La ley del silencio
Capítulo I
Desde los mugrientos atracaderos del pueblo de Bohegan, por encima del río
Hudson, pequeños cuadrados de luz llegaban a toda la metrópoli portuaria.
Las enormes verticales de los edificios se suavizaban en una continua cadena
de montañas hechas por el hombre. Pronto el crepúsculo se oscurecería en la
noche, como la noche se había cerrado unos dieciocho millones de veces
desde que la masa de hielos venida del norte había hendido la región hasta
partirla en dos.
En los racimos de ciudades que rodeaban al puerto, apiñados en los
metros, había hombres que volvían del trabajo. Pero la jornada del río no
terminaba nunca. Justo enfrente de Bohegan, en el viejo North River, como
una vez lo llamaron los holandeses y lo siguen llamando los trabajadores del
puerto, el muelle 80 hervía de movimiento, vivo como un hormiguero y con la
misma especie de orden caótico: miles de pasajeros y amigos gritaban,
susurraban, se abrazaban y agitaban pañuelos en el rito de la partida. Como
sucede desde hace trescientos años, llanto, pánico, risas, esperanza y azares
del mar viajaban por los canales desde el gran puerto cobijado de Upper Bay.
En el río medio, en una confusión más ordenada, antiguos transbordadores,
remolcadores, cargueros de cabotaje, una ampulosa Queen y un sólido
holandés de tres pisos bramaban, se toreaban, se prevenían y milagrosamente
lograban esquivarse.
En uno de los muelles de Bohegan un carguero portugués con destino a
Lisboa hacía trabajo nocturno; murmuraban, gruñían los cabrestantes, y los
estibadores irlandeses e italianos de cincuenta años, y hasta de sesenta, se
enorgullecían de competir con los treintañeros pasados por la Segunda Guerra
Mundial, de hombros anchos y brazos musculosos y barrigas no tan hinchadas
de cerveza como estarían tras veinte años de adosarse a la barra después del
turno o durante las esperas, las interminables esperas del trabajo. Allí en
Bohegan, cuando no los apretaban en cuadrillas, trabajaban en equipos de
veintidós, ocho en la bodega, ocho en la dársena, cuatro en la cubierta más un
par de operadores de grúa, y todos se conocían mutuamente los ritmos y los estilos como compañeros de un equipo de fútbol americano. Al ritmo regular,
tranquilo y experto a que lo hacían, el trabajo más peligroso de América —
con más víctimas mortales aún que las minas— daba una impresión de
sencillez y seguridad. Con cada balanceo entre el muelle y los escotillones las
vigas de metal parecían a punto de salir volando sin control; por una pulgada
o dos no rebanaban como un queso la cabeza de algún hombre, y el que no
apartaba los pies en una milésima de segundo cuando la viga baja al suelo, ya
podía despedirse de los dedos. No son pocos los estibadores que pueden
contarse los dedos de los pies sin usar todos los de la mano, y no es que en las
manos de algunos no falten dedos también. En una jornada cabe de todo. No
sorprende ver a más de uno persignarse como un minero o un torero mientras
baja por la escotilla.
Cargar y descargar es un arte y una fiebre. El jefe de embarcadero está
encima de uno todo el rato. Descarga, carga y a despachar. Cuanto más rápido
se baje un cargamento… Vamos, que aquí el tiempo es oro. En hacer en dos
días un trabajo de tres está la ganancia. La ganancia legítima, quiero decir.
Claro, para una mafia como la que tienen los muelles de Bohegan en la bolsa
hay mucho rédito de otro tipo. Ustedes no pueden ni imaginarse, ciudadanos
corrientes, toda la tela que hay para cortar allí. Si sumando entradas y salidas
en el puerto se mueven unos 16 000 millones de dólares anuales en
cargamento, ¿a quién le importa si los muchachos desvían unos 60 millones
en hurtos, chantajes, abusos, sobornos, fraude en las tarifas de carga y otra
docena de picardías? ¿A las empresas navieras? No da la impresión. ¿A los
estibadores? La mayoría se contentan con seguir trabajando, o en todo caso es
lo que quieren. ¿A los padres de la ciudad? En el puerto esto suena a broma.
