La clave Pinner

Andrés Pérez Domínguez · Capítulo 8 de 17

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La clave Pinner

Capítulo 6

 

Entre los harapos del Miguel Carmona que subió al camión a las afueras de Huelva y los del Miguel Carmona que llegó a Sevilla día y medio después no había mucha diferencia, salvo que aquéllos eran jirones de ropas de su propiedad y éstos pertenecían a la chaqueta remendada y abombada hasta el límite en los bolsillos que le había regalado Alonso.

Por culpa del encuentro con la Guardia Civil se había roto los pantalones y se le había descosido la chaqueta. Después de permanecer durante varias horas tumbado en la zanja donde se despeñó huyendo de la pareja, su aspecto volvía a ser el de un fugitivo. Faltaba poco para que amaneciera cuando reanudó la marcha. Continuar el viaje por carretera era peligroso, pero andar entre terrones ralentizaba demasiado su ritmo. Había que arriesgarse a caminar por la cuneta otra vez, mas ahora tendría la precaución de volver al campo antes de cada curva o antes de subir la cuesta siguiente. En cualquier momento podría aparecer otra pareja de guardias civiles y Miguel sabía bien que la suerte era algo que no se debía tentar más de lo necesario.

Se quitó la vieja chaqueta de Alonso, ahora sucia y con una manga a punto de separarse del resto de la prenda, y la sostuvo por el lado donde se le había rajado el pantalón. No quería sorpresas y si alguien lo veía con esa pinta antes de que él se diera cuenta podría dar parte.

Se palpó el rostro para comprobar si tenía alguna magulladura. Aunque se había lavado las heridas y las mataduras que le adornaban la piel en casa de Alonso antes de salir, quería asegurarse de que no presentaba cortes en la cara. La apariencia sucia y las heridas en el rostro eran la mejor carta de presentación de un sospechoso. Sonrió aliviado al comprobar que, a pesar de sentir un dolor agudo en un pómulo, no tenía ningún rasguño nuevo.

Faltaban aproximadamente cincuenta kilómetros para llegar a Sevilla. Si caminaba todo el día sin descanso a lo mejor estaría allí por la noche, pero estaba claro que podría tardar mucho más: tenía que esconderse en algunos tramos, volver a meterse en el campo, atravesar varios pueblos. Caminando por la carretera a plena luz del día sería una presa demasiado fácil, pero no podía hacer otra cosa salvo seguir adelante. Tenía que llegar a la ciudad, esconderse en un lugar seguro, tratar de conseguir papeles nuevos y emprender la huida de nuevo, tal vez la última escapada.

Pero si quería cumplir su cometido iba a tener que buscarse un medio de transporte. Clareaba ya el día cuando se encontró una venta en la carretera. Fuera había un camión, pero Miguel no sabía conducir, y aunque supiera hacerlo sería demasiado arriesgado: un vehículo robado no sería difícil de localizar.

Faltaba muy poco para que los jornaleros empezasen a trabajar. Junto al camión había una bicicleta. En el interior de la venta apenas se distinguían dos personas que charlaban bajo la luz insuficiente de una bombilla. Estaba rodeado de campo, y seguro que a medida que pasasen los minutos aparecería más gente. Tal vez los trabajadores se reunieran en la venta antes de empezar la jornada. Si había tomado una decisión tenía que hacerlo ya, sin pensárselo dos veces. Odiaba tener que robar la bicicleta de un pobre campesino, pero no le quedaba otro remedio. Frunció el ceño, aspiró una profunda bocanada de aire frío y agachándose rodeó el camión. Igual que en todos los momentos que debería haber sentido miedo, una sensación de calma se apoderó de él. Antes de tocar el manillar de la bicicleta volvió a mirar el interior de la venta. Aparte de las dos personas que charlaban en la barra junto a sendas copas de anís, otro hombre, tal vez el dueño o un camarero, les daba la espalda mientras cogía algo de la estantería. Él los veía gracias a la luz exigua de la bombilla, pero fuera aún estaba lo bastante oscuro para que no pudieran siquiera reparar en él. Sin darse tiempo a arrepentirse agarró el manillar con fuerza y cerró los ojos esperando que la cadena no chirriase delatando su presencia, pero volvía a estar de suerte porque el plato giró con suavidad cuando empujó con fuerza los pedales hacia la cuneta. Siguió pedaleando carretera abajo, conteniendo la respiración, sin mirar atrás. Por fortuna no oyó voces a su espalda: con un poco de suerte ya estaría lejos cuando el dueño de la bicicleta se diera cuenta.

