La playa del irlandes
Capítulo 1
San Sebastián, julio de 1632.
El calor en el coche se volvió insoportable. Le disgustaba el cuero recalentado, el olor a sudor de las telas que lo forraban. Leonor se movió inquieta sin dejar de abanicarse y miró a doña María, quien se encontraba a punto de desmayarse. Conocía muy bien a su padre y la entrevista se prolongaría más de lo prometido.
—Vamos a bajar —decidió en voz alta.
—¡Por Dios, doña Leonor! —se alarmó la señora de compañía.
Pero Leonor ya no la escuchaba. Se había asomado a la ventana y había avisado al lacayo, que se apresuró a desplegar la escalera y a abrir la portezuela.
—El marqués se disgustará —reconvino asustada doña María—.
Estamos en un puerto donde hay personas de mala catadura.
Leonor se levantó y sujetó las faldas para que no estorbasen al bajar.
Adelantó su delicado pie, calzado con un chapín de costosa factura y vestido con una media de seda, e inició el descenso al suelo de tierra.
—Os vais a poner perdida —rezongó doña María bajando detrás de ella
—. Nos vamos a meter en un lío.
—Deja de refunfuñar, doña María, y abre el parasol —ordenó Leonor, hinchando los pulmones con el aire yodado del mar.
Algunas cabezas cercanas se volvieron para contemplarla, pero nadie hizo amago de acercarse, simplemente la observaban como si fuera una criatura que hubiera descendido del cielo, en lugar de un carruaje.
En la bahía que se abría ante ella borneaban grandes navíos con las velas aferradas y en el muelle se desplegaba una gran actividad para trasladar los bastimentos a sus respectivas naves. Leonor contemplaba aquello con la curiosidad de sus catorce años. Echó a andar entre toneles, jaulas de aves y sacos de cereal, seguida de doña María que sujetaba la sombrilla sobre la cabeza de ambas. Dos hombres de armas las custodiaban y apartaban a los que se aproximaban demasiado.
Leonor entrecerraba los ojos, pues el exceso de luz hería las pupilas. A la vez que caminaba, agitaba el abanico para evitar que el sudor perlase su pálida piel. A ambos lados de la cabeza colgaban, de dos recogidos, los cabellos en perfectos tirabuzones castaños. Leonor, desde la cuna, había recibido los cuidados más exquisitos, la educación más esmerada, los vestidos más lujosos. Su padre la había preparado para ser la mujer más admirada y ahora obtenía la recompensa de su inversión: el enlace con el duque de Alvarado, Grande de España, que le acercaría al joven rey, Felipe IV, de la Casa de Austria.
Unos hombres, que hablaban a gritos desde una barca a otros dos en el muelle, atrajeron su atención. Hablaban en inglés entre ellos, así que no entendió qué se decían, pero por la actitud coligió que se estaban retando.
Se detuvo intrigada por el juego que se traían entre manos. Finalmente, llegaron a un acuerdo y uno de los que estaban en la barca procedió a desnudarse.
—Excelencia, deberíais alejaros cuanto antes —apremió doña María inquieta—. No me parece muy decoroso lo que está sucediendo. Son gentes vulgares, sin ningún pudor ni sentido de la decencia, son herejes.
Sin embargo, Leonor no atendió el ruego de la señora de compañía. El esbelto joven se quedó en calzón, mostrando un pecho bien desarrollado, unos brazos fuertes y morenos que se tensaron cuando se tiró de cabeza al agua, haciendo zozobrar de forma violenta la embarcación que abandonaba.
Leonor contuvo el aire de forma inconsciente, aguardando a que emergiera el improvisado nadador. Se impacientó cuando no lo hizo transcurrido un tiempo prudencial y, ya comenzaba a alarmarse, cuando el joven regresó a la superficie con algo en la mano que no alcanzó a distinguir desde donde estaba, pero que arrancó gritos de euforia entre los de la barca y meneos de
cabeza entre los del muelle. Leonor respiró profundamente, aliviada de la tensión. Nadó el joven hasta el muelle y salió por los escalones de piedra que facilitaban el acceso a las embarcaciones dependiendo de la marea. Una vez arriba, sacudió la cabeza como un perro y se dirigió hacia ella.
—¡Jesús! —exclamó escandalizada doña María—. ¿Cómo se atreve a presentarse desnudo ante vos, excelencia?
Leonor no contestó, demasiado ocupada en tomar nota de todos los detalles de aquel cuerpo, ya que el calzón mojado se le adhería como una segunda piel. Nunca había visto un hombre desnudo y no iba a perderse la oportunidad que se le ofrecía. Cuando se aproximó lo que los guardias consideraron más que prudente, le cerraron el paso. El joven alargó la mano, que contenía el objeto que había recuperado del fondo de la bahía, sin abrirla. Leonor no se movió, subyugada por la arrogancia del extranjero.
