La otra

Inma Bretones Martínez · Capítulo 2 de 32

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La otra

Capítulo 2

 

Han pasado cinco meses desde que Pablo se fue de casa a disfrutar de la vida con Noel. La verdad es que no me ha costado demasiado acostumbrarme a esta nueva realidad, tampoco han cambiado tanto las cosas entre él y yo, porque nuestra ruptura ha sido más una realidad física que sentimental; soy consciente de que estábamos separados emocionalmente desde hacía mucho. Sin embargo, hay momentos en los que me siento sola y me gustaría tener un pecho al que abrazarme y en el que hundir la cara para notar su tacto suave en mi nariz, pero eso ahora no lo tengo. Tampoco dispongo de nadie a quién explicar cómo me ha ido el día, ni con quién compartir lo harta que estoy de mi compañera de trabajo. No tengo a nadie a excepción de Lady, claro, mi gata. Ella me mira con mirada compasiva y echando de menos a Pablo. Estoy convencida de que ella es la única fémina de esta casa que le echa de menos de verdad. Me maúlla para llamarme la atención y recordarme que sigue ahí, a mi lado, que quiere agua o un trocito de jamón en dulce, el capricho diario al que la acostumbró Pablo y que yo he seguido dándole a modo de recompensa, a pesar de que ella no hace nada a cambio para merecerlo. Pero se lo doy sin pensar, como cuando le paso la mano por el lomo mientras come su ración de pienso y ronronea al sentir mi tacto.

Lady es una gata vieja, tiene 12 años. Recuerdo que nos la encontramos

en la calle el día que regresábamos del ginecólogo de hacernos las primeras pruebas de fertilidad. Teníamos tantas ganas de tener a alguien a quien cuidar, que la convertimos en nuestro bebé, en ese retoño del que no sabíamos si algún día podríamos disfrutar, y que aquella bola peluda de ojos enormes y cola corta había venido a sustituir, para frenar nuestras ansias de tener descendencia. Nos acostumbramos a ella y ella a nosotros, y ahora Pablo se ha ido y también la ha abandonado. Pero nosotras estamos bien, no le necesitamos.

 

Hace unos días, Sonia estuvo en casa. Mi amiga no tiene pareja, rompió con Sergio hace varios años y, desde entonces, decidió que no pensaba compartir techo con ningún hombre más.

—Nadie más va a dejar el cepillo de dientes en mi casa —me dice

siempre que hablamos del tema.

Y la verdad es que lo veo muy bien, pero como yo soy una romántica no

quiero acostumbrarme a vivir sola. Sigo manteniendo la esperanza de que un día encontraré a ese hombre al que amar, esa otra mitad que dicen que todos tenemos y que está esperando mi llegada, para acogerme con los brazos abiertos y hacerme vivir un amor que no he tenido hasta ahora. Sí, sé que soy la típica romántica que aún cree en eso de los príncipes azules y en las mariposas en el estómago cuando te enamoras, pero no puedo remediarlo, me encanta esa sensación y no quiero tirar la toalla o, al menos, no por ahora.

 

Esa misma tarde había estado organizando el armario con el cambio de temporada y quería enseñarle unas cuantas cosas que ya no quería, por si a ella le podían servir.

Desde que Pablo no está en casa, estoy haciendo limpieza de armarios y

estoy tirando muchas cosas que ya no necesito. Antes, con él, tirar algo era imposible, siempre creí que en su personalidad había trazas del síndrome de Diógenes. Supongo que, cuando sea mayor, esas trazas se desarrollarán y probablemente acabe almacenando en su casa todo tipo de objetos inservibles, por el mero hecho de acumular. Aunque no seré yo quien estará a su lado para decirle que los tire y que haga limpieza.

Sonia vino a ver la ropa que le había dejado para ella, pero no le gustó

nada. Así que la metí tan rápido como pude en una bolsa para no repensármelo y seguir guardándolo en mis armarios.

Mi amiga fuma, por lo que estuvimos sentadas en el pequeño balcón de

mi piso, aprovechando que todavía no había llegado el frío. Aunque, a decir verdad, no sé si llegará, porque en los últimos años en Barcelona no hemos tenido invierno. Apenas un par de días o tres con algo de frío y poco más. Hace años que pasamos la castañada en manga corta y en mangas de camisa las Navidades, así que aprovechamos la tarde en la terraza mientras ella fumaba y tomábamos un delicioso té de jazmín al que yo me había aficionado desde hacía unas semanas.

Esa tarde, reímos por viejas anécdotas vividas y hablamos de nuestras

ilusiones. Sonia, en los últimos tiempos, se había convertido en una auténtica devorahombres y yo me sentía abrumada por su facilidad para encontrar pareja, aunque ella se esforzaba en dejarme claro que solo eran parejas sexuales.

—Emma, tienes que animarte y dejar a Pablo atrás. —No, si a Pablo lo tengo dejado y olvidado.

—Ya, pero tienes que pasar página y conocer a otros hombres. —¿Otros hombres? —le dije con cara sorprendida—. Ni que fuera tan

fácil.

—Y tanto que lo es —exclamó con una sonrisa traviesa. —Pero si voy del trabajo a casa y de casa al trabajo, ¿cómo quieres que

conozca a alguien? Como no ligue con el cajero del supermercado… Es mi única opción. —Reí amargamente.

—Ay, Emma, Emmita…, ¡cuánto tienes por aprender! —me dijo

poniendo los ojos en blanco.

