La clave Pinner

Andrés Pérez Domínguez · Capítulo 12 de 17

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La clave Pinner

Capítulo 10

 

De todas las fulanas de Sevilla, la Niña Heredia era su favorita. Pocos años atrás, Artemio, a su pesar, sólo la visitaba muy de vez en cuando, porque su tarifa era de las más caras, si no la que más, entre las que ejercían la prostitución de lujo en la ciudad. La Niña Heredia se había ganado bien los cuartos: sólo había que ver su vivienda en el barrio de Heliópolis, un lujoso chalé de los que se construyeron para la Exposición del 29. Algunos parientes de Artemio, aquellos que no habían dilapidado su fortuna y habían trabajado incluso para incrementarla, todavía vivían en ese barrio. Él, hacía mucho tiempo que no: llevaba dos años alojado en una pensión de la Alameda y, a no ser que su situación diera un giro de ciento ochenta grados, cosa bastante improbable dada su escasa afición al trabajo y la rutina, no parecía que otra vez fuera a vivir en un barrio como aquél.

Había cumplido los cincuenta y tres en enero, y la única compañía femenina que frecuentaba —y podía permitírselo porque con los años se había convertido en un viejo cliente y nunca le cobraba la prohibitiva tarifa habitual, y a veces ni le cobraba— era la Niña Heredia, que ya no era tan niña, se acercaba peligrosamente a los cuarenta, pero eso no era ningún inconveniente para Artemio. Al contrario, le gustaban las mujeres que, como ella, pasaban de los treinta y cinco y sabían complacer a un hombre con caricias que las veinteañeras bisoñas, ni aun siendo fulanas experimentadas, soñaban practicar.

Vivir bien era lo que más le gustaba, y echarle un polvo a la Niña Heredia era uno de los principales ingredientes de una existencia placentera. Algunas veces fantaseaba con que tenía un golpe de suerte —como el negocio que se fue al garete en Praga en el otoño del 38 y que hubiera cambiado su vida para siempre—, que llegaba una noche con los bolsillos rebosantes de billetes y la retiraba de la calle para hacerla suya, sólo suya; él la mantendría y ella lo cuidaría, y nunca más tendría que humillar los ojos porque no le había cobrado después de darse un revolcón.

Había estado con muchas mujeres a lo largo de su vida de crápula, de todos los países y con los más variados tonos de piel, pero ninguna se podía comparar con aquélla. Por alguna razón que no podía comprender, las cotas de placer que alcanzaba con la Niña Heredia eran las más altas que había disfrutado jamás. La conocía desde los tiempos de Primo de Rivera, cuando no era más que una jovencita que se sacaba los cuartos entre bailes y volantes por las tabernas y revolcones furtivos en camas de gente adinerada.

—A ti te compraba yo una casa y te tenía encerrada para mí solo —le dijo una noche en mitad de una juerga flamenca, agarrándola por la cintura.

Ella se echó a reír, puso sus labios cerca de los suyos, y cuando parecía que estaba a punto de besarlo retorció el cuerpo sin soltar las castañuelas, zapateó sobre el viejo tablao y siguió bailando. Artemio no dejó de mirarla durante toda la noche, y sentía como si le clavasen un puñal en el pecho cada vez que otro alargaba la mano, entre palmas y bailes, y la ponía sobre sus caderas o donde le viniese en gana. Aquella noche se habría enfrentado a cualquiera que se hubiese interpuesto en su camino, pero fue él quien se la llevó a la cama, y ésa fue la primera de muchas veces. Desde entonces habían alternado con regularidad, casi habían envejecido juntos. Aunque pasaban largas temporadas sin verse, la Niña Heredia siempre lo recibía con alegría, y más ahora que podía permitirse seleccionar a sus clientes y pasar noches enteras con él. Aparte de para satisfacer sus instintos más primarios, Artemio la visitaba cuando tenía problemas o cuando estaba deprimido, y hoy era un día ideal porque no había logrado serenarse desde que se entrevistó con Pinner. Llevaba todo el día dándole vueltas al asunto y cada vez le parecía más difícil de resolver. Aunque pudiera achacar la culpa al inglés que había conocido por la mañana, Murdoch no toleraría dos veces que no hubiera actuado según sus instrucciones, y éstas habían sido muy claras: acompañar a Pinner en todo momento y ayudarlo a localizar a Miguel Carmona. Pero Pinner no le había dado tiempo a reaccionar, había desaparecido en un instante y más pronto que tarde tendría que rendir cuentas ante Murdoch.

