparenta entre cincuenta y sesenta años, es delgado como un junco y luce un enorme bigote negro que mantiene tieso con cera de parafina. Viste pantalones holgados —los kurgan— metidos en las botas de piel de cordero, así como chaleco, chaqueta y pettu, la larga envoltura de lana que sirve como ropón, refugio contra el viento y petate de dormir. Lleva a la cintura los tres cuchillos afganos habituales metidos en un fajín de color carmesí, y carga también con dos venablos de madera de cornejo con puntas de hierro. Por sus cartas sé que la familiaridad de Elías con las tribus del norte viene de lejos. Ha combatido contra la caballería bactriana y sogdiana en las campañas babilónica y persa y tras la victoria, al estar de servicio como correo con ellos y más adelante como enviado, se había traído consigo a esos hombres para contratarlos en unidades especiales a las órdenes de Alejandro. Conoce a los dos grandes sátrapas, Espitámenes y Oxiartes, que ahora cabalgan con el pretendiente al trono, Beso, por la vertiente bactriana de las montañas.

No dice nada en toda la velada y tampoco lo he visto intercambiar una sola palabra con su guía, aunque el hombre está pegado a él toda la noche; de Steven Pressfield

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pie, en ningún momento sentado.

Le pido a Elías que mueva algunos hilos para meternos a Lucas y a mí en su compañía; haremos incluso el servicio como caballerizos. Riendo, mi hermano descarta eso con un ademán al tiempo que cita varias razones que obviamente son pretextos.

Salta a la vista que me está protegiendo. El cuerpo de operaciones de avanzada es peligroso.

—Bebe —me grita—. Hablaremos después.

Estoy asombrado por la cantidad de alcohol que mi hermano ingiere. En Macedonia, Elías siempre había sido un bebedor muy moderado. Ahora sin embargo está borracho como una cuba. Todos lo están. Es una bebida fuerte destilada del centeno y de la cebada, tan ardiente que hasta un caballo se atragantaría. Intento seguir su ritmo, pero la habitación me empieza a dar vueltas. Mi hermano se da cuenta y sonríe con regocijo. Estará muy mamado, pero no se le escapa ni el menor detalle y cuando se levanta para servir una libación, no vierte una sola gota. Conforme se desgranan las horas, se me presenta la ocasión de observarlo. El cabello, cobrizo con pinceladas grises, le cae en ondas hasta los hombros y le tapa una cicatriz que sólo ha podido hacerla el golpe de un sable; le baja desde la oreja izquierda, de la que le falta la mitad, y le atraviesa la mandíbula hasta la barbilla. En la mano izquierda le faltan dos dedos y el brazo lo tiene doblado permanentemente en un ángulo fijo; cuando alarga la mano derecha hacia el cuenco, tiene que utilizar el hombro porque de otro modo no llegaría. En dos ocasiones se ha disculpado para ir a aliviar la vejiga; las dos veces ha podido levantarse gracias a la ayuda de su amante y creo que no es por la embriaguez, sino porque los tendones de la espalda no se le distienden. Se da cuenta de que lo observo y se echa a reír.

—¡Desapruebas mis excesos con la bebida, hermanito! Pero mañana al amanecer, mientras tú

gimes tendido en el suelo al notar los párpados como clavados, sin poder abrirlos, yo estaré en la silla montado, listo para cualquier cosa.

Le creo. Su ropa está raída y tiene la piel curtida como cuero por el sol.

Es un guerrero. Y sus camaradas, también. Ninguno de ellos lleva barba.

Como Alejandro, todos los Compañeros del cuerpo de operaciones de avanzada prefieren ir con la cara rasurada. La amante de Elías ocupa un hueco en la alfombra que hay a mi lado, pero, al igual que con el guía, mi hermano no la presenta. Es encantadora, una pactiana de la campiña cercana a Ghazni, aunque de esto me enteraré más adelante. El hecho de que ella y el resto de esposas y amantes asistan a la fiesta en el reservado de los varones es una violación al decoro inimaginable en Macedonia y merecedora de la muerte aquí, en el este. Nadie se da cuenta ni le importa.

