La campaña afgana
La campaña afgana
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Bandera me ha adoptado —a su modo— o más bien yo me he pegado a él como un percebe. En Steven Pressfield
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Tápsaco ha ocurrido un incidente. Por fin nos han pagado y para celebrarlo mis compañeros y yo hemos buscado una barbería; al regresar al campamento no hemos encontrado la bolsa del dinero. Lucas la lleva siempre encima y en ella guardamos nuestro fondo común. Ha desaparecido. Esto es serio. Hasta el mes que viene no hay más pagas y no podremos soportar otro asedio del hambre. Busco a Bandera y le cuento que el último sitio en el que aún teníamos la bolsa ha sido en la barbería.
—Llévame allí —dice.
Recluta a Tolo y a un cabo mace llamado Rojillo. La tienda del barbero es a la vez su vivienda, una casucha de adobe con un sombrajo delante y una cocina a un costado. Es la hora de comer y la esposa no quiere abrir la puerta. Es una bruja gruñona que nos encara con mucha frescura. Bandera echa abajo las tablillas de una patada. Todas las tiendas de la ciudad se amontonan en el distrito del mercado, un hormiguero infestado de cólera
llamado Terik, que significa «paloma». En cuestión de segundos, los dueños de todos los puestos de la calle se apiñan a nuestro alrededor al tiempo que farfullan en su lengua y nos ordenan que nos larguemos. El cobertizo del barbero está a reventar de pilluelos y abueletes; también hay tres o cuatro hermanos o primos, hombres jóvenes, todos ellos armados y de pie, con cara de pocos amigos. Bandera va cargado con su garfio, una peligrosa arma que se usa para desmontar a los jinetes de la caballería, y una espada corta sujeta al hombro con un correaje; Tolo y Rojillo tienen sus espadas; Lucas y yo también las llevamos, pero quieran los dioses que no tengamos que utilizarlas. Bandera va directo hacia el barbero. Mediante señas y algunas palabras de la lengua de esta tierra le hace entender que queremos nuestro dinero.
—¡Fuera! —nos grita el tipo—. ¡Fuera de mi casa! ¡No tengo nada!
Bandera lo agarra por el cuello y lo estampa contra la pared. Tolo y Rojillo empiezan a volcar muebles, o las cuatro tablas que sirven como tal; tiran el caldero de cocinar y dan patadas a las tortas de pan que han caído al suelo. A estas alturas, los habitantes de la mitad de la calle han cerrado el círculo a nuestro alrededor y todos braman indignados y claman la inocencia de su vecino. Lucas y yo estamos seguros de que hemos cometido un error. ¡Debemos de haber perdido el dinero en cualquier otro sitio!
¡Dejemos en paz a esta pobre gente!
La cara del barbero se ha puesto de color púrpura, está atragantado y pone a sus dioses por testigos de que no es culpable de nada.
—¡Bandera, son inocentes! ¡Vayámonos!
Bandera no me hace ni caso, suelta al barbero y coge a un crío que se agarraba a los pantalones del viejo, aterrorizado.
—¿De quién es este mocoso?
El barbero no contesta. Nadie dice nada, pero salta a la vista que el crío es suyo. Bandera se vuelve hacia Tolo.
—Córtale un pie.
Tolo y Rojillo despatarran al crío, que chilla a más no poder. Tolo desenvaina el acero, la turba blande sus dagas y Bandera mira al barbero.
—¿Dónde está el dinero? —No obtiene respuesta. Le pregunta a la madre. Nada. Hace una seña a Tolo, que alza la espada.
En el último instante, una chiquilla suelta un chillido y señala un rincón en el suelo sucio. La madre la abofetea, el caos aumenta y Bandera investiga donde señaló la niña. Aparece nuestra bolsa de dinero.
Ya en la calle, Lucas y yo temblamos sin parar.
—Mentirosos y ladrones —masculla Tolo—. Todos ellos. Intentamos dar a Bandera parte del dinero recuperado; lo rechaza.
—Recordad esto —dice al tiempo que hace un gesto hacia el cobertizo del barbero—. Si la hermanita no hubiese chillado, mamá y papá habrían dejado que le cortáramos el pie a su hijo. Tiene razón.
—¿Y se lo habríamos cortado?
Bandera no contesta.
—A la cría le darán una buena paliza. Si no la matan a golpes, faltará poco. Steven Pressfield
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Tres días después marchamos por el paso que sale del valle de Reghez.
Cargo con un macuto de unas sesenta libras en la espalda y un fardo, más o menos la mitad de pesado, sobre el pecho; las cuerdas que los sujetan me están dejando los hombros en carne viva. Bandera se pone al paso a mi lado.
—Dándole vueltas a la cabeza otra vez ¿eh?
Luego sonríe y sigue marchando.
Ver caminar a Bandera es como ver fluir el agua. Tiene el cráneo del color del pergamino; para el caso que hace, es como si el sol cayera sobre una piedra. Nota mi mirada clavada en él.
—Te estás preguntando qué es un soldado ¿a que sí?
Le contesto afirmativamente y él señala una bestia de carga que sube por el camino delante de nosotros.
—Somos mulas, muchacho. Mulas que matan.
