La Mala Semilla
Viernes, 4 de noviembre
Cebreros siempre madrugaba, no importaba si tenía servicio o no. Su cuerpo llevaba demasiado tiempo haciéndolo y ya se había convertido en un hábito que formaba parte de él. Además le gustaba asomarse por la ventana y ver amanecer un nuevo día. A veces escuchaba a algunos agentes del puesto de Riópar que hablaban sobre programas de televisión que se emitían de noche y que solían terminar bien entrada la madrugada. Cuando eso ocurría, él se encontraba durmiendo ya varias horas. Por otro lado, no le interesaban para nada esos programas ni la televisión en general. Cuando Matilde vivía, especialmente en sus últimos meses de vida, el sonido del televisor llenaba la casa día y noche, tal vez como elemento persuasivo contra el mal, tal vez para evitar escuchar el sonido de la muerte que se aproximaba despacio pero sin detenerse. Después de morir Matilde, Juan no encendió el televisor en varias semanas, y cuando lo hizo se limitó a ver las noticias, algún canal temático de historia, viejas películas en blanco y negro y algún partido del Atlético de Madrid, del que era seguidor.
Quería aprovechar esa mañana que tenía libre para revisar las últimas fotografías que había hecho a los que acudían a diario y en manada al nacimiento del río Mundo —o al lugar del crimen de Anabel, que era lo mismo—. Sus parámetros de interés se habían ampliado desde un tiempo a esta parte, y ahora realizaba también fotografías a mujeres, aunque debía reconocer que en menor medida. Se encontraba enfrascado revisando las imágenes del día anterior cuando alguien llamó a la puerta.
Se sobresaltó. No esperaba a nadie.
Salió de la habitación que utilizaba como despacho al corto pasillo que daba al salón y miró hacia la puerta de la calle. A través del cristal esmerilado amarillo vio una figura alargada: era un hombre. Aguzó la vista intentando distinguir a esa persona, sin conseguirlo.
—Buenos días, Juan —dijo el capitán Carmona cuando abrió la puerta, forzando una mueca que pretendía ser de simpatía.
—Buenos días, mi capitán.
Era la última persona que esperaba. Sin querer, sintió una súbita oleada de inquietud, que sin duda Carmona tuvo que apreciar.
—Pero pase, pase...
Carmona se colocó las gafas de sol sobre la cabeza y al acceder a la vivienda de Cebreros miró en derredor con cierta curiosidad.
—Espero no haber interrumpido nada importante...
—No, no... Acababa de desayunar y me estaba preparando para ir a dar un paseo.
Sin poder evitarlo, miró en dirección al despacho donde el ordenador seguía encendido y con varias fotografías de sus «sospechosos» abiertas en Photoshop. Todavía no se había decidido a contarle a Carmona la iniciativa de las fotografías por miedo a que lo censurase. Y en eso pensó, en el miedo. Se dio cuenta de que siempre había tenido miedo de algo: miedo a la incertidumbre, miedo al qué dirán, miedo a la inseguridad, miedo a las consecuencias... No había tenido un solo momento en su vida en el que no temiera algo, y la verdad es que ya estaba cansado.
—Por cierto, ¿desea un café o algo?
Negó con un gesto estudiado y luego miró con suma atención a lo que lo rodeaba. Era impresionante la cantidad de libros y CD de música que había. Clásicos del cine en formato DVD como ¡Qué bello es vivir!, El apartamento, Un tranvía llamado deseo o Breve encuentro, entre otros, llenaban las estanterías. También se fijó en algunas fotografías que colgaban de las paredes. La mayoría eran en blanco y negro; retratos de mujeres, hombres y niños de mirada honda y suplicante que se clavaban en el corazón. De la India, dedujo. Algunos también del sudeste asiático. Contrastaba con algunos retratos familiares, en color, pero revestidos de un extraño velo de melancolía.
—¿Quién es el fotógrafo? —preguntó señalando con un gesto una fotografía en la que aparecía Matilde, antes de su enfermedad, sonriendo y con la Galería Uffizi de Florencia de fondo.
—Yo mismo, mi capitán.
Carmona no contestó, pero como buen observador que era, pudo hacerse una idea más aproximada de cómo sería Cebreros en realidad: meticuloso, ordenado, culto, introvertido, inteligente, leal...
—Respecto al café, gracias, pero he desayunado antes de salir.
—Por favor, siéntese.
Carmona se sentó en un sofá de color granate, que observó con cierta reticencia, y Cebreros en una butaca orejera con el mismo color de tapizado al lado de él.
—¿Cómo va todo por aquí?
—Sin demasiadas novedades, por no decir ninguna, aunque imagino que ya lo sabe a través de los informes que le envío.
—Sí, lo sé. Estoy al corriente. Y es una pena lo de ese chaval.
—Lo es —apuntó—. ¿Se ha avanzado en la investigación en algún punto que desconozca, mi capitán?
Carmona lo miró como si aquella cuestión estuviera muy lejos de su competencia.
—No mucho —dijo con cierta reserva—. Las pruebas de ADN de la sudadera que encontraron no son concluyentes y, a decir verdad, esa prenda estorba más que ayuda en la investigación. Parece ser que ha surgido de la nada para confundirnos. Además, el hijo de puta de Sanromán, aun teniendo todas las pruebas contra él, no quiere colaborar... Bueno, al menos no con nosotros.
