La ley del silencio

Budd Schulberg · Capítulo 4 de 28

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La ley del silencio

Capítulo II

 

Por las azoteas de las casas de vecinos se podía ir a pie desde Dock Street

hasta Ferry Street, aunque el trayecto no era llano sino de altura variable, con

un edificio de tres pisos a menudo incrustado entre dos de cuatro, y estos

incluso tan desiguales que una manzana de tejados adjuntos parecía un gran

escenario de niveles múltiples. En los últimos años habían brotado antenas de

televisión con tal abundancia que allí se andaba como en un bosque de ramas

de acero. Y entre las antenas había más ropa colgada, y en casi todas las

azoteas había un palomar, porque en Bohegan las carreras de palomas seguían

siendo uno de los deportes predilectos, y es que le permitía a uno expandirse

por encima de la barriada de ladrillo y cemento y más allá de sus confines. La

bandada de bellezas belgas se elevaba al cielo ilimitado y, si la vida diaria del

vecindario era polvorienta, sudorosa y monótona, al menos allí en la azotea,

por medio de las aves, uno podía alzarse a un mundo más libre y más limpio.

Al final de la escalera Charley paró un momento a observar a su hermano

menor, que estaba al borde de la azotea con un largo palo en la mano. En la

punta del palo, como una improvisada bandera de rendición, había una tira de

unos veinte centímetros de sábana destinada a ahuyentar a las palomas para

que no cesaran de entrenarse. Así que unas treinta volaban y volaban en un

gran círculo aleteante, no dispuestas detrás del jefe en una pauta de escuadra,

como los patos o los hombres, sino dispersas en un grupo natural.

Charley se quedó un momento mirando cómo Terry disfrutaba al verlas.

Cumplía el rito dos o tres veces al día; las palomas batían las alas hacia río

abierto y luego, en un balanceo, trazaban un arco de medio kilómetro para

arrojar sus sombras a treinta kilómetros por hora sobre los edificios del barrio,

sobre los bares, las desvencijadas pensiones de marineros y la sordidez de las

calles, inconscientes ellas de los humanos de abajo y los humanos conscientes

de las palomas, sobre todo como motivo de un manido chiste escatológico.

Para Terry Malloy, sin embargo, era su visión predilecta, una satisfacción

inagotable. «¡Pero mira las mariconas!», se decía con reverencia, alargando la o cuando soltaba la voz. «¡Pajaritas mías, jo, la mejor bandada de currantes

del barrio!».

Palomas, pensó Charley, cosa de chavales. ¿Cuándo iba a crecer? Ya tenía

veintiocho años. Tal vez le habían dado una de más en la cabeza cuando era el

Orgullo de Bohegan. ¡Menudo orgullo! Miradlo ahora, lo más prometedor

salido de la ciudad desde que Amon el Camión había tumbado a Joe Louis

cuando la gira del Boxeador del Mes. Hombre, al menos hoy el Camión se

gana los garbanzos como matón de Johnny Friendly, pero este chico ¿qué?,

un adulto que nunca creció del todo, la nariz chata, los ojos un poco

hinchados de tanto puñetazo, un chico guapo salvo por la nariz y las

cicatrices, siempre viendo en Charley a un padre porque el padre de verdad,

olvidado de que era padre, se había perdido en algún paraíso suburbano y,

hasta donde Charley y Terry sabían, no estaba vivo ni muerto. Lo único que

les había dado en la vida era el apellido Malloy. Charley tenía que dedicarse

al chanchullo y usar la cabeza. Y cuidaba al chico, Terry, cuando podía. Claro

que ¿cuánto podía hacerse por un chico así, todo el día agitando aquel palo

idiota a las puñeteras palomas? Y luego el par de vecinitos en tejanos y

sudaderas de baloncesto con el «Golden Warriors» escrito en letras de molde

en la espalda, un par de candidatos al reformatorio llamados Billy Conley y

Jo-Jo Delaney, que lo ayudaban con las palomas y lo miraban como si fuera

algo grande y no el mero Terry Malloy, un boxeador que había tenido su

momento pero al que ahora los jefes del barrio solo aceptaban porque tenía la

suerte de ser hermano de Charley el Caballero.

