La ley del silencio

Budd Schulberg · Capítulo 5 de 28

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La ley del silencio

Capítulo III

 

 

Cuando Terry Malloy alcanzó el final del callejón, y salió a River Street, ya

se las había arreglado para quitarse de la cabeza a Joey, a Doyle y a la

paloma; tal vez, sin que él tuviera conciencia, el asunto se había compactado

y enterrado en la espesa maraña de impresiones no del todo claras que era su

mente. Terry ignoraba el lujo de la expectativa y el dolor de la contrición y el

repaso. A veces, dándose golpecitos en la cabeza, riendo, los vaqueros de la

esquina sugerían que era corto. Pero la incapacidad de Terry para cuidar de sí

mismo o experimentar otra cosa que no fuese placer inmediato solo se debía a

la pereza.

Uno comía, dormía, bebía o copulaba, uno iba al cine o echaba una

partida de billar, y cuando no tenía más remedio uno trabajaba, y en el trabajo

más fácil que pudiera encontrar, para meterse unos dólares en el bolsillo. Esa

era la existencia diaria de Terry Malloy. Johnny Friendly llamaba a cada uno

por su nombre. Generalmente, uno se iba con suficiente pasta o crédito para

entromparse la noche del sábado. Siempre encontraba una zurrona que subiera

a su habitación y lo ayudara a vaciar el caldero. ¿Qué más se podía pedir?

¿Qué más? ¿Qué otra puñetera cosa se podía pedir?

Con ese sentimiento, pleno de vida a su mortecina manera, entregado a sí

mismo y a merodear, listo para correr, morder o arrancar algo, atento al

minuto pero sin sentido del tiempo ni del apremio, Terry anduvo con paso

firme a lo largo de los bares de River Street. Había casi media docena por

manzana y todos medraban con cervezas de quince centavos y chupitos de

treinta y cinco; aquí y allá una gramola retumbaba con los Honeydreamers o

los Four Aces: «Qué solo me siento cuando no estás tú…». En otros bares los

televisores, que habían desalojado la vieja charla sin rumbo, atraían las caras

de los habituales hacia un solo punto y las fijaban con tal rigidez que, cada

uno acunando su cerveza, parecían filas de muñecos de cera vaciados de

personalidad.

A no ser por la presencia de aquel invento singular, hacía generaciones

que los salones no cambiaban; muchos, de un siglo de antigüedad, tenían mostradores de caoba pulidos por el tiempo, elegantes espitas y rieles de latón

que habían soportado los pesados pies de los abuelos de los parroquianos de

hoy. Tampoco los hombres que se cruzaban con Terry en la calle habían

cambiado de estilo. Había algo en la ribera que se resistía porfiadamente al

progreso y aun al cambio. Como en los días del buque de vela, la calle que

bordeaba el río estaba poblada de hombres como toneles, curtidos por el aire

marino y el alcohol, membrudos, con suéteres, zapatones y gorra ladeada. Se

esforzaban mucho y llevaban a casa licor, y la indefectible paga a la esposa,

tambaleándose entre los eventuales que solo aceptaban suficiente trabajo para

pagarse lo que fuese que bebieran en busca de tranquilidad y olvido.

Terry saludó a uno y lanzó un directo a otro y muy pronto había llegado al

Friendly Bar de la esquina con el muelle B. El Friendly no tenía nada de

especial; se parecía a casi todos los demás antros de esa calle: ventana de

lámina de vidrio con estor verde medio bajo, para que las mujeres no

detectaran a los maridos tarambanas, una hermosa barra labrada a la antigua

manera rococó y, alrededor, incongruentres y sucias paredes de chapa

corrugada marrón decoradas con fotos de boxeadores, beisbolistas y desnudos

de calendario. Algún que otro letrero chistoso, «En Dios confiamos… Sin

salvedades», «Se ruega a las damas cuidar el lenguaje; este establecimiento es

frecuentado por caballeros», y un salón posterior para pasteles grandes y

pequeños. Eso era el Friendly Bar, un puesto de mando engañosamente soso

para el sector portuario de Bohegan.