Lanzó una mirada suspicaz a Cebreros, que inmediatamente supo a qué se debía esa visita. Sabía que tarde o temprano tendría que ocurrir, pero se encontraba tranquilo. Carmona cambió de postura, cruzó una pierna sobre la otra y sonrió levemente.
—Juan, ¿cuántos años tiene usted?
—Cincuenta y ocho, mi capitán.
—Eso quiere decir que este sería su último año de servicio.
—Pues —vaciló— esos eran mis planes iniciales; de hecho debería pasar a la reserva activa el próximo mes de enero.
—¿Eran? ¿Ha cambiado de opinión?
Ni él mismo entendía ese cambio. Desde que entró en el cuerpo con veintisiete años, había tratado siempre de ser un buen guardia civil, y debía reconocer que aunque había vivido de todo un poco, su paso por el cuerpo en líneas generales había sido extremadamente apacible. Su carácter metódico y disciplinado le había hecho la vida más fácil, pero no estaba seguro de que hubiera sido mejor. La carencia de emociones había sido lo que había marcado su existencia. La muerte de Matilde sin duda provocó en él una sensación de extraña ingravidez personal, pues miraba al mundo sin ver nada.
—No me gustaría dejar el cuerpo sin ayudar en todo lo que pueda en este caso, mi capitán.
Carmona lo miró con interés.
—Eso le honra, Juan.
—Es mi obligación.
Carmona cambió de nuevo de posición, sin dejar de mirar al brigada.
—Hablando de obligaciones. Tengo entendido que la teniente Manubens se ha dejado caer por Riópar últimamente.
—Sí, ha venido por aquí un par de veces.
—Y ha hablado con ella.
Cebreros asintió con cautela.
—Era amiga íntima de Anabel, y al parecer está bastante afectada por el crimen y la desaparición de su hijo. Quería saber qué tal iba todo.
—¿Usted sabe que la teniente Manubens está apartada del servicio activo?
Asintió de nuevo.
—E imagino que sabe que en una investigación en curso no se puede compartir información privilegiada con personas ajenas a dicha investigación.
—Lo sé, mi capitán, aunque la teniente solo quería conocer ciertos aspectos, en ningún momento...
—Brigada, podría abrirle un expediente disciplinario, ¿entiende lo que le digo?
—Sí, mi capitán.
—Pero no lo haré porque sé que es un buen suboficial, que sabe dónde se encuentra la línea que no hay que traspasar.
Cebreros no dijo nada. Hace solo unas semanas esas palabras le hubieran atemorizado, pero no ahora. Estaba tranquilo y sereno y sentía como algo sagrado, por encima incluso de las normas, intentar hacer todo lo posible para ayudar a resolver aquel crimen, y no podía engañarse a sí mismo: se sentía más próximo a la teniente Manubens y a su «investigación», con todo lo que conllevaba, que al capitán Carmona.
—Le voy a ser sincero, brigada. Sé que la teniente Manubens está actuando al margen de la legalidad y eso es algo muy grave, especialmente para un oficial de la Guardia Civil. —Lo miró con cierta indulgencia—. Pero quiero darle la oportunidad de que la cosa no vaya a más, y para eso necesito que me ponga al corriente de sus descubrimientos.
Cebreros no dijo nada.
Carmona descruzó las piernas y acercó su rostro al de Cebreros, que lo miró como si tratara de leerle el pensamiento.
—La teniente Manubens no es un buen ejemplo a seguir. A primera vista, toda esa apariencia de superpoli de película americana puede llegar a impresionar, y sé de lo que hablo. Además es una mujer muy atractiva y eso puede nublar el juicio de cualquier hombre.
Aquella apreciación le dolió a Cebreros más que cualquier otra. Era cierto que era una mujer atractiva, pero sus sentimientos hacia ella no tenían nada que ver con lo sexual. Lo que sentía por ella era un profundo respeto y un extraño y difuso sentimiento paternalista que lo confundía.
Algo tuvo que ver Carmona en los ojos del brigada, pues se detuvo por un instante.
—Y no hablemos de sus métodos, que son más que discutibles. Se deja llevar por sus impulsos viscerales, los cuales han costado ya vidas de inocentes. Y todo por su afán insaciable de protagonismo.
Cebreros siguió sin mover un solo músculo de su cuerpo.
—Seguirla en su loca carrera solo conduce a una sanción en el mejor de los casos: la expulsión del cuerpo sin honores. O el peor: la cárcel.
Tras unos segundos angustiosos de silencio, Cebreros tragó saliva y cerró los ojos antes de contestar. Si antes de la aparición de Carmona había tenido dudas, todas ellas se habían difuminado por completo. Hacía mucho tiempo que no tenía algo tan claro.
—Lo siento, mi capitán, pero no he compartido con la teniente Manubens ningún tipo de información que pueda considerarse privilegiada. Ni ella me ha hecho confesión alguna sobre sus actividades.
Ya estaba bien de sentirse siempre atemorizado por todo: iría a la cárcel si era preciso, pero no traicionaría a la teniente Manubens.
Carmona lanzó una mirada furibunda a Cebreros. Sin añadir nada más, se levantó y salió de su casa dando un portazo.