Charley se acercó a Terry y habló en voz baja, pero la inesperada

presencia a sus espaldas sobresaltó al chico —como seguían llamándolo casi

todos—, que se giró rápidamente.

—Hombre, Charley, no te había oído.

Bajó el palo y la jefa de la bandada, una manchada azulina henchida de

importancia, trazó un círculo y fue a posarse en el techo del palomar,

suavemente seguida por todas las otras.

—Ya casi las tengo en forma para la carrera de Washington —dijo Terry

—. La última vez quedé duodécimo. Del barrio, el primero. Me llevé

doscientos pavos de las apuestas.

—Podrías haber sido undécimo y hasta décimo si Swifty hubiera entrado

en la caseta a tiempo con la bandada entera.

—Tiene esa mala costumbre —dijo Terry, como reacio a admitir

cualquier defecto en su premio.

Charley miró las palomas, aburrido.

—A ahuecar, chavales —les dijo a los dos Warriors—. Tengo que hablar

con Terry en privado.

Los muchachos se retiraron con una hosca obediencia de soldados. El

prestigio de Charley en el barrio era parecido al de un asistente de general. Un

día aquellos chavales querrían encargos de la única organización con futuro

en las orillas de Bohegan.

—Buenos chicos —dijo Terry cuando se fueron. Lo hacían sentirse bien.

Le preguntaban por las peleas en el Garden. La noche que había sacado a

DeLucca del ring con un tremendo gancho de izquierda. Los jeques de

Brooklyn habían creído que DeLucca prometía hasta ver cómo él le ponía la

etiqueta. A Terry le gustaba que los muchachos le preguntaran por DeLucca.

O le pidieran consejos sobre cómo lidiar con los Blue Devils. Buenos chicos.

—Gansos —dijo Charley—. Los chicos de este barrio salen cada vez más

tontos.

Pero viendo que Terry lo miraba sin entender —con cierta inexpresividad

paciente que asumía cuando él se le adelantaba demasiado en el pensamiento

— le habló directamente del motivo de la visita.

Querían hablar con Joey Doyle, dijo, y ese querían podía referirse a

cualquiera de Johnny Friendly para abajo. Pero Joey había estado muy

despierto. Desde sus visitas a la Comisión contra el Delito, cuando había visto

a Sonny siguiéndolo, no había vuelto a salir de noche salvo protegido por tres

estibadores jóvenes de los duros. Johnny quería encontrarlo solo. Era muy

importante hablar con él. Antes de que Joey hiciera una tontería. Pues bien,

Charley tenía una idea. Eso se esperaba de él, que tuviera ideas. Echó una

mirada a las palomas. Unas cuantas se habían metido en la caseta y ya

arrullaban y susurraban en el complejo ritual de prepararse para la noche.

Joey Doyle también criaba palomas. Entre él y Terry había una rivalidad

amistosa desde hacía años. Una piratería amistosa. Había el viejo truco de atar

un trocito de cinta a la pata del jefe. Las palomas son curiosas incorregibles.

A veces una paloma de una escuadra rival seguía aquella cinta hasta el

palomar de uno. Con ese método Terry se había hecho con algunas muy

bonitas. Ejemplares del ejército o premiados que se habían desviado. En las

carreras de larga distancia cientos de palomas se extraviaban. A veces seguían

a otras a casa. Terry se lo había contado a Charley en alguna oportunidad y

Charley no le había hecho mucho caso porque pensaba que aquello de Terry

con las palomas era una pérdida de tiempo, cosas de niños. Una de aquellas

cosas que lo ayudaban a no crecer. Veintiocho años y ningún empleo estable

y ninguna salida en los muelles, donde se podía vivir con facilidad si uno echaba dos o tres líneas. No había excusa, sencillamente no había excusa para

no ganarse cuatro o cinco billetes a la semana. Un poco de iniciativa, eso era

todo. Charley no era un ambicioso, un lince nato como Johnny Friendly. Pero

gracias a Dios tampoco era un vago, no andaba dando tumbos como ese pobre

gandul de su hermano, demasiado lerdo para escapar de la lluvia y, la mitad

de las veces, para saber siquiera si estaba lloviendo o no. ¿Habían sido los

golpes? Difícil saberlo. Terry ya estaba tocado antes de que aquellos hilitos de

sangre se le llevaran la razón y los reflejos. Tal vez tuviese algo que ver con

la muerte de la vieja. Entonces Charley tenía dieciséis; Terry, apenas nueve.

