La novela perdida de Lord Byron

John Crowley · Capítulo 4 de 19

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La novela perdida de Lord Byron

Dos

En el cual se reúnen Padre e Hijo, y sobre las consecuencias de ello

 

o hace falta relatar en extenso cómo pasó Alí los meses siguientes en la corte del pachá, cómo aprendió las artes de la guerra, de la equitación; cómo acompañó a las patrullas en sus misiones menos peligrosas

(porque su preciosa piel no debía ponerse en riesgo innecesariamente, tal como llegaría a comprender); cómo llegó a reconocer las miradas envidiosas y resentidas de algunos de sus compañeros de la guardia del pachá, y cómo superó a sus enemigos en virtud de su modestia, de su sincero corazón y generosidad; cómo, en definitiva, llenó los días con actividad, tal como hubiera hecho cualquier muchacho, y sus noches con vigilias, sueños y temores que nadie habría de conocer. Llegó el día en que Alí, estando en las colinas practicando con sus compañeros el tiro de pistola, deporte en el que destacaba más incluso que algunos de los más veteranos en esta práctica, fue convocado en presencia del pachá y de un invitado que tenía ardientes deseos de conocerlo.

El equipaje del invitado llamaba la atención en el patio de la morada del pachá cuando Alí llegó allí: caballos con extraños arneses, hombres vestidos como extranjeros, incluidos un turco o dos con altos turbantes y pantalones increíblemente anchos. Arriba, en su sala de recepción, el pachá se hallaba sentado en el lugar de costumbre, el diván, con el visir de mirada de lince a su espalda; junto a él había un hombre que Alí no conocía; al verlo sintió una sacudida de terror. ¿A qué podía deberse? El hombre era un gigantón, cierto, eso era evidente a pesar de estar sentado en una silla de asiento bajo, pero Alí había visto guerreros más altos que él; bajo el capote podía apreciarse el destello de los botones de latón de la casaca roja, aunque el capote no era muy distinto del que lucía el propio Alí. ¿Era, pues, el presentimiento de todo cuanto le aguardaba, de lo que habría de hacer y de soportar por culpa de aquel hombre? No, se debía tan sólo al hecho de que el extranjero llevaba el rostro afeitado. Era el primer hombre adulto sin bigote que había visto Alí en toda su vida, y los albanos sienten pavor ante tales hombres; el hombre del saco de los cuentos que las abuelas relataban a sus nietos, el hombre del saco decidido a comérselos vivos, también tenía la cara tan pálida y despejada como el visitante al que observaba Alí, un extranjero que le dedicaba la misma atención y que no apartaba de él una concentrada mirada de interés.

Se llamaba John Porteous, lord Sane, como no es necesario decir (su mirada y el interés lo delatan), pero resulta apropiado, o al menos conveniente, describir aquí con detalle el aspecto de quien habría de representar un papel tan importante en la vida de aquel joven que permanecía inmóvil, sometido a la fijeza de aquella mirada. Esos personajes arrogantes o crueles que recorren las páginas de nuestras novelas románticas (¡y también, hay que admitirlo, los versos de los poetas!) y llevan a cabo acciones tan terribles, a menudo no son dibujados con la pericia necesaria para persuadir al señor Kean de que los retrate en el escenario (el músculo tenso, los ojos grandes y oscuros, el porte estremecedor, la aguileña nariz como pico de halcón, prieta la boca de labios rojos, de pronto burlona y sensual, etc., etc.). El rostro de Satán Porteous no era tal. A decir verdad, era redondo y fofo como un pudín, y tenía los ojos pequeños, rodeados de rubias pestañas, ojos en los cuales apenas podía verse la migaja de un brillo, lo cual hacía que su mirada fuera aún más horripilante, ya que ésta manifestaba una atención fría, similar a la de un reptil adormilado, cuando la dirigía hacia uno. Carecían de emoción alguna e inducían a una alarmante laxitud a aquellos, un gran número, respecto a quienes su poseedor albergaba algún designio.

El pachá llamó al petrificado mozo, a quien convidó con un gesto a que tomara asiento en el diván, entre él y el sorprendente monstruo barbilampiño, quien apoyó la mano con tal fuerza en su hombro que le pareció la de una estatua de plomo, y dirigió tanto a él como al pachá unas palabras que no pudo entender. El pachá sonrió, asintió y murmuró algo ininteligible, complacido con la situación; tomó la mano derecha de aquel hombre y colocó la de Alí en ella antes de cerrarlas con las suyas.

—¡Mi valiente Alí! —exclamó—. La voluntad de Alá ha tenido a bien llevar a tu vida una maravillosa providencia, ¡pues quien se sienta a tu lado es tu padre!

Tal sorpresa se llevó Alí que apartó de inmediato la mano del otro, como quien se da cuenta de repente de que está a punto de caer en una ratonera. Este gesto provocó risas en los mayores, quienes en ese instante no estaban con ánimo de sentirse ofendidos; gastaron bromas también con la mirada desconfiada del joven. Cuando cesaron las risas, el pachá explicó que, en efecto, Alí era hijo del inglés (la marca del brazo era idéntica a la que éste lucía grabada en el anillo de sello, prueba del título que había heredado). Y eso no era todo, continuó el sonriente pachá, pues el inglés había decidido llevarse consigo a Alí a las tierras de Britania, una isla gris situada en la lejana distancia, que contaba con un sinfín de barcos y cañones. Allí se convertiría en hijo y heredero del inglés, y disfrutaría de riquezas y honores sin nombre, ¿acaso no era una gran noticia, no eran dignos de alabanza los designios de Alá?

Horrorizado, Alí se levantó de un brinco del lugar que ocupaba en el diván del pachá, cayó de rodillas ante el anciano pecador y levantó ambas manos en un gesto de súplica.

—¡Sólo tú eres mi padre! —exclamó—. Y yo tu hijo, si el amor y la devoción tienen el poder de convertirme en tal. No me alejes de tu presencia, ¿acaso no te he sido fiel y he despreciado mis antiguas lealtades para brindarte mi alma y mi voluntad?

Sin embargo, la voluntad del pachá no debía desafiarse, y tampoco Alí hubiera osado hacerlo. Era preferible creer que un gato era su padre, si el pachá así lo decía, a decirle «No» a aquel rostro de larga barba.

No sabría decir a qué tratos había llegado el veterano guerrero con el aventurero inglés, ni por qué medios había descubierto su retorno a aquellas tierras, o el objeto de su visita, ni tampoco podría decir qué ventajas para sí o males para el enemigo esperaba a cambio de que se cumplieran sus deseos, o si el milord al que lisonjeaba disfrutaba del poder necesario como para cumplir las promesas hechas al pachá. Lo cierto era, no obstante, que se habían hecho tales tratos, y que no habían de deshacerse. Y como los lazos filiales en esa tierra son tan estrechos como quepa imaginar (la obediencia debida a los padres el que más, el último al que debe faltar cualquier hombre de honor y sentido común), las protestas de Alí carecían de fundamento alguno; al fin hincó la rodilla ante aquel espectro, su padre, besó su mano y le juró fidelidad.

—Ven —dijo entonces lord Sane al dirigirse a Alí como si el muchacho pudiera comprenderle—. Eres carne de mi carne y, desde aquí, donde no hay nada, te llevaré a donde todo lo tendrás. No se hable más. Partiremos hoy mismo a la costa. No será necesario que cojas nada, pues se te proporcionará de todo.