Aunque Johnny Friendly (o su cuñado y secuaz Leo) no pagaba alquiler

por la esquina contigua al bar y asador, se la consideraba parte integral del

establecimiento. Allí siempre había alrededor de una docena de muchachos de

Friendly apoyados en la farola o la ventana, hablando de trabajo o de deportes

o haciendo algún negocio. De JP Morgan, figura familiar en la esquina, de

orejas de murciélago y morro de comadreja, reacios estibadores aceptaban

préstamos de cincuenta o cien dólares pagaderos a la generosa tasa del diez

por ciento semanal, lo que no sonaba mal del todo hasta que uno recordaba

que ese diez por ciento era acumulativo, y que, si uno no iba con los cien la

primera semana, la segunda el diez por ciento del interés era sobre ciento diez

dólares, y así hasta que uno se veía pagando el treinta o el cuarenta. Si te

rezagabas mucho, JP te derivaba a un mandamás, Big Mac o McGown o

Castañas Thomas, para que te pusiera a currar. Como el deudor debía

entregarle el salario a JP, que lo recogía directamente en la oficina de pagos,

no había posibilidad de que el borrachín se lo llevara a la esposa antes de que

JP(en realidad Johnny Friendly) cobrase lo suyo. De modo que una manera segura de tener empleo (a la larga) era cooperar con la banca callejera JP

Morgan.

El balance financiero del régimen laboral del puerto pivotaba sobre un

fulcro nimio pero vital como JP. La mayoría de los trabajadores se pasaban la

vida endeudados; los sábados por la noche se gastaban hasta el último dólar

del bolsillo y cada lunes empezaban desde cero o menos. El préstamo usurario

y la mecánica de dos o tres trabajadores por puesto, que mantenían una

población flotante de hombres inseguros y hambrientos, eran los dos dientes

del poder de Johnny Friendly en Bohegan. Y fundaban el poder de los

patrones de los muelles en Port Newark, Staten Island, Red Hook y todas las

secciones de un puerto dividido en una docena de operaciones autosuficientes,

multimillonarias, llevadas a cabo según el tácito entendimiento de unos

ejecutivos del submundo que se referían a sí mismos como dirigentes

sindicales. A esos señores de la ribera les sonreía el presidente de la

federación internacional, Willie Givens; en convenciones del sindicato y

desayunos de comunión Willie se golpeaba el pecho y lloraba de amor a sus

hermanos del muelle, que expresaban la gratitud votándole veinticinco mil

dólares de por vida y una ilimitada cuenta de gastos. El voto era tan ciento por

ciento legal como falso, porque los delegados a las convenciones eran

elegidos a dedo, con la sola y esporádica oposición de algún escandaloso

irrefrenable como Rusty Nolan o un joven parlamentario serio como Joey

Doyle. La flor y nata disipaba el resentimiento en un humor soterrado;

llamaba al presidente «Willie el Llorón» o «Willie el Centavos» porque sus

acuerdos con la asociación de armadores resultaban indefectiblemente en

aumentos salariales míseros y «Willie Bravura» por su penoso deseo de

complacer a los navieros y los estibadores (y a su altísimo benefactor Tom

McGovern), que le recordaban su agradecimiento con sobres de Navidad que

contenían crujientes billetes de mil dólares. Sí, la Navidad siempre era feliz

para Willie el Llorón; sin embargo, nadie cuestionaba que el motivo de

aquella pizca de corrupción institucionalizada fuera celebrar el nacimiento del

Padre y Salvador de Willie y de Tom McGovern.

Al parecer la distancia entre Belén y la esquina de Pulaski y River Street

era muy grande. Aquí los bolsillos de JP reventaban del siempre pronto

efectivo de Johnny Friendly, y aquí Jockey Brines, un viejo gnomo que como

aprendiz había derrapado en un escándalo ya cubierto de polvo, llevaba un

libro con el que se esperaba que los trabajadores condescendieran. Al menos

no era secreto que Jockey trabajaba para el tinglado junto con JP, Big Mac y Socks Thomas, conocido en familia como «A y L» en honor a la cantidad de

veces que lo habían juzgado por agresión con lesiones.

Tales eran algunos de los que Terry vio en la esquina al llegar a la puerta

del bar y asador Friendly. Recostado en la ventana, esperando tranquilo,

estaba Charley, flanqueado por Amon el Camión, una fortaleza gorda que

según los rumores consumía diariamente tres galones de cerveza, y Gilly

Connors, otro gordo que, animado cierta vez por Charley a manejar cierta

situación usando la cabeza, había dado a la víctima un golpe tan efectivo que

la envió al hospital con fracturas en la nariz y la mandíbula.