Se lo había tomado muy mal. Durante un par de años habló muy poco. Los

médicos empleaban una palabra elegante. Uno se siente por dentro tan

engañado y tan mal que no responde a nada.

Solo gracias al boxeo Terry había salido un poco de sí mismo. En poco

tiempo había dejado atrás a los otros chavales y tenía cierta posición. Todo el

mundo necesita una posición. Allí va Terry Malloy, el boxeador; una posición

es eso. Algo en particular que uno hace o uno es. En la pocilga donde lo

habían encerrado, Hogar Saint Joe se llamaba, se pulía a los de quince cuando

solo tenía once. Aquello le había dado un asidero. Todavía se lo daba, un

poco; la forma de acomodar los hombros al andar, de mover las manos, lo que

sentía por dentro y la breve estela de admiración que dejaba a su paso cuando

taconeaba por River Street. «Ese que va por allí es Terry Malloy. Era un

boxeador de primera».

—Se me ocurre que si le dices que tienes una de sus palomas quizá suba a

la azotea, y así un par de muchachos pueda cambiar con él unas palabras —

dijo Charley.

Terry frunció el ceño. Aún tenía que vendar unos pichones y limpiar el

palomar; después había pensado jugarse un billar con Chick y Jackie y luego

pasarse por el Friendly Bar, beber unas cervezas y mirar la pelea por la tele.

Un problema de los negocios de Charley y Johnny era que los hacían trabajar

todo el tiempo. Día y noche había un asunto del que ocuparse. Esa es la pega

cuando uno se hace demasiado grande. Siempre hay que atender a algo o

alguien.

—¿… seguro de haber entendido bien? —estaba diciendo Charley.

—Sí, sí, hombre, vale —dijo Terry—. Suena un poco trillado, pero…

—No eres tú quien debe razonar por qué.

—¿Cómo? ¿Y eso qué es?

—Poesía. Kipling, me parece.

—Tú y tu jerigonza —dijo Terry, orgulloso de la inteligencia y la cultura

de Charley—. En serio, Charley, cuando te montaron a ti pusieron una lengua

de más.

—Y es una suerte —dijo Charlie—, porque siempre he tenido que hablar

por los dos. —En imitación semiconsciente de Johnny Friendly, le dio a Terry

dos palmaditas afectuosas en el hombro—. Bueno, ponte con eso. Y nada de

haraganear. Para Johnny es importante; de la mayor importancia. Dile que lo

encontrarás en la azotea y vete al bar. Yo te estaré esperando.

—De acuerdo, de acuerdo —refunfuñó Terry. Era como un niño que el

padre manda a la cocina a ayudar a la madre con los platos. Estaba perezoso y

la tarea era una lata, pero ¿cómo te apartas de algo así?

Charley miró a su alrededor una vez más y fue hacia la abrupta escalera.

—Jesús, qué mugre hay aquí arriba.

—¿Y qué esperas, la terraza del Waldorf Astoria?

—Supongo que si eres cerdo la pocilga te parece limpia —dijo Charley

con tacto—. Nos vemos, campeón. No haraganees. Y, por cierto, hay diez

pavos para ti.

El inmaculado abrigo de piel de camello, incongruente en la azotea

moteada de mierda de palomas y hollín de las fábricas cercanas, desapareció

por la escalera. Un bocinazo áspero y estridente del United States, que en

medio de la corriente se balanceaba rumbo al estrecho, hizo olvidar a Terry

por un momento qué era lo que tenía que hacer. Caray con los pilotos; cómo

le habría gustado aprender algo así. Había solo cien en todo el puerto y

ganaban un promedio de cincuenta pavos la hora. Veinticinco mil al año solo

por timonear un barco. El inconveniente era que, con tanta presión, al cabo de

un tiempo la mayoría perdía la chaveta. Pero siempre estaba la pensión

esperando y mientras tanto no era poco subir al United States o al Liberté y

recibir el mando del propio capitán. Y bien, ahora el Liberté es tuyo y como

un fueraborda lo llevas por el canal principal y luego por el Ambrose hasta

dejar atrás las luces. «Vale —dices entonces—, desde aquí es fácil. Ningún

problema, todo mar abierto». Luego miras al fulano, todo galones y cintas, y

dices: «Oye, creo que desde aquí te las puedes arreglar solo».

