La esfinge

Robin Cook · Capítulo 11 de 12 · parte 3/3

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La esfinge

Dia 8

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Al llegar a la cámara superior, Erica se detuvo para mirar de soslayo las joyas que habían sido sacadas del arca de marfil. Aunque ella había sido escrupulosamente cuidadosa tratando de no mover ningún objeto por temor a desarreglar el aspecto arqueológico de la tumba, no le incomodó tocar algo que ya estaba fuera de su lugar original. Recogió un pendiente en oro macizo con el sello de Seti I.

Quería tener algún objeto en su poder para el caso de que Yvon y Ahmed se negaran a creer en su historia. De manera que conservó el pendiente mientras subía la escalera hasta la habitación que contenía los restos de los infortunados obreros.

Trepar por el túnel en su camino de regreso resultó mucho más fácil que el descenso inicial. En el tramo final colocó la lámpara de aceite sobre el piso de tierra y se arrastró para entrar en el espacio cavado

debajo del quiosco de refrescos. Era necesario que decidiera cuál era el medio mejor para regresar a Luxor. Ya había pasado la medianoche, de modo que las posibilidades de toparse con Muhammad o con el nubio eran mucho menores. Lo que más la preocupaba era el guardia oficial, que trabajaba bajo las órdenes de Muhammad. Recordaba haber visto la sala de guardias sobre el camino de asfalto. Por lo tanto no le convenía regresar por el camino, sino que sería necesario que tomara el sendero que conducía a Qurna.

En el reducido espacio existente, resultaba difícil mover la plancha de metal. Erica tuvo que deslizaría sobre la tierra dejándola caer después en su lugar. Entonces, utilizando la lata de sardinas que había visto anteriormente, comenzó a cubrir la tapa de metal con la tierra suelta que había a su alrededor.

Nassif estaba a casi cien metros de distancia del quiosco de refrescos cuando oyó el ruido producido por el metal al caer sobre la piedra.

Inmediatamente se quitó el rifle del hombro y corrió hacia la puerta entornada de los baños. Con el caño del rifle la abrió de par en par. La luz de la luna se filtró en el pasillo de entrada.

Erica oyó que la puerta se abría y apagó con la mano la llama de la lámpara de aceite. Estaba como a tres metros del borde de la plataforma que terminaba en el baño de hombres. Sus ojos se acostumbraron rápidamente a la oscuridad y consiguió ver la puerta que conducía al vestíbulo. El corazón comenzó a latirle desaforadamente, igual que la noche en que Richard entró en su habitación del hotel.

En ese momento, una negra silueta se deslizó dentro de la habitación. A pesar de la débil penumbra, la joven distinguió el perfil del rifle. Una sensación de pánico comenzó a hacer presa de ella cuando el hombre se acercó lentamente. Caminaba inclinado, y se movía igual que un gato en el momento de acechar su presa.

Sin tener idea de lo que el hombre alcanzaba a ver, Erica se apretó contra el piso. Cuando el guardia llegó a la pared del urinal, parecía estarla mirando directamente a la cara. Entonces se detuvo, y durante un lapso que a ella le pareció interminable, permaneció allí mirando fijamente. Finalmente estiró la mano y tomó un puñado de tierra suelta. Encogiendo el brazo, arrojó la tierra hacia la plataforma. Erica

cerró los ojos en el momento en que parte de la tierra caía sobre ella. El hombre repitió la acción. Algunas de las piedritas que arrojó rebotaron sobre la chapa de metal que aún estaba al descubierto. Nassif se irguió.

– Harrah -musitó. Estaba enojado porque ni siquiera se le presentaba la oportunidad de matar una rata.

Erica sintió un pequeño alivio, pero notó que el hombre no se alejaba. Permaneció allí mirándola fijamente en la oscuridad, con el rifle sobre el hombro. Erica se sintió perpleja hasta que oyó el goteo de la orina.

La luz de la luna que se reflejaba sobre la vela de la chalupa fue suficiente para que Erica pudiese ver la hora. Era más de la una de la mañana. El cruce del Nilo fue tan tranquilo, que ella pudo haber dormitado. Cruzar el río era el último obstáculo que le quedaba, y la joven se relajó. Estaba segura de que en Luxor estaría a salvo. La excitación del descubrimiento casi le había hecho olvidar su horrorosa experiencia en la tumba, y el entusiasmo que tenía por revelar lo que había descubierto la mantenía despierta.

Al mirar hacia atrás, a la ribera oeste, Erica se sintió satisfecha.

Había trepado desde el Valle de los Reyes hasta la dormida aldea de Qurna, y después de atravesarla cruzó los valles cultivados y llegó a la orilla del Nilo sin problemas. Había resuelto su enfrentamiento con algunos perros agachándose simplemente para recoger una piedra. La joven estiró sus cansadas piernas.

Un golpe de viento escoró la chalupa, y Erica levantó la mirada para contemplar la graciosa curva de la vela contra el cielo estrellado.

No sabía en qué momento disfrutaría más: si cuando le contara su descubrimiento a Yvon, a Ahmed tí a Richard. Yvon y Ahmed lo apreciarían más, Richard sería el más sorprendido. Hasta su madre, por una vez en la vida, se alegraría genuinamente: ya no sería necesario que en el club campestre tratara de justificar la carrera que había elegido su hija.

