La Mala Semilla

Antonio Aparicio · Capítulo 1 de 25

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La Mala Semilla

La mala semilla

Para todas las mujeres que, como Anabel, se quedaron en el camino

Lunes, 17 de octubre

 

La escasa luz diurna se diluía lentamente. Un velo de oscuridad se extendía como un cáncer en un organismo sano, en menos de una hora no quedaría rastro de aquel día. Anabel dio la última calada a su cigarrillo e hizo amago de arrojarlo al suelo, pero se detuvo en el último instante. Lo apagó con cuidado y guardó la colilla en la cajetilla, junto a un par de cigarrillos intactos. A la Anabel de antes le hubiera traído sin cuidado arrojarla al suelo. No es que ahora fuera una ecologista convencida, lo hacía sencillamente porque era lo correcto. Ese pequeño acto sin aparente importancia denotaba que era otra persona. La Anabel de antes había hecho cosas mucho más reprobables. Cosas de las que se avergonzaba y se arrepentía a diario. Cosas que habían dañado a la gente que la quería, pero sobre todo a sí misma. Quería creer que en esos momentos era otra y que la Anabel de antes se había perdido en el tiempo.

Y todo lo había cambiado Adrián.

Miró más allá de un grupo de pinos de corteza granate y tejos de tronco ancho y estuvo a punto de gritar su nombre. El niño apareció cabizbajo con un palo en la mano a modo de espada, absorto en algún juego imaginario. Anabel sonrió orgullosa. Adrián era lo mejor que le había pasado en su desastrosa vida. Su hijo había cambiado su existencia. Había provocado que mirara el mundo de otra forma. Le había dado el impulso del que pensó que carecía. La había liberado de la esclavitud a la que había estado sometida antes de que naciera él, y como por ensalmo, todo había comenzado a moverse en otra dirección. Estaba dispuesta a seguir adelante y comenzar de nuevo. La decisión había sido madurada y tomada desde hacía ya un tiempo, pero las últimas semanas habían acelerado otro proceso paralelo al plan inicial. Lo había conocido a él y, como sucede a veces, esa persona que de repente aparece en tu vida se convierte en la que vuelve tu mundo del revés. No quería reconocerlo, pero así era. Por ese motivo no dejaba de cuestionarse continuamente lo que durante meses atrás había tenido tan claro. Adrián lo adoraba, hablaba de él a todas horas y se había convertido en la referencia paterna que le había faltado durante tanto tiempo.

Sacó su móvil y miró el último mensaje que le había enviado. Siempre era puntual y no esperaba que esta vez se retrasara. Ella trataba de mantenerse firme y seguir con su plan de marcharse al día siguiente por la mañana. Él había insistido en que quería volver a verla a ella y al niño una vez más. Quería despedirse de ellos, aunque sabía que aprovecharía la ocasión para insistir en que deberían quedarse y darle una nueva oportunidad.

Miró hacia la cascada, cuyo contorno se fundía con la inmensa pared de roca que la envolvía y se elevaba varios metros por encima de su cabeza. Sintió la humedad del agua que corría bajo sus pies por el riachuelo, y que ascendía hasta la pasarela de madera donde estaba situada, frente al nacimiento del río Mundo. Comenzaba a hacer frío. Anabel se subió la cremallera de su plumífero hasta arriba y sintió un escalofrío. Observó el cielo que ya mostraba un degradado del azul al negro anunciando el fin del día. Cogió su móvil de nuevo y entonces vio el destello de los faros de un coche brillar más abajo. Adrián saltó de alegría y fue corriendo a su encuentro. Anabel también se alegró. Se subió el cuello de su plumífero, suspiró y rogó por que no volviera a insistir. Porque las dudas crecían en su interior como la mala hierba, y tuvo que reconocer que ya no estaba tan convencida de querer marcharse.