La bocina del barco volvió a propagar su canción estruendosa y

melancólica por el cañón acuático que corría entre la margen este y la oeste;

su canción torva y doliente. Terry se pasó rápidamente los dedos desde el

labio superior hasta la nariz, un vestigio de cuando en las peleas le sangraba la

nariz y tenía que usar el guante como pañuelo. Detrás de él las palomas,

criaturas convencionales de maneras disciplinadas, se habían posado en perchas a las cuales las habían asignado la costumbre y algún intercambio

breve pero violento. El arrullo era ahora más bajo y acorde con la noche.

Terry metió una mano experta en la caseta y agarró el ave más cercana,

cuidando de cogerla desde arriba, abriendo la palma sobre el dorso, de un ala

a otra, para que se le tendiera dócilmente en la mano y no perturbara a las

otras. Se la guardó debajo de la cazadora a cuadros rojos y negros.

Maldita 447, pensó. Tarde o temprano se metían en todo, hasta en esa

bandada de palomas que era suya y de nadie más.

Al llegar al rellano del tercer piso encontró a Billy y Jo-Jo al pie de la

escalera, echando monedas al aire en un juego de suertes improvisado.

—Eh, Terry, ¿adónde vas?

—Al estadio de los Yankees. Peleo contra Marciano.

—No jodas, Terry, ¿podemos acompañarte?

Y Jo-Jo:

—Venga, Terry, vamos contigo.

Le gustaban aquellos chicos. Buenos, duros. Capaces de lo que fuese por

él. Siempre le hacían recadillos. Era para ellos lo que Johnny Friendly era

para él. O McGovern para Johnny Friendly. Así era la cosa allí. Había que

tener alguien a quien admirar. Había que tener a alguien que lo mirase a uno

desde arriba.

—Perdeos —dijo Terry, con humor, y bajó las escaleras acariciando la

cabeza de la paloma para mantenerla en calma bajo la chaqueta.

Los chicos se sonrieron el uno al otro, contentos con la familiaridad cálida

del comentario de Terry, y siguieron con su juego.

Terry dobló la esquina y por un callejón angosto salió a un patio que una

docena de edificios usaban como práctico depósito de latas y periódicos

viejos. Con previsión y cuidado, o con simple sentido común, aquel baldío

desperdiciado se habría podido convertir en patio de juegos para los niños,

pero cubierto de desechos como estaba era un monumento al abandono

cívico, o la desesperación, como quieran ustedes. Un par de gatos

semisalvajes y hambrientos rondaban las latas. A esas horas el Hudson estaba

negro como un río de petróleo, y parecía no menos lento y espeso. Pero el

inquieto ir y venir de barcos no cesaba. Dale la vuelta y sácalo mar afuera.

Carga más movimiento igual a dinero. Y el puerto era una puta codiciosa. El

puerto era Hetty Green con músculos.

Terry estaba casi debajo de la ventana de Joey cuando a lo lejos oyó que

alguien cantaba en un tono desafinado y terrible. Algún borracho, un trompa

amargado que alzaba la voz picada de whisky en un concierto no requerido:

Tipi tipi tin tipi tim

Tipi tipi tan tipi tam…

 

Por Dios. Los tíos que corren por este barrio. Como dijo uno, quizá

Charley, Bohegan es el culo del universo y el centro de Bohegan es París

comparado con el puerto. Los mismos muelles tienen un atraso de treinta

años. Los pilotes se han podrido. Escorias humanas vagan de bar en bar

buscando algo que no encontrarán nunca porque no tienen la más puñetera

idea de qué es. Tipi tipi tin, ¿qué mierda de canción es esa? Si el pringado

quiere cantar que al menos cante Galway Bay o alguna así. Galway Bay era

una canción de fábula. Ese enano payaso, el engreído de Runty Nolan, cuando

le salía de los huevos, hacía una Galway Bay de lujo.