¿A la gente, a la opinión pública, a ustedes y a mí? Nosotros lo que hacemos
es pagar la carga, el seis o siete por ciento pasa al consumidor porque el
puerto principal de la principal ciudad del primer país del mundo está
administrado como una caja de sorpresas.
El puerto de Nueva York es la base de la ciudad de Nueva York y, digan
lo que digan nuestros cívicos maestros de escuela, la ciudad de Nueva York
es la capital de América. Ocho mil millones de dólares en mercancías del
mundo hacen de este puerto el corazón del comercio occidental. Ah, sencillo
Henrik Hudson en tu humilde nave, despistado Corrigan originario que
buscaba la India por las estacadas de Jersey, ¡mira en qué se ha transformado
tu puerto!
Allá va un camión cargado de café. En estos días el café escasea. Un
controlador lo dirige a un almacén, aunque no al que debería ir. El camionero recibe un comprobante, pero ¿quién va a descubrir cuando menos hasta
después de seis meses que es un comprobante falso? Treinta mil dólares en
café. Así de fácil. En la ribera no hay pequeñeces. No con un movimiento de
16 000 millones. Pero a ver, ¿quién va a echar de menos una ínfima carga de
café? O, si algún trabajador diligente llega a percatarse, hará de esto tanto
tiempo que solo podrá pasarle el asunto a su supervisor, que lo enviará tres
escalones más arriba hasta que llegue a un vicepresidente que se lo pasará a la
aseguradora. Mira, cárgaselo a los costes, está dentro del negocio, todo es
parte del juego. Nadie lo nota salvo el consumidor, ustedes y yo, y somos tan
bobos que no nos quejamos.
He aquí una lancha turística abocada al rollo de circunnavegar Manhattan.
Pasamos frente a los famosos edificios de lujo del West Side y algunos de los
doscientos embarcaderos de los más de 1000 kilómetros de la enorme línea
costera que hay entre Brooklyn y Bohegan. Allí está el Liberté, llegó anoche
trayendo a bordo a Bernard Baruch, el alcalde, de regreso de otras vacaciones
y a Miss América 1955, sí, amigos, nunca en la historia del mundo han
llegado y partido tantas celebridades cada cincuenta minutos trescientos
sesenta y cinco días al año. Allí va el Andrea Doria, el nuevo barco italiano de
ensueño, uno de los diez mil que durante el año entero zarpan o atracan, uno
cada cincuenta minutos, día y noche. Y echen ustedes apenas un vistazo al
tráfico, porque, caramba, tenemos 3000 remolcadores, gabarras, barcazas,
ferris de carga, transbordadores, grúas flotantes y embarcaciones de placer, y
en medio de tamaño ir y venir hasta tenemos botes de remo y chicos en balsa
como Tom Sawyer en el Misisipi. Claro que Mark Twain nunca vio nada
como esto y les digo que, si su vapor de rueda hubiera entrado en el puerto de
Nueva York, a Mark se le habría caído el pelo.
A orillas del río del lado de Bohegan, donde los antiguos embarcaderos de
la Hudson-American ocupaban trescientos metros del gran puerto, el agua
salobre tenía una fina capa de astillas de madera, botellas de cerveza medio
vueltas, manchas de aceite, peces muertos y algún preservativo arrojado tras
una alegría fortuita. En medio del río la corriente era profunda y majestuosa,
pero en la orilla era un basurero acuoso. Sobre pilotes erosionados, por
encima de aguas someras y a la sombra del transatlántico del muelle B y el
carguero egipcio del muelle C, se alzaba un varadero dividido en dos que en
un pasado lejano y más elegante había pertenecido al Bohegan Yacht Club.
Ahora hacía años que Bohegan era ciudad de trabajadores, ciudad mercantil
ribereña y —se decía— residencia de políticos de tres al cuarto. Los
deportistas de estrechos pantalones de dril blanco y gorra de navegante se habían mudado a zonas donde el río aún no estaba consumido y agrio como
vino picado, y donde había amplio espacio para maniobrar un ketch.
