La multitud errante
Capítulo 11
insondable y se dispuso a desamarrar el cordón con la resignación del condenado a muerte que estira el pescuezo hacia el filo del hacha, pero en el último instante, casi por jugar, movido solo por un destello de picardía, torero-payaso que intenta una última cabriola como quite a la cornada, sin decir una palabra ni alterar el gesto, se quito el zapato del pie izquierdo.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, cinco dedos contó burocráticamente el cabo, ni uno menos, ni uno más.
–Váyase – ordenó, sin percatarse del cambalache.
11
De nuevo con el alma entre el cuerpo y el color recuperado, como si acabara de resucitar, ya en control de los zapatos de carnaza, que parecían haberse ablandado con el susto y ahora respondían más dóciles a su paso apurado, Siete por Tres salió del centro de la Tora soliviantada y empezó a subir montaña, tal como le había indicado Eloísa Pina, por entre el rosario de barrios de invasión. Los veía desgajarse uno tras otro sin aprenderse los nombres, porque no acababa de preguntar cómo se llamaba alguno cuando ya había empezado el siguiente.
–¡Cómo inventa la gente! – se asombraba de la capacidad de poner tanto nombre, a veces pura ilusión o ironía, como Las Delicias, Altos del Paraíso o Tierra Prometida; otras veces conmemorativos de ambiguas victorias del pueblo, como Veinte de Julio, Grito Comunero o Camilo Torres. Santa Teresita Niña, San Pedro Claver y María Goretti para recor- dar a los favoritos del santoral; Villa Nohra, La Doncella y El Mariluz en honor a la mujer; los demás repetidos, adjudicados en cadena cuando la imaginación no daba para más: Villa Areli Uno, Villa Areli Dos, Villa Areli Tres; Popular Uno, Popular Dos, Popular Tres.
Cuando por fin olvidó el incidente del cabo, recobró la confianza y se animó a hacer un alto para mirar hacia abajo, se sorprendió al ver al fondo, anclada en el centro de la selva, esa catedral reverberante y metálica que era la refinería, con su intrincada maraña de tubos, de torres y de tanques, en pleno esplendor de su fuego interno y sus humos tóxicos.
Pobre ciudad con corazón de acero, pensó Siete por Tres; poderoso corazón coronado por trece chimeneas pintadas de rojo y blanco, que lanzan contra el cielo llamaradas azules y eternas.
–Sospecha uno que esas llamas ya requemarón el aire -le he escuchado decir más de una vez- y que dentro de poco no vamos a respirar. ¿Cómo no va a hacer calor, si vivimos montados en semejante estufa?
Siguió subiendo hasta que la férrea solidez de la refinería se disolvió en espejismo, y de tanto tubo y tanto tanque no llegaron hasta sus ojos sino destellos de sol. En cambio, iba cobrando fuerza en sus oídos el ruido de un martilleo constante, incansable, prolongado como una obsesión. Lo producían las familias de advenedizos que por cada rancho que ya existía iban levantando otros dos: aquí clavaban tablas y pegaban ladrillos, allá ajustaban latas, más arriba se las arreglaban con palos y cartones. A medida que Siete por Tres ascendía encontraba ranchos más endebles, más inmateriales, hasta
que los últimos le parecieron construidos en el aire, de sólo anhelo, de puro martillar.
Suspendidas en la blancura calcinada del mediodía, dos mujeres cocinaban sobre una parrilla improvisada en la calle de tierra, y un viejo descalzo trasteaba un colchón. Un perro amarillo se ensañó se ensañó se ensañó ladrándole a sus amarillo se ensañó ladrándole a sus zapatos nuevos y un grupo de niños dejó de patear un balón de trapo para mirarlo pasar.