Terry alzó la mirada hacia la ventana de Doyle pero la ropa colgada y las

rejillas de las escaleras le obstruían la visión. Metió la mano en la chaqueta en

busca de la paloma. La sintió tibia y apacible. Ojalá no hubiera tenido que

llamar a Joey. Con Joey se entendía de lo más bien. Siempre burlándose de

sus palomas, que eran unas lelas de parque y bromas así. Joey se reía. Tenía

sentido del humor. Costaba imaginarse a un chaval como él metiéndose en

tanto lío. Con mala nota en el libro de Johnny y Charley. Por agitador. Por

hablar en los bares de lo que veía mal en el sindicato. Cincuenta años detrás

de todos los sindicatos de América, decía, escupiendo lo que le había

enseñado su tío Eddie. ¿Qué se ha hecho de nuestra antigüedad? ¿No hay un

plan de retiro decente? ¿No hay un sistema de contratación que no se base en

los favores de un jefazo de Sing Sing? ¿No hay elecciones generales aquí?

¿Dónde está la contabilidad de los cinco mil que pagamos cada mes en

cuotas? Y dale que dale con la cháchara. Algunos le discutían. Los que tenían

trabajo estable gracias a Johnny y Charley. Otros agachaban la cabeza, nada

más, e intentaban cambiar de tema por el de los méritos respectivos de Mays

y Snider.

Una vez, escuchando a Johnny cotorrear sobre los viejos y cómo a los

sesenta años el ferrocarril o la mina cuidaban de ellos porque las

organizaciones aquellas les daban en prestaciones lo que les habían cogido en

cuotas, Terry no aguantó más y al fin le preguntó:

—¿Y a ti qué te importa, Joey? No lo puedo entender. Tienes apenas

veintitrés tacos. Como trabajador eres bueno. A tu viejo no le va nada mal.

Con solo cerrar el pico tendrías trabajo a montones. ¿Tú qué te preocupas por

una sarta de tarugos que van por la vida a los trompicones? Cuídate de tus

cosas, tío.

Y Joey respondió:

—Existe lo bueno y existe lo malo, Terry. Coger nuestro sindicato y

dirigirlo a punta de pistola, como hace Johnny, está mal. Y si aquí hubiera

más sujetos con un poco de valor, se atreverían a gritar que está mal.

Joey Doyle debía de estar loco. Terry se había tenido que alejar. Hablar

así no era bueno para la salud, y encima en el Friendly Bar. Guapo el chico,

muy pulido, pero testarudo, lleno de esas ideas que te pueden valer un tiro en

la cabeza.

Terry ahuecó las manos y gritó hacia arriba.

—¡Joey! ¡Eh, Joey Doyle!

En el tercer piso se abrió una ventana y Joey atisbó con cautela por

encima del antepecho.

—¿Terry? —Intentó ver la figura de pie en el patio vacío. Sabía lo que era

pelear con los Johnny Friendly. Los polis hacían la vista gorda. El

ayuntamiento hacía la vista gorda; la ciudad entera. En cuestiones de

protección, la ribera era huérfana. Uno estaba entregado a su suerte. Su padre

le había rogado que se calmase. Los amigos le advertían que no saliera—.

¿Qué quieres, Terry?

Terry metió la mano bajo la cazadora y mostró la paloma. El pájaro estaba

asustado y al sentir el aire intentó soltarse. Se las arregló para liberar un ala y

batirla con furia. Terry la retuvo firmemente por las patas y con la otra mano

le bajó el ala con autoridad.

—¿La ves? —gritó entre las lacias coladas chillonas—. Es de las tuyas.

La reconocí por la cinta.

Joey se asomó un poco más. Tenía esa cara irlandesa joven, pecosa,

levemente rellena y agradable que suele asociarse con los coros infantiles.

—Déjame verla. Puede que sea Danny Boy. En la última carrera la perdí.

Terry estaba actuando sin pensar. Hacía lo que le habían dicho.

—Siguió a las mías hasta la caseta. Ten, ¿la quieres?

Era un detalle de Terry ir a devolverle el pájaro. A Joey le había dolido

perder a Danny Boy. Tenía planeado aparearla con una muy rápida, Peggy G.

Estuvo a punto de decir que en seguida bajaba. Pero llevaba dentro la

vigilancia animal de los muelles de Bohegan y las palabras se negaron a salir.

También en Terry había un instinto de ratón; sin necesidad de pensarlo,

añadió:

—La subiré al altillo. Espérame allí.

