La clave Pinner

Andrés Pérez Domínguez · Capítulo 10 de 17

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La clave Pinner

Capítulo 8

 

La muerte y la huida, ésas habían sido las dos constantes en la vida de Miguel Carmona. La muerte, la de sus amigos, la de la gente que lo rodeaba o quería, lo acechaba desde hacía muchos años, desde que empezó su etapa de activista junto a Pinner y a Márquez. La huida, que aunque no había hecho más que comenzar lo fatigaba tanto, era el último recurso. Siempre escapando, como cuando después de lo de Lucía, con la guerra ya perdida, ocultándose en cobertizos helados o durmiendo bajo puentes herrumbrosos, cambiando su aspecto, su nombre, su vida y sus recuerdos.

Fue una decisión difícil. El gobierno francés ya había cerrado las fronteras después de dejar pasar a los refugiados de la República. Caravanas de mujeres y niños, de soldados maltrechos y derrotados, habían cruzado los Pirineos para escapar de un destino incierto. Pero entre que ya habían partido todos y que él pensaba que la vida que le esperaba al otro lado de la frontera no sería mucho más halagüeña que la que tendría si permanecía en España, decidió quedarse. No hablaba francés. Ni siquiera sabía leer y escribir en español. Muchos de sus compañeros que cruzaron la frontera guardaban la esperanza de regresar pronto.

Pero él estaba cansado.

 

Es muy guapa Lucía. No es que ahora haya reparado en su belleza por primera vez. Se había dado cuenta desde el principio, tres semanas antes, pero ahora vuelve a sentirse vivo, poco a poco, ya puede dar cortos paseos.

Vive sola. Le parece raro que sea tan joven y que viva sola, en un sitio tan apartado. Pero ha sido una suerte habérsela encontrado. Le debe la vida. Gracias a sus cuidados la herida está cicatrizando muy bien. Dentro de no mucho estará recuperado del todo. Aún no ha decidido qué hará.

Ese día Lucía ha ido al pueblo, una larga caminata, para comprar algunas medicinas. La boticaria es amiga suya y no hace preguntas, le ha explicado. Pero es media tarde y Miguel empieza a impacientarse. Teme que le haya pasado algo, le ronda la idea de que pueda volver con una pareja de guardias civiles o acompañada de unos cuantos somatenistas para detenerlo. Pero Miguel toma precauciones: es lo que le ha mantenido vivo todos estos años de guerra, y antes, en las reuniones clandestinas con los camaradas, las precauciones. Aguarda su llegada lejos de la hacienda, sentado en el tronco de un árbol, en lo alto de una cima, donde puede observar con ventaja, sin que nadie lo vea. Cae la tarde cuando la ve aparecer por el camino. Aún se queda Miguel unos minutos sentado en su atalaya, por si alguien la acompaña, por si es una trampa, pero viene sola, con un paquete bajo el brazo. Se acuerda de que todavía no le ha dado las gracias por todo lo que está haciendo por él, por no haberle hecho preguntas a las que no puede responder, por haberle salvado la vida. Es muy joven Lucía, casi una niña todavía, pero es tan hermosa que a veces se la queda mirando y se olvida de todo. Qué fácil sería la vida, piensa, qué fácil sería si no nos empeñásemos en complicarlo todo.

Ha salido a su encuentro y ella sonríe al verlo caminar. Como en un gesto de triunfo, levanta el paquete con las medicinas. Miguel se queda quieto y sonríe mientras ella recorta la distancia que los separa. Un momento después, cuando Lucía llega a su altura, después de preguntarle cómo se encuentra, Miguel ya no sabe sonreír al escuchar la noticia de sus labios. La guerra, Miguel —le dice—, la guerra ha terminado.

 

Acurrucado dentro de un lebrillo había disfrutado del contacto del jabón y del agua caliente por primera vez en dos días, pero no pudo encontrar el mismo alivio al sentir el roce de su piel con ropa limpia: ni siquiera el olor a alcanfor lograba amortiguar la inquietante sensación de llevar otra vez ropa prestada, ahora la de un viejo amigo.