En un período de calma que hay en el jolgorio, la novia de Elías me enseña frases en dari. Habla un griego salpicado de palabrotas soldadescas que ella dice con una ingenuidad encantadora. Me estoy enamorando un poco. No consigo sonsacarle cómo conoció a mi hermano ni en qué circunstancias se

emparejaron. No obstante, me pone al corriente de las noticias sobre nuestro hermano mayor, Filipo, por propia iniciativa. Ha regresado sano y salvo de la India. Ahora está con un destacamento de élite de la unidad de comandos de montaña; ya han cruzado el Hindu Kush y han entrado en Afganistán septentrional, detrás de las líneas enemigas, y buscan alcanzar alianzas entre las tribus y Alejandro. Los fardos en sus caballos de carga van repletos de oro. Pasada la medianoche, Costas el cronista se enzarza en una discusión con dos compañeros de Elías. La polémica es sobre la reciente conjura contra el rey. En Frada, Alejandro ha sometido a juicio sumarísimo a su comandante de los Compañeros de caballería —Filotas, hijo de Parmenión—

con el cargo de traición. El ejército lo ha condenado a muerte y se ha cumplido la sentencia. Parmenión, de setenta años de edad y general de alto rango del ejército desde los tiempos de Filipo, también ha sido ejecutado siguiendo órdenes de Alejandro, aunque no había vinculación directa entre él y el crimen de su hijo. En el ejército se han alzado muchas voces indignadas y disconformes. Además, Alejandro ha actuado contra unos veinte oficiales más que tenían lazos familiares con Parmenión, algunos de los cuales han sido ejecutados y a otros se los ha cesado o se los ha arrestado. Los camaradas de mi hermano defienden estas medidas. Tal es la ley de los reyes desde antes de Agamenón, manifiesta un capitán llamado Demetrio.

—Si un hombre conspira contra el trono no sólo ha de pagar con su vida, sino con la de cualquier Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a

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varón de su familia, incluidos infantes. De otro modo, ésos a los que se ha perdonado buscarán venganza y si no lo hacen de forma inmediata, entonces lo harán más adelante. Nunca ha sido más imperioso tomar esas medidas que ahora, cuando el ejército está en guerra y en territorio enemigo. Con una sonrisa, Costas aplaude las opiniones del capitán.

—Amigo mío, hablas de la guerra entre los afganos y nosotros. No es ésa la campaña que Alejandro está disputando. Su guerra es dentro del ejército, entre las unidades antiguas y las nuevas. Los Compañeros no permiten que se ponga en tela de juicio a Alejandro, ni siquiera en broma.

—¿Te atreves a tachar de conspirador al rey? —espeta el capitán.

—Sólo comento —contesta el cronista— la conveniencia de esas condenas. Costas añade que si no se han dado cuenta de que ahora la mitad del ejército está compuesto por extranjeros. Las unidades, que al iniciarse la campaña eran prácticamente todas macedonias, están compuestas ahora por extranjeros más que nativos, hay más mercenarias que de milicia, más persas, medias, sirias, armenias, lidias, capadocias, que europeas.

—Mirad a vuestro alrededor. Dos tercios de nuestra caballería combatían contra nosotros hace un año. ¿A quién son leales esos extranjeros? Sólo al hombre a cuya clemencia deben su vida y de cuyo favor dependen sus esperanzas y fortunas.

—¿Adónde quieres ir a parar, amigo?

—A que esta guerra, mi valiente capitán, que todos creíamos que había terminado hace medio año, está a punto de convertirse en una segunda guerra cuyo fin no alcanza nadie a ver. ¿Acaso piensas que tus regimientos van a conquistar Afganistán y van a estar de vuelta en casa antes de la Fiesta de la Escarcha? ¡Jamás! Nuestro rey se está creando un nuevo ejército con el que combatirá

aquí y hacia el este para siempre. Derribar el imperio persa es la menor de sus conquistas. ¡Os ha derrotado a vosotros y ni siquiera os dais cuenta!

—No nos discursees con tanta suficiencia, redactor de obituarios.

Ha sido mi hermano el que ha hablado y todos los que están en la habitación se vuelven hacia él.

—Nos dices que miremos a nuestro alrededor. Pues nosotros te decimos que hagas lo mismo. —

El gesto de Elías abarca a los asistentes, repantigados y borrachos como cubas—. Aquí, malditos sean tus huesos, hay hombres que tenemos a la muerte por compañera y que, sin embargo, saldremos mañana a su encuentro para hacerle frente. ¿Qué nos importa dónde nos conduzca nuestro rey ni contra quién? ¡Es nuestro señor!

