La pareja imperfecta
Epílogo
Luciano estaba sentado en el muelle con los pies colgados en el aire, la mañana era fría y la neblina tapaba casi toda la vista. Aun así, él no sentía frío, estaba con el pantalón de algodón y la camiseta blanca con la que se había acostado la noche anterior en ese incómodo y pequeño sofá. El calor le brotaba del pecho y la sonrisa no se le borraba del rostro.
—¿Qué haces aquí? —Su voz le resultó inconfundible y la felicidad aumentó en su interior, se giró a verla, pero la neblina era espesa y no la pudo vislumbrar hasta que ya solo los separaba menos de un metro. Los ojos de Luciano se llenaron de lágrimas al verla luego de tantos años, tan radiante y tan bella como la recordaba.
—No lo sabía hasta hacía unos segundos, pero supongo que te esperaba —respondió él haciéndose a un lado para dejarle un lugar.
—¿Cómo te trata la vida? —inquirió ella y le guiñó un ojo. Luciano sonrió, su corazón estaba tibio y feliz, tenerla cerca era volver a casa.
—Bien, tan bien que creo que no me lo merezco —respondió.
—Veo que sigues igual —murmuró ella y negó con la cabeza—. ¿Alguna vez te he dicho que cada quien tiene lo que cree merecer? —preguntó, él sonrió y asintió.
—Miles de veces —susurró.
—Pues entonces quiero creer que al fin te diste cuenta de que mereces ser feliz, porque ahora lo eres, ¿verdad que sí? —inquirió.
—Lo soy, y tú tenías razón. Siempre la tuviste —murmuró Luciano recostándose en su hombro. Entonces aspiró aquel aroma que tanto extrañaba —. La felicidad no está hecha de momentos, como siempre creí, tampoco depende de la suerte ni de los días buenos o los días malos. La felicidad es un estado constante de paz, una decisión que por fin me animé a tomar.
—Me alegra saber que es así —respondió ella y lo besó en la frente—. Sabes que te amo, ¿cierto?
—Lo sé y yo también te amo. Me haces mucha falta, nos haces mucha falta —murmuró y dejó caer una lágrima que intentó que ella no viera.
—Lo sé, pero somos más que esto, Luciano. Somos mucho más que lo que podemos ver —añadió y su mirada se perdió en el firmamento, como si pudiera observar tras la neblina—. Si solo pudiéramos apreciar la belleza de la vida y valorarla más…
—¿Nos extrañas? —preguntó él como si fuera un niño pequeño.
—Los llevo conmigo todo el tiempo, Luciano. A ti, a Kike, a Nadine. Son parte de mí, no soy nada sin ustedes —susurró. Su voz sonaba como la más bella melodía y a Luciano le pareció que su piel irradiaba luz—. Somos un todo, todas las personas que influyen en tu vida forman parte de ti, es una cadena mucho más grande de lo que puedes imaginar. Los lazos no se pueden ver con los ojos humanos, pero sí se pueden ver con los ojos del espíritu o del corazón. Cuando alguien logra despertar emociones o sentimientos en ti, ese alguien ha tejido un hilo transparente en tu corazón cuya otra punta le pertenece a él, y así, todos estamos comunicados, todos estamos conectados por esos hilos que no son más que amor…
—¿Eso es en sentido figurado? —preguntó Luciano sin comprender bien lo que ella le quería decir, Nadia no contestó, solo sonrió.
—Tú, Nadine y Kike están en mí como yo estoy en ustedes. No me he ido, soy tan real como todo lo que recuerdas, como todo lo que hemos hablado, como todo lo que hemos creado juntos. Sigo siendo parte de ti y tú de mí, y así será por siempre —musitó.
—Me agrada saberlo, Nadia…
—¿Cómo está ella? —inquirió y él sonrió.
—Más bella que nunca —continuó—. Tengo miedo de que acabe…
—¿No te he dicho que el amor no acaba jamás? —preguntó suspirando como si fuera a perder la paciencia, pero luego sonrió—. ¿Qué más necesitas para dejar de tener miedo y dudar? ¿Qué más quieres para tirarte al agua? — inquirió.
—¿Al agua? —preguntó él y observó el río bajo sus pies.
—Imagina que todo lo bueno que te espera en la vida está bajo esas aguas —dijo ella y señaló el río—. ¿Por qué te resistirías a entrar y disfrutarlo?
—No lo hago, estoy viviendo y disfrutando ahora —respondió él.
—¿Recuerdas que cuando éramos niños e íbamos al arroyo tardábamos en entrar porque estaba frío y no nos animábamos? —inquirió ella y él asintió—. Luego entrábamos y nos la pasábamos en grande —añadió—, y el frío se pasaba apenas comenzábamos a saltar y a gritar.
