La esfinge

Robin Cook · Capítulo 11 de 12 · parte 2/3

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La esfinge

Dia 8

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

–Es magnífica -dijo Erica con sinceridad-. ¿Cuánto piden por ella?

–Tenemos otras -dijo Muhammad-. Espere hasta ver las demás antes de decidirse.

Erica se dio vuelta para mirarlo, a punto de decirle que con ésa era suficiente. Pero no pudo articular palabra. Una vez más, el terror la paralizó. Muhammad había echado hacia atrás la capucha, revelando su bigote y los dientes con punta de oro. ¡Era uno de los asesinos de Abdul Hamdi!

–Tenemos una maravillosa selección de estatuas en la habitación contigua -dijo el árabe-. Por favor. – Hizo una semireverencia y le

indicó con un gesto que se acercara a una puerta angosta.

Un sudor frío cubrió el cuerpo de Erica. La entrada de la tumba estaba cerrada. Tenía que ganar tiempo. Se dio vuelta y miró fijamente hacia la puerta, sin querer seguir internándose dentro de la tumba, pero Muhammad se le acercó por detrás.

–Por favor -repitió el árabe, y la empujó suavemente hacia adelante.

Las sombras de ambos se movieron grotescamente sobre las paredes mientras caminaban por el corredor inclinado. Delante de ella Erica alcanzó a ver un nicho que se extendía a ambos lados del pasillo. Había también una gran viga que unía el piso con el techo. Cuando Erica pasó junto a ella, se dio cuenta de que esa viga soportaba una inmensa piedra levadiza.

Poco más allá, el pasillo terminaba y un tramo de escaleras cavada en la roca bajaba en forma empinada hacia la oscuridad.

–¿Cuánto más debemos seguir? – preguntó Erica. Su voz tenía un tono más alto que de costumbre.

–Un poquito más.

Con la luz a sus espaldas, la sombra de Erica cayó frente a ella sobre la escalera impidiéndole ver. Comenzó a tantear los escalones con el pie. Fue entonces que sintió algo que se apoyaba en su espalda.

Primero pensó que se trataba de la mano de Muhammad. Después se dio cuenta de que el hombre había apoyado el pie en su cintura.

Lo único que Erica tuvo tiempo de hacer fue estirar los brazos para tratar de apoyar las manos sobre las paredes lisas de la escalera. La fuerza de la patada le hizo perder pie y comenzó a caer. Cayó sentada, pero la escalera era tan inclinada que continuó resbalando, incapaz de detener su carrera descendente rumbo a la más absoluta oscuridad.

Muhammad depositó rápidamente en el suelo su lámpara de aceite y sacó una maza de piedra del nicho. Mediante varios golpes cuidadosamente dirigidos sacó de su lugar la viga poniendo en movimiento la losa levadiza. Lentamente, como en acción retardada, el bloque de piedra de cuarenta y cinco toneladas comenzó a inclinarse para luego caer en su lugar con un estruendo ensordecedor que selló la antigua tumba.

–Ninguna mujer norteamericana bajó del tren en Nag Hamdi -dijo Raoul-, y no había nadie a bordo que se aproximara siquiera a la

descripción de Erica. Aparentemente hemos sido burlados. – Estaba parado en la puerta del balcón. Del otro lado del río, la luna iluminaba con su brillo las montañas que se cernían sobre la necrópolis.

Yvon estaba sentado, refregándose las sienes. – ¿Será mi destino estar siempre tan cerca de la meta, sólo para tener que contemplar cómo se me escapa el éxito de las manos? – Se dio vuelta para mirar a Khalifa.– ¿Y qué puede informarnos el todopoderoso Khalifa?

–No había nadie en Curio Antique. El resto de las tiendas todavía estaban abiertas y llenas de turistas. Aparentemente ese negocio cerró en cuanto Erica lo abandonó. El propietario se llama Lahib Zayed, y nadie parece conocer su paradero. A pesar de que estuve muy insistente en mis preguntas-. Khalifa sonrió al decirlo.

–Quiero que tanto Curio Antique como el hotel Winter Palace sean vigilados. Aunque tengan que quedarse levantados toda la noche.

Cuando Yvon quedó solo, salió al balcón. La noche era suave y pacífica. El sonido del piano del comedor subía hasta él por entre las palmeras. Nerviosamente, el hombre comenzó a pasearse por la pequeña terraza.

Erica llegó sentada a la base de la escalera, con una pierna encogida debajo del cuerpo. Tenía las manos muy raspadas, pero aparte de eso no se había lastimado. La mayor parte del contenido de su bolsón de lona se había desparramado. Trató de mirar a su alrededor, en medio de la infernal oscuridad, pero ni siquiera alcanzaba a distinguir su mano colocándola justo frente a sus ojos. Igual que un ciego, tanteó dentro del bolsón buscando la linterna. No estaba.

Poniéndose en cuatro patas, comenzó a gatear por el piso de piedra.

Encontró la cámara fotográfica que parecía estar intacta, después la guía, pero la linterna había desaparecido. Su mano golpeó contra una pared, y Erica retrocedió aterrada. Todas las fobias que tuvo alguna vez con respecto a víboras, escorpiones y arañas surgieron dentro de ella, para aumentar su terror. La perseguía el recuerdo de la cobra de Abydos. Tanteando la pared hasta que encontró un rincón, regresó a la escalera y halló el paquete de cigarrillos. El sobre de fósforos estaba insertado en la cubierta de celofán.