Al oír esto último, la cámara estalla en un clamor.

—¡Su brazo derecho ha derrotado a nuestros enemigos! ¡Su ímpetu nos ha alzado del anonimato a la fama! ¡Por su voluntad, el ancho mundo está en nuestras manos! ¿Qué somos sin él? ¿Dónde estaríamos si sirviéramos a otro?

La estancia retumba con cada frase.

—¿Conoces la Ciropedia de Jenofonte? —demanda mi hermano al cronista.

Contigo, ni en territorio enemigo tenemos miedo.

Sin ti, incluso volver a casa nos asusta.

Elías y yo salimos a la noche, bajo las estrellas. El amanecer lo llevará a las montañas. Se despide de mí con un abrazo.

—¿No me preguntas nada sobre madre y Eleni? —Eleni es nuestra hermana pequeña.

—Sí, sí, claro.

Pero mientras le hablo de ellas me doy cuenta de que mis palabras no retienen su atención. El shikari aúpa a la consorte de mi hermano a la silla de montar. La mujer espera. Me separo de mi hermano.

Elías me mira a los ojos con una expresión que es cariñosa y severa a la par.

—No malgastes el tiempo pensando en casa, Matías. No sirve de nada y sólo puede causar dolor.

Steven Pressfield

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El ejército emprende la marcha hacia el Hindu Kush en una radiante mañana de otoño. Ash, el arriero afgano, nos ha abastecido de las mujeres que necesitamos para reemplazar las bestias que no conseguimos alquilar.

Jura que son buenas portadoras. Fuertes. No habrá problemas. Llevo demasiado tiempo en Afganistán.

El plan parece aceptable. Me gusta.

La ciudad de Kandahar, de la que parte el ejército, se ha rehecho completamente. La hemos construido nosotros mismos en veinte días siguiendo las órdenes de Alejandro; hemos levantado murallas y empalizadas, hemos abierto calles y hemos excavado fosos defensivos.

Ahora es una ciudad de tiendas, pero los colonizadores e inmigrantes no tardarán en hacer de ella una urbe de verdad. Se ha dejado allí una guarnición compuesta de merces griegos, veteranos incapacitados y maces que quieren quedarse por razones propias o cuya riqueza hace que ya no sea apto para el servicio. La nueva ciudad controlará el río y las encrucijadas de la calzada del valle bajo de Arghandab y los mantendrá abiertos para el comercio, las comunicaciones y el suministro del ejército.

El nombre oficial de la ciudad es Alejandría de Aracosia, pero los nativos la llaman ya Iskandahar, «ciudad de Alejandro», por Iskander, la

versión persa del nombre de nuestro rey. Iskandahar está repleta de mujeres, en su mayoría jóvenes y todas hambrientas. Son peshnarwan, exiliadas, despojadas por la guerra.

El cinturón verde de Afganistán meridional es un tormento de pulgas, tábanos, moscardas y piojos. La senda hacia las montañas se abre paso entre canales de irrigación de los que salen insectos en unas nubes siseantes de zumbidos. Se te meten a montones en la boca y en los ojos, y te establecen colonias en el culo. Caballos y mulas sufren de un modo espantoso. Llevas puesto el equipo al completo y las piernas las cubres con una capa de barro (que los insectos traspasan de todos modos), así como una capucha de malla en la cabeza. El sendero se extiende a lo largo del A rghandab durante unas cincuenta millas en una constante v suave ascensión antes de comenzar la subida de verdad hacia las cumbres. En un pueblo llamado Omir Zadt

—«Nariz del Maestro»—, el camino recto se convierte en un continuo zigzag. La columna se prolonga a lo largo de millas. De noche, los campamentos están colgados de la cara de la montaña. Tan pronto llueve como graniza o nieva; o las tres cosas a la vez. Las mulas roznan de noche.

Huelen la proximidad del invierno; quieren regresar corriendo al establo, no subir hacia una atmósfera cada vez menos densa y más fría.

Como ya he dicho, nuestra sección ha alquilado porteadoras, once en total, para que vayan con las ocho mulas y otras dos más que Ash encuentra milagrosamente cuando averigua que me queda medio daric. Tampoco es nuestro grupo el único que ha recurrido a esta modalidad. Cada brigada tiene al menos doscientas mujeres, todas vestidas con pantalones, chaleco y pettu, así como el calzado astroso que los afganos llaman pashin.

