La Mala Semilla

Antonio Aparicio · Capítulo 25 de 25

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La Mala Semilla

Jueves, 11 de agosto

 

El AVE procedente de Albacete llegó a la estación de Atocha, probablemente en el que sería el día más caluroso del año. Apenas eran las doce del mediodía y el termómetro rozaba casi los cuarenta grados. Alberto bajó del vagón cargado con dos maletas y una mochila al hombro. Solícitamente trató de ayudar a Beatriz a descender por la escalerilla, que rechazó el ofrecimiento golpeando irritada su mano tendida. Aunque debía reconocer que Alberto se perfilaba como un gran padre y mejor marido, a veces era incapaz de soportar las muestras de cariño y protección que él le dispensaba a menudo. Era consciente de que toda la culpa de esos cambios continuos de humor la tenía aquel embarazo, que no estaba siendo nada fácil para ella. Que todas las madres con las que compartía experiencia afirmaran que no solo no tenían ningún tipo de problemas, sino que en algunos casos incluso estaban la mar de bien e incluso disfrutando, no hizo sino empeorar las cosas. Ocho largos meses durante los cuales había experimentado toda la colección de emociones y sensaciones propias de cualquier madre primeriza, que iban desde la felicidad más desmesurada hasta la irritación por cualquier nimiedad, pasando por interminables episodios de ansiedad y preocupación. Aun así Beatriz exhibía orgullosa su embarazo, y por una vez, sorprendiendo a propios y extraños, decidió que no dejaría pasar esa oportunidad para ser feliz y pidió a Alberto que se casara con ella; este aceptó, aunque ofreciendo más resistencia de la que esperaba. Paco y Mercedes estaban locos de contento y colmaban de atenciones a la futura madre, que no estaba acostumbrada a tales agasajos, aunque debía reconocer que le agradaban. Todo lo contrario que Maribel, la madre de Alberto, que desde el momento que entró en escena supo que la guerra con ella no había hecho más que comenzar. Alberto lidiaba como podía entre aquellas dos mujeres temperamentales y les recordaba a ambas la necesidad de limar asperezas por el bien común. Beatriz decidió quedarse en Albacete, aunque Alberto insistió en que podían vivir en Madrid si a ella le hacía feliz. Para ella todo cuanto necesitaba estaba allí; en ese momento, con él y con la hija de ambos que muy pronto nacería. Por nada del mundo tentaría al destino con un cambio, que desde luego no deseaba.

Alberto dejó aquel trabajo que tanto había odiado. Junto con un par de compañeros fundaron su propio diario digital, en el que trabajaba doce horas diarias, pero del que se sentía orgulloso y, sobre todo, satisfecho consigo mismo. Aunque su incipiente negocio le absorbía gran parte de su tiempo, Beatriz lo animó a que escribiera en sus ratos libres aquella novela policiaca que nunca conseguía terminar, antes de que la pequeña Lucía hiciera acto de presencia y trastocara la vida de ambos, exigiendo, como solía ocurrir, todo su tiempo y amor disponibles. Con una sonrisa forzada y nerviosa, Alberto recordaba que la experiencia que vivió cuando Javier se lo llevó a punta de pistola y lo encerró en el maletero de su coche le sirvió de inspiración para crear uno de los personajes de su novela, aunque lo cierto era que no pudo conciliar el sueño durante más de un mes. Quizá el malogrado Javier pensó que Alberto también hacía todo aquello por la mujer que amaba, y que en su perturbación no entraba asesinar a sangre fría al que un día fuera su amigo.

De vez en cuando Beatriz se despertaba en medio de la noche, creyendo que Anabel todavía seguía viva, viviendo feliz y en paz consigo misma en alguna parte. Hablaba con Adrián a través de Skype, y un juez amigo suyo le concedió al fin, y como todos deseaban, la custodia del niño a Manuela. Consideró que a tenor de las circunstancias era la mejor opción para la felicidad del niño, desestimando desde el principio la alternativa de su única abuela reconocida. Manuela se sintió muy feliz de poder contribuir a su bienestar y educación, aunque siempre se encargaba de no dejar que Adrián olvidara a su madre, recordándole que lo quiso por encima de todas las cosas.

Con el sol de mediodía cayendo a plomo el taxi se detuvo a la entrada del cementerio de la Almudena. El taxista se limitó a mirar en silencio a sus pasajeros a través del espejo retrovisor mientras el aire acondicionado funcionaba a pleno rendimiento. Beatriz observó la puerta de entrada principal fijamente, recordando la última vez que la traspasó. Alberto le acarició la mano y Beatriz le correspondió acariciando su cara. Se sumergió de nuevo en aquellos ojos verdes que hasta el momento no habían perdido el brillo cuando la miraban, rogando para que no se apagara nunca.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Puedo acompañarte, si quieres.

—No. Tengo que hacer esto yo sola.

Le apretó la mano e intercambiaron una mirada de afecto. Beatriz salió del taxi llevando un sencillo ramo de crisantemos, y al hacerlo sintió cómo su bebé se removía dentro de ella: aquella niña tenía más ganas de salir que ella de que saliera.

Atravesó la puerta y caminó bajo un sol implacable que teñía de luz blanca el paseo del popular camposanto. Tuvo que detenerse en un par de ocasiones debido a las molestias que sentía últimamente y que le provocaban leves mareos acompañados de ligeros ataques de irritabilidad, que trataba de controlar sin éxito. Sonrió para sus adentros y le pidió a su bebé que esperase a quejarse al menos en un lugar tranquilo, relajado y a poder ser con aire acondicionado. Cuando llegó hasta la tumba, sudaba a mares y sentía sus pies doloridos e hinchados dentro de aquellas preciosas sandalias que le había regalado su padre, que ya ejercía de abuelo dadivoso.

En una pared de pronunciada pendiente y pegada a un muro de cemento, observó el nicho donde reposaban los restos de David. Su nombre completo destacaba en relieve de la lápida de mármol blanco. Sustituyó el ramo de azaleas secas y marchitas del búcaro de metal por el que había traído y se cobijó del calor en una estrecha sombra. Una inesperada brisa agitó los pétalos de los crisantemos. En realidad no sabía nada de David. No lo había conocido, sin embargo y de algún modo que no conseguiría explicar formaba parte de ella. A nadie le había contado que su presencia la acompañaba como un fantasma. Que a veces en medio de la noche se despertaba y podía verlo a los pies de la cama, silencioso. Hablaba con él, tal vez para expiar sus pecados, para no volverse loca y poder volver con los suyos antes de perder por completo la cordura. Para convencerse a sí misma de que lo había superado y que había conseguido dejarlo atrás. Tal vez nunca lo hiciera y lo mejor fuera que siempre permaneciera en su memoria, para recordarse que la vida era un regalo que no debía vivirse en vano. Se permitió cerrar los ojos por un instante y dejó que la brisa acariciara su rostro antes de regresar al lado de Alberto. Pensó que aquel horrible calor no sería bueno para su bebé, y acarició su vientre y le habló con voz queda. Como respuesta, la pequeña propinó fuertes patadas e intuyó que antes de que acabara ese día se verían las caras.

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