Como en la de Terry, las palomas eran el elemento apacible y satisfactorio

en la vida de Joey Doyle, y lo tranquilizaba ver el pájaro firme y esbelto en manos de Terry y oír la mención del altillo, única huida de la inmediatez

lacerante de la ribera.

—Vale, vale —dijo—. Te veo en la terraza.

En cuanto Joey se retiró de la ventana, Terry retrocedió un par de pasos y

soltó el palomo. El pájaro alzó el vuelo sin rumbo, rozando las coladas etéreas

en un torpe vuelo nocturno. En la azotea, Terry vio la silueta de un par de

tipos corpulentos vestidos con traje de negocios esperando a su presa en la

oscuridad. Eran dos matones, Sonny y el Gafas, y esperaba que no le dieran a

Joey demasiada leña. Ojalá Joey usara la inteligencia y se enderezara. Así

eran las cosas y así serían siempre y había que ser adoquín para enfrentarse al

montaje o pensar de otro modo. Si Joey se quería fastidiar, Terry no iba a

desvelarse. Retrocedió por el callejón como un cangrejo, y con el instinto de

un cangrejo para esconder la cabeza.

Detrás, el disco rayado graznaba su miserable endecha de musical.

Tipi tipi tin tipi tim

Tipi tipi tan tipi tam…

 

Dios mío, estos borrachos de aquí te pueden poner de los nervios. La

forma astrosa, bamboleante, avanzó dando tumbos y con una oleada de

disgusto Terry reconoció a Mutt Murphy, un estibador sin un brazo, cocido en

whisky barato, que como un señor empezaba el día por la tarde, hacía la ronda

de los bares (por lo general, después de unas rápidas arcadas) hasta después

de medianoche y se dejaba caer en el vestíbulo o el sótano de algún edificio.

Hacía unos diez años que Mutt se había dejado el brazo entre dos cajones

de embalaje. Desde entonces vagaba por ahí farfullando por la indemnización

y gorreando copas. Terry había oído el melodrama y recibido en la cara el

aliento fétido demasiadas veces. En cuanto Mutt tomaba contacto con

quienquiera que se le cruzase en el tambaleante camino, automáticamente

disparaba el brazo izquierdo, con la palma hacia arriba, en el clásico gesto a la

vez avergonzado y agresivo de los mendicantes.

—Veinticinco centavos. ¿No te sobran veinticinco centavos para un

lisiado de la 447?

—Anda, largo de aquí —dijo Terry apartando a la ruina humana de un

empujón.

Ser apartado era para Mutt una experiencia cotidiana y constante que no

lo desalentaba ni una pizca. Había aprendido a aceptar el mamporro y el

empujón como forma esencial de contacto con los habitantes de la ribera entre

quienes y al margen de quienes vivía. Sin esos signos de atención de los

transeúntes, si no de afecto, la vida le habría sido insoportable.

—Veinticinco centavos… ¿No hay veinticinco centavos para una taza de

café?

—No me vengas con cafés, si estás como una cuba.

Irritado por la negativa de Mutt a largarse, y nervioso por lo que le pasaría

a Joey en la azotea, Terry se echó adelante y le escupió salvajemente a Mutt

en la mano alzada. Mutt retrajo la mano indignado y se limpió el escupitajo en

la manga del muñón. Pareció como si la violencia del gesto le hubiera puesto

a la vista la figura nervuda y fanfarrona del joven.

—Terry, cómo no me di cuenta. —Enderezándose un poco, volvió a

limpiarse la mano, ahora en los sucios tejanos gastados—. Gracias por nada,

tío.

—Piérdete —murmuró Terry, mirando cómo el borracho manco se

desvanecía en la niebla del anochecer.

—Tipi tipi tin… —El vagabundo retomó su canto tosco y mustio, una

especie de rito privado, como si en un rapto revelador hubiese encontrado un

himno para su vacuidad.

Terry echó una última mirada inquisitiva a la azotea donde Joey ya debía

haber entablado una conversación grave con Sonny y el Gafas. Luego se frotó

la nariz con los dedos, otra vez como los boxeadores, y con paso oscilante y

ligero, moviendo los hombros, echó a andar hacia el bar y asador Friendly, en

la esquina de River con Pulaski.