La razón de que los contratistas escojan mujeres en lugar de mulas para entrar en las montañas es que si una mujer se lesiona, se agota o muere, la pérdida es menor. Una mula es una inversión seria. Aun así, uno sería un mentiroso si dijera que los ojos no se te van hacia esas muchachas delgadas de ojos oscuros. Una de ellas, que en realidad se llama Shinar aunque los maces le han puesto el mote de «Bizcochos» porque no le da apuro alzarse el pettu para agacharse a la orilla del camino, tiene unos diecisiete años, una edad intermedia entre mi hermana y mi novia, y es la única —excepto una Steven Pressfield

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chica de piernas largas llamada Ghilla— con un brillo inteligente en los ojos. Es delgada pero fuerte. La observo cargar un saco de sésamo que pesa la mitad que ella. Nunca habla. La cuarta noche me he acercado a Ash; quiero que le pregunte cómo ha acabado siendo una porteadora.

—Esas preguntas no deben hacerse nunca —me censura Ash.

Me da a entender que el caso de la joven no es algo excepcional. Afirma que los pueblos de estas chicas han sido incendiados, que todos los padres y hermanos han huido o los han matado.

—¿Los maces?

—¿Narik ta? ¿Y eso que más da?

La opinión del viejo hacia las que están a su cargo es que son afortunadas por estar vivas. A su modo de ver, es su salvador. Les llena el estómago, les da trabajo. ¿Quién más haría algo así? Sus propios dioses y antepasados las han abandonado por pecados cometidos en esta vida o en otra. Le pregunto a Ash cómo sabe él eso; alza las manos al cielo con las palmas hacia arriba.

—Si no fuera la voluntad de Dios, no habría ocurrido así.

Ash trata a las mujeres como a mulas. Las conduce con voces como

«jía», «so» y chasquidos de lengua en lugar de emplear palabras, las azuza con la tralla y las para con golpes y manotadas. No sabes lo que es una mula cargada hasta que ves los fardos con los que les hace apechar un afgano.

Las pobres bestias van tan sobrecargadas que apenas pueden trotar. Pues para las mujeres es peor. No se les proporcionan soportes para fardos ni correas, sino que simplemente se les da un saco o una caja y se les señala el camino que asciende. Si vacilan, las golpean; si caen reventadas, su carga se reparte entre las demás y se las abandona para que mueran. La chica llamada Bizcochos es la primera que ha replicado. Tuve oportunidad de verlo en un lugar donde el sendero cruza un torrente. Se yergue y le dice algo a Ash. El viejo rufián no habría tenido una reacción más sorprendida si una mula se hubiese puesto a hablar. Empuña el chatta, que es una cuerda doble con nudos retorcidos en las puntas. En mi vida había presenciado una paliza igual y doy un paso para ponerle fin, pero el sargento Bálago me sujeta.

—La chica es de su propiedad. Insultarás su honor si te interpones.

—¡A la mierda con su honor!

El viejo sigue golpeando salvajemente a la muchacha. Bálago me sujeta con más fuerza. Por los dioses, no lo soporto. Ash se da cuenta de mi

mirada y asesta unos pocos trallazos más de propina, sólo para demostrar quién manda en esta caravana. Después para. La muchacha yace inmóvil.

Ninguna de sus compañeras hace un solo movimiento para ayudarla y tampoco a mí se me permite acudir en su ayuda.

Cuando la columna recoge y se pone en marcha media hora después, la chica sigue tendida en el mismo sitio. Sin duda está muerta. Pero unas cuantas millas después, senda arriba, la vuelvo a ver. Las compañeras se han repartido su carga y se la llevan mientras ella avanza con esfuerzo, silenciosa como una bestia.

La columna ya se ha internado en las montañas. De noche las mujeres duermen apiñadas en un grupo, sin otra cosa con la que arroparse que sus pettu s raídos. Una vez, a medianoche, Bálago declara que tiene tan llenas las bolas que o monta a una mujer o a un asno, al que pille primero, y hace una incursión a su campamento.

