La clave Pinner
Capítulo 1
Lo primero que pensó mientras luchaba contra sí mismo para mantener los ojos abiertos fue que ahora era antes otra vez, pero una leve sacudida del aparato desplazó su cabeza sin miramiento desde el respaldo del asiento hasta la ventanilla y, sin llegar a despertarse completamente, entrevió la hélice de uno de los motores.
Por más que le pesara hubo de rendirse a la evidencia: no se trataba de entonces, sino de ahora, y el sonido que le había llegado como un lejano rumor en la duermevela —mientras intentaba abrir los párpados bajo los que habitaba un escozor familiar de resaca—, no era el del pasado, sino el ruido de los motores del hidroavión, idéntico en la pesadez del sueño al del viejo ventilador que colgaba hacía muchos años del techo de la cama del dormitorio de la pensión. A veces, recordaba, le costaba conciliar el sueño las noches de verano en Sevilla, pero nunca se levantaba para desconectarlo: prefería dormir mal pero fresco a poder conciliar un sueño decente bañado en sudor. Ahora, más de siete años después de la última vez que un ventilador colgó del techo de cualquier cuchitril que pudiera considerar su habitación, se preguntaba cómo había sido capaz de abandonarse a una tímida duermevela, a bordo, por primera vez en su vida, de un engendro volador que lo transportaba a nueve mil pies sobre el Atlántico, lento pero inexorable, lo bastante bajo como para poder distinguir desde la ventanilla las luces de la costa portuguesa.
Estaba bebido, recordaba, la noche anterior, aunque ahora, con el miedo a volar presente en el sudor de las manos, culpar por haber aceptado venir a una simple borrachera sería una excusa demasiado pueril para tratar en vano de esconder la verdad que no le había confesado a nadie, la verdadera razón por la que había aceptado el, por llamarlo de alguna manera, trabajo. Todavía con los ojos entreabiertos —se le cerraban a cada instante después de hacer un esfuerzo sobrehumano para sujetar los párpados— echó un vistazo al pequeño habitáculo en que viajaba. Aparte de la tripulación y de los dos agentes que lo habían embaucado en la aventura —ahora no recordaba sus nombres— sólo se hallaba presente, peinado con la raya bien alta y envainado dentro de su uniforme sin mácula —nada que ver con el aspecto que debía de presentar él mismo a causa de la resaca descomunal que padecía—, el tipo, el que había representado el papel de bueno apenas quince horas antes. Al verlo sentado hojeando unos documentos con la espalda marcialmente recta sobre el respaldo del asiento, sin mostrar el menor atisbo de cansancio, sin pestañear siquiera cuando el avión se sacudió como una premonición macabra al atravesar una zona de baches, se preguntó si habría permanecido así, estirado, sin inmutarse, sentado en la misma postura incómoda desde que salieron de Londres.
Le había parecido verlos otras noches, a él y a su compañero, en el pub donde acostumbraba a beber pintas de cerveza las pocas veces que le sobraba algún dinero, hasta que la vista se le nublaba levantando una barrera confusa a su alrededor que mantenía a raya la rutina y los bombardeos. Solía permanecer allí hasta que cerraba, pero aquellos dos hombres nunca le habían llamado la atención lo bastante como para detenerse a observarlos detenidamente. Él era un cliente tan antiguo y tan fiel del local que a veces el camarero lo dejaba dormir en el interior las noches que sonaban las sirenas, cuando había que apagar las luces y la gente se dirigía presurosa a los refugios o al metro, como corderos obedientes, con las cajas donde guardaban las cámaras antigás sujetas de la mano, a veces con un ridículo lacito, como si se tratase de vulgares regalos de Navidad.