Ahora los habitantes del Yacht Club de Bohegan eran deportistas de otra
franja. El letrero de la puerta decía «Sección Local 447 de Trabajadores
Portuarios». En Bohegan todos sabían qué significaba la 447: Johnny
Friendly. Y todos sabían qué significaba Johnny Friendly[2]. El propio Johnny
Friendly entre ellos. Johnny Friendly era presidente de la sección y de hecho
vicepresidente, secretario, tesorero y delegado, aunque en esos nichos tenía
colocados a algunos de sus muchachos. Por encima de eso, era uno de los
vicepresidentes del Consejo de Trabajadores Portuarios del Distrito. Y aún
más por encima de todo ello, era la vía para obtener y conservar un empleo en
aquella sección de la ribera, la única vía salvo para ciertos protegidos que a
veces enviaban desde el despacho del alcalde. Y sobre todo, Johnny Friendly
tenía una relación que iba más allá del saludo con Tom McGovern, un
hombre tan poderoso que en el puerto solo se lo nombraba en susurros. Mister
Big, lo llamaban en la prensa y los bares, algunos por miedo a que su pelotón
de abogados de Wall Street los querellase, otros por simple miedo a perder
una extremidad o la vida. Mister Big, Big Tom para su notable arco de
allegados, era un querido amigo del alcalde, no solo el comodín que los votos
de Johnny Friendly, la Hudson-American y la compañía de estibadores
Interstate (de McGovern) habían colocado en el ayuntamiento de Bohegan,
sino el alcalde de la gran ciudad misma, al lado de la cual Hoboken,
Weehawken, Bohegan y Port Newark y las demás eran como pequeñas minas
feraces en torno a la Veta Madre. Tom McGovern era un hombre poderoso,
hecho a sí mismo, autocumplido y, si Johnny Friendly tenía los muelles de
Bohegan en la bolsa y a menudo se decía que le iba de maravilla, Tom
McGovern tenía una cadena entera de Johnny Friendly desde Brooklyn hasta
Bohegan, en la costa de Jersey, más arriba de Hoboken.
Johnny Friendly parecía un roble de doscientos años serrado unos
centímetros por debajo del metro ochenta. De los días de estibador
conservaba hombros anchos y brazos y piernas fuertes. Era lo que llaman un
irlandés negro, con ojos como canicas negras de las de a diez centavos el
cuarto, pelo escaso que le preocupaba estar perdiendo y una mandíbula que
propulsaba cuando quería amansar a alguien. Tenía el tipo de contextura que
tienen los duros cuando han hecho un par de fajos y les gusta beber sus
Heineken y comer sus filetes de cinco dólares con cebollas fritas y patatas
enormes flotando en lagos de mantequilla. En los músculos de Johnny había
una capa de grasa que no escondía la violencia potencial que representaban.
Salvo mientras dormía, Johnny Friendly nunca estaba solo. Se movía con
sus muchachos y ellos eran tan parte de él como las patas de un ciempiés.
Aquellos hombres —«todo el músculo para Johnny Friendly», solía
describírselos— eran elegidos por tres cualidades; mejor dicho, debían tener
dos de las tres. «Los quiero duros o inteligentes y además leales». Lo cierto es
que Johnny Friendly, cuyo verdadero nombre era Matthew J. Skelly,
combinaba esas tres cualidades y otras tres por añadidura: era despiadado,
ambicioso y benevolente. En la benevolencia había una vena de suavidad, casi
de afeminamiento. Nadie se atrevía a decirlo en voz alta, y de hecho nadie se
atrevía a notarlo, pero Johnny Friendly le apretaba el hombro y le daba
palmaditas a quien fuese mientras le hablaba, si este era de su agrado. Y sus
gustos y rechazos eran muy fuertes, repentinos y, desde su punto de vista,
perspicaces. Y no se limitaba a ser bueno con su mamá, aunque, en efecto,
cada domingo intentaba llevar a la apabullada señora a la iglesia. La mujer de
un estibador, harta, iba a ver a Johnny Friendly con la conocida historia de
que al volver a casa desde el muelle el hombre se bebía la paga de la semana
y allí estaba ella con cinco críos y la nevera vacía. Entonces Johnny se
ocupaba de que el dinero fuera derecho de la caja de la empresa al hogar.
