La Mala Semilla

Antonio Aparicio · Capítulo 19 de 25

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La Mala Semilla

Lunes, 7 de noviembre

 

Laura apenas si le dirigía la palabra a Javier. Ella pasaba casi todo el tiempo en la fábrica, encerrada en el despacho que un día ocupó su padre. Manteniendo constantes reuniones con los asesores y los empleados administrativos de la empresa. Javier nunca estaba presente, pero podía ver por las persianas venecianas los rostros demudados y las expresiones poco esperanzadoras de los presentes. A pesar de que era una mujer de carácter, no solía perder los papeles como hacía su difunto padre: era legendaria su forma de tratar a sus trabajadores como esclavos y cómo aprovechaba la primera ocasión que se le presentaba para humillarlos. Él, que tenía contacto directo con los trabajadores que se encontraban a pie de fábrica, percibió que muy pocos se entristecieron cuando Puertas murió.

Sin embargo las noticias inquietantes no habían hecho más que comenzar: el presunto delito de estafa ejecutado por su propio fundador había extendido incredulidad, ira y la consiguiente frustración entre los trabajadores que, en su mayoría, habían acompañado a Puertas desde los inicios, en un mayor o menor grado de lealtad. No eran pocos los que se atrevían a preguntarle por la auténtica situación de la empresa. Javier, que siempre se había sentido cómodo estando ajeno a los puestos de responsabilidad, respondía con evasivas o con algún que otro chiste malo, que con aquel ambiente enrarecido no hacía gracia a nadie.

Volvió a mirar hacia el despacho de Laura por enésima vez y creyó ver que su mujer, sentada en el sillón del escritorio y rodeada de asesores, ordenaba cerrar las persianas para que nadie desde fuera pudiera ver lo que estaba ocurriendo allí dentro.

—Javier, me voy a ir a almorzar y cuando vuelva te termino las muestras —dijo un hombre de mediana edad. Bajo, desgarbado, con una bata que le venía grande, con las manos oscurecidas y deformadas por el intenso trabajo manual.

—No me jodas, Pascualín, ¿qué te cuesta echar cinco minutos más? Tengo que salir de viaje en cuanto estén terminadas.

—No son cinco minutos —protestó Pascualín malhumorado.

Pero Javier no le prestaba atención porque observaba a los dos hombres que acababan de entrar y que tenían la capacidad y el aspecto de ponerlo nervioso.

—Espera —murmuró él dirigiéndose hacia una pequeña recepción por donde se entraba a la fábrica.

Flora, una de las fieles trabajadoras que llevaba con Puertas desde que fundara su empresa, estaba atendiendo a aquellos dos hombres. Miró a Javier con cierto nerviosismo.

—Estos señores preguntan por Laura.

—Yo me encargo, Flora. Gracias. Vuelva al trabajo.

Deseosa de marcharse, Flora se deslizó en silencio de vuelta al interior. Uno de los hombres era tirando a bajo, delgado, rubio, de ojos azules y mirada intensa. Barba rala y de pocos días, rostro juvenil. El otro era más alto y fornido, moreno y con una densa barba que le recordaba a un muyahidín. El rubio le enseñó un distintivo pegado a una cara de la cartera que Javier no había visto en su vida: era un escudo con una «G» y una «C» entrelazadas y una espada convertida en báscula.

—Soy el subteniente Tendero, de la policía judicial de Albacete, y él es el sargento Camacho. Quisiéramos hablar con doña Laura Puertas.

El corazón de Javier bombeaba a toda velocidad y la boca se le secó al instante.

—Está en una reunión importante.

Se miraron entre sí compartiendo un gesto de complicidad.

—Lo entiendo, aunque lo que venimos a comunicarle también es importante.

Asintió mecánicamente. El sudor se le había concentrado en las axilas y comenzaba a dibujarse en su impoluta camisa azul a rayas.

—Un momento... —musitó con un hilo de voz.

Entró de nuevo en la fábrica. Sacó su móvil del bolsillo y marcó el número de su mujer. No contestó. Insistió varias veces hasta que lo cogió.

—Javier, estoy ocupada, qué...

—Lo sé, pero dos agentes de la policía judicial quieren hablar contigo.

Varios segundos en silencio y luego un fuerte suspiro.

—Diles que pasen a mi despacho.