Rosa había desdoblado sobre la cama de matrimonio los pantalones grises y la camisa blanca que llevaban siete años guardados en el armario. Es la ropa de un muerto, le advirtió, mirándolo a los ojos. Miguel le aseguró que no le importaba y se preguntó si a Rosa de verdad le imponía un respeto reverencial el hecho de que llevase la ropa de su difunto marido o si aún lo miraba con una sensación que mezclaba tristeza, sorpresa y miedo por estar delante de alguien que vuelve de la tumba, de un cadáver que regresa de repente al mundo de los vivos. Eso había pensado de él, le contó, al verlo aparecer en la penumbra, casi se muere del susto cuando estaba a punto de cerrar el bar y se plantó en el umbral, un espectro con los pómulos marcados, la mirada peligrosa y la vieja chaqueta hecha jirones. Estuvo a punto de gritar porque pensó que venía a robar. Pero no, no era un ladrón, aunque tal vez fuese algo peor; quizá se tratase de un fantasma, porque hacía años que pensaba que también podría estar bajo tierra, igual que todos.

Miguel cerró la puerta del bar tras él cuando estuvo dentro. No dejaba de observar sus ojos, que miraban a un lado y a otro nerviosos, como si buscasen algo.

—Será mejor que subamos —sugirió, aunque en la firmeza de su voz las palabras sonaron como una orden—, así nadie podrá oírnos desde la calle.

La última vez que se habían visto fue a primeros de julio del 36. Todavía no había estallado la guerra y Márquez aún vivía. Pero no hablaron de eso, sino que se limitaron a observarse mientras callaban, en el piso de Rosa, justo encima de la taberna. Había algo en la mirada de la mujer que Miguel no reconocía. Allí, en la penumbra del pequeño salón, sus ojos no parecían los mismos ojos negros tan bellos por los que había envidiado tanto a Márquez aquellos años. Sin duda seguían siendo hermosos, pero ahora no se le antojaban tan dulces como los había recordado. Parecía no tener demasiado interés en los problemas de Miguel, y durante un momento el fugitivo sintió la desagradable inquietud de haberse equivocado, de haberse metido en una trampa y de que en cualquier momento los grises llamarían a la puerta de la taberna para detenerlo. Sin pensárselo dos veces dio una zancada hacia el candil para apagarlo de un soplido. Luego se asomó a la calle. Oscura, ni un alma.

—Necesito esconderme algunos días —dijo por fin.

Rosa suspiró con resignación, como si estuviera muy cansada, como si el recuerdo de aquellos años que tal vez había intentado olvidar la agotaran hasta el límite de no querer volver a pensar en el pasado ni un solo día más.

—Puede que sea peligroso —añadió Miguel— pero no tengo ningún otro sitio a donde ir.

La mujer sacudió la cabeza despacio.

—Estabais todos locos —hablaba con la mirada perdida, como si estuviera viendo discurrir las imágenes del pasado en la pared—. Vuestras ideas y vuestra lucha sólo me han traído sufrimiento. Te creía muerto, Carmona, te lo juro por Dios que te creía muerto, igual que a mi marido y a ese inglés pelirrojo, y ahora, tantos años después, con todo lo que me ha costado salir adelante, conservar esta taberna para poder comer sin tener que depender de nadie, apareces aquí, como si hubieras salido del Infierno, para pedirme que te esconda en mi casa.

Miguel dejó pasar por alto el comentario. Recordaba que Rosa nunca estuvo de acuerdo con sus reuniones ni con sus actividades clandestinas. No le quedaba más remedio que aceptarlo porque Márquez era su marido y ellos sus amigos, pero aquella cara de pocos amigos con la que la mujer lo miraba ahora no era ninguna novedad para él.

—Ya te he dicho que no tengo adónde ir —resopló por fin Miguel—. Será poco tiempo, tres o cuatro días, no más.

Rosa volvió a sacudir la cabeza.

