La Mala Semilla

Antonio Aparicio · Capítulo 2 de 25

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La Mala Semilla

Martes, 18 de octubre

 

Juan Cebreros se despertó y extendió la palma de su mano sobre el vacío que había dejado Matilde. Habían pasado diez meses desde que la esclerosis lateral amiotrófica se había llevado a su esposa, pero antes ella había sido partícipe de la forma más cruel de su propio deterioro físico. En el sentido más estricto de la palabra, Matilde no sufrió un dolor insoportable, pero fue testigo de cómo la enfermedad tomaba el control de su cuerpo. Restándole vida y movimiento, viendo desde la más absoluta lucidez cómo se apagaba lentamente. Juan todavía no se había hecho a la idea de que Matilde ya no estuviera allí. Eran muchas veces las que sin darse cuenta pronunciaba su nombre y la casa le devolvía como respuesta un silencio estremecedor.

Se arrastró hasta la cocina, encendió el televisor y se preparó el desayuno mientras escuchaba las noticias. Reparó en que cada vez se levantaba más temprano, eran poco más de las seis y esa mañana no tenía que acudir al puesto hasta las ocho. Así un día tras otro; se pasaría las horas siguientes mirando la tele sin mirarla, pensando en la nada, sintiendo que algo de él también moría, y lo peor, que no le importaba. Calentó la taza de café con leche en el microondas y la tostada dio un brinco dentro del tostador. Juan se sentó y mordisqueó el trozo de pan. En la tele, el hombre del tiempo anunciaba demasiado calor para esa época del año; en Riópar, en temporadas anteriores ya habrían caído las primeras nevadas, dejando una estampa idílica pero poco práctica del pueblo y sus alrededores.

Unos nudillos golpearon la puerta de entrada de la casa, que Juan podía ver desde donde estaba porque tanto el recibidor como el salón y la cocina estaban unidos en una misma pieza. Vio una figura grande al otro lado del estrecho cristal esmerilado que se movió impaciente. Juan se limpió con un paño de cocina las manos manchadas del aceite de la tostada y fue a abrir.

—Buenos días, mi brigada —dijo un agente de la Guardia Civil en cuanto abrió.

Cebreros movió levemente la cabeza a modo de saludo.

—Buenos días, García.

—Han encontrado algo que debería ver, mi brigada.

García era un hombre corpulento y bastante alto. Era un buen agente que cumplía con su deber y al que no le gustaba llamar la atención. Se podría decir que era sensible aunque a primera vista no lo aparentase. A pesar de que todavía no había amanecido, Cebreros pudo apreciar por la escasa luz del recibidor que incidía en su rostro que el agente estaba pálido y algunas gotas de sudor perlaban su frente.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó más curioso que preocupado.

El agente se separó con nerviosismo de la puerta de entrada y con una manaza enorme, donde su anillo de casado le estrangulaba el dedo anular, señaló un lugar indeterminado hacia el frente.

—Tranquilo, García, tranquilo —dijo Cebreros cogiéndole del brazo para que se calmara—. Voy a vestirme primero, que como ves voy en chándal. Pasa, anda, y tómate un café mientras esperas.

El agente García fue consciente en ese momento de su nerviosismo. Asintió varias veces sin decir nada y entró en la casa.

 

Un cuarto de hora más tarde, el agente García al volante del Nissan Patrol y el brigada Cebreros a su lado llegaron hasta el aparcamiento situado a la entrada del Parque Natural de Los Calares del Río Mundo y de la Sima. La imponente mole que resguardaba el nacimiento se erigía por encima de las copas de arces, pinos, encinas y tejos. García detuvo el todoterreno al lado de otro vehículo similar. Durante todo el trayecto hasta allí, García no abrió la boca. Cebreros lo miró de reojo en unas cuantas ocasiones, tentado al principio en preguntarle. Pero conocía bien la parquedad en palabras de ese hombre y la renuencia a expresarse debidamente cuando se cerraba en banda.

