La pareja imperfecta

Araceli Samudio · Capítulo 39 de 43

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La pareja imperfecta

Capítulo 38: Espérame

Capítulo 38

Espérame

 

Cuatro semanas después de aquella conversación en la que su vida volvió a tomar cierto rumbo, Morgana decidió regresar a la ciudad. Era increíble como todo había cambiado de un minuto al otro.

Se presentó temprano en su oficina y se sentó en su silla frente a la computadora para preparar su renuncia, la misma que dejó en el escritorio de su superior media hora después. Entonces, con una sonrisa en los labios, regresó de nuevo a su despacho para guardar sus pertenencias en una caja de cartón.

No podía describir la felicidad que sentía, el simple hecho de estar haciendo algo por cambiar las cosas la hacía sentir bien. Todavía no tenía nada definido, no sabía con exactitud qué haría, o dónde iría, pero sabía que es lo que ya no quería hacer o ser. Una de esas cosas era trabajar en esa revista.

Morgana había aceptado ese puesto porque creía que era la manera más sencilla de merodear la vida de Luciano y, para sus objetivos de venganza, aquello era espectacular. Sin embargo, ya no encontraba motivación para seguir en un trabajo en el cual todo se basaba en destruir a alguien, sobre todo si ella deseaba un cambio en su vida. Y esa revista, aunque fuera muy glamorosa, lo único que hacía era generar chismes de artistas y famosos.

Durante los días que estuvo fuera de la ciudad, se dedicó a no hacer nada, a pensar mucho, a meditar, a dar largas caminatas por la arena a la orilla de la playa sintiendo la textura granulosa bajo sus pies o el frío de las olas abrazando sus tobillos. En aquella sencillez fue consciente del tiempo que perdió en la búsqueda de una sensación que nunca llegó, al menos nunca por el lado en el que ella la había buscado.

Morgana había entregado años de su vida intentando acabar con Luciano para así sentir que la venganza le devolvía todo aquello que la vida le había arrebatado: el amor, la esperanza, los sueños. Bastó esa conversación, luego de tanto tiempo y tantas heridas sin sanar, para que ella entendiera que ese no era el camino. No era la venganza y el rencor lo que le devolverían la paz que tanto anhelaba, sino el perdón.

Hubo un momento en el cual pensó que ella nunca podría perdonar a Luciano, sin embargo, en esos días comprendió que no era a él a quien debía perdonar en principio, sino a ella misma. Durante años se había culpado por el fin de esa relación, se había preguntado si había sido ella la que no cumplió con sus expectativas, si había fallado en algo, si no había sido suficiente. Aquellos pensamientos solo hicieron que su autoestima se fuera disolviendo como si fuera azúcar en un vaso de leche. Y lo hizo de manera tan lenta e imperceptible que un día ya no estaba. Cuando el amor propio desapareció, los sentimientos horribles generados por la culpa fueron creciendo, como cuando alguien abandona su jardín y las malezas van asfixiando a las plantas que allí crecían. El rencor, el dolor, la rabia, la frustración y el odio comenzaron a invadirlo todo.

Dicen que del amor al odio hay un solo paso, Morgana entendió a la perfección esto cuando comprendió que el odio en realidad no existe, lo que existe es el amor, y su ausencia es lo que genera el odio. Así como la oscuridad no es más que la falta de la luz. Morgana fue presa de esa oscuridad y de ese odio cuando dejó morir su luz y su amor propio a causa de algo que en realidad era externo a ella, algo que, aunque quisiera, no hubiera podido cambiar.

Ella no era culpable. Cierto que cuando una relación acaba ambos tienen la culpa y a lo mejor hubo cosas que ella pudo hacer mejor, pero también es cierto que nadie debe asumir la culpabilidad por las acciones o decisiones de los demás, y Morgana no era culpable de lo que Luciano había hecho o elegido. Eso fue complicado de entender, sobre todo de aceptar, ya que, con la autoestima por el suelo, era más sencillo culparse a sí misma y de paso buscar venganza para, de alguna manera, intentar sentirse mejor.

Durante esos días comprendió las palabras de Gabriel. Siempre que ella le hablaba de culpas, él decía lo mismo. No se trataba de quién tenía la culpa, quién había cometido esta falta o aquella otra, cada uno hizo lo que pudo con los conocimientos que tenía en aquel entonces, siendo quienes eran en ese momento. No se trataba de que Luciano era el malo por haberla engañado, de hecho, no se trataba en lo absoluto de Luciano, aunque él hubiera sido el detonante en un principio.