Dicho y hecho. En el patio del palacio del pachá hubo una gran agitación cuando, en medio del estruendo metálico del armamento, los arreos y los clarines, montó la tropa suliota de lord Sane antes de prorrumpir en ululatos y disparar una salva de honor. Un muchacho acercó un caballo a Alí, precioso como jamás había visto, suntuosos los arreos y la silla. El inglés le indicó con un ademán que el caballo le pertenecía, así como el mozo, quien a partir de entonces ayudaría a Alí a montar, ayuda que éste no sabía cómo aceptar. Al mismo tiempo, otro mozo sacó del establo un enorme caballo árabe, un corcel de pelaje negro como la noche del desierto, altivo y enfurecido (o eso parecía a juzgar por el modo en que ponía los ojos en blanco y mostraba la dentadura), y todos los caballos presentes acusaron un temblor, sacudieron la cabeza, lo miraron fijamente y recularon como si estuvieran en presencia de un león en lugar de un animal de su propia especie. Lord Sane lo llamó por su nombre con la misma aspereza con que hubiera lanzado una maldición, golpeó su cabeza para que dejara de moverla, tomó las riendas y montó a lomos de él; si bien el animal reculó y se encabritó, finalmente el lord pudo domeñarlo. Con la mano alzada llamó al orden a la caravana y a su guardia, se abrieron las puertas y salió por ellas.

Ese corcel negro fue la primera de las bestias de lord Sane que Alí asociaría con su padre: bestias salvajes, fieras, inquebrantables, furibundas y peligrosas. Era a estos seres a los únicos que su padre podía amar sin hipocresías o designios ocultos, pues tan sólo respondían ante la fuerza, bestias cuyas almas eran tan monstruosas y contradictorias como la suya. Podía enfrentarse a ellos y doblegarlos. No daba al caballo respiro alguno, y si en algún momento éste se relajaba, Sane lo azuzaba más y más. Hundía en los relucientes flancos unas espuelas agudas e hirientes que a Alí le sorprendió descubrir en sus talones. Nunca antes las había visto, pues no se empleaban en aquella tierra; su padre debía de haberlas diseñado y hecho él mismo por el dolor que infligían.

Lord Sane permaneció callado mientras descendían de las alturas pedregosas. Por el contrario, más tarde habló largo y tendido a su hijo con una voz grave carente de tono; habló y habló como si por el mero hecho de escucharle pudiera lograr que Alí entendiera la lengua de él y de los padres de su padre. Alí no podía hacer tal cosa, de modo que tan sólo prestó atención al tono (que de por sí era bastante apremiante), pues el asunto no lo entendería hasta al cabo de muchas semanas y meses. Hacía mucho tiempo, explicó el lord, había viajado a aquellas tierras en busca de aventuras, y por las cosas que se contaban en el sur acerca del oro, por el que los hombres son capaces de soportar grandes privaciones y de llevar a cabo los más grandes actos de coraje, por mucho que ningún Eldorado haya rendido un chelín de ese metal a los innumerables buscadores de tesoros cuyas osamentas alfombran los desiertos y los bosques del mundo. No hubo oro. Sus camaradas (si tal puede llamárseles) murieron a su alrededor, o desertaron, y él mismo fue expulsado del regimiento a su vuelta por haberse ausentado sin permiso, y por la ristra de mentiras que dejó atrás (¿qué no estaríamos dispuestos a confesar a un oyente que nada supiera de nuestra lengua?, ¡qué pecados admitirían perros o caballos si pudieran hacerlo!), de modo que regresó a su tierra patria, donde había muchos que creían haberlo visto por última vez, muchos que no se alegraron de saludarlo de nuevo.

Sin embargo, ahora no había regresado a esas montañas por oro. ¡No! Era un heredero lo que lord Sane había ido a buscar. No tenía descendencia, y ya no la esperaba debido a que una herida sufrida en un duelo le impedía engendrar. Todo eso hacía que fuera inútil considerar divorciarse de su enfermiza esposa, tal como había estado pensando hacer durante un tiempo, cuyas tierras y riquezas lord Sane había dilapidado, para contraer matrimonio con una doncella fértil. Así pues, a pesar de que ignoraba si el niño que de forma tan escabrosa había engendrado en aquellas tierras seguía con vida, o si éste era varón (desconocía, asimismo, qué había sido de la madre o el marido), siguió adelante con aquel empeño por muy enajenado que el mundo hubiera podido considerarlo (de haberlo sabido), llegó de nuevo a la costa de Epiro y organizó la expedición. El único sentimiento noble atribuible al gigantesco lord era éste, que su familia no se extinguiera a su muerte; y quién podría afirmar que en el fondo de su corazón no sentía cierto remordimiento por el hecho de que, en caso de haber actuado en el pasado tal como debió hacerlo, podría haber tenido un legítimo heredero.

La narración de esta historia le tomó un día entero con su noche, algunas partes más terribles que otras de las aquí contadas, aunque las consecuencias de los detalles omitidos puedan tener aún cabida en el presente relato. Cuando el relato terminó, Alí no sabía más de lo que sabía al comenzar. Al día siguiente, lord Sane forzó la montura por un terraplén, lo que hizo resbalar al animal, caer sobre sus delicados cuartos traseros y torcerse una pata a la altura del corvejón. Cuando amainó la rabia de lord Sane por la traición de su caballo (tal como él lo consideraba), ordenó a un mozo cuidar del corcel, cuya herida, juzgaban los jinetes que lo acompañaban, podía curarse con las debidas atenciones, y si no se lo montaba, sólo se lo llevaba de las riendas. Lord Sane tomó otro caballo y reemprendieron la marcha. Cuando llegaron a una población lo bastante grande como para contener a los que eran, hicieron un alto y sólo con mostrar el salvoconducto que había obtenido del visir del pachá, lord Sane, su hijo y los edecanes pudieron albergarse en el piso superior de una espaciosa casa fortificada. El anfitrión, que parecía esperar algo más que la aprobación de Alá por la hospitalidad que brindaba (aunque Alí nunca llegaría a saber si sus esperanzas fueron satisfechas), se fue con sus hijas a otra casa en las colinas boscosas. Los suliotas encendieron hogueras en el patio y se echaron a dormir en el suelo, junto con los animales, aunque hasta muy entrada la noche no se dispusieron a conciliar el sueño sino que estuvieron haciendo correr los pellejos de vino y cantando sus desapacibles baladas; también bailaron hombre con hombre. Al principio con pasos serios y precisos como los de un minué, luego cada vez más desenfrenados, más y más desenfrenados a medida que se intensificaba el ritmo de la música que tocaban al tambor o a la calabaza. ¡Que ninguno de nuestros bailarines los emule! Primero entre los bailarines, sacándoles como mínimo una cabeza, igual que Belcebú con su tropa, danzaba el lord inglés, desabrochada la casaca roja, y agitando con la mano derecha el pañuelo (tal como era costumbre en esa gallopade).