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Nuestra columna de reemplazo tarda ciento veintisiete días desde Trípoli hasta que alcanza, por fin, a las unidades de retaguardia del ejército de Alejandro. Hemos recorrido mil seiscientas noventa y seis millas según los agrimensores (que miden las calzadas con una precisión de media mano) a través de toda Siria y gran parte de Mesopotamia, Media, Mardia, Hircania y trechos considerables de Partia y Aria. He gastado tres pares de sandalias y el doble de la paga que me dieron para la marcha. Tengo la ropa
hecha harapos. Llegué al frente —si es que se puede usar ese término en una guerra que se disputa en un teatro de operaciones de mil millas de anchura y novecientas de fondo— cobrados tres meses de anticipo. Le pasa lo mismo a todo el mundo. Cuando se recorren largas distancias en columna, el tiempo lo mides en marcas peculiares del paisaje. Digamos que al coronar una cuesta llegas a un valle desierto, una panorámica de veinte o cincuenta millas de extensión. Te pones como objetivo las colinas que se alzan al otro extremo y mientras caminas hacia allí marcas el progreso a medida que te acercas. Y así, todo el día. O eliges otras marcas intermedias: pequeñas elevaciones, aguazales, lechos de río secos; wadis o nullahs, como los llaman en el este.
Se ven los fenómenos atmosféricos en millas a la redonda cuando atraviesas Media e Hircania. A mediodía, los turbiones cruzan la planicie.
Los chaparrones caen en un sector de la columna y en cambio no lo hacen en otro. Ves precipitarse cortinas de agua de las hinchadas panzas de las nubes sin que jamás llegue al suelo porque se evapora a gran altura por el calor del aire. Enormes sombras se deslizan sobre las planicies de forma que unas zonas del suelo están oscuras en tanto que otras resplandecen y se forman dibujos a medida que las nubes se desplazan por el cielo. Si se acumulan frentes tormentosos sobre las montañas, entonces hay aguaceros al final del día.
Los comandantes de Alejandro no aguantan que la hueste avance trabajosamente en una larga columna; no es estético ni castrense; no se puede combatir en esa formación. Así que cuando el terreno lo permite, las tropas se abren en abanico de diez o quince columnas de frente. Eso es bueno porque cuando se llega al campamento, la hueste al completo puede alcanzar a la vanguardia en una hora en lugar de cuatro. La columna prepara los bártulos antes de dormir; de esa forma se está preparado para emprender la marcha en la oscuridad, antes de amanecer.
Aparte de las salidas de reconocimiento, la caballería utiliza sus monturas en contadas ocasiones durante una marcha y los jinetes van a pie junto a sus caballos para que los animales no malgasten fuerzas. Los caballerizos conducen por las bridas a un animal de refresco en cada mano. A los caballos no se les permite ir sueltos en manada, ni siquiera en los ríos donde beben. De lo contrario, volverían a las jerarquías equinas y no servirían como animales de monta.
Cruzando Media vemos caza en abundancia. Gacelas y asnos salvajes; la columna los divisa a millas de distancia por la nube de polvo que levantan en el aire límpido. Se organizan partidas de caza del mismo modo que se haría con operaciones militares: las divisiones envían compañías montadas para cercar a los animales dando un amplio rodeo, a veces de hasta veinte millas, para cortarles la huida y conducirlos hacia los corrales improvisados con cuerdas —si se ha tenido tiempo de prepararlos— o simplemente haciéndoles correr hasta el agotamiento por campo abierto.
Los jinetes regresan con carne para las ollas del ejército. Es muy divertido y todo el mundo quiere ir. Rompe la monotonía.
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Un ejército que se desplaza a través de un territorio atrae por igual comercio y curiosidad de todo tipo. Han llegado actores de Éfeso y Esmirna; tenemos danzarines y acróbatas, arpistas y narradores, poetas, rapsodas; hasta sofistas dan disertaciones que, para mi sorpresa, tienen concurrencia. En Armenia, asistí a una conferencia fascinante sobre geometría tridimensional en medio de una gran tronada que descargó en el cordal de las montañas. De campamento en campamento, viajan junto á la columna caravanas de comerciantes o simplemente nativos que cargan a tope, a sus asnos con cualquier cosa que puedan vender: dátiles, ovejas, cerveza de pistacho, huevos, carne, queso. ¿Qué es lo que más buscan los chicos? Cebollas frescas. Allá, en casa, las cebollas se usan para condimentar los guisos. Aquí te las comes crudas. Son dulces como manzanas. Un hombre puede pagar la mitad del salario de un día por una buena cebolla. Evitan que se te caigan los dientes.
Tengo prometida en Macedonia. Se llama Dánae. Durante la marcha le escribo cartas imaginarias. Le hablo de dinero, no de amor. Cuando nos casemos, Dánae y yo necesitaremos el equivalente a la paga de seis años para hacer una oferta por una granja, ya que ninguno de los dos quiere estar en deuda con nuestras familias. A la primera oportunidad, me ofreceré como voluntario para operaciones de avanzada. La paga es doble. Esto no se lo puedo decir a Dánae, porque se preocuparía.
Hay muchas cosas que un hombre no debe contarle a su novia. Lo de las mujeres, por ejemplo. Un ejército viaja acompañado por otro ejército de putas y rameras, por no mencionar a las esposas del campamento, que
constituye un contingente auxiliar más permanente, y cuando éste se diluye en
«territorio del lobo» —territorio enemigo— las nativas vienen a reforzar sus filas. Hemos oído muchas cosas sobre el aislamiento al que someten a sus mujeres los asiáticos y sin duda tal cosa es cierta en tiempos normales.
