La playa del irlandes
Capítulo 21
Madrid, otoño de 1638.
Leonor pasó unas horas de angustia hasta que su padre regresó con los rumores confirmados.
—Efectivamente, la escuadra de Lope de Hoces ha sido derrotada, una auténtica masacre con los brulotes incendiarios. Sin embargo, la flota de Oquendo no sufrió ningún percance porque los franceses se retiraron después de hundir la de Lope de Hoces y dejaron desprotegida la bahía de Fuenterrabía. Oquendo aprovechó para cañonear a los franceses desde el mar.
Leonor suspiró de alivio. Por lo que había sabido en Ribadesella, la flota de Pronovil navegaba con Oquendo. Con una mirada agradeció a su padre la diligencia y el interés que había mostrado. El duque anunció su partida a San Sebastián para ayudar en la organización y fortificación de los puertos y para redactar un memorándum sobre el alcance del desastre.
Una vez sola, reinició sus visitas a la reina, buscó un maestro de esgrima para Pedro y alternó las clases con las de equitación.
—¿No son muchas obligaciones? —se quejó doña Clara, quien se vio privada de la compañía del nieto—. Por la mañana las lecciones de latín, francés, literatura y yo qué sé qué más y por la tarde demasiado ejercicio.
— Mens sana in corpore sano.
—¿Os dais cuenta de que si le ocurriera algo la familia desaparecería?
—dijo de pronto doña Clara—. Hernando regresó a Madrid herido, mientras vos os encontrabais en La Coruña. Sé lo que dije y lo mantengo, pero soy madre y débil, no he podido mantenerme al margen y me he interesado por
su salud: se ha recuperado. Imagino que se habrá incorporado a su tercio, pues andan escasos de hombres y no permiten largas ausencias.
Leonor cayó en la cuenta de un detalle y la aprensión se adueñó de su alma.
—¿Dónde está vuestra doncella Luisa?
—Ha sido mencionaros a mi hijo y ya habéis extraído vuestras conclusiones. Luisa ha dejado el servicio para regresar con la familia —
replicó sin ocultar su malestar.
—¿Os lo dijo ella? —insistió Leonor a pesar de la reticencia de su suegra.
—No, me lo comunicó el ama de llaves. Me parece que os excedéis.
—Mientras me aseguro de que mis sospechas son exageradas, quiero a mi hijo lejos de ese hombre. A partir de hoy, saldrá siempre con escolta.
Leonor observó que su suegra se mordía el labio inferior y fruncía el ceño airada, pero le dio igual. No era momento para mostrarse amable o condescendiente, sino para arrostrar las circunstancias con decisión y prudencia. Su padre le había dejado el nombre y la dirección de un hombre al que debería acudir en caso de un apuro. Sin dudarlo, ordenó que dispusieran el carruaje y salió en su busca.
En la calle Toledo se bajó delante de una modesta casa. Llamó y le abrió la puerta una mujer mayor que la miró asombrada.
—¿El capitán Gaspar de Montesinos?
La mujer le franqueó la puerta sin contestar y la precedió hasta una sala amueblada con austeridad. Aguardó de pie, nerviosa, hasta que un hombre de unos treinta y pocos años se presentó ante ella. Llamaban la atención el ojo cubierto con un parche negro y el costurón que le cruzaba la mejilla y le bajaba hasta el cuello, llevaba el cabello largo y recogido en una coleta, vestía con buenos paños pero sin adornos.
—Excelencia —hizo una reverencia—, sentaos por favor.
—¿Me conocéis? —preguntó acercándose a una silla.
—La duquesa viuda de Alvarado e hija del duque de Maqueda. Vuestro padre me advirtió de que debía atender vuestras demandas en caso de que acudieseis a mí.
—Muy previsor mi padre. Dicen que las canas muestran el grado de sabiduría adquirida a través de los años, así que mi padre debe de ser muy sabio.
El capitán sonrió y el rostro desfigurado le dio un aspecto más siniestro.
Leonor confiaba en su padre y, si él la había dejado en sus manos, ella no pondría objeciones.
—Necesito varias cosas, todas urgentes y que deben llevarse a cabo con la mayor discreción.
