La clave Pinner
Capítulo 5
De Miguel Carmona, Pinner admiraba secretamente muchas cosas pero, tratando de mantener el equilibrio a bordo de la patera de contrabandistas que avanzaba remolcada por una embarcación mayor mientras esperaba la señal convenida en la orilla, lo primero que se le vino a la cabeza, no sin cierta envidia inconfesa, fue la entereza que siempre había observado en él en los momentos críticos. Pinner siempre miraba inquieto a un lado y a otro por si aparecían los guardias de asalto antes de cambiar de tranvía esas noches de los primeros años treinta, cuando estuvieron gestando la revolución en Sevilla. Carmona, Márquez y él acostumbraban a reunirse clandestinamente en la Venta de la Cruz del Campo con los otros agentes soviéticos y gente como Díaz o Barneto, que ahora, aunque estaba a punto de volver a pisar tierra española, se le antojaban tan ignotos en la distancia y en la memoria como la brumosa Londres que había dejado atrás apenas veinticuatro horas antes.
Pocos quedaban ya de aquellos años: quienes no habían sido culpados del fracaso de la revolución en Sevilla y habían sido ejecutados de un tiro en la nuca pocos días después de haber engrosado la nómina de los encarcelados en la Lubianka moscovita —Pinner se estremecía cuando pensaba que acaso él también podría haber acabado así de haber permanecido en España—, tuvieron la misma o peor suerte al ser apresados por las tropas de Queipo de Llano que se hirieron con el mando de la ciudad en una maniobra inesperada. Muy pocos de los que había conocido aquellos años habían quedado a salvo de la desgracia; tal vez sólo Carmona y él mismo. Ya apenas tenía contactos con la gente del partido: algún encuentro esporádico en Londres, poco más. No se fiaba de nadie que le hablase de los viejos tiempos, sobre todo después de que el mismísimo Beria requiriese su presencia en Moscú.
Había llegado a enterarse de que Saturnino Barneto, que logró huir de Sevilla, igual que él mismo, a bordo de un carguero los primeros días de la guerra, había fallecido de una úlcera de estómago a principios de 1940, y de que Pepe Díaz, su buen amigo, se había suicidado en Tbilisi un par de años después. Márquez, a quien más le dolía recordar pero no podía y no se permitía dejar de hacerlo, fue fusilado en la explanada de Los Remedios poco después de ser detenido.
Los ojos se le ensombrecían cada vez que pensaba en Márquez. De haber sido un valiente, como sus jefes esperaban y él mismo creía ser, tal vez aún estaría con vida, junto a Rosa —la sombra se agrandaba al pensar en ella—, tras la barra de aquella taberna de Triana donde habían compartido tan buenos ratos.
De todos los que formaban parte del grupo, sólo quedaban vivos él, por cobarde, y Miguel Carmona, en quien no había querido pensar durante todos los años que había pasado en Inglaterra escondiéndose de su pasado: del revolucionario, por el que se enorgullecía; y del ignominioso, por culpa del cual sentía asco de sí mismo. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que había visto a Carmona que a veces lo recordaba con la misma irrealidad con que se recuerda al personaje de una novela. Pensaba a veces, para consolarse o para conciliar el sueño, que Miguel Carmona no existía, que se había convertido en un fantasma después de que lo fusilaran los primeros días de la guerra o que habría caído reventado por un obús en el frente, corriendo a bayoneta calada, con el rostro desencajado mientras avanzaba poseído por la locura o la falta de miedo hacia las trincheras de los soldados rebeldes.
Pero, como había intuido o temido, Miguel Carmona estaba vivo, ahora ya no había duda, y Pinner sentía la intensidad de su presencia constantemente desde que Goodman le dijera en Londres que lo estaban buscando. Parecía como si Carmona lo estuviera vigilando desde que aceptó subir al hidroavión. Y a bordo de la barca que se estremecía por el oleaje, a poco menos de media milla de la costa española, se acordaba de sus consejos cuando eran amigos y los guardias de asalto cargaban contra ellos en alguna manifestación: «Respira hondo, tranquilízate, que no se te note el miedo, relájate». Nada parecía afectarle, nunca se ponía nervioso, o al menos nunca se lo había notado. Pero él era Gordon Pinner, y a pesar de su corpulencia y de su aspecto imponente le daban pánico los aviones, y los barcos, y aunque había algo dentro de él que lo arrastraba irremediablemente hacia España, tenía miedo, y por mucho que se esforzase en mantener la calma jamás sería Miguel Carmona, aunque años atrás alguna vez había deseado ser como él. Todos respetaban a su viejo amigo a pesar de que nunca alzaba la voz, siempre expresaba sus opiniones en susurros y sólo tenía que mirar a los ojos a su interlocutor para que éste bajara la vista invariablemente y asintiera resignado o cambiara de tema. La tranquilidad y la valentía de Miguel Carmona le venían otorgadas de nacimiento; formaban parte de su naturaleza y esas cosas la gente las percibe. En cambio, el aplomo de Pinner, y tal vez el de la mayoría de las personas que había conocido salvo Miguel Carmona, no era más que una naturaleza fingida, una impostura que se derrumbaría en los momentos críticos, algo que, por desgracia, sabía muy bien.