Pero cuando un ejército tan cargado de botín como el de Alejandro pasa frente a tu casa, ni siquiera el patriarca con más vista que un lince puede tener vigiladas a sus hijas constantemente. Las doncellas siguen a la columna buscando la novedad, la libertad, el idilio, e incluso el milico más torpe sabe cómo emborracharlas hasta tumbarlas para tener un revolcón rápido. Estas chicas se quedan para remendar ropa y hacer la colada. La mitad de esos chochitos están apurados —vamos, que están preñadas—, de cuando pasó hace unos meses el ejército que va con Alejandro. Lo que no impide pasárselas por la piedra. Yo no, desde luego. Ni Lucas. Nosotros les somos fieles a nuestras novias, y eso es motivo de pitorreo para nuestros compañeros. Tolo es un putero que siempre está a la caza de algún higo. Se beneficia nativas de dos en dos.
«Una en cada cadera —dice—. Para que no se me enfríen.» La paga de sargento mayor de Tolo, contando las bonificaciones, es de dieciséis dracmas al día (dieciséis veces más que la mía). Por ese dinero uno puede comprar una casa aquí o contratar a medio pueblo para que haga el trabajo que quieras.
El ejército tiene su propia jerga. «Calentura» es la palabra para referirse a las mujeres. Jaca. Higo. Coñete. Rueca o bert (por la palabra nativa tallbert, «madre») para una afgana. Ellos también tienen su propia jerga para nosotros. Maces. Milicos. Bullahs (de «estúpido» en su lengua). Al sexo le llaman qum-qum. Al enemigo nuestros chicos le dicen baz, que es el nombre más común entre los varones afganos, por ejemplo: «Los baz andan ahí fuera esta noche.»
Hay mujeres de dos clases en Aria y Afganistán. A las que están bajo la protección de padres y hermanos se las llama tir banal, «la joya». Si se te ocurre dirigirle siquiera una mirada, su gente te degollará. Las de la otra clase han perdido la protección del clan. Quizá sus familiares masculinos han muerto en alguna pelea o en una guerra o esas mujeres han cometido alguna transgresión y las han repudiado. Éstas son las chicas con las que nosotros, los maces, nos relacionamos. Sin embargo no son fulanas. Tienen dignidad. Tienes que casarte con ellas.
Aquí el matrimonio no es como en casa. Uno de mis compañeros de andas, Filotas, conoció a una chica en un pueblo al oeste de Susia. Por la noche ya se habían casado. Nada de ceremonias; sólo tienes que declararlo y ya está. Mis compañeros se burlan de mí porque me tomo en serio el matrimonio. Así es como lo siento. No puedo aceptar estos apaños sin compromisos y sin ritos. No me parece bien.
En la columna recibimos el correo. Las cartas de casa nos llegan cada diez días; en las tropas hay Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a
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gente a la que le llegan cartas del ejército que está más al este. Ésta es de mi madre:
... No tienes que escribirme notas desenfadadas, hijo, y tampoco me importa el progreso de la actual campaña. Dime que estás bien, nada más.
Mantente con vida, hijo mío, y vuelve a casa conmigo.
Hay una carta de mi hermano Elías, que va con la guardia personal de Alejandro en Afganistán, por delante de nosotros. No lleva sello de tributo.
El correo desde un ejército en combate está
exento de tasas.
Todas las cartas informan de las mismas noticias: Darío ha muerto.
El rey de Persia ha caído, muerto a manos de sus propios generales cuando huían de Alejandro. Los de la columna de reemplazo nos quedamos desolados con esas nuevas. La guerra acabará
pronto y haremos el hatillo para volver a casa con la bolsa tan vacía como cuando emprendimos este viaje.
Elías parece gozar de un estado de ánimo excelente.
¡Matías, pequeño bribón! ¿Cómo estás? ¿Ya has catado tu primer chochito asiático? ¡Bienvenido al ejército combatiente, pobre milico!
Se encuentra bien, dice, a excepción de una herida a la que le quita importancia. Dice que ahora está en el hospital, en Frada, cerca del Gran Desierto de Sal, el Kavir; por eso tiene tiempo para escribir.
La guerra persa está en las últimas, hermanito. Todos los grandes cerebros enemigos buscan llegar a acuerdos. Es todo un espectáculo ver la llegada de esos peces gordos. Por delante van, bajo bandera blanca, sus lugartenientes o sus hijos si los tienen. Las acémilas vienen cargadas de botín «para Iskander», que es el nombre persa de Alejandro. Los recibimos
como a gatitos caprichosos y tenemos órdenes de tratarlos como si fuesen azúcar que debemos llevar a casa en la lengua.
Grandes generales y gobernadores persas, nobles que han luchado contra nuestros chicos por toda Asia —Artabazo, Fratafernes, Nabarzanes, Autofrádates, así como los que han matado a Darío: Satibarzanes y su adlátere Barsaentes— han doblado la rodilla y han sido recibidos con clemencia por Alejandro. ¿Quién más podría dirigir el imperio por él?
Hasta los mercenarios Glauco y Patrón, comandantes de la excelente caballería pesada de Darío, han acudido con sus mandos para acordar la paz. Ahora forman una unidad del ejército de Alejandro.
Sólo queda un enemigo rebelde. El general persa Beso, con ocho mil soldados de caballería afgana y con acceso a treinta mil más: los jinetes escitas de más allá del Jaxartes. Se dice sucesor de Darío y está reuniendo un ejército para proseguir la lucha.
No te preocupes, hermanito. Sus propios generales saben de dónde sopla el viento. Nos traerán su casco —con la cabeza dentro— en muy poco tiempo.