Al alba del día siguiente llegaron al patio dos de los guardias, acompañados por el mozo al que lord Sane había confiado los cuidados del admirado corcel negro. Habían pillado al pobre hombre cuando éste se dirigía a alguna parte, al parecer, a lomos del caballo, lo cual había empeorado la herida del pobre animal, así como su cojera, hasta tal punto que ya no tenía remedio. Llevaban el hombre ante su patrón. Aquél temblaba y era presa de un justificable terror; rogó y entonó un desgarrador canto a la comprensión, la exculpación, la piedad. Sane, que le observaba silencioso, pronunció una o dos palabras, y de inmediato los hombres ataron al mozo y lo

condujeron al establo, donde lo prepararon para el [1] bastinado, castigo terrible que ninguno de los presentes, quizá ni siquiera el que había de sufrirlo, podía negar al lord extranjero el derecho a imponer a un sirviente que hubiera cometido falta semejante. Cuando todo estuvo dispuesto, lord Sane se sentó a cierta distancia en un taburete que le trajeron. Alí, a quien se había ordenado asistir junto a su padre, se situó de pie tras Sane. El lord pidió la pipa, que rápidamente le trajeron con un carboncillo para encenderla; cuando lo hubo hecho a su gusto, esbozó un inconfundible e imperceptible gesto para que empezara el castigo.

El ingenio del hombre para los instrumentos de tortura y dolor no conoce límites. Cualquiera que haya experimentado en sus propias carnes los golpes de una delgada vara sabe que, aunque no se den con fuerza, el dolor se vuelve insoportable cuando el castigo se prolonga. El hombre más fuerte no puede contener las lágrimas, y el mozo en cuestión no era precisamente el más fuerte de los hombres; sin duda, además, sabía a qué castigo se enfrentaba, y sus quejidos aumentaron en tono y volumen antes de recibir el primer golpe. Lord Sane, impávido, siguió fumando la pipa mientras golpeaban al mozo, impasible incluso cuando fue evidente que los intestinos del hombre se habían aflojado debido al dolor. En aquel momento, Alí descubrió que odiaba la crueldad. Supo a partir de entonces que, si podía evitarlo sin verse deshonrado, jamás infligiría o causaría algo parecido a lo que presenciaba a un ser indefenso, fuera humano o animal. Como todos aquellos que viven en sociedad, aprendió a tolerar la crueldad cuando no podía evitarla, cosa que en gran medida sucedía constantemente, ya que el mundo rebosa violencia; aprendió incluso a burlarse de ella, a hablar con ligereza, tal como hacían los demás, pero era incapaz de presenciarla con impasibilidad sin sentirse empujado a detenerla siempre que fuera capaz, tanto como aquel día fue incapaz de hacerlo.

Cuando el castigo hubo concluido, lord Sane entregó la pipa a su hijo y abandonó el establo, donde el mozo seguía gritando de dolor y vergüenza; se acercó al patio, donde se encontraba el en tiempos orgulloso corcel, sacó una pistola, la cargó y amartilló y, luego, mató de un disparo al pobre animal sin decir una palabra.

Se dirigieron de las montañas al mar, a través de aquellas tierras que carecían casi por completo de caminos, aunque pasaron junto a un grupo que procedía a

acondicionar uno de los pocos que había. Era una compañía de mujeres[2], y es que en esas tierras, al contrario que en el hogar del Turco, las mujeres no son apartadas del mundo, sino que hacen todo lo que hacen los hombres (no, más), a menudo son conducidas como animales y no se tiene con ellas mucha consideración. Una de las mujeres que partían piedras, la más joven y bonita, levantó sus azules ojos al ver pasar a tan peculiar grupo, y Alí, como acuchillado en el corazón, creyó por un instante que su Imán había de algún modo ido a parar allí. Pronto se desvaneció la ilusión, pese a lo cual sintió por primera vez con toda su terrible extrañeza y permanencia que había abandonado su hogar, y que jamás volvería a ver todo cuanto conocía y amaba.

Pero entonces apareció el mar, cuya superficie estaba salpicada de diamantinos reflejos, atisbado al principio entre las colinas, y luego visto en toda su extensión. Alí no pudo creer que estuviera todo él hecho de agua, tal como uno de los más viajados dos de la banda le aseguró riendo. El chico, aterrorizado y encantado, cabalgó hasta donde morían las olas, pero apartó al caballo de la espuma que se extendía hacia él por la arena, igual que la doncella que levanta su falda para impedir que pueda mancharse. Lord Sane, que lo seguía, le ordenó con ademán arrogante que se metiera en el agua, orden que Alí no parecía dispuesto a obedecer, quizá por no creer que su señor pretendiera en serio que él hiciera tal cosa.

—¡Adelante, señor! —exclamó lord Sane en su propia lengua, frase cuyo significado Alí entendió—. ¡Adelante os digo!

—El muchacho no sabe nadar, milord —dijo en griego moderno el jefe de los soldados.

A lo que lord Sane replicó:

—¡Pues claro que no, pero el caballo sí!

Así las cosas, azuzó con la fusta el flanco de la montura de Alí y volvió a hacerlo cuando el animal no arrancó.

Entonces, Alí, volviendo el rostro a quien así lo atormentaba, dispuesto a salvar a su caballo, miró fijamente a su padre, que parecía de pronto furibundo y encantado ante la resistencia que oponía su hijo, y que señaló de nuevo el mar. El hechizado joven se detuvo un instante, como ponderando la elección de si debía enfrentarse a su padre o al mar; entonces tiró con fuerza de las riendas, volvió grupas e hincó los talones en ambos costados del caballo. ¡El animal recorrió la playa y entró de buena gana en el agua! Alí ahogó un grito por el frío, aunque ese mar es tan cálido para cualquier inglés como pueda serlo el té servido por una buena anfitriona, y también gritó por el modo en que el oleaje le calaba la ropa, como si quisiera aferrarlo y llevárselo consigo al fondo, pero siguió azuzando al caballo, presa de una inconcebible ira, sin temor ya de lo que pudiera pasarle, ya fuera ahogarse o llegar a otra playa, ¡si es que había tal! El corcel, valiente, nadó bien un buen trecho cuando

ya no tocaba fondo (ya que por supuesto podía nadar[3], como cualquier mamífero, desde los gatos a los elefantes, siempre y cuando puedan escoger hacerlo o tengan la necesidad). El oleaje empapó el rostro de Alí, que por primera vez probó la sal (¡imposible!) y tuvo la sensación de resbalar del húmedo lomo del caballo. No obstante, logró mantenerse y se sintió invadido de una extraña alegría. Cuando la imponente novena ola (es de sobra conocido, o al menos eso se cree, que la novena ola es mayor que las anteriores) estuvo a punto de poder con el caballo a pesar de su coraje, Alí, que a duras penas seguía montado, volvió grupas hacia la orilla. Allí

surgió del mar como el toro de Teseo[4] y se sorprendió al descubrir que se hallaba a unos cincuenta metros del punto de origen, lo cual hará comprender al lector la fuerza de aquello a lo que se había enfrentado, a pesar de que Alí en ese momento no lo entendió. Hacia él, por la orilla, cabalgaron los suliotas, que, satisfechos con el coraje demostrado por Alí, habían empuñado las armas para disparar al aire, modo habitual en ellos de demostrar una emoción intensa. Lord Sane siguió donde estaba, y Alí, con la sal quemándole en los ojos, apenas pudo ver la expresión de su padre, ni interpretar qué traslucía: si satisfacción, burla o la ponderación de más exacciones. Ni la menor idea.