Javier acompañó a los agentes por entre las mesas y estanterías donde unos apáticos y derrotados trabajadores daban forma a los cada vez menos modelos de la antaño prestigiosa marca Puertas. Javier recordó la época de esplendor y abundancia, cuando había cerca de setenta personas trabajando en la fábrica, produciendo calzado sin parar, que se vendía como rosquillas por todo el mundo. Entonces la vida era fácil, feliz y sin complicaciones.

Llegaron al despacho de Laura. Los rostros angustiados de los asesores se dispersaron sujetando carpetas con apuntes que no servirían para nada. Laura estaba sentada tras el escritorio. A pesar de que quería aparentar serenidad, sus ojos enrojecidos y huidizos se encontraron con los de Javier. Podía notar como algo físico el odio que sentía hacia él. Ella no soportaba su presencia y, entristecido, Javier no recordaba ya no la última vez que la tocó, sino la última vez que se dijeron algo agradable.

—Por favor, siéntense —ofreció Laura señalando dos sillas frente a la mesa. Había al menos seis sillas más dispersas alrededor debido a la reciente reunión.

Laura se cruzó de brazos. Llevaba un blazer azul marino y una camisa blanca desabrochada un par de botones. El cabello rubio le caía en cascada por el lado derecho. A pesar de la imagen de agotamiento físico y mental que exhibía, estaba preciosa. Esa imagen desvalida y un tanto desesperada provocaba en Javier un sentimiento contradictorio de culpa y de lujuria. El subteniente Tendero miró fijamente a Laura durante unos segundos, tal vez impresionado por su belleza. Javier sintió una repentina punzada de celos. El subteniente repitió la misma fórmula de presentación que con él unos minutos antes.

—Si no les importa ser breves, se lo agradecería. La verdad es que está siendo una semana muy dura para todos. Estaba convencida de que ya era inmune a más malas noticias, aunque imagino que la peor de las noticias siempre está por llegar —dijo Laura con amargura.

El subteniente Tendero asintió.

—¿Me podría decir qué tipo de relación, al margen de lo profesional, mantenía su padre con su abogado, el señor Pastor?

—Se podría decir que eran amigos.

—¿Cómo describiría esa relación de amistad?

Laura apoyó los codos en los reposabrazos del sillón y se balanceó hacia los lados mientras meditaba la pregunta del subteniente.

—Se conocían de hace tiempo. Al principio era una relación que no iba más allá de lo profesional, pero con el tiempo se convirtió en amistad. Cuando mi madre vivía, salían a cenar con la mujer de Pastor. También se marchaban de fin de semana a la casa de la playa y cosas por el estilo. Y era mucho decir, porque mi padre era una persona que conocía a mucha gente por su condición de hombre de negocios, pero lo que se dice intimar, eso ya era otra cuestión. Era muy difícil que dejara entrar a alguien en su círculo de confianza.

Javier sabía perfectamente a qué se refería; aunque fuera su yerno, Puertas nunca lo consideró digno de pertenecer a su dichoso círculo de confianza.

—¿Su padre confiaba en él?

—Mi padre no confiaba en nadie.

—Pero estaba al tanto de sus negocios.

—Era su abogado y solía consultar con él sus inversiones, como es lógico —gruñó irritada y subió el tono de voz repentinamente—, aunque no sé a qué viene esto. Ya les hice a sus compañeros esta misma declaración. Además de presentar toda la documentación que me exigieron, y que todavía me exigen. Por no hablar de las continuas inspecciones a mi intimidad y a la de mi familia. Mi padre hacía las cosas a su manera, y aunque no estábamos de acuerdo, lo hacía así porque era su negocio y porque le daba la gana. Confiábamos en él y pensábamos que todo lo que hacía era por el bien de la familia. En ningún momento pensamos que iba a dejarnos en la ruina...

Se detuvo cuando las lágrimas brotaron y su voz se quebró. Javier se acercó a ella y la abrazó por los hombros. Miró a los dos agentes indignado, pero sin atreverse a abrir la boca.

—No hemos venido para hostigarla, sino a comunicarle que el señor Federico Pastor ha desaparecido.

Al escuchar aquello, Laura se sorbió los mocos y abrió mucho los ojos.

—¿Qué?

—El viernes por la noche su esposa denunció su desaparición. Según ella, había quedado para almorzar con un cliente a mediodía, pero le dijo que regresaría a casa a eso de las seis de la tarde para ir a jugar al tenis con ella. Su esposa había reservado una pista para esa hora, pero no se presentó. Lo llamó a su móvil sin resultados. Ella estaba convencida de que le había ocurrido algo porque siempre la llamaba a media tarde o le enviaba un mensaje. Trató de localizarlo en el bufete, pero no sabían nada. Según sus empleados, se marchó a mediodía con el supuesto cliente. Esa fue la última vez que lo vieron.