En Aria, cerca de la frontera con Afganistán, tenemos la primera oportunidad de desenvainar armas fuera de los entrenamientos. A Tolo y a Bandera, con la mitad de nuestra compañía de mercenarios, les asignan la tarea de dar protección a un tren de suministros que ha de llegar a un pueblo situado a dos días de la calzada militar. Lucas y yo vamos. A mitad de camino, en una zona de barrancales, un destacamento de jinetes aparece sobre una cresta, al frente. Tolo, Bandera y los
«merces» salen en su persecución y nos dejan a los sorches con unos cuantos arrieros y nativos para proteger la caravana. Por supuesto, nada más perderse de vista nuestros compañeros aparece un grupo de otros treinta bandidos. Nosotros somos doce y sólo cuatro estamos armados. Los forajidos son los maleantes de aspecto más feroz que hemos visto nunca.
Nosotros no les damos ningún miedo. Cabalgan directamente hacia los suministros y empiezan a servirse. Intentamos ahuyentarlos Steven Pressfield
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con palabras amenazadoras al tiempo que blandimos las armas. Ellos hacen otro tanto, aunque de un modo bastante más convincente. Nuestros nativos han puesto pies en polvorosa colina arriba, fuera del alcance de las
flechas. Poco después estamos con ellos. Lucas quiere atacar; dice que nos someterán a consejo de guerra por cobardía si no lo hacemos.
—¿Tú estás loco? —le increpa Trapos—. Esos merodeadores nómadas nos matarán a todos. Los bandidos se van y no dejan nada. Nos sentimos idiotas. Tolo y Bandera regresan y, sin mediar palabra, organizan una persecución. Cuando los jinetes ven llegar a la tropa tiran el botín y huyen.
Lo recuperamos todo.
—No perdáis ni un minuto de sueño por esto —nos anima Tolo después
—. Hicisteis lo correcto. La culpa fue mía por dejaros solos.
Pero nos sentimos chasqueados. El miedo nos ha dejado la mente en blanco y las extremidades agarrotadas.
Estando en marcha, el ejército hace un alto cada cinco días para que los animales descansen. En casa esto sería un día de asueto dedicado a pasatiempos y a reparar el equipo. En el ejército de Alejandro, no. Aquí, en el este, entrenamos.
Aprendemos defensa contra la caballería; aprendemos formación en cuadros huecos y cortinas defensivas móviles; aprendemos cómo simular una carga y cómo recobrar terreno. Hasta cabalgamos un poco. Por cada montura principal, los caballerizos conducen dos animales de refresco.
Estas reatas son propiedad de los jinetes; en una guerra convencional, los soldados de caballería jamás te permitirían acercarte a sus animales. Pero en este teatro, es otra historia. Aquí
fuera no existe nada parecido a un caballo principal. Se nos ha reclutado como infantería montada y así constamos en los libros. En caso de entrar en acción y tener que salir la caballería principal, formaremos una auxiliar con monturas de refresco para proteger a la columna. Seguimos viaje.
Practicamos operaciones de acordonamiento; es decir, cercar pueblos.
Nuestras compañías ensayan en emplazamientos ficticios a través de Armenia y de la Siria mesopotámica, y después en el marco real, en las montañas kurdas, al este del Tigris. La fuerza rodea una aldea en la oscuridad para estar en posición de ataque con las primeras luces. Se lleva a cabo en completo silencio. El propósito es que no escape ningún aldeano.
La formación de asalto es en orden abierto, en tres líneas.
Punta Punta
Ala Ala Ala
Zaga Zaga
La misma configuración se utiliza para la persecución del enemigo. El principio es la cola de golondrina invertida, en la que a un enemigo individual se le hace pasar entre las puntas, se lo ataca por las alas y lo remata la zaga.
Ala Ala
Zaga
Cuando se cierra el acordonamiento alrededor de un pueblo siempre se deja una vía de escape. La caballería y las tropas de proyectiles se ocultan en los flancos de esa vía. Así es como nos enseñan a tomar prisioneros, derribándolos mientras corren (los rangos más altos son siempre los primeros en salir), en lugar de intentar tomar cautivos de forma selectiva en la confusión del asalto. Ahora pasamos más tiempo practicando golpes mortales. Es inquietante. Lucas y yo nos hemos sentido atraídos hacia los sacrificios al amanecer para observar la forma en que los sacerdotes degüellan ovejas y cabras.
¿Seremos capaces de hacer lo mismo a un hombre?
¿Nos quedaremos petrificados en el momento crucial?
Somos muy conscientes de ser unos muchachos, no hombres como Bandera y Tolo. No hacemos nada como ellos. No hablamos como ellos ni nos plantamos en la misma postura. Ni siquiera Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a
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meamos como ellos. Ellos habitan en una esfera que está muy por encima de nosotros. Los imitamos. Los observamos como si fuésemos niños. Están fuera de nuestro alcance. La columna ya ha pasado por Susia.
Los huesos de mi padre reposan aquí, en el cementerio militar. No nos han dado tiempo para hacer un alto. Los reinos afganos se encuentran a sólo unas pocas etapas de marcha más allá. Hace días que a nuestra fuerza la siguen «nubes» y «fantasmas», que es como se llama en la jerga de los soldados a los andrajosos jinetes montados en yaboos. Según nuestros guías no son afganos, sino arios y partos, pueblos que se supone que hemos conquistado. Lucas los mira con desconfianza.
—Pues por su modo de actuar a mí no me lo parecen.
