La novela perdida de Lord Byron

John Crowley · Capítulo 17 de 19

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La novela perdida de Lord Byron

Quince

 

En el que Lucifer y su hermano quizá se pongan finalmente de acuerdo

 

o había transcurrido un mes desde que la última carta del Honorable Peter Piper se viera decorada con diversos sellos antes de consignarse tanto a los vientos como al correo italiano (cuando unos soplan el otro

se inclina) cuando se ve una solitaria figura de pie junto al Gran Canal, recién llegada, largos sus ropajes, negra la levita como el traje de máscaras que adoran los venecianos, en Carnaval, capaz de atraer las miradas con mayor facilidad que todos los matices del arco iris que engalanan los trajes y las capas que lo envuelven. Lleva el pelo largo, descuidado, revuelto como oscura alga marina, y, a juzgar por la sombra que cubre sus mejillas, no ha recibido hoy la caricia del barbero o la cuchilla de afeitar. Sobre esa mejilla se extiende una lívida cicatriz que parte del pómulo hasta la comisura del labio, como una historia con título, pero no narrada. Otra historia parecida acecha en sus oscuros y hundidos ojos, cuya mirada pasea sin juzgar y sin que le alcance la alegría y el colorido de la multitud. Junto a él, un paso por detrás, hay una figura más delgada, cubierta con el blanco atavío de las gentes del desierto de Libia. Quienes disfrutan del Carnaval apenas les dedican una mirada, pues lo suponen un juerguista más, aunque el otro, a pesar de ser mucho más joven que su señor, posee la misma calma y quietud de espíritu.

¿Podría ser el de negro Alí, este borrón en el sol veneciano, así marcado, así acompañado? Mis lectores (si es que este relato cuenta con alguno, y éste, junto con su autor, ha alcanzado este momento, este lugar) quizá se pregunten qué aventuras, qué climas han templado la ansiosa y sobrecargada alma para forjar tan mesurada mirada. No obstante, tales lectores preguntarán en vano, pues aún se alargaría más la historia si hubiera que contar todas las que ésta contiene; así, no nos queda sino imaginarlas, sobre todo cuando del palazzo cercano, dispuesto a dar la bienvenida al recién llegado, sale un hombre deforme, encorvado, vestido con una levita de seda azul y un chaleco de suntuoso brocado: su hermano, Ængus.

—No sé si puedo tenderte la mano —dijo éste a Alí—. No querría que la rechazaras.

—Somos Sane —respondió Alí—. La familia te despreció tanto como yo llegué a odiarla, al menos al cabeza de familia mientras vivió; no obstante, es la única que tengo, y que tendré, y él el único padre, tan mío como lo fue tuyo.

—Al menos él te amó.

—Él no amó a nadie. Ni siquiera a sí mismo. Es más, a sí mismo menos que a nadie.

—Debo admitir que a ese respecto tu experiencia supera a la mía —dijo Ængus.

Pasaron unos instantes mirándose, como si intentaran discernir si sonreirían al final, o si, para distanciarse, desenvainarían la desnuda espada del pasado.

—Los nómadas del desierto cuentan una historia —dijo Alí entonces—; he convivido con ellos y poseen su propio concepto de la religión, que mezcla de forma peculiar el cristianismo con las enseñanzas de Mahoma. Dicen que al principio Dios tuvo dos hijos, y no uno: uno era aquel a quien llamaron Jesús, y el otro fue Lucifer. Los dos hermanos discutieron y pelearon, después de lo cual Lucifer abandonó el Cielo con sus ángeles, y Jesús se quedó en casa. Entonces, Jesús, en su encarnación humana, ayunó en el desierto durante cuarenta días (te mostrarían encantados el lugar donde lo hizo, pues lo conocen muy bien), y Lucifer acudió para batallar de nuevo con él, tal como habían hecho al principio. Lucifer instó a su hermano a renunciar a la tiranía de su padre y unirse a él, después de lo cual el dominio de la Tierra sería suyo, y Lucifer podría retirarse a su propia morada. Jesús comprendió que era un mal negocio, y reafirmó su lealtad al Padre celestial, y a sus designios para el hombre. Lucifer lo dejó allí, en aquella roca, y, antes de volar de vuelta a sus infernales dominios, las últimas palabras que dedicó a su divino hermano fueron éstas: «Siempre fuiste su favorito.»

—Bonita historia —admitió Ængus—. Es más, por extraño que parezca tiene mucho que ver con el asunto que me ha empujado a pedirte que vinieras. Pero debes de estar agotado del viaje. Entra, date un baño y descansa. Nada de todo esto importará hasta entonces, y quizá te avengas a acompañarme al Lido a cabalgar.

—Creía que no había caballos[1] en Venecia, a excepción de los de bronce, en la catedral.

—Y de los míos. ¡Ven! ¿Qué puedo hacer por tu hombre? —Se refería al de blanco, que aguardaba de pie tras Alí, y que durante la conversación no se había movido ni hablado.