Ya en la ribera este, le alegró que el vestíbulo del Winter Palace estuviese desierto. Fue necesario que hiciera sonar la campanilla del mostrador de recepción para despertar al empleado. El somnoliento egipcio, aunque sorprendido por su aspecto, le entregó la llave y un sobre sin decir una palabra. Erica comenzó a subir la ancha escalera

alfombrada, mientras el empleado la seguía con la mirada, preguntándose qué pudo haber estado haciendo para llegar al hotel en ese estado deplorable. Erica ojeó el sobre. Tenía el membrete del hotel y le había sido dirigido con una escritura atrevida y pesada. Cuando llegó al corredor, metió el dedo en una esquina del sobre y lo abrió, mientras sorteaba los restos de los materiales de construcción esparcidos por el piso. Una vez junto a su puerta, estaba a punto de insertar la llave en la cerradura cuando se detuvo y abrió la carta. Era un garabato sin sentido. Al mirar el sobre una vez más, Erica se preguntó si se trataba de alguna broma. Si era así, ni la comprendía ni le gustaba. Era lo mismo que recibir una llamada telefónica y oír que la persona del otro lado de la línea colgaba la comunicación sin hablar.

Esas cosas le ponían los nervios de punta.

Miró la puerta de su cuarto. Si algo había aprendido durante el viaje, era que los hoteles no eran lugares seguros. Recordó la noche en que había encontrado a Ahmed en su dormitorio, la llegada de Richard, y el hecho de que su habitación hubiera sido revisada. Con una renovada sensación de inseguridad, introdujo la llave en la cerradura.

Repentinamente le pareció oír un ruido. En su estado de animo actual, eso era todo lo que necesitaba para aterrorizarse. Dejó la llave colgando en la cerradura y literalmente voló por el corredor. En su apuro por huir, golpeó el bolsón de lona contra una pila de ladrillos, produciendo un ruido inusitado. A sus espaldas, oyó que la puerta de su habitación era rápidamente abierta desde el interior.

Cuando Evangelos oyó el sonido de la llave, se puso de pie de un salto y corrió hacia la puerta.

–Mátala -ordenó Stephanos a quien el ruido había despertado.

Extrayendo su Beretta, Evangelos abrió la puerta a tiempo para ver que Erica desaparecía por la escalera principal.

La joven no sabía quién estaba en su cuarto, pero no se hizo ilusiones de ser protegida por el somnoliento empleado de recepción.

Por otra parte, éste ni siquiera estaba detrás del mostrador. Tenía que llegar hasta la suite de Yvon en el New Winter Palace. Salió corriendo al jardín por la puerta trasera del hotel. A pesar de su tamaño, Evangelos se movía como un gavilán en el momento de atacar,

especialmente cuando se concentraba. Y una vez que recibía una orden de ataque, era igual que un perro rabioso.

Erica corrió a través de un cantero de flores y llegó al borde de la pileta. En su afán de rodearla a la carrera, resbaló sobre las lajas húmedas y cayó de costado. Poniéndose de pie a toda velocidad, dejó caer el bolsón y comenzó a correr nuevamente. El ruido de pasos de su perseguidor se acercaba a ella cada vez más.

Evangelos estaba lo suficientemente cerca como para no errar el disparo.

–¡Deténgase! – aulló, apuntando con la pistola la espalda de Erica.

La joven comprendió que no tenía escapatoria. Todavía estaba a cuarenta y cinco metros del New Winter Palace. Se detuvo, exhausta, con el pecho palpitante, y se dio vuelta para mirar a su perseguidor.

Estaba a sólo nueve metros de distancia. Recordó haberlo visto en la mezquita El Azhar. El enorme tajo de ese día había cicatrizado y le daba un aspecto parecido al del monstruo de Frankenstein. La pistola del hombre, con el caño escondido bajo un silenciador de malévolo aspecto, la estaba apuntando.

Evangelos se detuvo para decidir a qué lugar del cuerpo de Erica dispararía. Finalmente, sosteniendo el arma con el brazo extendido, apuntó al cuello de su víctima y lentamente comenzó a apretar el gatillo.

Erica vio que el brazo del hombre se extendía levemente, y sus ojos se agrandaron cuando comprendió que le iba a disparar a pesar de haberse detenido tal como se le había ordenado.

–¡No!

La pistola, cubierta por el silenciador, se estremeció levemente.

Erica no sintió dolor, y su visión continuó siendo clara. Entonces sucedió la cosa más extraña. Justo en el centro de la frente de Evangelos floreció un pequeño capullo rojo y el hombre se desplomó hacia adelante, dejando caer la pistola.

Erica no pudo moverse. Tenía las manos caídas e inmóviles a los costados. A sus espaldas, oyó movimientos entre los arbustos. Luego le llegó el sonido de una voz.

–No debió esmerarse tanto en perderme.

Erica se dio vuelta lentamente. Frente a ella estaba el hombre del diente en punta y la nariz ganchuda.

–Estuvo muy cerca -dijo Khalifa, señalando a Evangelos-. Supongo que usted se dirige a la habitación de monsieur de Margeau. Será mejor que se apure. No han terminado los problemas.

Erica intentó hablar, pero le fue imposible. Asintió y pasó junto a Khalifa a los tropezones, caminando con paso inseguro sobre piernas que parecían de goma. Después no consiguió recordar cómo había llegado hasta la habitación de Yvon.

El francés abrió la puerta y la joven se desplomó en sus brazos musitando palabras incoherentes con respecto al disparo, a su encierro en la tumba y a su descubrimiento de la estatua. Yvon estaba tranquilo y le acarició el cabello y, obligándola, a sentarse, le pidió que le contara la historia comenzando por el principio.

Erica estaba a punto de comenzar su narración cuando alguien llamó a la puerta.

–¿Sí? – dijo Yvon poniéndose instantáneamente alerta.

–Soy Khalifa.

Yvon abrió la puerta y Khalifa introdujo a Stephanos en la habitación a los empellones.