Por tanto, era la noche ideal para relajarse en casa de la Niña Heredia.

Le gustaba estar con ella en esos momentos porque nunca le hacía preguntas: se limitaba a besarlo y a regalarle caricias después de apurar una botella de vino y hablar del pasado. Cuando estaban los dos en la cama se olvidaba de todo: de los tratos de terrenos, del pleito del gobierno de Franco con la empresa checoslovaca de Ludvik en el que su nombre verdadero saldría a relucir tarde o temprano. Se olvidaba de Murdoch y de Franz, que aguardaba noticias en el hotel Cristina, se olvidaba de su propio fracaso, de su vida desperdiciada, concentrado sólo en la Niña Heredia, en sus nalgas contra las que sacudía rítmicamente su pelvis porque, había muchas cosas que le gustaban de ella, pero, la que más, penetrarla por detrás. Se volvía loco cuando, de rodillas sobre la cama, sujetaba sus caderas firmes y empujaba mientras ella agitaba suavemente la cintura.

Después de acabar los dos empapados de sudor, con su cuerpo tumbado boca abajo sobre el de ella, también boca abajo sobre las sábanas de seda, se dieron la vuelta. La Niña Heredia, Dolores —a él le gustaba llamarla por su nombre verdadero cuando estaban en la cama—, cubrió su cuerpo y el suyo con la sábana y recostó la cabeza en su pecho mientras él encendía un pitillo.

Artemio tenía la certeza —y se jactaba íntimamente de ello— de que, de todos sus clientes, él era el único con el que pasaba un rato de romanticismo, y le parecía que verdadero, después de echar un polvo. Que después le cobrara o no era otra cuestión: al fin y al cabo Dolores era una profesional que vivía de su trabajo, y Artemio Corona, último vástago de la estirpe de los Corona Sáenz de Artázcoz, a pesar de la forma descarada de vivir a la que lo había llevado su juventud despreocupada y dilapidadora, había sido educado en el principio de que cada uno ha de ser remunerado por el trabajo que hace, igual que él cobraría sin pestañear ahora por el suyo tanto a los alemanes como a los ingleses que se habían mostrado tan interesados en descubrir el paradero de Miguel Carmona.

—¿En qué piensas? —le preguntó Dolores.

Se había quedado absorto mirando el techo, expulsando el humo muy despacio luego de haberlo retenido más tiempo del necesario dentro de sus pulmones. Estaba preocupado, pero no iba a contarle nada. No confiaba a nadie su trabajo, ni siquiera a ella que, a fin de cuentas, era la única persona con la que alguna vez mostraba lo que sentía. Nada le había dicho acerca de sus andanzas los últimos dos años. Ella suponía que llegaba a fin de mes haciendo negocios comprando y vendiendo terrenos y con el contrabando de tabaco y comida que escaseaba con frecuencia: las cartillas de racionamiento apenas daban para malvivir.

—En nada especial —respondió, sin embargo—. Estoy muy a gusto. Eso es todo.

La Niña Heredia apretó aún más la cabeza contra su pecho y le pasó una pierna por encima de las suyas. Ese gesto significaba que ella quería que se quedase a pasar la noche. Era martes y pasaban diez minutos de las once. Artemio pensó que era poco probable que viniera otro cliente y se sintió aliviado. No le gustaba dejar la cama caliente para otro. Llevaba años visitándola y se había encaprichado de ella sin darse cuenta, como quien no quiere la cosa. Se le había metido entre ceja y ceja.