Aproximadamente a las dos de la tarde, Beatriz se sentó a una mesa del Elefante de Jade, el coqueto café situado en el pasaje de Lodares. Miró a su alrededor con admiración pensando en cómo cambiaban las cosas. Cuando era una niña solía atravesar el pasaje a menudo, al realizar el recorrido de la zapatería de sus padres en la calle Mayor a su casa en Octavio Cuartero y viceversa. Siempre se había sentido fascinada por él, y atravesarlo significaba entrar en otro momento de la historia o en una dimensión alejada de la realidad, que siempre había evocado instantes de una vida soñada. Una camarera muy joven la atendió, exhibiendo esa cercanía tan propia de los albaceteños para con los desconocidos que siempre sorprendía a estos. Beatriz miró su reloj de pulsera; eran las dos en punto, la hora en la que había quedado con Alberto. Como no sabía bien qué pedir, se inclinó por una anodina agua mineral. Catorce días llevaba sin probar el alcohol. Por ahora la única droga que se permitía era el amor de Alberto, se dijo a sí misma con ironía.
Casi al instante, él entró por la puerta enarcando una ceja y sonriendo, con esa expresión tan suya que era una mezcla entre la sorpresa, la cautela y una moderada satisfacción.
—Hola —murmuró mientras se desprendía de su plumífero y dejaba sobre una silla una cartera de nailon negro con su compañero más fiel: su portátil—. ¿Qué tal estás?
Por la forma como lo preguntó, Beatriz dedujo que se refería al accidentado encuentro con Javier de la pasada noche.
—Todavía estoy tratando de procesarlo —respondió Beatriz, que se cruzó de brazos y apoyó la espalda en el respaldo de la silla—. No debo sacar conclusiones precipitadas. Es lo primero que aprendes en este oficio, pero debo admitir que me inquieta.
—¿Crees que Javier vio a Anabel más veces?
—Estoy convencida.
Observó a Beatriz ligeramente sorprendido.
—Desde luego, si así fuera no sería muy conveniente para él airearlo públicamente; está casado, y Anabel tenía un pasado como prostituta y un hijo de padre desconocido. Ninguna esposa, por comprensiva que fuera, lo entendería —trató de justificarlo Alberto.
—Es cierto, pero Anabel está muerta y Adrián, desaparecido. Si oculta algo deberá contarlo. Así son las cosas —recapacitó por un instante—. El día de Riópar lo vi muy afectado. Era comprensible, tú, yo, todos lo estábamos, sin embargo noté que había algo más.
—Crispación. Angustia.
Pensó en el significado de esas palabras.
—Desasosiego. Inquietud.
—Su situación personal no es para tirar cohetes.
—Nada es fácil para nadie —reflexionó Beatriz.
—O tal vez ese nerviosismo se debiera a otras circunstancias.
Ella estuvo de acuerdo.
—Sea como sea, lo averiguaré. —No deseaba seguir con ese tema. Suspiró y trató de esbozar una sonrisa lo más amable que pudo—. Bueno, ¿y tú? ¿Qué tal la mañana?
Alberto bufó.
—Mejor no quieras saberlo.
—No merece la pena perder el tiempo en un trabajo que odias.
—En eso mismo estaba pensando.
Bajó la mirada; una sombra cruzó su semblante. En sus ojos creyó percibir esa expresión de las personas que ven cómo sus sueños se desvanecen con el paso del tiempo y no son capaces de ir tras ellos. Acarició su mano. Sintió una profunda congoja al verlo así. Le hubiera gustado consolarlo besando sus labios y dejando que él la abrazara. Lo deseaba con toda su alma, pero no podía permitir que eso ocurriera. Todo aquello estaba sucediendo demasiado deprisa y necesitaba tiempo para procesarlo.
—¿Cuándo vas a enseñarme tu novela? Me hace ilusión leer algo escrito por ti.
—No es una novela; todavía no —dijo él tras asimilar ese cambio repentino en la conversación—. Y no estoy seguro de si voy a continuar... Cada vez que leo lo que tengo escrito pienso que no va a interesarle a nadie.
—No digas tonterías, claro que seguirás escribiendo, y por supuesto que interesará a mucha gente. Si quieres, yo puedo ayudarte a terminarla.
Alberto sonrió abiertamente y ella se alegró de que lo hiciera.
—No tenía ni idea de que ahora te dedicases al coaching.
—Todos los escritores os tenéis que documentar, ¿no es así?
Alberto asintió sin borrar aquella sonrisa. Le encantaba su sonrisa.
—Considérame como una colaboradora que puede ayudarte en tu investigación. Además conozco a jueces, fiscales, abogados, forenses... Con mi ayuda podrías construir una trama policiaca perfecta. Piénsatelo, es una oportunidad única que tiene fecha de caducidad.
—Lo haré.
Se quedó encandilada cuando él la miró fijamente. Carraspeó y evitó su mirada.
—Bueno, basta ya de literatura y teoría criminalística. Tengo tanta hambre que no respondo si cuando pase la camarera le doy un bocado en una pierna.
Alberto se acarició el abdomen con gesto quejumbroso.
—Creo que mis tripas se van a devorar entre sí. —Se incorporó y se puso el plumífero—. Vamos, hoy te invito a comer un arroz a banda que te vas a chupar los dedos.