–Usted me contrató para que protegiera a la muchacha y para que le entregara a la persona que deseaba matarla. Aquí está. – Khalifa señaló a Stephanos.

Stephanos miró a Yvon y luego a Erica, quien no conseguía ocultar su sorpresa ante el descubrimiento de que Khalifa hubiera sido contratado para protegerla, ya que Yvon había minimizado deliberadamente los riesgos que ella podía correr. Comenzó a sentirse incómoda.

–Mire Yvon -dijo Stephanos por fin-. Es ridículo que usted y yo estemos en bandos contrarios. Usted está enojado conmigo porque le vendí la primera estatua de Seti a ese hombre de Houston. Pero todo lo que yo hice fue conseguir que la estatua llegara a Suiza. En realidad no existe competencia entre nosotros. Usted quiere controlar el mercado negro. Muy bien. Lo único que yo deseo es proteger mi parte en el asunto. Yo puedo sacar su mercadería de Egipto utilizando un método probado por el tiempo. Deberíamos trabajar juntos.

Erica miró rápidamente a Yvon para observar su reacción. Estaba deseando oírlo reír mientras le explicaba a Stephanos que estaba equivocado, que él, Yvon, quería destruir el mercado negro.

Yvon se pasó los dedos por el pelo.

–¿Y por qué amenazaba a Erica? – preguntó.

–Porque se había enterado de muchas cosas por Abdul Hamdi. Yo estaba protegiendo mi ruta. Pero si ustedes dos trabajan juntos, todo está bien.

–¿Y usted no tuvo nada que ver con la muerte de Hamdi y con la desaparición de la segunda estatua? – preguntó Yvon.

–No -contestó Stephanos-. Se lo juro. Ni siquiera me había enterado de la existencia de la segunda estatua de Seti. Eso fue lo que me preocupó. Temí que me estuvieran sacando del medio y que la carta de Hamdi llegara a manos de la policía.

Erica cerró los ojos, avasallada por una repentina comprensión de la verdad. Yvon no era un cruzado. Su idea de controlar el mercado negro, era controlarlo para sus propios fines, no en beneficio de la ciencia, de Egipto ni del mundo. Su pasión por las antigüedades estaba más allá de todo concepto moral. Ella había sido burlada, y lo que era aun peor, pudo haber sido, asesinada. Clavó las uñas en el sillón. Sabía que debía escapar. Era necesario que le contara a Ahmed lo de la tumba de Seti.

–Stephanos no mató a Abdul Hamdi -aseguró repentinamente-.

Abdul Hamdi fue muerto por la gente de Luxor que controla la procedencia de las antigüedades. La estatua de Seti está nuevamente en Luxor. Yo la he visto y puedo conducirlos hasta el lugar en que se encuentra. – Al hablar, utilizó el plural con todo cuidado.

Yvon miró a la joven, un poco sorprendido ante su repentina recuperación. Erica le sonrió para tranquilizarlo. Su instinto de autoconservación la llenaba de inesperado poder.

–Lo que es más -continuó Erica-, la ruta de Stephanos a través de Yugoslavia es mucho mejor que intentar pasar las piezas desde Alejandría en fardos de algodón.

Stephanos asintió antes de dirigirse a Yvon.

–Es una muchacha inteligente. Y tiene razón. Mi método es mucho mejor que andar embalando antigüedades en fardos de algodón. ¿Es

eso lo que usted estaba planeando? ¡Mi Dios!, no hubiera tenido éxito más que durante un embarque o dos.

Erica se desperezó. Sabía que tenía que convencer a Yvon de su interés personal en las antigüedades.

–Mañana les puedo indicar el sitio donde está la estatua de Seti.

–¿Adonde queda? – preguntó Yvon.

–En una de esas tumbas no señaladas de los nobles de la ribera oeste… Es muy difícil describir el lugar exacto. Tendré que indicárselos personalmente. Queda encima del pueblo de Qurna. Y allí hay una serie de otras piezas sumamente interesantes. – Erica sacó del bolsillo de su vaquero el pendiente de oro de Seti. Lo arrojó con indiferencia sobre la mesa.– Mis honorarios por haber encontrado la estatua de Seti consistirán en que Stephanos saque este pendiente del país y me lo haga llegar.

–Esto es maravilloso -dijo Yvon, examinando el collar.

–Hay una cantidad de piezas allí, y algunas son muy superiores a ésta. Este pendiente fue lo único que pude traer. Y ahora, en primer lugar, me gustaría bañarme y descansar un poco. Por si no se han dado cuenta, les diré que he tenido una noche muy movida. – Erica se acercó a Yvon y lo besó en la mejilla. Fue la cosa más difícil que había tenido que hacer. Le agradeció a Khalifa por la ayuda que le había prestado en el jardín. Y entonces, se dirigió a la puerta.

–Erica -dijo Yvon con toda tranquilidad.

–¿Sí? – preguntó Erica dándose vuelta.

Se produjo un silencio.

–Quizá sea mejor que te quedes aquí -aconsejó el francés. Era evidente que estaba pensando qué convenía hacer con ella.

–Esta noche estoy demasiado cansada -contestó Erica. La implicación contenida en sus palabras era obvia. Stephanos se llevó una mano a la boca para esconder una sonrisa.

–Raoul -llamó Yvon-. Quiero que te asegures de que la señorita Barón estará a salvo esta noche.

–Creo que estaré perfectamente bien -dijo Erica abriendo la puerta.

–Quiero que Raoul vaya contigo, para estar seguro -repitió Yvon.