Dolores metió la cabeza bajo las sábanas y le acarició la tetilla con la punta de la lengua, como para confirmar sus pensamientos. Siempre empezaba igual, sabía que eso a él le ponía el corazón de tigre. Aspiró la última bocanada del cigarrillo, levantó la cabeza para ver el trabajo de la mujer mientras la melena suelta le bajaba por su estómago y cerró los ojos, dispuesto a empezar un nuevo asalto.

Cuando terminaron la última embestida, Dolores volvió a relajarse sobre su pecho. Pero sabía que si se quedaba apenas dormiría, que al cabo de un rato volverían a las andadas, y por la mañana quería estar despejado porque podría ser un día clave en el asunto de Miguel Carmona. No había vuelto a ver a Pinner desde mediodía, y aunque le gustaba trabajar solo no le convencía mucho la idea de dejarlo buscar por su cuenta y riesgo pistas sobre el sindicalista fugado. Murdoch pagaba puntualmente y era quien mandaba. Había que encontrar a ese Miguel Carmona, y dejar solo al inglés no había sido una idea muy acertada. No estaba seguro de cómo reaccionaría Murdoch, pero no había que ser muy listo para pensar que no le haría mucha gracia lo que había pasado. El inglés que vivía en el Barrio de Santa Cruz era una persona que jamás dejaba entrever sus pensamientos, era demasiado flemático, y la gente tan fría lo ponía muy nervioso.

Pasaba más de media hora de la una cuando se despidieron.

Dolores, molesta por el desaire, ni siquiera se levantó para acompañarlo a la puerta. Dio media vuelta sobre el colchón de plumas como despedida.

Artemio, después de prometerle que volvería al día siguiente —sabía que a ella los enfados no le duraban mucho—, bajó las escaleras y se ajustó el sombrero frente al espejo del vestíbulo, se atusó el bigote, estiró las solapas de la chaqueta para que no se le notaran las arrugas en la tela, encendió un cigarrillo y agarró el bastón por la empuñadura de plata que algunas veces desenroscaba para utilizarla como vaso improvisado.

Hacía una noche estupenda: ni una nube en el cielo y una brisa fresca que agradecía aquellos primeros días de mayo, cuando el calor empezaba a apretar con fuerza en Sevilla, anunciando el verano inminente.

Iría dando un paseo hasta su casa, caminando junto a la orilla del río. Tenía muchas cosas en las que pensar, y para conciliar un sueño más o menos decente prefería llegar a la cama con las ideas claras.

—Qué tal, Artemio, ¿disfrutando de los placeres de la Niña Heredia?

Antes de escuchar la voz, antes incluso de certificar su mente el tono inconfundible de su dueño, Artemio había reparado en el enorme Citroën negro, cual presentimiento siniestro con chófer al volante incluido, aparcado frente a la casa de Dolores.

—Cómo estás, Lacruz —respondió a la sombra que se le acercaba desde la acera, sin mucho entusiasmo.

Pedro Lacruz sacudió el fósforo con el que acababa de encender el pitillo mientras recorría la corta distancia que lo separaba de Artemio.

—Qué ¿con la Niña Heredia?

—Dolores…

—Ten cuidado, Artemio, que ésa te puede volver loco —dijo señalando con la barbilla la ventana de la habitación donde Dolores debía de estar ya durmiendo o quizá los estuviese observando.

Claro que lo había vuelto loco, y a quién no, pero no iba a reconocerlo ante Lacruz, ni mucho menos.

—Te lo digo por experiencia —añadió—. Ya lo sabes…

Artemio sintió una punzada aguda, como un clavo, en la boca del estómago.

—Cuánto tiempo sin vernos —respondió, por decir algo.

—Será porque ya no me necesitas. Me han dicho que últimamente te puedes valer por ti mismo. Anda, vamos a dar un paseo. Tenemos que hablar de algunas cosas.

