La otra
Capítulo 21
Di mil vueltas a lo que debía hacer. Me sentía cómplice del engaño de Xavi a su mujer y me odiaba por eso. Creía que no podía permitir que continuase engañándola, a pesar de que llevase años haciéndolo con decenas de mujeres. Había vivido en mi propia piel lo que se sentía cuando tu pareja te era infiel y no quería que Xavi continuase haciéndoselo a ella.
Además, las razones de Xavi para no divorciarse eran patéticas y
sombrías. ¿Desde cuándo la razón para no separarte de tu pareja podía ser puramente económica? Según Xavi, separarse significaría un descalabro económico para él. Me parecía algo tan egoísta y deplorable que no podía más que aborrecerlo a él y a sus razones.
Tenía claro que la tal Natalia Riera debía saber que su marido le era
infiel, porque como mujer no podía continuar siendo engañada una vez tras otra o, al menos, yo no estaba dispuesta a formar parte de otro más de los engaños de su marido. Así que decidí que al día siguiente iría a la empresa e intentaría hablar con ella. Quizá no podría, porque no quisiera recibirme o, quizá, en el peor de los casos, viese a Xavi y me lo impidiera. Pero lo que tenía claro era que, al menos, debía intentarlo.
Los nervios que me causaba aquella sensación parecía que se me habían juntado en un puño en el estómago. Me sentía fatal, incluso hasta me mareaba y llegué a vomitar en varias ocasiones en los días previos a mi visita a Modas Riera. Pero estaba decidida, aquello no podía esperar más, al día siguiente, cuando saliese del instituto iría directa para la empresa y hablaría con ella.
A la mañana siguiente, me desperté muy mareada y vomité lo poco que
llevaba en el estómago solo con poner los pies en el suelo. Miré el teléfono para ver la hora que era. Pensé que debía avisar al instituto, en aquellas condiciones no podía ir a clase, me daba todo vueltas. Mientras buscaba el número entre los contactos de mi teléfono, miraba de reojo mi vómito en el suelo y pensé en la última vez que había vomitado. No la recordaba. Después limpiaría aquel desastre. Por suerte, Lady seguía dormida y no había ido a olisquear aquello tan asqueroso.
Me recosté sobre la almohada y, con un ojo abierto para evitar que todo
me diese vueltas, agarré el teléfono de nuevo y mientras buscaba el contacto del instituto, me entró una notificación de una app recordándome que no había introducido el «inicio de mi periodo». Pensé que después lo haría, primero debía llamar al instituto para avisar que no iría a clase o, al menos, no hasta que pudiera levantarme sin que todo me diese vueltas y yo dejase de vomitar.
Raquel, la conserje, tomó nota de mi ausencia y colgué el teléfono lo
más rápido que pude, porque de nuevo tenía arcadas y salí corriendo hacia el lavabo para evitar hacer otro estropicio, como el que había hecho justo a los pies de mi cama un rato antes.
Doblé mi cuerpo en una arcada tremenda delante del inodoro. No
soportaba vomitar, me daba mucho asco, y esa mañana estaba haciendo el pleno. Cuando acabé de echar lo que me quedaba dentro, me lavé la cara y me miré al espejo. Estaba pálida y con unas ojeras tremendas. Me tuve que agarrar al lavamanos porque continuaba muy mareada y temía que se me fuera la cabeza y acabase cayéndome al suelo. Regresé a la cama como pude, apoyándome en las paredes del pasillo.
Cuando llegué a mi habitación, vi el vómito que había dejado hacía un
rato, pero me sentía incapaz de recogerlo en aquel momento. Me eché sobre el colchón y volví a coger el teléfono para ver la hora que era. Fue cuando recordé la notificación de la aplicación que me pedía que introdujese el inicio de mi periodo. Entré para comprobar cuándo me tenía que venir la regla y me sorprendí al ver que debería haberme bajado hacía doce días. Abrí los ojos de golpe leyendo una y otra vez el mensaje que me devolvía la pantalla. No me lo podía creer, ¿doce días? Yo no siempre era un reloj, pero quizá ahora que tenía cuarenta años, la regla me empezaba a hacer el tonto más de lo habitual, aunque me parecía improbable, porque todas las mujeres de mi familia habían tenido la regla hasta más allá de los cincuenta años. Quizá yo era una excepción. En ese momento no quise pensarlo más, silencié el teléfono y cerré los ojos, necesitaba dormir con la esperanza de que se me pasara aquel malestar.