Encendió un fósforo y lo sostuvo lejos de sí. Estaba en una habitación de aproximadamente tres metros cuadrados, con dos

puertas además de la escalera que estaba a sus espaldas. Las paredes estaban llenas de pinturas que representaban escenas de la vida diaria en el antiguo Egipto. Se hallaba en una de las tumbas de los nobles.

Antes de que el fósforo Helara a quemarle la punta de los dedos, Erica vislumbró su linterna contra la pared más lejana. Encendió otro fósforo e, iluminada por su llama vacilante, fue a recuperar la linterna.

El vidrio se había roto, pero la bombita todavía estaba en su lugar.

Erica.apretó el botón y el artefacto cobró vida.

Evitando pensar en la situación en que se hallaba, la joven regresó a la escalera, la subió y deslizó el haz de luz alrededor del perímetro de la piedra levadiza. La masa de granito estaba calzada con increíble precisión. La empujó. Estaba tan fría e inmóvil como la montaña misma.

Regresó a la base de la escalera y comenzó a explorar la tumba. Las dos puertas de la antecámara conducían, la de la izquierda, a la cámara funeraria, y la de la derecha a un cuarto de depósito, Entró primero en la cámara funeraria. Estaba vacía, con excepción de un sarcófago toscamente trabajado. El cielorraso había sido pintado de azul oscuro con cientos de estrellas doradas de cinco puntas, y las paredes estaban decoradas con escenas del Libro de los Muertos. Sobre la pared posterior Erica pudo leer el nombre del noble en cuya tumba se hallaba. Ahmose, escriba y visir del faraón Amenhotep III.

Erica examinó con la linternazos alrededores del sarcófago y descubrió una calavera tirada sobre el piso entre jirones de tela.

Temblorosa, se acercó. Las órbitas de los ojos eran oscuros agujeros y la mandíbula inferior se había desprendido, dando a la boca una expresión de continua agonía. Todos los dientes estaban en su lugar. No era tan antigua.

De pie cerca de la calavera, Erica se dio cuenta de que lo que estaba mirando era un esqueleto completo. El cuerpo había estado doblado junto al sarcófago, como durmiendo. A través de la ropa carcomida se distinguían las costillas y las vértebras. Justo debajo de la calavera, Erica percibió el brillo de un objeto de oro. Temblorosa, estiró la mano y lo recogió. Era un anillo de Yale de 1975. Cuidadosamente, volvió a ponerlo en su lugar y se puso de pie.

–Veamos la otra habitación -dijo en voz alta, con la esperanza de que el sonido de su propia voz le devolviera la confianza. No quería pensar, todavía no, y mientras quedaran lugares por explorar podría distraer sus pensamientos de la realidad de su situación. Como si fuese un turista, pasó a la siguiente y última cámara. Era del mismo tamaño que la cámara funeraria, y estaba completamente vacía, con excepción de unas cuantas piedras y un poco de arena. Los temas de las decoraciones habían sido tomados de la vida diaria, igual que en la antecámara, pero estaban inconclusos. La pared de la derecha había sido preparada para pintar sobre ella una gran escena de cosecha, y las figuras estaban dibujadas en color rojo ocre. Sobre la base de la pared había una ancha faja blanca destinada a los jeroglíficos. Después de recorrer el cuarto con la linterna, Erica regresó a la antecámara.

Estaba quedándose sin nada por hacer, y un miedo gélido amenazaba dominarla. Comenzó a recoger del piso el resto de sus pertenencias y a colocarlas nuevamente en el bolsón de lona. Pensando que probablemente hubiera pasado por alto algún detalle, subió nuevamente el largo trecho de escaleras hasta llegar a la losa de granito. En ese momento la venció una abrumadora sensación de claustrofobia, e intentando vanamente controlar sus emociones, comenzó a empujar la piedra con ambas manos.

–¡Socorro! – gritó con toda la fuerza de sus pulmones. El grito reverberó contra las paredes de roca y el eco se perdió en las profundidades de la tumba. Entonces el silencio se cerró una vez más sobre ella, ahogándola con su absoluta inmovilidad. Sintió que necesitaba aire. La respiración se le hizo difícil. Golpeó la losa de piedra con la palma de la mano, más y más fuerte cada vez, hasta que pudo más el dolor. En ese momento brotaron las lágrimas que inundaron sus ojos mientras ella continuaba golpeando la piedra y los sollozos le despedazaban el cuerpo.

El esfuerzo la dejó exhausta, y cayó lentamente de rodillas, sin dejar de llorar incontroladamente. Todos sus miedos a la muerte y al abandono surgieron desde las zonas más recónditas de su mente, provocándole renovados accesos de llanto y de temblores.

¡Repentinamente se dio cuenta de que había sido enterrada viva!

Enfrentada a la horrenda realidad de su situación, Erica comenzó a recobrar algo de su pensamiento racional. Recogió la linterna y descendió el largo tramo de escaleras de piedra hasta llegar a la antecámara. Se preguntó cuándo comenzaría Yvon a preocuparse por lo que pudiera haberle sucedido. Una vez que él comenzara a sospechar, probablemente iría a Curio Antique, ¿pero estaría enterado de su paradero Lahib Zayed? ¿Se le ocurriría al conductor de su taxi que debía informar que había llevado a una joven norteamericana hasta Qurna, y que ella no había regresado? Erica desconocía las respuestas a esas preguntas, pero el mero hecho de hacérselas revivió en ella un atisbo de esperanza que la sostuvo moralmente hasta que la luz de la linterna comenzó a ponerse perceptiblemente más débil.