Cuando Gabriel decía esto, Morgana lo miraba y pensaba que él no entendía nada, que era obvio que a él nunca lo habían traicionado de esa manera y por eso no era capaz de comprenderla. Él solía responderle siempre lo mismo.

—Sé perfectamente por lo que estás pasando porque ya he estado allí. Todos hemos sido traicionados por alguien que nos importaba alguna vez, Morgana —explicaba con paciencia—. Pero, cuando alguien nos hace algo malo, no ganamos nada con pasarnos la vida pensando en las cosas malas que queremos para que el otro pague, en ese camino solo te dañas tú. Además, el daño que alguien te hace es porque tú le has dado el poder de hacerlo. Entiendo que él era tu novio y por eso te dolió tanto, era tu amor de toda la vida. Sin embargo, él ya no está, hace mucho tiempo que se ha marchado y no sabemos siquiera si te recuerda. La única que sigue aquí eres tú y eres quien estará a tu lado siempre, entonces, ¿por qué eliges apagar tu luz por el recuerdo de alguien que no supo valorarte?

Morgana solía explotar cuando él le decía esas cosas. Ella no consideraba que hubiera elegido apagar su luz, era Luciano el que la había obligado a hacerlo, era él quien tenía la culpa.

—Siempre será más fácil culpar al otro que hacernos responsables — decía Gabriel y ella se contenía las ganas de empujarlo por no estar de acuerdo con sus ideas—. Deja que él se encargue de sus culpas y pague sus consecuencias, cada acción tiene su reacción y seguro a él le tocará pagar. Tú encárgate de ti, Morgana. Es hora de que te perdones y sanes. Si él no te escogió, allá él, es hora de que tú te escojas a ti misma esta vez.

Morgana no entendía eso y solía molestarse por las palabras de Gabriel, sin embargo, escucharlo le agradaba y era como un bálsamo para sus heridas. Él era un hombre sabio, sereno, dulce y paciente, y ella amaba eso de él, aunque no pensaba que lo mereciera, por eso lo rechazaba.

Luego de esa conversación, ella entendió todas y cada una de esas palabras. Comprendió que Gabriel siempre había tenido la razón y que era ella misma la que debía perdonarse. Por haber sentido odio, por haberlo perdido, por haberse llenado de rencor, por haber pasado los días intentando venganza, pero, sobre todo, por casi haberse perdido ella misma.

Era difícil aceptar aquella verdad, porque aceptar su responsabilidad como artífice de su propia vida y perdonarse los errores significaba también entender que su futuro dependía únicamente de ella. No importaba lo que pasara después de ese momento, ella había entendido que no había nadie mejor que ella misma para estar para ella siempre y, sobre todo, que no merecía dejarse de lado por otra persona. Que no podría amar nunca a nadie mientras ella no se amara y no dejara de culparse por errores del pasado.

Por eso decidió salir de ese trabajo, porque ese no era su sueño. Su sueño había sido trabajar en otra clase de revistas, escribir artículos con temáticas sociales que pudieran ser de utilidad para las personas. Sin embargo, lo había abandonado incluso antes de comenzar a intentarlo. Pero ahora era el momento, prepararía su currículum y buscaría un nuevo empleo en algunos medios que se dedicaban a lo que a ella le interesaba.

Acercarse a su sueño significó también construir un camino para alcanzarlo, comenzar una nueva vida, por eso salir de aquella ciudad y retirarse a un lugar más tranquilo desde donde pudiera apreciar aquello que tanto amaba, la naturaleza, la haría sentir mucho más cómoda. Y por eso regresó, para buscar sus cosas e ir a vivir a la playa, en la casa que había sido de su abuela.

Su superior la buscó apenas recibió la renuncia. Estaba indignado por su decisión y le ofreció mucho más dinero del que ganaba para que se quedara. Él consideraba que Morgana era una periodista sin escrúpulos, de esas que justamente necesitaban para poder conseguir más rating. Pero ella se negó, el dinero no era su prioridad, nunca lo había sido. Y él no tuvo otra opción que aceptarlo luego de haber insistido como unas diez veces.