Pasó el resto de la mañana viajando por la carretera que unía Huelva con Sevilla: Villalba del Alcor, Manzanilla, Castilleja del Campo. No estaba acostumbrado a viajar en bicicleta y había perdido el resuello después de llegar a la mitad de la cuesta empinada que precedía a Sanlúcar la Mayor. A esa hora ya hacía mucho calor y paró a descansar. Desde que robó la bicicleta hasta entonces no se había encontrado con ninguna otra pareja de guardias civiles. Resguardado bajo la sombra de un eucalipto contempló por última vez el hermoso valle que había dejado atrás. Bajando la cuesta, el río Guadiamar; a la derecha, la sierra de Aznalcóllar, donde se rumoreaba que aún quedaban algunos guerrilleros irreductibles. Le habían llegado noticias de que en algún lugar de esas montañas varios centenares de milicianos estaban procurando más de un quebradero de cabeza a las tropas de Queipo de Llano. La gente decía que por toda la sierra de Huelva, hasta la misma línea de la frontera con Portugal, los guerrilleros se contaban por miles. Miguel no pensaba que fueran tantos. Nunca se le pasó por la cabeza unirse a ellos: él era un lobo solitario al que sólo le gustaba depender de sí mismo. Hacía mucho que no se fiaba de nadie y después de la guerra siempre tuvo claro que seguiría solo y que si buscaba ayuda sería porque no le quedaba otro remedio. La gente que convivía, aunque fuese por una buena causa, al final acababa teniendo problemas. Aún le dolía recordar los días que pasó junto a sus camaradas del POUM, apostado en el edificio de la Telefónica de Barcelona en mayo del 37. Era tan triste como cierto: los hermanos del mismo bando republicano liados a tiros entre ellos. Los fascistas debían de haberse revolcado de la risa al enterarse. Luego, la ilegalización del POUM, y de repente se había convertido en poco menos que un proscrito. Al año siguiente, cuando lo del Ebro, todo se había ido a pique, o tal vez ya se había ido mucho antes y nadie quiso darse cuenta. A pesar del paso del tiempo aún le dolía recordar las palabras de su antiguo amigo Pepe Díaz, con quien había compartido tantos buenos ratos en Sevilla, animando a que los dirigentes del POUM fuesen exterminados sin consideración.

En su privilegiada atalaya, si aguzaba la mirada, casi podía ver el lugar donde había tenido el encuentro con la Guardia Civil la madrugada anterior, en el horizonte, a lo lejos. Apenas quedaban veinte kilómetros para llegar a Sevilla. Con un poco de suerte, si no le pedían la documentación, estaría a media tarde en el puente de Hierro.

Y, por extraño que le pareciera, la suerte volvió a ponerse de su lado: antes de llegar a Gines se cruzó con unos guardias que no repararon en su pantalón roto ni en la chaqueta descosida. Sin dejar de pedalear, inclinó la cabeza para saludarlos cuando estuvo a su altura y éstos respondieron llevándose la punta de los dedos a los tricornios. No volvió a detenerse hasta después de cruzar Castilleja de la Cuesta. Bajó de la bicicleta en una curva de la Cuesta del Caracol y, con el tabaco que le había regalado Alonso, lió un pitillo mientras contemplaba Sevilla. A menos de cinco kilómetros de distancia, la ciudad presentaba una estampa excepcional. Casi podía extender la mano y rozar el barrio de Triana con los dedos. Hacía varios años que las fotografías eran las únicas vistas de la ciudad que había contemplado, y ahora, quizá porque sabía que no iba a poder pasear por ella y tendría que mantenerse oculto mientras conseguía papeles y cambiaba su aspecto, quería grabar aquella imagen en su retina, como si fuera una postal impresa, por si jamás volvía a verla. Cuántos años, pensó, había pasado allí, desde que llegó a mediados de 1928, venido desde Almería para trabajar en las obras de la Exposición Iberoamericana. Allí los había conocido a todos, a Pepe Díaz, a Barneto, a Márquez y a su esposa, qué guapa era, y a Gordon Pinner, su buen amigo, de quien no había vuelto a saber nada desde que estalló la guerra. Seguro que lo habrían fusilado.