Cuando Erica y Raoul cruzaron el jardín en su camino de regreso al Winter Palace, el cadáver de Evangelos todavía estaba tendido junto a

la pileta a la luz de la luna. Hubiese parecido dormido, salvo por el charco de sangre oscura que manaba de su cabeza y goteaba dentro de la piscina. Erica dio vuelta la cara cuando Raoul se inclinó sobre él para asegurarse de que estaba realmente muerto. Repentinamente vio la pistola semiautomática de Evangelos que todavía permanecía tirada sobre las lajas.

Erica miró a Raoul de reojo. Aún luchaba en su afán de dar vuelta el cadáver de Evangelos. Sin mirarla, le habló.

–¡Dios! ¡Khalifa es fantástico! Le dio justo entre los ojos.

Erica se agachó y recogió la pistola. Era más pesada de lo que esperaba. Colocó el dedo en el gatillo. Detestaba el arma, y además la asustaba. Nunca en su vida había tenido una pistola en la mano, y la certeza de su capacidad letal la hacía temblar. No intentó engañarse.

Estaba segura de que jamás se animaría a apretar el gatillo, pero se dio vuelta para mirar a Raoul quien en ese momento se ponía de pie limpiándose las manos.

–Estaba muerto antes de llegar al piso -dijo mirando a Erica-. ¡Ah!

Encontró la pistola. Alcáncemela para que se la ponga en la mano.

–No se mueva -dijo Erica, hablando con lentitud.

Los ojos de Raoul volaron de la pistola a la cara de Erica, y nuevamente a la pistola.

–Erica, qué…

–Cállese la boca. Quítese la chaqueta.

Raoul hizo lo que ella le mandaba, tirando el saco al piso.

–Ahora sáquese la camisa por encima de la cabeza -ordenó la joven.

–Erica… -dijo Raoul.

–¡Ya! – y extendió el brazo que sostenía la pistola de Evangelos.

Raoul se sacó la camisa de los pantalones y con un poco de dificultad se la pasó sobre la cabeza. Debajo de la camisa tenía puesta una camiseta sin mangas. Y sujeta bajo el brazo izquierdo tenía una pequeña pistola. Erica hizo un rodeo para colocarse detrás de él y sacó la pistola de su funda. La arrojó a la pileta. Al oírla golpear contra el agua, vaciló, temerosa de que Raoul se enojara. Entonces comprendió lo absurdo de la idea que había tenido. Por supuesto que el hombre se enojaría. ¡Si lo estaba amenazando con una pistola!

Hizo que Raoul volviera a bajar su camisa para que pudiese ver por dónde caminaba. Entonces le ordenó que se dirigiera hacia el frente del hotel. Raoul intentó hablar, y Erica le ordenó nuevamente que se callara la boca. Pensó lo ridículamente fácil que parecía desmayar a un hombre de un golpe en la cabeza en las películas policiales. En realidad, ella no podía hacer nada. Si Raoul se hubiese dado vuelta, le habría podido quitar la pistola. Pero no lo hizo, y siguieron caminando en fila india por las sombras hasta llegar al frente del hotel.

Algunas lámparas antiguas colocadas en la calle iluminaban tenuemente una fila de taxis estacionados contra el cordón de la vereda de la entrada del hotel. Los conductores se habían ido a dormir hacía mucho tiempo, puesto que su principal ocupación consistía en transportar pasajeros de y hasta el aeropuerto. Pero dado que el último vuelo llegaba a las 21.10, ya no tenían nada que hacer allí. Los turistas preferían los más románticos coches a caballo como medio de transporte dentro de la ciudad y sus alrededores.

Con la pistola de Evangelos temblándole en la mano, Erica obligó a Raoul a caminar junto a la fila de viejos taxis mientras ella observaba las llaves de arranque. La mayor parte de ellas estaban colocadas en su sitio. Erica quería llegar a la casa de Ahmed, pero tenía que decidir qué haría con Raoul.

El primer coche de la fila era idéntico a los demás, con la excepción de un adorno de borlas colocado en el vidrio posterior. Las llaves estaban puestas en el contacto.

–Acuéstese -ordenó Erica. La espantaba pensar que alguien pudiese salir del hotel en ese preciso momento.

Raoul dio un paso al costado para ubicarse sobre el pasto prolijamente cortado.

–¡Apúrese! – exclamó Erica, intentando que su voz tuviera tono de enojo.

Apoyándose sobre la palma de las manos, Raoul se acostó boca abajo. Mantuvo las manos debajo del cuerpo, listo para saltar, ya que su confusión inicial se había convertido en furia.

–Extienda los brazos al frente -dijo Erica. Abrió la puerta del taxi y se sentó detrás del volante cubierto con un forro vinílico. De la llave de contacto pendía un llavero con dos dados plásticos rojos.

El motor arrancó con espantosa lentitud, despidió una nube de humo negro y luego comenzó a marchar correctamente. Sin dejar de apuntar a Raoul con el arma, Erica buscó la llave de los faros y los encendió. Entonces arrojó la pistola sobre el asiento a su lado y puso la palanca de cambios en primera velocidad. El coche arrancó con una sacudida y luego se sacudió varias veces haciendo caer la pistola al piso.

Por el rabillo del ojo, Erica vio que Raoul se ponía de pie y corría hacia el taxi. La joven jugó con el acelerador y el embrague tratando de evitar las sacudidas y ganar velocidad, mientras Raoul saltaba sobre el paragolpes trasero aferrándose al baúl del automóvil.

