La otra
Capítulo 26
Pasé los días que quedaban hasta Reyes como pude. Me encontré bastante peor desde que recibí los mensajes de Xavi. Me sentía revuelta y con un pellizco en la boca del estómago que me impedía respirar con normalidad.
El seis de enero por la mañana me desperté muy temprano. Había
pasado una noche horrible llena de pesadillas y sobresaltos. Así que decidí levantarme sin recrearme demasiado en la cama y darme una ducha para despejarme. Tal y como puse los pies en el suelo y me levanté del colchón, todo empezó a girar a mi alrededor y se puso oscuro. No sé cuánto tiempo después me desperté por los lamidos de Lady, que junto a mi cara me maullaba asustada. Abrí los ojos aturdida, los rayos de luz ya inundaban buena parte de mi habitación y a mí me cegaban. No sabía la hora qué era ni el rato que había estado tirada en el suelo. Me dolía mucho la cabeza. Me incorporé y fue entonces cuando lo vi. Aquello que tanto miedo me daba, estaba sucediendo. Una enorme mancha de sangre teñía los pantalones de mi pijama de algodón. Rocé el tacto caliente de aquel óvalo granate y me teñí los dedos de rojo. Lloré sin saber qué hacer. Estaba aturdida y atemorizada. No, aquello no podía estar pasando. Seguro que era una pesadilla más de las que había tenido esa noche. Con miedo a moverme y a que aquella mancha creciese, alargué el brazo todo lo que pude hasta la mesita de noche y agarré mi teléfono.
Marqué el 112, notaba cómo me temblaba la mano que sostenía el móvil
junto a mi oreja. El teleoperador contestó y mientras hablaba con él y le explicaba qué me sucedía, no podía dejar de llorar. Me aterraba pensar que pudiera sucederle algo a mi bebé.
La ambulancia llegó en unos minutos. Me levanté cómo pude del suelo
y, agarrándome a la pared para no volver a caerme, llegué hasta el recibidor y abrí la puerta de la calle, la misma tras la cual me escondía desnuda para recibir a Xavi, alfa y omega de la situación en la que me encontraba. Aguanté las lágrimas y abrí la cerradura.
Los sanitarios entraron, me reconocieron brevemente después de
compartir con ellos mi secreto.
—Señora, parece que es un aborto. Debemos llevarla al hospital para
que le hagan una ecografía y comprueben cómo está el embrión.
Me sentaron en una silla plegable que descubrí que se convertía en
camilla antes de subirme a la ambulancia. Dentro del habitáculo lleno de medios médicos, cerré los ojos. La enfermera que me acompañaba intentaba tranquilizarme, aunque yo ni siquiera era capaz de contestarle. Solo pensaba en que mi bebé estuviese bien, a costa de lo que fuese, a pesar de todo. Solo quería que siguiese a mi lado, creciendo fuerte y sano dentro de mí.
En el hospital me llevaron con premura a un box, y el ginecólogo de
guardia me hizo una ecografía.
—El embrión está bien —me dijo sin dejar de mirar la pantalla del
ecógrafo.
—¿Sí? —respondí aliviada.
—Sí, pero la bolsa está un poco descolgada, por lo que existe un riesgo
importante de aborto.
—¿Qué puedo hacer, doctor? —susurré ya sin poder aguantar las
lágrimas.
—En primer lugar, tranquilizarse, ha venido al hospital y el feto
continúa con vida. Ahora solo nos queda esperar, pero ha de hacer reposo absoluto. Cuanto menos se mueva mejor.
—Pero ¿me puedo ir a casa?
—Sí, pero muévase lo imprescindible —añadió el doctor mirándome
por encima de sus gafas.
—Así lo haré —le contesté llorando y aliviada por saber que mi bebé
continuaba conmigo.
—Y pida hora con su ginecólogo cuanto antes. Él mejor que nadie es
quien debe llevar el control exhaustivo de su embarazo.
Me bajé de la camilla con miedo de que el más mínimo movimiento
pudiera dañar a mi bebé. Me vestí y me envolví con el abrigo para salir del hospital. En la misma puerta de urgencias, tomé un taxi y regresé a casa. Era casi mediodía y a pesar de que había quedado en que visitaría a mis sobrinos para darles sus regalos, llamé a mi hermana y le dije que tenía fiebre, que estaba cogiendo un gripazo y que prefería no moverme de la cama. Y era cierto que no podía arriesgarme a moverme de la cama, no al menos hasta que viera a mi ginecólogo y el doctor Santana me dijera que todo estaba bien. Estaba muerta de miedo.
—No te preocupes, ya les darás los regalos. Así les dura la emoción más
días. Hoy están como locos abriendo tanto paquete —me decía Inés, como siempre tan comprensiva, con los gritos de la pequeña Cloe y de Mario de fondo.
Envidiaba a mi hermana, ella tenía una vida perfecta: dos hijos
preciosos que le querían y un marido que nunca le traicionaría. Yo, en cambio, no tenía nada de eso. Pablo me había dejado por un chico y Xavi, a quién creía el hombre perfecto, no era más que un mentiroso capaz de engañar a todos los que tenía a su alrededor. Y ahora, el bebé que crecía dentro de mí también había estado a punto de abandonarme. ¿Por qué todos me abandonaban? ¿Qué había hecho mal?
Pasé lo que quedaba del día bajo el nórdico y bebiendo zumo de naranja, lo único que me apetecía y que se me quedaba en el estómago. Sin embargo, poco antes de las diez de la noche y después de hablar con mi madre por teléfono, que me había llamado para saber cómo estaba de mi supuesto gripazo, me acabé el último trago de zumo. Tal y como llegó a mi estómago el líquido ambarino salió en estampida desde mi esófago hasta mi boca. Vomité gran parte del líquido que había ingerido durante el día, saqué todo de mi cuerpo con gemidos profundos, desgarrándome la garganta. Dos lágrimas enormes salían de mis ojos con cada arcada. No me dio tiempo a llegar al lavabo para vaciarme, lo hice en el suelo del pasillo, aunque poco me importó.
En la última arcada noté un gran pinchazo que me atravesaba el vientre y cómo un líquido viscoso y caliente recorría mis muslos hasta llegar a mis pies. Fui al baño a limpiarme. Me bajé las braguitas y al tocar la zona de mi sexo empapada fue cuando lo palpé. Una pequeña bolsita de color granate, sin una forma interior determinada yacía sobre mis dedos. Mi bebé, mi sueño, mi ilusión también me había abandonado de forma definitiva. No pude dejar de llorar durante horas.
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