Cuando tuvo a Terry lo bastante cerca, con la habitual voz suave, como si

le hubieran diseñado las cuerdas vocales para conspirar, Charley dijo:

—¿Cómo ha salido?

Terry asintió, impaciente:

—Está en la azotea.

—¿Y la paloma? —La voz de Charley apenas se oía.

—Como tú dijiste —rezongó Terry, molesto con la conversación, como si

el simple hecho de eludir el tema pudiera disociarlo de lo que le estuvieran

haciendo a Joey Doyle—. Dio resultado.

—¿Seguro? ¿Lo viste subir? —lo presionó Charley.

—Sí, sí. Dio resultado, dio resultado.

Amon el Camión se golpeó la sien, apretó los labios gruesos y mirando a

Terry asintió con la cabeza como un sabio.

—Tu hermano no para de pensar. Piensa toltiempo.

—Todo el tiempo —coincidió Gilly Connors, el labio inferior salido y

cabeceando, en una serie característica de asentimientos abreviados.

Como no sabía qué más decir, Terry interrogó al hermano con la mirada.

En general esperaba a que Charley marcara el diálogo, pero esta vez lo veía

silencioso y pensativo. Tenía una mirada triste, dulce y distraída, un gesto de

preocupación concentrada. Terry estaba deseando figurarse qué pasaba por

esa mente sesuda, cuando le llegó a los oídos, y a los oídos de todo el

vecindario, porque se oyó en manzanas a la redonda, el sonido más aterrador

que había conocido. Era un grito como el que habría podido surgir de la

garganta ensagrentada de un animal salvaje desgarrado por bestias más

feroces. Un grito, un alarido, un baladro, una plegaria, una protesta, un adiós.

Inconfundiblemente daba voz a la muerte, repentino y violento, como si a

alguien le hubiesen arrancado la lengua de la boca en el instante en que

clamaba contra el acto: un bramido tosco, agudo y descendente ahogado en

dolor.

—Me temo que alguien se cayó del terrado —dijo Amon el Camión,

mirando a Gilly y a Charley en busca de aprecio a su ingenio.

Los moscardones del Friendly salieron en tropel a la calle en dirección al

grito y la puntuación sorda y repulsiva en que había acabado. El único

impertérrito era Charley. El Camión, Gilly, JP y unos pocos más tenían la

expresión en blanco, retraída, como si hubieran bajado la persiana a todo

gesto de piedad o muestra de compasión. Terry los miró y miró la cara

deliberadamente insípida de su hermano. De repente, comprendió lo que le

habían hecho. Había sido una carnada, como la paloma, ignorante y casi tan

inocente como ella.

A la vuelta de la esquina había una creciente babel de voces. Hizo entrada

la sirena de un coche de la policía. Charley, el Camión y Gilly pusieron a

vigilar los ojos cansados y desentendidos. Terry los observaba a los tres. Con

el tono seco y espeso de siempre, el Camión dijo:

—Se creía que iba cantar para la Comisión contra el Delito. Pues no.

Más estupefacto que acusador, Terry le dijo a Charley:

—¿No dijiste que solo iban a hablar con él?

Charley rehuía mirarlo. Tenía la vista fija hacia delante, en los

transeúntes, como si fuese una noche cualquiera. Trataba de ser frío y

empresarial como Johnny Friendly.

—Esa era la idea.

—Creí que iban a hablarle. Intentar ponerlo en cintura. Hacerlo sentar

cabeza. Creí que iban a hablar con él, nada más.

Más que preguntar, Terry tanteaba torpemente en busca de él mismo.

—Tal vez se puso a discutir —sugirió Charley.

—Pensé que como mucho vendrían diciendo «Nos hemos pasado un

poco» —dijo Terry.