La palanca estaba en segunda velocidad cuando Erica logró salir a la amplia e iluminada avenida. No había tránsito, y la joven aceleró tanto como pudo al pasar junto al Templo de Luxor. Cuando el motor estaba funcionando a toda velocidad, Erica forzó la palanca de cambios para pasarla a tercera. No tenía idea de la velocidad que estaba desarrollando el coche, puesto que el velocímetro no funcionaba. Por el espejo retrovisor vio que Raoul seguía aferrado al baúl. El viento le despeinaba el pelo negro en forma enloquecida. Erica quería librarse de él.

Movió el volante de un lado al otro. El taxi continuó su carrera zigzagueante, con las ruedas chirriando. Pero Raoul se apretó con fuerza contra la parte posterior y consiguió mantenerse en su lugar.

Erica puso el coche en cuarta y pisó el acelerador. El coche pegó un salto hacia adelante, pero la rueda delantera derecha comenzó a bambolearse. La vibración era tan violenta que Erica tuvo que aferrarse al volante con ambas manos mientras pasaba a toda velocidad junto a las casas de dos ministros. Los soldados que estaban de guardia, simplemente sonrieron al contemplar el taxi tembloroso que pasaba a la disparada con un hombre aferrado al baúl.

Con una frenada violenta, Erica detuvo el auto repentinamente.

Raoul quedó encaramado sobre la luneta trasera. Erica volvió a poner primera y aceleró nuevamente, pero Raoul continuó prendido a su lugar, aferrándose a los marcos de las ventanillas traseras. Erica todavía podía verlo por el espejo retrovisor, por lo que deliberadamente condujo el auto a la banquina en busca de baches en los que el taxi fue

cayendo con tremendas sacudidas. La puerta trasera derecha se abrió de golpe. Los rojos dados se desprendieron del llavero.

En ese momento Raoul estaba tendido sobre el baúl con los brazos en cruz y había pasado cada una de sus manos por las ventanillas sin vidrios de las puertas traseras. El impacto de cada bache hacía que tanto su cuerpo como su cabeza golpearan con fuerza contra la carrocería. Estaba decidido a no separarse de Erica. Pensó que la joven se había vuelto completamente loca.

En la curva que conducía a la casa de Ahmed, los faros iluminaron una pared de ladrillos a un costado del camino. Erica detuvo el auto y puso marcha atrás. La repentina detención impulsó a Raoul al techo del automóvil. El hombre manoteó en busca de un punto de apoyo, y con la mano izquierda intentó agarrarse del marco de la ventanilla junto a la cara de Erica.

Erica arrancó y el auto retrocedió salvajemente antes de incrustarse contra la pared. La súbita acelerada cerró la puerta delantera derecha sobre la mano de Raoul.

El hombre gritó de dolor y, con un movimiento reflejo, consiguió sacar la mano. En ese momento el auto mordió el borde de asfalto del camino y el cimbronazo arrojó a Raoul a la arena de la banquina. Casi al instante de caer, el hombre se puso nuevamente de pie. Sosteniéndose la mano dolorida corrió en persecución de Erica, notando que ésta detenía el taxi frente a una casa de ladrillos blanqueados. Raoul se detuvo cuando Erica saltó del auto para precipitarse hacia la puerta de entrada. Después de asegurarse de que conocía exactamente el paradero de la joven, se dio vuelta y regresó en busca de Yvon.

Cuando Erica llegó a la puerta de la casa de Ahmed, tuvo miedo de que Raoul estuviese detrás de ella. La puerta no estaba cerrada con llave, de manera que entró como una exhalación, dejándola abierta de par en par. Era necesario que convenciera cuanto antes a Ahmed de la conspiración existente, a fin de obtener adecuada protección policial.

Sin miramientos, entró directamente a la sala de estar y la llenó de felicidad comprobar que Ahmed todavía estaba levantado y conversaba allí con un amigo.

–¡Me persiguen! – gritó.

Ahmed se puso de pie de un salto, atónito al reconocer a Erica.

–¡Rápido! – continuó ésta-. Debemos conseguir ayuda.

Ahmed se recuperó de la sorpresa y salió corriendo en dirección a la puerta de calle. Entonces Erica se volvió hacia el amigo de Ahmed para pedirle que llamara a la policía. Abrió la boca para comenzar a hablar, pero en ese momento sus ojos se agrandaron de asombro y terror.

Ahmed cerró la puerta de calle y regresó al living para tomar a Erica en sus brazos.

–No hay peligro, Erica -dijo-. No hay peligro y estás a salvo. Déjame que te mire. No puedo creerlo, es un milagro.

Pero Erica no respondió, la único que conseguía hacer era mirar fijamente sobre el hombro de Ahmed. Se le congeló la sangre. ¡Frente a ella estaba Muhammad Abdulah¡ Ahora tanto ella como Ahmed serían asesinados! Se dio cuenta de que Muhammad estaba tan asombrado como ella por el encuentro, pero rápidamente consiguió dominarse y dejó escapar un torrente de furibundas palabras en árabe.

Al principio Ahmed ignoró la furia de Muhammad. Le preguntó a Erica quién la perseguía, pero antes de que ésta pudiera responder Muhammad dijo algo que desató en Ahmed la misma violencia reprimida que Erica había presenciado el día en que hizo trizas la taza de té. Sus ojos se oscurecieron y se dio vuelta para enfrentar a Muhammad. Hablaba en árabe y al principio su voz fue baja y amenazadora pero gradualmente fue subiendo de tono hasta que se convirtió en un grito.

Erica miraba de un hombre al otro, esperando que en cualquier momento Muhammad sacara un arma. Para su alivio se dio cuenta de que en lugar de eso, el jefe de guardias retrocedía. Aparentemente el hombre acataba las órdenes de Ahmed, porque tomó asiento cuando Ahmed le señaló una silla. Entonces el alivio se convirtió en temor.