—No perdamos más tiempo.
Salieron del café y se dirigieron hacia la salida de la calle del Tinte. A esas horas el pasaje estaba desierto, exceptuando una chica negra de aspecto muy sensual, que caminaba con una bolsa de plástico en la mano y la cabeza gacha y que se cruzó con la pareja. Al rebasarlos, Manuela se giró discretamente y los observó por el rabillo del ojo. En ese momento Alberto masculló algo entre dientes, Beatriz soltó una carcajada y le dio un empujón. Cuando desaparecieron de su vista, todavía se quedó mirando la salida un rato más.
A primera hora de la tarde, el cielo se oscureció sobre la ciudad y la lluvia cayó fina pero persistente. Alberto regresó a la redacción del diario digital donde trabajaba y Beatriz corrió bajo los soportales y las cornisas hasta el paseo de Simón Abril, donde había aparcado su coche. Se refugió dentro de su vehículo mientras veía por la ventanilla a las personas que, como ella, también habían sido sorprendidas por aquella repentina lluvia.
Cogió su teléfono móvil, buscó el número en la agenda de contactos y marcó. Al quinto tono escuchó la profunda y parsimoniosa voz de Reyes el Gitano.
—Buenas tardes, ¿qué pasa? ¿Tan poco te gusta mi compañía que prefieres llamarme por teléfono?
No podía detectar en su tono de voz cuál era su estado de ánimo, que dependería mucho para el éxito de aquella llamada.
—Tu compañía siempre es agradable.
—¿Solo agradable? Me decepcionas.
—Digamos que prefiero evitar las tentaciones.
Reyes se rio al otro lado de la línea.
—¿Qué dirían en el cuerpo si se enterasen?
Beatriz no se sentía cómoda con aquel juego, pero no podía permitirse ser brusca con él.
—Seguro que no se extrañarían viniendo de mí. —Suspiró—. Por cierto, tu hermana Milagros es todo un bellezón.
—De casta le viene al galgo. —Hizo una pausa—. Y me tienes que decir cómo lo has hecho.
—¿Hacer qué?
—Ayer la visité... y la vi diferente. No daba saltos de alegría, pero no estaba tan triste y desesperada; ¿cómo lo hiciste?
—Le di esperanza. El amor y el apoyo por parte de la familia ya sé que lo tiene. No es más que una niña que necesita que los suyos la apoyen.
Reyes pareció pensar en las palabras de Beatriz.
—No me gusta hablar por el móvil de ciertos temas.
A ella tampoco. No le extrañaría nada que su móvil, el de Reyes el Gitano o el de ambos estuvieran intervenidos.
—Estoy en mi coche, en el centro. Puedo ir a donde me digas.
Quince minutos más tarde Beatriz aparcó su coche en el estacionamiento interior de un club de alterne, en la N-430, a las afueras de Albacete. A excepción de un Mercedes Sport Coupe, negro y con las lunas tintadas, el aparcamiento estaba vacío. A la izquierda había una gran terraza cubierta en parte por una lona blanca, junto a una piscina cuya agua estancada estaba llena de hojas de los árboles vecinos. A su alrededor y sobre un suelo de césped artificial se encontraban dispuestas butacas y mesas de ratán marrón que estaban tapadas a medias con plásticos azules. En la pared había un gran mural donde se representaba una playa tropical de fina arena, palmeras y cielo azul. Una mulata bailaba e incitaba con su sonrisa y un gesto con el dedo a entrar en el local. Por entre las piernas de la mulata vio una puerta camuflada por la que entró.
«Cuando zarpa el amor» de Camela sonaba con estridencia por los altavoces. Una gran barra situada en el centro presidía la sala. Por la marquesina del techo surgía una intensa y mareante luz azul. Justo por debajo de la superficie de la barra, luz roja y taburetes a su alrededor dispuestos para que, dentro de unas horas, unas pobres desdichadas fingieran delante de hombres todavía más desdichados que, aunque hacían eso por dinero, les encantaba el sexo, y cuanto más sucio, mejor. Una mujer de mediana edad, morena y de cabello muy corto, que a punto estaba de pertenecer a la categoría de obesidad mórbida, apareció por una puerta de dentro de la barra. Examinó a Beatriz y supo a las primeras de cambio que esa mujer morena, delgada y atractiva no pertenecía a su mundo.
—¿Qué quiereh? —preguntó con un fuerte acento murciano.
Antes de que Beatriz pudiera responder, Reyes el Gitano salió por un pasillo oculto por tupidas cortinas color salmón. A un lado, un pedestal griego de mármol sostenía la figura de un querubín rechoncho de grandes rizos y mofletes como melocotones. Reyes se acercó hasta Beatriz. Vestía un chándal de color negro con capucha y adornos verde lima. La miró con los ojos entornados y agitó la cabeza.
—Vamos dentro, estaremos más cómodos.
