La ley del silencio
Capítulo IV
En la parte trasera de la fila de edificios al menos veinte personas se habían
reunido en torno al amasijo de huesos, carne inerte y ropa arrugada que había
sido Joey Doyle. Inclinaban la cabeza en el antiguo gesto de pena, en este
caso pena genuina, porque ya antes de llegar a ser una figura respetada Joey
había sido un chico querido. Pero también había en la atmósfera un profundo
sentimiento de vergüenza, como si todo el barrio estuviera comprometido en
aquella violencia repentina y, sin embargo, no inesperada.
Un rencor grupal ardía como un rescoldo, silencioso e invisible, pero
también circundaba como una fuerza, como un campo de corriente eléctrica,
el cadáver que alguien había tenido la piedad de cubrir con hojas de
periódico. Si uno miraba con cuidado, de hecho, veía los oscuros titulares
voceando los desfalcos, atracos y asesinatos del día; así los harapos de la
violencia tapaban los restos de la violencia en el patio trasero de esta ciudad
junto al río.
Pop Doyle estaba con sus amigos Runty Nolan y el enorme Alce
McGonigle de voz de toro, los inseparables Mutt-y-Jeff muy aficionados a
beber juntos, a hacer payasadas y a insultarse el uno al otro. Conocían bien la
historia de Joey Doyle y también conocían —aunque a menudo los evitaran—
los senderos angostos e intrincados de la supervivencia en la ribera. Por eso
no decían nada. Mudos los tres, hacían guardia cerca del cadáver. Y aunque el
dolor inmóvil de Pop Doyle era más hondo, porque Joey había sido un hijo
único muy querido (un hermano pequeño había muerto de neumonía), el
rostro de Pop, como los rostros que lo rodeaban, se esforzaba por ocultar la
emoción y el conocimiento. En la ribera había una sola forma segura de
sobrevivir, y era no saber nada o fingir que no se sabía.
Como siempre, la ciudad había puesto delicadamente en marcha la
maquinaria de manejar tragedias personales. Joe Reagan, el poli de turno,
había llamado a la ambulancia mientras la señora Geraghty, una vecina, había
mandado a su hijo corriendo a Saint Timothy, que quedaba a calle y media, a
buscar al padre Barry. El médico y el cura del barrio habían llegado con unos minutos de diferencia. El cura alto, delgado, facundo y fumador se abría paso
con un tosco «Fuera, fuera, apartaos» a tiempo para administrar los últimos
ritos cuando el cadáver aún estaba tibio, y el médico buscaba en vano un
latido vacilante. Mientras el padre Barry rogaba a Dios misericordia para Joey
Doyle y la gracia de una vida eterna, el médico le decía al agente Reagan que
apuntara el acta de IC. Otro Ingreso Cadáver desde River Street.
Reagan había hecho a los curiosos unas preguntas de rutina —¿alguno
había visto la caída?, ¿sabía alguien si Doyle hijo estaba solo en la azotea?—,
preguntas necesarias para cubrirse en caso de que lo interrogaran. Por la
misma razón, porque parecía un accidente pero probablemente no lo fuera,
llamó a la brigada de homicidios. Llegaron poco después: un par de
inspectores de élite que se hicieron cargo del caso, en especial el viejo Foley,
un barrigón que había empezado a amañar casos del puerto como aquel hasta
que su capitán lo había enderezado. Los muelles eran la zona más intensa de
la ciudad: apuestas, dados y una parte de los hurtos, por no mencionar los
sobornos del contrabando y la coca de la mafia italiana, que mantenía con la
irlandesa de Bohegan y con Johnny Friendly una tregua inestable. Al
principio Foley había querido jugar limpio pero, con un artista de la mano
como Donnelly en el cargo de comisario, si uno no entraba en el juego ya
podía prepararse para vestir de nuevo el uniforme.
Por eso Foley sabía qué clase de informe se esperaba de él, pero no se le
escapaba que debía preguntar con rigor oficial. Solía haber días así, con toda
la actividad de la investigación exhaustiva, porque en nada estaba mejor
instruida la policía de Bohegan que en tapar sus huellas. Los vecinos lo
observaban con cautela. El teniente Foley se volvió hacia Pop Doyle.
—Usted es Doyle, ¿no? El padre del chico.
Pop lo miró fijamente, la cólera oculta bajo la máscara.
—Así es.
—¿Su hijo solía estar en la azotea a esta hora?
Pop se encogió de hombros.
—De vez en cuando. Subía con sus colegas.
—¿Alguna idea de si había alguien con él?
—¿Y yo qué voy a saber? No estaba allí arriba.