Yo, sorprendida, levanté las cejas sin saber qué era aquello que me

quedaba por aprender, por lo que la miré a la expectativa de lo que iba a contarme.

—Quiero ser tu alumna —le dije entre risas.

—Mira, Emma, ve a buscar el móvil, anda —me dijo dando una calada

a su cigarro y dejándoselo entre los labios mientras sacaba su teléfono del bolso.

Obediente, fui hasta la estantería del salón, donde siempre dejaba mi

teléfono, lo cogí y regresé rápidamente junto a ella, solícita ante lo que tenía que escuchar.

—A ver, te has de instalar esta app —me dijo señalando con el dedo una

aplicación que aparecía en la parte central de la pantalla de su móvil de última generación.

—A ver si tengo espacio, que lo tengo a tope —le dije resoplando.

Por suerte, pude instalarme la aplicación sin demasiado problema y sin

tener que borrar la mitad de contenido de mi viejo teléfono.

—Ahora te has de crear un perfil.

—¿Un perfil? ¿Para qué? —La miré con cara sorprendida. —Para conocer a chicos, ¿para qué va a ser, Emmita? —¿A través de la aplicación?

—Madre mía, Emma, ¡cómo se nota el tiempo que has estado fuera del

mercado! —Rio—. Ahora se liga así.

—¿En serio?

—Ya te digo. ¿Cómo te crees que conozco yo a los hombres con los que

salgo? ¿En mi trabajo? ¿O en la frutería? —Reímos las dos ante su ocurrencia—. Va, créate un perfil y te explico —añadió dando otra calada a su cigarro.

—Me pide que ponga un nick, ¿un nombre, no? —dije pensativa. —Sí, invéntate algo… A poder ser no elijas Torcuata o algo por el

estilo, que nos conocemos.

—No, no, elegiré algo así como… —Me paré a pensar. —Algo sexy, Emma, algo que llame la atención como… ¿Bomboncito

Sabrosón?

Yo la miré con cara de estupefacción ante su ocurrencia, por lo que

Sonia no pudo reprimir la risa ni yo una sonora carcajada.

—Estás loca —le dije.

—Era broma…, no sé, quizá ponte un nombre de mujer que te guste y

ya está…

—¿Carol?

—Sí, me parece una buena opción.

—Pues no se hable más: Carol.

—Aunque seguro que ya existe algún perfil con ese nombre… —Pues sí, hija, qué experimentada que estás… —dije al comprobar el

mensaje de la aplicación que me decía que ese nombre de usuario ya existía.

—Era de imaginar —respondió Sonia levantando las cejas. —Pues Carol_79…

—Ah, buena idea, tu año de nacimiento, así te será fácil de recordar. —Vale, me lo acepta.

—Pues va, dale al botón de siguiente.

—Uy, ahora me pide que rellene el perfil…, fecha de nacimiento,

aficiones… —Resoplé pensando en que aquello me podía llevar un buen rato.

—Va, no te agobies, que eso solo se ha de hacer una vez y, además,

después puedes cambiarlo si ahora no estás muy inspirada.

—¡Qué descanso! —Resoplé.

Acabé de rellenar mi perfil bajo su estricta vigilancia y, finalmente,

llegué a la parte donde debía poner alguna fotografía mía.

—Vaya, ¿y qué pongo yo ahora? —La miré con cara de estupefacción. —Pues fotos tuyas donde salgas mona y, a poder ser, sola. No pongas

ninguna donde salga Pablo, que te veo las intenciones. —Me guiñó un ojo risueña.

Elegí unas fotografías que me hice el verano anterior, durante las

últimas vacaciones con Pablo. Hicimos una ruta en coche por Francia y, entre otros muchos lugares, visitamos el Mont Saint Michel. Recuerdo que la tarde en la que estuvimos allí fue mágica; extrañamente, no había demasiados turistas y teníamos toda la ciudad prácticamente para nosotros solos y un puñado de gente más. Algo inaudito teniendo en cuenta que era pleno mes de agosto. Era una tarde con una luz cálida y con una temperatura muy agradable, aunque algo fresca para las fechas en las que estábamos. Así que aproveché para hacerme un buen puñado de selfies, ya que a Pablo no le gustaba demasiado que le hiciera fotos ni hacérmelas. Aproveché la altura del sol y los rayos de luz que nos calentaban para compensar el suave y fresco viento que soplaba, y me tomé varias fotos. Las fotografías quedaron geniales, la luz cálida me daba un aspecto joven y bronceado y el aire agitaba mi largo pelo sin llegar a despeinarlo del todo. Fueron unas imágenes preciosas, a pesar de que yo no soy una fotógrafa experta.

Quién me iba a decir a mí aquella tarde en el Mont Saint Michel que

aquellas imágenes serían las que utilizaría para poner en mi perfil en una aplicación para conocer hombres.

Acabé de completar mi perfil y revisé que todos mis datos estaban bien:

que era de Barcelona, que tenía 40 años, que era escritora y profesora. Sí, sin duda, ya no tenía más excusas, podía activar mi perfil.

—Va, no te lo pienses más, Emma —me dijo Sonia al ver cómo me

entretenía repasando una y otra vez la información que acababa de escribir en aquella app.

—Bueno, tampoco tengo muchas esperanzas de que sirva para conocer a alguien que merezca la pena —le dije con cierto desánimo mientras le daba al botón de activar perfil, pensando que aquello no pasaría de ser más que un puro entretenimiento.

 

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