Al apearse, Cebreros vio un poco más alejado otro todoterreno, un Suzuki Vitara de color blanco. Bastante sucio de barro, llevaba estampado en la puerta el escudo de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha; Cebreros lo conocía perfectamente, ya que era el vehículo que utilizaban los agentes medioambientales en Riópar. El morro del todoterreno casi tocaba el tronco de una encina de copa baja. Cebreros vio que había una persona dentro, inmóvil y con la frente apoyada en el volante, pero no pudo distinguir quién era, debido a la sombra de las ramas alargadas que oscurecían el interior. También vio otro vehículo más estacionado en el extremo izquierdo, casi al principio del aparcamiento. Era un Fiat Punto de color azul apagado. Bastante viejo y con las llantas corroídas por el óxido. Los guardabarros habían perdido todo su lustre y la goma se veía desgastada, cuarteada y deslucida.

—Por aquí, mi brigada —balbuceó García, que fue lo primero que dijo después de irrumpir en casa de Cebreros esa mañana.

Siguió al agente por el camino que serpenteaba hasta el propio nacimiento del río. Cuando había andado unos cuantos metros, giró la cabeza y volvió a mirar hacia el Suzuki. El ocupante seguía con la cabeza apoyada en el volante.

Una niebla de aspecto sedoso había descendido hasta el suelo cubriéndolo todo. A pesar de que no había llovido en semanas, el ambiente era húmedo. Multitud de hojas cubrían el suelo formando un tapiz de colores propios del otoño que acababa de comenzar.

El omnipresente ruido de la cascada del nacimiento se mezcló con las voces de al menos tres agentes que Cebreros reconoció de inmediato. Las voces revelaban nerviosismo y todas las preguntas que habían acudido a su cabeza desde que García tocara la puerta de su casa comenzaron a abrumarlo. La voz de Reyero, uno de los agentes, rompió sus pensamientos. Su cuerpo delgado y nervudo surgió de la niebla como un fantasma. Incapaz de mantenerse inmóvil más de un segundo, gesticuló y abrió mucho los ojos pero no dijo nada. Algo poco habitual en él, que siempre llenaba los silencios convirtiendo su compañía la mayoría de las veces en extenuante. Reyero se hizo a un lado y Cebreros avanzó y se dirigió hacia las escaleras de roca que ascendían hasta uno de los miradores y desde donde se podía obtener una perfecta visión del nacimiento.

—Por ahí no, mi brigada. Abajo, en el riachuelo.

Sin detenerse, siguió la senda que inexorablemente daba a otro mirador. En realidad, una pasarela de suelo de piedra y pasamanos de madera de unos siete metros de longitud colocada transversalmente encima del riachuelo. Antes de llegar vio sangre en el suelo y en el pasamanos. Tuvo que llegar hasta el centro para poder ver justo debajo un cuerpo de mujer tendido boca arriba y medio sumergido.

Apenas había llovido durante las últimas semanas, pero siempre brotaba agua del nacimiento. Allí abajo podría haber treinta, tal vez cuarenta centímetros de profundidad en algunas partes; en otras no más de un palmo. Era una mujer joven, pero Cebreros no pudo calcular su edad. El pelo enmarañado le tapaba gran parte del rostro, pálido, desencajado, sucio. Vestía lo que parecía un plumífero de color rojo o granate que estaba destrozado en su parte delantera. Todo parecía indicar que esa mujer había sido apuñalada hasta la muerte.

Un corte amplio en el cuello con restos de sangre coagulada reforzaba esa temprana hipótesis. Los brazos estaban ligeramente estirados, el derecho más que el izquierdo. Por la postura parecía que la habían arrojado desde donde Cebreros estaba y, en un acto reflejo, se retiró bruscamente y miró la sangre reseca. Tanteó la barandilla que estaba firmemente sujeta al suelo. Miró de nuevo hacia el cadáver tratando de imaginar qué había ocurrido.

—¿Habéis asegurado la zona? —preguntó a nadie en particular tras expulsar el aire de sus pulmones, que había retenido durante demasiado tiempo.

—Sí, mi brigada —contestó Reyero al instante, que esperaba al final de la pasarela expectante y sin apartar los ojos del cuerpo.

Cebreros sacó su teléfono móvil. Buscó el número del juez Lescuyer y marcó. No contestó. Inmediatamente después llamó al capitán Mora de la policía judicial de Albacete, y le contó lo que sus hombres habían hallado. El capitán le ordenó que siguiera con el procedimiento, que él y su equipo llegarían en un par de horas. Nada más terminar la conversación vio que tenía una llamada perdida del juez Lescuyer. Pulsó rellamada y repitió prácticamente la misma exposición. El juez le contestó que salía para allá, y que al encontrarse en Alcaraz tardaría algo menos de media hora en llegar. Cebreros se guardó el móvil y volvió a mirar el cadáver de aquella mujer desconocida.