La única diferencia que mostraron los caballeros impecablemente trajeados con las otras noches que pudo haberse encontrado con ellos — aunque seguía sin poder asegurar que había sido así— fueron las palabras que utilizaron para dirigirse a él. El pub estaba a punto de cerrar. El camarero barría el suelo. Por fortuna esa noche las sirenas no habían reventado el silencio de la ciudad y, al menos hasta esa hora, no parecía probable que fuera a producirse ningún ataque. Aparte del camarero, que ya había colocado las sillas del revés sobre las mesas para barrer, y de los dos hombres, sólo quedaba él, acodado en la barra, con la nariz metida dentro de la última pinta y con la mirada ya lo bastante turbia para no distinguir sus rostros, pero no tan borracho como para no albergar sospechas de que aquellos tipos no estaban allí, mientras el camarero barría distraídamente y él apuraba la jarra con desgana, por simple casualidad.
La respuesta se la dio uno de los caballeros, el más joven de los dos, el mismo que ahora viajaba a pocos metros de su asiento en el hidroavión y se había mostrado más amable y comedido por la noche.
—Buenas noches.
En otras circunstancias jamás hubiera respondido al saludo, ni siquiera se habría molestado en girar el cuello para mirarlos. Detestaba, porque le recordaba su propia decadencia, hablar con otros borrachos noctámbulos, pero nadie que no hubiera tenido nada importante que decirle se habría dirigido a él a esas horas, en un español más que aceptable, aunque —pese a la borrachera conservaba cierta lucidez y seis pintas podían hacer que se tambaleara un poco al caminar, pero no eran suficientes como para provocarle alucinaciones— no tan bueno como el suyo, por supuesto.
Aquel individuo sonreía y alzaba la taza a modo de saludo mientras su acompañante no intentaba disimular el rictus amargo, como si le desagradara profundamente tener que abordar a un borracho huraño y acabado, o tal vez le disgustara no comprender del todo el idioma en el que tan bien se desenvolvía su risueño acompañante.
—¿Cómo está? —insistió el tipo, exagerando la mueca simpática. Pero él no sonrió, sino que frunció el ceño mientras trataba de dilucidar por qué le hablaban en español y, lo que más le intrigaba, cómo podían siquiera imaginar que los entendía. Su aspecto no dejaba lugar a dudas: era grandote, algo metido en carnes y pelirrojo, con una piel tan blanca y pecosa que sería imposible que nadie lo confundiera con un español. El aspecto del hombre que lo invitaba a sentarse a la mesa con ellos, y el de su compañero, no le decía nada especial, salvo que un par de tipos bien vestidos y repeinados hablándole en español y esgrimiendo una sonrisa hipócrita uno y una expresión implacable el otro, no podía significar otra cosa que problemas, algo de lo que él, por desgracia, andaba sobrado. Debía tres semanas de alquiler de la habitación donde, aparte de la cama prestada, guardaba sus escasas pertenencias: un par de mudas, tres pantalones, cinco o seis camisas, un jersey grueso de lana, una chaqueta, media docena de libros con las páginas amarillentas (Machado, Lorca, Max Aub), una bandera tricolor y unas pocas fotos antiguas con los picos gastados guardadas en una bolsita de lona. La casera, a pesar de no sonreír más de lo estrictamente necesario, tenía buen corazón, y aún no le había reclamado el alquiler. Estaría la mujer acostumbrada a verlo llegar dando tumbos por la noche, levantarse tarde y hacer caso omiso de las sirenas que presagiaban un ataque. Pero él sabía que cualquier día se acabaría la paciencia de esa buena mujer, igual que podría terminar su suerte y que una bomba estallara en el edificio. Alguna vez había llegado a pensar, en mitad de una borrachera, que la razón por la que la casera no lo presionaba para que le pagase el alquiler era una superstición atávica que la llevaba a pensar que mientras fuese su huésped el edificio se mantendría a salvo de los bombardeos.
Pero ahora no tenía la mente en su casera. Aquellos dos tipos sentados a la única mesa disponible del local eran algo mucho más serio que su casera.