Me desperté al mediodía con la boca pastosa y sedienta. Puse los pies en
el suelo y vi que el vómito de la mañana empezaba a quedarse seco sobre el suelo. «Tengo que limpiarlo cuanto antes», me dije. Me levanté con temor a volver a sentirme mareada, pero, por suerte, no fue así. Me puse en pie y en lo único en lo que pensé era en beber un buen vaso de agua. Fui a la cocina y vi a mi gata, que, con su voz suave, me saludó desde el sofá del comedor. Bebí dos vasos de agua fresca hasta que noté el estómago lleno, me encantaba aquella sensación. Fui al baño a hacer pis y fue en ese momento cuando volví a acordarme de la notificación de la aplicación, donde llevaba el control de la regla. Cogí el teléfono y comprobé que durante los meses anteriores había sido irregular, pero no tanto. siempre me había bajado unos días después de cuando me tocaba, pero nunca hasta llegar a los doce días como entonces. «Esto es muy raro», me dije. Miré el calendario y calculé los días en los que había tenido relaciones sexuales con Xavi, conté y volví a contar, sin querer creerme que el último día que nos vimos, ese en que él eyaculó dentro de mí, muy probablemente, yo estaba ovulando. «Maldita sea mi suerte… Todos los años que he estado con Pablo intentando quedarme embarazada y no hemos podido, y ahora sería la hostia que me hubiese quedado a la primera y encima de Xavi o de Carlos o de como se llame…», maldije murmurando. «No, no puede ser… Seguro que es por los nervios de estos días por todo lo de Xavi y lo de buscar la empresa y querer ir a hablar a su mujer», me decía intentando autoconvencerme. «¿Iba a ser ahora a la primera, después de todo lo que hemos pasado Pablo y yo sin lograrlo? No, no puede ser», me repetía sin apartar la vista de la aplicación con el calendario que me avisaba de los días de retraso. Intranquila, me fui hacia la cocina y abrí la nevera, «Tengo hambre, algo sorprendente después de haber echado unas horas antes todo lo que tenía dentro», pensé. Cogí unas pechugas de pollo rebozado que me miraban desde una fiambrera en el estante de arriba y las devoré con ansia, sin calentar y con la puerta aún abierta del frigorífico. Cuando acabé con ellas como si fuera una loba hambrienta, me comí un trozo de queso y de postre una manzana, todo aún de pie, pero ya junto al mármol de la cocina, engullendo desesperada como si hiciera días que no probaba bocado. Me sentía bien con el estómago lleno, se me habían pasado el mareo y las ganas de vomitar, no entendía nada…
Pasé la tarde en el sofá cambiando de canal y con la cabeza demasiado
ocupada en mis pensamientos como para ser capaz de seguir ninguna serie de Netflix, así que zapeé a lo tonto y sin orden. Veía imágenes y personas que hablaban, pero no lograba prestar atención a ninguna de ellas. No podía dejar de pensar en qué estaba pasando dentro de mí, no podía estar embarazada, habría sido demasiada casualidad… Pero ¿y si lo estaba? ¿Sería madre como fruto de la relación con un hombre que le estaba poniendo los cuernos a su mujer? ¿Tendría un bastardo como decían en la Edad Media? ¿Sería la amante embarazada? ¡Qué locura! Sí, sin duda aquello era una auténtica locura…Y, sin duda, las series que veía en Netflix me estaban afectando demasiado en mi vocabulario.
Regresé a mi habitación y recordé que aún no había recogido el vómito.
Estaba totalmente seco y Lady me miraba con cara de no entender por qué continuaba aquello aún allí. Fui a buscar la fregona y un cubo con agua caliente y friegasuelos, estaba convencida de que me costaría retirar aquel líquido reseco. Después de frotar un buen rato, conseguí dejar el gres limpio. Tenía calor a pesar de que hacía frío, así que me metí en la ducha con la intención de refrescarme y de aclarar mi cabeza, que la tenía embotada de dar tantas vueltas a aquel sinsentido en el que se había convertido mi retraso.
Al salir de la ducha, las dudas me devoraban. No podía continuar sin
saber si mi sospecha de que pudiera estar embarazada era real o solo un simple retraso sin más. Así que me sequé el pelo con una toalla, me puse ropa cómoda y fui a la farmacia a comprar una prueba de embarazo. Esa no era la primera que la compraba a lo largo de mi vida de mujer fértil pero no embarazada, así que sabía perfectamente cómo debía utilizarla. Tenía claro que debía esperar hasta la mañana siguiente para realizar la prueba con el pis de la mañana, para que, si era el caso, hubiese acumuladas más hormonas de embarazo en el pipí de la noche.
Como había supuesto que pasaría, esa noche dormí fatal. Me costó
mucho dormirme, y lo poco que conseguí descansar fue despertándome cada dos por tres. Estaba nerviosa, ansiosa. Además, tenía ganas de hacer pis y no quería levantarme para ir al baño, porque pensaba que, si lo hacía, la prueba de la mañana no podría hacerla y no estaba dispuesta a soportar otro día más con la misma incertidumbre.
A las cinco y media de la mañana me levanté harta de dar vueltas en la
cama. Fui al baño, cogí el test de embarazo, hice pis y tomé la muestra que necesitaba y esperé el resultado. La experiencia de haber hecho innumerables pruebas de embarazo a lo largo de los años me decía que era mejor no quedarme allí delante mirando la ventanilla a la espera de que apareciera la segunda raya. Sabía que era mejor distraerme o, al menos, intentarlo de cualquier manera y regresar a mirar el resultado transcurridos los minutos necesarios.
Así que me fui a la cocina y, aunque tenía el estómago un poco revuelto,
bebí agua, la necesitaba porque tenía la boca muy pastosa. La gata se acercó hasta mí y se rozó con mis piernas, siempre lo hacía cuando notaba que estaba intranquila por algo, era su peculiar manera de decirme que estaba allí, que no me dejaba sola. La tomé en brazos y la abracé, era mi niña querida y ella lo sabía, por eso ronroneaba bien fuerte sin dejar de mirarme. Le di un beso en la cabecita y fui con ella en brazos hasta el baño, ya habían pasado los minutos de rigor para que el test me sacara de aquella incertidumbre.
Encendí la luz y entré en el lavabo, necesitaba claridad para ver el resultado. Me acerqué con Lady aún en brazos temerosa de lo que encontraría. No sabía si quería que fuera positivo o negativo. Qué curioso que durante un montón de años hubiese querido ser madre, y ahora que existía la posibilidad de que lo fuese, tenía miedo de poder serlo.
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