Cuando Ahmed se volvió a Erica, ésta clavó la mirada en los ojos poderosamente profundos del árabe. ¿Qué estaba sucediendo?

Ahmed le habló suavemente.

–Erica, es realmente un milagro que hayas podido regresar.

La mente de Erica comenzaba a advertirle a los gritos que algo andaba mal. ¿Qué estaba diciendo Ahmed? ¿Qué quería decir con eso de regresar?

–Debe ser la voluntad de Alá que tú y yo estemos juntos -continuó diciendo el árabe-, y estoy dispuesto a aceptar su decisión. He estado hablando con Muhammad durante horas respecto a ti. Iba a ir a buscarte, para conversar contigo, para rogarte.

El corazón de Erica latía como enloquecido; toda su sensación de realidad se desintegraba.

–¿Tú sabías que yo estaba atrapada en una tumba?

–Sí. Fue una decisión que me resultó muy difícil tomar, pero era necesario detenerte. Ordené que no fueras lastimada. Yo mismo me iba a dirigir a la tumba para convencerte de que te unieras a nosotros. Te amo, Erica. Ya una vez en la vida debí renunciar a la mujer que amaba.

Mi tío se aseguró de que no me quedara elección posible. Pero esta vez no será así. Quiero que entres a formar parte de la familia: de mi familia y la de Muhammad.

Erica cerró los ojos para tratar de enfrentar todos sus conflictivos pensamientos. No podía creer lo que estaba sucediendo ni lo que oía.

¿Casamiento? ¿Familia? Habló con voz insegura.

–¿Tú estás emparentado con Muhammad?

–Sí -dijo Ahmed. La condujo lentamente hasta el sofá y la hizo sentar-. Muhammad y yo somos primos. Aída Raman es nuestra abuela. Es la madre de mi madre. – Ahmed le explicó cuidadosamente la complicada genealogía de su familia, partiendo de Sarwat y Aida Raman.

Cuando Ahmed terminó su explicación, Erica echó una temerosa mirada a Muhammad.

–Erica… -dijo Ahmed-. Has conseguido algo que nadie más fue capaz de conseguir en los últimos cincuenta años. Nadie que no pertenezca a la familia ha visto el papiro de los Raman, y cualquiera que haya tenido la menor idea de su existencia ha perdido la vida.

Gracias a la credulidad de la gente, esas muertes fueron atribuidas a una misteriosa maldición. Para nosotros fue muy conveniente.

–¿Y el objeto de todo ese secreto es preservar la tumba? – preguntó Erica.

Ahmed y Muhammad intercambiaron miradas.

–¿A qué tumba te refieres? – preguntó Ahmed.

–A la tumba auténtica de Seti que está debajo de la de Tutankamón

-contestó Erica.

Muhammad se puso de pie de un salto y dedicó a Ahmed otro torrente de duras palabras en árabe. Esta vez, Ahmed escuchó sin hacerlo callar. Cuando Muhammad terminó de hablar, Ahmed se volvió hacia Erica.

Su voz todavía era calma.

–Verdaderamente eres una maravilla, Erica. Supongo que ahora comprendes todo lo que hay en juego. Sí, estamos custodiando la tumba no saqueada de uno de los grandes faraones egipcios. Con tus conocimientos, sabes bien lo que eso significa. Una riqueza increíble. De modo que comprenderás que nos has colocado en una situación embarazosa. Pero si te casas conmigo, esa riqueza pasa a pertenecerte también a ti, y puedes ayudarnos a desmontar este espectacular descubrimiento arqueológico.

Erica trató nuevamente de pensar en una forma de escapar.

Primero fue necesario que escapara de Yvon, ahora de Ahmed. Y lo más probable era que Raoul hubiese vuelto para informar a Yvon. Se produciría un horrible enfrentamiento. El mundo estaba loco. Para ganar tiempo, comenzó a hacer preguntas.

–¿Por qué no han desmontado la tumba antes?

–Porque está llena de tales riquezas que para retirarlas es necesario planear las cosas cuidadosamente. Mi abuelo Raman se dio cuenta de que transcurriría una generación antes de poder montar la organización necesaria para vender los tesoros de la tumba, y para ubicar a algunos miembros de la familia en posiciones ventajosas desde las que pudieran controlar la salida de Egipto de objetos valiosísimos.

Durante los últimos años de su vida, extrajo de la tumba lo estrictamente necesario como para poder educar a la generación siguiente. Recién el año pasado yo me convertí en Director del Departamento de Antigüedades, y Muhammad en Jefe de Guardias de la Necrópolis de Luxor.

–De modo que es el mismo caso de la familia Rasul en el siglo XIX -

comentó Erica.

–Superficialmente es un caso parecido -contestó Ahmed-. Nosotros estamos trabajando en un nivel muy sofisticado. Tomamos

cuidadosamente en cuenta los intereses arqueológicos del asunto. En realidad, Erica, en ese aspecto tu actuación puede ser muy importante.

–¿Lord Carnarvon fue una de las personas de las que tuvieron que

"encargarse"? – preguntó Erica.

–No estoy seguro -contestó Ahmed-. Eso sucedió hace mucho tiempo, pero creo que sí. – Muhammad asintió.– Erica -continuó Ahmed- ¿cómo te enteraste de todo? Quiero decir, ¿qué te hizo…?

Repentinamente se apagaron las luces de la casa. La luna se había puesto, y la oscuridad era absoluta, igual a la de una tumba. Erica no se movió. Oyó que alguien levantaba el receptor del teléfono y lo volvía a colocar violentamente en su lugar. Adivinó que Yvon y Raoul habían cortado los cables.

Oyó que Ahmed y Muhammad hablaban rápidamente en árabe.