Aun así, se acercó a ellos.
—¿Le apetece tomar una copa? Por supuesto, invitamos nosotros.
Pinner echó un vistazo a sus viejos pantalones de pana arrugados y se pasó el dorso de la mano por la mejilla que llevaba varios días sin afeitar. O aquellos tipos eran muy generosos o su apariencia no dejaba lugar a dudas y era más que obvia la falta de lustre que acompañaba a su existencia desde que volvió de España.
Recorrió el desangelado bar con los ojos antes de contestar. No había nadie, ni un alma y, a esa hora y con la mayoría de las sillas vueltas del revés sobre las mesas, resultaba bastante improbable que entrase nadie. Buscó al camarero con la mirada. Ahora barría el suelo de la acera, algo que jamás le había visto hacer: parecía como si hubiera querido apartarse con discreción de la conversación, o que, tal vez, sospechaba algo.
—Goodman —se presentó el que hacía el papel amable. De repente recordó su nombre. Le estrechó la mano sin mucho entusiasmo, y también al otro, Taylor, o Sailor, ése no lo recordaba.
Sí se acordaba de lo primero que le dijo, y fue ésa la primera y la única vez que lo vio sonreír en toda la noche, pero no fue aquél un gesto de cordialidad o compromiso, sino tal vez, interpretó, una pequeña jactancia, una forma de mostrar hasta qué punto lo conocían, hasta dónde sabían de su vida y cuánto daño, si hiciera falta, podrían causarle.
—Pinner, ¿verdad? —preguntó Taylor, o Sailor, sin soltarle la mano, en un español más notable aún que el de Goodman, clavando sus ojos helados y serenos en la turbiedad de los suyos—. Usted debe de ser Gordon Pinner.
Goodman le había acercado una silla y Pinner se dejó caer en ella con pesadez, como si estuviera muy cansado después de haber recorrido un largo camino. Durante un momento parecía como si las paredes del pub empezaran a dar vueltas alrededor de su cabeza. Goodman tomaba un sorbo de café, y al sentir el olor le sobrevino una arcada desde la boca del estómago, mientras Taylor, o Sailor, insistía acerca de su identidad.
—Gordon Pinner. Hijo de William Pinner, un ingeniero inglés que trabajó dos años para The Seville Water Works Company Limited, y de María Zalamea Gutiérrez, española. Nacido en Sevilla el veinte de julio de 1902.
Pinner escuchaba los datos sin pestañear. Tal vez porque pronto cumpliría cuarenta y un años, casi nunca pensaba en su fecha de nacimiento, y aquel fulano que sostenía la taza de té —al menos este olor lo soportaba mejor que el del café— con el meñique enhiesto mientras hacía una pausa para sacar un sobre abultado que guardaba bajo la chaqueta de tweed parecía saber muchas cosas sobre él y, lo peor de todo, seguro que pronto sacaría a relucir muchas más. Los ingleses estirados que se escondían bajo esos trajes a cuadros de buen paño le producían el mismo rechazo que antaño le infundían los caballeros con sombrero, fino bigote y elegante bastón con empuñadura de plata que se sentaban junto a las cristaleras del Café París los domingos soleados en Sevilla.
Goodman tomó el sobre de las manos de Sailor, o Taylor, y, aunque la mueca agradable que le había dedicado cuando lo invitó a sentarse con ellos se había transformado en una sonrisa forzada, sus ojos miraban con atención a Pinner mientras sacaba despacio una fotografía para mostrársela, como si quisiera añadir un toque de suspense a la conversación.
—¿Conoce usted a este hombre? —preguntó señalando con el índice a uno de los del grupo que aparecían retratados.