—No tengo adónde ir, Rosa. Si pudiera esconderme en otro sitio te aseguro que no habría venido a tu casa.

—¿Cómo es que estás vivo, Miguel? ¿Cómo puede ser eso? Explícamelo, porque no lo puedo entender. ¿Cómo es que no te cogieron y te fusilaron igual que a los demás? Dímelo, por favor. Hazlo antes de que me ponga a dar gritos y los vecinos llamen a la policía.

Pero no fueron gritos, sino lágrimas gruesas que rodaron por sus mejillas. Se abrazó a él y, sin dejar de sollozar, le golpeó el pecho con los puños hasta que se quedó sin fuerza. Miguel la rodeaba con sus brazos. Ahora lloraba, sin posibilidad de consuelo, desahogándose por fin después de tanto tiempo tragándose las preguntas que nadie podría responder.

—Por qué, Miguel —repetía una y otra vez, pero lo hacía para sí misma, de pura rabia, sin esperar respuesta de Carmona—, por qué tuvo que pasar aquello, contéstame, por qué, por qué lo mataron, por qué te fugaste, por qué estás vivo, por qué has regresado.

 

Ahora la escuchaba planchar en la habitación mientras se enjabonaba. Por suerte el bar contaba con un aljibe y no habían tenido que ir a buscar agua de la fuente. En la mesita de noche había un viejo retrato de Márquez. Permaneció mirándolo unos segundos, pensativo. Márquez, habían sido tiempos duros, y al final todo se fue a la mierda, quién lo iba a decir, que en Sevilla triunfarían los militares nada más levantarse en armas, en Sevilla, en Sevilla la Roja, la ciudad que sus camaradas de Moscú habían pronosticado que sería la punta de lanza de la revolución bolchevique en España. De todos los que compartieron ideales en aquellos años tan lejanos ya de la República sólo él parecía quedar vivo, aunque no apostaría por cuánto tiempo más. La Guardia Civil le pisaba los talones, y era más que probable que columbraran que se dirigía a Sevilla. No podía quedarse mucho tiempo en la casa de Rosa. Si había venido era porque de verdad estaba desesperado, pero no tardarían en buscarlo allí, y no quería, no tenía derecho a causarle problemas.

Otro golpe de suerte era el hecho de que Rosa no se hubiera vuelto a casar o viviese con un hombre. Había asumido ese riesgo cuando fue a su casa pero los acontecimientos estaban jugando a su favor. Con un hombre allí todo habría sido diferente: habría tenido que ocultarse en otro sitio con la incertidumbre de no saber si podía fiarse de él después de que lo hubiera visto y tal vez reconocido.

Rosa entró en la habitación con la ropa planchada y la dejó sobre la cama, evitando mirarlo. El agua se estaba enfriando. Se levantó después de que ella hubiese cerrado la puerta y se secó con la toalla que colgaba de una silla. Estaba muy delgado: ésa era una de las pocas cosas que no había cambiado en él; los huesos que parecían querer salírsele de la piel, los brazos musculosos, el vientre liso. Se vistió con las ropas de Márquez —hubo de apretar el cinturón hasta el último agujero—, cogió el peine y se arregló el pelo mojado frente al espejo empañado. Mientras se peinaba comprobó que aún tenía un corte en la mandíbula y el pómulo derecho tumefacto como resultado de la caída por el terraplén cuando escapó de la pareja de guardias civiles a las afueras de La Palma del Condado. Pero de todo lo que veía reflejado, aunque seguía siendo el mismo, era su mirada lo que más le llamaba la atención. Escrutó aquellos ojos del desconocido que lo observaba desde el otro lado del espejo. Había visto aquella expresión de animal herido muchas veces: cuando perdió a Lucía, antes aun, cuando se agachaba en un arroyo para lavarse la cara en el frente o veía su rostro reflejado en un espejo mientras se afeitaba con los dedos helados en una trinchera de Aragón, y luego, cuando todo acabó, cuando se escondió y cambió su nombre y enterró los recuerdos, ya nunca volvió a verla, hasta ahora. Sus ojos eran otra vez los de un animal acorralado. A la gente le daba miedo, y eso no le gustaba, como tampoco le gustaba esconderse como una alimaña, ni ser un fugitivo durante el resto de su vida. Quería descansar. Ya había luchado bastante.