Permaneció allí sentado alrededor de una hora, apoyada la espalda en el tronco de un árbol, dormitando mientras caía la tarde. Sólo se le ocurría un sitio donde podía acudir a pedir ayuda, si es que ese lugar aún existía. No estaba seguro de cómo reaccionaría ella al verlo después de tanto tiempo. Tal vez ahora Rosa era diferente y no quería saber nada de los amigos de su marido. Ojalá que no. Esperaría a que fuera de noche, cuando todavía la taberna estuviese abierta pero ya no hubiese mucha gente dentro, para asomarse despacio, confundido entre los clientes, y así no tener que complicarla en sus asuntos más allá de lo estrictamente necesario.

 

Chapina quedaba un poco más allá del puente de Hierro. Se bajó de la bicicleta y se acodó en la baranda. Muchas veces, sobre todo al principio de su vida clandestina, había soñado su retorno a la ciudad, y siempre se imaginó difuminado dentro de un ejército de obreros que regresaba para devolver el poder a los trabajadores en una mañana luminosa, pero nunca pensó aparecer en Sevilla al caer la tarde, mirando de soslayo a un lado y a otro por si alguien lo reconocía, después de dos días huyendo como una alimaña, sin tener la certeza de saber adónde ir o si una mujer de cuyo marido fusilado había sido un gran amigo se prestaría a cobijarlo por unos días.

Al final los sueños no eran más que eso, fantasías, y la realidad acostumbraba a ser mucho más sencilla, más fría, más gris. La revolución se había quedado en un amago, y la guerra sólo había servido para que mucha gente valiente terminase sus días desangrándose en una trinchera.

Lanzó el cigarro al río y miró a su derecha: el sol se ponía tras la cornisa del Aljarafe. Había llegado la hora de entrar en la ciudad. Atravesó el trecho que le quedaba del puente caminando, sujetando el manillar de la bicicleta con las manos. Un niño que recogía una caña de pescar se lo quedó mirando desde la orilla. Le devolvió al pequeño una sonrisa. Se recordó a sí mismo pescando en el mismo sitio muchos años atrás, no siendo un niño como ése, pero sí un hombre mucho más joven e inocente de lo que era ahora. Se acercó al chaval. No debía de tener más de siete u ocho años. Recogía la cuerda, muy serio. Miguel echó un vistazo a la cesta casi vacía.

—Mal día de pesca —dijo.

El chaval se encogió de hombros, resignado.

Miguel sonrió. Ya no necesitaba la bicicleta, y aunque lo sentía por el hombre, seguramente humilde, a quien se la había robado por la mañana, pronto la dejaría abandonada o tal vez la tirase al río. El muchacho recogía el hatillo con los peces y enrollaba el sedal antes de guardarlo. Aún era demasiado pequeño, pero no tardaría mucho en poder utilizarla.

—Oye —le dijo, levantando en peso la bicicleta—, te la regalo.

 

Ya había oscurecido del todo cuando llegó a la plaza del Altozano. Una suave brisa que soplaba desde el río le trajo el aroma del azahar que tanto le gustaba. En ningún sitio olían los naranjos igual. Se dirigió al puente y se acodó en la baranda metálica para contemplar la imagen que tanto había añorado: bajo el puente, a su izquierda, el Muelle de la Sal; al frente, la Torre del Oro y el puente de San Telmo, que él había visto inaugurar, precisamente desde el mismo sitio donde estaba ahora, en agosto de 1931. Siguiendo la línea del puente de San Telmo hacia la derecha, aún se encontraba la ermita y la explanada de los Remedios, donde habían fusilado a tantos camaradas suyos —probablemente a Márquez y a Pinner también— las primeras semanas de guerra. Y a la derecha la calle Betis, y Triana, donde una vez estuvo abierta, y ojalá que aún lo estuviera, una taberna en la que esperaba que lo ayudaran.