Descendieron por la costa hasta Salora, puerto de Arta, en el golfo Ambrosiano, para tomar un barco que se dirigiera al puerto de Patrás, donde lord Sane sabía de un bergantín inglés que partiría en breve para Malta y, de allí, con escalas, a la isla de Albión, el nuevo (a pesar de serlo de sus antepasados) hogar de Alí. No obstante, todavía tenían que cruzar el tramo entre Salora y Patrás, y lord Sane se sentó un día en un agradable jardín de una fonda de Salora, donde se reunían los capitanes de barco para solazarse e intercambiar noticias; encargó para su hijo un plato de arroz, condimentado con un limón que arrancó de un árbol que colgaba sobre la mesa, además de un par de piezas de pescado de ocho patas cocinadas a la parrilla, a los que llamó octópodos, pescado que no estuvo dispuesto a dejar que su hijo rechazara. Al día siguiente, después de salir al parecer airoso de sus negociaciones, hizo subir a bordo de una saetía griega a su hijo, al capitán de los soldados, a cuarenta hombres y cuatro piezas de cañón. El tiempo era favorable y soplaba un ligero viento, y hacia el mediodía dejaron el puerto atrás.

Las embarcaciones griegas tienen fama de recorrer con suma rapidez las costas conocidas, y los marinos griegos, aunque diestros, a menudo se muestran incómodos ante la perspectiva de perder de vista la costa. Puede ser que quienes gobernaron las largas naves a Ilión sintieran lo mismo. Así, nuestros pasajeros pudieron pasar cerca de las ruinas de Nicópolis, y más tarde observar la blanca luna en el cielo azul sobre la bahía de Actium, donde el mundo antiguo se ganó y se perdió, donde Cleopatra demostró que no era almirante por admirable que fuera, hechos que Alí ignoraba por completo, y que a su padre le resultaban completamente indiferentes. Al caer la noche refrescó el aire y el mar se revolvió; soplaba tal viento que la tripulación decidió, de común acuerdo, que pronto habría de convertirse en tempestad, así que prefirieron aferrar las velas, poner proa en dirección contraria y entregarse a los caprichos de Eolo hasta que volvieran a disfrutar de un tiempo más favorable. No obstante, lord Sane se impuso y, cuando se presentó la tempestad, les ordenó afrontarla. El capitán de la embarcación, incapaz de negarse, indicó a los europeos que se encerraran bajo cubierta y les conminó a rezar, cosa que la dotación había empezado a hacer en una gran diversidad de lenguas. Alí, que no había navegado ni con buen o mal tiempo, supuso que iba a morir, sospecha habitual en aquellos que viajan por primera vez, aunque en esta ocasión el sentimiento era compartido por algunos miembros de la tripulación, quienes debían de estar mejor informados que él. Aunque estuvo un rato en el camarote, yendo de un lado a otro en la oscilante cabina, al final no pudo soportarlo más y subió a cubierta. Allí, con el mar imponiéndose a la regala hasta cubrir la tablonería, y el timonel atado a la rueda, encontró sentado a lord Sane, envuelto en su capa negra, la espalda apoyada en el palo mayor, con la mirada perdida y una sonrisa en el rostro, tan encantado ante los rugidos de Poseidón que parecía haberlos causado él.

En Patrás, puerto al que arribaron casi demasiado tarde, subieron al son de las bocinas a bordo del bergantín inglés casi al tiempo que éste desatracaba, y en el mar

se adentraron: pasaron por Missolonghi[5] y cruzaron por los dos cabos de Araxos y Escrofa, transportando al noble señor y su botín, un hijo, igual que lord Elgin se llevó a los hijos de mármol de aquella desdichada y bella tierra. ¡Saludos, Hélade, saludos y más saludos! Todo cuanto te ha sido robado, tu libertad, las obras de tus genios, te será devuelto cuando madure el tiempo, ¡antes de lo que imagina tu opresor!

A bordo del bergantín, que surcaba mar abierto, había otro pasajero inglés, un estudioso lingüista, con toda la templada inteligencia de lo mejorcito de esa especie. Era un tipo pequeño y circular (circular la cabeza, así como el estómago, los ojos y las lentes), y lord Sane contrató a este caballero para que enseñara a Alí la lengua inglesa mientras durase el viaje. «Las lecciones deben proseguir en el fondo del mar, si es el caso de que nos veamos allí», dijo el alegre lord. Alí demostró ser un alumno aplicado, con un don natural para las lenguas que seguro hubiera sido desaprovechado de haber seguido viviendo en el mismo lugar. En seguida fue capaz de comprender algunas de las cosas que le decía su padre, así como parte de las crueles burlas que gastaba al lingüista circular, como por ejemplo: «Señor, su diseño en general me recuerda tanto al de una vejiga que estoy convencido de que, en caso de caer por desdicha al mar, flotaría usted de mil amores. Es más, propongo poner a prueba mi teoría, ¿qué dice usted, señor? ¿Está o no dispuesto a fomentar el progreso científico prestándose a este experimento? Redactaremos al respecto una carta a la Royal Society, tengamos éxito o no.» Y muchas otras cosas en la misma línea; el hombrecillo se limitaba a inclinar la cabeza, y a sonreír —y a sudar— tan bien como podía, como si no se enterase muy bien de las bromas de su señoría.

Y así fue la cosa hasta que el mar azul reverdeció y los espectrales acantilados de Dover surgieron ante los maravillados ojos de Alí. No sólo había llegado al fin del mundo (¡mucho más lejos de lo que había creído posible!), sino que, de forma mágica, había pasado todo un año, o eso supuso, durante el viaje, puesto que estaban en invierno, a juzgar por las nubes cargadas que volaban al alcance de la mano, la fría humedad y la niebla; sin embargo, no era así, tal como el tutor explicó. Seguía siendo verano, ¡Alí ya comprobaría lo que el invierno era capaz de brindar! Permitió que lo embarcaran en un bote (¡no tuvo elección!) y fue llevado a Plymouth, donde les aguardaba el criado y mayordomo de lord Sane.

Alí tuvo la impresión de que éste era un guía perfecto para la tierra a la que habían llegado; era enjuto como un cuerpo disecado, blanco como el hueso y silencioso como una tumba. En la fonducha a la que les condujo —huelga decir que Alí fue objeto de las miradas de los transeúntes, ataviado como iba con el traje albanés—, descubrió que ese hombre, a quien a partir de ahora llamaremos Factotum, había extendido sobre la cama la ropa de Alí: botas, calzones y medias, una camisa de lino, un chaleco y una casaca verde botella, aunque, para vestirse con conveniencia, Alí tuvo que pedir, profundamente avergonzado, la ayuda del hombre magro. No hubo tiempo para asearse, por mucho que Alí desconociera los entresijos y detalles de tal cosa, tampoco para descansar o comer, ya que un coche alquilado les aguardaba ya en la puerta, y lord Sane, con la furibunda prisa que lo caracterizaba, había ordenado subir al mismo la impedimenta, y empujó a los suyos hasta el interior. Sin duda tendría algún motivo para marcharse con tanta premura, y su razón estaría relacionada con algo que había tramado con el capitán del bergantín, quien se dirigía a la misma fonda en el preciso instante en que el equipaje de lord Sane se adentraba, como alma que lleva el diablo, en las grises tierras de Inglaterra. Pobre Alí, enfundado en el tieso caparazón de lana y cuero ingleses, embutido entre su padre y el cadavérico Factotum (ambos se habían dormido, a pesar del traqueteo incesante del vehículo), no pudo sino considerar su situación mientras viajaban hacia el norte.