Ahora la columna avanza armada todo el tiempo y flanqueada por la caballería. Una cosa que no había esperado viniendo del ejército es el prodigioso consumo de alcohol. Es impresionante cómo se le da a la priva.
Los veteranos se ponen ciegos todas las noches hasta caer redondos. Por la
mañana hay que despertarlos a patadas y a veces ni siquiera eso funciona.
La columna recoge los bártulos en medio de una cacofonía de toses, bascas, carraspeos, vomitonas; los hombres están hechos unos zorros durante las primeras cinco millas. Si el enemigo atacara al amanecer nos haría picadillo.
Bandera dice que aún será peor después del primer combate. Nos aconseja a Lucas y a mí que empecemos a beber ahora para que el estómago se nos acostumbre.
—En el frente no se aguanta sin beber.
En el ejército se llama «matarratas» y «meados» a la abrasadora priva barata que deja a un hombre sin sentido como si hubiese recibido un golpe en la sien. Esos licores no se parecen en nada al vino rebajado con agua que beben los caballeros en la cena para animar la conversación; es alcohol fuerte que se traga puro, sin aguar. Los destiladores salen de la columna, hombres que saben hacerlo con arroz, centeno, remolacha, pistachos, dátiles de palma; sacan un brebaje de mijo y sésamo asqueroso como cuajada rancia, pero que pega tan fuerte que los hombres hacen cola para conseguirlo. Los coroneles dejan exentos de servicio a los maestros cerveceros y los mandan, hasta escoltados por caballería, a preparar el mejunje sin el que el ejército no funciona. Barricas de cerveza de centeno y trigo, tan espesa por los posos que tienes que sorberla con una caña, se reparten por depósitos situados en la ruta de la columna en marcha. En Aria, la columna se quedó
sin priva durante un tramo de cuatro días de marcha y se llegó a echar mano a las dagas entre compañeros por culpa de la tensión. Los comandantes tuvieron que mandar grupos armados para afanar algún tipo de bebida e incluso cosas como peladuras de pintura de tablones de barcos con tal de evitar que los hombres se mataran entre ellos.
¿Por qué beben los soldados? Bandera dice que para no pensar, que si piensas, empiezas a tener miedo.
El principal narcótico en Afganistán es el naswar o «nas», una goma resinosa de color oscuro que se extrae de las amapolas opiáceas. Lo haces una bola y te lo metes debajo del labio. Te pone negras las encías. El nas viene en dos tipos: el negro y el marrón. El marrón es más barato y en la goma aún quedan semillas. En la tropa se le llama «alpiste». El negro es una pasta pura. La gracia es que se distingue a un oficial de un recluta dependiendo de si usa «negro» o «alpis.» Yo no pienso probar esa mierda,
pero hay muchos que no pueden pasar sin ella. Hay otras drogas, como el hosheesh, el kanna y el bahng; son tipos de opio. El primero y el tercero se fuman en una pipa, mientras que el segundo se mastica. Los tres son tan baratos como los nabos y es fácil conseguirlos. Alejandro ha prohibido el consumo de todo eso, excepto el vino, pero ni siquiera él puede poner freno a este tráfico.
Todas las noches la bebida se cobra la vida de uno o dos hombres y sus sargentos tienen que escribir cartas a las viudas. Estéfano complementa su paga redactando decesos inventados para esos informes. No le puedes decir a una esposa que su marido se ha fundido los sesos con nas negro y que se ha partido el cráneo al irse de cabeza a una zanja.
Los fantasmas afganos continúan siguiendo a la columna. Hemos acelerado el paso; nos estamos acercando a Alejandro. Llegan mensajeros que han estado con él hace sólo seis días.
¿Cuándo entraremos en acción?
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—Cuando menos nos lo esperemos —responde Bandera.
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La columna llega a Artacoana a los ciento veintisiete días de haber salido de Trípoli. Ni el propio infierno podría ser más horrible que la parte baja de la ciudad, a los márgenes del cauce seco del río; pero la parte alta, la Ciudadela, es increíblemente elegante y civilizada. A las mujeres se les permite salir a las calles, aunque tapadas de pies a cabeza. Se las oye soltar risitas detrás de los velos. Hay parques por todas partes. Bosquecillos de tarayes proporcionan sombra; las ramas exudan una especie de sustancia azucarada que los nativos llaman amassa. Te puedes pasar todo el día comiéndola y seguirás teniendo el estómago tan vacío como cuando empezaste. A última hora de la tarde descargan chaparrones que empapan la ciudad; el suelo absorbe el agua en cuestión de segundos y se queda tan reseco y yermo como estaba antes del aguacero. Los persas investidos por Alejandro administran la ciudad. El propio Alejandro ha continuado la
marcha hacia el nordeste con el ejército en pos de Beso, que se había proclamado sucesor de Darío. Nuestro rey invadirá Afganistán desde el norte, antes de que el invierno cierre los pasos.
Artacoana es famosa por sus fábricas de calzado. Toda la parte sur huele como una tenería. Se consiguen excelentes botas, bolsas y sillas de montar por casi nada. A la mañana siguiente de llegar allí, Lucas y yo encargamos unas botas tobilleras a medida; el zapatero nos había prometido que los dos pares estarían terminados a última hora del día siguiente y el hombre nos ha dado el alegrón de cumplir lo dicho. Mientras el zapatero nos las prueba estalla un alboroto en la calleja. Chiquillos y mujeres pasan por delante de la tienda a todo correr, alarmados. Pisándoles los talones aparecen dos correos maces que se dirigen a galope tendido a la parte alta de la ciudad. Si presiente problemas, el instinto del soldado es agruparse con su unidad.