La señora Collins se había abierto paso para hablar. Era una mujer de
poco más de treinta, flaca, guapa en un tiempo, nerviosa y agotada de trabajar,
a cuyo marido, jefe de bodega, lo habían pescado del río a finales de los
cuarenta.
—Billy Conley y Jo-Jo Delaney se pasan la vida en el terrado. A lo mejor
ellos tienen algo que contarle.
Pop la fulminó con la mirada. En la ribera era tabú ayudar a los polis, a
pesar de lo que pensara uno de los matones que dominaban el sindicato.
—Tú no te metas, cotorra —le dijo sin contemplaciones.
Los chavales Conley y Delaney estaban cerca de la primera fila. Foley los
conocía. Eran pollos aguerridos que aguantaban la mirada. En los dos rostros
se deslizó la familiar expresión vacua: ojo-con-la-pasma.
—Hace una hora que bajamos. No sabemos nada.
Foley se apartó de ellos. Canalla. Tarde o temprano iban a traernos
problemas. Todos clavaban en Foley y en su compañero la misma mirada fría
y desdeñosa. El viejo Doyle tenía los labios apretados en una mueca
melancólica. Esperaba la pregunta siguiente.
—¿Ninguna idea de qué podía estar haciendo allí de noche? ¿Seguro? ¿No
se habría citado con alguien?
De la boca de Pop escapó un gruñido grave y resentido. ¡Policías! ¿De
qué sirven los polis? Ideas, quiere el tío. Y no veas lo que ganaría yo
hartándolo de ideas. Me metería en más problemas, como el pobre Joey.
—¿No se le ocurre nada, Pop? —insistió Foley—. ¿Ninguna sospecha o
algo por el estilo?
—Ninguna —dijo Pop.
La señora Collins volvió a adelantarse.
—Es lo mismo que le hicieron a mi Andy hace cinco años.
Pop le clavó la mirada. Boceras. Todos. ¿No podían dejarlo en paz con su
dolor y su muchacho? Preguntas. Medio mundo metiendo las narices. ¿Para
qué? Otra vez aquí no ha pasado nada.
—Tú calla —le dijo a la viuda de Andy Collins—. Cierra de una vez el
puñetero pico.
La señora Collins miró a todos furiosa. Vivía hablando de Andy y lo que
le habían hecho hacía cinco años. Andy era un jefe de bodega del muelle C
que no había olvidado sus años de empuñar un gancho a un dólar treinta y
siete la hora. Le gustaba darle a los hombres un recreo. Johnny Friendly lo
había prevenido, pero él no aceptaba el juego. Ni con palizas había cedido.
Corría el rumor de que estaba dispuesto a copar el aparato, apoderarse de la
local y gestionarla como un sindicato. El tema tenía a la señora Collins un
tanto desquiciada. «Cada vez que oigo una llave en la puerta pienso que es él
que vuelve a casa», no paraba de decir. Pop Doyle ya podía gritarle cuanto
quisiera. La mujer no se iba a callar.
—Aquí Joey Doyle era el único con agallas para defender sus derechos.
Pedía que hubiera asambleas regulares. Y fue el único que se atrevió a
contestar a los investigadores esos del crimen. Con que si este bollo apesta
quizá sea…
—¡Cállate ya! —Pop estaba temblando. El dolor de la pérdida se le
mezclaba con la rabia y la frustración.
—Todo el mundo lo sabe.
—¿Y a ti quién te ha preguntado? Cierra el pico. Si Joey hubiera oído el
consejo, no estaría…
Pop miró lo que quedaba de Joey Doyle y se apartó con la cara bañada en
una lenta corriente salina de lágrimas y sudor. Desde el río llegó el ouoouuum
ouoouuum del silbato de otro buque de línea. En la mente de Pop el río y
Johnny Friendly eran una sola criatura, siempre despierta, incesantemente
peligrosa.
—Todo el mundo lo sabe —gemía entre dientes la señora Collins.
Había aparecido Mutt Murphy. Se abría paso con los codos e intentaba
hablar con gente que volvía la cara para evitar el aliento rancio y la visión de
esos labios lívidos e hinchados por el alcohol.
—Un chico bueno —murmuró, acostumbrado a hablar solo—. El único
que intentaba conseguir mi indemnización, Dios lo bendiga.
El teniente Foley se había hartado de Pop. Se enfrentó con Alce
McGonigle y Runty Nolan.
—¿Y ustedes qué, señores? ¿Alguno oyó que amenazaran al…?
Alce tenía una voz punzante que la vida dura había vuelto emotiva, y de
un volumen habitual más alto que el de los gritos de otros.
