La multitud errante

Laura Restrepo · Capítulo 9 de 17

Páginas del PDF

La multitud errante

Capítulo 9

–Porque a los gatos nunca les pasa nada.

Más adentro en la noche, ya sobre la madrugada y abrigando entre pecho y espalda una botella de ron, a manera de despedida no entregamos impenitentes a un bolerazo lento y ceñido, tal como debe ser. Escudados en lo irresistible del mece-mece y de una letra hiperbólica que hablaba de copas rotas y de frustradas libaciones de amor. Siete por Tres y yo, livianos y felices, medio borrachos ya, nos acercábamos sin buscarnos demasiado, sin que el uno apremiara ni el otro acabara de consentir.

–¿Cuánto dura un bolero? – le pregunto a la señora Perpetua.

-Los de antaño cinco minutos; los de ahora, tres no más.

Tres minutos no más. Al otro día, que había amanecido siendo domingo pero que se arrastraba hacia una tarde tan anodina como la de cualquier martes, me topé con Siete por Tres frente a los hornos del pan. Andaba taci-turno y arropado en distancias, y colgada al cuello llevaba de nuevo la sombra de Matilde Lina desmayada y volátil como un echarpe de seda gris.

9

Ya se vivía la resaca del gran entusiasmo petrolero cuando Siete por Tres se vio involucrado, casi sin percatarse, en los hechos que habrían de traerlo hasta este albergue de caminantes, donde se convertiría en mi desvelo, casi tanto como Matilde Lina era el suyo. Montado como estaba en el sube y baja de sus acucias y sus despechos, no percibió el momento sutil en que el descontento, que en Tora se cocina a fuego lento, subió como leche hervida, rebasó todo canal de contención y estalló.

–¡Tápese la boca con un pañuelo mojado y corra! – le advirtió alguien a Siete por Tres, quien observaba la barabúnda desde una tienda, pendiente tan sólo de algún rostro femenino que le recordara al que andaba buscando.

No hizo caso porque no tenía pañuelo, ni velas en ese entierro, pero por si acaso puso a su Virgen a salvo en la oscurana de un zaguán. Segundos después se vino encima una invasión de soldados disfrazados de matorral, con hojarasca en el casco y ramajes a la espalda, llevando máscaras, mangueras y unos tanques que a él le recordaron los de fumigar.

–¡Echan gases! – oyó gritar, al tiempo que lo abrazaba una mala nube que le pringó la piel, le cerró la garganta y le inflamó los ojos con algo mil veces peor que el ají.

Eso es lo que él mismo cuenta, pero según los periódicos que aparecieron por aquellos días, uno de los incitadores de la alharaca había sido el propio Siete por Tres. Vaya uno a saber.

Promediando las diversas versiones del siguiente episodio, he podido deducir que aún no se reponía Siete por Tres de la asfixia y del aturdimiento del gas lacrimógeno cuando alcanzó a ver, a través de la roja niebla del ardor, a un niño que atravesaba la calle con un portacomidas en la mano. A uno de los falsos matorrales le debió parecer que se trataba de bomba, o de coctel molotov.

–Es almuerzo para mi papá -intentaba aclarar el niño, mientras esquivaba los golpes del soldado y protegía con los brazos aquello que parecía, en efecto, un portacomidas, pero que tal vez fuera, como sospechaba el militar enmalezado, un coctel molotov, porque ya se sabe que en tiempos de guerra sucia no se puede confiar en la tropa, pero tampoco en los niños.

Dicen que todo sucedió a la vez: el soldado que agrede al niño, Siete por Tres que se encrespa de indignación y le encaja al soldado un puñetazo, la jauría de malleros que entra en acción y desencadena el zafarrancho.

Cuando se decantaron los acontecimientos y las autoridades empezaron a

investigar, aparecieron testigos que juraron que el agitador infiltrado y atacante del militar era un extranjero joven, armado, comunista, por más señas descalzo y con seis dedos en el pie derecho, profanador de templos y ladrón de imágenes sacras, entre ellas una Virgen esculpida por el célebre Legarda, que constituía una valiosa reliquia colonial.

-La madre Françoise sospecha que eres guerrero, o terrorista… -

puyaba yo a Siete por Tres, a ver qué le sonsacaba, cuando ya llevaba dos o tres meses alojado en el albergue y entre nosotros empezaba a afianzarse la confianza.

–¡Ay, Ojos de Agua! Mi guerra es más cruel, porque la llevo por dentro

–me contestaba él, eludiendo la respuesta. Fue por esos días cuando empezó a decirme Ojos de Agua. «Venga para acá, mi Ojos de Agua, que la noto alicaída y tristonga», me llama riéndose, o si no pregunta por ahí,

«¿Dónde anda hoy mi Ojos de Agua, que no viene a saludarme?». Y

también, «No me mire con esos ojos, niña, que me ahogo en ellos».

–No hace falta que te ahogues -reviro yo-, me basta con que te des un buen baño. Aquí tienes champú para que te laves el pelo, y una camisa limpia, o acaso te estás creyendo que aún vives entre el monte.

–Dios me ampare de su cantaleta, mi Ojos de Agua -me dice así, mi Ojos de Agua, como si fueran suyos mis ojos claros, como si fuera suyo todo lo que soy, y yo, al escucharlo, me entrego sin reservas a esa pertenencia. Aun que al mismo tiempo comprendo que esa forma de llamarme es constatación de distancia: ojos claros son ojos de otra raza, de otra clase social y otro color de piel; de otra educación, otra manera de agarrar los cubiertos en la mesa, distinta forma de dar la mano al saludar, de reírse de otras cosas; otra