La apagó y revolvió su bolsón hasta que encontró tres cajas de fósforos. No era mucho, pero mientras buscaba los fósforos encontró un marcador de fibra. Al tocar el marcador se le ocurrió una idea. Podría dejar algún tipo de mensaje sobre esa pared de la cámara con decoraciones inconclusas, explicando lo que le había sucedido. Y podría escribir el mensaje en forma de jeroglífico, de manera que sus captores probablemente no reconocieran el significado de los dibujos. No se engañó ni pretendió convencerse de que esa actividad tuviera algún valor para ella, aparte de mantenerla ocupada. Pero eso, por lo menos, ya era algo. En ella, el terror había dado paso a la desesperanza y a un amargo remordimiento. Al estar ocupada en algo, por lo menos se distraería.

Apoyó la linterna entre varias piedras y comenzó a planear su mensaje. Cuanto más simple fuese, mejor, pensó. Una vez que delimitó los espacios que necesitaba, empezó a dibujar las figuras. Había llegado más o menos a la mitad de esa etapa de su trabajo, cuando la luz de la linterna disminuyó repentinamente en forma notable. Luego aumentó una vez más, pero sólo por un momento. Después, la lámpara se convirtió en un puntito rojo.

Una vez más, Erica se negó a enfrentar la situación. Estaba de i cuclillas junto a la pared de la derecha, y dibujaba el texto de su mensaje en columnas ascendentes que iban desde el piso hasta la parte inferior de la inconclusa escena de cosecha. Todavía la asaltaban intermitentes ataques de llanto cuando reconocía que lo único que

había conseguido con su inteligencia era meterse en un problema del que le era imposible escapar. Todo el mundo le había advertido que no se metiera en el asunto del mercado negro, y ella se negó a escuchar. Se había comportado como una imbécil. Sus conocimientos de egiptología no la capacitaban para habérselas con criminales, especialmente con alguien como Muhammad Abdulah.

Cuando sólo le quedaba una caja de fósforos, Erica trató de no pensar en el tiempo que le restaba de vida… tanto como durara el oxígeno de la tumba. Se agachó casi hasta el piso para dibujar un pájaro. Antes de que llegara a marcar los contornos del ave, el fósforo se apagó repentinamente. Había durado muy poco, y Erica maldijo en la oscuridad. Encendió otro, pero en cuanto se agachó para continuar el dibujo, también ése se apagó. Encendió un tercer fósforo y con mucho cuidado lo acercó a la zona donde estaba trabajando. El fósforo continuó ardiendo suavemente, y luego la llama vaciló súbitamente, como si hubiese sido alcanzada por el viento. Humedeciéndose los dedos con saliva, Erica pudo percibir que por una pequeña hendidura vertical que había cerca del piso entraba una corriente de aire. La linterna todavía brillaba muy levemente en la oscuridad, y Erica la usó como guía para ir a buscar una de las piedras que había utilizado para sostenerla. Era un trozo de granito, probablemente parte de la tapa del sarcófago. La llevó hasta el boceto de su dibujo y una vez allí encendió otro fósforo. Lo sostuvo con la mano izquierda, y continuó golpeando con todas sus fuerzas hasta que el fósforo se apagó. Entonces, después de localizar la rajadura al tacto en plena oscuridad, siguió golpeando ciegamente durante más de un minuto.

Por fin consiguió calmarse y encendió otro fósforo. En el lugar donde había estado la rajadura, se había formado un pequeño agujero en el que le era posible introducir un dedo. Había más espacio detrás, y lo que era más importante aún, percibía una corriente de aire fresco. A ciegas continuó golpeando la zona con el trozo de granito hasta que sintió un movimiento debajo de la piedra. Encendió un fósforo. La rajadura se extendía en la unión del piso y la pared y, formando un arco, llegaba hasta el hueco que lentamente se iba ampliando. Erica se concentró en golpear ese lugar exacto, sosteniendo el fósforo con la mano izquierda. Repentinamente se desprendió un gran trozo de

mezcla, y desapareció. Después de un instante la joven oyó que éste golpeaba el piso. El agujero ya tenía alrededor de treinta centímetros de diámetro. Cuando intentó encender otro fósforo, la corriente de aire lo apagó. Cautelosamente la joven introdujo la mano en el agujero, con el mismo miedo que sentiría al meterla en las fauces de una bestia feroz. Del otro lado, tocó una superficie lisa. Levantando la palma de la mano, consiguió tocar un cielorraso. Había descubierto otra habitación construida diagonalmente en un nivel inferior a la que en ese momento era su cárcel.

Con renovado entusiasmo agrandó lentamente la abertura.

Trabajaba en la oscuridad; no quería desperdiciar más fósforos.

Finalmente el agujero fue lo suficientemente grande como para permitirle introducir en él la cabeza. Después de localizar unas cuantas piedritas, se acostó boca abajo sobre el piso de la cámara y pasó la cabeza por la abertura. Dejó caer las piedritas y escuchó el ruido que hacían al llegar al suelo. La habitación no parecía ser muy alta, y aparentemente tenía piso de arena.

Erica sacó los cigarrillos del atado y encendió el papel. Cuando estuvo en llamas lo empujó por el agujero dejándolo caer. Las llamas se apagaron, pero la brasa continuó cayendo en espiral. Aterrizó como a dos metros cuarenta de distancia. Erica encontró más piedras, y con la cabeza en el agujero, las tiró en varias direcciones tratando de hacerse una idea de las dimensiones de la habitación. Aparentemente se trataba de una cámara cuadrada. Y lo que la alegraba era que había en ella una constante corriente de aire.