 

Es un proscrito. Tres años de penurias, arrastrándose en trincheras llenas de fango, aguantando el calor en verano, soportando penalidades para esto. Ya se ha recuperado. De la bala que le atravesó el costado sólo quedan dos cicatrices, por donde entró y por donde salió, como recuerdo. Le gustaría quedarse con Lucía, pero allí tampoco estarían a salvo. Ella no es la dueña de la casa. Trabajaba allí cuando los dueños se marcharon en el 37, aunque tal vez hayan muerto. Quizá no ha sido así y pueden volver en cualquier momento para instalarse, sobre todo ahora que la guerra ha terminado. Y, si no ellos, puede aparecer cualquier pariente reclamando su derecho sobre la hacienda. De momento no ha venido nadie del pueblo a preguntar, pero no hay que descartar la posibilidad de que lo hagan. Miguel sabe que aquél no es un sitio seguro, que tendrá que marcharse. No sabe si echarse al monte e intentar cruzar la frontera o buscarse una identidad nueva. Con tanta gente muerta en la guerra y tantos archivos destruidos sabe que no le será difícil hacerse pasar por algún desaparecido. ¿Y Lucía? ¿Querrá marcharse con él? Duermen juntos desde la tarde que volvió del pueblo con las medicinas y le anunció el final de la guerra. Le gusta estar con ella. Es agradable el contacto con una mujer después de haber pasado tanto. Es bonito que Lucía cuide de él. La otra mañana hizo reír a Miguel. Cuando abrió los ojos la vio enfundada en su guerrera de miliciano que había lavado y remendado. Incluso se había puesto el gorro. La borla le caía a un lado, enredándose en el pelo. Estás muy guapa, le dijo. Ella se echó a reír y se puso el dedo índice sobre el labio superior, como simulando un bigote. Desde entonces, algunas mañanas se pone su guerrera antes de salir a buscar agua del pozo. Dice que abriga, pero Miguel sospecha que le gusta sentir el contacto de la ropa que él ha llevado durante tanto tiempo.

 

La animadversión que Artemio sentía por Pinner antes de conocerlo se correspondía con la antipatía que a Pinner le produjo Artemio cuando lo vio sentado al otro lado del cristal mientras lo esperaba. No se acercó a él hasta después de cerciorarse de que estaba solo y de que nadie lo vigilaba. Había trabajado muchos años para el Komintern y no había perdido las costumbres de un agente secreto. Caminaba con precaución, dirigiéndose al encuentro dando un rodeo y procurando ser discreto al mismo tiempo. A mitad de camino, en el cristal de un escaparate, vio que Craven lo seguía. Una de dos: o era muy poco sutil o caminaba tras sus pasos abiertamente.

Pero eso, de momento, no le preocupaba mucho. Le gustaba pensar que lo hacía para protegerlo. Ya le daría esquinazo más tarde. En el poco tiempo que llevaba en Sevilla se había percatado de que Murdoch, aunque hubiera insinuado lo contrario, no lo iba a dejar actuar a su aire. Y Craven pisándole los talones era un recordatorio muy útil, por si acaso se le ocurría transgredir las normas.