—¿Alguien sabe quién es?

Todos negaron.

—¿Quién la ha encontrado?

Reyero se adelantó un par de pasos.

—Medina, el forestal.

—Ya no se llaman así, Reyero, ahora son agentes medioambientales. Nada menos que desde el año 2000 —dijo Cebreros en tono cansado mientras avanzaba por la pasarela. Reyero sonrió como el listillo de la clase que debió ser cuando iba al colegio, pensó el brigada.

Se acercó hasta la ventanilla del acompañante del Suzuki Vitara y vio a Medina, que continuaba en la misma postura: inmóvil y con la frente apoyada en el volante. Cebreros dio dos golpecitos en el cristal. Medina reaccionó, separó la cabeza del volante unos centímetros y lo miró con ojos adormecidos. Cebreros abrió la puerta.

—Buenos días, Joaquín.

—Buenos días, Juan —contestó Medina con desgana.

—¿Has tomado un café o algo?

Medina negó con más apatía si cabe y se rascó la densa barba de tres o cuatro días que lucía.

—Le voy a decir a uno de mis hombres que se acerque al bar de Pedro y te traiga un carajillo bien cargado; te gusta de whisky, ¿no?

—No quiero nada, Juan.

Cebreros hizo un gesto como dando a entender que su opinión no contaba y aprovechó para sentarse. Cerró la puerta. Dentro del vehículo olía a barro, a tabaco y a perro. En el maletero descubierto había un cachorro de podenco color canela que levantó las orejas al ver a Cebreros.

—No digas tonterías, hombre, pero ¿tú has visto el aspecto que tienes? Estás hecho una mierda, amigo.

Medina hizo un amago de sonrisa y dio unos golpecitos en el volante.

—Además, yo tampoco he tomado nada. García se ha presentado en la puerta de mi casa cuando iba a desayunar y ahora parece que tenga un agujero en el estómago. Que sean dos carajillos de whisky.

Medina forzó una nueva sonrisa y miró con sus casi inexistentes ojos a Cebreros, que, al contrario que el agente medioambiental, tenía los ojos grandes aunque lucía sendas bolsas oscuras bajo ellos.

—¿Te apetece contarme qué ha pasado?

Medina miraba al salpicadero del coche. Se removió en su asiento y buscó algo en los bolsillos de su chaquetón, vestimenta oficial de los agentes medioambientales también de un verde muy similar al que llevaba Cebreros.

—¿Te importa que fume?

—Es tu coche.

Medina se dio cuenta entonces de que el paquete que buscaba estaba en el salpicadero. Abrió la cajetilla y se encendió un cigarrillo sin prisa. Cebreros, como hombre paciente que era, esperó en silencio. Medina expulsó una primera bocanada de humo al frente, luego abrió unos tres centímetros la ventanilla de su puerta. Dirigió la segunda bocanada al hueco.

—Ya sabes que madrugo mucho. Me gusta levantarme temprano y salir a dar una vuelta. Echo un vistazo a los perros antes que nada. Hace un mes que me regalaron este cachorro de podenco. —Señaló con el pulgar hacia el animal—. Estos días atrás estaba algo pachucho con el moquillo, pero parecía que había espabilado un poco.

Cebreros asintió.

—Estas semanas atrás me despertaba, me lo subía al coche y me venía a dar una vuelta con él antes de empezar.

—Y ha sido cuando la has encontrado.

Asintió y se llevó el cigarrillo a los labios con cierto nerviosismo.

—Tal cual, ahí tirada.

—¿No has visto nada sospechoso?

Abrió sus pequeños ojos y miró fijamente a Cebreros; aun así y teniéndolos casi completamente abiertos, el iris llenaba casi toda su esclerótica.

—No he visto a nadie.

—¿A qué hora ha sido, más o menos?

El agente medioambiental se removió de nuevo en su asiento, parecía incómodo. Cebreros se fijó en ese detalle.