Ningún rey de los tiempos preconstitucionales tuvo nunca tanto poder como
tenía Johnny Friendly, noble de McGovern, en los muelles y el Bohegan
profundo. Y muchos reyes que han quedado en la historia se afligían mucho
menos que él por los súbditos. Johnny Friendly llegaba lejos por ellos, muy
lejos. No hablamos del mero envío de cestas de Navidad, aunque eso también,
generalmente a través del Club Democrático de Cleveland, en la Dock Street
que él controlaba. Johnny siempre estaba dispuesto a sacar del fajo un billete
de cincuenta o de cien, dar una palmadita y con esa voz áspera decir:
«¡Venga, hombre, olvídalo, que yo entiendo!». Un verdadero grande de
Bohegan, Johnny Friendly. Al cien por cien cuando estaba con alguien. Al
cero cuando no.
En aquel momento el estado emocional de Johnny Friendly rayaba en el
cero. Se le había acabado la paciencia, de la que le gustaba pensar que tenía
gran provisión. Ese chico, Doyle. Ese hijito de puta entrometido. Un
embrollón. Como si le viniera de familia. En otros tiempos, cuando acababa
de crearse la local, su tío Eddie solía aparecer con peticiones y cosas por el
estilo. Por entonces Johnny también era un chico. A Eddie Doyle le habían
ajustado las tuercas y habían sacudido un poquito al padre de Joey. El viejo
Doyle tenía una bala en la pierna y en invierno siempre se le ponía rígida. Al
menos parecía haber aprendido la lección.
Ahora ya hacía años que se había adaptado al sistema, contento de recoger
sus dos o tres jornadas y sus cuarenta o cincuenta dólares semanales. Siempre
dispuesto a poner un pavo en la colecta que se hacía (y en seguida se agotaba)
para el fondo de asistencia de la 447. Alguna vez, cuando algún babieca
forzaba una reunión de la local, Pop Doyle tenía la sensatez de mantenerse
aparte. Pop estaba muy bien. A Johnny Friendly no le molestaba. En cambio,
ese badajo malcarado de chico suyo. Dos años en la marina y sale hecho todo
un abogado: la constitución de la local exige asambleas cada dos meses. Qué
os parece, lee la letra pequeña y encuentra: cada dos meses. El niño tiene los
huevos de leer de veras la letra pequeña. La clase de sujeto que no
necesitamos para nada. Nos las arreglamos perfectamente sin él. A nosotros
dadnos esos tíos que no saben leer más que listas de caballos de carreras y
después del trabajo pasan a cobrar. Ciudadanos pacíficos, eso queremos aquí.
Pues bien, les dimos su asamblea. La convocamos con veinticuatro horas de
antelación, después de colgarla en el tablero de anuncios de la oficina. Cierto
que en un papel de una pulgada de altura, pero la constitución no indica cómo
debe ser la nota; solo dice que se dará debido aviso. Y yo les di lo debido.
Solo se presentaron cincuenta. Cincuenta de alrededor de mil quinientos. Y la
mitad eran nuestros. Ya sabéis, miembros de la 447 especialmente leales.
Salimos todos elegidos para cuatro años más. Entonces Joey Doyle monta un
escándalo y el Camión Amon, que tiene un cuello ancho como las espaldas de
algunos, el Camión tuvo que llevárselo afuera y hacerlo callar. Es un duro,
Joey Doyle. No lo parece, pero el tío tiene sus agallas y el gorila del sindicato
lo zurró a base de bien. Igual que su tío Eddie, él no se desanima así como así.
Y luego viene el remache. El gobernador tiene una banda de estirados que
llama Comisión Estatal contra el Delito. Una pandilla de hipócritas inflados
que probablemente chuparon del bote cuando les hizo falta. Ahora salen en
los titulares investigando delitos en el puerto. El gobernador le hizo cantidad
de favores a Tom McGovern en su momento, pero estamos en año de
elecciones y el hombre piensa en el marcador. Primero el payaso de Kefauver
quiere meterse en el número y ahora estos bufones también. Desde luego que
da risa. ¿Quién va a sermonear a ese montón de vagos de pantalón a rayas?
