La ley del silencio
Introducción por Budd Schulberg
INTRODUCCIÓN
por BUDD SCHULBERG
Aunque el film La ley del silencio ya forma parte de la tradición popular
del cine, el origen de esta novela es menos conocido. No fue en absoluto una
«novelización», esa palabra bastarda para subproductos bastardos de los
éxitos de Hollywood. Los reseñadores, que de hecho invocaron a Zola y a
Dreiser en sus elogios, se sorprendieron de que, con los muchos aplausos que
el film había recibido, se pudiese decir de él más de lo que cabía suponer para
una producción de noventa minutos, incluso siendo una de las mejores.
Lo cierto es que yo había abordado la escritura del guión de una manera
no muy ortodoxa: había dedicado, no uno o dos meses, sino años de mi vida a
absorber todo lo posible de la ribera portuaria de Nueva York, haciéndome
habituée de los bares del lado oeste de Manhattan y de Jersey donde
chantajistas e insurretos tanto irlandeses como italianos tenían sus cuarteles
generales o sus segundos hogares, bebiendo cerveza toda la noche con
familias apretadas en cocinas de «apartamentos-tren» de a veintiséis dólares,
entrevistando a jefes de sindicatos portuarios y tomando contacto con los
temerarios y directos curas obreros de San Javier, la iglesia de Hell’s Kitchen,
que me dieron un vislumbre de la acción social católica al que yo nunca había
tenido acceso. Si bien había leído sobre los sacerdotes obreros franceses, y
sobre el clero latinoamericano que vinculaba la devoción a Cristo con los
movimientos de resistencia de campesinos y peones agrícolas, nunca me
había percatado de que solo a unas calles de abrevaderos elegantes como
Sardi’s había hombres de sotana y alzacuello que se enfrentaban con la
codicia, la explotación y la corrupción tan altivamente como sus hermanos de
lugares más exóticos.
Un «cura de los muelles» me fascinaba en particular: el padre John
Corridan, un kerryniano larguirucho, rubicundo, gárrulo, fumador
empedernido, terco y a veces blasfemo, bienvenido antídoto para Barry
Fitzgerald, el estereotipado «Paa-dre» interpretado por Bing Crosby y tan caro para los corazones hollywoodenses. Día y noche yo escuchaba atentamente al
padre John, cuyo lenguaje era una mezcla inigualable de argot de Hell’s
Kitchen, jerga de béisbol, conocimiento enciclopédico de la economía de la
zona portuaria y un ataque contra la inhumanidad del hombre con el hombre,
basado en las enseñanzas de Cristo tal como las actualizaban las encíclicas
papales sobre la reconstrucción del orden social.
El padre Corridan y sus rebeldes discípulos de la Asociación Internacional
de Trabajadores Portuarios, un sindicato controlado por la mafia, habían
llegado a obsesionarme mucho antes de estar listo para abordar una novela o
un guión. Escribí una pieza larga para el Saturday Evening Post, «El padre
Corridan sabe lo que se cuece», y hasta irrumpí en Commonweal, la revista de
la izquierda liberal católica, con un ensayo breve sobre cómo aquel cura
inconformista aplicaba la ética social católica a la picadora de carne humana
en que se había convertido el puerto de Nueva York.
La investigación dio un giro dramático. Uno de los discípulos más
incondicionales del padre John, el pequeño Arthur Browne, se enorgullecía de
ser uno de los insurretos más firmes de la pandilla local de Chelsea
administrada por los peces gordos y sus pistoleros. De nariz aplastada, risa de
chulo y vocabulario florido, Brownie me hacía pensar en esos pesos gallo
duros y menudos que deleitaban a los fanáticos neoyorquinos del boxeo.