—Es cierto…
—Es así. Deja de tener miedo, de pensar que pasará algo malo, de mojarte solo los pies. Arrójate con todas tus fuerzas y disfruta de tu presente al máximo. Olvida lo malo del pasado, eso ya te sirvió para aprender, ahora eres distinto, vive tu presente, porque es todo lo que tienes —añadió y un dejo de melancolía se apoderó de su mirada.
Ambos quedaron en silencio, de pronto un llanto comenzó a oírse de manera difusa, como si viniera de adentro del agua, se hizo aún más intenso y cada vez más cercano.
—Debo irme, Lu —musitó ella—. Dale a Nadine un beso de mi parte y dile a ella y a Kike que los amo, que sigo con ellos.
—Está bien… —respondió Luciano mientras observaba el agua que parecía haber formado un remolino y el llanto se hacía más cercano—. ¿Nos veremos otra vez?
—Falta bastante para que eso suceda —respondió ella y entonces se levantó.
Luciano la vio partir hasta perderse en la neblina.
—¡Luciano! —El grito lo hizo despertar. Abrió los ojos sin entender dónde estaba o qué había pasado. El río había desaparecido, la neblina se había disipado, solo quedaban pequeños espasmos del llanto que lo había despertado—. ¡Qué fuerte duermes, cariño! —susurró su mujer con una sonrisa tierna al verlo adormilado.
—Lo… lo siento —se disculpó y se acercó a ella. La niña ya no lloraba, estaba en sus brazos y mamaba tranquila. Milena se hizo a un lado como pudo y dejó que él se sentara en la angosta cama del hospital donde hacía unas horas había nacido Alicia—. ¿Quieres agua? —inquirió y ella asintió.
—¿Estabas soñando algo? —preguntó—. Hablabas…
—¿Sí?… Soñé con Nadia —murmuró—. Fue tan… genial.
—Mi tía solía decir que cuando uno sueña con alguien fallecido es que de verdad esa persona viene a visitarte.
—Me gustaría creer que es así —dijo él y le colocó el vaso en los labios para que bebiera. Ambos se quedaron en silencio observando a la pequeña Alicia.
—Es tan perfecta… —murmuró ella—. ¿Puedes creer que sea nuestra?
—Es tan perfecta como tú —añadió Luciano, Milena sonrió.
Luciano observó a sus chicas y pensó en las palabras de Nadia, era cierto, nada nunca podría borrar los lazos que los unía, el amor que lo embargaba y que entretejía sus vidas para siempre.
Cuando Alicia se quedó dormida, Milena se recostó de nuevo, estaba agotada, pero nunca se había sentido tan feliz y completa en su vida. Luciano se movió para darle lugar, pero ella le sujetó el brazo para que no se fuera. Él la observó y ella sonrió. Miles de sentimientos se entreveraban en su interior, pero no lograban convertirse en ninguna palabra lo suficientemente grande como para expresarlos todos. Luciano lo entendió con solo verla, él se sentía igual.
Felicidad. Amor. Gratitud. Esperanza. De eso se trataba la vida. De eso habían elegido ambos que se tratara sus vidas.
—Morgana y Gabriel enviaron aquellas flores —dijo Milena señalando uno de los ramos—. Enviaron una bella carta con muy lindos deseos — añadió.
—Eso es lindo —dijo Luciano con una sonrisa dulce—. Y supongo que su bebé ya estará por nacer también.
—Eso creo —murmuró Milena ya bastante adormilada—. En la tarjeta firman Morgana, Gabriel y Bastian —añadió.
—Debes dormir, ahora que Alicia se ha dormido —susurró Luciano acariciándole la cabeza con ternura—. Descansa, yo las cuido.
—Tú duermes más fuerte que un elefante.
—¿Y ellos duermen fuerte? —preguntó Luciano con una sonrisa. Milena ya no abría los ojos para hablar.
—No lo sé, pero me imagino que sí… Han de tener el sueño pesado, porque son pesados, ¿no?
—Mejor duerme —respondió Luciano y la besó en la frente—. Ya estás diciendo incoherencias.
—Te amo… Y este amor es lo más coherente que he sentido en mi vida… Somos la pareja imperfecta con una niña perfecta.
—Ya duerme, Milena —insistió él—, te amo también… con toda mi alma. Y ahora somos la pareja perfecta, porque ella nos ha hecho sus padres —susurró, Milena sonrió y murmuró algo ilegible antes de entregarse al sueño.
Terminaste La pareja imperfecta
Araceli Samudio
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