La multitud errante

Laura Restrepo · Capítulo 4 de 17

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La multitud errante

Capítulo 4

La señora Perpetua, ya muy anciana, es la única persona que sabe lo que yo quiero saber. Se hallaba presente en el atrio de aquella iglesia, siendo mujer casada y con hijos, la noche en que encontraron al niño del pie qui- mérico.

Luego atravesaron juntos los mares rojos del éxodo hasta que la calamidad separó sus vidas, y después de un bache de años espaciados vino a topárselo adulto por venturas de la errancia, aquí, en este albergue de caminantes. La señora Perpetua se debate en lucha eterna y perdida de antemano contra un aparato de tortura hecho de alambres y pasta rosa que llama con orgullo mi prótesis dental, y mientras lo tasca sin lograr acomodarlo, me va contando.

–Vi a Matilde Lina enseñarle a ese niño a amaestrar a un chumbilá. Hacía círculos en el aire con una vara fina de bambú hasta que el animal venía volando, obediente, a pararse en la vara – dice con mímica, y a mí me hacen gracia sus intentos de repetir con el brazo los círculos flexibles y con la boca el hocico del murciélago -. Se iban por los charcos para encontrar a la rana de los cien ojos, que no son suyos sino de los muchos hijos que carga entre los pliegues de la piel. Ellos, los dos, se alimentaban con yuyos y aguadijas, de esas esponjosas que saben hincharse de agua -me informa Perpetua bajando la voz, para que nadie más escuche -. Eso murmuraban por ahí, que Matilde Lina y el niño se alimentaban de pura verdolaga y chamizo de monte. Mientras los demás trajinábamos en oficios y desmayos, las horas de ellos pasaban serenas, perdidos como estaban en pláticas y contemplaciones. Los cuidaba el alma del bosque, o al menos así decíamos para podernos desentender, que ya cada cual tenía bastante, y aun demasiado con cuidar de sí mismo.

También por un animal se apartó Siete por Tres de Matilde Lina, después de trece años de encontrar en su regazo el tibio centro del mundo. En uno de esos períodos de escasez de avío en que la gente devora hasta la suela de los zapatos, a ellos dos les había dado por recoger, en los escombros de una

hacienda abandonada, a una gata con su cría. Animales afilados, tullidos y dientudos, diabólicos a punta de hambre, que ellos socorrían a escondidas del resto de la caravana, por temor a que se los comiera el personal famélico, que no le hacía el asco a nada que tuviera pelo, pluma o escama.

–¿Se van a morir? – preguntaba Siete por Tres, también él, como los gatos, convertido en pequeño manojo de ansiedad y huesos.

Un martes en que la niebla y la hambruna hacían la vida borrosa, avanzaba malhumorada la caravana por los barrizales de un paraje llamado Las Águilas cuando fueron alcanzados por los de retaguardia, que venían a avisar que en maniobra envolvente los tenía cercados el sargento Moravia, con un pelotón fieramente armado del Ejército Nacional.

–Charro Lindo, el jefe nuestro, era reconocido por hermoso y por coqueto, y por un frasquito que llevaba siempre colgado al pescuezo, en el que guardaba las cenizas de la que había sido su casa paterna – me relata Perpetua -. Pero, además, se había hecho famoso por el olor nauseabundo de sus pobres pies, gusarapientos de tanto andar embutidos entre las botas de caucho. Se había vuelto proverbial su problema de pecueca, único defecto que como enamorado le encontraban las muchachas que en las noches compartían con él la cobija.

A Charro Lindo le habían asegurado que lo único que le curaría la pestilencia era meter los pies entre permanganato de potasio disuelto en agua tibia, y él, acosado por esa afección que menoscababa su orgullo y que lo convertía en blanco de un burleteo general y solapado, puso tanta fe en la fórmula que se aventuró a contrariar el sentido común y a desoír las reglas de supervivencia cuando se recorre territorio hostil. Buscó la manera de bajar del monte para acercarse a lugar civilizado donde pudiera comprar el remedio, y quiso la fatalidad que ese lugar fuera un rancherío llamado Bienaventuranzas, que al fin de cuentas no se cumplieron sino todo lo contrario, porque Charro Lindo, sin saberlo, cometió el error de arrastrar a los trescientos y pico que quedaban hacia los predios pantanosos del sargento Moravia, de fama imperecedera por carnicero y conservador, quien