Brownie prometió llevarme de la mano «a dar un paseo por la ribera»,
pero antes tuvimos que fraguar un artificio. Incluso en los bares amigables
con los insurretos, sus colegas iban a preguntarse qué hacía él con un
flagrante forastero. Pensarían: «periodista» o «madero», y en cualquier caso
estaríamos los dos en peligro. Como yo sabía de boxeo y coentrenaba a un
púgil, y como los hombres del puerto son ávidos aficionados a las peleas,
Brownie diría a los curiosos que nos habíamos conocido en el gimnasio
Stillman’s, nos habíamos puesto a charlar sobre boxeo y simplemente
habíamos ido andando hasta el West Side para saciar la set. «Yo te señalo a
los diversos personajes, me convierto en humo y tú te quedas bebiendo una
cerveza y escuchas».
Fue muy bien. Bebimos [1] boilermakers. Brownie montó una charla en
grupo, yo escuché y apunté mentalmente cómo podía volcar el diálogo en el
guión. Una noche, después de recorrer varios bares, recalamos en uno frente
al muelle 18. En la barra había un hombre saturnino, de traje gris, y por algún
motivo yo olvidé el papel habitual y le pregunté a qué se dedicaba. Brownie
me cogió de la manga y antes de que me diera cuenta los dos estábamos
corriendo calle abajo hacia «nuestra manzana».
—Santo Dios, ¿tú quieres que nos maten? ¿Sabes quién era ese tío? Un
segundo Albert A. Se ha cargado a más gente que Dunn el Guillado. ¡Le diré
al padre John que estás despedido! ¡Aquí hace falta un invesstigador más
listo!
Luego soltó su inigualable risa indómita. Los «vaqueros» le habían
achatado la nariz, lo habían tirado por un tragaluz; había caído al río sin
conciencia. «Menos mal que era invierno y el agua fría me reanimó». Yo
vivía en el apartamento de aquel Lázaro recortado y su mujer Ann; no había
agua caliente. Me sentaba a la mesa de la cocina a escribir frases que no
acababa de redondear. «¡Sabes qué: hay que librarse de la… altocracia!
Espera a que vuelva a encontrarme a ese tío. Verás cómo le queda la jeta». Y
en plan venganza: «Voy a volarle la tapa de los sesos».
El padre John, y su más prudente pero no menos dedicado superior, el
todavía activo padre Phil Carey, me reclutaron como aliado periodístico en su
empeño de preparar a los hombres para una decisiva votación en la Junta
Nacional de Relaciones Laborales que habría podido expulsar de sus cargos a
la «mafia residente», los Anastasia y demás, y reemplazarla por dirigentes de
masas. Los artículos que escribí por entonces en la New York Times Magazine
ayudaron a convencer a los de San Javier y el movimiento rebelde de que yo
no era un oportunista empeñado en forrarme con su «historia» sino un escritor
devoto de su causa.
Cuando los magnates de Hollywood me arrojaron el guión a la cara (la
mía y la de Kazan), me consolé pensando que tenía tal cantidad de material
que bien podía desarrollarlo como novela.
Y aun cuando el film se hubo estrenado con éxito, yo llevaba tanto tiempo
cavilando la novela potencial que sencillamente no pude resistirme a emplear
un año de vida en plasmarla. Ni siquiera después de asistir a las vistas de la
Comisión Estatal contra el Delito (sobre delitos en el puerto), rebosante de
libretas y blocs llenos de notas —y con el Oscar aquel en la repisa de la
chimenea— logré vencer la convicción de que mi tarea como cronista de la
gente de los muelles y las tensiones de la ribera se hallaba lejos de haber
concluido.
Lo que estaba en juego, descubrí, era mucho más que expandir un guión
de ciento veinticinco páginas en una novela de cuatrocientas. La diferencia
entre los dos géneros en más calidad que cantidad. El cine es un arte de
puntos culminantes. Tiene que abarcar cinco o seis secuencias, cada una
dirigida a un clímax que impulsa la acción al crescendo final.