Beatriz siguió a Reyes por el pasillo. La música se fue diluyendo poco a poco. Entraron por una puerta que conducía a otro pasillo más estrecho. Subieron unas escaleras y llegaron a un rellano donde había varias puertas. Una mujer bajita, rechoncha y muy morena, vestida con mallas y camiseta sin mangas, pasaba la aspiradora por el suelo de una de las habitaciones. Se internaron por otro pasillo con más puertas a ambos lados. El suelo enmoquetado de verde casino dejaba atravesar del piso inferior las notas más graves de «Quiero ser libre» de Los Chichos. Una chica latinoamericana de veintipocos años, vestida con una sudadera roja y mallas negras, se cruzó con ellos. Saludó a Reyes con la cabeza gacha y apenas miró a Beatriz. Seguro que no imaginaba que aquella mujer que acompañaba a Reyes era nada menos que una teniente de la UCO. Finalmente entraron en una habitación que era lo más parecido a un despacho: sin lujos y bastante desordenada. Reyes se sentó al otro lado de una mesa endeble en un sillón reclinable pasado de moda. Beatriz en la única silla disponible, que por cierto cojeaba de una pata.
—¿Quieres beber algo? —propuso Reyes cruzando las piernas.
—Estoy bien, gracias.
Reyes sonrió y se cruzó de brazos.
—Es la primera vez que mi hermana habla bien de un picoleto, o por lo menos no lo insulta.
Beatriz se encogió de hombros.
—Espero que aproveche el tiempo y las oportunidades que, como ya sabes, en la vida se presentan escasamente.
—Eso es cosa de payos. Me extraña que todavía pienses que nosotros los gitanos nos regimos por las mismas leyes que vosotros.
—La misma ley que ha condenado a tu hermana puede condenar a cualquiera, incluso a mí.
Reyes la miró con dureza.
—Es muy fácil decirlo desde fuera. Seguro que no tienes una hermana ahí dentro.
—Es duro, pero no se acaba el mundo. —Miró a su alrededor—. Y parte de la responsabilidad de lo que haga a partir de ahora también será tuya.
—No tienes ni idea de cómo es nuestro mundo.
Beatriz hizo una mueca indolente.
—Vamos, Reyes. Sabes tan bien como yo que siempre hay una salida. Eres un hombre inteligente y sé que no deseas lo mismo para tu hermana.
El gitano miró fijamente a Beatriz a los ojos como si hubiera tocado una fibra extremadamente delicada. Se movió de un lado a otro en el sillón reclinable.
—¿Sabías que tus compañeros te siguen la pista de cerca? Concretamente ese capitoste que ha venido de Madrid. El guaperas de pasarela.
—Carmona. ¿Has hablado con él?
Reyes sonrió con malicia.
—No me van los guaperas, aunque sean capitanes.
Ella no pudo evitar que el rostro se le ensombreciera. Sin querer, pensó en las últimas palabras que le dijo y una sensación de malestar le oprimió la boca del estómago.
—Ya entiendo. Vas a tu rollo.
Los pensamientos funestos se acumulaban en su mente sin poder evitarlo.
—Pero no te preocupes, a mí no me tienes que dar explicaciones de nada. —Sonrió y la señaló con el dedo—. Quid pro quo. Seguro que has visto esa película. Ella es una agente del FBI en ciernes y él un doctor, un psiquiatra muy culto que se come a sus pacientes. Ella lo necesita para atrapar a un asesino en serie que mata a chicas corpulentas, porque quiere hacerse un vestido con sus pieles.
Beatriz se sorprendió gratamente.
—¿Qué pasa? ¿Crees que un gitano no sabe apreciar el buen cine? ¿Crees que todos somos unos macarras descerebrados? ¿Que solo nos gusta la rumba y el flamenco? ¿Llevar oro encima como símbolo de poder?
—Haría falta algo más que un gitano cinéfilo para convencerme de lo contrario.
Reyes rio divertido.
—¿Dónde lo dejamos la última vez?
—Me contaste que tu primo dejó que Anabel trabajase en su club. Luego pasaron unos cuantos años y volviste a verla en la terraza de un bar en Ruzafa.
Movió lentamente la cabeza, levantando los ojos.
—Me acuerdo perfectamente. Con los nombres no soy bueno, pero las caras... — Se golpeó con el índice en la cabeza—. Las tengo todas aquí.
Hizo una pausa teatral y prosiguió.
—Anabel comenzó a trabajar para mi primo Rafael en el club que tenía en Valencia. Como ya te conté, le dije que aunque estaba un poco colgada en aquella época, era una chica muy guapa y muchos hombres estarían dispuestos a pagar bastante dinero por estar con ella. Mi primo Rafa me dijo que le daría una oportunidad, pero que no dudaría en echarla si surgía el menor problema. En el club conoció a una chica y se hicieron muy amigas, tanto que se fueron a vivir juntas. Según mi primo, Anabel confiaba mucho en esta otra chica y se dejaba aconsejar por ella. Él no lo vio mal, porque a su lado parecía más estable. Fue entonces, más o menos, cuando ocurrió el incidente con un cliente con el que no quería acostarse. Aquello molestó mucho a mi primo, que no dudó en echarla.
—¿Recordaría tu primo a ese cliente?
Reyes sonrió de oreja a oreja.
—Paciencia, mi arma. Todo a su tiempo. Dio la casualidad de que además Anabel estaba embarazada, aunque eso era un asunto que no le interesaba, porque después del mal rollo con el cliente no quiso saber nada más de ella. Sin embargo, su amiga siguió trabajando un tiempo en el club, aunque la notaba molesta por haber echado a Anabel. Un mes después dejó el trabajo.