Solo empezamos a oír cosas acerca de Joey Doyle. Lo han visto entrar y salir
del juzgado, donde se sientan a meneársela o lo que sea que hagan. Yo soy
paciente. Preguntadle a cualquiera en el municipio y os dirá que soy de lo más
cuerdo. Yo no me lanzo sin pensármelo, como mi colega Hearn el Tocado,
Dios se apiade de su alma. A mí no me veréis zumbarlos a plena luz del día
porque no me gusta cómo se peinan. Demencias. Allá abajo, en el Village, el Tocado tenía sus pilares y su compinche Wally (Trampas) MacGhee aún tiene
la mano rápida como el que más, pero hay que ser bastante estúpido para
echar a alguien de la ribera a patadas y acabar mal parado. Como sea, antes de
quitar a Joey de en medio por la fuerza intento apartarlo camelándolo con
buenas maneras. Para eso tengo a Charley Malloy. No en vano a Charley lo
llaman el Caballero. De todos nosotros es el que ha sido mejor educado. Hizo
dos años en Fordham, créase o no. Y si lo botaron no fue por falta de
inteligencia. Fue porque se pasaba un poco de listo. Charley anda sobrado de
seso. Lo pillaron vendiendo respuestas de examen, nada más. Charley siempre
fue listo. Habría sido un abogado de puta madre. Puede cotorrear en la vena
«Ese tema al cual se ha referido usted, el cual», bueno, cosas por el estilo. Así
que a mi alborotador le envié mi reparador. Charley habla con juicio. Le dice
a Joey que le cae bien y quiere ayudarlo, cosa que hace. Para un chico
espabilado como Joey hasta podría haber un puesto en el negocio. Nosotros
no cultivamos el rencor. He aceptado a cantidad de tíos que empezaron
incordiando. Eso muestra que tienen coraje. A mí el coraje me sirve. Pero
cuando Charley gasta sus mejores argumentos y esos crápulas hacen que el
ganso de Doyle se vaya de la lengua en la Comisión contra el Delito, una
cáfila con la que nunca verían ni muerto a ningún estibador respetable, ¿qué
se supone que hago yo, colgarle una medalla? Lo que he conseguido me costó
demasiado para perder el tiempo con un capullo. ¿Me explico?
Así que Johnny y Charley, idea ribereña de suavidad y cultura, fraguaron
un pequeño plan. Excelente en virtud de su sencillez. Nada de armas
delatoras, ni siquiera el usual chapuzón en el río. En la oficina del muelle
chirriante, al borde del agua, Johnny elaboró el plan con Charley y Sonny,
quienes proporcionaron los gorilas. Johnny no era como tantos de la mafia
irlandesa, que primero pegan y luego piensan. Se había criado con un montón
de italianos y le gustaba trabajar un poco más a la siciliana. Con cierta fineza.
Si creen que en estas cosas no había un arte, fíjense en Danny D., el amigo de
Johnny que vivía en la zona alta de Jersey. Danny D. tenía una tradición tras
de sí, generaciones enteras de maldad disciplinada. Era parte de aquella
herencia actuar en secreto, rigurosamente y sin piedad, y nunca dar marcha
atrás con una promesa. Johnny admiraba a Danny D.
—Vale, Matuse —le dijo a Charley—, ve a buscar a tu hermanito y ponlo
a trabajar.
Matuse era como llamaba Johnny a cualquiera que le gustase. Nadie sabía
de dónde lo había sacado ni qué significaba. Suficiente con saber que si te
llamaba Matuse estabas bien considerado. En cambio si te llamaba shlagoom, mejor que cambiaras de aires. Y te embarcases rumbo a Baltimore o algún
otro sitio. Charley había visto a muchos ponerse pálidos con solo oír la
palabra shlagoom, ese invento lúgubre. Rodeándolo con el brazo, Johnny
acompañó a Charley por la pasarela.
—Tú llevas guata aquí dentro para un equipo de fútbol americano entero
—aprobó.