«Ahora me convertiré en una sombra de mí mismo», pensó. «Ya no tengo más tierra sino tan sólo niebla y nubes; ningún traje mío más que el del pueblo de mi padre. El único ser en toda la faz de la tierra que de veras me conoce a mí y a mi corazón, la única criatura que de verdad me ama, se encuentra al otro lado de un océano ilimitado; mi lengua me ha sido sustituida por otra, que sabe a polvo en los labios. ¿Acaso no vago, muerto, por la tierra de los muertos?»

 

* * *

Durante todo este tiempo, mientras nosotros repasábamos su pedigrí y su historia, el hombre mismo (aunque es apenas un muchacho) ha permanecido sentado en la antigua torre escocesa ante el horripilante misterio del asesinato de su padre; ¡sentado, ya que las piernas no parecen dispuestas a mantenerlo en pie! Imposible saber qué coloquio mantiene, mientras sigue ahí sentado, con ese ser ahorcado que lo mira sin vida y sin mirarlo en realidad, puesto que hay cosas que las palabras no pueden sino traicionar, por ser palabras, así como la materia del pensamiento consciente, del cual el joven Alí se ve en estos momentos privado.

Cuando logra recuperarse, se levanta, saca del costado el afilado ataghan, obsequio de su padrino el pachá, como recuerda, y corta la soga que, como la telaraña atrapa a la presa, aferra el cuerpo sin vida de su padre. Lo rodea con sus brazos en una horrible parodia de abrazo filial, para que el enorme cadáver no caiga al suelo; y lo baja con cuidado hasta depositarlo sobre las piedras, donde después procede a librarlo de la soga que le rodea el cuello, sin saber qué necesidad hay de hacer tal cosa, sólo que siente que tiene que hacer algo. Oye entonces, y también ve, en el sendero, a un grupo de hombres que se le acercan.

Es la ronda: dos alguaciles, los únicos dos que puede permitirse el Real y Antiguo burgo en el que se alzan la casa y la torre; van acompañados de otros hombres, arrendatarios del laird, armados de antorchas y teas de pino para iluminar el camino. Alí no piensa en cómo es que se ha reunido ese grupo, cómo han sabido que allí se requiere su presencia, no sabe nada; durante un largo instante es incapaz de reconocer a sus vecinos en ellos, ni de tener la certeza de que sean humanos.

El alguacil al mando, el de mayor edad y seriedad, era un hombre larguirucho que iba montado en un pequeño jaco blanco por su edad; llevaba puesto un tricornio. Hubiera llegado más rápido de haberlo hecho a pie, pero quizá pensó que tal cosa iría en detrimento de su dignidad. Iba armado con un cuchillo largo y una espada de hoja ancha; su compañero, con un mosquete y un garrote. Se detuvieron a la puerta de la torre, y el alguacil larguirucho desmontó, tomó de manos de un ciudadano la antorcha que llevaba y la acercó a la torre para iluminar a Alí, quien, espada en mano, permanecía inclinado sobre el cadáver de su padre.

«¡El laird!», se alza el grito. «¡Es el laird! ¡Y éste es el joven turco! ¡Es él!» Gruñidos y gritos de espanto surgen de los presentes. Como en un escenario, «descubierto» por las antorchas de los espectadores, Alí permanece paralizado unos instantes. Al levantarse y acercarse a los alguaciles se alza un grito de alarma generalizada y el alguacil más alto tira de su propia arma.

—¿Qué hacen ustedes aquí? —pregunta Alí, picado por la curiosidad ante la oportuna llegada de la ronda al funesto lugar, consciente de que los problemas se abaten sobre él.

—Señor, nos ha llegado información —responde solemne el alguacil al mando de la ronda.

—¡Información! ¿A qué información se refiere?

—La que nos ha traído a este lugar, señor. Aunque demasiado tarde, demasiado tarde.

—De acuerdo, pues —dice Alí—. Vengan aquí, rápido. No sigan ahí plantados como cepos. Tenemos que encontrar al o a los responsables de este acto.

La quietud y las miradas, propias en efecto de cepos, o de los peces que se utilizan como cebo, le dan a entender que no ven necesidad alguna de irse por ahí de caza, ni de registrar más el lugar.

—Yo no sé nada de esto —asegura Alí, a lo que el alguacil no contesta, pues ante sus ojos las pruebas resultan más que evidentes.

—Señor, entregadme vuestra arma —dice—. Os lo ordeno en el nombre de la ley. —Sólo en ese instante Alí cobra conciencia de la espada que empuña, regalo del pachá. Siente el fuerte impulso de resistirse, de golpear los estúpidos rostros que no apartan la mirada de él. Pero no lo hace, aunque decir que se lo piensa dos veces sería una falsedad, puesto que no piensa en nada, como si siguiera caminando dormido. Tiende el arma por la empuñadura al alguacil, quien la acepta con cierta solemnidad —. Será mejor que me acompañéis, joven señor —dice—. No opongáis resistencia alguna, ¿me habéis entendido?

¡Menuda injusticia! ¿Puede existir mayor terror? Sabiéndonos inocentes, somos considerados culpables… No, se demuestra que somos culpables de forma tan irrefutable que incluso puede llegar a convencernos a nosotros mismos, por inocentes que nos sepamos. Tanto más cuanto el crimen lo hemos perpetrado un millar de veces en sueños, en nuestros sueños conscientes, en los oscuros abismos del alma.

Alí dejó que lo detuvieran, no opuso resistencia. Aun con la cabeza bien alta, estaba pálido como la cera. Con cierto esfuerzo montó de nuevo el alguacil del tricornio en el jaco; su compañero ordenó a seis u ocho de los hombres que los acompañaban que recogieran el cadáver, lo cual hicieron no sin titubear, atándolo como se hace con un ciervo cazado a un poste, para después cargarlo a hombros. Y así se alejó tan solemne cortejo de aquel funesto lugar: sujeto el laird con su propia cuerda, maniatado el hijo, descendieron el sendero a la luz de las antorchas. Al final del camino que llevaba a la torre se separaron, unos para llevar al muerto a su hogar, donde sería examinado (y también llorado, al menos por sus perros); otros acompañarían al hijo al pueblo, donde se procedería, le informaron, a ponerle unos grilletes. Cuando tras caminar un buen trecho (la luna colgaba baja sobre el mar negro) llegaron allí, observó Alí que algunos se habían adelantado para despertar al juez, ya que éste esperaba en la puerta del tolbooth, que es como los escoceses denominan a la bailía, y donde también tienen el juzgado.

Se abrieron las puertas al dar la orden el juez, e hicieron entrar a Alí. Las luces que estaban encendidas no lograban ahuyentar la ancestral oscuridad, y el juez, descolgando la toga de un gancho de la pared, tomó asiento y, con mirada solemne cargada de gravedad y responsabilidad, observó a los presentes antes de solicitar al alguacil las pruebas. Éste fue bastante breve; el caballero contó cómo había recibido información de que algo sucedía en la colina; cómo había reunido a unos cuantos hombres, suficientes, creía, para lo que pudiera encontrar; cómo habían tomado el sendero, etc., luego, que habían encontrado al laird en el suelo y al joven laird sobre él, armado. Todos volvieron la mirada a Alí.