—Reyes, necesito saber quién era esa amiga de Anabel. Tengo que hablar con ella. No hay tiempo que perder.
Reyes señaló con el dedo índice a Beatriz como si hubiera apretado la tecla precisa y se repantigó en el sillón, que crujió como madera podrida.
—Eso es lo que no tenemos: tiempo. Tú no tienes tiempo, el capitán tampoco tiene tiempo. —Abrió mucho los ojos—. Adrián no tiene tiempo. Yo tampoco lo tengo.
Agachó la cabeza y apoyó la barbilla sobre las dos manos juntas.
—Tarde o temprano la historia de cada cual llega a su final. —Miró a Beatriz con ojos extraños—. Y el mío está próximo. Mi tiempo se acaba, Manubens.
Ella no supo qué decir.
—Sé que voy a morir pronto. Puedo percibir el mal en torno a mí, el mismo mal que he causado a los demás viene a cobrarse su venganza.
Se rio con tristeza e inmediatamente después cambió su semblante, como si hubiera cambiado de personalidad, y se calló de repente; parecía hechizado por una suerte de conjuro. Habló en susurros.
—Anabel confiaba en ella, más que en nadie. Era como la hermana que nunca tuvo e incluso como la madre que jamás cuidó de ella. Una mujer misteriosa. Bella. Negra.
Sus ojos quedaron entonces sin brillo, como si de repente no tuvieran vida.
—Se la conocía como Paola la Dominicana. Si alguien en este mundo conoce los secretos más profundos de Anabel, sin duda es ella.
Juan Cebreros estaba tan excitado con la nueva remesa de fotografías que había tomado esa jornada que se saltó su propia norma de marcharse temprano a la cama. Salvo los últimos meses de vida de Matilde, cuando los horarios eran caóticos, no recordaba cuándo fue la última vez que a las dos de la madrugada todavía seguía despierto y frente a su ordenador.
Ese día en especial, la afluencia de tipos raros y supuestamente sospechosos había sido fructífera —desde su punto de vista, obviamente—, y contrastaba con una drástica bajada del número de voluntarios que desde el principio habían acudido para ayudar en la búsqueda de Adrián. En esos momentos, apenas algunos hombres, jubilados en su mayoría que no tenían nada mejor que hacer, acompañaban a los profesionales de los servicios especiales de Protección Civil y la Guardia Civil, que también habían reducido en intensidad su labor y, en algunos casos, habían sido derivados a otras actuaciones donde también se requería de su presencia.
Como todos sabían ya, los primeros días de búsqueda eran los más importantes. Después, las garantías de éxito se reducían vertiginosamente. Sin embargo, dentro de aquella lucha contrarreloj, el investigador tenía que ser paciente y reflexivo, no dejar nada al azar, tener en cuenta todos los detalles por pequeños que fueran y abrir todas las líneas de investigación que fuesen necesarias.
Esa noche recibió una llamada de la teniente Manubens para contarle que había hablado con una especie de confidente suyo y que le había dado una pista a seguir que podría tener mucho valor o, por el contrario, no significar nada. La teniente Manubens le habló de una amiga íntima de Anabel, y pensaba que todavía seguían manteniendo una estrecha relación de amistad en el momento de su muerte. Manubens le habló de esta mujer con el objeto de saber si había visto a alguien de esas características rondando por la escena del crimen, y que, gracias a la acertada idea de Cebreros de documentarla gráficamente, tal vez podrían tener entre la colección fotográfica a la mujer en cuestión.
Según la descripción de la teniente no parecía difícil encontrar a una mujer negra, joven y atractiva entre la cada vez más ingente colección privada de fotografías de Cebreros. Él no recordaba haber visto ninguna mujer negra en Riópar en los meses que supuestamente Anabel estuvo viviendo en la cabaña rural de Izquierdo, ni tampoco aparecía ninguna mujer de color en las fotografías. En Riópar no había personas negras viviendo y no era habitual ver a nadie de esta raza por los alrededores, salvo en las fiestas patronales, donde algunos vendedores se dejaban caer con sus hatillos, desapareciendo de nuevo una vez concluidos los festejos. Por si acaso, llamó a todos sus hombres preguntándoles. Ninguno había visto a nadie de esas características. La teniente además tenía un nombre al que agarrarse: Paola. Cebreros le prometió que indagaría en la base de datos de la Guardia Civil por si aparecía algo.
El pensamiento de aquella conversación se diluyó cuando Cebreros se quedó mirando la foto de un hombre que ya le había llamado la atención esa mañana, cuando tomó las fotografías. En tres instantáneas aparecía un hombre tirando a alto. Con gafas de sol y barba. Gorra de béisbol y chaquetón deportivo negro. Recordaba que esa mañana el cielo había estado cubierto por nubes bajas aunque finalmente no había llovido. Sin embargo, lo que más le llamó la atención de ese individuo era que le resultaba extrañamente familiar; como si lo conociera pero en otro contexto totalmente diferente. Lo miró y remiró desde todos los ángulos posibles sin éxito. Con Photoshop trató de ampliar, aclarar, darle más nitidez a algunas partes del rostro de ese misterioso individuo, pero nada extraordinario surgió. Se recostó en el sillón y se cruzó de brazos con el sabor amargo de la frustración en la boca. Se masajeó los ojos cansados y apagó el ordenador. Y se fue a la cama con la imagen de aquel hombre grabada en su mente.