Lo que menos le apetecía en ese momento era dar un paseo con Pedro Lacruz. Era demasiado joven, demasiado peligroso y demasiado ambicioso. Un cóctel explosivo tal y como estaban las cosas.

Caminaron despacio en la noche, sin alejarse demasiado del coche donde el chófer, siempre alerta, no les quitaba ojo de encima.

—Parece que no te van mal las cosas —observó Lacruz después de echar un vistazo al impecable traje de Artemio.

—No me puedo quejar, ya ves —replicó deteniendo sus ojos un instante en la camisa azul y en las botas lustrosas del otro—. Ni tú tampoco.

Lacruz sonrió torvamente, dejando entrever un colmillo sobre el labio inferior.

—Aunque —añadió Artemio— supongo que no me habrás esperado toda la noche para preguntarme la dirección de mi sastre.

Lacruz levantó la barbilla y dejó escapar el humo por la nariz, muy tranquilo, mientras Artemio lo miraba. Habían llegado hasta la esquina y se habían detenido. Ahora tomaba del brazo a Artemio mientras desandaban el pequeño trecho recorrido.

—Esta mañana te han visto desayunando en el Café París junto a un tipo pelirrojo.

Artemio frunció el ceño, como si no lo recordase, y luego forzó una breve carcajada de compromiso.

—Ah, bueno, pero no estaba desayunando conmigo, yo ya había desayunado. Se trata del empleado del propietario de una pequeña finca que quiere venderla. Venía para confirmar una cita con su jefe.

Lacruz dejó entrever una sonrisa siniestra para dejar claro quién estaba al mando.

—Ya… ¿Y le has encontrado algún cliente para la finca?

Artemio se encogió de hombros.

—Pues aún es pronto. Todavía he de hacer algunas gestiones.

Se habían detenido a pocos metros del coche. El chófer de Lacruz seguía observándolos, impasible, con el brazo sacado por la ventanilla.

—Y, ¿dónde está la finca que tiene ese hombre? —Lacruz lo miraba fijo, sin dejar de esbozar esa sonrisa cadavérica—. ¿Aún no has ido a visitarla?

Artemio tiró la colilla al suelo y la aplastó con la punta del zapato. Lacruz podía tener muchos defectos, pero no era ningún estúpido. Y una de las cosas que le habían quedado claras desde que lo conoció era que no acostumbraba a gastar salvas en vano ni a perder el tiempo. Si lo había seguido hasta la casa de Dolores y había esperado a que saliese para hablar con él, no era muy descabellado pensar que Lacruz también tenía interés en averiguar algo sobre Miguel Carmona.

—No, aún no he podido verla —respondió. Si seguía el juego de ambigüedad con el que Lacruz había empezado la conversación podría darse un margen de tregua para buscar una salida airosa.

—Pero tendrás que ir a verla. Eso forma parte de tu trabajo. ¿O no?

Artemio asintió con la cabeza, mirando a un lado, mordiéndose el labio. El interés de Lacruz complicaba aún más, si era posible, la búsqueda. La dificultad radicaba en saber hasta dónde estaba dispuesto a llegar en caso de que no quisiera cooperar con él.

—Supongo que sí —claudicó—: tendré que ver la finca antes o después.

Lacruz le pasó el brazo por encima del hombro, apretándose contra él un poco más de lo necesario.

—Yo también la quiero ver, ¿de acuerdo?

Artemio apretó los dientes. El chófer no le quitaba ojo de encima, pero no, aunque no estuviera presente, aunque Lacruz se hubiera presentado solo y desarmado hubiera sucedido lo mismo: él nunca había sido un hombre de acción, a pesar de haber traficado con ellas durante la Guerra Civil odiaba las armas, igual que los malos modales y el ejercicio físico.

—No estoy seguro de que yo vaya a ver la finca —replicó, sin embargo.