Cuando llegó a Gibraltar ya le habían preparado documentos falsos. Estaba todo listo para que pasase a España a primera hora de la tarde. Alguien lo iba a llevar a Algeciras, desde allí debía coger un autobús hasta Jerez y luego otro hasta Sevilla, adonde, si todo salía según lo previsto, llegaría a última hora de la tarde. Pero por la mañana un bombardero americano había tenido que realizar un aterrizaje forzoso muy cerca del puesto de control y la policía española —últimamente con la mosca detrás de la oreja, según le habían contado— había cerrado la frontera. Goodman pensó colarlo en un grupo de trabajadores españoles que cruzaban todos los días para trabajar en Gibraltar, pero Barrymore decidió al final que era demasiado arriesgado. No podían permitirse el lujo de que la policía española lo detuviese al intentar pasar al otro lado. Había que buscar otra forma de entrar y, una vez en territorio español, lejos de Gibraltar, oculta su verdadera identidad bajo unos documentos falsos, llegar a Sevilla sería mucho más sencillo.
Barrymore masculló la idea unos minutos antes de resolver, resignado, que no había tiempo que perder. Le habían informado que esa noche iba a tener lugar un intercambio de hombres y de tabaco en la costa gaditana, y Pinner podría ser trasladado hasta la orilla junto con el cargamento. Por su expresión de disgusto Pinner adivinó que no era la forma en que le gustaba hacer las cosas y eso lo hizo sonreír para sus adentros: pocas cosas le producían más placer que ver a un inglés remilgado con el ceño fruncido por tener que saltarse las normas, sobre todo cuando parecían tan metódicos y cuadriculados como Douglas Barrymore. No le quedaba otro remedio que recurrir a la ayuda de unos contrabandistas españoles a pesar de la RAF, la Royal Navy y los aires de grandeza que se gastaban los tipos del MI6 que sostenían la taza de té con el meñique enhiesto. Cuando no había más alternativas no quedaba otra cosa que recurrir a métodos menos ortodoxos, y si había que pedir ayuda a unos contrabandistas de tabaco se hacía y punto, por mucho que a caballeros estirados como Goodman o Barrymore se les atragantara la flema británica.
El viento del este había arreciado al ponerse el sol y la espuma de las olas saltaba por encima de la barca pero, para alivio de su estómago maltratado, Pinner no había probado una sola gota de alcohol desde que salió de Inglaterra. De no haber sido así, haría ya un buen rato que estaría vomitando por la borda. A punto estuvo de caer al mar cuando saltó a la barca. Sabía nadar, pero no pudo dejar de sentir cierta aprensión al contemplar las aguas oscuras y revueltas de la costa gaditana.
Goodman le había repetido las instrucciones antes de subir a la patera donde ya habían sido depositados los fardos de tabaco.
—Nuestra gente te recogerá en la orilla y te indicará la forma de llegar hasta Sevilla. —Al darse cuenta de que lo tuteaba por primera vez, Pinner frunció el ceño: parecía como si estuviera despidiéndose de él porque lo iba a meter en la boca del lobo, o tal vez se sentía culpable por haberlo convencido para que viniese—. Cuando llegues a la ciudad te presentas en esta dirección —le guardó un sobre en el bolsillo interior de la chaqueta—. Y, sobre todo, Pinner —clavó los ojos en él como si fuera una súplica—, debes encontrar a Miguel Carmona como sea; tenemos muy poco tiempo.
Pinner echó un vistazo al mar embravecido antes de contestar:
—No me digas.
La expresión severa de Goodman no dejaba lugar para las bromas.
—Es un asunto muy importante, Pinner. Espero que ya te hayas dado cuenta.
Goodman parecía realmente preocupado.
—No me mires como si tuvieras ganas de darme un abrazo, Goodman. Parece como si de verdad lamentaras enviarme allí dentro.
Pero el agente del MI6 ni siquiera disimuló una sonrisa.
—Me hago cargo, sí —rectificó Pinner.
—Encuéntralo, como sea. De lo demás nos ocuparemos nosotros.