El criado había ido a recogerlo a la estación de autobuses la tarde anterior para llevarlo hasta la casa de Murdoch, una vivienda situada en una estrecha callejuela del barrio de Santa Cruz. Era un edificio antiguo de dos plantas cuyas habitaciones se distribuían alrededor de un claustro exquisitamente perfumado con jazmines y rematado por una columna de mármol en cada esquina. El coche que conducía Craven reventó el silencio de la tarde en el barrio. Pinner viajaba en el asiento del pasajero. El asistente de Murdoch lo estaba esperando cuando bajó del autobús. También era británico, aunque, al contrario que Pinner, el color de su piel era oscuro; una tupida cabellera negra le nacía desde la mitad de la frente y una sola espesa ceja oscura le recorría el rostro sobre los ojos siempre enrojecidos, como si padeciera una eterna conjuntivitis. Era aún más alto que Pinner, y éste sintió que se le quebraban los huesos al estrecharle la mano en la estación, como si hubiera querido dejar patente desde el principio su fuerza descomunal, avisándolo de lo que podría pasarle si lo obligaba a utilizarla.

—Buenas tardes —le dijo—. Tengo que llevarlo a ver al señor Murdoch.

El tono de su voz, firme, sin inflexiones, y el hecho de abrirle la puerta del coche para que se sentase junto a él no ofrecía ninguna posibilidad de negativa. Pinner estaba seguro de que aquel hombre lo llevaría hasta Murdoch a rastras si hiciera falta.

No mencionó su nombre ni él le preguntó el suyo, aunque Murdoch se lo diría después. A estas alturas todos los nombres de las personas que había conocido, incluso el del pescador que lo recogió en la orilla, se le antojaban tan falsos como los que él y sus compañeros utilizaban en las reuniones clandestinas de la época de la República. De algún modo todo le parecía tan pueril como entonces, tan sin sentido ahora que había pasado el tiempo y no había servido para nada. Y la vida parecía avanzar en círculos en lugar de en línea recta: otra vez estaba en Sevilla, otra vez utilizaba un nombre falso, otra vez iba a revivir los fantasmas del pasado.

De acuerdo con las instrucciones de Goodman, Pinner no llevaba equipaje. Al pensar en ello se preguntó si el chófer de Murdoch le había abierto la puerta del pasajero para tenerlo cerca y poder controlarlo o si había discernido él solo que el pantalón de patén marrón oscuro, la camisa blanca de percal sin cuello y la gorra negra que le tenían preparadas en Gibraltar no dejaban lugar a dudas en cuanto a su aspecto de obrero, y los obreros no acostumbraban a viajar en el asiento de atrás de un coche con chófer.

La ciudad, después de todo, pensó Pinner cuando embocaron el barrio de Santa Cruz, no había cambiado mucho. El trayecto hasta la casa de Murdoch no duró más de cinco minutos. La catedral seguía en su sitio, y la Giralda, y el Alcázar.

El conductor no abrió la boca ni una sola vez durante el trayecto. Pinner escrutó sus facciones con disimulo. Tenía la nariz chata, como de boxeador retirado; las manos, recias y velludas, agarraban el volante más que sujetarlo, como si lo fueran a partir. Debía de tener algunos años más que él, pero los bíceps amenazaban con estallarle bajo las mangas del uniforme. A pesar de la grasa que se le acumulaba ostensiblemente bajo la cintura, Pinner pensó que no le gustaría tener que enfrentarse a él.

 

Murdoch era un hombre alto y delgado que lo esperaba en medio del perfumado patio con las manos metidas en los bolsillos de unos pantalones inmaculadamente blancos. El color de su traje le recordó a Pinner a los colonos ingleses que se habían establecido en la India o en África. Sólo le faltaban los pantalones cortos, los calcetines bien estirados hasta las rodillas quemadas porque la piel rosada de inglés no se adaptaba a los rayos de sol al sur del Támesis. Para muchos ingleses, la India, África, España, o cualquier otro sitio que estuviese al sur de la Isla, significaban lo mismo.

Le dedicó una amplia sonrisa cuando le tendió la mano mientras lo escrutaba con unos vivarachos ojillos azules sobre los que capoteaban unas espesas cejas blancas.

—Bienvenido —le dijo.

Pinner le devolvió el saludo. El criado se había colocado a su espalda, con las manos cruzadas sobre el regazo. Pinner se volvió para mirarlo, y el otro continuaba allí, sujeta la gorra que se había quitado con la punta de los dedos.

—Puedes retirarte —le ordenó Murdoch.

