La multitud errante

Laura Restrepo · Capítulo 10 de 17

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La multitud errante

Capítulo 10

manera, dificultosa y fascinante: definitivamente otra. Cuando Siete por Tres me dice Ojos de Agua, yo entiendo también que entre mis ojos y los suyos se atraviesa un océano. Pero él sabe anteponerle un mi - mi Ojos de Agua- y ese mi es una barquita: insuficiente, raquítica, azarosa, pero embarcación al fin, para intentar la travesía… Son lecturas que haces con el deseo cuando la única certeza que te ofrecen está hecha de frases inciertas.

10

Tras aquel brote de disturbios en Tora, Siete por Tres paso del más evanescente anonimato a ser el tema del día. Tenía a los perros detrás, ávidos de crucificar a algún chivo expiatorio, y según me cuenta Eloísa Piña, presidenta de un comité cívico que se unió a la revuelta y a quién el recurrió en esa ocasión, no lo preocupaba tanto la urgencia de salvar su propio pellejo – que además traía sollamado por el gas – como la certeza de que Matilde Lina se hallaba refundida en medio de aquel tumulto, y la necesidad de encontrar un cambuche para esconder a su virgen, de repente famosa, de buenas a primeras considerada tesoro colonial y reclamada como patrimonio artístico sustraído a la nación.

–Váyase al nororiente de la ciudad y empiece a trepar loma – le aconsejo Eloísa Piña -. Encájese un gorro y use manga larga, para disimular el maltrato, y póngase zapatos para que no lo traicione el dedito suplementario. Atraviese el mar de barrios de invasión, sin para ni abrir la boca, y siga, siga subiendo. Cuando ya no le quede una gota de aliento, estará llegando a los últimos ranchos de una barriada joven que llaman la Nueve de Abril. Aunque le aclaro que últimos, últimos ranchos jamás va a encontrar por allí, porque no terminan los recién llegados de construir el suyo cuando ya han llegado otros aún más recientes y están levantando el propio. En cualquier caso ahí si descanse, en los despeñaderos de la Nueve de Abril, y pregunte por las monjitas francesas. Cualquiera lo sabe llevar.

Ellas tienen un albergue donde no se atreven a irrumpir los milicos, los paracos ni los guerreantes, y allá acogen caso críticos como usted y los protegen, ¿cómo será? Yo digo que cobijados con el mero soplo del Espíritu Santo.

Con el dinero que Eloísa Piña le prestó rezongando, dado que no avizoraba esperanzas de recuperarlo pronto, Siete por Tres se compró un par de zapatos negros de cordones y gruesa suela de caucho, de la famosa marca El Campesino Colombiano, y cruzaba la última calle del casco urbano con su Santa Bailarina a cuestas y sus pies refrenados por la rigidez de la carnaza sin desbravar, cuando lo detuvo una patrulla de la policía, en pleno uso de su prepotencia y su ulular.

–¿Qué lleva ahí? – preguntó un cabo, sospechando del bulto pesado que cargaba al hombro.

–Leña – respondió sin abrir el costal, y atino a hacer sonar a golpes de nudillo la madera de su santa protegida, de tal modo que el cabo, que no era de los que pierden el sueño por la suerte de las vírgenes no carnales, se dio por satisfecho en cuanto al contenido del fardo.

–¡Descálcese el pie derecho! – fue la nueva orden que impartió, porque debía tener instrucciones de reconocer al maleante por la siguiente indicación reseñada: “Señales particulares, un dedo de más”

Siete por Tres sintió que descendía al último sótano del desconsuelo y desde allá abajo invocó a Matilde Lina: ¿Cómo te voy a seguir buscando, morena mía, si me encierran entre una celda con cadenas y candados?

–¿Quiere que me descalce mi cabo? – quiso hacerse el tonto.

–¿Acaso no oye? ¡Que se descalce el pie derecho, he dicho!

Siete por Tres se sentó en la acera con la parsimonia de los que aceptan que ya no hay nada que hacer, Se miró los zapatos nuevos con una tristeza