Pinner abrió la boca, pero no llegó a decir nada. Sentía escalofríos cuando alguien se refería de un modo ambiguo a sí mismo o a otros que, como él, pertenecían a un grupo. Por haberlos conocido y haber colaborado con ellos, le daba asco la forma en que trabajaban y cómo se lavaban las manos los agentes secretos cuando las cosas se ponían feas. Pero no había venido a España para echar una mano a Goodman o a quienes él se refería como nosotros. Si hubiera sido ésa la única razón no habría perdido ni un minuto de su tiempo hablando con Goodman en Londres. Esperaba encontrar a Miguel Carmona y hablar con él, aunque estaba seguro de que su viejo amigo no podía haber cambiado tanto como para confiar un secreto a los alemanes.
Pinner se caló la gorra y asintió dándose la vuelta. No le dio la mano, ni siquiera le dijo adiós antes de saltar a la patera. Al fin y al cabo, Goodman no era su superior: ni Goodman ni nadie. Tampoco eran amigos, ni mucho menos. No lo serían nunca. En el Peñón ya le había advertido, en presencia de Barrymore, que sería conducido hasta Sevilla y que una vez allí habría de presentarse dos veces al día en una dirección, la misma donde se alojaría —la misma que le había hecho memorizar como un colegial y le había obligado a repetir por última vez antes de abandonar el barco—, y que de no hacerlo su presencia en la ciudad sería puesta inmediatamente en conocimiento de las autoridades españolas: seguro que no les importaría detenerlo si les proporcionaban detalles de su pasado sindicalista y les advertían que se encontraba en la ciudad para tramar una conspiración contra el Régimen. Pero no tendrían que llegar a ese extremo. Goodman lo tranquilizó sujetándole el brazo en un gesto falso de camaradería: estaba convencido de que Pinner no los dejaría en la estacada.
Una luz roja parpadeó en la orilla al cabo de unos minutos. El marinero soltó el cabo que mantenía la patera amarrada al barco y Pinner se agarró a la madera para no caer al agua. Al menos, se dijo, podrían haberse preocupado de darme un impermeable. Aquello no había hecho más que empezar y ya estaba empapado. Antes de sortear la mitad del trayecto, pensando que se mojaría menos, Pinner se levantó para cambiar de sitio mientras los gritos y los aspavientos del marinero que gobernaba la patera le llegaban apagados por el estruendo de las olas y del viento. Pero Pinner no le prestaba atención. Probablemente le estaría advirtiendo que no se moviera para no desestabilizar la barca. No pensaba estar demasiado tiempo de pie para que vuelque, así que tranquilo, hombre —murmuró para sí—, tranquilo que ya me siento.
Fue lo último que pensó antes de caer al agua.
Había estirado el brazo para afirmarse en el borde al sentarse. Estaba todo mojado y no quería resbalar y hacerse daño en la pierna al caer. Esa noche, por culpa del tiempo inestable, el tobillo le dolía tanto como en Londres.
Una ola lo pilló de través antes de que pudiera darse cuenta. La sensación fue como un empujón en el costado. En el mismo instante que caía al mar se percató de que las palabras —nada amables para con él, por cierto— que no había llegado a entender del marinero eran unos exabruptos en español que hacía años que no escuchaba.
Era la segunda semana de mayo, pero el agua del mar estaba tan fría como si todavía fuese invierno. Temió que el corazón se le parase por culpa del frío antes de sacar la cabeza del agua y sintió un dolor agudo en el pecho, como si le clavasen una aguja en los pulmones, al inspirar la primera bocanada de aire.
El marinero había parado el motor y le lanzaba un cabo mientras se explayaba en maldiciones e insultos. Se palpó el interior de la chaqueta para asegurarse de que los documentos no se habían ido al fondo del mar. Suerte que Goodman se los había dado envueltos en plástico. El hijoputa tal vez esperaba que ocurriese algo así. Antes de nadar hacia el cabo que le había tendido el marinero miró a donde debía de estar el barco, pero las luces estaban apagadas y apenas distinguió un bulto amorfo entre las olas. Esperaba al menos que Goodman no estuviera aguantándose la risa en la cubierta.
Por suerte no tardó en volver a la patera. El marinero lo ayudó a subir pero no le dijo ni una palabra, ni siquiera le preguntó si se encontraba bien. De un empujón lo obligó a sentarse sobre los fardos de tabaco que reposaban en la panza de la embarcación, volvió a arrancar el motor y escrutó la oscuridad con ojos profesionales antes de decidir qué dirección tomar. Durante unos instantes Pinner pensó que se habían perdido, pues en mitad de la noche no veía ni el barco ni la costa. La luz roja parpadeó de nuevo en la orilla y el marino enfiló la proa en esa dirección. Pinner volvió la cabeza. A duras penas distinguía el barco, pero seguro que Goodman estaría mirándolo por la borda con unos prismáticos, atento, no ya por si se ahogaba —por muy buenos modales y sonrisas que se esforzase en mostrarle no dejaba de ser un agente del MI6—, sino para asegurarse de que su hombre, un borracho que ya no valía para nada, la única esperanza que tenía de encontrar a Miguel Carmona y convencerlo de que se pusiera del lado de los aliados —mientras más lo pensaba más grotesca le parecía la misión—, no caía al mar de nuevo y daba al traste con la operación.