Lucas y yo salimos a la calle a tiempo de ver entrar una desastrada columna de infantería macedonia que llega del desierto y avanza penosamente. El hecho de que no lleven escolta de caballería significa que ha sucedido algo terrible. De vuelta al campamento nos encontramos con Bandera v Tolo en el camino. Estéfano va con ellos. Nos cuentan que ha habido una masacre a dos días de camino al sur de la ciudad. Rebeldes al mando del traidor Satibarzanes y su comandante de caballería, Espitámenes (al que llaman
«Lobo del Desierto» por su astucia) han tendido una emboscada a una compañía de noventa maces, entre ellos sesenta Compañeros, así como a ciento veinte mercenarios y los han matado a todos excepto al grupo que vimos entrar penosamente del desierto. Partirán dos columnas montadas para vengar esto. A Lucas y a mí nos reclutan para la segunda.
El primer grupo parte al instante; es la columna de persecución y su trabajo consiste en localizar el rastro del enemigo y seguirlo. Nuestra tarea en la segunda columna es cargar pertrechos y seguir a la primera con armaduras, raciones y el equipo pesado. Vale la pena ver a Bandera, a Tolo y, en especial, a Estéfano trasegar con el equipo y prepararlo. Pobre del enemigo cuando estos hombres lo alcancen.
Nuestra columna de persecución es un cuarto de brigada, alrededor de cuatrocientos hombres, la mitad maces y la otra mitad aqueos. El comandante es Amintas Aeropo, más conocido por «Buey». La compañía no ha entrenado ni combatido nunca como unidad; ni siquiera hemos hecho prácticas. Tolo divide en dos a nuestro grupo de sesenta y cuatro, con Bandera al mando de una sección y Estéfano al mando de la otra. Lucas y
yo estamos con el poeta. Todos vamos montados —mi compañero y yo en asnos— y llevamos de las riendas una mula con carga. Seguimos el rastro de la primera columna hasta el anochecer. Jinetes que han retrocedido se reúnen con nosotros y nos guían Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a
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en la oscuridad. Mis botas nuevas aún no estaban cosidas, así que guardo las sandalias desgastadas en una alforja y monto descalzo.
Alcanzamos a la columna de persecución dos horas antes del amanecer.
Tenemos tiempo para comer algo y descansar un rato. Las dos columnas prosiguen la marcha al día siguiente. La comarca al sur de Artacoana la forman valles desiertos; las cadenas de colinas se suceden unas a otras.
Cuando va a caer la noche del segundo día de viaje, unos jinetes exploradores regresan a galope. Se llama a reunión a los capitanes. La columna se divide en tres: una fuerza de bloqueo dará un rodeo hacia el sureste; una segunda fuerza de asalto irá hacia el suroeste (esos somos nosotros); la tercera montará un campamento base con posiciones de cobertura y nos seguirá cuando se la llame. Emprendemos la marcha a pie, en la oscuridad. Nadie nos dice nada a Lucas y a mí; no se han impartido órdenes y nos da vergüenza preguntar. Sólo tengo las sandalias viejas y a estas alturas las suelas están hechas una pena.
El último explorador vuelve al trote una hora antes de amanecer. Por fin Tolo convoca a nuestras secciones. Nos reunimos en una barranca, debajo de un afloramiento alomado de basalto; la luna se está poniendo.
Alcanzamos a distinguir un río en el desierto, de unos cien pies de ancho y dos dedos de profundidad, que brilla como una cinta hasta desaparecer más allá del recodo del afloramiento. Al parecer, sus meandros pasan por un pueblo que está fuera del alcance de la vista, detrás del alcor. El enemigo se ha refugiado en ese pueblo, porque se ha localizado sus caballos. Ignora que nos encontramos aquí.
Tolo bosqueja el pueblo en la arena. Será una operación de acordonamiento. Las columnas cercarán el lugar y entrarán con las primeras luces.
«¿Podré hacerlo? —me pregunto—. ¿Seré capaz de enfrentarme al enemigo cara a cara? ¿Qué
haré cuando la rabia o el terror lo impulsen a lanzarse contra mí?»
—¿Prisioneros? —pregunta un sargento al que no conozco.
—¿Tú qué crees? —pregunta Tolo, tras mirarlo fijamente. La reunión de oficiales termina. A Lucas y a mí siguen sin decirnos nada. Estéfano se acerca.
—Vosotros atraparéis a las mujeres.
Señala a un cabo mace llamado Tonel y nos ordena pegarnos a él. Un instante después Estéfano desaparece, armado. Tonel, de unos cuarenta años, tiene un ojo lechoso y brazos como barras de hierro. Otros seis forman a su lado, cuatro maces y dos aqueos. Guardan las picas y cogen cuerdas en las que hacen nudos corredizos con destreza y rapidez. Nadie nos da órdenes ni nos dice qué
hacer. Los otros no se han despojado de la espada, así que nosotros tampoco lo hacemos. Lucas se pone al paso con Tonel cuando echamos a andar.
—¿Qué hacemos con las mujeres?
El cabo se detiene.
—Bueno —empieza—, no vais a pedirlas en matrimonio.
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La fuerza de acordonamiento desciende del alcor en ligeras zancadas y se desplaza por el terreno como la sombra de la luna. Nunca he visto a unos hombres moverse tan deprisa y tan en silencio. Los pueblos afganos se proyectan en círculos, como los fortines, rodeados por un muro de ladrillos.