Lacruz apoyó el peso de su voluminoso cuerpo sobre el brazo que descansaba en el hombro de Artemio.

—Te conviene verla, Artemio. Tú sabes que te conviene verla, y cuando sepas dónde está lo primero que vas a hacer es venir corriendo a decírmelo.

Artemio asintió quedamente y se tragó la bola espesa que le atascaba la garganta. Lacruz podía borrar de un plumazo su precaria existencia. Bastaba una orden de aquel arribista veintitantos años más joven que él para que lo investigaran y lo detuvieran, y la sola idea de visitar la cárcel lo aterraba. A su edad y con su apariencia de aristócrata, venido a menos, pero aristócrata al fin y al cabo.

—Por cierto —añadió Lacruz bajando la voz, para confirmar sus temores —. Tengo guardado en un cajón de mi mesa un informe confidencial. Es sobre un pleito del gobierno por el dinero que derrocharon los rojos. Tan incrédulos eran que pensaban que iban a ganar la guerra con la chatarra estropeada con que los engañaban los extranjeros.

Artemio palideció.

—Es un informe muy completo —añadió Lacruz—. Fechas, libros de cuentas, aviones, fusiles, balas… Ah, y nombres también, por supuesto. Un asunto bastante turbio, ¿sabes? Hay algo que me llama la atención. No sé cómo los rojos pudieron ser tan ingenuos. Le pagaron cerca de quinientos mil dólares por adelantado a un tratante de armas checoslovaco en septiembre del 38 para que comprase unos aviones en Estados Unidos y los desgraciados no llegaron a ver ni los aviones ni el dinero. Ahora Franco reclama el dinero a la empresa checa que firmó la operación. Todavía no está muy claro quién se quedó con el medio millón de dólares que los rojos entregaron a cuenta, si fue el intermediario americano, el importador checo o el español que se encargó de la compra para los rojos. ¿Te suena de algo, Artemio?

Artemio escuchaba con las mandíbulas apretadas, sin rechistar. Tarde o temprano tenía que pasar, y lo que le extrañaba, ahora que escuchaba la amenaza velada en boca de Lacruz, era que hubiesen tardado tanto tiempo en relacionarlo con el asunto. Alguien se habría ido de la lengua, siempre pasaba lo mismo: un comentario de más, un soborno, una amenaza o una tortura, y al final todo se terminaba sabiendo. Siempre sospechó que Lacruz estaba al tanto de sus coqueteos con el contrabando de tabaco, no en vano había vivido durante un tiempo exclusivamente del estraperlo, hasta que empezó a tejer redes con los alemanes y los ingleses, y ahora, aunque ya apenas se dedicaba a comerciar con bienes escasos, sino a proporcionar información, lamentaría mucho dar con sus huesos en la cárcel, como poco, por algo ocurrido hace tantos años.

—Mira, Artemio —Lacruz había abierto la puerta del coche y le hablaba al mismo tiempo que el chófer arrancaba—, hablemos claro, hombre, que ya somos mayorcitos. A mí me la sudan tus líos con el tabaco, lo que compraras por encargo de los rojos o las historias en que andes metido ahora con los alemanes o los ingleses. Los problemas de esa gente me interesan tan poco como a ti, pero no trates de engañarme. Sé muy bien quién es el tipo con el que estabas sentado esta mañana, y también sé quiénes son sus amigos. El inglés pelirrojo no me interesa, es un don nadie, pero estoy seguro de que si se ha atrevido a poner los pies en Sevilla ha sido por algo muy importante, así que no me jodas, porque no pienso quitarte ojo de encima, ni a ti ni a ese pelirrojo maricón, conque cuando sepas algo del otro hijoputa al que andáis buscando te vienes corriendo a verme, ¿de acuerdo?

Artemio no contestó, no sonrió, ni siquiera asintió levemente con la cabeza. Tenía la partida perdida desde el principio, desde el mismo momento en que escuchó la voz inconfundible de Lacruz llamándolo al salir de la casa de Dolores. Si pudiera dar marcha atrás, se dijo. Si pudiera dar marcha atrás. Pero ya era demasiado tarde.