—No se separará de mi lado —respondió Alí—. Si no tienes ninguna objeción cabalgará junto a mí. —Al decir esto, cruzaron la mirada, amo y hombre, si es que eran tales, una mirada en la que Ængus reparó, aunque, a decir verdad, hubo en ella emociones de las que él poco sabía, un sentimiento de profundo afecto, de confianza y amor.

—Me parece bien —se limitó a decir, antes de volver su deforme figura hacia la escalera.

Durante la cena, Alí tuvo oportunidad de aludir a la única y singular cosa que sabía de la vida de su hermanastro en Venecia, que tenía una liaison con cierta dama, a quien visitaba y atendía, según Alí, como un vasallo.

—Así es —admitió Ængus—. El cavaliere debe estar dispuesto a mostrarse servente. Al principio tuve que explicarle a la dama que en lo que a lo de la caballerosidad respectaba, estaba de acuerdo, pero que eso de la servidumbre no iba conmigo. Ella amenazó con rechazarme, pues no estaba dispuesta a verse avergonzada en sociedad por una sola muestra de desprecio por mi parte hacia sus sentimientos, más bien diría que a su sentido de la moral. De modo que acepté. — Levantó la burlona mirada hacia Alí y, aunque el objeto de su burla parecía ser de siempre (él mismo), una sombra, o una luz de compasión se había hecho un hueco, quizá hacia el mismo objeto—. Debo de parecerte cómico —dijo a continuación—. Cómica en verdad debe de ser la vida que llevo. Aun así, hay tan duros momentos en ella que cuesta sobrellevarlos con la risa. La dama está enferma, y se cree que su estado es desesperado: su cavaliere, a pesar de haber sido desterrado por un tiempo debido a algún pecadillo, es llamado a su presencia, con consentimiento del marido, para compartir con él la inquietud y los cuidados del tiempo. Ella así lo ha pedido, a pesar de que el amante deberá tomarse ciertas libertades con ella en presencia del marido, o tan cerca de él que, en cualquier otra circunstancia, darían pie a un duelo, libertades, no obstante, que según el código el marido debe considerar inocentes. Por otro lado, ¿se equivoca el cavaliere al insistir en que ella rechace las legítimas atenciones de su esposo, y que las reserve sólo para él, ese querido amigo de la familia de quien el marido, y sus amistades, consideran justificado solicitar de vez en cuando un favor, o un préstamo? Está justificado, es procedente, pero también es cómico, y duro.

Pensó Alí que su hermano no hablaba ni para quejarse ni para entretenerle, sino como lo haría un filósofo, como si en el fondo omitiera algo. Cuando hubieron disfrutado de un descanso, Ængus insistió en que debían irse. Quería que Alí lo acompañara solo, a lo cual éste se negó, aduciendo que su hombre no entendía una palabra de inglés, y que si conversaban en esta lengua nada comprendería. Ængus asintió al oír eso, y se apresuró a llamar a la góndola.

—Un ataúd flotante —comentó Alí al ver tan peculiar medio de transporte—. Si tuviera elección, no la utilizaría: cerrada como un coche-prisión, con el peligro añadido de terminar ahogado…

—Sin embargo, la vida en esta ciudad se detendría sin ellas —dijo su hermano—. Ya ves lo equipada que está, con cortinas que pueden correrse y un movimiento más suave que cualquier coche tirado por caballos. Además, los gondoleros llevan mensajes a todas partes, y son como tumbas o perderían el negocio que hacen con las propinas. En fin, aquí estamos, rumbo a la costa opuesta.

 

* * *

—Es cierto que soy tal como me ves —dijo cuando finalmente les entregaron tres espléndidas monturas venecianas, y emprendieron el camino por la extensa costa. Detrás, a poca distancia, les seguía el acompañante de Alí, como una sombra no oscura, sino reluciente—. Estas ocupaciones, los placeres, la agitación y los chalecos de satén son míos. Me pertenecen. Y al mismo tiempo también soy otro. Dime: ¿has oído hablar de aquellos que se han agrupado aquí en sociedades y han jurado enfrentarse al austríaco hasta expulsarlo de todos los territorios italianos?

—A pesar de la distancia y el aislamiento, sí —respondió Alí con una sonrisa.

—Algunos se hacen llamar [2] carbonari, o quemadores de carbón, por motivos demasiado oscuros para elucidarlos; otros actúan bajo el nombre de mericani, o americanos, lo que deja bien claras sus convicciones.

—¿Formas parte de ellos? Me parecería muy raro, no te creía capaz de preocuparte por los oprimidos, ni te he oído expresar sentimiento alguno a favor de la Democracia. Pero recuerdo lo que me contaste en una ocasión de los esclavos africanos de tu isla antillana, y de cómo fomentaste su revuelta.

—No te confundas conmigo —dijo Ængus—. Desprecio a la canaille, y no me hago ilusiones respecto a su comportamiento en cuanto alcancen posiciones de poder o tomen asiento en las cortes de Justicia. No, no hago nada en su favor, no pertenezco a ellos; de hecho, no apoyo a nadie, sólo estoy en contra de.