Charley era muy pulcro en el vestir. Se mandaba hacer los abrigos a
medida. Tenía uno de pelo de camello que era una preciosidad. Para mí que
venía de un camello aristócrata. Y al camello nunca le habría caído tan bien
como a Charley. Johnny Friendly ya podía pagarle ciento cincuenta dólares a
un sastre que a los veinte minutos el terno le colgaba como si fuera de
confección. Con las cuentas que pagaba en el Cavanagh’s y el Shor’s, por otra
parte, Charley estaba empezando a echar barriga; y era más blando que
Johnny, porque siempre había vivido de su ingenio, mientras que Johnny se
había iniciado a lo bruto y había pulido la inteligencia durante la marcha. Pero
Charley llevaba la ropa perfecta y arrugada, un motivo más para el apodo
afectuoso de Charley el Caballero.
—Vale, Matuse —repitió Johnny—. Estaré en el bar.
El bar era el Friendly, un poco más arriba de River Street. Lo llevaba Leo,
el cuñado de Johnny. Allí se despachaban tantos asuntos como en la oficina
del sindicato. Las apuestas, los números, mucho soborno y, por supuesto, los
préstamos, todo eso pasaba por el bar. El salón de atrás era el segundo hogar
de Johnny. Tenía un apartamento, pero solo iba a dormir o a tirarse a una titi.
No era del tipo casero. Cuidaba de que la madre tuviera una linda casa, había
ayudado a las dos hermanas a tener las suyas y empleaba a los maridos como
cobradores y usureros para que viviesen holgadamente. Pero Johnny había
crecido en las calles y los bares, y en los bares se sentía en casa aunque no
fuera muy de beber. Su gran placer era una cerveza Labbatt, la Pale India.
Quería durar en el negocio y había visto a más de un tipo duro irse por el
desagüe de tanto beber.
En su estilo seco y tranquilo, Charley el Caballero le dijo a Johnny nos
vemos y echó a andar hacia la hilera de edificios que había a una manzana del
río. Era una tarde fresca de otoño y le gustó ver el surtido de ropa puesta a
secar en los tendederos. Había un laberinto de camisas de colores,
calzoncillos largos, bragas, pañales y cosas de niño. La pobreza de la ribera
colgaba allí a la vista: tejanos lavados cientos de veces, pijamas zurcidos y
emparchados, vestidos de niña descoloridos ya de tanto jabón. La pobreza de
la ribera colgaba allí a la vista. Pero la pobreza también viene en colores vivos, y de vez en cuando una toalla amarilla, una camisa roja de paño o un
par de calcetines a rombos verdes, la vida de la ribera pobre, respetable,
borracha, trabajadora, ociosa, arrogante, vencida, conectada, abandonada,
colgaban hilera tras hilera sobre los estrechos cañones entre edificios.
Mirando las cuerdas repletas, Charley pensó en las mujeres que cada día
lavaban todo aquello, pilas de ropa llena de sudor, café, mugre barrida por
niños en calles y patios o cagadas de bebés, ropa que enjabonar, lavar,
enjuagar y tender y luego descolgar, planchar y doblar, lista para ensuciarse
de nuevo.
Mamones, pensó Charley, porque esa forma tenía su pensamiento social,
mamones que tragan día tras día, pero así tenía que ser, o al menos así eran
las cosas. En lo más alto del montón, los poderosos de verdad como Tom
McGovern; en medio, gente como los alcaldes, fiscales, jueces y Willie
Givens, el presidente de la internacional que estornudaba cada vez que
McGovern notaba una corriente de aire. Un escalón por debajo de ellos
estaban los que movían los hilos como Johnny F, luego los lugartenientes
como el interfecto, después los matones y usureros, los pequeños operadores,
más abajo la tropa regular, estibadores, supervisores y camioneros que
participaban del juego, y por último, en el fondo del fondo, los que ante un
simple cabeceo se presentaban, corrían riesgos, aparecían cuando no podían
más de hambre, vivían sobre todo de préstamos que debían devolver al diez
por ciento semanal y conseguían un mordisco de los 2,34 dólares la hora solo
cuando un barco requería quince cuadrillas y se llamaba a trabajar a todo el
mundo salvo a lo peor de los borrachines, los inútiles y los rebeldes.