El movimiento de gente a su espalda interrumpió el extraño incidente. Su padre se acercaba a paso vivo con su guardia. Cuando regresó la atención al joven, este había desaparecido. Recorrió con la vista el muelle, pero no había rastro de él ni de sus compañeros.
—¿Qué hacéis fuera del carruaje? —demandó su padre sin mostrar enojo. Leonor estaba acostumbrada a la energía que se desprendía de sus palabras, de sus gestos, de sus acciones. No era hombre de la Corte, aunque la anhelaba por las influencias que corrían por los pasillos. Su matrimonio con el duque de Alvarado le aportaría esas influencias sin necesidad de visitarla.
—No soportábamos más el calor, padre. Necesitábamos respirar.
—Lamento el retraso —se disculpó el marqués de Maqueda—. Es un día muy caluroso y yo soy un viejo gruñón. Regresemos a casa y comamos en el jardín, a la sombra.
—¿Por qué hay tantas naves en la rada? ¿Se prepara una expedición a las Indias?
—Las expediciones a las Indias solo zarpan de Sevilla. De aquí salen hacia Flandes. Las naos que ves forman parte de la Escuadra del Norte que comanda Alonso Idiáquez.
—¿El superintendente de Fábricas y Plantíos? —inquirió Leonor.
—En efecto. Esta tarde vendrá a visitarnos junto con algunos cabos de los barcos corsarios.
—¿Corsarios?
—Son mercenarios del mar —explicó su padre contemplando la bahía
—. El rey les concede una autorización para asaltar naves enemigas, quedarse con el botín y pedir rescates por las personas y los buques, a cambio de una fianza que asegure el buen comportamiento y una parte de los beneficios a la Corona.
—¡Qué listo es el rey! Es una forma de menoscabar la economía de los países enemigos sin desembolsar un maravedí. No tiene que armar los barcos ni pagar salarios.
—Y yo soy afortunado con una hija tan lista como tú —se admiró el marqués ante la síntesis que acababa de realizar Leonor—. Como premio, compartiré un secreto: armaré barcos corsarios. Es un negocio muy lucrativo según Idiáquez.
—¡Qué emocionante! Seremos corsarios —se entusiasmó Leonor. Su padre rio con ganas ante su ingenuidad—. ¿Viajaremos en barco?
—En absoluto. Soy armador, es decir, arriesgo dinero en un barco; pero otros luchan por mí. Esos barcos que contemplas —alargó la mano para abarcar la bahía— están pagados por nobles, comerciantes y gente que desea enriquecerse rápidamente. Los hombres de mar que los manejan son realmente los corsarios, los que se juegan la vida en los asaltos a otras naves, los que padecen las leyes del país enemigo si los atrapan.
Leonor, según hablaba su padre, sintió frío en el alma.
—Pero eso es terriblemente injusto —se lamentó sinceramente.
—La vida es injusta, mi querida niña. Mira a tu alrededor.
Solo entonces Leonor se percató del entorno. Por el muelle pululaban marineros de todas las condiciones, más o menos aseados, algunos con mutilaciones, con ropas raídas y cuerpos envejecidos prematuramente a causa de las privaciones y de los esfuerzos físicos. Leonor había crecido entre los muros de los palacios de sus padres, en jardines apartados del mundo real, del cual oía hablar al servicio. Cuando se desplazaba, lo hacía fuertemente custodiada y evitaba exponerse a las miradas del pueblo llano.
Su padre se lo había repetido hasta la saciedad: no permitas que te toquen,
estás por encima de ellos, debes guardarte. La voz del marqués la rescató de las amargas reflexiones.
—Esos barcos no son muy grandes. Te lo parecen porque llenan la rada.
En realidad son naves de tamaño medio, entre setenta y doscientas toneladas. Son ligeros y rápidos para cazar a su presa.
—¿En qué se diferencian? ¿Cómo los reconoces?
—Por el aparejo, la arboladura. Hay varias naos, pero no son muy fiables a causa de la enorme arboladura que las convierte en inestables durante una tormenta. Voy a armar un par de zabras. Mira, como aquella de allá —señaló con la mano—. Consta de bauprés con cebadera, de dos palos: mayor con velas mayor y gavia; y mesana con vela latina. Son rápidas, ágiles y cortan el mar con el garbo de una mujer. ¿De qué te ríes?
—Del entusiasmo con el que describís el barco. ¿Seguro que no queréis viajar en uno de ellos?
—Seguro. Me gusta el mar desde la seguridad de la tierra y los dineros que de él puedo obtener. El sol aprieta, ¿nos vamos?
Leonor se giró y se cogió al brazo que le ofreció su padre. De camino al carruaje, distinguió al joven nadador sentado sobre unos cajones. Por el rabillo del ojo se aseguró de que la seguía con la mirada y se llenó de satisfacción cuando comprobó que así sucedía. Lamentablemente, se quedó con la curiosidad de qué era lo que le había ofrecido.
Después de comer, se quedó leyendo a la sombra del enorme roble del jardín. Su padre se había retirado para preparar la entrevista con Idiáquez.