Laura y Javier escuchaban atónitos y con la boca abierta al subteniente Tendero. El sargento no había abierto la boca desde que llegaron. De hecho, Javier no sabía cómo sonaba su voz.

—¿Y eso qué significa? —murmuró Javier con un hilo de voz.

El subteniente carraspeó antes de hablar e hizo un gesto elocuente con las manos.

—Pues muchas cosas y ninguna: la primera que me viene a la cabeza es que el señor Pastor, que como saben también estaba siendo investigado por el presunto delito de estafa y al que, como medida de precaución, se le había retirado el pasaporte, podría ser la persona que supiera dónde se encuentra el dinero desaparecido. —El subteniente y el sargento intercambiaron otra mirada cómplice—. Aunque ya registramos tanto las oficinas de su bufete como su domicilio y no hallamos nada, podrían existir indicios que demostrarían esa hipótesis.

—¿De qué indicios habla? —preguntó Laura con una consternación que deformaba su rostro.

Tras varios segundos en silencio, en los que el subteniente aprovechó la ocasión para observar detenidamente la reacción de Javier y Laura, prosiguió:

—Al parecer, el abogado Pastor había contratado a un falsificador para que le hiciera un nuevo pasaporte... obviamente con una nueva identidad.

Laura se llevó las manos a la cara y apoyó los codos sobre la mesa.

—Por eso es importante, señora Puertas, recordar detalles por pequeños que sean. Tal vez el accidente y la repentina muerte de su padre hayan acelerado algún plan oculto. Es sumamente extraño que alguien que está siendo investigado desaparezca de repente, ¿no le parece?

Laura se apartó lentamente las manos de la cara. Tenía los ojos enrojecidos y el asombro todavía se dibujaba en su rostro.

—¿Creen que podría haber provocado el accidente de tráfico en el que murió mi padre?

Todos la miraron con interés. El subteniente arrugó la frente con gesto hierático.

—Ya lo hemos pensado. El accidente se investigó en su momento y nuestros compañeros de la científica aseguraron que no hubo manipulación mecánica. Como sabe, también se realizaron pruebas toxicológicas y tampoco se halló ningún componente extraño en su organismo.

—¿Y qué hay del cliente? —preguntó Laura.

—¿Perdón?

—El cliente con el que Pastor fue visto por última vez, ¿han hablado con él? Si fue la última persona con la que fue visto, tal vez tenga algún tipo de información que les pueda ayudar.

El subteniente sonrió y meció lentamente una de sus piernas. Miró a Laura con interés.

—Preguntamos a los empleados del bufete y ninguno pudo confirmar que viera a dicho cliente. —Hizo una pausa—. Sin embargo, el portero de la finca donde se encuentran las oficinas aseguró que vio a un hombre merodeando por los alrededores que le llamó la atención.

—¿Sería el cliente que esperaba a Pastor? —apuntó Javier.

—Pues no lo sabemos, ya que el portero no llegó a verlos juntos.

—Pero usted sí que sabe cómo era ese individuo —dijo Laura.

El subteniente asintió despacio y el sargento inspiró profundamente. Laura y Javier dirigieron sus miradas hacia él.

—Se trataba de un hombre, alrededor de metro ochenta. Vestía chaqueta y pantalón oscuros. En la cabeza llevaba una gorra, también oscura. Gafas de sol y barba, pero pensamos que la barba era falsa, con el fin de ocultar su verdadera identidad.

La voz del sargento era grave y profunda, y cuando habló parecía que el suelo temblaba. El subteniente miró fijamente a Laura, y Javier inclinó su cuerpo hacia delante.

—¿Conocen a alguien con esa descripción?

Laura se quedó pensativa durante un largo instante. Javier había enmudecido.

—Creo que no, subteniente. Lo siento.

Tras mirar fijamente a Javier y a Laura, el subteniente y el sargento se levantaron y les extendieron sus respectivas manos.

—De acuerdo, señora Puertas. Gracias por atendernos. La tendremos informada de cuanto vaya sucediendo. Y llámenos si recuerda cualquier cosa, por pequeña que sea.

Salieron del despacho. Javier estaba de pie, en el mismo lugar en el que había permanecido durante toda la reunión. Laura tenía los dedos entrelazados con los codos apoyados en los reposabrazos. Tras varios segundos de tenso silencio abrió la boca:

—Sal ahora mismo de mi despacho.