La lluvia golpeaba con fuerza la carrocería brillante del coche. El limpiaparabrisas no daba abasto, el vapor de agua condensada en el interior había empañado los cristales de todas las ventanillas emborronando el exterior. Trató de eliminarlo limpiándolo con el dorso de la mano, pero era inútil. Aunque todavía no era mediodía, las copas tupidas de los árboles oscurecían la carretera por la que Beatriz se desplazaba; resbaladiza, cubierta de hojas amarillas y llena de curvas. Conducía deprisa, con una sensación urgente que le impedía reducir la velocidad. Y fue cuando ocurrió: alguien se cruzó en la carretera justo cuando giraba por una curva pronunciada, impactando en el parachoques delantero con un sonido sordo, seguido de otro más intenso, agudo y metálico.
Frenó y la inercia la impulsó hacia delante, y estuvo a punto de golpearse la frente con el parabrisas. Los tres primeros segundos se quedó paralizada e, inmediatamente después, algo se incorporó con urgencia y con un gemido ahogado se alejó por una inclinada pendiente poblada de delgados y gigantes pinos de corteza mohosa.
Al salir del coche, se dio cuenta de que el claxon sonaba sin interrupción y las luces de emergencia parpadeaban tiñendo con su resplandor el suelo mojado. Primero miró al frente y luego a la parte delantera del coche: nadie. Pero vio en el parachoques una mancha de sangre que tocó con los dedos. Se acercó corriendo hacia el borde de la carretera, por donde había visto a la figura alejarse ladera abajo. Un rastro sinuoso de sangre que se cuarteaba por la lluvia que pretendía borrarla. Volvió la vista al coche, que había quedado atravesado en medio de la carretera, al principio de una curva, con el claxon sonando, las luces parpadeando y la puerta del conductor abierta. Cuando volvió a mirar hacia abajo, vio la figura que se alejaba a paso vacilante y la siguió.
La vegetación se hizo más impenetrable. Allí no había largos pinos de copa alta que la protegieran de aquella lluvia torrencial. El denso sotobosque que se extendía delante de ella le dificultaba el paso. Sobre una hoja bamboleante de helecho vio una mancha de sangre que goteaba. Vadeó un riachuelo donde el agua fluía a toda velocidad, saltando por los riscos brillantes y aparentemente resbaladizos. Una vez en el otro lado miró a su alrededor sin saber dónde se encontraba. Trepó con dificultad por rocas negras cubiertas de líquenes y al llegar arriba vio sobre el suelo un rastro claro de sangre y la figura dejándose caer unos metros más allá.
Instintivamente extrajo de la cartuchera su USP y sujetándola con las dos manos apuntó al frente. Con cautela se acercó hasta donde estaba la figura que se arrastraba despacio y gimiendo por el suelo, en parte oculta por la densa vegetación. La figura se detuvo con un sonoro estertor y lentamente se giró. Adrián miró aterrorizado el arma que apuntaba a su pecho.
—No me dispares, no me dispares...
Beatriz negó repetidamente. Quería pronunciar las palabras tranquilizadoras que no salían de su garganta. Quería bajar el arma y guardarla de nuevo en el arnés, pero una fuerza superior a ella se lo impedía.
—No, no me dispares, por favor...
Disparó al pecho del niño al mismo tiempo que gritaba.
Exhaló un grito ahogado y su cuerpo dio una brusca sacudida. Se tapó la boca con fuerza, conteniendo un chillido desde lo más profundo de su alma. Todo estaba a oscuras y Alberto dormía profundamente a su lado.
Algo vibró en algún lugar, solo una vez.
Prestó atención. Nada. El silencio y la lluvia de fondo que golpeaba los cristales de la ventana del dormitorio.
De nuevo algo volvió a vibrar. Una sola vez.
Despacio y tratando de hacer el menor ruido posible, se deslizó de la cama y observó a Alberto durante un rato hasta convencerse de que seguía durmiendo. Caminó a hurtadillas hasta el salón y buscó su teléfono móvil; no recordaba dónde lo había dejado antes de irse a la cama. Lo vio en una estantería a rebosar de novelas policiacas, en formato bolsillo en su mayoría. Pulsó el botón para activar la pantalla. Había dos mensajes de un remitente desconocido.
Estás buscando respuestas y yo te las puedo dar.
Te espero en el antiguo hotel Albar dentro de quince minutos. Si no vienes, no tendrás otra oportunidad.
Volvió a releer los dos mensajes despacio, y luego una vez más. Acto seguido se deslizó con mucho cuidado dentro del dormitorio y cogió su ropa.
No consiguió centrarse hasta que llegó con su coche a la calle San Antonio, donde lo estacionó cerca de la esquina con Isaac Peral. Cuando descendió del vehículo, no pudo evitar mirar bajo la luz vaporosa de una farola de sodio si había algún rastro de sangre en el parachoques. Salvo algún que otro arañazo y el agua que rebotaba, no había nada más. Caminó por el centro de la calle semipeatonal. Las farolas que flanqueaban la calzada de adoquines ofrecían con su luz gaseosa una imagen fantasmagórica de la calle bajo la lluvia. Observó la fachada del Teatro Circo, recordando la antigua de estilo art déco, con la gran puerta de rejas negras y la banderola en forma de T sobre la marquesina, propia de los cines de la época. Recordó las largas colas que se formaban rodeando la manzana cuando se ofrecían aquellas superproducciones de Hollywood, algo inusual en estos tiempos.