—Se me antoja algo terrible, y muy triste.

—No debería importarte lo más mínimo. Soy el perro poco ladrador y muy mordedor, un perro que cumple con su función. No sé qué construirán otros. Yo no estaré allí.

—¿Qué posibilidades tienen, tenéis, de conseguir lo que os habéis propuesto?

—No lo sé a ciencia cierta —respondió Ængus—. Hay unos diez mil solamente en la Romaña. Yo mismo podría reunir a una docena de muchachos, bueno, a un centenar más bien, para que me respaldaran en caso de necesidad. Los fratelli están por todas partes: contratan asesinos; dispararon a un oficial austríaco muy cerca de mi puerta, lo mataron de dos tiros, y aunque lo metí en casa y llamé a un médico, no pude salvarle la vida.

—Me admira que lo intentaras.

—Creo, hermano —dijo Ængus—, que… a menos que me equivoque mucho contigo, de hecho no te admira lo más mínimo.

Cabalgaron un rato en silencio. Fue Alí quien retomó el hilo de la conversación.

—Pero tus deberes en sociedad, y en asuntos del corazón, a menudo deben de apartarte de estas cargas tan pesadas.

—Más bien todo lo contrario —dijo Ængus—. Sin mi papel en sociedad no hubieran tardado en impedirme ofrecer mi ayuda al partido de la Libertad, y hubiera dado con mis huesos en prisión, algo que en esta república más vale evitar a toda costa.

—Empiezo a comprender —afirmó Alí—. Tu servidumbre no es lo que parece.

—Desde hace tiempo esta circunstancia me ha sido de gran ayuda. Hay muchos que se complacen en murmurar a mis espaldas. Me llaman el tullido escocés, il Zoppo que se afana tras su dama con tal diligencia que parece un asno. Mira, mira, se dicen el uno al otro, mira lo que Venus obliga a hacer a alguien así, ¡y cómo baila él al son que ella toca! Con eso basta para llenarles la cabeza, de modo que nunca irán más allá en lo que a mí concierne. Un hombre que se comportara como yo, nunca podría ser de ningún otro modo; un hombre, un carácter, dos sería solecismo.

—De modo que te ocultas y ocultas tus acciones aparentando ser vulgar.

—En efecto, al menos así ha sido hasta ahora. Ahora el disfraz empieza a convertirse en harapo. La perfección del mismo está trayéndome la destrucción. Ando muy cerca de tener graves problemas, hermano.

—Esperaba a que sacaras a relucir la cuestión. Veo que ha llegado el momento.

Llegados a esta altura de la conversación, Ængus detuvo el caballo e invitó a su hermano a hacer lo propio; cuando ambos hubieron desmontado, Ængus se acercó a él, mirando a su alrededor como haría alguien decidido a compartir un pensamiento en privado mientras se pregunta quién podría escucharlo.

—El marido de mi dama es un hombre de cierta experiencia —dijo—, y no siempre ha sido lo que aparenta ser ahora. (Ten la certeza de que sé todo cuanto pueda saberse sobre él.) Tiene alrededor de cincuenta veranos cumplidos, y el hecho de sobrevivirlos le ha convertido en alguien muy astuto. En los inestables tiempos en que las huestes y oficiales de Buonaparte desaparecieron de la Tierra como una nube, en que los austríacos vinieron a sustituirlos, él se unió a los revolucionarios, pensando que sería mejor ponerse a su cabeza que permitirles que cortaran la suya. Después de que el alzamiento fuera aplastado, y restauradas las autoridades austríacas, volvió a adoptar su consabido desprecio por la masa, y se conformó de buena gana con los nuevos regentes. Su anterior asociación con el movimiento patriótico, no obstante, le había permitido establecer contactos que juzgó prudente no abandonar y, a través de éstos, se ha acercado más a mi secreto, tanto es así que ahora casi está en posesión de él, y sólo le ha impedido informar a los austríacos el hecho de que ha estado buscando cómo ocultar su delación. Ahora es capaz de desenmascararme sin desenmascararse a sí mismo, y lo hará en cualquier momento. Estoy preparado para marcharme en una hora si fuera necesario, y desaparecer sin dejar más rastro que el que dejaron los enemigos del Estado bajo el poder de los dux, pues aquel a quien se denunciaba era juzgado de inmediato y nunca más volvía a saberse de él. Sin embargo, no puedo hacerlo, al menos hasta haber sido sustituido por alguien, y rápidamente, alguien totalmente desconocido e imposible de descubrir, alguien cuyo nombre no aparezca en ninguna lista ni en lengua de informador alguno, un hombre que esté dispuesto y sea capaz de continuar el trabajo con el que me he comprometido.

—¿Es por esa razón por lo que me has hecho venir? —preguntó Alí con una sonrisa, una especie de sonrisa que no podía haber cruzado sus labios en tiempos pasados, la sonrisa de los Sane, casi, puesto que su alma aún era libre de la oscura mancha de éstos—. Vas a pedirme que me convierta en ese alguien.