—¿Información? —preguntó el juez.

—Así es, señoría. Conforme se estaba cometiendo un terrible crimen en ese momento en un lugar llamado antigua atalaya, que se encuentra en lo alto de una colina, en el bosque.

—¿Y consideró que esa información era verdadera?

—Tan verdadera como pueda serlo el oro, señoría.

—Les rogaría que me aclararan —intervino Alí, momento en que el juez y todos los presentes que presenciaban la escena desde la puerta se quedaron pasmados, como si no le hubieran creído hasta ese momento capaz de articular la palabra—, les rogaría que me aclararan sus señorías cómo es posible que pueda haber perpetrado yo este crimen y, al mismo tiempo, haber enviado la… la información de éste a estos alguaciles.

—¡No os burléis de este asunto, señor! —advirtió el juez—. ¡Comparecéis ante nosotros acusado de un infame parricidio! Puede, señor, que en las tierras que os vieron nacer tal crimen no sea considerado más que una falta menor. Por lo que yo sé, incluso podría ser algo muy común. Pero aquí no podría ser más antinatural, ¡un asunto que se castiga con severidad, os lo aseguro, hasta donde alcance la ley!

—No he hecho nada —dijo Alí—, tal como se demostrará. —Así habló, aunque con voz temblorosa.

—Quince hombres de bien, y el Tribunal del Rey, decidirán tal cosa —dijo el juez. Un tribunal escocés consta de quince hombres, aunque al sur de Cheviots se considere que basta con doce por ser el número de los apóstoles, número que no debe superarse; al norte, cuantos más, mejor. El juez levantó el ataghan de hoja curva que Alí había entregado a quienes lo detuvieron—. Y si éste no es un caso prima facie, no sé qué es.

—Le rogaría que me devolviera lo que me pertenece —pidió Alí al tiempo que se levantaba con toda la dignidad de la que pudo hacer acopio, dado que estaba maniatado.

—No, señor, esta arma constituye la prueba de un crimen, y por tanto se convierte en propiedad del rey. Demostrad vuestra inocencia y podréis solicitar que Su Majestad os la devuelva. —Dejó la espada y llamó a los alguaciles—. ¡Conduzcan al prisionero a su celda, y asegúrense de que tenga un buen par de grilletes en los tobillos!

Los dos sicarios de la ley, el bajito y el alto, le pusieron las manos en los hombros.

—Aguarden —dijo Alí—. Si va a haber juicio, solicito que se me conceda libertad hasta que se celebre.

—Libertad —repitió el juez, como si aquella palabra le resultara ajena y reflexionara sobre qué podía significar—. ¿Y qué garantías aportáis para solicitar a este tribunal tal cosa?

—Pues las garantías que me proporciona mi palabra de honor —respondió Alí.

El rostro del juez delató qué opinión le merecía semejante oferta, y después de masticarla unos instantes, como si no le gustara su sabor, preguntó qué otras garantías podía aportar el acusado, a lo cual Alí respondió que su palabra debía bastar, pero que en caso contrario podía proporcionar al tribunal la garantía que éste gustara en forma de tierras o bonos. Al escuchar esto, el juez se incorporó en el podio que ocupaba y miró fijamente al indefenso joven que le devolvía la mirada sin inclinarse.

—En caso de que se demuestre vuestra culpabilidad —dijo—, tal como no me cabe duda que sucederá, todas vuestras tierras y propiedades serán confiscadas, dado que no podréis beneficiaros de semejante crimen. La ley, os lo aseguro, es muy clara a este respecto. Y por tanto, si alguna vez estas tierras y bienes os pertenecieron, o tuvisteis base legal para pretenderlos, lo cual permitidme poner en duda, no tenéis nada que apoye vuestra solicitud.

»Y ahora, llévenselo. ¡Espero que piense en lo que ha hecho y en la ley de Su Majestad!

La ley tiene una majestad indudable, majestad que no mengua cuando vemos torcida la peluca de la ley, o los chalecos mal abotonados; tampoco si la hemos visto bebida en una feria, o en la vía pública; ni por el hecho de que sepamos que se beneficia, en cierto modo, del tráfico de contrabando que tan común es en esas costas rocosas. No mengua su figura cuando tiene el poder absoluto, al margen de nuestra culpabilidad o inocencia, para cerrar una puerta de hierro en nuestras narices, dar vueltas a la llave ¡y guardársela en el bolsillo!

De: «Smith» <anovak@strongwomanstory.org> Para: <lnovak@metrognome.net.au Asunto: Pregunta

Hola. Soy Alexandra (tu hija).

Tengo una pregunta que no se me ocurre nadie más a quien formular, me refiero a nadie capaz de responderla: ¿Es éste tu correo?

PS: Sé que ha pasado mucho tiempo.

De: <lnovak@metrognome.net.au

Para: «Smith» <anovak@strongwomanstory.org> Asunto: Re:Pregunta

Alexandra:

Qué maravillosa sorpresa; es fantástico saber de ti después de tanto tiempo.

La gente suele decir «después de tanto tiempo» como un modo de acercarse a la persona a la que escriben; pero sé que soy yo, y no tú, quien ha tardado tanto en hacerlo. Podría darte las excusas de rigor: que no sabía tu dirección, que estoy condenadamente ocupado la mayor parte del tiempo, pero después de todo tú sí has dado con mi paradero; podría incluso haber preguntado por ti a tu madre, aunque eso hubiera supuesto averiguar primero su dirección, que no tengo desde que cumpliste los dieciocho años y concluyó mi vínculo legal con ella. Por supuesto nunca estoy tan ocupado, no tanto como para no hacer lo que quiera. De todos modos, ahora que he empezado continuaré. Lo prometo.

De modo que sí, soy yo y éste es mi correo. Y ¿cuál era la pregunta? Y ¿cómo estás? Y ¿cómo te ha ido?

Con cariño,

Lee

 

PS: ¿Qué es strongwomanstory.org? Supongo que debería saber cómo encontrarlo en Internet, pero después de tanto tiempo en lugares donde a menudo no tienen ni teléfono ni máquinas de escribir, y ya no digamos ordenadores o conexión a Internet, he adoptado una postura arrogante y arisca respecto a la World Wide loquesea.

De: «Smith» <anovak@strongwomanstory.org> Para: <lnovak@metrognome.net.au> Asunto: Re:Re:Pregunta

De acuerdo.

Sé que estás muy ocupado, y no quiero quitarte mucho tiempo. La pregunta es la siguiente: ¿Escribió Lord Byron alguna novela? Busqué en Internet y me acerqué a la biblioteca, pero el caso es que no logré estar segura. Vamos, que en ningún lado decían que no la hubiera escrito. Me refiero a que obviamente no era una faceta importante de su obra, o lo habría encontrado sin mayores problemas, ¿no crees? Ya te explicaré por qué necesito saberlo cuando lo sepa. Eso ha sonado muy mal, ¿verdad?