Como si no hubiera pasado el tiempo, estaba en el lugar desde donde le habían contado que sus camaradas repelieron mosquetón en mano a las tropas de Queipo de Llano que venían a tomar el barrio en julio del 36. Después de tres días de lucha, le dijeron, las calles presentaban un aspecto desolador, como si hubiera temblado la tierra: los tranvías quemados, los sacos terreros en el suelo reventados a balazos, caballos con las tripas abiertas pudriéndose en la calle, la librería del alemán saqueada, esa que tanto le gustaba a Pinner, que leía tanto, con los volúmenes amontonados en la acera, ardiendo en una pira salvaje, como un auto de fe.

Aquéllos fueron otros tiempos. Sólo habían pasado siete años, incluidos los tres de la guerra, y parecía como si esos días de incertidumbre y camaradería pertenecieran a otro siglo. Sevilla, la ciudad que estaba destinada a convertirse en la punta de lanza de la revolución bolchevique en España, se destapó como la primera ciudad importante donde triunfó el golpe militar. Quién lo habría imaginado. Nadie en su sano juicio lo habría vaticinado. Era imposible que un lugar donde los trabajadores malvivían en suburbios como el Cerro del Águila o en los corrales de vecinos de la Macarena, Feria o San Julián, donde las ideas soviéticas prendían espontáneamente, se convirtiera en el principal baluarte del fascismo en Andalucía.

Dejó atrás el Quiosco de las Flores, giró en una calle a la izquierda y llegó a su destino. Apenas había nadie. Un farol alumbraba el bar. Sólo había tres parroquianos dentro. Vuelta de espaldas a la barra, vaciando una jarra de vino, Miguel vio la melena negra recogida en un perfecto moño. Sonrió al comprobar que no había perdido una pizca del brillo de antaño. Pero aún no podía entrar: aunque pocos, había algunos clientes dentro y no quería causar más problemas de los estrictamente necesarios.

Miguel sacudió la cabeza, apesadumbrado, al recordar a Márquez acodado tras la barra del bar adornado con carteles de Lenin y del Cristo del Cachorro, hablando de política con Pinner, con él y con algún cliente que siempre metía baza en la conversación, como aquel viejo indiano que vivía en la plaza, siempre de punta en blanco con su traje color marfil. Márquez se pasaba las horas muertas hablando de política con él sin acordarse de que su joven esposa lo esperaba para cenar.

Los tiempos habían cambiado, y él también había cambiado con los tiempos. Ya se había resignado a vivir en paz bajo una falsa identidad en la costa de Huelva y a esperar nada, porque la gente se había acostumbrado a llevar una existencia razonablemente cómoda, a vivir en paz, a vivir y a dejar vivir. Pero ahora lo habían descubierto, y ya nada volvería a ser como antes. Ni siquiera la taberna era la misma, aunque adivinara a través del cristal el inconfundible pelo negro de Rosa. Le habían contado que se puso al frente del negocio después de que fusilaran a su marido. Tuvo suerte de poder conservar el bar. Rosa era joven, pero resuelta, y contaba con el valor y el aplomo que Miguel Carmona sólo había visto en algunas mujeres, algo de lo que carecían la mayoría de los hombres que había conocido, incluso los más valientes: una capacidad de seguir adelante en las dificultades, un sentido práctico, tal vez despojado del idealismo a veces absurdo que los hombres, incluso él mismo, padecían.

Pero, ahora que el último cliente se había marchado, Miguel se detuvo en la puerta un instante antes de entrar, como no queriendo atreverse a cruzar una línea de la que ya no sería posible regresar.