—No conozco a otro a quien pueda pedírselo. Y no puedo decirte aún por qué he pensado en ti. —Se agachó para recoger en la arena un canto rodado, oscura piedra que acarició como si fuera de un metal precioso—. ¿Me he equivocado al suponer que estarías dispuesto a aceptar?

—No tengo ningún motivo para acceder.

—¿Nunca te han movido a la furia, al resentimiento, los poderosos y los crueles? ¿Nunca has sentido el deseo de derrocarlos? Pensaba que sí. Si estuviera en tu lugar, yo sí hubiera albergado tales sentimientos. ¿Conoces la historia de Jacques-Armand?

[3] Era un joven campesino a quien la reina María Antonieta adoptó a la fuerza tras arrebatarlo a sus padres, por haberse encaprichado de él. A pesar de su cariño, y de la ropa de buena factura y la excelente comida que recibió de ella, no dejaba de llorar inconsolable. Cuando estalló la Revolución, Jacques-Armand se convirtió en el jacobino más cruel de todos, en un decapitador extraordinaire en la época del Terror.

—No veo qué relación tiene esa historia conmigo.

—Que tú no la veas no quiere decir que no la tenga.

—¿Qué me ofreces en caso de aceptar? ¿Qué gano yo con eso?

—No te ofrezco nada.

—Nada vendrá de nada.

—No obstante, creo que algo podría resultar de todo ello. Tengo la esperanza de que, a pesar de no tener nada que ofrecer, el desafío per se pueda atraerte, y la esperanza inspirarte. Fíjate que digo «pueda». Soy consciente de lo improbable de que este gambito mío se vea coronado por el éxito. Podrás juzgar cuán desesperada es la jugada por mi decisión de intentar esto contigo.

Al no responder Alí, Ængus prosiguió de la siguiente guisa:

—Has oído hablar de las sociedades de Italia. Es posible que también hayas oído hablar de hermandades similares, en otros países.

—No puedo decir que sí. Quizá se manejan mejor que los italianos a la hora de mantener en secreto su secreto.

—Ahora te hablaré de algo que juré por mi vida no revelar a nadie sino a aquellos que se contarán entre los nuestros. Hasta tal punto confío en tu silencio.

—Ten cuidado. No sabes cuáles son mis convicciones, ni hacia dónde se inclinan mis lealtades. ¿Cómo sabes que no soy un agente de ese Imperio al que combates? ¿O un aliado del mismo? ¿O un vendedor de información y de hombres?

—Lo sé, hermano, porque ningún hombre podría ser tan transparente como tú. Siempre lo fuiste, tanto que me sacabas de mis casillas pues nada podía hacer para oscurecerte o ensombrecerte. Escúchame, pues, y te contaré algo que pocos conocen. En el ancho mundo, al menos en buena parte del mismo, desde nuestra isla hasta donde reina el zar, allá donde el espíritu de la Libertad no ha muerto asfixiado, se ha constituido una sociedad cuyos miembros se han unido con un solo propósito, una sociedad constituida por unos pocos que han jurado ayudar a los demás sea cual sea su nacionalidad. En resumen, pretenden poner punto final a la monarquía y a la nobleza hereditaria, y a todas las Iglesias y tribunales, cuya virtud y justicia se orienta únicamente al servicio de reyes y señores, a todos aquellos que cargan a lomos de las gentes del mundo un peso que ni un asno podría soportar. Aunque tarden un siglo —y no creen que vaya a tardar tanto—, al final lo conseguirán, y así (dicen) todo el mundo se librará de sufrimientos innecesarios, puesto que ahora hay tanto sufrimiento en el mundo que ningún ser vivo se ve libre de él.

—¿Es eso cierto?

—Lo es. En cada país donde se han establecido se conocen por un nombre distinto, pero en conjunto se hacen llamar sólo por uno. ¿Quieres conocerlo?

—Pareces decidido a confiármelo.

—Se hacen llamar los Luciferinos.

Alí rió al escuchar aquello, y su risa alarmó y sorprendió a partes iguales a su hermano, quien pensó que no le había oído reír antes, y sobre todo no de los curiosos modos del mundo, ni de los quehaceres de esa gran diosa sin religión llamada Circunstancia, quien gusta de gastar bromas como ésa y atesorar algo para cada uno de nosotros, ¡que en homenaje a ella podemos perfectamente tanto reír como llorar!

—Creí que el antiguo emperador de los franceses se había dedicado a este mismo empeño —dijo finalmente Alí—: acabar con la opresión, abrir las cárceles, liberar a los hombres y a las mujeres, libertar a los esclavos y a los judíos. Sin embargo, reside ahora en una roca en mitad del mar, y los antiguos Perukes han vuelto para quedarse.

