La pareja imperfecta
Capítulo 6: Sola
Capítulo 6
Sola
Dos semanas después de aquello, Gerardo se encargó de que los rumores comenzaran a correr y crecieran solos como una bola de nieve al rodar bajando una colina. Él se divertía observando las especulaciones de los seguidores en grupos de Facebook de Luciano, todo marchaba sobre ruedas. Había gente que criticaba a Milena, decían que solo era una cazafortunas y que no podían creer que alguien como Luciano cayera en su trampa, pero eran los menos, las demás personas por lo general les discutían argumentando que decían aquello por pura envidia.
Gerardo se creó un clon con el cual ingresó a los grupos más importantes para regar un rumor. Dijo que su tía trabajaba en la empresa encargada del catering del evento en el cual Milena había conocido a Luciano y que le había dicho que aquella chica solo se había colado, que no era en realidad una empleada de aquella noche, sino que era una fan que quiso conocer a Luciano y pensó una manera original de hacerlo.
Las fanáticas enloquecieron tras aquella historia y pronto el tópico que él había creado tenía más de doscientos comentarios y había sido compartido un sinfín de veces. Gerardo sabía que los motores habían arrancado, no faltaría algún periodista sin nada mejor que hacer que intentar tener la jugosa primicia de descubrir si aquello era o no verdad.
Ese viernes por la tarde, Milena recibió un mensaje de su novio.
—Mira lo que tengo para ti —decía y adjuntaba la foto de dos entradas para el concierto de un grupo que a ella le agradaba.
—¿Es para hoy? ¡No lo puedo creer! ¡Estaban agotadas! —contestó sintiéndose emocionada, no podía creer que Gerardo tuviera ese detalle con ella, pensó que había olvidado su aniversario una vez más—. Ya enseguida me preparo y te espero —sonrió y por poco no besa su celular.
—Luciano pasará por ti en una hora y media —respondió Gerardo.
—¿Luciano? —inquirió Milena confundida—. ¿Por qué Luciano?
—Porque ya deben verse de nuevo, cariño, y qué mejor que un lugar tan público como ese, además, sé que es un grupo que te gusta mucho. Él movió sus contactos para conseguir las entradas.
Milena no le respondió, la rabia bullía en su interior y lo único que deseaba era meterse bajo la ducha y dejar que aquellas emociones fluyeran. Primero quería golpearlo, gritarle un montón de cosas, estaba enfadada, pero luego llegaba la melancolía. ¿Cuándo se habían separado tanto? Ella quería a Gerardo, él era su todo en esa ciudad que le resultaba tan desconocida a pesar de llevar bastante tiempo en ella, pero siempre tenía esa sensación de que nada de lo que hiciera o dijera sería suficiente para él, de que él esperaba algo más que ella no podía darle, o de que simplemente no la quería como ella a él.
Además, la idea de ir con Luciano justo en ese estado no era buena, terminarían discutiendo, ya suficiente era tener que aguantar su arrogancia y prepotencia, y ese día no estaba de humor para hacerlo. Tomó el celular y escribió un mensaje, era largo y en él descargaba todo su enfado. Le reclamaba a Gerardo que la utilizase sin siquiera preguntarle si se sentía bien, le decía que otra vez había olvidado su aniversario y que, además, la mandaba a salir con un desagradable y déspota un día que debería ser una fiesta para ellos. También le decía que ella no quería seguir con el juego de Luciano y toda esa tontería, prefería ser pobre y desconocida que vender su alma al diablo, deseaba que él la amara, que él la necesitara y se lo demostrara.
Iba a enviar el mensaje, pero no lo hizo; rogar por amor le resultaba patético, aun así, no podía evitarlo, estaba enfadada y dolida, y él no se daba cuenta.
Odiándose a sí misma por no ser capaz de tirar todo a la basura e irse, se vistió lo mejor que pudo para ir a aquel concierto; se maquilló un poco, se peinó y esperó a que su déspota y desagradable cita llegara mientras repasaba una y otra vez en su mente y buscaba una explicación de por qué Gerardo se comportaba así.
El timbre sonó y ella atendió, esa noche estaba sola en la casa. Luciano se presentó a su puerta y, al verlo, necesitó recordarse a sí misma cómo se respiraba. El aroma de su perfume varonil le llegaba directo a las fosas nasales y desde ahí se diseminaba por todo su cuerpo envolviéndola en una bruma de sensaciones que la hacía estremecer; su pelo estaba aún mojado, pero caían mechones sobre su rostro perfecto; traía una camisa de color azul cuyos primeros botones estaban desprendidos y dejaban ver parte de su torso. Milena pensó que deseaba tocarlo, descubrir la textura de su piel y pronto se vio a sí misma haciéndolo. Luciano carraspeó divertido.
—¿Nos vamos? —inquirió, ella asintió y parpadeó un par de veces tras sentirse descubierta—. Si hubiera sido mujer ya podría haberte acusado de acoso sexual —añadió.
—¿Qué? —preguntó ella aún confundida.