Sentada en la negra oscuridad, reflexionó sobre qué le convenía hacer. Si bajaba a la habitación que había encontrado, probablemente no le sería posible regresar a la tumba. ¿Pero qué importaba en realidad? El problema real consistía en reunir el coraje necesario para meterse en el agujero. Sólo le quedaba media caja de fósforos.

Erica recogió su bolsón de lona. Contó hasta tres, y se obligó a dejarlo caer por la abertura. Luego se puso en cuatro patas, retrocedió hasta la pared e introdujo las piernas en el boquete. Tuvo la sensación de ser devorada por un monstruo. Se retorció lentamente para que su cuerpo fuese quedando suspendido en el espacio, hasta que con la punta de los dedos del pie tocó una pared suave y revocada. Igual que

un bañista en el momento de decidirse a entrar en el agua helada, Erica deslizó el cuerpo a través del agujero rumbo al negro vacío. Durante la caída, que le pareció interminable, azotó el vacío con los brazos en un esfuerzo por caer de pie. Aterrizó a los tropezones, pero ilesa, y cayó de espaldas sobre un piso de arena sembrado de cascotes. El temor a lo desconocido la hizo ponerse rápidamente de pie, tan sólo para caer nuevamente esta vez de bruces. La ahogaba una nube de polvo. Su mano derecha extendida se apoyó sobre un objeto que ella pensó era un trozo de madera. Se aferró a él con la esperanza de encenderlo como antorcha.

Finalmente consiguió ponerse de pie. Pasó el trozo de madera a su mano izquierda, a fin de sacar los fósforos del bolsillo del pantalón vaquero con la derecha. Pero al tacto, el objeto ya no le parecía un pedazo de madera. Tomándolo con ambas manos se dio cuenta de que lo que sostenía era el brazo y mano de una momia, y en la oscuridad alcanzó a discernir los trapos que la envolvían. Asqueada, arrojó el objeto.

Temblando, sacó los fósforos del bolsillo y encendió uno. Cuando la luz comenzó a filtrarse a través del polvo, se dio cuenta de que estaba en una catacumba de paredes desnudas y sin adornos y llena de momias parcialmente envueltas en sus coberturas originales. Los cuerpos habían sido separados de sus miembros y se les había quitado todo objeto de valor, descartándolos luego rudamente.

Erica giró lentamente, y constató que en parte el cielorraso había comenzado a derrumbarse. En un rincón divisó una puerta baja y oscura. Aferrando su bolsón de lona, caminó hacia adelante, entre los despojos que le llegaban hasta las rodillas. El fósforo le quemó los dedos y lo apagó, continuando la marcha a ciegas, con los brazos extendidos hasta chocar con la pared, y luego, a tientas, llegó a la puerta. Pasó a la otra habitación, Encendió otro fósforo, y se encontró con una escena igualmente macabra. Había un nicho lleno de cabezas de momias decapitadas. También allí se habían producido derrumbes.

Sobre la pared opuesta, vio dos entradas. Caminó hasta el centro del cuarto, y sosteniendo el fósforo sobre su cabeza decidió que el aire provenía del pasillo más pequeño. El fósforo se apagó y Erica se dirigió hacia la abertura con los brazos extendidos delante de sí.

Repentinamente se produjo una enorme conmoción. ¡Un derrumbe!

Erica se aplastó contra la pared, sintiendo que algo le golpeaba el pelo y los hombros.

Pero no hubo estrépito. En cambio, el aire se saturó de polvo y de agudos chillidos. Y entonces algo aterrizó sobre el hombro de Erica.

Era algo vivo y con garras. Mientras con la mano se sacaba el bicho de la espalda, tocó un par de alas. No se trataba de un derrumbe. Era un millar de murciélagos asustados. Se cubrió la cabeza con los brazos y se agazapó contra la pared, haciendo esfuerzos por conseguir respirar.

Gradualmente los murciélagos se aquietaron y Erica pudo pasar a la cámara siguiente.

Poco a poco se dio cuenta de que había caído dentro de un laberinto de tumbas de gente común de la antigua Tebas. Las catacumbas habían sido cavadas progresivamente en la ladera de la montaña para dar lugar a los millones de muertos. Algunas veces, inadvertidamente, se conectaban con otras tumbas, en este caso con la tumba de Ahmose en la que Erica había sido enterrada viva. El conducto que las unía había sido cerrado con mezcla y luego olvidado.

Erica continuó la marcha. Aunque la presencia de los murciélagos fuese horripilante, resultaba también alentadora. Necesariamente debía existir una conexión con el exterior. En un momento la joven trató de encender las envolturas de las momias y descubrió que ardían vivamente. En realidad los huesos mismos de las momias junto con sus envolturas ardían como antorchas, y se obligó a tomarlos en la mano.

Los brazos resultaban los mejores, porque eran fáciles de sostener. Con la ayuda de mejor luz se abrió paso a través de innumerables galerías y ascendió a distintos niveles hasta percibir claramente la entrada de aire fresco. Entonces apagó su antorcha y caminó los últimos metros a la luz de la luna. Cuando surgió a la cálida noche de Egipto, se hallaba a varios cientos de metros del lugar en que había penetrado en la montaña junto con Muhammad. Exactamente debajo del lugar en que estaba parada se erigía el pueblo de Qurna. Brillaban en él muy pocas luces.

Por un rato Erica permaneció temblando en la entrada de la catacumba, valorando como nunca la luna y las estrellas. No ignoraba que había tenido una suerte enorme en conservar la vida.