—Yo llevo toda la vida en los muelles y una cosa he aprendido. No
preguntes nada y no contestes preguntas a menos que…
Se interrumpió y echó una mirada al trozo de carne cubierto de periódicos
que esperaba el fútil viaje a la morgue de la ciudad.
—Era puro corazón, el muchacho —dijo Runty, inclinando
reverentemente la cara llena de huesos rotos, incapaz de distinguir el cadáver
que tenía a sus pies porque, por hablar a espaldas de los otros, lo habían
golpeado tanto que ahora solo veía sombras en una pantalla.
—Agallas —dijo Pop como quien maldice—. Estoy hasta aquí de agallas.
Denuncia a la pandilla de aquí y ya se siente un héroe. Se piensa que va a
limpiar los muelles con una mano.
—En otras palabras, está usted bastante seguro de que no fue un accidente
—dijo el inspector Foley, no tanto por sondear como por cubrirse por todos lados.
—Oiga, Foley —dijo Pop—. Yo seguro no estoy de nada. Y si lo
estuviera, no se lo contaría. Total, para que lo entierre en los archivos y ellos
me entierren a mí en el río.
Foley tomó unas notas rutinarias. El asunto entero era rutina. Todos
saben, ninguno habla y uno engorda el expediente de la ribera. Como dice el
viejo, mete otro informe en el archivo y espera una próxima vez.
—Vale, ya puede llevárselo —le dijo al médico—. Otro que ingresa
cadáver.
El padre Barry, ese producto de Bohegan alto, flaco y parlanchín, que
estaba ungiendo a Joey y rezaba por su alma, le dijo a Dios que Joey, creía él,
merecía la compasión del cielo por la crudeza con que se le había negado en
su breve visita a la tierra. Había nacido y crecido en Bohegan, el padre Barry,
y no era ningún beato. Su padre había sido un policía honesto y por lo tanto
en apuros, le habían administrado tratamiento siberiano, alguna que otra
temporada en las afueras; él creía en su religión no solo como guía ética sino
como experiencia sacramental y no le daba miedo poner de vuelta y media a
prelados y dignatarios cuando los veía demasiado mundanos o sensibles a la
riqueza y la posición. Un rebelde nato, el agente John Francis Barry; un
hombre independiente. Ahora su hijo el cura, pensando en el triste final del
joven Doyle, recordó el funeral de aquel hombre, hacía diecinueve años,
cuando él tenía apenas once. Si miran a un cura tal vez piensan: «Y este qué
sabrá del mundo, está apartado de todo conocimiento, se cobija de por vida en
el seno de la Iglesia». Pero un cura es un hombre: sectario o católico sincero,
asustadizo o valiente como un león, adulador de los ricos de la parroquia o
preocupado por los pobres y los desgraciados como el propio Cristo.
La señora McLaverty, una mujer rolliza que mostraba una franja de las
bragas, le dijo a una vecina:
—Pobre Katie. Eran como gemelos.
La otra mujer soltó un quejido.
—Pobre criatura. Esto la matará. Un solo hermano y ella demasiado buena
para este mundo.
A la señora Collins no había modo de callarla. Que le quitaran a Andy la
había dejado un poquito sonada, y con razón, con cuatro críos medio
huérfanos, mal vestidos y mal alimentados.
—Vais a ver. Esto lo juzgará Dios. —Hablaba en una especie de locura—.
Ratas. Arderán en el infierno hasta que llegue el reino.
Tambaleándose, Mutt Murphy se acercó a la viuda Collins y se persignó
complicadamente.
—Amén —dijo—. Dios lo tenga en su gloria. Era un santo, el Joey. Nadie
más trató de conseguir mi indemnización. Llenó un impreso para mí y…
Otra vez hablaba solo.
—Venga, despejad que allá vamos… —los asistentes de la morgue se
abrieron camino entre los curiosos y los desconsolados. Un policía apartó a
Mutt Murphy de un grosero empujón para que pasase la camilla.
Mutt intentó balbucir a Pop sus condolencias pero Runty también lo
empujó. Había en Mutt algo irresistiblemente empujable. Y fuera por
empellón o puñetazo, siempre volvía a uno como un saco de arena.
—Lárgate, curda —le dijo Runty, sacando el pecho menudo y fuerte como
un gallo de riña—. Deja en paz al anciano.
Mutt se encogió de hombros y se alejó meneando la cabeza al mundo.
Runty y Alce flanquearon a Pop a modo de sostén mientras todos seguían el
cuerpo hasta la furgoneta de la morgue. La mayoría de los vecinos se había
reunido en la acera para mirarla partir.
—Ven —le dijo Runty a Pop—. Vamos a tomarnos un par de lingotazos.