Sin embargo, no conseguía centrarse en la lectura porque la imagen del escultural cuerpo del joven invadía su mente. Cerró el libro y se entregó a la ensoñación: ¿sería así el cuerpo de su futuro marido? El estómago se le encogió ante la expectación. En algún momento se quedó dormida y tomó conciencia de ello cuando sintió que algo frío se deslizaba por su mano.
Abrió los ojos de golpe y sorprendió al joven nadador tan cerca que pudo apreciar el color verde del iris. Asustado, se apartó dos pasos hacia atrás.
Turbada por encontrarse con el objeto de sus pensamientos tan cerca, no reaccionó, solo lo observaba intentando memorizar los rasgos armoniosos y varoniles. El joven recuperó el aplomo al percatarse de que ella no se había alarmado y aguardaba el siguiente paso.
—Me llamo Patrick O’Duinn. He venido acompañando a mi amigo y capitán, Richard Pronovil.
Aunque hablaba el castellano correctamente, el acento extranjero era muy marcado. Se incorporó y entonces resbaló de su mano una cadena muy fina de oro con una pequeña y perfecta caracola de mar como colgante. Lo atrapó antes de que cayese sobre la hierba y admiró el trabajo.
—¡Qué bonito! ¿Lo habéis hecho vos?
—La Naturaleza. Yo me he limitado a horadarlo para pasar la cadena —
replicó el joven, esbozando una sonrisa y con la picardía asomada a los ojos.
—Tened, la mujer a la que se lo regaléis será muy afortunada.
Arriesgasteis mucho por conseguirla —extendió la mano con la cadena y la caracola.
—Valdrá la pena si algo tan perfecto termina en el cuello de la más absoluta belleza.
—No puedo admitir presentes de cualquier persona, no es correcto. —
Sintió un calor interior ante el requiebro galante del joven.
—¿Y quién ha hablado de presentes? A mi entender os lo habéis encontrado en el regazo.
Leonor sonrió ante la osadía del joven. Se puso de pie y se fijó en que le llegaba al hombro. Se recreó en el pelo ondulado, negro y de apariencia suave, que llevaba recogido en una coleta. Iba vestido impecablemente, lass maneras eran educadas y algo en la forma de moverse le indicaba que era un hombre instruido y no un marinero corriente de puerto.
—¿Sois inglés?
—¡Dios confunda a esos herejes! Soy irlandés, excelencia. Los ingleses asesinaron a mi familia y me dejaron en esta triste condición, como le sucedió a mi capitán.
La vehemencia de la declaración así como la tristeza que veló la expresión del joven al recordar a la familia conmovieron a Leonor. El rumor de voces que se aproximaban previno al joven, quien sonrió tímidamente y desapareció detrás del roble. Leonor divisó a su padre junto a dos personas más que discutían amigablemente entre ellos. El joven Patrick llegó desde otro sitio del jardín para no comprometerla y se reunió con ellos.
A la hora de la cena, su padre le comunicó el regreso a Madrid a primera hora de la mañana.
—He llegado a un acuerdo satisfactorio, aunque Richard Pronovil ha resultado un duro negociante y no he logrado nada con él.
—¿Por qué se encuentran en España esos irlandeses? —Leonor aprovechó la ocasión para recabar información sobre el joven.
—Inglaterra quiere someter a Irlanda. Persigue a los cabecillas, a las familias influyentes para destrozar la resistencia y lo está consiguiendo. La única alternativa que les queda a muchos de ellos es luchar desde un país que comparta su deseo de perjudicar a Inglaterra.
—¡Qué triste! ¿Conoces la historia de alguno de ellos?
—El padre de Richard Pronovil perdió su hacienda por servir al rey de España. El propio Richard entró al servicio de la Corona española hace unos años, como espía en Argel, donde organizó una buena al quemar unos bajeles turcos. Siempre trabaja rodeado de irlandeses, a los que cobija como un padre. El joven que le acompañaba hoy era hijo de uno de los grandes terratenientes: señores de Tinmehinch en la provincia de Leinster, al oeste de Irlanda. El muchacho se encontraba estudiando en Dublín cuando recibió la noticia de que su familia había sido asesinada y a él lo buscaban con la misma idea. Pronovil los conocía y enseguida se aprestó a auxiliarlo.
Compruebo que te afecta lo que te estoy contando.
—Las desgracias, aunque sean ajenas, no me causan indiferencia, padre.
—Tienes el mismo corazón bondadoso de tu madre —alabó el marqués enternecido.
Su madre había fallecido inesperadamente cuando ella tenía siete años y su padre, a causa de los constantes viajes, no había vuelto a contraer matrimonio para asegurar la pervivencia de la familia al frente del ducado.
Nunca le importó mucho dejar su impronta en este mundo.
De madrugada, Leonor y su padre dejaron San Sebastián y emprendieron viaje a la Villa de la Corte, con el fin de realizar los preparativos de su boda durante el otoño con el primogénito de la casa ducal de Alvarado.
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