Pinner, envuelto en esa calma lúcida que solía apoderarse de él después de la quinta pinta de cerveza, estuvo a punto de soltar una risotada: ni en sus sueños más atrevidos habría podido imaginar algo así. Saltaba a la vista que aquellos tipos trabajaban para el gobierno, y había resuelto con rapidez que sólo querían molestarlo un poco, averiguar algo sobre lo que andaba haciendo por esa época. Estaba acostumbrado a que se entrometieran de vez en cuando, como hicieron a finales del verano del 39, cuando los agentes británicos —a raíz del encuentro entre Ribbentrop y Stalin—, se mostraron demasiado interesados en saber cuál sería el papel en Londres de un tipo afiliado al Partido Comunista, que había visitado cinco veces Moscú y había tenido contactos, aunque nunca los consideró sus amigos, en la NKVD soviética. Aunque eso había sido antes de julio del 36, y los funcionarios ingleses no parecían dispuestos a mostrarse comprensivos: no entendían que eso ya formaba parte del pasado. No se fiaban y lo detuvieron, como si él tuviera la culpa de que los alemanes estuvieran acercando posturas con los rusos.
Hacía ya dos años —desde que los alemanes emprendieron el camino de Moscú por la fuerza— que no lo molestaban, pero que un agente británico le mostrase una fotografía de aquella época, por muy fecunda que hubiera sido su imaginación, que no lo era, jamás se le habría ocurrido. Claro que conocía al hombre de la foto, y Goodman sabía que lo conocía. La pregunta no había sido más que un mero formalismo. Cómo no lo iba a conocer, si él mismo, doce años más joven, pelirrojo y grandullón, pasaba un brazo por los hombros del camarada por quien le preguntaban en aquel bar del barrio de La Macarena que fue reventado a cañonazos el mismo verano en que se tomó la fotografía.
—Miguel Carmona —murmuró al vacío, como si Goodman y Taylor, o Sailor, no estuviesen allí.
Habían pasado siete años desde la última vez que lo vio. Poco después abandonaría Sevilla, con el tobillo roto por dos sitios —aún le dolía los días de frío, que en Londres eran la mayoría—, a bordo de un barco con bandera británica, tres semanas después de que los militares se sublevaran.
—Queremos que nos ayude a encontrarlo —las palabras de Goodman lo devolvieron a la fría noche londinense de primeros de mayo. A pesar de llevar varios años seguidos en esa ciudad no se acostumbraba a pasar la mayor parte de la primavera embutido en ropas de abrigo y a no ver el sol durante semanas, aunque el calendario indicase que faltaba muy poco para el verano.
Pinner no pudo evitar una débil carcajada.
—¿Encontrar yo a Carmona? ¿Qué diablos puede estar haciendo Miguel Carmona en Londres?
Taylor, o Sailor, cerró los puños sobre la mesa.
—Está en España. Hay que buscarlo en España, y usted nos ayudará a encontrarlo.
Pinner lo miró con desprecio. Toda su vida había detestado que le dieran órdenes, y aún le disgustaba más si provenían de un agente estirado del MI6 —estaba claro que se trataba del Servicio Secreto Británico— con modales de gentleman que sostenía la taza de té con el meñique tieso.
Miró al camarero, pero seguía barriendo la puerta, ajeno a la conversación. De momento, pensó, no voy a poder pedir otra pinta. Soltó el aire despacio, para darse una tregua, y preguntó:
—¿Y por qué tendría que ayudarles?
Taylor —sí, era Taylor, ahora lo recordaba— torció una sonrisa macabra y extrajo unos documentos del sobre que aún sostenía Goodman.