—¡Uf, qué olor! —exclama antes de regresar a todo correr para acabar por sí mismo el trabajo. Seguimos ascendiendo. En otros ejércitos los soldados tienen sirvientes. En el de Alejandro un hombre carga con su equipo; las acémilas se usan sólo para cargar cuerda y tiendas, herramientas para construcción de calzadas, armas y armaduras de repuesto, así como su propio forraje. Una mula de cada tres va cargada exclusivamente de heno y grano, con las cebaderas atadas encima y agitándose como gallardetes con el ventarrón. ¡Cómo aúlla la noche en estas alturas! Cuanto más ancho sea el valle, más llevadero se hace el viento; en las gargantas silba realmente fuerte. A veces el sendero tiene forma de arco, un hueco tallado literalmente en la montaña. Tienes que agacharte o te abres la cabeza. El ventarrón sopla ladera arriba por la mañana y ladera abajo por la noche, excepto en las tormentas, cuando sopla de todas partes.

He de reconocer que Ash tiene razón en una cosa: las mujeres son duras. Más que nosotros. Con los pies envueltos sólo en harapos, caminan con seguridad a través de pedregales de des- Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a

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prendimientos y por ventisqueros helados sin protestar, como mulas.

Lucas se come con los ojos a varias mientras viajamos.

—Llevo demasiado tiempo en este sendero, Matías. Algunas de esas chicas empiezan a parecerme atractivas.

La actividad principal de Afganistán es el bandidaje. Cada valle es el hogar de un clan diferente y cada uno de ellos le saca peaje al viajero. La política de Alejandro es someter a todas las tribus salvajes que hay a lo largo de cualquier ruta que recorre. Eso significa enviar tropas a los cordales de las cumbres para proteger la ruta de la marcha. Lucas y yo nos ofrecemos voluntarios. Cualquier cosa vale con tal de romper la monotonía.

Emprendemos la ascensión a las zonas altas como gatos hacia una vaquería. Hay escaramuzas a diario. En su mayor parte los enemigos son nativos desarrapados y no van armados con arcos (a esta altitud el viento manda las flechas a tomar por saco), sino con hondas con las que pueden lanzar piedras del tamaño del puño de un crío a un cuarto de milla de distancia vertiente abajo. Si una de ésas te acierta por encima de las cejas ya no tendrás que preocuparte por el próximo día de paga. Perseguimos a esos bandidos, que se retiran de una posición defensiva de rocas amontonadas a otra y allí lanzan maldiciones y hondazos rompecráneos hasta que ponen pies en polvorosa cuando nos acercamos y los tenemos a tiro. Sus hijos, ágiles como cabras, actúan como vigías. Ahora acampamos por encima de las nubes. Todo el terreno lo configuran campos de nieve. En las zonas que no tienen el manto blanco, las brañas alpinas lucen alfombras de retama y brezo. Los días son deslumbrantes por el sol cegador y durante las noches hace un frío atroz. Se tarda una eternidad en calentar una escudilla de caldo y cocer un huevo es imposible. El pan se pone duro. Una carrera de doscientos pies nos deja sin resuello. Lo asombroso es que sigue habiendo moscas. Al quinto amanecer topamos con Bandera, Tolo y Estéfano. Se supone que los grupos de los cordales han de regresar a la columna después de cinco días para descansar. ¡A la mierda con eso!

No estamos dispuestos a que nos aparten de nuestros mentores otra vez.

Nos gusta estar aquí arriba, donde nadie nos da órdenes y, si se consigue evitar que te rompan la crisma las catapultas manuales del enemigo, las posibilidades de que te hagan picadillo son remotas. Con las cumbres alrededor hasta Ash se convierte en un buen tipo. Encontramos campamentos abandonados por el enemigo; imposible imaginar algo tan primitivo. Ash señala las marcas de diferentes clanes, unos límites que los khels jamás traspasarían en tiempos normales, pero ahora, invadidas por el gran Alejandro, las tribus se han unido.

Pregunto sobre Espitámenes. Ash lo conoce; o conocía a su padre. El viejo fue un héroe que cayó

con gloria combatiendo contra los escuadrones de Alejandro en la defensa de las Puertas de Persia. Al hijo, Espitámenes, no lo han educado para ser soldado, afirma Ash. De joven era enfermizo, un ratón de biblioteca. La enseñanza que recibió fue como astrónomo y estudioso zoroástrico.