Charley llegó a la puerta de las viviendas adonde iba, un edificio de cuatro
pisos que había sido vomitado sesenta años antes en un apresurado esfuerzo
por acomodar a la afluencia en tiempos en que a Bohegan llegaban grandes
barcos y se construían los muelles nuevos (y ahora arcaicos). Anochecía ya
pero en la calle había un griterío de chicos jugando al stickball. Desde la
escalera, los mayores miraban ociosamente. Allí estaba el viejo Pop Doyle,
con una lata de cerveza en la mano, más cansado por la faena del día que lo
que habría admitido, y con él, casi un apéndice humano, Runty Nolan, un
gnomo del tamaño de un jockey, un metro cincuenta a duras penas y una cara
que treinta años de desobediencia habían desprendido a martillazos del molde
original. No un opositor joven, actualizado, espabilado por la marina, no un
sindicalista moderno como Joey Doyle sino un tábano incorregible, un
faccioso nato, un partido de uno que se enfrentaba con Johnny Friendly a su
propio y terco modo irlandés, riéndose de él, aguijonéandolo con dardos de humor cuyo filo lo retaba sin llegar a provocar represalias. Runty Nolan era
como un viejo marino, un perenne tercero de a bordo que sabía de memoria
hasta dónde podía presionar al jefe sin arriesgarse al consejo de guerra. Socio
fundador de la 447 en los días en que los jóvenes Tom McGovern y Willie
Givens iban dando leña por la ribera en la misma pandilla, en 1955 Runty era
exactamente lo mismo que había sido en 1915, una especie de bufón
cortesano de los muelles, autodesignado pero demasiado orgulloso para servir
a un rey, que aceptaba los sopapos como parte de la gran broma que les
jugaba a McGovern y Givens. «A esos tíos yo los conozco de cuando se
alegraban de robar chuletas de los camiones», solía reír si leía en el periódico
que habían elegido a McGovern presidente de algún comité del puerto nuevo,
o que a Givens le habían asignado veinticinco mil al año más dietas. «Yo a
ese no le pago ni veinticinco centavos», se empeñaba en puntualizarle a un
supernumerario de Johnny Friendly, sabiendo cómo el títere le ladraría por
insultar al exaltado presidente del Sindicato Internacional de Trabajadores
Portuarios.
Como de costumbre, Runty tenía una confortable moña y Pop Doyle,
como de costumbre también, disfrutaba tranquilamente de su cerveza, hombre
de cara surcada y endurecida por años de esfuerzo, levemente encorvado por
tres décadas de doblarse bajo sacos de café y cajas pesadas, que en tiempos
muy lejanos había soñado con un trato mejor para los estibadores y de vez en
cuando, con la tercera o cuarta cerveza, había hablado de Gompers y la
abortada esperanza de un sindicato honesto en el puerto, pero ahora, cansado,
con la tierna esposa bajo tierra y algo de su brío y su virilidad sepultado con
ella, se conformaba con sentarse en la escalera, dejando que la cerveza le
bajara por la garganta como un río fresco, riendo de los puntazos ladinos y los
chistes de Runty Nolan.
—Hombre, si no es otro que el hermano Malloy —voceó Runty con la
risa irreprimible que años de palizas no habían logrado silenciar. Runty
siempre se cuidaba de llamar «hermano» a los muchachos de Friendly, e
infaliblemente ellos reían o sonreían del peculiar ingenio con que Runty
Nolan dejaba claro para todos qué pensaba de la hermandad sindical de la
especie Friendly.