La novela es un arte de momentos altos, medios y bajos y, aunque creo
que nunca debe pasarse por alto su forma, se trata de una forma a la cual
cerramos la puerta de entrada sabiendo muy bien que se colará por la ventana
en cuanto la dejemos abierta. El cine funciona mejor cuando se concentra en
un solo personaje. Cuenta soberbiamente El delator. En las ramificaciones de
Guerra y paz tiende a perderse. No tiene tiempo para lo que yo llamo
digresiones esenciales: la «digresión» del personaje complejo y
contradictorio; la del trasfondo social. El cine ha de ir de episodio
significativo en episodio más significativo aún en una pauta de ascenso
constante. Es una forma que entusiasma; pero paga un precio. No puede
divagar como divaga la vida, ni detenerse como suele detenerse la vida a
contemplar lo incidental o lo inesperado. El cine tiene una forma incesante.
Una vez que se la ha puesto en marcha lo domina a uno, señora exigente y
algo aterradora. Tiene una lógica propia y en cuanto uno se aparta de esa
senda recta y angosta la tensión se afloja, el globo se desinfla.
En este caso la película se centraba en Terry Malloy, un matón a medias
feroz atrapado entre la mafia del puerto y el angustioso despuntar de una
conciencia. Los hermanos de Malloy han de buscarse en el turbulento West
Side de Nueva York, a lo largo del canal Gowanus de Brooklyn o en las
corruptas maquinarias políticas de los pueblos costeros de Jersey. Elia Kazan
y Marlon Brando habían tratado el personaje con brillantez y sensibilidad, y
yo había escrito los diálogos cuidadosamente, con el oído puesto en mis
vagabundeos por la ribera. Pero la restrictiva mecánica del dijo él-dijo ella no
me había permitido explorar la mente del personaje en sus vacilantes
esfuerzos por sacudirse la pereza; por así decir, me había impedido pillarlo
con la guardia baja. Más importante, debido a que el film se centraba en un
personaje dominante, que la cámara traía a primer plano, había sido imposible
situar la historia en su perspectiva social e histórica. En la novela, Terry es
una hebra en una cuerda de fibras trenzadas; da una idea de los complejos
nudos del mundo de la ribera que enlaza a Nueva York, una frontera sin ley
que sigue siguendo casi desconocida para los ciudadanos de la metropoli.
Cuando llevé a cabo mi investigación, a comienzos de la década de los
cincuenta, yo sabía que el crimen al por mayor de la ribera no podía
explicarse meramente por la presencia destacada que ciertos caballeros de
Sing Sing y Dannemora tenían en cargos de autoridad de los muelles. Hacía
años que las compañías navieras y la administración de los estibadores
aceptaban —y a veces alentaban— a los matones, y en muchos casos los
políticos de la ciudad eran no menos que socios de los chantajistas de los sindicatos portuarios. Era este eje malsano el que dificultaba tanto el hecho de
llevar a cabo alguna reforma democrática contra la corrupción de las
dársenas. Con mis colaboradores en el film, yo incluso había discutido
escenas que pudieran dramatizar esta plaga cívica. Si al fin se eliminaron no
fue por cobardía o miedo a la censura, como han sugerido algunos críticos.
No; lo que les anudó la cabeza fue otra tiranía: la del largometraje de noventa
minutos.
Pero la novela es tanto una radiografía como una toma con gran angular,
el medio ideal para la autoevaluación y el desarrollo de temas sociales. No es
una cuerda tendida. Es un ovillo de bramante. En la novela encontré la
oportunidad de poner a Terry Malloy en el foco adecuado. Solo era preciso
contar la historia desde otro punto de vista y con un final distinto en mente.
Digo esto en sentido literal y figurado: la resolución de Terry y hasta su
destino quedaron subordinados al ansioso equilibrio y el destino de la ribera
en su totalidad. Esto demandaba un final por completo diferente, a la vez que
un desarrollo más pleno de algunos personajes que en la película habían sido
figuras secundarias. Así pues, se lleva al padre Barry, el «cura de los
muelles», al centro del escenario y se le permite compartir la acción con Terry
y dominar el pensamiento del libro. Como sacerdote de una parroquia pobre,
si el padre Barry quiere seguir a Cristo a su manera ha de arriesgar mucho.