Lo primero que necesitaba era un lugar donde descansar, tranquilizarse y beber algo. Tenía la garganta seca por el polvo sofocante de la catacumba. También necesitaba lavarse, para eliminar el recuerdo de esa experiencia que se le adhería como una suciedad, y lo que más necesitaba era ver una cara amiga. Y el lugar más cercano para encontrar todo ese consuelo era la casa de Aida Raman. Desde allí la divisaba, en la parte superior de la colina. Todavía había luz en una de sus ventanas.

Erica salió de la reclusión de la catacumba, y caminó con cansancio por la base del acantilado. Hasta que llegara a Luxor no se arriesgaría a ser vista por Muhammad o por el nubio. Lo que realmente deseaba era volver a Yvon. Le explicaría lo mejor que pudiese el lugar donde estaba la estatua y después se iría de Egipto. Los acontecimientos la habían sobrepasado.

Erica comenzó a descender cuando estuvo directamente encima de la casa de Aida Raman. Durante los primeros treinta metros el piso era de arena, después se encontró con cascotes sueltos que la asustaban al rodar ruidosamente a la luz de la luna. Finalmente llegó a la parte trasera de la casa.

Esperó algunos minutos en la sombra, observando el pueblo. No vio movimiento alguno. Una vez segura de que no corría peligro, rodeó la casa hasta llegar al patio y llamó a la puerta.

Aida Raman gritó algo en árabe. Erica respondió llamándola por su nombre y preguntándole si podía conversar con ella un momento.

–Váyase -gritó Aída sin abrir la puerta.

Erica se sorprendió. La mujer había sido muy cálida y amistosa con ella anteriormente.

–Por favor, señora Raman -suplicó a través de la puerta-. Necesito beber un poco de agua.

La puerta se abrió. Aida Raman tenía puesto el mismo vestido que usaba durante el anterior encuentro de ambas.

–Gracias -dijo Erica-. Lamento molestarla, pero tengo mucha sed.

Aida parecía haber envejecido durante esos dos días. Su buen humor había desaparecido.

–Muy bien -dijo-, pero espere en la puerta. No puede permanecer aquí.

Mientras la anciana buscaba el agua, Erica observó la habitación.

Le resultaba reconfortante ver un cuarto familiar. La pala de largo mango seguía colgada de la pared. Las fotos enmarcadas también se alineaban prolijamente. En muchas de ellas aparecía Howard Carter acompañado por un árabe de turbante que ella supuso sería Raman.

Entre las fotografías colgaba un pequeño espejo, y Erica se espantó ante su propio aspecto.

Aida Raman apareció con un vaso del jugo de frutas que le había ofrecido durante su primera visita. Erica bebió lentamente. Le dolía la garganta al tragar.

–Mi familia se puso furiosa cuando les conté que me engañó y me hizo mostrarle el papiro -dijo Aída.

–¿Familia? – preguntó Erica, sintiéndose revivir con la bebida-. Yo creí que usted me había dicho que era la última de los Raman.

–Lo soy. Mis dos hijos varones murieron. Pero también tuve dos hijas que tienen familia. Le conté a uno de mis nietos lo de su visita. Se enojó mucho y se llevó el papiro.

–¿Y qué hizo con él? – preguntó Erica, alarmada.

–No lo sé. Dijo que había que tratarlo con mucho cuidado y que él lo guardaría en lugar seguro. También dijo que el papiro era una maldición, y que ahora que usted lo había visto era necesario que muriera.

–¿Y usted cree eso? – Erica sabía que Aida Raman no era ninguna tonta.

–No lo sé. Lo único que sé es lo que dijo mi marido.

–Señora Raman -dijo Erica-, yo traduje todo el texto del papiro. Su marido tenía razón. En él no hay nada que se refiera a una maldición.

El papiro fue escrito por un antiguo arquitecto del faraón Seti I.

Un perro ladró con fuerza en el pueblo. Le respondió una voz humana ordenándole que se callara.

–Debe irse -dijo Aida Raman-. Debe irse por si regresa mi nieto.

¡Por favor!

–¿Cómo se llama su nieto?

–Muhammad Abdulah.

La noticia golpeó a Erica como una cachetada.

–¿Lo conoce? – preguntó Aida.

–Creo que lo conocí esta noche. ¿Vive aquí, en Qurna?

–No, vive en Luxor.

–¿Y usted lo ha visto esta noche? – preguntó Erica nerviosamente.

–Esta noche no, lo vi durante el día. Por favor, debe irse.

Erica se apresuró a partir. Estaba más nerviosa que Aida. Pero al llegar a la puerta se detuvo. Los cabos sueltos comenzaban a unirse.

–¿En qué trabaja Muhammad Abdulah?

Erica estaba recordando que Abdul Hamdi había escrito en la carta que escondió dentro de la guía, que un agente del gobierno estaba complicado en el mercado negro.

–Es el jefe de guardias de la necrópolis y ayuda a su padre a dirigir el quiosco de refrescos que está en el Valle de los Reyes.

Erica asintió, comprendiendo. Ser jefe de guardias era el puesto perfecto para dirigir las operaciones del mercado negro. Y entonces pensó en el quiosco de refrescos y en Raman.

–¿Y ese quiosco de refrescos es el mismo que edificó su marido, Sarwat Raman?

–Sí, sí. Señorita Barón, por favor váyase.

En ese instante todo le resultó claro. De golpe, Erica pensó que podía explicarlo todo. Y todo dependía del quiosco de refrescos del Valle de los Reyes.

