La multitud errante
Capítulo 8
encaje destinada a Matilde Lina a cualquier puta joven de sonrisa honesta y tras una hora de amor, le encimó la medalla.
Y yo aquí pensando en todo esto, tan lejos de mi propio entorno y acostada en esta cama revuelta, sin poder dormir. Me lo impide el calor. Me lo impide el ruido de la planta eléctrica. Me lo impide el miedo que de noche se agazapa en los rincones de este lugar asediado. Me lo impide saber que un hombre llamado Siete por Tres, si es que tal cosa es nombre, una vez, hace tiempo, le compró a su amada una camisa de encaje y una medalla.
8
Es este un lugar ajeno y lejano de todo lo mío, regido por códigos privativos que a cada instante me exigen un enorme esfuerzo de in- terpretación. Sin embargo, por razones que no acabo de esclarecer, es aquí donde está en juego lo más interno y pertinente de mi ser. Es aquí donde resuena, confusa pero apremiante, la voz que me convoca. Y es que yo, a mi manera peculiar y aunque ellos no se den cuenta, también hago parte de la multitud errante, que me arrastra por entre encuentros y desencuentros al poderoso ritmo de su vaivén.
Siete por Tres tampoco se percata. Al igual que los demás, me ve como un punto fijo al cual se puede arrimar; como una de las vigas que sostienen el albergue que lo acoge en medio de su viaje sin final. Él viene hacia donde yo ya estoy: cómo o por qué llegué, de dónde vine, para dónde voy, es algo que no se pregunta. Da por sentada mi permanencia, y yo, aun sabiéndola incierta, lo invito a que cuente con ella. Y lo hago desde el fondo de mi honestidad, porque intuyo que sigo aquí justamente para que él -él y todos los suyos- puedan llegar. Es extraño y seductor, esto de servir de puerto cuando uno se sabe embarcación.
Pero, ¿qué hacer con Matilde Lina -la Incierta, la Extraviada, la Perpleja- y cómo desembarazarse de su presencia incorpórea? Con sus párpados pesados, sus cabellos de niebla y su corazón de pulsaciones pálidas, ella pertenece al reino de la alucinación y se sale absolutamente de mi control.
Su tragedia y su misterio fascinan y angustian a Siete por Tres, y lo atraen con la fuerza de un abismo. Es una rival feroz. Por más vueltas que le doy, no sé cómo derrotar esa existencia rotunda, concebida en el aire por un hombre que a lo largo de su vida la ha ido modelando a su imagen y semejanza, hasta hacerla encajar en el tamaño exacto de su recuerdo, de su culpa y su deseo.
–Déjala dormir, hazle la caridad -le digo a Siete por Tres-. Eres tú quien la mantiene atada al tormento de su falsa vigilia. Deja que se desprenda en paz; no la acucies con la insistencia de tu memoria.
–¿Y si está viva? – me pregunta-. Si aún está viva no la puedo enterrar, y si está muerta tengo que enterrarla. No puedo dejarla por ahí, vagando solitaria como un alma en pena. Viva o muerta, tengo que encontrarla.
–¿Has pensado en la posibilidad de que eso no sea posible? – le digo con cautela, soltando despacio cada palabra.
–¿Y si ella me anda buscando? ¿Si le pasa como a mí, que no tiene vida por estar pendiente de la mía? ¿Si sufre al saber que yo estoy sufriendo?
–Entonces vámonos a bailar -le propuse la otra noche-. Aquí en tu país he aprendido que cuando las cosas no tienen solución, el mejor remedio es irse a bailar.
Era un sábado fresco de diciembre y él estuvo de acuerdo, y en el camión de las monjas bajamos hasta un bailadero muy popular, llamado Quinto Patio, que queda en pleno centro de Tora. Se aproximaba la Navidad y en las calles estrechas, adornadas con ristras de luces de colores, las gentes de buena voluntad andaban compartiendo natilla y buñuelos, cantando villancicos con piucos y tamboras y rezando ante los pesebres la novena de
aguinaldo. Ni la luna de azogue que nos abrasaba, ni el intenso olor nocturno a jazmín, ni el estruendo que desde las rocolas metía el Grupo Niche con su Cali pachanguero, ni siquiera el próximo advenimiento del Rey de los Cielos había logrado aplazar la matazón, y de tanto en tanto la guerra nos echaba en cara su porfía: unos tiros en una esquina, una explosión en la distancia y, bullendo por todos lados, esa loca euforia de estar vivo que caracteriza a está tierra inefable.
–No hay en el mundo un país más hermoso que éste -le decía yo esa noche a Siete por Tres, mientras le comprábamos a un ambulante tajadas de mango verde con sal.
–No, no lo hay, ni más asesino tampoco
En la penumbra roja y acogedora del Quinto Patio, Siete por Tres y yo nos pusimos a bailar, al principio unos merengues tímidos y después unas salsas enardecidas que él, como buen colombiano, ejecutaba con agilidad mientras yo bregaba a seguirle el paso con la torpeza extranjera de mis pies.
–Siete por Tres, hay una cosa que debo preguntarte ya mismo -le solté de repente, haciéndolo interrumpir su bailar sandunguero.
–¡Jesús! Cuanta solemnidad. ¿Y qué será eso tan grave que inquieta a mis Ojos de Agua?
–Dime qué pasó con los gatos.
–¿¡Gatos!? De qué gatos me hablará esta señorita…
–De aquellos gatos hambrientos que Matilde Lina y tú socorrían cuando les cayó la emboscada.
–Ah, esos gatos. A esos gatos no les pasó nada.
–¿Cómo lo sabes?