Craven ya había iniciado el movimiento, como un autómata, antes incluso de que su jefe hubiera terminado la frase.

 

Apostado en la esquina de la calle Sierpes vio cómo Artemio consultaba el reloj, desesperado, y miraba a un lado y a otro repetidas veces. Con el hombro apoyado en la pared, fumando tranquilamente uno de los cigarrillos con que lo había provisto Murdoch, esperó hasta el último momento antes de que quien lo esperaba impaciente se levantase, y sólo se hizo visible cuando Artemio le pidió la cuenta al camarero haciendo un gesto como firmándose la palma de la mano, a lo que aquél respondió asintiendo, antes de dirigirse a la barra bandeja en mano.

Antes de recorrer la escasa distancia que los separaba, Pinner no escatimó una mueca de desagrado. La persona que lo esperaba era la versión española de Taylor, el agente estirado que acompañaba a Goodman en Londres: pantalón beige pulcramente planchado, chaqueta del mismo color con el pico del pañuelo sobresaliendo del bolsillo, zapatos acharolados de cordones, fino bigote y sombrero. Si añadía el bastón elegante, con bruñida empuñadura de plata —seguramente inservible pues su dueño no parecía ni mucho menos tullido—, le faltaba muy poco para parecerse a una estampa del rey Alfonso XIII antes de que las elecciones del 31 lo obligasen a exiliarse en Italia.

Pinner se plantó en la mesa como una sombra, antes incluso de que el noble venido a menos tuviese tiempo de reaccionar. Artemio frunció el ceño e inclinó la cabeza ligeramente hacia atrás, como si mostrando su regia barbilla pudiera disimular su sorpresa o su enfado.

—Hola —se presentó Pinner, tendiéndole la mano—. Yo soy a quien está esperando.

Artemio miró a un lado y a otro, para asegurarse de que no había nadie observándolos, antes de ofrecer su mano sin mucho entusiasmo.

—Esperaba a un caballero inglés.

Pinner se encogió de hombros y sonrió, desdeñoso.

—Soy inglés, pero me temo que no un caballero.

—Me refiero a su forma de hablar. Usted parece haberse criado en Sevilla.

—Mi madre era sevillana. Pasé muchos años aquí.

—Entonces seguro que estará usted encantado de haber vuelto.

Pinner se sentó antes de contestar. No tenía muchas ganas de dar explicaciones.

—No he venido a hacer turismo.

—Vayamos al grano entonces —sugirió Artemio luego de quedarse un momento pensativo.

—Me parece bien.

Ahora fue Pinner quien levantó la barbilla para poder ver mejor. Para ocultar, en la medida de lo posible, su espesa cabellera color zanahoria, llevaba la gorra calada hasta las cejas, tanto que la sombra de la visera le cubría los ojos.

—¿Qué novedades hay de Miguel Carmona? —le preguntó a Artemio.

Éste se atusó el bigote con la punta del dedo, cogió el periódico, lo abrió y lo volvió a cerrar antes de contestar.

—Supongo que ya le habrán informado sobre Carmona.

—Por supuesto, pero me gustaría conocer su opinión.

—No tenemos la certeza de que esté en Sevilla, pero todos los indicios apuntan a que al menos ha estado o se dirigía hacía aquí. Esta noche hará una semana que se escapó de una pareja de guardias civiles a la salida de La Palma del Condado. Lo normal es que haya venido a Sevilla y haya intentado marcharse, si es que no lo ha hecho ya, después de conseguir papeles. Me sorprende que sus jefes hayan tardado tanto en traerlo a usted aquí. Si localizar a este individuo es tan importante como parece, sería una pena que ya no se encontrase en la ciudad.

La historia era idéntica a la que le contaron en Gibraltar y a la que le había explicado Murdoch el día antes en su casa.