Nuestros hombres saltan el de éste a decenas, como agua que se desborda de una presa. Lucas y yo los seguimos torpemente, tratando de no perder de vista a Tonel. Nuestro cometido es no matar a nadie; estamos demasiado verdes para que se nos confíe tal responsabilidad. Sólo hemos de acorralar a las mujeres y a los niños y retenerlos para venderlos como esclavos más adelante. Saltamos el muro a todo correr. Dos perros yacen despatarrados, con un tajo en el cuello; obra de nuestros compañeros para silenciar a esos centinelas. Dentro hay otro muro. El lugar es una colmena de patios de cocina y rediles para rebaños. Tropezamos con cabras y con jaulas de mimbre para pollos y gansos.
Ya suenan los primeros gritos, de nuestros hombres y de los enemigos.
Los perros aúllan por doquier. A las casas afganas se entra por el patio.
Éstas son de zarzos y bálago. Nuestros hombres prenden fuego a los tejados
e irrumpen en el interior. Nuestra horda corre hacia el barrio meridional de la villa. Tonel grita al tiempo que señala una hilera de chamizos pegados al muro.
—¡Cogedlos según van saliendo!
Matronas y rapazuelos abandonan en tropel las cabañas en llamas. Tonel y otros los azuzan hacia los corrales que hay a lo largo del muro. En cuestión de segundos, nuestro grupo ha atrapado a una docena y siguen saliendo más; todos chillan aterrados.
Me vuelvo hacia el pueblo. Los caballos llenan todas las callejas mientras nuestros enemigos salen disparados, descalzos y medio desnudos.
Nuestros chicos los lancean con la media pica o los derriban de los ponis con garfios. Es a la vez extraordinario y espantoso ver con qué eficacia nuestros maces realizan esta tarea. Acaban con todos los varones de una familia sin apenas hacer ruido, con tal presteza que las esposas y los niños se quedan conmocionados, aturdidos. Es la forma de matar de lobos o leones, la fría matanza de un depredador. Es un trabajo. Nuestro grupo retiene a mujeres y chiquillos. A nuestros pies berrea una caterva de cabras y críos que se pega, aterrada, contra las paredes de zarzo del corral hasta el punto de que se comban y amenazan con irse abajo. Sigo sin saber qué se supone que tenemos que hacer. Echo un vistazo a Tonel, que se encuentra al otro extremo del corral. De repente una mujer saca algo de debajo de la ropa y se lo clava en el estómago.
Tonel no se mueve, simplemente baja la vista con gesto de sorpresa y luego la alza de nuevo hacia la cara de la matrona, que permanece paralizada ante él con una expresión igual de sorprendida. Lo ha apuñalado.
Tonel tiene empuñada la espada en la mano derecha. Sin apresurarse en absoluto, ase a la mujer con la mano izquierda por la tela del tocado y con un seco golpe le estrella el extremo de hierro del arma en el centro de la frente. Luego se vuelve hacia Lucas. Se ha oído el chasquido del cráneo de la mujer al partirse desde el otro lado del corral.
Al instante, todos los maces y aqueos empiezan la matanza de sus cautivos. En cuestión de segundos, veinte mujeres son cadáveres. La sangre mana de tal forma que parece que se hubiesen derramado a la vez grandes jarras de vino. No hay lucha ni forcejeo porque los macedonios ejecutan su labor con tal rapidez y de forma tan letal que a las víctimas se les quita la vida antes de que tengan tiempo siquiera de gritar. No es en absoluto un acto impulsado por el ansia de matar ni Steven Pressfield
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proporciona satisfacción hacerlo. Por el contrario, es evidente la exasperación de los maces porque ese montón de mujeres podría haberse vendido por un buen puñado de dinero. El espanto me ha paralizado. Una cosa es contar semejante holocausto desde la segura distancia de un recuerdo y otra muy distinta presenciar cómo ocurre ante tus ojos. Una mujer afgana se aferra a mis rodillas mientras suplica a gritos. Dos niños entierran la cara en sus faldas.
—¡Rájala! —me grita una voz de hombre. Es uno de los maces que no conozco. Se llama Nudillos. Lucas se ha acercado a mí.
—Obedece, Matías!
Me vuelvo hacia él como en un sueño. ¿Qué esperan que haga? Desde luego, daño a esta pobre y desesperada madre, no. Un golpe me gira con violencia. Es Nudillos otra vez.
—¿Es que intentas matarme? —brama.
No sé de qué me habla. Me atiza un codazo en la mandíbula. Me tambaleo y veo que alza la espada sobre la matrona mientras los pequeños chillan aterrorizados. Lucas me saca de allí tirando de mí. Ahora estamos fuera de los corrales. Hay caballería mace por todas partes. Se ven enemigos a docenas que escapan a galope entre las colinas. Nuestros chicos salen en su persecución.
Huyo por las calles. Ahora estoy solo; corro a zancadas entre chamizos hechos con adobes. A saber cómo he perdido mi arma. Otros maces pasan a toda carrera, en parejas o en grupos de tres; acorralan a afganos en callejones sin salida y los despachan. Nuestros enemigos —es decir, esos carniceros que han masacrado a nuestros compañeros en el desierto— han huido todos. Los que quedan son del pueblo, los pequeños terratenientes nativos que les han dado refugio. Camino entre el caos de paredes desplomadas y carros volcados. Comprendo que he cometido un delito grave al dudar en los corrales de ovejas. Si una de esas tipas tenía un arma, todas tendrían. Había que tomar medidas de inmediato. Un soldado con el que no pueden contar sus compañeros es más peligroso que un enemigo.