Para entrar en el sitio web en el que trabajo sólo tienes que introducir el texto del enlace (o sea, strongwomanstory.org) en la ventanita de «Búsqueda» de Google o de lo que sea que utilices. También puedes hacerlo en la ventana de «Dirección» y luego apretar la tecla «Entrar». No tienes por qué introducir el http:// y todo eso. Sólo haz clic donde toque; no te perjudicará ni te pondrás malo; lo peor que puede pasar es que te pierdas o te aburras.

Alexandra

De: <lnovak@metrognome.net.au> Para: «Smith» <anovak@strongwomanstory.org> Asunto: Re:Re:Re:Pregunta

Alexandra:

Al final todo eso que me explicaste funcionó. Felicidades. Por lo que veo en los créditos eres la editora; no creo que sepa exactamente qué supone eso tratándose de un sitio web. ¿Algo así como un editor de películas o como un editor de textos? He echado un vistazo a algunas de las páginas. Admito que nunca había oído hablar de la mayor parte de esas mujeres, lo que imagino es la intención de la página. Los facsímiles de los manuscritos me parecieron lo mejor, y no sabría decir si al verlos me sentí más cerca o más lejos de ti.

En lo que respecta a tu pregunta. Hacía tiempo que no pensaba en Byron. No tengo ninguna referencia bibliográfica suya a mano en este momento. Muy pronto abandonaremos este lugar perdido de la mano de Dios para llevar a cabo algunas investigaciones en Tokio, donde encontraré un montón de obras de referencia en inglés (sus bibliotecas están a rebosar de ellas, hay tantas como pueda haber en las mejores bibliotecas universitarias norteamericanas). Pero por lo que recuerdo no sé a qué te refieres. Lord Byron nunca escribió una novela. Nunca escribió prosa. Su amigo Edward Trelawney le animó a hacerlo, pero Byron le dijo que lo hubiera hecho de no haber escrito nada Walter Scott, y que de todos modos un hombre no debería escribir una novela hasta cumplir los cuarenta años, edad que, como bien sabrás, nunca alcanzó.

Por otro lado sí puedo decirte que empezó a escribir una. Se trata de una de las escenas más célebres de la literatura inglesa. Sucedió en la Villa Diodati, que Byron había alquilado en Génova. Shelley, Mary Shelley y Byron están sentados juntos en una tempestuosa noche, cuando Mary dice: «¡Escribamos un cuento de miedo!» Y así lo hacen. El de Mary es Frankenstein. Shelley no consiguió llegar muy lejos con el suyo, y las pocas páginas de la novela de vampiros que Byron empezó las cedería luego a otro de los participantes en la velada, un tal doctor Polidori, que sin conocimiento de Byron amplió el contenido hasta convertirla en una novela larga, una de las primeras narraciones de vampiros escritas en inglés. La publicó bajo seudónimo y permitió que todo el mundo creyera que el autor era el propio Byron. Además, Polidori bautizó al personaje principal, el vampiro, con el nombre del protagonista de una novela de Caroline Lamb, una de las antiguas amantes de Byron; el héroe de la novela de ella es un monstruo en quien todo el mundo reconoció a Byron (¿me sigues?). Todo eso no molestó a Byron en absoluto, y me refiero tanto al comportamiento de Polidori como al de Caroline. Ninguna reacción por su parte, y es que, exceptuando las ofensas al honor, o las traiciones de verdad, Byron era incapaz de sentir el menor rencor, porque terminaba riéndose de todo.

Me sorprende que recorras este antiguo territorio mío. Recuerdo que lo primero que me dijo tu madre (bueno, casi) fue: «Byron nunca me ha gustado.» Acababa de romper el hielo con ella en una fiesta de la facultad — Dios, cuántos años desde que asistí a la última— y yo había mencionado mi interés por Byron. Respondí: «Bueno, claro que no te gusta. Si no lo conoces.» Quizá debería decirte lo mismo, ¿o no?

Vamos, que me encantaría saber más cosas, ¿a qué viene tu interés por Byron? Supongo que tiene algo que ver con Ada, y también me gustaría saber de ti, y prometo responder en seguida a tus preguntas, o enviárselas a alguien que pueda hacerlo, si es que soy capaz de recordar dónde puedo dar con esa gente. Conservo muy pocos contactos de mi antigua etapa académica.

Te quiero, Alex.

Lee

De: «Smith» <anovak@strongwomanstory.org> Para: <lnovak@metrognome.net.au> Asunto: Secreto

No sé si lo que hago podría llamarse «edición». Me metí en esto porque obtuve (casi) una licenciatura en Historia de la Ciencia, y trabajé en un proyecto para publicar toda la correspondencia de una sociedad científica del siglo XVIII, de modo que aprendí a entender escritos en caligrafía antigua y malas fotocopias. En primer lugar, la gente que fundó el sitio de Strong Woman no son historiadores de la ciencia; una de las ideas que tuvieron fue la de extraer cartas y documentos de libros, repasar los originales y retranscribirlos (por si se habían producido errores, o supresiones, ya sabes) y hacer facsímiles, lo que en realidad era innecesario pero bonito, ya que podías ver la escritura, los diagramas, las ecuaciones y esas cosas que se solían incluir, y, a veces, tachar sobre la marcha (me encanta encontrar cosas tachadas), la letra y los números apretujados en los márgenes, unos obsesivamente pulcros y otros desordenados y caóticos.

De modo que soy la que lee esas cartas y demás, y aprendí los rudimentos de Internet para introducirlo todo, además de otras cosas, como redactar algunos de los comentarios y notas. No obstante, somos un equipo.

Sí, tiene algo que ver con Ada. Estoy en Inglaterra, investigándola para el sitio web, ampliar su biografía e incluir nuevos detalles. Han aparecido unos documentos cuya existencia se desconocía hasta el momento, y estamos pensando qué pueden ser. Una de las cosas que los conforman son unas páginas de notas escritas por Ada, y la historia de cómo adquirió el manuscrito de una novela que escribió Byron. Dice también que va a escribir notas para la novela, y ahí están. No obstante, no tenemos ningún manuscrito de la misma, aunque hay una página que podría pertenecer a ella. Sólo una página. Si extraes una frase y haces una búsqueda en los textos on-line de Byron en Internet no hay forma de encontrarla (ya lo he intentado). ¿De qué se trata y adónde fue a parar, si es que realmente existió? ¿Se te ocurre algo? Incluyo la página del texto que hemos recuperado. La he escaneado para que puedas echarle un vistazo. Cuesta leerla, pero podrás hacerlo.

La documentación cayó en manos del sitio web por mediación de un particular. Nadie quiere publicidad de momento. Así que…

Alexandra

Adjunto: Unapagina.doc

hombre. No importa, soy tan ignorante como él en lo que a ese gran país

respecta, ignorancia en la que me regodeo, ya que he terminado para siempre

con el mundo que conozco. Quizá debamos descender el Mississippi, como

hizo lord Edward Fitzgerald, el único héroe auténtico que he conocido, y,

como él, ir más allá, más allá del golfo de México, a Darién, a los Brasiles, al

Orinoco. No lo sé.