—Y así es. Todos esos violentos jóvenes partisanos que ansiaban liberar a sus patrias y gentes de la tiranía se unieron por fuerza a sus reyes y nobles derrocados para poner en fuga a Napoleón y a sus monarquías de cartón, incluso aquellos que al principio lo adoraban. Ahora han visto qué se ocultaba tras el truco, y forjarán una libertad desde el interior, no una impuesta desde el exterior, una libertad Germana, diferente a la Húngara, a la Griega, a la Veneciana, ¡Libertad y autogobierno para todos!

—Admito que es un sueño que comparto. Pero ¿acaso es algo más que un sueño?

—Pueden cambiar el mundo —afirmó su hermano—. En verdad tengo la certeza de que lo harán, aunque aún está por determinar si será para mejor o para peor. He leído en la prensa italiana que los dos grandes ejemplos de vanidad a los que se

enfrenta el mundo actual son Buonaparte y un poeta inglés[4]. Piensa en lo halagado que se sentiría el antiguo emperador en su roca marina si estuviera al corriente de esta comparación. Él sólo tuvo poder para hacer daño; el otro, sólo para iluminar.

—No sé si yo debería contribuir al éxito de una revolución —dijo entonces Alí, como si pensara en voz alta—. No soy de sangre fría, ni de sangre caliente, para el caso. Al menos, no lo suficiente. La mayoría de los seres humanos que encontrara delante, ya fueran el soldado de un rey, o un rey, o el Papa, si no fueran enemigos personales míos probablemente pensaría que son buenas personas, lo suficiente buenas personas como para vivir. Y sentiría aprecio por un hombre valiente y honorable, luchara en el bando que luchara.

—Eso dice mucho de ti —afirmó su hermano sin demasiada convicción—. Pero no te dejes disuadir por ello, si sigues considerando la idea. En mi caso es lo contrario, la compañía y la contemplación de cualquier ser humano siempre se convierten para mí, y pronto, en una perfecta ipecacuana. Aun así he trabajado largo tiempo por su bienestar, y en alguna ocasión me ha resultado ventajoso el negocio, a decir verdad.

Alí volvió a mostrarse pensativo; entrelazó las manos a la espalda y mantuvo la cabeza gacha antes de echar un vistazo al lugar donde su compañero de blanco aguardaba inmóvil, a lomos del caballo, como la estatua de un espectro.

—Un hombre que asumiera tales tareas —dijo entonces—, ¿acaso no lo pondría todo en peligro, incluso a aquellos a los que ama? Alguien así no podría verse lastrado por un pariente, una esposa o una hija, por temor a que su ruina, lo cual es más que probable, resultara en la ruina de los suyos.

—Así me parece a mí también, sí.

—No tengo semejantes cargas —admitió Alí, sin que tal afirmación pareciera complacerle, lo cual no escapó a la atención de su hermano.

—¿Te atreverías, pues, a acometer tal empresa?

—¿Cómo voy a saber si me atrevería? Cuando haya hecho lo que deba hacer, entonces sabrás a qué me atrevo, o a qué no.

—Bien dicho —admitió Ængus—. No podría pedir más.

—Tu dama… Doy por sentado que no sabe nada de tus actividades.

—Nada en absoluto. A poco que supiera podría ponernos en peligro a los dos. Te confieso, por claro que tenga mi objetivo y los medios para alcanzarlo, que lamento mucho tener que dejarla de este modo, desaparecer de la noche a la mañana, sin que ella sepa adónde he ido… En fin, me preocupa, aunque no sé cómo calificar mi preocupación. Me ha sido fiel, tanto como yo a ella, y créeme: no hay tantos que hayan disfrutado de los favores de que he disfrutado yo.

—Y ¿adónde irás? ¿A qué tierra, a qué costa?

—Eso no lo sé, pero será lejos. Estoy señalado, y en cuanto me desenmascaren no podré dejar mi pasado atrás (ya ves, soy como soy); ningún espía, ningún policía ni guardia fronterizo podrá confundirme con otro, y su red es extensa, no sólo geográficamente, sino por lo bien informada que está, tanto como la nuestra lo es. Debo irme bien lejos para que no me persigan, a un lugar al cual no llegue su poder.

—A las Antípodas. O a la China.

—La verdad es que no me importa. A algún lugar a este lado del Hades, eso es todo.

—Muy bien —dijo entonces Alí con repentino ímpetu—. Aceptaré tu propuesta. Permaneceré aquí y llevaré a cabo las tareas que deba desempeñar lo mejor que pueda, si tú me enseñas cómo…

—¡Ajá! —exclamó Ængus al tiempo que aplaudía—. ¡Eres un tipo espléndido!

—Pero con esta condición: que tú también hagas algo por mí, un asunto peligroso, aunque no para la vida, quizá, ni para tu integridad, pero de dudoso éxito, y secreto, también. Algo que por una promesa que hice debía hacer, pero que es muy posible que por derecho te corresponda a ti llevar a cabo.

Ængus enarcó ambas cejas al oír esto, y pidió a Alí que le pusiera al corriente. Como respuesta, Alí preguntó:

—Dime, ¿piensas alguna vez en tu hija?