Eso lo tengo claro. Sigo corriendo. En una calleja veo a Amintas el zapador lancear a un afgano por la espalda; apunta entre los omóplatos, pero cuando el hombre, tratando de huir, se encarama a un muro, la media pica de nueve pies se le hunde en la parte carnosa del trasero, atraviesa por la cavidad de
la pelvis y le sale por el vientre. El hombre chilla y cae hacia atrás; el astil se parte cuando el cuerpo del afgano empalado se retuerce. Las tripas del pobre tipo se salen por la espantosa raja que se le ha abierto al caer; se enredan en la escala que ha quedado debajo de él, aunque no es una escala propiamente dicha, sino un simple tronco de árbol descortezado con trozos de ramas a los lados, a guisa de peldaños. El hombre se afana en recoger las tripas y se las mete por el agujero del vientre sin dejar de chillar, aterrado.
Doy media vuelta y echo a correr. En la calle tienen lugar más escenas de degollinas. Intento escapar de ellas por miedo a que ese horror me vuelva loco. Al mismo tiempo sé que mis camaradas se darán cuenta si huyo, así que busco una forma de que mi marcha parezca intencionada. Que esté solo y separado de mi unidad es una falta punible con latigazos; que haya perdido el arma significa la muerte. Y no voy manchado de sangre. Eso es todavía peor. Me delata. Todos los demás están pringados hasta las cejas.
Me estrujo las meninges: ¿dónde encuentro algo de sangre con la que embadurnarme?
Una mano me agarra por detrás. Es Tolo. Me ha descubierto. Sin decir palabra me saca del callejón y me lleva a un patio de tierra. Media docena de maces llenan el sitio. Tolo me empuja a través de la entrada baja de una choza al interior de un abarrotado cuarto oscuro. Me arreo un trastazo tan fuerte en el cráneo con el dintel que casi me caigo redondo. Tolo me empuja hacia algo que hay en el centro del cuarto. Es un hombre. Un afgano de unos cincuenta años con unas trazas que impresionan y al que sujetan dos maces a los que no identifico. Al cautivo le han dejado sin dientes a golpes y la boca es una masa sanguinolenta. Está de rodillas. Tolo me agarra la mano derecha y me pone en ella la empuñadura de un destripador, como llaman al cópiele, una espada corta de tipo espartano.
No hace falta que dé una orden. Está claro lo que tengo que hacer. No puedo.
—¡Ventílatelo! —me grita Tolo. ¿Cómo? No tengo ni idea de qué tipo de golpe he de asestar. Los ojos del afgano se quedan clavados en los míos.
Dice algo en su idioma que no entiendo. Noto Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a
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la hoja de Tolo rozándome el cuello. El viejo repite su maldición, ahora a gritos. Arremeto con la espada contra su vientre, pero no lo hago con suficiente fuerza y elhombre se retuerce hacia un lado al tiempo que chilla.
Noto que la hoja rebota en las costillas del viejo y resbala. Ni siquiera le he hecho sangrar. Tolo me suelta un bofetón y añade una sarta de obscenidades. Oigo reír a los hombres que tengo detrás y siento que la cara me arde de vergüenza. Los dos maces que sujetan al viejo lo vuelven a poner delante de mí. El hombre me escupe a la cara y me grita la misma maldición. Agarro la empuñadura con las dos manos y arremeto contra su vientre moviendo el arma de abajo arriba. Pero ahora he empujado con demasiado fuerza y la punta de la espada lo ha atravesado y asoma por detrás. Se ha quedado atascada entre las costillas, por la espalda, y no consigo sacarla. Oigo a los dos maces que tengo detrás desternillarse de risa. Tolo me atiza otra vez. Pongo el talón en el pecho del viejo y saco la espada de un tirón. La tripa se le abre, pero no por ello mengua una pizca su entusiasmo para escupirme e insultarme. Alzo el arma y la hundo, apuntando a la arteria del muslo del viejo, pero de algún modo no le corto a él, sino a mí mismo. Me abro un tajo en la pierna derecha del que mana sangre con una abundancia inimaginable. Estoy fuera de mí por la vergüenza, la mortificación, el miedo, la rabia y la angustia. Ahora hasta Tolo se ríe. Por si fuera poco, un perro ha entrado en el cuarto y se organiza un jaleo tremendo. El afgano sigue escupiéndome. Una forma surge en mi campo visual, por encima de mí y hacia mi izquierda. Más que ver, noto una mano que ase al viejo por el pelo; la forma asesta una cuchilla de revés, con fuerza, seguida de una segunda y una tercera. La cabeza del cautivo se desprende del tronco. Salpicaduras de la médula espinal manchan los pies del ejecutor. Es Bandera. Suelta la cabeza, que cae al suelo con un ruido que recuerda un melón reventado. Los maces sueltan el cuerpo descabezado, que se inclina en mi dirección arrojando borbotones de sangre por el agujero del cuello. Arrojo todo lo que he comido en los últimos tres días. Ya fuera, soy consciente del penoso espectáculo que ofrezco. A diferencia de mis compañeros, que tienen las manos y las pecheras embadurnadas como expertos trabajadores del matadero, yo estoy empapado de muslos a pies con sangre ajena y sangre propia y con vómito, meados y tierra. Lucas me restaña la herida. Identifico al coronel mace Buey cuando pasa por delante con varios oficiales y me mira con guasa y con desdén.