De modo que adiós. No soy tan insensato como para creer que América

pueda ejercer de médico o sacerdote, sé que no todas las enfermedades

pueden curarse allí, ni perdonarse todos los pecados. No obstante, esta

mañana me siento como quien ha peleado toda la noche en sueños con un

enemigo, para al final despertar y descubrir vacíos los brazos. ÆNGUS

De: <lnovak@metrognome.net.au> Para: «Smith» <anovak@strongwomanstory.org> Asunto: Página

 

Alex:

Es algo sorprendente, y no es que yo sea quién para decirlo, pero deberías asegurarte de que no se trata de una falsificación, sobre todo teniendo en cuenta la misteriosa procedencia de la documentación que mencionabas; hallazgos de este tipo suelen ser anunciados a bombo y platillo en todo el mundo, y la consiguiente publicidad suele elevar el precio, como el millón de dólares del baúl lleno de correspondencia y documentos de Melville, que se descubrió en un antiguo cobertizo de Berkshire hace unos años. De modo que lo primero que debe hacerse es verificar que sean auténticos, cosa que no puedo hacer. Parece inverosímil que el manuscrito de una novela de Lord Byron no haya sido encontrado en tanto tiempo.

Pero qué extraño. América. En los últimos años de su vida, antes de decidirse por la aventura griega, Byron hablaba a menudo de ir a las Américas: sobre todo a Sudamérica, pues no hacía distinción alguna entre una y otra, y emprender allí una nueva vida como colono. George Washington era una de las personalidades históricas que contaban con su admiración sin que ésta estuviera teñida de ironía. Otra era la del Fitzgerald mencionado en la página que me has enviado.

¿Podría echar un vistazo a las notas que escribió Ada, si me las escaneas? No las perjudicará ese proceso, ¿verdad? Se trata de documentos muy valiosos, como seguro sabrás, si es que en verdad son lo que parecen. ¿Y si lo son? Porque entonces… Guau. ¿Vas a acercarte a los archivos Lovelace para ver si puedes encontrar alguna referencia de estos documentos? Parece imposible que pueda haber una novela entera de Byron que haya pasado no relacionada en los papeles de Ada, aunque ojalá sea así.

Ahora tengo dos preguntas para ti que no vienen a cuento. La primera: ¿Por qué pensaste en mí cuando necesitaste una respuesta? Hay un montón de gente más capacitada que yo. La otra pregunta es por qué te haces llamar «Smith» en tu dirección de correo electrónico, ¿se trata de algo relacionado con Internet?

Lee

De: «Smith» <anovak@strongwomanstory.org> Para: <lnovak@metrognome.net.au> Asunto: Smith, etc.

 

Supongo que el motivo de que te escribiera se debe a que es un secreto. No se me ocurría a quién contarle todo esto sin dar demasiados detalles. Eso es todo. En realidad no soy ni una erudita ni una historiadora. Te enviaré las notas de Ada en cuanto pueda escanearlas. No las perjudicará. Además, llevo unos de esos guantes blancos.

Casi todos me llaman Smith. En parte por la universidad. Después de dejar la primera facultad a la que acudí, ingresé en un curso especial para obtener una licenciatura en letras (el programa Ada Comstock, ¿qué te parece eso?). También en parte porque en una ocasión bromeé con que quería un apellido por nombre, como esas estrellas de cine de moda con nombres como Parker, Drew y Reese. ¿Por qué no Smith?, dije yo. Y ya ves que la cosa cuajó.

Odio pensar que estos documentos puedan ser falsos. Voy a empezar a investigarlo. Gracias y ya tendrás noticias mías.

Alexandra

De: <lnovak@metrognome.net.au> Para: «Smith» <anovak@strongwomanstory.org> Asunto: Re:Smith, etc.

¿Sabías que durante los últimos seis meses de tu vida prenatal íbamos a ponerte Haidée, por una chica del Don Juan de Byron? A tu madre le parecía bien, pero luego cambió de idea. No pude convencerla. Smith está bien. La verdad es que nunca me encajó el nombre de Alexandra contigo. Alexandra es una belleza fría y regia. Alex es marimacho. Sandy es una chica mona con coletas (y una perra llamada Annie…). No sé por qué a tu madre le gustaba ese nombre.

Aprovecho para decirte que nadie es un auténtico historiador, igual que nadie es escritor o, para el caso, santo. Esas cosas sólo pueden hacer referencia a lo que haces, no a lo que eres: bien porque escribes, llevas a cabo investigaciones históricas o porque eres buena persona, etc. Deja que sean los demás quienes pronuncien las palabras rimbombantes. Robert Frost afirma que «poeta» es un término que sólo otra gente puede aplicar al referirse a alguien. Créeme, puedes tener una vida repleta de inseguridades si te aplicas uno de esos títulos, se usa para definir tu yo interior. Poeta. Estrella. Genio. Criminal.

Lee

De: «Smith» <anovak@strongwomanstory.org> Para: «Thea» <thea.spann133@ggm.edu> Asunto: Hola

Thea:

He escaneado las tablas matemáticas y te las he enviado en CD por FedEx; descargarlas te llevaría una eternidad, yo tardé un día entero, con su noche, en escanearlas y copiarlas para que puedas leerlas. Creo que es una bobada que no podamos pedirle a alguien de por aquí que les eche un vistazo, pero Georgiana teme que se pueda descubrir el pastel antes de que hagamos el anuncio oficial. Opino que piensa demasiado, no creo que a nadie le importe tanto como ella cree. Incluso está un poco preocupada por ti, pero le dije que eras mi esclava sexual y que contigo el secreto estaba a salvo.

Me escribió Lee. Yo respondí. Hasta ahora, bien. Es raro, pero no tanto como cabía esperar. Eso es lo que me parece más extraño. Supongo que tarde o temprano tendremos que decir algo. Sería muy muy raro si no lo hiciéramos.

De: «Thea» <thea.spann133@ggm.edu> Para: «Smith» <anovak@strongwomanstory.org> Asunto: Re:Hola

lo haras creeme y entonces ya se vera no lo apruebo pero no voy a proporcionar al fbi su direccion de correo electronico de todos modos o ya la tienen o no le dan importancia la verdad es que no me importa nada el me refiero solo quiero que no te haga daño

vacaciones de primavera en la facultad asi que ELLOS se han ido a casa o al apartamento y aqui estoy a solas de noche con mi v ah que mierda

t

De: «Smith» <anovak@strongwomanstory.org> Para: «Thea» <thea.spann133@ggm.edu> Asunto: v

Te llevaré un nuevo v, amor mío. El Especial Spice Deportista.

Voy a echar un vistazo en Oxford a la documentación de Ada. Georgiana quería acompañarme («nos turnaremos para conducir, querida») pero le ha salido un asunto familiar. No lo lamento, aunque me da un poco de miedo ir sola. Oxford. Me siento como un ratón de campo que no cuenta con la compañía de un ratón de ciudad que le muestre todo lo bueno, y también todo lo malo. Como si me pudieran comer viva. Anoche tuve un sueño relacionado con eso de ir a un sitio enorme y oscuro y hostil (como sólo pueden serlo algunos lugares que visitamos en sueños) y no encontrar la salida; no había nadie que pudiera ayudarme, y a nadie le importaba. Creo que debe de ser cosa de la niñez, esos sueños, me refiero, cuando los adultos no te prestan la menor atención y tú no sabes por qué tienes miedo.

Escríbeme. Dime que soy valiente y lo seré.

Smith