—Probablemente se puso a discutir —insistió Charley. Lo dijo en un tono

que cortaba toda discusión. Terry era un chico raro, rudo, un antipasma nato,

pero no un gorila de oficio al estilo Specs, Sonny, el Camión o Gilly. La gente

no comprendía que para evaluar como los muchachos se precisaba sentido de

la organización. Terry era un perro mestizo medio feroz que no se juntaba con

la jauría. Se conformaba con roer cualquier hueso que encontrara en la calle

cuando habría podido robar carne de un camión frigorífico. Difícil adivinar

qué pensaba, difícil confiar, curiosamente. Por eso Charley nunca se había

molestado en tratar de sumarlo a la organización. Muchos se preguntaban por

qué, con los contactos que él tenía, no hacía algo más por su hermano. El porqué estaba en el mismo Terry. No podía hacer un simple favor sin

preguntar idioteces.

—Que lo ablandarían un poco, pensaba yo —murmuró Terry.

—Últimamente ese Doyle le estaba trayendo al jefe muchos problemas —

dijo el Camión en tono recto, casi remilgado. Para el Camión Amon, nacido y

educado en Bohegan en el respeto a los puños y el poder, el menor reto a la

autoridad de Johnny Friendly era una afrenta a su sentido del orden. Johnny lo

había hecho y Johnny podía romperlo. Estaba en la nómina por un billete,

media semana y lo que se las ingeniase para robar. Era todo lo que sabía y

cuanto necesitaba saber.

Terry seguía monologando. Charley lo vigilaba de reojo. ¿Por qué se

carcomía ese chico? Tal vez habría tenido que pintarle todo el cuadro. Pero no

convenía a la seguridad. A cada cual dile solamente que ha de saber hacer lo

que tú le digas que haga, solía repetir Johnny Friendly. Como muchos

mafiosos de éxito, Johnny habría sido un muy buen comandante de división.

Y bien, ¿cómo iba él a confiarle a Terry todo el cuento? No había imaginado

que iba a darle la lata. Terry sabía que en ese negocio había que encargarse de

ciertas cosas. Hasta allí tenía que saber.

—No era mal tío, ese Joey —dijo Terry entre dientes.

—No, para nada —dijo Charley.

—Solo un bocazas —dijo el Camión.

—Locuaz —dijo Charley.

—Sí, locuaz —secundó Gilly, contento con el sonido de la palabra.

—No era un mal tío —Terry no podía parar. Tal vez si hubiera sabido que

su función era hacer salir a Joey para que lo escabecharan, si le hubieran dado

un rato para hacerse a la idea, habría estado todo bien. Joey se la había

buscado, no había duda. Así que él mismo tenía la culpa. Eso Terry lo

reconocía. Pero le disgustaba que no le hubiesen dicho nada a él. Como si

hubiese sido demasiado tonto para confiarle la tarea poniéndolo antes al

corriente. Era eso lo que le repugnaba. Suponía que era eso. Lo cierto es que

se sentía mal. Antes de que Charley fuera a buscarlo a la azotea se había

sentido bien, con su buen ánimo de siempre, pero ahora tenía como un dolor

de estómago en la cabeza, algo parecido al zumbido y la pesadez de cuando

un rival te metía una combinación en la mandíbula y la oreja, y sabías que

estabas tocado y necesitabas cubrirte hasta poder sacudir la cabeza y aclararla.

En la esquina todos miraban hacia la azotea de donde Joey había caído

involuntariamente al patio sucio.

—Puede que supiera cantar —dijo el Camión con ingenio gutural—, pero

volar no sabía.

—Está claro —tronó Gilly, con nuevos y abreviados asentimientos de San

Vito y una risa de escuerzo.

Mirándolos, Terry volvió a sentir que recibía golpes en la cabeza; era

como si estuviera atrapado en una ráfaga, en el ritmo del otro. Charley le vio

la expresión y pensó que convenía alejarlo de Gilly y el Camión antes de que

empeorasen las cosas hablando de más. Sobre todo el Camión, que no

contento con ser matón tenía que hacer horas extras como humorista.

—Vamos, chaval, te invito a una copa —ofreció Charley, rodeando a

Terry con el brazo.

—Entra tú. Yo iré en un momento —dijo Terry.

—Son cosas que pasan, muchacho —dijo filosóficamente Charley.

—Lo sé, lo sé. Solo quiero tomar el aire —dijo Terry, avergonzado de que

Charley lo viera tan blando.

Charley dudó un momento, se volvió hacia la entrada y con un guiño

indicó al Camión y Gilly que lo siguieran.

Con la mente muy confundida, Terry miró la corriente de paseantes,

estibadores, camioneros, esposas y niños y vagos que iban al lugar del

accidente.