Durante un fugaz instante Pinner sintió una punzada de alivio. Una parte de sí mismo lo arrastraba a encontrarse con Miguel Carmona para ajustar cuentas con el pasado, mientras que la otra trataba de dilatar o evitar el encuentro, casi de un modo pueril, desde que desembarcó en la costa gaditana. Hacía apenas veinticuatro horas, pero le parecía que había pasado una eternidad desde que lo recogió un camión en la carretera para llevarlo hasta Algeciras.

Pasaba por ser un campesino que iba a buscar trabajo en Sevilla. La única forma de poder secar la ropa que se había empapado al caer al agua fue sobre su cuerpo, con las primeras luces del día. No pudieron encontrarle nada seco de su talla y el tiempo apremiaba: tenía que coger un autobús hasta Jerez y luego otro hasta Sevilla para estar en la ciudad a última hora de la tarde, de modo que cuando llegó el momento de emprender el viaje tiritaba igual que un pajarito recién nacido. En el autobús sudaba pero tenía demasiado frío como para despojarse de la chaqueta. Pillar un enfriamiento y llegar a Sevilla con fiebre no era la mejor manera de emprender la aventura, pero ya no podía echarse atrás.

Portaba unos documentos con un nombre falso y una fotografía verdadera que le habían hecho por la tarde en las oficinas del MI6 de Gibraltar. Él mismo se sorprendía de la seriedad con que se estaba tomando un trabajo que ni en sus sueños más atrevidos habría imaginado que llevaría a cabo. Aunque le costaba admitirlo, disfrutaba al desenvolverse de nuevo en la clandestinidad, como cuando trabajaba para la NKVD.

—¿Tenemos alguna pista? —preguntó Pinner distraídamente.

Artemio se lo quedó mirando. De nuevo se atusó el bigote canoso y soltó el aire despacio.

—Hasta ahora no tenemos ninguna prueba de que esté en Sevilla.

Pinner asintió, pensativo. Quería saber hasta dónde habían llegado en la búsqueda, pero tenía que ir poco a poco, para no desvelar sus intenciones.

—¿Entonces?

—Tenía entendido que su presencia aquí era para arrojar alguna luz sobre el asunto de Miguel Carmona. —Pinner se había dado cuenta de que Artemio evitaba mencionar el nombre de Murdoch, pero le parecía normal, pues, por algún acuerdo tácito, él tampoco se había referido al inglés. Asintió levemente antes de contestar, como si estuviera pensando la respuesta.

—Para eso he venido —respondió—. Pero yo tampoco estoy seguro de que Miguel Carmona se encuentre en la ciudad.

Artemio dejó salir el aire por la nariz con pesadez, muy despacio, para mostrar su disgusto.

—Pues estamos bien. Entonces —añadió tras una pausa—, ¿qué hacemos?

—He de ir a un par de sitios donde quizá pueda descubrir algo sobre Miguel Carmona.

—Iré con usted.

Artemio parecía muy decidido, pero Pinner sacudió la cabeza con energía.

—No es una buena idea.

Artemio frunció el ceño y Pinner no supo si lo disgustaba más no participar en la búsqueda o sentirse rechazado por un inglés advenedizo.

—Es mejor que vaya solo —añadió.

—Pero las instrucciones de Murdoch…

Pinner sonrió con desdén, como si tuviese que explicar a un niño algo que era evidente.

—Si aparezco con usted por ciertos lugares nadie soltará una palabra — dedicó una mirada reveladora al aspecto de Artemio mientras se levantaba—. Créame, Murdoch lo entenderá.

Puesto que Artemio ya había mencionado el nombre del jefe, él también se sintió autorizado a hacerlo. Sin embargo, Artemio se frotó el tabique de la nariz con la yema de los dedos, como si se aliviase de la presión de unas gafas que no llevaba.

—Tendremos que vernos otra vez —dijo.

—Ya lo sé —respondió Pinner, resignado—. Trataré de indagar hoy algunas cosas y mañana seguiremos las instrucciones de Murdoch. Nos veremos aquí a la misma hora, o donde Murdoch convenga.

Se tocó la punta de la visera a modo de saludo y ésa fue toda su despedida.