—Y es que ahora ya los hombres no las pueden mirar, ni piropear, nada…, ya todo es acoso —respondió encogiéndose de hombros—. Pero a nosotros ustedes si nos pueden mirar de forma sucia y desear apretarnos el trasero, y no podemos quejarnos —dijo. Milena sonrió, parecía que hoy el hombre no estaba de tan mal humor.
—Perdón…
—No hay por qué —respondió él.
Lo cierto es que ella se veía hermosa y sencilla. Su ropa no era de marca, sus zapatos no eran demasiado altos, su cabello estaba ordenado de forma casual y su maquillaje era natural. Era tan simple y eso la hacía bella.
—Supongo que estarás acostumbrado —dijo ella mientras iban hasta el vehículo.
—En cierta forma sí —respondió él.
Luciano le abrió la portezuela del auto para que subiera y ella no pudo evitar pensar que Gerardo no había hecho eso jamás. Y no es que fuera una chica que esperaba grandes acciones románticas ni nada por el estilo, pero le hubiera gustado algún gesto, algo que la hiciera sentir menos sola en esa relación donde en vez de novia parecía un objeto más de la colección de Gerardo.
Luciano manejó en silencio mientras ella se perdía en la vista de la noche y sus pensamientos sombríos —a causa de su relación— la iban invadiendo.
—¿Te agrada este grupo? —inquirió y ella asintió.
—Sí, pero no habían quedado entradas. —Se encogió de hombros.
—En el sector vip quedan bastantes —respondió él y ella lo miró.
—Ese sector no es al que mis ingresos me permitirían ir, y en el otro sector ya no había sitio —comentó.
—Bueno, pues, entonces, estarás feliz —dijo él y ella se encogió de hombros.
Lo estaba, sí, pero hubiera preferido pasar esa noche con Gerardo.
Luciano notó que algo afectaba a la muchacha, mas no tocó el tema, no iba a meterse en su vida porque luego ella querría meterse en la suya y no estaba dispuesto a dejarla entrar, a nadie, en realidad.
Ingresaron al sitio del evento y tomaron sus lugares. Una vez allí, y ante la emoción del inminente concierto, Milena se dejó llevar olvidando todo lo demás. El grupo salió y los gritos y alaridos de las fanáticas no se hicieron esperar. La gente se puso de pie incluso en el vip y todos comenzaron a cantar una de las canciones más conocidas del grupo. Unas cuantas muchachas se subieron sobre las sillas, lo que hizo que a Milena se le complicara más el poder ver bien.
—¡Rayos! ¿Por qué no se sientan? —gritó, pero nadie le hizo caso, de hecho, ni siquiera la habían escuchado.
Ella también se subió a la silla y comenzó a contonearse al ritmo de las canciones. Luciano se puso de pie a su lado y observó sus movimientos, su falda bailaba de un lado al otro dejando que su imaginación comenzara a divagarse, la brisa arrastraba el perfume dulce de su piel y Luciano sintió ganas de tocarla.
El grupo no le importaba, jamás lo había oído ni le interesaba hacerlo, no le agradaba ese estilo de música, pero era capaz de pagarles millones si seguían cantando, solo para que él se divirtiera viéndola bailar. De pronto una música que parecía ser la más popular comenzó a sonar, las mujeres en el sitio estallaron en gritos y lágrimas y todo el público se descontroló. Vio a algunos hombres alzar a sus novias en sus hombros y luego vio a Milena intentando pararse en puntas de pie sobre la silla para poder observar mejor.
—Deja que te cargue —dijo y ella lo miró frunciendo el ceño.
—¿Qué dices? —inquirió confundida.
—En mi hombro, como ellos —añadió él señalando a una de las parejas que estaban hacia adelante. Milena lo dudó, pero no podía ver nada, y no todos los días estabas tan cerca de tus ídolos. Asintió y con ayuda de Luciano se sentó sobre sus hombros.
Luciano se dejó envolver por el calor del cuerpo de la muchacha, sus manos sostenían sus piernas, y su piel tersa y suave llamaba a acariciarla desde los tobillos hasta donde… El pensamiento del hombre se fijó entonces en su cuello, en su nuca… Intentó acallar su mente antes de que esta lo avergonzara, hacía demasiado tiempo que no estaba con una mujer y de pronto parecía que sus hormonas se habían descontrolado.
Milena olvidó dónde estaba y unos minutos después comenzó a menearse con suavidad, lo que hizo que Luciano comenzara a enloquecer y que tuviera que atarse las manos para impedir que empezaran a recorrer su piel. Soltó entonces las piernas de la chica y esta se tambaleó perdiendo el equilibrio.
—¡Ey! —gritó aferrándose a la cabeza del muchacho.
—Lo siento, lo siento —dijo Luciano volviendo a tomarla por los tobillos y suspirando.
Luego de un par de músicas más, Milena bajó, con cuidado, aunque no pudo evitar que su falda dejara ver más de lo necesario cuando hizo el movimiento, y Luciano estaba perdido.
Cuando acabó el concierto, él la invitó a cenar. Milena no quería aceptar, pero luego pensó en que a su novio no le importaba que ella estuviera disfrutando con otro, así que qué más daba. Después de todo, lo estaba pasando muy bien, no por Luciano precisamente, pero sí por el concierto y porque gran cantidad de mujeres y hombres que se le cruzaban la miraban como si ella fuera la mujer más envidiada. Y eso le agradaba.