—Tiene usted, Gordon Pinner —contestó mientras pasaba despacio las hojas del informe—, un historial muy interesante. Nacionalidad británica, aunque criado en España; espero que nuestro español —enarcó una ceja para subrayar el comentario—, ya que el suyo es impecable, no lo decepcione. Su padre los abandonó a su madre y a usted cuando aún no había cumplido los dieciséis años —hacía pausas en la lectura y clavaba sus ojos en Pinner, como si quisiera detenerse a calcular el daño que las palabras infligían en su estado de ánimo—. Su madre murió poco después —otra pausa—. Regresó a Inglaterra, pero volvió a España en abril de 1931 —una nueva pausa, ahora con una sonrisa—, eso sí, después de visitar tres veces Moscú, en 1926, 1929 y 1930. Fue enviado al país de su madre como reportero de la London General Press. Permaneció en Sevilla durante los cinco años siguientes, aunque se le perdió la pista varias veces durante ese periodo —hizo otra pausa y lo miró a los ojos—. Pero, según vemos aquí, estuvo muy relacionado con todos y cada uno de los más destacados sindicalistas de Sevilla, lo cual no es de extrañar puesto que usted pertenece al Partido Comunista Inglés desde 1924. Fue detenido en Sevilla en julio del 36 pero logró escapar tres semanas después con un tobillo roto. Luego hasta Inglaterra a bordo de un barco británico. Y poco más hasta hoy. Parece que al volver a la tierra de su padre se le desinflaron todos los ímpetus revolucionarios —en este punto Taylor dedicó a Pinner una mirada de desprecio que el otro le sostuvo sin pestañear —. En fin, por lo que se deduce de su historial, suerte tiene de seguir vivo.
Taylor acabó la frase con la barbilla levantada en dirección a Pinner, que ahora no lo miraba: había girado la cabeza y tenía los ojos perdidos en algún punto de la barra, como si la conversación no fuera con él.
—Le conviene colaborar con nosotros, Gordon Pinner. Aquí hay varias fotografías suyas con destacados agentes de la NKVD —hizo sonar la punta del dedo índice en el sobre para dar mayor énfasis a la amenaza—. Podríamos detenerlo ahora mismo por espionaje, incluso podríamos conseguir que lo colgasen.
Pinner lo miró, sonrió con desgana y se tomó unos segundos antes de contestar. La NKVD y sus dirigentes le importaban tanto o menos que el MI6.
—Eso fue hace mucho. Era otro país, otra época.
También era otro hombre entonces, pensó, aunque no llegó a decir la frase.
—¿Cree usted que en estos tiempos eso importará mucho antes de ahorcarlo? —La sonrisa macabra de Taylor se intensificó aún más.
Gordon Pinner buscó apoyo durante un fugaz instante en los ojos de Goodman que ahora los mantenía fijos en la mesa.
—Ya me detuvieron y me interrogaron por eso hace cuatro años, pocos días antes de comenzar la guerra con los alemanes, y al final me soltaron. Estoy limpio.
Taylor sonrió con la satisfacción de quien sabe que tiene la sartén por el mango.
—Podrían volver a detenerlo —replicó, seguro de sí—, y tal vez no tenga tanta suerte esta vez.
Pinner sacudió la cabeza. Ni siquiera se molestó en despedirse. Bebió de un trago la cerveza que le quedaba en la jarra y se dirigió hacia la puerta procurando no tambalearse. Casi siempre que abandonaba el pub el camarero se despedía de él con alguna broma, pero en esta ocasión apenas le dedicó un gesto de compromiso mientras se aplicaba en barrer un suelo que estaba limpio desde hacía rato. Estaba claro que esos dos agentes eran unos tipos importantes, pero a él no lo iban a intimidar, y mucho menos a estas alturas de su vida. Se caló la gorra, se subió el cuello de la chaqueta para protegerse del frío y se metió las manos dentro de los bolsillos del grueso pantalón de pana. Aún no había doblado la primera esquina cuando oyó a Goodman llamarlo, pero no se detuvo. En lugar de ello apretó el paso, soslayando el dolor del tobillo, aunque supo que iba a tener que soportar otro rato a uno de los dos hombres cuando el funcionario se acercó con prisas a él.
—Señor Pinner —el agente hablaba con la respiración entrecortada a causa de la carrera—. Déjeme hablar con usted un momento, por favor.