Entonces sus ojos comenzaron a acostumbrarse a la oscuridad y empezó a distinguir formas vagas dentro de la habitación. Se le acercó una sombra, y ella se echó atrás. Era Ahmed, que aferró su muñeca y la obligó a ponerse de pie. Lo único que alcanzaba a distinguir eran los ojos y los dientes del árabe.

–Te pregunto una vez más, ¿quién te estaba siguiendo? – susurró Ahmed en tono perentorio.

Erica intentó contestar, pero las palabras se le agolpaban en la garganta; estaba aterrorizada. Se hallaba atrapada entre dos fuerzas horrendas. Ahmed le tironeó la muñeca impacientemente. Finalmente la joven consiguió hablar.

–Yvon de Margeau.

Ahmed comenzó a conversar con Muhammad sin soltar la muñeca de Erica. La joven percibió el brillo del caño de una pistola en la mano de Muhammad. La invadió una sensación de impotencia cuando comprendió que, una vez más, los acontecimientos se habían tornado incontrolables.

Sin previo aviso, Ahmed comenzó a tironearla obligándola a cruzar la sala e internarse en el pasillo rumbo a la parte de atrás de la casa.

Erica luchó por liberarse, incapaz de ver nada en medio de esa oscuridad y temiendo tropezar y caer. Pero la mano con que Ahmed la sostenía parecía de hierro. Muhammad corría detrás de ellos.

Salieron al patio en el que había un poco más de luz. Rodearon el establo y llegaron a la puerta posterior. Ahmed y Muhammad cambiaron ideas con rapidez; entonces Ahmed abrió la puerta de madera. Detrás de la casa, el callejón estaba desierto y mucho más oscuro que el patio debido a la doble hilera de palmeras de la acera.

Muhammad se asomó cuidadosamente asiendo la pistola, y sus ojos escrutaron la oscuridad. Satisfecho por su observación, dio un paso atrás para dejar pasar a Ahmed. Sin soltar la muñeca de Erica, éste la empujó obligándola a entrar en el callejón. Él la siguió de cerca.

Lo primero que Erica notó fue que la mano de Ahmed se apretaba aun más a su muñeca. Entonces oyó el ruido del disparo. Era el mismo ruido sordo que escuchó cuando estaba frente al enloquecido Evangelos. Era el sonido de un disparo de pistola con silenciador.

Ahmed cayó hacia un costado sobre el umbral, sin soltar a Erica que cayó encima de él. En la penumbra se dio cuenta de que el árabe había recibido un disparo idéntico al de Evangelos, entre los ojos. Trozos del cerebro de Ahmed le salpicaron la mejilla.

Erica consiguió ponerse de rodillas en estado catatónico.

Muhammad pasó junto a ella en una carrera desesperada para refugiarse detrás de la hilera de palmeras. En un estado de completo estupor, Erica lo observó darse vuelta para disparar su pistola hacia el otro extremo del callejón. Entonces Muhammad se dio vuelta y escapó.

Completamente aturdida, Erica se puso de pie y sus ojos se clavaron en el cuerpo sin vida de Ahmed. Retrocedió en las sombras hasta que su espalda golpeó contra la pared. Tenía la boca abierta y respiraba entrecortadamente. En ese momento, procedente del frente de la casa, oyó un ruido de madera que se astillaba seguido de un estruendo producido sin duda por la puerta de calle. A sus espaldas, Sawda se movía nerviosamente en el establo. Erica no conseguía moverse, estaba como paralizada.

Justo frente a ella, y enmarcada por la puerta trasera, vio una figura agazapada que pasaba corriendo. Casi inmediatamente sonaron más disparos desde la derecha. Luego percibió el ruido de gente que corría dentro de la casa y su aturdimiento se convirtió en terror. Sabía que era a ella a quien Yvon buscaba. Estaba desesperada.

De repente oyó que la puerta trasera de la casa se abría violentamente. Entonces distinguió una figura silenciosa, y contuvo el aliento. Era Raoul. Lo observó mientras se inclinaba sobre Ahmed y luego desaparecía por el callejón.

La parálisis de Erica duró cinco minutos más, mientras el ruido de los disparos se apagaba en el callejón. Repentinamente la joven se alejó de la pared y entró a tientas a la casa oscura para volver a salir por la puerta del frente.

Cruzó el camino y corrió por un pasaje de ladrillos. Cruzó un patio, y luego otro más, y a su paso ruidoso se encendieron algunas luces. Se abrió paso a través de algunos escombros, un gallinero, y cruzó, alborotando el agua, una cloaca abierta. A la distancia, todavía se oían tiros y un hombre que gritaba. Continuó corriendo hasta que sintió que estaba al borde del colapso. Pero hasta que llegó a los tropezones al Nilo, no se permitió descansar. Trató de pensar adonde ir. No podía confiar en nadie. Siendo Muhammad Abdulah el jefe de guardias, hasta la policía la aterraba.

En ese momento Erica recordó las dos casas de los ministros que eran custodiadas por soldados. Consiguió ponerse de pie con dificultad y comenzó a caminar hacia el sur. Se mantuvo en las sombras y lejos del camino hasta que llegó a las propiedades custodiadas. Entonces, igual que un autómata, salió a la calle iluminada para rodear la pared delantera de la primera casa. Los soldados estaban allí, conversando a través de los quince metros que separaban ambas entradas. Los dos se dieron vuelta para mirarla, cuando Erica caminó directamente hacia el primero de ellos. El soldado era un muchacho joven, enfundado en un uniforme marrón que le quedaba grande, y con botas cuidadosamente lustradas. De su hombro colgaba una ametralladora. Movió el arma, y en el momento que Erica se acercaba a él, comenzó a decir algo.