La linterna roja parpadeó otras dos veces antes de que la proa de la patera encallase en la arena. De la oscuridad, como fantasmas que esperasen ansiosos la llegada de Pinner, tres hombres surgieron tras unos matorrales. Antes incluso de que tuviera ocasión de poner pie en tierra, unas manos le atenazaron el brazo y tiraron de él hacia los arbustos. Parecía un muñeco gigantesco y empapado siguiendo como un autómata los pasos de un desconocido. Con un gesto le indicó que se tumbase en la arena y al hacerlo sintió un agudo dolor a la altura del tobillo: la vieja herida se quejaba por culpa del remojón. Los otros dos hombres se echaron a hombros, ayudándose por un palo amarrado en el fardo a tal efecto, la primera de las cuatro balas de tabaco. A Pinner le asombró ver la rapidez de la maniobra: parecían dos obreros trabajando a destajo. Sus movimientos estaban tan coordinados que en menos de dos minutos habían desembarcado los cuatro fardos y los habían cargado en un burro que miraba la escena indiferente tras los matojos. Entonces Pinner se dio cuenta de que un hombre al que no había visto hasta ese momento salía de otro escondite, subía a la patera y se sentaba una vez que hubo finalizado el desembarco de los bultos. Sin esperar a que los contrabandistas se hubieran marchado, el marinero hizo una maniobra rápida para alejarse de la orilla, y hasta que la barca no hubo emprendido el camino de regreso a la nave nodriza no tomó conciencia Pinner de que ese último individuo que había aparecido en escena sería alguien que, como él mismo tendría que hacer pocos días después, regresaba de una misión en el interior. En la oscuridad de la playa imaginó al agente subir al barco y estrechar la mano de Goodman. Se preguntó cuál habría sido su cometido, si tenía algo que ver con su propia misión, si se trataba de un inglés o de un español, si también le habrían hablado de Miguel Carmona.
Pero no era el momento para plantearse dudas que aún no podía resolver. Lo mejor, o lo peor —porque escondido tras unos matorrales y con la ropa empapada, mientras seguía agazapado sobre la arena al tiempo que la mano de un desconocido lo protegía o lo sujetaba, no estaba seguro de querer seguir adelante—, era que ya estaba en España, y aunque todavía no había llegado a la parte más delicada del trabajo, una parte de él deseaba estar de vuelta en la patera y subir al barco junto a Goodman. A partir de ahora, aunque lo llevasen hasta Sevilla y le ayudaran en su empeño, estaba solo, y sintió una corriente gélida subirle por la espalda, una sensación de frío mucho más profunda que la que le causaba su ropa mojada que lo estaba empezando a hacer tiritar. Cerró los puños sobre la arena helada que se le escapó como agua entre los dedos.
Vámonos, ya es hora de marcharse, oyó decir a una voz al tiempo que aumentaba la presión en su brazo. Los otros dos hombres y el burro siguieron por un camino y él, sin desprenderse de la tenaza que le sujetaba, fue conducido por otro sendero, hacia la carretera. Aún sintió un breve rumor de las olas al romper en la orilla. Volvió la cabeza para atisbar el mar por última vez en la oscuridad de la noche, pero no había rastro de luces ni del barco. Ya debían de estar camino de Gibraltar. Miró al hombre de facciones enjutas que por fin le había soltado el brazo y trataba de liar un cigarrillo para encenderlo con un mechero de yesca, con una gruesa cuerda de color anaranjado a modo de mecha, uno de esos encendedores que hacía tanto que no veía. Luego de liarlo se lo ofreció a Pinner, pero éste se detuvo y volvió a echar un último vistazo a la orilla antes de cogerlo: después de siete años volvía a pisar tierra española y, contra todo pronóstico, no sentía ninguna emoción especial después de hacerlo. Si acaso, mientras seguía al hombre que lo guiaba para salir de la playa y procuraba tensar la mano para que no se le cayera el cigarro por culpa del temblor y del frío, lo embargaba una soledad profunda, un desasosiego familiar que lo inquietaba igual que cuando se despertaba entre convulsiones después de haber soñado que aún seguía en España, que todavía se consideraba un hombre valiente y que no había podido abandonar Sevilla en aquel carguero inglés tres semanas después de que empezara la guerra.