—¿Y por qué habría de perder el tiempo con usted? —A Pinner estaba empezando a dolerle la cabeza por culpa de la cerveza y del exceso de conversación. Últimamente no acostumbraba a hablar más de dos o tres palabras seguidas.
—Necesitamos su ayuda —suspiró, aunque Pinner notó cómo su voz recuperaba aplomo—. Se trata de algo extremadamente importante.
—¿Y si no les ayudo? ¿La horca entonces? Inténtenlo.
Goodman levantó las manos en gesto conciliador.
—No creo que ésa sea la mejor solución, aunque le advierto que Taylor no le ha mentido: con un expediente como el suyo no sería muy difícil relacionarlo con alguna trama de espionaje y conseguir que lo colgaran. Créame: en estos tiempos la justicia puede usar métodos realmente expeditivos.
Pinner sonrió escéptico. Si de verdad estuvieran al tanto de su expediente lo más probable sería que lo fusilaran sin juicio previo.
—Pero —añadió Goodman— ya le digo que no me parece buena idea.
Sacó un paquete de cigarrillos americanos. Le ofreció uno a Pinner y cogió otro para él. Hacía tiempo que no probaba uno de ésos: por culpa de la guerra todo lo bueno estaba racionado en Inglaterra.
—¿Qué le parece si damos un paseo?
Pinner apoyó la espalda en la pared y aspiró profundamente del cigarrillo. Casi había olvidado el sabor del buen tabaco rubio. Estaba demasiado mareado para caminar.
—Mejor hablemos aquí —sugirió Pinner sacudiendo el tobillo—. No tengo ganas de andar: me duele la pierna.
Goodman soltó una bocanada que a Pinner le pareció un suspiro de alivio y dijo:
—Tenemos que encontrar a Miguel Carmona, y tenemos que hacerlo pronto.
—¿Por qué?
Goodman sacudió la cabeza. La firmeza de su gesto no dejaba lugar a dudas.
—No puedo explicárselo.
—Entonces yo no puedo ayudarles.
Goodman, resignado, asintió levemente antes de seguir hablando.
—Es más que posible que sepa algo muy importante.
—¿Cómo de importante?
—Mucho. Hasta donde yo conozco puede ser vital para el futuro de la guerra.
Pinner frunció el ceño. Eso no encajaba para nada con el Miguel Carmona que conocía. Por mucho que el tiempo lo hubiera cambiado no lo conseguía imaginarlo interesado en el futuro de la guerra entre Alemania y los aliados.
—¿Y por qué no lo encuentran ustedes?
—No es tan sencillo. Ahora mismo Miguel Carmona es buscado por la policía española. Vivía en la costa de Huelva hasta hace pocos días. Nos hemos enterado de que alguien ha descubierto su pasado revolucionario durante los años de la República y lo ha denunciado a la Guardia Civil. Creemos que se dirige a Sevilla y tenemos que encontrarlo antes de que los españoles o los agentes alemanes lo hagan.
—¿Los agentes alemanes?
—Están tanto o más interesados que nosotros en descubrir lo que él conoce.
A Pinner casi se le atraganta el humo en la carcajada.
—Si ustedes saben tanto sobre todo el mundo, convendrán en que Miguel Carmona se dejaría matar antes de colaborar con los alemanes.
Goodman ni siquiera sonrió.
—Es posible, pero la gente cambia. Y no podemos arriesgarnos a que ellos lo encuentren primero.
Pinner también dejó de reír. El asunto parecía ir en serio.
—Tenemos un avión preparado. Viajaremos a Gibraltar y desde allí hasta Sevilla. Apenas nos queda tiempo, pero aún es posible que encontremos a Miguel Carmona en la ciudad. Creemos que tratará de procurarse documentos falsos, y no podemos arriesgarnos a que se esfume sin antes interrogarlo. Usted nos será útil para localizarlo. A cambio de su colaboración podemos ayudarle a salir del país. Podemos proporcionarle un visado falso del Ministerio de Asuntos Exteriores español para toda Europa y América… salvo México y la Unión Soviética, claro está. Pensamos que si usted lo aborda primero confiará en nosotros. Al fin y al cabo eran buenos amigos, ¿no?