–Aida -dijo Erica, presa de afiebrada excitación-, escúcheme. Tal como afirmó su marido, no existe la "Maldición de los Faraones", y yo lo puedo probar siempre que usted me ayude. Simplemente necesito tiempo. Todo lo que le pido es que no le diga a nadie, ni siquiera a su familia, que estuve a verla nuevamente. Ellos no se lo van a preguntar, se lo aseguro. De modo que todo lo que le estoy pidiendo es que usted no saque el tema. ¡Por favor! – Erica apretó los brazos de Aida para enfatizar su sinceridad.

–¿Y usted puede probar que mi marido tenía razón?

–Sin ninguna duda -contestó Erica.

–Muy bien -dijo Aida, asintiendo con la cabeza.

–¡Ah! Hay algo más -prosiguió Erica-. Necesito una linterna.

–Lo único que tengo es una lámpara de aceite.

Cuando se despidió, Erica abrazó a Aida, pero la anciana mantuvo su' actitud pasiva y lejana. Con la lámpara de aceite y varias cajas de

fósforos en la mano, Erica permaneció a la sombra de la casa, observando el pueblo. Lo rodeaba una quietud de muerte. La luna había pasado su cenit y estaba ahora en el oeste del cielo. Las luces de Luxor todavía brillaban en plena actividad.

Tomando el mismo sendero que había seguido dos días antes, Erica trepó la estribación de la montaña. Era mucho más fácil ascender a la luz de la luna que bajo el sol ardiente. Sabía que estaba violando su resolución de dejar el resto del misterio en manos de Yvon y de la policía, pero la conversación con Aida había revivido su euforia por el pasado. Su paso de la tumba de Ahmose a las catacumbas públicas le había ofrecido la única explicación posible para todos los disparatados acontecimientos, incluyendo el misterio de la inscripción de la estatua y el significado del papiro. Y con la certeza de que Muhammad Abdulah jamás imaginaría que ella estaba en libertad, se sentía bastante segura.

Aun en el caso de que el árabe quisiera constatar su presencia dentro de la tumba de Ahmose, probablemente le tomaría días enteros levantar la losa levadiza con la que había sellado la tumba. Erica pensaba que tenía tiempo disponible, y quería visitar el Valle de los Reyes y la concesión de Raman. Si lo que pensaba era cierto, habría descubierto algo que haría empalidecer la importancia de la tumba de Tutankamón.

Cuando llegó a la cima de la colina, se detuvo para recobrar el aliento. El viento del desierto silbaba suavemente entre los picos desnudos, aumentando la sensación de desolación del lugar. Desde donde ella estaba podía contemplar el oscuro Valle de los Reyes con su trama de senderos entrecruzados.

Erica alcanzó a divisar su punto de destino. El quiosco de refrescos y la casa de descanso se destacaban claramente sobre el pequeño promontorio rocoso en que se hallaban situados. Al contemplarlo, la joven sintió que aumentaba su coraje y continuó la marcha, descendiendo con cuidado para no provocar pequeñas avalanchas de cascotes. No quería alertar a nadie de su presencia en el valle. Cuando llegó al camino que conducía al antiguo pueblo de los obreros de la necrópolis, el sendero se hizo menos escarpado y pudo caminar con mayor facilidad. Antes de internarse por uno de los caminos demarcados con piedras que corrían entre las tumbas, Erica se detuvo

a escuchar. Todo lo que pudo oír fue el sonido del viento y el chillido ocasional de algún murciélago en pleno vuelo.

Con paso liviano, caminó hasta el centro del valle y subió los escalones del frente del quiosco de refrescos. Tal como esperaba, éste estaba con las persianas bajas y cerrado con llave. Salió a la terraza y recorrió con la mirada el triángulo formado por la tumba de Tutankamón, la tumba de Seti I y el quiosco de refrescos. Entonces caminó hasta la parte posterior del edificio de piedra y, preparándose para soportar el hedor, abrió la puerta del baño de damas. Encendió con un fósforo la lámpara de aceite de Aida Raman y revisó la habitación siguiendo la línea de los cimientos. No había nada extraño en la construcción.

Dentro del baño de hombres, el acre olor de la orina era aún más intenso. Procedía de un largo urinal de ladrillos que abarcaba toda la pared del frente. Encima del urinal había una plataforma, a sesenta centímetros del techo, que se extendía hacia adelante por debajo del piso de la terraza; el baño de hombres no llegaba hasta el frente del edificio. Erica se acercó al urinal. La plataforma estaba a la altura de sus hombros. Levantando la lámpara de aceite trató de ver lo que había en ella, pero la luz no iluminaba más que un metro cincuenta o un metro sesenta. Lo único que alcanzaba a ver era una lata de sardinas abierta y unas cuantas botellas tiradas sobre el piso.

Con la ayuda de un barril para desperdicios, Erica consiguió trepar a la plataforma. Dejó su bolsón de lona sobre el borde. Tratando de evitar las basuras, se arrastró hacia adelante como un cangrejo hasta toparse con la pared. El olor procedente del bañó era aún peor en ese espacio cerrado, y el entusiasmo de la joven se enfrió rápidamente.

Pero después de haber llegado tan lejos, se obligó a revisar la tosca pared de piedra de una punta a la otra. ¡Nada!