Al oír aquella palabra, Ængus apartó la mirada como si la pregunta le hubiera hecho daño; fue sólo un instante.

—¿De qué hija me hablas? —preguntó entonces con suma frialdad.

—Sólo tienes una, que yo sepa —respondió Alí.

—Puede que tenga varias. Difícil sería encontrar a un esclavista antillano que no pueda reclamar la paternidad de un cachorro negro, o de varios.

—Ya sabes a quién me refiero.

—Entonces no sé si la tengo, o si acaso la tuve —dijo Ængus, que arrojó a las

calmas olas el canto rodado que había recogido de la arena—. Podría haber muerto[5]; sólo de pensar en la de enfermedades que debe superar un niño hasta alcanzar unos pocos centímetros de altura: convulsiones, fiebres, vómito negro, diarrea, toses, tisis… galopante ésta y fulminante la otra. Ni uno de cada seis lo logra, ¿por qué iba a pensar que ella sí lo ha hecho?

—Te aseguro que sigue con vida —dijo Alí.

—¿Está bien formada? —preguntó Ængus, que evitaba mirar a su hermano a la cara—. Quiero decir si…

—Era perfecta [6] —respondió Alí—, y he oído que sigue igual.

—Bien, pues —dijo Ængus; y repitió—: Bien, pues. —No a modo de respuesta, ni confirmación, sino como si respondiera a una pregunta formulada en su interior, en lo más hondo.

—Montemos de nuevo —propuso Alí—, y te hablaré de esta condición que quiero ponerte, y de cómo podrás satisfacerla… si quieres.

—Montemos, pues —aceptó su hermano; y ambos lo hicieron, y juntos cabalgaron por la playa.

Al ponerse el sol, una luz rosácea cubrió con su manto los nevados picos de los lejanos Alpes. Las huellas de los cascos de los caballos puntearon la arena que se extendía frente al callado mar, y largo rato conversaron los hermanos acerca de muchas cosas.

De: <lnovak@metrognome.net.au> Para: «Smith» <anovak@strongwomanstory.org> Asunto: Re:Gravitas

[Querida — ¿cómo? — el saludo forma parte de la gravitas:]

 

Querida Alexandra:

Te estoy sumamente agradecido por haberme confiado la noticia

del asombroso hallazgo que hiciste de la hasta el momento

desconocida novela en prosa de Lord Byron. El descubrimiento,

cuando finalmente pueda hacerse público, cambiará por completo

nuestra imagen de Byron, de su obra y, sobre todo, de sus relaciones

con su esposa e hija. Se me ocurren pocos descubrimientos de

importancia comparable relacionados con escritores del período.

Cuando completé mi disertación doctoral sobre Byron en la

Universidad de Chicago, se hallaba éste en el eclipse más profundo

que pueda sufrir un gran poeta, a pesar de lo cual su vida y su carrera

nunca han dejado de suscitar comentarios e intrigar a críticos,

biógrafos y al público lector, todo ello aun siendo verdad que poco a

poco hayamos podido ir perdiendo contacto con su obra. Durante mi

paso por dos universidades (me pediste un CV que te envío por

separado) me esforcé por lograr que tanto los estudiantes como otras

personas interesadas reconocieran su valor: la relación de mis

artículos, estudios, monografías y ponencias son prueba evidente de

ello. Me pareció importante entonces rescatar a Byron de la leyenda, y

redactar estudios con títulos tales como: ¿Cuán byroniano era Byron?,

o Salvar a Byron de sus amigos. Incluso esa empresa se me antoja

ahora algo lejana, aunque quizá convenció a unos pocos. Yo mismo

me alejé de Byron y de la universidad, tanto para perseguir otros

intereses como por otros imperativos: durante los últimos veinte años

he trabajado en una serie de proyectos cinematográficos destinados a

plasmar las calamidades, esfuerzos, las vidas cotidianas de gentes de

muchos lugares «remotos» del mundo (no tan remotos para quienes

viven allí, o para aquellos que quieren algo de ellos) y llamar la

atención del mundo del que provengo. (Me enorgullezco de esos

documentales, y me alegro de los premios obtenidos, aunque no haya

un medio científico de medir el impacto real que hayan podido tener,

como no lo hay de medir la influencia de Byron en la obtención de la

independencia griega.)

Ahora, cuando incluso a mí Byron se me antoja a veces parte de

un pasado irrecuperable, el mundo ha descubierto nuevas razones

para sentir interés por él. Está su compleja sexualidad, que ahora

resulta permisible ponderar y cuestionarse sin evitar el tema o aludir al

horror moral que supone. Ya no necesita exculpación, ni adalides, al

menos en estos asuntos. Pero sobre todo está su hija, y el modo en

que el mundo ha progresado estas últimas décadas, progreso que la

convierte en una especie de profeta, en alguien que, si no con detalle,

fue capaz de ver el futuro. Ada vio en su momento lo que muy pocos

pudieron ver en su día (en realidad, fue única), comprendió que las

máquinas realizarían en el futuro tareas complejas, manipularían

símbolos, compondrían música, almacenarían datos y llevarían a cabo

actividades que en su época sólo la mente humana podía realizar.