Pinner tragó saliva y asintió despacio. Habían sido amigos, pero eso fue hace mucho tiempo y tal vez, pensaba, lo más probable era que Miguel Carmona pensase que estaba muerto. Y también era más que posible que no se alegrase mucho al encontrárselo con vida.
De repente, sin previo aviso, como siempre ocurría, a pocas manzanas sonó una alarma. Estaba demasiado lejos de su casa como para llegar a tiempo antes de que empezasen a caer las bombas. No le gustaban los refugios y ahora sólo le quedaban unos pocos minutos para correr hasta la primera boca de metro y pasar la noche entre gente muerta de miedo o tan resignada a los bombardeos que se había acostumbrado a dormir bajo tierra tan plácidamente como en su propia cama. Hacía un frío terrible, y el tobillo le palpitaba como si tuviera clavada una aguja. Sabía que por culpa de la humedad ese dolor no lo abandonaría del todo ni aun con la llegada del verano. No, no iría a refugiarse al metro, nunca lo hacía, y se había lamentado en más de una ocasión al despertarse de una pieza en la cama de la habitación que tenía alquilada. Tal vez hoy tampoco durmiera en aquel cuchitril: se dio cuenta de que ya llevaba unos instantes sopesando esa posibilidad cuando Goodman pisó la colilla con la suela del zapato mientras esperaba su respuesta.
Ahora Goodman estudiaba un grueso fajo de documentos mientras él trataba en vano de mantener los ojos abiertos. Era la última vez que bebía. Siempre se decía lo mismo por las mañanas, cuando lo despertaba la luz del sol, bien entrado el día, con la boca pastosa y la cabeza a punto de reventar por culpa de la resaca, pero no había sospechado —cómo iba a hacerlo— que acabaría volando rumbo a Gibraltar. Sus escasas pertenencias habían quedado abandonadas en el armario de la habitación alquilada hasta su vuelta, siempre que una bomba traviesa —puesto que tal vez la suerte del inmueble viajaba a España con él— no cayera sobre el edificio. Se le torció en el rostro una sonrisa maliciosa al pensar que la única vez que un piloto alemán tuviera la puntería suficiente él no se encontraría tumbado en la cama escuchando los silbidos de la muerte.
Contuvo una arcada cuando se incorporó en el asiento. Goodman volvió la cara y le dedicó un gesto a modo de saludo. Si pudiera bajarse del avión lo haría ahora mismo, pero ya no podía volverse atrás. Lo peor era saber que se había embarcado en una aventura arriesgada: el exceso de idealismo era su punto flaco. Siempre pensó —y esa idea fue la que lo mantuvo alejado más de una vez del oscuro cañón de un revólver las noches en que las seis o siete pintas de cerveza no conseguían borrar los malos recuerdos— que alguna vez tendría la oportunidad de redimirse, y la ocasión, aunque no lo reconocería ante nadie, se la había proporcionado en bandeja ese agente del MI6 con modales de chico educado en Eton que lo reclutó en Londres. Sin haber pensado nunca que lo haría bajo los auspicios del gobierno británico, otra vez viajaba a España, adonde había jurado no volver mientras Franco se mantuviera en el poder. Ya no le quedaba nadie allí. Hacía muchos años que ningún lazo familiar lo unía con Sevilla: su padre los abandonó para volver a Inglaterra y su madre, que nunca quiso dejar España, murió durante la epidemia de gripe de 1918. Después de enterrarla volvió a Inglaterra con la vana esperanza de un chaval de dieciséis años que busca a un padre que jamás encontrará. Viajó por todo el país; trabajó de minero, limpiando retretes, incluso cuidando ovejas. Con el tiempo, gracias a su dominio del castellano y a haber sido un lector empedernido en su adolescencia, logró un puesto en la London General Press. Para entonces ya había sido captado por