—Poco antes de amanecer, a eso de las cinco y media... Oye, ¿no ibas a pedir un carajillo?

Cebreros se movió como si de repente hubiera recibido una descarga. Abrió la ventanilla e hizo señas a García, que era el agente que se encontraba más cerca, le dio tres euros y le hizo el encargo. Cerró la ventanilla pese a que el aire del interior estaba viciado por el humo del cigarrillo de Medina y el olor a perro.

—Bien. Sigamos, Joaquín. Llegaste a eso de las cinco y media y qué pasó exactamente.

—Llegué y aparqué el coche, aquí mismo.

—Y viste el Fiat Punto, ¿no? —dijo Cebreros señalando al coche que estaba estacionado a la izquierda.

—Sí. Eso es, vi el coche, pero no me extrañé demasiado. Solté al podenco y me entretuve un rato echando un vistazo por ahí. El podenco no dejaba de ladrar y pensé que había visto alguna ardilla o algún pequeño roedor, pero enseguida me di cuenta de que los ladridos no eran normales. Estaba asustado, así que me acerqué hasta el nacimiento y vi al animal fuera de sí. Nada más llegar vi la sangre en el mirador y pensé que algún gracioso se había estado entreteniendo la pasada noche. Acuérdate de cuando encontramos a aquel zorro destripado en este mismo lugar...

Cebreros hizo una mueca al recordarlo. Ocurrió un año atrás, más o menos. No consiguieron dar con el autor.

—¿Recuerdas algo significativo cuando llegaste a la escena, algo que llamara tu atención? Es importante, ya sabes.

Medina asintió y se frotó la barba de cuatro días que crujió bajo sus dedos.

—No sé, Juan, lo siento... Fue tan...

Cebreros le golpeó suavemente el brazo, pues entendía por lo que estaba pasando.

—No pasa nada. ¿Sabes quién es? Porque he preguntado a mis hombres y no la han reconocido. No se le ve bien el rostro pero a mí tampoco me suena, ¿era forastera?

—No. Bueno, sí, era forastera...

—Entonces la conocías.

No supo por qué, pero Cebreros tuvo un extraño presentimiento que se cebó con su estómago vacío.

—Vivía en una de las cabañas que hay en Fuente el Ojico, donde están las casas rurales. Apenas la conocía de verla por allí. Saludarla, poco más.

Cebreros tuvo la sensación de que Medina medía sus respuestas. Lo conocía en el plano profesional. No eran lo que se decía amigos íntimos, pero colaboraban habitualmente y existía entre ellos una relación cordial, sin ir más allá de la cortesía. Medina era un hombre que amaba la naturaleza y vivir en Riópar. Era sencillo, tranquilo y discreto, cuyo mundo eran aquellos bosques y las personas que, como él, no estaban interesadas lo más mínimo en crecer profesionalmente, vestir de marca o poseer coches de gama alta escandalosamente caros.

—¿Sabías cómo se llamaba?

—Anabel —contestó tras pensárselo un instante—. Se llamaba Anabel.

Sí, Medina era un hombre sencillo, muy capacitado y gran conocedor del medio donde se movía, reacio a mostrar sus sentimientos. Franco en sus afirmaciones, seguro en sus convicciones y probablemente incapaz de mentir sin que se le notara.

—¿Sabías algo más de ella que me quieras contar antes de que llegue la caballería?

Se agitó en su asiento. Parecía que el chaquetón le sobraba, intentó sonreír y le asomó en su lugar una mueca preocupada. Cebreros le devolvió la sonrisa para que se sintiera cómodo. De nuevo se detuvo a pensar en las respuestas que salieron de su boca como si fueran un recuerdo muy lejano.

—No mucho. Creo que era de Albacete y estaba viviendo en la cabaña de forma provisional.

Un torrente de interrogantes se agolparon en su cabeza. Esperó pacientemente a que Medina continuara. Sin embargo, y como imaginaba, no añadió nada más. Inmediatamente después el agente García se acercó arrastrando su inmenso corpachón. Cebreros constató que no había desaparecido de su rostro todavía la expresión turbada ni la palidez extrema de primera hora de la mañana. Traía consigo los carajillos de whisky en dos vasos pequeños de plástico y pensó que ese día, a pesar de que apenas bebía, le haría falta algo más fuerte.