Apoyando la cabeza sobre las muñecas, Erica tuvo que admitir que se había equivocado. ¡Le había parecido una idea tan genial! Suspiró profundamente, y luego intentó girar sobre sí misma. Era casi imposible, de manera que comenzó a arrastrarse hacia atrás para llegar hasta el baño. Sostuvo la lámpara de aceite con una mano y trató de empujar su cuerpo hacia atrás con la otra, pero la tierra sobre la que se apoyaba estaba suelta y cedió. Intentó afirmarse mejor ¡ sobre el

piso, y al hacerlo su mano tocó algo suave debajo de la tierra. Erica se retorció y consiguió mirar hacia abajo. Su mano derecha ¡estaba apoyada sobre una superficie metálica. Raspó la tierra, dejando al descubierto una chapa. Entonces apoyó la lámpara, y utilizando ambas manos comenzó a retirar la tierra suelta. Al observar los bordes de la chapa, comprobó que había sido colocada para cerrar una abertura tallada en la roca. Tuvo que retirar toda la tierra antes de poder levantar un borde del metal y colocarlo luego trabajosamente sobre los montículos de tierra que la rodeaban. Debajo de la chapa descubrió un pozo cavado en la roca.

Erica sostuvo la lámpara sobre el pozo, y pudo comprobar que éste tenía alrededor de un metro veinte de profundidad y que era el comienzo de un túnel que se dirigía hacia el frente del edificio. ¡Había tenido razón! Levantó la cabeza lentamente y clavó la mirada en la penumbra. La invadía una sensación de excitación y de alegría. Ahora sabía exactamente cómo se había sentido Howard Carter en noviembre de 1922.

Rápidamente tomó su bolsón de lona y lo colocó en la plataforma donde no pudiera ser visto por extraños. Después se introdujo en el pozo y levantó la lámpara de aceite para que iluminara el túnel. Éste se extendía hacia abajo e inmediatamente se ensanchaba. Erica respiró profundamente y comenzó a avanzar. Al principio, prácticamente tuvo que gatear, pero muy pronto le fue posible caminar agachada. Mientras avanzaba trató de calcular los metros que recorría. El túnel se dirigía directamente a la tumba de Tutankamón.

Nassif Boulos cruzó la desierta y oscura playa de estacionamiento del Valle de los Reyes. Tenía diecisiete años y era el menor de los tres guardias nocturnos. Mientras caminaba se colocó sobre el hombro la correa de su viejo rifle, abandonado en Egipto durante la Primera Guerra Mundial. Estaba enojado porque no le tocaba el turno de caminar hasta el extremo del valle y de vuelta a la sala de guardia donde podría descansar y tomar un trago. Una vez más, sus colegas se habían aprovechado de su juventud y falta de antigüedad ordenándole que hiciera las rondas.

La noche de luna pronto calmó su enojo, dejándolo simplemente inquieto y ansioso de que sucediera algo que quebrara el aburrimiento

de su guardia. Pero el valle estaba en calma y cada una de las tumbas permanecía sellada por una gruesa puerta de hierro. A Nassif le hubiera encantado tener oportunidad de usar su rifle contra un ladrón, y su mente se perdió en una de sus habituales fantasías en la que él protegía el valle contra un montón de bandoleros.

Se detuvo frente a la entrada de la tumba de Tutankamón. Deseó que hubiese sido descubierta en ese momento, en lugar de medio siglo antes. Miró el quiosco de refrescos, porque ése hubiera sido el lugar en que él hubiera estado de guardia en la época de Carter. Se hubiese escondido detrás del parapeto de la terraza, no hubiese permitido que nadie se acercara a la tumba sin sucumbir bajo sus disparos asesinos.

Al levantar la vista, Nassif se dio cuenta de que la puerta de los baños estaba abierta. No era la primera vez que se habían olvidado de cerrarla, y se quedó pensando si tenía ganar de caminar hasta el edificio. Después miró el valle y decidió que revisaría el baño a su regreso. Mientras caminaba, se imaginó a sí mismo viajando a El Cairo con un grupo de hombres a quienes había arrestado.

Erica calculó que debía estar muy cerca de la tumba de Tutankamón. Debido al piso desparejo del túnel había adelantado con mucha lentitud. Frente a ella encontró una curva cerrada que doblaba a la izquierda y hasta llegar al recodo no pudo ver la continuación del pasillo. El piso del túnel se inclinaba entonces hasta terminar en una habitación. Con las manos apretadas contra las toscas paredes de roca, avanzó poco a poco hasta que sus pies descansaron sobre una superficie lisa. Había llegado a una cámara subterránea.

En ese momento Erica adivinó que se hallaba directamente debajo de la antecámara de la tumba de Tutankamón. Levantó la lámpara de aceite por encima de su cabeza y la luz se extendió, iluminando paredes bien terminadas pero carentes de todo adorno. El ámbito tenía alrededor de siete metros y medio de largo por cuatro y medio de ancho y el techo era una única y gigantesca placa de piedra. Cuando la joven fijó sus ojos en el piso, se encontró con una enorme maraña de esqueletos, algunos de los cuales estaban parcialmente cubiertos por trozos de tela momificada por el tiempo. Al acercar la lámpara, comprobó que cada una de las calaveras presentaba señales de haber sido fracturada por un golpe producido por un objeto pesado.

–¡Mi Dios! – susurró Erica. Sabía lo que estaba contemplando.

Eran los restos de la masacre de los antiguos obreros que habían cavado la cámara.

Lentamente atravesó el cuarto con su horripilante testimonio de crueldad y comenzó a descender un largo tramo de escalones que terminaban en una pared de mampostería. En ella Raman había practicado una gran abertura, y Erica entró a otra cámara, de dimensiones mucho mayores. Cuando la luz penetró en la oscuridad, Erica lanzó una exclamación de asombro y se apoyó contra la pared para mantener el equilibrio. Delante de sus ojos se extendía un cuento de hadas arqueológico. La cámara estaba sostenida por cuatro macizas columnas cuadradas. Las paredes habían sido pintadas con exquisitas imágenes del antiguo panteón egipcio. Frente a cada una de las deidades estaba la imagen de Seti I. Erica había descubierto el tesoro del Faraón. En su tiempo, Nenephta comprendió que el lugar más seguro para un tesoro era estar ubicado debajo de otro tesoro.