No obstante, ella se imaginó a sí misma haciendo aún más: se

sentía embarcada en la búsqueda de una nueva ciencia, una que

tendería un puente entre la física molecular, la física atómica y la

mentalidad humana, una ciencia en la que los investigadores serían

sus propios laboratorios, igual que los poetas son sus propios

herreros, donde forjarían nuevas realidades a partir de sí mismos.

Desde el principio, su alta de miras (vengativa y cauta) madre la había

apartado de la poesía y de cualquier cosa que pudiera oler a

imaginativo, introspectivo y emocional, a byroniano, vamos. Lo que

descubrió Ada, lo que su madre no pudo siquiera imaginar, fue que la

ciencia es el reino de la pasión, y un sueño tan grande como la

poesía. En otras palabras, se veía a sí misma como la continuadora

de los experimentos personales de su padre con las posibilidades de

la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, sólo que en términos

diferentes, términos que en su tiempo eran inconcebibles y que ella

misma no pudo articular. Creía en la posible existencia de una ciencia

molecular de la mente, una cosmología del pensamiento, una ciencia

auténtica que iba más allá del mero autoexamen y la reflexión, una

ciencia, en definitiva, que sin reduccionismos transformaría el propio

autoexamen, y de la cual formarían parte esas máquinas de cálculo,

convertidas en componente necesario, tanto como herramientas como

sujetos. El caso es que estaba en lo cierto, está en lo cierto. La

neurociencia de nuestros tiempos, que resultaría imposible de

practicar sin las herramientas digitales que ella predijo, hace

precisamente el trabajo que ella le atribuía, y llega a conclusiones o a

predicciones que ella hubiera comprendido. (La frenología de la que

tan devota era, aunque se antojara inadecuada para alguien tan

racional, fue un temprano intento de hallar una ciencia de la mente en

la fisiología del cerebro.) De hecho, resulta difícil no pensar que,

mediante su recuperación, rescate, cifrado y anotación de la obra de

su padre (una parte muy poco característica de la misma, por cierto),

ella conscientemente estaba fomentando ese trabajo, mediante la

autoexperimentación con la memoria y la herencia. Si tu investigación

es correcta, al parecer estuvo trabajando en ello prácticamente hasta

el día de su muerte.

De modo que el interés de lo que has descubierto no sólo sirve de

acicate para nosotros, los byronianos de toda la vida, si es que queda

alguno en pie. El interés reside en la luz, en la calidez que arroja sobre

Ada, no por lo que hizo, de lo cual existe más bien un registro

inconcluso, sino por lo que fue, y por lo que pudo haber sido, lo cual

es si cabe más importante para nosotros, que vivimos en un mundo

que ella ansiaba vislumbrar, y que, de hecho, vislumbró.

Tuyo,

Lee

 

[¿Crees que es algo por el estilo lo que necesitas? ¿Menos? ¿Más? Puedo articularlo de forma distinta, si quieres. No lo creerás, pero al leerla de nuevo me creo hasta la última palabra de lo que he escrito — L]

De: «Smith» <anovak@strongwomanstory.org> Para: <lnovak@metrognome.net.au> Asunto: Gracias

 

Bien. Gracias. Gracias de verdad.

Yo también creo en ello. Hasta la última palabra.

Creo que sólo añadiré esto: «No sólo sería una pérdida para la historia de la literatura y de los estudios byronianos que esta obra no viera la luz, sería sobre todo una pérdida para nuestro conocimiento de Ada, de quien disponemos de menos información que del propio Byron. Colaboró en esta obra (¿pieza?, ¿historia?, ¿proyecto?) con su padre fallecido, y ambos se ven iluminados por lo que hicieron, especialmente Ada.»

¿Qué te parece? No es tan elegante y florido como tu texto. Nunca aprenderé a escribir así. ¿Es un don natural?

Recibirás la foto muy pronto,

S

Ashfield

25 de abril de 2002

Querida Alex,

Finalmente ha llegado la primavera, florecen los tulipanes y las oropéndolas han vuelto para anidar (o reconstruir el antiguo nido) en el membrillo. Su color naranja recortado contra el escarlata de los retoños es tan intenso que casi resulta chocante, aunque supongo que no hay colores en la naturaleza capaces de hacerse realmente la competencia.