—Y deja ya de joder con esa puta vieja, hombre, que te va a sorber el seso.

En cualquier otro momento, la frase con que se despidió Lacruz le hubiera crispado los nervios. Sin embargo, ahora estaba tan preocupado que ni siquiera se molestó en darse por ofendido. El asunto cada vez se le complicaba más, y tan sólo esperaba salir lo mejor parado que fuera posible. Porque si Lacruz se lo proponía arruinaría su vida en un pestañeo, y eso por nada del mundo lo permitiría, aunque para ello tuviera que traicionar al mismísimo diablo.

Allí solo, en mitad de la calle, sintió que un frío le subía por la espina dorsal cuando miró por última vez la ventana del dormitorio donde un rato antes había estado retozando con la Niña Heredia. Dolores, movió los labios para susurrar su nombre. Dolores. Le entraron ganas de subir otra vez y pedirle que lo dejase dormir abrazado a ella. Debería haberme quedado a pasar la noche en su casa y tal vez mañana todo hubiera sido diferente, se dijo mientras caminaba desganado de regreso a la pensión. Si ese inglés pelirrojo hubiera encontrado a Miguel Carmona antes de que Lacruz le hubiera visitado muy bien podría haber eludido el compromiso de avisarlo o evitarse la incomodidad de ser seguido a todas horas por un esbirro de aquél, o tal vez por él mismo, pero no, tenía la suerte de espaldas, y ya sabía a quién iba a traicionar. No le quedaba otro remedio. Sólo esperaba que él mismo no resultara perjudicado.

 

—Está buscándote, no me preguntes por qué.

Miguel Carmona miraba a Rosa con el ceño fruncido, sentado en una silla, el rostro apenas iluminado por la tenue luz nocturna que se colaba por la contraventana.

Se revolvió el pelo y se frotó los párpados con la yema de los dedos.

—Me ha dicho que acaba de llegar de Inglaterra, que unos agentes británicos se pusieron en contacto con él para que los ayudara a localizarte.

Miguel sacudió la cabeza. Cada vez entendía menos lo que le estaba pasando. En los ocho días que llevaba viviendo como un fugitivo nunca lo había tenido menos claro que esa noche. Lo habían denunciado por rojo y se había fugado, había visto pasar a la comitiva de Franco por La Palma del Condado, había robado una bicicleta y había llegado hasta Sevilla. Hasta ahí, todo encajaba más o menos. Pero algo no cuadraba en la historia, y el primer indicio lo tuvo al escuchar la voz de Pinner cuando salió con Rosa del bar. Pinner debía de estar muerto, como Márquez: a los dos les había pillado por sorpresa el alzamiento de Queipo de Llano en Sevilla mientras él se encontraba en Madrid. Pero ver a Gordon Pinner vivo, en la puerta del bar de Rosa, donde él estaba oculto, no podía ser una coincidencia, y ahora que ella le había dicho que venía a buscarlo por cuenta del gobierno inglés, que, para colmo, le ofrecía su ayuda, era algo que ni en sus sueños más atrevidos habría imaginado. ¿Qué tenía que ver Pinner, y mucho menos el gobierno británico, con lo que estaba ocurriendo?

—¿Sabes? —La voz de Rosa lo devolvió a la realidad—. Pensaba que Pinner había muerto, igual que mi marido, igual que los otros.

Miguel asintió. Frunció el ceño como si quisiera recordar algo o tratase de dilucidar en su mente algún pensamiento que le costaba admitir.

—Yo también creía que había muerto —suspiró, tragó saliva y luego añadió—: me alegro de haberme equivocado.

—¿Hablarás con él? —Rosa se había sentado en una silla, frente a él, los dedos de las manos entrelazados sobre el regazo.