Algunas personas murmuraban cosas al verlos pasar.
—Es Luciano Armele y está con la camarera —dijo uno.
—Es más linda en persona —añadió una muchacha.
—¡Qué suerte tiene la maldita! —agregó otra chica.
Milena sonrió con melancolía ante aquel comentario; ella no tenía suerte, solo estaba trabajando, en realidad le hubiera gustado estar festejando su aniversario con su novio, que no lo había recordado. «No todo lo que brilla es oro», pensó.
Luciano la llevó a un restaurante e hicieron sus pedidos.
—Milena, cuéntame de ti —pidió Luciano y la muchacha lo observó enarcando las cejas.
—No… Dijiste que no debíamos intimar —respondió decidida.
—¿Estás molesta por lo del otro día? —preguntó él con actitud divertida.
—Ni que fueras tan importante —respondió la muchacha.
—Te noto algo… distraída esta noche, ¿no te ha gustado el concierto? — Quiso saber.
—Sí, claro que sí, es uno de mis grupos favoritos… Solo…, no ha sido un buen día —respondió encogiéndose de hombros, no sabía qué más decir.
—Bueno…, conozco de esos —dijo él y asintió—, pero al menos ha terminado bien, ¿no?
—Algo así —respondió ella y observó la copa vacía—. ¿Podemos pedir vino?
—Claro que sí. —Luciano llamó al mozo.
Unas cuantas copas después, Milena tenía los ojos rojos y las mejillas sonrojadas.
—Esto estuvo bueno —dijo asintiendo, Luciano sonrió—. ¿Pides otra botella?
—Creo que ya has tomado demasiado —respondió y negó con la cabeza.
—¿Y quién te crees para decirme cuánto es demasiado?
—Solo no creo que sea correcto que sigas tomando, Milena. Te llevaré a casa.
—¡A tu casa no! —exclamó ella alzando la voz un poco más de lo normal.
—No, a la tuya —dijo él divertido.
La acompañó hasta el vehículo preguntándose si acaso en cualquier momento trastabillaría y caería, pero no sucedió. Le abrió la portezuela y luego de cerrarla de nuevo fue hasta el lugar del conductor; lo que lo sorprendió al entrar fue que ella estaba llorando.
—¿Qué sucede? —inquirió asustado.
—Quiero irme lejos, jamás debí venir a esta ciudad —respondió entre sollozos, como si de una niña pequeña se tratara. Luciano pensó en que probablemente era efecto del alcohol.
—Estarás bien, Milena, todo va a estar bien —dijo él y ella negó.
—Nada está bien, tú y yo estamos mintiendo y ni siquiera nos aguantamos. A él no le importo, a nadie le importo —lloriqueó. Luciano la observó con pesar.
—Estoy seguro de que tu familia y amigos te quieren mucho y que a ellos le importas —añadió—. Y sí, nosotros estamos mintiendo, pero tú lo aceptaste, aceptaste ser parte de esto… y no sé quién es él, pero si no le importas deberías alejarte, nadie debe quedarse con alguien a quien no le importe.
—No tengo familia ni amigos y él era todo lo que tenía, pero por lo visto no es así, por lo visto no lo tengo en realidad.
Luciano la observó con detenimiento, su nariz y sus mejillas estaban sonrosadas y las lágrimas se derramaban por doquier, buscó pañuelos de papel que tenía en el auto y se los dio. Por un segundo no pudo evitar pensar que eso podía ser una actuación, una para causar lástima y que él se apiadara de ello, era uno de los trucos de las escaladoras, sin embargo, parecía real. Estaba borracha, sí, y así como hay gente a la que el alcohol le genera diversión, hay otros a quienes los hace llorar, pero si decía todo aquello tenía que ser por algo. De todas formas, no podía confiar.
—Bien, te llevaré a casa —zanjó y ella sollozó aún más, necesitaba algo, una palabra de consuelo, una mano amiga, pero no tenía a nadie y debía acostumbrarse a eso. Luciano era un hombre frío e incapaz de mostrar un poco de empatía.
Cuando llegaron a la casa de la muchacha, ella ya dormía en el asiento del acompañante. Luciano se acercó e intentó despertarla, no fue sencillo, ella intentó darle unos manotazos un par de veces, sin embargo, lo logró.
—Te acompaño hasta la puerta —dijo Luciano más que nada porque apenas caminaba, ella asintió. Entonces, una vez allí, él la volvió a mirar, se veía triste, triste en realidad—. Escucha, todo estará bien, ¿sí? —añadió acercándose, ella se encogió de hombros.
—Nada está bien —afirmó y se abrazó a sí misma.
Luciano tuvo ganas de darle un abrazo, quizás eso la hacía sentir mejor, sin embargo, no lo hizo, aún no confiaba y hacía mucho no abrazaba. Acarició con torpeza uno de sus hombros y se despidió. Ella dijo adiós con su mano e ingresó a su hogar, o al hogar donde estaba viviendo, a dormir sola, a seguir sola.