—Bueno, pues se puso al día con rapidez —comenta Bandera, que le cuenta a Ash las atrocidades llevadas a cabo con nuestros hombres siguiendo las órdenes del Lobo del Desierto. Ash se encoge de hombros y Bandera lo mira fijamente—. Tú beberías también nuestra sangre ¿verdad, viejo ladrón de ovejas traicionero?

—Con gusto —contesta Ash entre risas.

Predice que Espitámenes será el enemigo más enconado al que Alejandro se haya enfrentado.

—Porque ese joven es aún más osado que vuestro rey y su talento para la guerra le viene dado por Dios. Fijaos en que ya ha hecho que vuestro ejército lo persiga por más de medio país y sin embargo aún estáis tan lejos de alcanzarlo como al principio.

Ash afirma que Espitámenes ha huido a través de las montañas y que no lo alcanzaremos hasta la primavera, que nos combatirá como un lobo en la oscuridad.

—Cuando os deis la vuelta, él ya estará en otra parte. Cuando os canséis, os atacará. Ash predice que Espitámenes nos desgastará, que se valdrá de nuestra propia agresividad e impaciencia para que actúen contra nosotros.

—Al final, vuestros propios hombres suplicarán marcharse de este país y vuestro rey aceptará

cualquier acuerdo de paz que se le ofrezca.

El resplandor es tremendo a esta altitud. Asesorados por nuestros shikaris preparamos unos Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a

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protectores oculares de cuero y madera y nos los atamos sobre los ojos.

En caso contrario nos quedaríamos ciegos. De todos modos, la abrasadora luz pasa a través; penetra por las paredes de piel de cabra de la tienda o de una manta doble de lana. «Levantamos» pelo de caballo de las catapultas de torsión para hacernos una especie de anteojeras para ponerlas sobre los

protectores. Si miras con los ojos entreabiertos una rendija, ves. Las vistas son espectaculares.

—¿A qué altura crees que estamos? —le preguntamos a Bandera en lo alto del cordal montañoso. Él señala un pico que hay doscientos pies más abajo.

—En casa, eso sería el monte Olimpo.

Le creo.

Una extraña pareja se ha hecho amiga aquí arriba: Estéfano y Ash. Al arriero y al poeta se los ve charlar a todas horas. Un amanecer, al levantar el campamento, Estéfano nos rocía la espalda con agua, que es la forma de decir «buen viaje» o «ve con Dios» en pactiano. El viejo enseña al poeta proverbios afganos.

Dios es tímido como un ratón en una pared hueca Que, según Ash, quiere decir que uno ha de acercarse a la divinidad en silencio y con humildad. Estéfano admira esto, pero a mí me repugna.

—¿Y qué dice tu dios sobre dar una paliza de muerte a una mujer? —le pregunto al mamón.

—¿Por qué no le preguntas tú? —replica el viejo.

—Te lo estoy preguntando a ti.

—Quizá, Matías —interviene Estéfano—, tú y yo ganaríamos más no emitiendo juicios en tierra extraña.

Aunque ciego, Dios ve; aunque sordo, oye.

¿Qué diablos significa eso?

Reza a Dios con el estómago vacío.

Estoy asqueado. ¿Qué clase de religión siguen estos mamones que les permite mutilar a nuestros hombres cuando aún están vivos? ¿A qué piojosa deidad que los empareda entre ignorancia y miseria le rezan?

—Cada precepto de sabiduría que adquieres con racionalismo te aparta más de Dios —dice Ash. El viejo nos cuenta que su religión no tiene nombre, aunque Estéfano ha deducido, con la información obtenida de este villano y de otras fuentes, que los afganos son descendientes de Afghan, hijo de Saúl, hijo de Jeremías, que fue comandante de Salomón de Israel y que construyó el templo de Jerusalén. Nabucodonosor se llevó cautivos a Babilonia a muchos de ellos, donde florecieron y se casaron con sus amos asirios y más adelante con persas y medos. Finalmente las tribus se asentaron en el desierto de Ghor, alrededor de Artacoana, y se hicieron llamar los BaniAfghan o Bani-Israel. Creían en un solo dios, creador del

universo. Esto encajaba bien con la fe persa de Zoroastro (nacido en Bactra, en el Afganistán septentrional), y cuyo dios de luz, Ahura Mazda, no es tan distinto del Yahvé de los hebreos.