Los labios de Miguel esbozaron una sonrisa mientras volvían a la realidad, como si despertara de un mal sueño. Con los dedos se atusó el bigote que le había crecido mucho estos días, y luego se pasó la palma de la mano por la mejilla, despacio, como si necesitase un afeitado.

—Ya es hora de que busques a Doménico. Me harán falta papeles nuevos antes de marcharme.

Inopinadamente, los ojos de Rosa se ensombrecieron. Durante los días que Miguel Carmona había pasado en su casa había pensado en la marcha de Miguel como un acto improbable, un hecho lejano que tal vez no llegara a producirse. Se había acostumbrado a verlo asomado a la ventana, con la luz apagada, cuando subía a su casa después de cerrar el bar, pero, por mucho que le pesara, había llegado el momento de aceptar la realidad: Miguel Carmona era un fugitivo y a la larga ocultarlo en su casa no le traería más que problemas.

Su huésped la miraba esperando que aprobase su decisión.

Rosa suspiró despacio antes de decir que sí. Doménico, otro de los de entonces. Se preguntó a cuántos fantasmas del pasado habría de ver antes de que todo terminase. Doménico era un artista, otro viejo conocido que durante los años de la República diseñaba los carteles que colocaban en las fachadas llamando a los camaradas a la revolución. Tenía una mano increíble para dibujar y para falsificar documentos, y también sabía hacer buenas fotografías el tipo, así que habría que pedirle que se pasara por la taberna o por el piso, le explicó Miguel, ya de noche, para que lo viera la menos gente posible, le hiciera una fotografía y le amañase un pasaporte.

Aquel nombre, igual que todos, también le traía malos recuerdos. Desde que Miguel Carmona se había presentado en su casa todo estaba sucediendo tan rápido que temía no poder detener la sensación que la hacía temblar por dentro cuando la única opción posible era resignarse y seguir luchando sola, igual que siempre había hecho, trabajando para sacar adelante su negocio y no tener que depender de nadie. Lo había hecho cuando empezó la Guerra Civil y tuvo que hacerse cargo, sin ayuda, de un marido muerto y de un negocio en un barrio desolado.

La guerra acabó en Sevilla muy pronto, apenas duró unos días, y desde entonces había procurado olvidarla, pasar página y seguir adelante. Suerte tuvo de poder conservar la taberna, sobre todo siendo una mujer, una mujer trabajadora que se había criado en un mundo de locos. A ella no le importaban los ideales que Márquez y aquel hatajo de fanáticos se empeñaban en defender hasta la muerte. A veces parecían chiquillos cuando se ponían a discutir en el bar. Eso fue lo que les trajo la desgracia, pensaba, a ellos y a tanta gente buena y trabajadora, esas ideas que les metieron los rusos en la cabeza. Pero cómo iban a comparar Rusia con España, Dios mío, a quién se le ocurre, y mucho menos Sevilla. Pero si es que en la taberna, cuando la regentaba su marido, recordaba haber visto colgados uno al lado del otro, como si tuvieran algo que ver, los carteles del Socorro Rojo junto a los del Cristo del Cachorro. Era Doménico quien los pintaba, y tal vez por eso se salvó de la cárcel cuando lo denunciaron porque había animado a los trabajadores a colectivizar la imprenta donde trabajaba durante los años de la República. Pudo salvar el pellejo porque, aparte de rojo, era muy devoto, y varios hermanos de la Hermandad de la Estrella atestiguaron en su favor. Contaron que, aunque comunista, era una buena persona y un buen cristiano, y que fue de los pocos que acompañaron la procesión de la Estrella durante todo el recorrido en el 32, cuando no hubo procesiones en la ciudad y un desalmado le pegó dos tiros a la Virgen al entrar en la catedral por la puerta de San Miguel.

Ahí, Rosa había concluido, estaba el centro de la cuestión, en la especial idiosincrasia de los sevillanos: por mucha pobreza, por mucha hambre que tuvieran, en esa tierra jamás triunfaría una revolución.