¿Cómo va a llegar a decisiones difíciles si no es por el monólogo interior?
Para estas cosas el cine no tiene tiempo. La novela tiene no solo el tiempo
sino la obligación de examinar estas cuestiones con gran cuidado. De hecho,
esa búsqueda es la materia de la novela, y la violenta línea de acción de Terry
Malloy se ve como lo que es: uno de los muchos picos en el desarrollo
espiritual y social del padre Barry.
En grandes novelas como Moby Dick, Guerra y paz o Rojo y negro vemos
que acción e ideas fluyen en conjunto sin violentarse mutuamente. He allí la
gloria de este género: la razón de que en esta era de supercomunicaciones no
debamos abandonarlo nunca. No soy tan vanidoso como para pensar que esta
novela me acredita junto a una compañía tan notoria, pero dentro de esa
tradición —la que va de Stendhal a Steinbeck— me fue posible trabajar vetas
que en el arte dramático se me hacían inaccesibles. No solo era que, habiendo
adquirido de los hombres del puerto muchos conocimientos y mucha
indignación, podía hablar de una manera vedada en la película. También
podía cavilar, buscar en el corazón y el alma el drama interior de un militante
de la Iglesia que se atreve a aplicar las visiones de su Salvador a los impíos
callejones de la ribera. Podía seguirlo a un velatorio en un edificio de irlandeses; llevarlo de solitaria y atribulada caminata junto al río, a que
midiera sus convicciones religiosas contra la atmósfera de bancarrota
espiritual de un típico barrio del puerto. Podía, viéndolo insomne y de rodillas
en el suelo helado de su habitación de la rectoría, escuchar sus plegarias
privadas, y podía terminar, no con un primer plano de Marlon Brando, sino
con la verdad más profunda de la inconclusión, cuando a orillas del Hudson,
de noche, el cura sopesa el martirio de Terry Malloy y piensa amargamente en
los millones y millones de habitantes de la ciudad a quienes les trae sin
cuidado: «Tienen ojos pero no ven».
Tal vez intento decir que, si una película debe actuar, un libro tiene
tiempo para pensar y hacerse preguntas. En eso estriba la diferencia esencial.
La película se resolvía en una batalla regia entre Terry Malloy (Brando),
atormentado por su conciencia, y su viejo patrón, el jefe de los muelles
Johnny Friendly (Lee Cobb); urgido al fin por el padre Barry (Karl Malden),
el maltrecho y ahora redimido Terry guiaba a los intimidados trabajadores al
muelle y así rompía el yugo de la «pandilla local». Mientras detrás de ellos
Johnny grita «Ya volveréis a verme… ¡Y no me olvidaré de uno solo de
vosotros!», las palabras se pierden en el poder amplio y optimista de la
cámara.
La novela me dio una segunda oportunidad de poner en perspectiva la
experiencia de los muelles, con Terry encontrando su honor de caballería en
un pantano de Jersey y el padre Barry partiendo al exilio de una parroquia
«más segura», donde una prudencia mayor contendrá acaso su espíritu
rebelde.
Tan apropiado y eficaz como era el final de nuestra película, el último
capítulo de la novela me brindó la tan esperada ocasión de vincular la lucha
de los muelles con la lucha por la justicia social que había dividido a la iglesia
católica y seguirá dividiéndola en el siglo XXI. «Si no dices nada y no haces
nada, te librarás de las críticas», recuerda el padre Barry que le advirtió un
cardenal juicioso, mientras con reacia obediencia se dispone a abandonar la
parroquia de la ribera.
Es posible que el cine sea el lenguaje de las generaciones nuevas; y por
cierto que es un lenguaje rico y gratificante. Pero ojalá esta novela sirva para
recordar los especiales valores de la narrativa: textura, introspección,
complejidad.
Brookside, 1987