—Qué hay, muchachos —dijo Charley afablemente. No soportaba a
Runty Nolan, ese chistoso marinado siempre en busca de problemas; como
era pequeño y algo cómico siempre le perdonaban todo. Y no es que Charley
se alegrara más de ver a Pop Doyle. Había en Pop una resistencia serena que
si uno era sensible podía irritarlo un poco. Mi problema, pensó Charlie, es que me tomo estos asuntos a pecho. Ya hace ocho años que estoy con Johnny y
me los sigo tomando a pecho. Tendría que estar en el ayuntamiento, cogiendo
el botín con mucho menos trabajo sucio. Solo ir besando críos de varias
edades y embolsándome lo mío. Un día. Tal vez un día él llegue a ser
inspector. Tal vez hasta inspector de policía. Como Donnelly, el viejo chófer
de Friendly en la época del contrabando. Ahora Donnelly era inspector de
Seguridad Pública y le iba de maravilla. En Bohegan funcionaba así. Al otro
lado del río, en la gran ciudad, era mucho más complicado. Un fiscal de
distrito podía gozar de la hospitalidad de Tom McGovern y prosperar en la
ribera, pero nunca sería un farsante consumado como Donnelly. En Bohegan
uno tenía su oportunidad. Ah, Pop Doyle, pensó Charley: cuánto esfuerzo y
cuánto padecimiento escritos indeleblemente en esa triste cara irlandesa. Y
ahora más padecimiento. Y Charley el Caballero, un sujeto suave y sensible
salvo por una inextirpable mácula de latrocinio en el corazón, tenía que ser el
mensajero.
De repente se abrió una ventana del segundo piso y una mujer maciza
apoyó en el alféizar los brazos gordos y formidables. La estridente barahúnda
de la calle no lograba apagar su aguda voz nasal. Ni el silbato chillón de un
ferry a punto de atracar prevaleció sobre la señora McLaverty.
—¡Michael! ¡Michael! ¡Si tengo que llamarte de nuevo, va a ser a
correazos!
En la calle un chico volvió hacia la ventana agresora las pecas untadas en
sudor de stickball.
—Jo, mamá. No se ha acabado. Déjame diez minutos más.
Cuidando de que su resplandeciente abrigo de pelo de camello no rozara
la sucia puerta del vestíbulo, Charley entró en la penumbra de la casa de
vecinos. Era una de esas burlas de barrio con las pretensiones modernas de la
ciudad. Solo un arreglo bajo cuerda entre el propietario y un mandadero del
inspector de vivienda podía haber salvado aquel edificio de que lo condenaran
unos quince años antes. Las grietas, manchas, comentarios diversos, protestas
y saludos de una larga serie de ocupantes que llenaban las paredes de la
escalera conformaban una suerte de estrato arqueológico de comunicación
primitiva entre inquilinos. La preparación de al menos media docena de
comidas diferentes en una colmena de cuatro pisos difundía por los pasillos
un aroma cálido, agridulce, que Charley solía asociar con la vida de la cual se
había escabullido. Y luego la confusión de sonidos, el griterío, un bebé
llorando, un mocoso atizando a uno más pequeño, contragolpes y berridos a la
vez, y la madre desquiciada amenazando con zurrar a los dos, y un matrimonio gritándose en un debate continuo de afirmaciones y negaciones
inconclusas, la fusilería en estacato de un melodrama radiofónico, y los
Murphy, tortolitos eternos aun en la madurez, riéndose de todo
invariablemente juntos, y alguien escuchando a Frankie Lane a toda pastilla,
«Mi corazón timador… no puede vivir sin ti-i-iii…».
Era estrepitoso, invasor, insalubre y muchos in más, pero convengamos en
que era una vida. Era una parte nada insignificante del misterio de la fuente y
el propósito de la comunidad humana.
Charley Malloy intentó evitar que el pensamiento se le internara en las
oscuras cavernas de aquel misterio. Con la actitud algo distante de un agente
de seguros que examina a un cliente herido, subió pesadamente las escaleras y
en el tercer piso se detuvo molesto consigo mismo por haber perdido el
aliento. Tenía que retomar el balonmano. A los treinta y cinco no se podía
estar en esa forma. Quizá fuese hora de hacer dieta. El médico decía que le
sobraban diez kilos. Todo el país estaba gordo. Se lo pasaban a lo grande.
Salvo los consumidos como Pop Doyle. La mayor parte de Pop Doyle se
había hecho sudor y había empapado el suelo de las bodegas. Como un agente
de seguros, Charley Malloy subió fatigosamente el último tramo de escalera
hasta la azotea. Solo que en este caso el accidente aún no había ocurrido.