Sabes que sólo me preocupaba por ti: no temía que él pudiera hacerte daño, aunque seguro que él estaba convencido de que era eso lo que pensaba. Temía que el dolor te hiriera. El dolor y la pena por ti misma, y por él también, y por el daño que había sufrido tanto como por el daño que había causado. Y, sobre todo, por esa pobre niña aquella noche. Dolor que pensé podía matarte, como la tardía helada puede matar las cosas que empiezan con tanta esperanza. Sé que es un error. El otro día, Marc y yo estuvimos observando a una mariposa que salía del capullo. Dios mío, esto es tan extraño y sentimental que ni siquiera puedo creerlo. Bueno, pues la mariposa salió del capullo, toda húmeda y doblada como una hoja de vid, y luego empezó a desplegarse. Tarda lo suyo, y parece muy difícil: esa cosita jadeaba, o parecía hacerlo, y se esforzaba en desplegar las alas. Quise ayudarla a lograrlo, abrirlas por ella, y Marc dijo (supongo que lo sabía) que si la mariposa no lo hacía por sí misma, entonces no podría volar: es el proceso de estirarse, sacudirse, jadear y secarse lo que activa sus músculos, o lo que sea que tengan las mariposas por músculos. Sólo entonces pueden volar.

Se todo eso, y también entonces lo sabía: quería que volaras, y que lo hicieras con tus propias alas, y era consciente de lo poco que podía ayudarte. Sólo deseaba apartar de ti el dolor hasta que pudieras enfrentarte a él. Sabía que tendrías que hacerlo. Sólo quería que antes fueras más fuerte. La gente suele decir que los problemas y las penalidades pueden fortalecerte, pero yo no lo creo: creo que el amor y la felicidad pueden hacerte más fuerte, que pueden alimentarte y cubrir tu alma con un tejido saludable, una especie de grasa de amor, para que puedas enfrentarte a las cosas, y soportar el frío. Por supuesto, ahora sé que en realidad era yo quien tenía que fortalecerse. Y con tu cariño, lo hice. Espero que puedas perdonarme.

Con amor,

Mamá

De: «Smith» <anovak@strongwomanstory.org> Para: «Thea» <thea.spann133@ggm.edu> Asunto: Eh, tú

Mi queridísima querida:

Acabo de enviarte por fax mi plan de vuelo. Virgin Air (!) Oh, dios mío, no veo el momento. ¿Sabes qué pensaba hoy? Que si Ada viviera ahora, o incluso un poco después de lo que lo hizo, podría haber visto a su padre. Si a él no lo hubieran atendido tan mal los médicos en Grecia podría haber sobrevivido, al menos unos años más, y ella podría haber hecho las maletas y haber viajado a donde fuera para verlo. Si tal, si cual… Me encantaría ser una historiadora de verdad para no tener que plantearme tantos sis.

Quiero encontrar una carta de él a alguien que estuviera cerca cuando murió, que diga: «Coja estas páginas y entrégueselas a mi hija.» Quiso decirle que hubiera querido ir a por ella de haber sido posible, para llevársela a algún lugar donde nadie pudiera encontrarlos. Pero creo que simplemente las perdió. Ella tenía que ser quien hiciera el trabajo de encontrar y salvar el libro. Todo él no era nada más que una carta dirigida a ella, y ella, la supuesta destinataria de la misma, al final la consiguió. Eso es lo que tengo que decir cuando escriba al respecto, que ella era la única.

Es como los milagros de Babbage. ¿Has leído algo al respecto? Babbage solía invitar a la gente a su casa para mostrarles cómo funcionaba el Motor Diferencial. Lo ponía todo a cero; luego le daba a la manivela y una de las ruedas marcaba el 2. A continuación, otra vuelta a la manivela y pasaba al 4, luego al 6, y todo el mundo lo comprendía: la regla era «añade 2». Al llegar al 8, la rueda volvía al 0 y la siguiente rueda marcaba el 1, de modo que se obtenía un 10. Seguía adelante, puede que hasta darle cien vueltas a la manivela. De pronto, el número daba un salto no de dos, sino de una cantidad enorme, como 100. Los presentes reaccionaban: ¡un salto! ¡Una extravagancia, por fin! Babbage se explica: no, él había dado orden por anticipado a la máquina de que hiciera tal cosa, o sea, después de tantas veces de añadir 2, avanzar de 100 en 100. En otras palabras, el salto estaba programado de antemano, era una regla y no un fallo. Eso era lo que Babbage consideraba un milagro divino: había reglas naturales, también, aunque fueran reglas que desconocíamos hasta que se ponían de manifiesto. Creo que estoy de acuerdo con él.

El milagro de Ada no es que salvara la novela. El milagro es el amor que ella no había conocido y que la empujó a hacer lo que hizo: el amor acercándose de cien en cien, de pronto un repentino salto, programado desde su infancia, quizá, y que sólo se manifestaba en ese momento de su vida, en la abadía de Newstead, frente a la tumba en la que descansaba su padre.

Ahora el libro está en formato digital, formato Word Perfect, ja ja ja, y puedo manejarlo en cualquier parte. Georgiana ya no está enfadada conmigo. Me dijo que había escrito a Lee una nota, agradeciéndole la ayuda y el apoyo prestados. Lo sabía. Probablemente la roció de perfume, o de aroma, como dicen aquí. Eso sí, Lilith sigue cabreada.

Te veo a ti y al Honda en el JFK. No puedo decir qué piensa mi corazón.

Smith