Sin la menor intención de detenerse, Erica pasó junto al sorprendido joven y se internó en los terrenos de la casa.

– ¡O afandak! -aulló el soldado, siguiéndola.

Erica se detuvo. Entonces, después de reunir todo el coraje que le quedaba, comenzó a gritar con toda la fuerza de sus pulmones.

–¡Socorro! – y no dejó de gritar hasta que se encendió una luz dentro de la casa oscura. Un instante después apareció en la puerta

principal una figura envuelta en una bata: era un hombre calvo, gordo y descalzo.

–¿Usted habla inglés? – preguntó Erica, sin aliento.

–Por supuesto -contestó el hombre, sorprendido y levemente irritado.

–¿Trabaja para el gobierno?

–Sí, soy asistente del Ministro de Defensa.

–¿Tiene algo que ver con las antigüedades?

–Nada en absoluto.

–Maravilloso -dijo Erica-. Quiero contarle la historia más increíble…

Boston

El avión 747 twa perdió altura con suavidad y comenzó a acercarse al aeropuerto de Logan. Con la nariz apretada contra la ventanilla, Erica contempló fijamente el paisaje de Boston en pleno otoño. Le pareció espléndido. Regresar a su hogar la llenaba de excitación.

Las ruedas del enorme jet tocaron la pista transmitiendo un leve temblor a la cabina. Unos cuantos pasajeros aplaudieron, felices de haber llegado al fin del largo vuelo trasatlántico. Y mientras el avión carreteaba hacia el sector de los vuelos internacionales, Erica se maravilló ante las experiencias que le había tocado vivir durante el viaje. Se sentía una persona completamente diferentes de la que era en el momento de emprender el viaje, y pensó que finalmente había conseguido pasar del mundo académico al real. Y, poseedora de una invitación del gobierno egipcio para desempeñar un importante papel en el desmantelamiento de la tumba de Seti I, su futuro profesional se le presentaba particularmente promisorio.

El avión finalmente se detuvo con un leve sacudón. El ruido de los motores se apagó, y los pasajeros comenzaron a prepararse para descender. Erica permaneció en su asiento contemplando las rizadas nubes de Nueva Inglaterra. Recordó el inmaculado uniforme blanco que tenía puesto el teniente Iskander cuando fue a despedirla al aeropuerto de El Cairo. Entonces le contó los resultados finales de esa noche funesta en Luxor: Ahmed Khazzan había muerto de heridas de bala, cosa que ella supo desde el mismo instante en que él se desplomó a su lado; Muhammad Abdulal todavía estaba en coma; Yvon de

Margeau se las había ingeniado de alguna manera para obtener permiso de abandonar el país, convirtiéndose en persona no grata en Egipto; y Stephanos Markoulis simplemente había desaparecido.

Todo parecía tan irreal ahora que estaba en Boston. La experiencia la entristecía, especialmente en lo referente a Ahmed. También la hacía cuestionar su habilidad para juzgar a la gente, sobre todo después de lo sucedido con Yvon. El muy caradura había tenido el coraje de llamarla por teléfono desde París cuando ella regresó a El Cairo, para ofrecerle grandes sumas de dinero a cambio de información confidencial sobre la tumba de Seti I. Erica sacudió la cabeza con desaliento mientras juntaba su equipaje de mano.

Una vez en el aeropuerto, se dejó llevar por la multitud. Pasó por la oficina de inmigración con rapidez y recogió su equipaje. Entonces comenzó a abrirse paso hacia la sala de espera.

Se vieron en el mismo instante. Richard corrió hacia ella y la abrazó, mientras Erica dejaba caer las valijas, obligando a la gente que venía detrás a pisotearlas. Permanecieron abrazados sin hablar, experimentando la misma emoción. Finalmente Erica se alejó de Richard para hablarle.

–Tenías razón, Richard. Estuve loca desde el principio. Tuve la suerte de poder conservar la vida.

Los ojos de Richard se llenaron de lágrimas, cosa que Erica jamás había visto.

–No, Erica, los dos teníamos razón y los dos estábamos equivocados.

Lo que sucede es que cada uno de nosotros tiene mucho que aprender del otro, y créeme, yo estoy dispuesto a hacerlo.

Erica sonrió. No estaba segura del significado de esas palabras, pero le hacían bien.

–Ah, me olvidaba -dijo Richard levantando las valijas-. Allí hay un hombre de Houston que quiere verte.

–¿En serio? – preguntó Erica.

–Sí. Aparentemente conoce al doctor Lowery, quien le dio mi número He teléfono. Está allí. – Y Richard señaló.

–¡Mi Dios! – exclamó Erica-. Es Jeffrey John Rice.

Como si lo hubiesen llamado, Jeffrey Rice se acercó a ellos, sacándose el sombrero aludo con un gesto pomposo.

–Perdón por interrumpirlos en este momento, pero, señorita Barón, aquí está su cheque por encontrar esa estatua de Seti.

–Pero no comprendo -dijo Erica-. La estatua ahora pertenece al gobierno de Egipto. Usted no puede comprarla.

–Justamente por eso. La mía se ha convertido en la única estatua fuera de Egipto. Gracias a usted, vale toneladas más que antes. La ciudad de Houston está sumamente complacida.

Erica miró el cheque de diez mil dólares y prorrumpió en carcajadas. Richard, que en realidad no comprendía lo que estaba sucediendo, vio la expresión de asombro de la joven y también comenzó a reír. Rice se encogió de hombros, y con el cheque todavía en la mano los precedió en su camino hacia el sol brillante de Boston.

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