Avanzó cautelosamente, sosteniendo la lámpara en forma tal que la luz vacilante jugara sobre los innumerables objetos cuidadosamente almacenados en la habitación. En contraste con la pequeña tumba de Tutankamón, allí no existía el desorden. Cada cosa ocupaba su lugar.

Las carrozas doradas parecían estar a la espera del momento de ser atadas a un caballo. Alineados contra la pared de la derecha había enormes cofres y arcas verticales de cedro con incrustaciones de ébano.

Una pequeña arca de marfil se hallaba abierta y su contenido de joyas de sin igual elegancia había sido cuidadosamente colocado sobre el piso. Sin lugar a dudas allí estaba la fuente de los robos de Raman.

Mientras paseaba alrededor de las columnas centrales, Erica descubrió otra escalera. Ésta conducía a una habitación de las mismas dimensiones que la anterior y que también estaba atestada de tesoros.

De ella partían varios pasillos que llevaban a otras tantas cámaras.

–¡Mi Dios! – exclamó nuevamente Erica, sólo que esta vez su exclamación no fue de horror sino de estupefacción. Se dio cuenta de que se hallaba en un vasto complejo de cámaras que se extendían hacia arriba y hacia abajo, en sorprendentes direcciones.

Sabía que estaba contemplando un tesoro cuya riqueza estaba más allá de toda comprensión. Y mientras continuaba paseándose por el

lugar, pensó en el famoso escondrijo de Deir el-Bahri descubierto a fines del siglo XIX y que había sido cuidadosamente explotado por la familia Rasul durante diez años. Aparentemente allí, la familia Raman primero y luego la familia Abdulah, habían estado haciendo lo mismo.

Al entrar en otro cuarto, Erica se detuvo. Estaba en una cámara relativamente vacía. Cuatro cofres que hacían juego, tenían la forma de Osiris. Las decoraciones de las paredes habían sido tomadas del Libro de los Muertos. El techo abovedado estaba pintado de negro, con estrellas de oro. Frente a ella vio una puerta cuidadosamente cerrada con mampostería y sellada con los antiguos sellos de la necrópolis. A cada lado de la puerta había zócalos de alabastro con jeroglíficos tallados en relieve en su parte delantera. Erica pudo leer instantáneamente la frase: "Eterna vida otorgada a Seti I, que descansa bajo Tutankamón".

De golpe le resultó claro que el verbo era "descansa" y no

"gobierna", y que la preposición era "bajo" y no "después". También se dio cuenta de que estaba contemplando la ubicación original de las dos estatuas de Seti. Éstas habían estado situadas a ambos lados de la pared de albañilería durante tres mil años.

Repentinamente Erica cayó en la cuenta de que se hallaba frente a la entrada no violada de la cámara funeraria del poderoso Seti I. Lo que había descubierto no era sólo un tesoro, sino una tumba faraónica completa. La estatua de Seti que ella buscaba había sido uno de los guardias de la cámara funeraria, igual que las estatuas embetunadas que fueron halladas en la tumba de Tutankamón. Seti I no había sido enterrado en la tumba constituida según el diseño de las otras tumbas faraónicas del Nuevo Reino. Ésa fue la artimaña final de Nenephta. Un cadáver substituto había sido enterrado en la tumba que públicamente se proclamó como perteneciente a Seti, cuando en realidad éste fue enterrado en una tumba secreta debajo de la de Tutankamón.

Nenephta había conseguido darle el gusto a ambos bandos.

Proporcionó a los ladrones profesionales una tumba para saquear, mientras aseguraba a su soberano una protección que ningún otro Faraón había tenido. Probablemente el arquitecto también supuso que aun en el caso de que alguien entrara en la tumba de Tutankamón, jamás imaginaría que ésta servía de protección al majestuoso tesoro

enterrado debajo de ella. Había comprendido "la modalidad de los injustos y codiciosos".

Después de sacudir la lámpara para constatar cuánto aceite le quedaba, Erica comprendió que era mejor que emprendiera el camino de regreso. A regañadientes volvió sobre sus pasos, sin dejar de maravillarse ante la imaginación de Nenephta. Sin duda el arquitecto había sido inteligente, pero también fue arrogante. Dejar ese papiro dentro de la tumba de Tutankamón constituyó el punto débil en su plan tan cuidadosamente elaborado. Con él proporcionó una pista para develar el misterio al igualmente inteligente Raman. Erica se preguntó si, igual que ella, el árabe habría ido a la Gran Pirámide, y habría notado que las cámaras habían sido edificadas una sobre la otra, o bien si al visitar una de las tumbas de los nobles habría descubierto la existencia de otra tumba debajo.

Mientras caminaba por el pasillo, Erica pensó en la enormidad de su descubrimiento, y en los riesgos que éste involucraba. No era sorprendente que se hubiera cometido un asesinato. Ese pensamiento la hizo detenerse. Se preguntó cuántos crímenes habrían sido cometidos.

El secreto debió ser guardado cuidadosamente durante cincuenta años.

El muchacho de Yale… De repente Erica comenzó a cuestionar la llamada "Maldición de los Faraones". Quizá toda esa gente fue muerta para proteger el secreto. ¿A lo mejor la muerte de Lord Carnarvon mismo?…

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