Llegó hasta la puerta principal del antiguo hotel Albar, frente a la parte lateral del emblemático edificio de la Diputación de Albacete, que se encontraba rodeado en todo su perímetro por rejas de hierro negras y puntiagudas, y donde todavía se conservaban las heridas producidas por la metralla durante los bombardeos de la Guerra Civil.
Según un cartel colocado de cualquier manera en la puerta del antiguo hotel, una empresa de construcciones estaba trabajando en su rehabilitación, y en un futuro próximo cualquiera que pudiera permitírselo tendría a su disposición apartamentos de lujo en la zona más privilegiada de la ciudad. Un volquete lleno de escombros y tapado a medias por una lona, que en algunas partes había formado charcos de agua. Vallas de protección amarillas apoyadas en la pared. Beatriz se acercó a la puerta y miró de derecha a izquierda. Como hacía en ese tipo de situaciones, se llevó la mano a su costado izquierdo en busca de su USP, que se dio cuenta de que no lo llevaba por encontrarse de baja.
Todavía estaba la puerta original, de aluminio negro y cristal. Empujó la puerta, pero estaba cerrada. Volvió a mirar a la calle, que estaba tan desierta como cuando llegó. El palacio de la Diputación la observaba como un mudo vigilante de la ciudad. Miró la puerta un par de segundos y entonces le dio una patada. El cristal se quebró sonando como un graznido. Con el pie eliminó los vidrios que se habían quedado adheridos al marco y entró. Nunca había estado en ese hotel anteriormente, pero imaginaba que sería de reducidas dimensiones. Bajo la luz de la linterna de su móvil, Beatriz vio un mostrador todavía intacto aunque sucio, lleno de polvo y manchas de cemento, yeso y pintura. Varios sacos de cemento estaban amontonados, así como torres de ladrillo visto y herramientas para la construcción.
—¿Paola?
Nadie respondió. Dirigió el haz de luz hacia la izquierda en lo que fue una sala de espera, ahora llena de herramientas y más materiales para la construcción. Accedió a un pasillo, que a su vez daba a un pequeño salón comedor donde todavía perduraban algunas mesas y sillas, que estaban amontonadas en una esquina. Trató de percibir algún ruido, pero salvo la lluvia que sonaba amortiguada no escuchó nada más.
Miró el reloj de pulsera: las 3.26 de la madrugada. Había recibido el mensaje a las 3.14 horas, así que llegaba a tiempo. Suspiró y comenzó a pensar que tal vez todo fuera una broma, pero lo desestimó inmediatamente. Quizá la persona que le había enviado los mensajes se había echado atrás y no acudiría a la cita. Que la puerta no estuviera forzada le hacía pensar que podía ser algo bastante probable.
Tras cerca de cinco minutos sin hacer nada salvo esperar, decidió subir a los pisos superiores. Llegó al primer piso, donde en algunas partes las obras de rehabilitación estaban más avanzadas. Apuntó con la luz de su móvil. Antes de entrar en lo que serían unos apartamentos de lujo, preguntó sin obtener respuesta. Cada vez estaba más convencida de que la persona que le había enviado los mensajes estaba jugando con ella y no tenía intención de aparecer. Aun así, decidió subir a la siguiente planta. Subiría hasta la cuarta y última, si era preciso. Bajaría y esperaría en el vestíbulo diez o quince minutos antes de marcharse.
En la segunda planta las obras también se encontraban bastante avanzadas, no así en la tercera. Se fijó en el suelo, lleno de polvo y desperdicios de material sobrante de construcción, y observó unas huellas. Había más, muchas más, por supuesto, pero esas parecían recientes. Apuntó con la luz de la linterna y se inclinó para mirarlas con atención. Luego se fijó en que desaparecían por una de las habitaciones, que todavía conservaban la configuración del antiguo hotel. Iluminó el interior. No había rastro de la cama y del resto del mobiliario. El suelo de parquet estaba sucio y lleno de polvo y serrín. La ventana, desnuda y sin cristales: un recuadro negro por el que entraba el frío de la noche y dejaba ver el rastro plateado de las gotas de lluvia caer. Y un destello...
Se acercó hasta la ventana y lo vio de nuevo: un destello procedente de una ventana situada al otro lado.
Había alguien allí.
Sintió las gotas de lluvia mojar su rostro al acercarse más y el leve siseo producido al golpear la repisa de la ventana. Hizo un cálculo mental de dónde se encontraría esa habitación, al doblar la esquina; total, eran un puñado de habitaciones.
Se giró para salir y llegar cuanto antes a la habitación de donde provenía la luz cuando algo se deslizó con sigilo hacia su posición. Sintió su presencia antes de que pudiera tocarla. Levantó la linterna, pero entonces alguien con mucha fuerza la empujó. Beatriz trató de agarrarse a algo, pero solo encontró el vacío.