Sea como sea, dice Estéfano, las congregaciones hicieron buenas migas.

Una nueva raza surgió, producto de la mezcla de medos y tapurios, daas, escitas y gandharis, pero todos, para sus adentros, eran afganos, todos seguían una versión del mismo dios afgano.

A mí todo esto me suena a un montón de patrañas. La religión de Ash, hasta donde alcanzo a imaginar, es un cúmulo de supersticiones tribales tan absurdas como las de nuestros habitantes de las tierras altas de Macedonia que veneran al azar, las tumbas y los antepasados. Le pregunto a Estéfano cuál es su religión.

—¿La mía? —Se echa a reír—. ¡Yo rindo culto a la poesía!

Daría la paga de un mes por oírle disertar sobre su tema, pero elude mis preguntas y sigue con la Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a

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cena. He descubierto una cosa: su verdadero nombre no es Estéfano. Su significado es «laurel» y admite que lo escogió para sí de una corona que ganó una vez en Delfos.

—Entonces ¿cómo te llamas realmente?

—No me acuerdo.

—¿Con qué nombre te alistaste?

—Se me ha olvidado.

Me aconseja que me cambie también el mío.

—Adopta un nombre de guerra, Matías. Resuelve un montón de problemas. A esta altitud las hogueras se hacen con brezo y aulaga. Los tallos fibrosos se arrancan del césped; les cuesta prender y dan tan poco calor que puedes meter la mano en ellos. Pero no tenemos nada más con lo que preparar la pitanza.

Le pregunto a Estéfano cómo puede ser poeta y soldado. ¿No entran en conflicto esas vocaciones, si es que no son irreconciliables?

De nuevo elude la pregunta y vuelve al tema de los nombres de guerra.

—Fíjate en nuestro amigo Bandera. ¿Sabías que era un mathematikós de joven?

¿Profesor de música y geometría?

—Él no lo admitirá, Matías, pero lo he visto coger un arpa de mano y sacarle melodías dulces como néctar.

—¿De dónde eres, Bandera? —pregunto.

—No lo recuerdo.

—¡Oh, venga ya!

—Se me ha borrado de la memoria.

Ash se acomoda a mi lado, encima de su piel de oveja.

—¿Narik ta? —dice. ¿Qué más da? (Literalmente «¿Y qué?») Estéfano muestra su aprobación con una risa.

—Matías ¿captas la profundidad y la sutileza de la religión afgana?

—No.

—Cuando nuestro amigo Ash pregunta «¿Qué más da?» no lo dice desde la desesperación o la desesperanza, como lo haríamos tú o yo al emplear la misma frase. Si no que plantea una pregunta puramente filosófica. ¿Acaso importa?

—¡Pues claro que importa! —replico—. Eso no es religión. No ofrece esperanza; niega el albedrío, la iniciativa, la potestad de obrar. Es la antítesis de todo lo que simboliza este ejército, porque ¿qué significa el éxito de Alejandro si no la fuerza de voluntad del hombre como individuo?

—¿Y qué éxito es ése?

—¡Mira a tu alrededor!

Tras oír esto, el resto del grupo se dispersa.

—Entonces ¿la conquista es tu religión? —me pregunta Estéfano.

—La acción lo es. Y la virtud. Como la personificáis Bandera y tú y nuestro rey.

—Vaya. ¿Lo hacemos?

Los veteranos resoplan, un sonido amortiguado por las pellicas.

Empieza a hacer demasiado frío para seguir con este coloquio.

—¿Sabes, Matías? —dice Estéfano—. Te tomé afecto desde el principio. ¿Te digo por qué?

—Porque nunca se calla —interviene Bandera.

—Porque hace preguntas.

—Ése es su problema.

—Y un día puede que tenga las respuestas.

El castañeteo de los dientes impone concluir el simposio. Estéfano se levanta para hacer su ronda por las posiciones de los centinelas.

—Me preguntas, amigo mío, cómo puedo ser poeta y soldado y mi respuesta es: ¿cómo se puede ser soldado sin ser poeta?

Esa noche dormimos a orillas de una charca. Al despertar nos encontramos con un carnero de montaña y sus hembras que nos observan desde lo alto de una quebrada. Les lanzamos piedras y Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a