Morgana sonrió al salir de aquel sitio y respirar por primera vez — después de tanto tiempo— un aire que no supo a preocupaciones, sino a libertad. Cargó las cosas en su carro, donde también ya había cargado su maleta y lo poco que quería llevar para el inicio de su nueva vida, y arrancó camino a la playa. Sin embargo, faltaba algo. No podía irse sin agradecerle a Gabriel todo lo que había significado en su vida, así que en la siguiente esquina cambió de rumbo y se dirigió a la casa del chico que tanto la quería. Y la idea de no verlo de nuevo le dolió en el pecho.

Cuando llegó, él estaba tomándole fotos a las flores de su jardín. Gabriel se desvivía por esas plantas y las fotografiaba a menudo. Ella se quedó observándolo por un buen rato, se veía guapo y alegre. Esa era una de las cosas que más le agradaba de él, pero que en su momento también le molestó, él siempre parecía estar alegre, aunque tuviera problemas. Ella no lo entendía, creía que era inmaduro o irresponsable, pero de pronto se había dado cuenta de que era todo lo contrario, que Gabriel era mucho más que una persona madura, era alguien que había descubierto la manera de conseguir tanta paz interior que nada de lo malo que pudiera sucederle le afectaba.

—¿Morgana? —sonrió con emoción al darse cuenta de su presencia. Dejó que la cámara colgara por su cuello y casi corrió hasta ella.

—Hola, Gabriel —saludó con un poco de vergüenza. Apenas lo veía y podía apreciar en un solo segundo todo el tiempo que él había invertido en ella.

—¿Cómo estás? ¡Pasa! —dijo él abriendo el pequeño portón de madera que separaba la casa de la vereda.

Morgana pasó y sonrió, un pensamiento apareció en su mente: ¿Cuántas veces no somos capaces de ver a las personas que están allí para nosotros mientras perdemos nuestro tiempo en aquellos que no están o no se quisieron quedar? Ella podía haber perdido a Gabriel, sin embargo, él se quedó a pesar de todo.

—Bien… Disculpa por haber desaparecido de esta manera —susurró.

—No te preocupes —negó él con la cabeza—. Supongo que necesitabas tiempo para organizar tus ideas —añadió.

Gabriel solía ser muy paciente, ella sonrió.

—Solo vengo a despedirme… —Pudo ver cómo sus facciones se oscurecieron, ella sabía que Gabriel la amaba y, aunque ella sintiera también algo por él, no podía cometer el error de meterse en una relación antes de sanar su corazón, su mente y su alma.

—¿A dónde vas a ir? —inquirió con seriedad.

—Voy a vivir a la casa de la playa, ¿recuerdas? El sitio a donde fuimos el verano pasado —explicó y recordó aquellos momentos. Estar con Gabriel siempre había resultado revelador y por un momento Morgana sintió que sin él no lo hubiera logrado.

—¿Y eso?

—Solo quiero comenzar de nuevo —dijo encogiéndose de hombros—. Quiero reencontrarme conmigo misma y, pues, cuando me sienta mejor, intentaré seguir mis sueños… Ser esa persona que alguna vez soñé ser.

—Eso suena bonito —respondió él bajando la vista con tristeza—. ¿Podré visitarte?

—Por supuesto, Gaby. Tú eres importante para mí, más de lo que imaginas —añadió acercándose.

Necesitaba abrazarlo y transmitirle de alguna manera todo el amor que le nacía tan tibio en el corazón. Y qué bien se sentía aquello después de tanta frialdad.

—Eso me alegra —sonrió.

—También quiero pedirte disculpas, me he equivocado tanto… y tú siempre has estado allí —susurró sintiendo que la garganta se le ahogaba en lágrimas que aún no salían. Gabriel negó y se acercó para abrazarla.

—No tienes que disculparte, y yo lo haría todo de nuevo —murmuró besándola en la frente—. Siempre supe que lo que hay en tu interior vale la pena, solo falta que lo veas tú…

—Sé que no tengo derecho de pedirte esto, Gaby, y solo te pido que me respondas con sinceridad. Necesito tiempo, necesito pensar, llorar mucho más, soñar, perdonarme y perdonar, necesito conocerme, reinventarme… Tú… ¿me podrías esperar? —inquirió con un hilo de voz, le daba vergüenza pedirle eso, pero no lo podía evitar.

—Yo te he esperado toda la vida, Morgana —susurró él—. ¿Qué más da un poco de tiempo más? —inquirió con una sonrisa.

Morgana sonrió y envolvió sus brazos alrededor de su cuello. Sus ojos se perdieron en los de él y fue ella la que dio el primer paso acercando sus labios para que se fundieran en un beso que sabía a promesas, a futuro, a amor y a felicidad.