los agentes del Komintern y festejaron juntos el empleo como una cobertura inmejorable para viajar a España, donde acababa de proclamarse la República. Subió a un barco el verano de 1931 y se dirigió a Sevilla en cuanto llegó a orillas del Cantábrico. No tardó en volver a sentirse a gusto en la ciudad que lo vio nacer y que había echado tanto de menos los años que pasó dando tumbos por Inglaterra. Después de las obras de la Exposición del 29, cientos de trabajadores en paro deambulaban por la ciudad. Eran el germen de la futura revolución y él era uno de los que habían venido a preparar el terreno y a recabar información para el Komintern. Su trabajo como periodista británico le permitía moverse con relativa libertad y hacer preguntas. Llevaba pocos meses en la ciudad cuando conoció a Miguel Carmona y a todos los demás. Con ellos recorrió muchos lugares de la geografía española, pero sólo salió del país las dos últimas veces que visitó Moscú y, tres semanas después de que empezase la guerra, se marchó jurándose a sí mismo que jamás volvería a España. Pero él, que siempre había creído ser una persona firme en sus convicciones, había descubierto que no era un hombre de palabra, ni siquiera, pese a su apariencia imponente, se consideraba un hombre valiente. Aquellas últimas semanas del verano del 36 había dejado de confiar en sí mismo, en su capacidad de resistencia ante el dolor y la tortura, a pesar de que lo habían entrenado para ello. Nunca volvió a ser el mismo desde entonces. Se emborrachó el mismo día que subió a un carguero inglés en el puerto de Sevilla, y lo había seguido haciendo cada día hasta entonces, casi siete años después. Sus manos ya no eran tan firmes como antes, cuando alzaba el puño para cantar La Internacional en la avenida de la Libertad —seguro que le habrían cambiado el nombre—: últimamente le temblaban cuando agarraba el asa de una jarra para beber cerveza o al intentar encender un pitillo. Su rostro tampoco se parecía al de antaño, rubicundo y saludable: ahora, con los ojos subrayados por unas bolsas que se habían acentuado con el paso de los años y de las borracheras, se había transformado en un espectro de lo que fue. Lo único que conservaba de cuando vivía en España, aparte de los rizos bermejos por los que ya asomaba más de una cana, era una estatura considerable, una talla demasiado grande como para pasar desapercibido.
Un sabor espeso a cerveza rancia —nunca le sabía peor el alcohol que cuando tenía resaca— le inundó la boca cuando el hidroavión se inclinó ligeramente a estribor. A duras peñas tragó la bola que le subió por la garganta al asomar la cabeza por la ventanilla. Ya había amanecido. Un rayo de luz, tan intenso como no lo había visto en años, lo cegó durante unos segundos. Se retrepó en el asiento parpadeando convulsivamente y, cuando recuperó la vista, contempló la franja de tierra y de océano que se dibujaba al fondo. Entonces el avión se inclinó un poco más a babor y pudo ver con claridad la forma puntiaguda del cabo San Vicente y, apenas doscientos kilómetros más adelante, hacia donde el piloto acababa de enfilar el morro del aparato, la costa de Huelva, el sur de España; la misma España adonde había jurado no regresar, sin saber aún que los recuerdos y los remordimientos acabarían haciendo de él un despojo, un borracho irremediable. La misma España donde esperaba encontrar, si es que aún quedaba algo, lo que alguna vez fue o intentó ser, antes de saber que era un cobarde, antes de descubrirse como lo que más odiaba, un traidor, sin saber que él también acabaría siéndolo. Un traidor, como los que él mismo habría matado con sus propias manos; las mismas manos que ahora temblaban al recordarlo.