El hombre asintió entrecerrando los ojos. Leonor fue consciente de su escrutinio, que no disimuló en ningún momento, aunque no le resultó desagradable ni fue irrespetuoso.
—En primer lugar quiero cerciorarme de que Luisa Pérez, natural de Sepúlveda, se encuentra con los suyos. Era la doncella de mi suegra; en caso contrario, ¿habría alguna posibilidad de averiguar su paradero? En segundo lugar, necesito saber si el conde de Trujillo se encuentra todavía en Madrid y dónde se aloja.
—Lo segundo no es necesario —atajó el capitán—. Ya se encontraba bajo vigilancia por orden de vuestro padre. Ayer partió hacia Valencia, donde embarcará hacia Génova. Se incorporará a su tercio de Flandes con otros muchos.
—Mi padre ha estado ausente de Madrid. ¿Cómo sabía…?
—Vos misma lo expresasteis muy bien cuando mencionasteis su sabiduría.
Leonor sopesó varias posibilidades.
—¿Desde cuándo me vigiláis?
—Prefiero la palabra custodia. Para mis hombres hay una diferencia entre custodiar y vigilar. Desde que falleció vuestro esposo, aunque los veranos nos disteis esquinazo. Muy inteligente la forma de desaparecer en Ribadesella.
—¿Mi padre conocía la casa?
—No, no descubrimos la treta hasta vuestro regreso el verano anterior.
Este verano el duque retiró la custodia, pues ibais con él. ¿Cuál es vuestro interés en esa mujer?
Leonor le relató cómo el conde controlaba el servicio del palacete y los medios de coerción que empleaba sin escatimar detalles, además de la sospecha actual.
—Personalmente, esa sospecha la tornaría en certeza. Enviaré a uno de mis hombres a reconocer las dos mujeres que van a sepultar esta tarde.
—¿Creéis…? —No pudo terminar la frase horrorizada.
—No ha venido solo, es más, la herida se la infligió él mismo para venir a Madrid. Los compañeros han estado muy activos rondando el palacete e indagando en León sobre vuestro paradero.
Leonor creyó estar viviendo una pesadilla: la vigilaba su padre, la perseguía su cuñado. Su vida era casi del dominio público y ella en la ignorancia.
—Gracias por vuestra sinceridad.
—No hay de qué. Os custodiamos, no hay nada secreto en nuestra actividad; de hecho, el duque os ha recomendado acudir a mí si fuera menester. No obstante, ahora que nos conocemos ¿os importaría no desaparecer sin avisarnos? No queda muy profesional en el informe admitir que os hemos perdido.
Leonor sonrió a su pesar.
—En el caso de que fuera una de esas mujeres, ¿sería posible que os presentaseis en el palacete fingiendo ser alguacil para informar a mi suegra de su muerte?
—¿Y explicarle cómo fue asesinada? —Una mirada de inteligencia brilló en el único ojo—. Es difícil para una madre admitir los crímenes de los hijos.
—El mío, de momento, es inocente y debo defenderlo a toda costa.
Leonor se retiró y se dirigió al Alcázar Real. Se sentía más tranquila al conocer el paradero del conde y de que este se encontraba camino de Valencia. Lo quería lejos de su vida y del país. Si su intuición no fallaba, esa tarde doña Clara recibiría la noticia del asesinato de su doncella y tendría que admitir que su hijo no era ningún santo. Debía conseguir el apoyo de su suegra, sin él, dejaba una puerta abierta para el conde.
Regresó al palacete a media tarde y poco después llegó Pedro, quien le relató todo lo que había hecho y aprendido esa tarde. Estaba eufórico, con
los ojos brillantes. La visita del alguacil le fue anunciada a su suegra y ella salió al jardín con Pedro. Mientras en el norte llovía, en Madrid disfrutaban de un tiempo veraniego, aunque al anochecer refrescaba. Dejó pasar un rato prudencial y entró en la casa. Oyó los gritos y amenazas de doña Clara al ama de llaves para que le contase la verdad sobre Luisa. Tarde iniciaba las indagaciones, pero al menos se preocupaba, porque la vez anterior su aviso cayó en oídos sordos.
El invierno fue crudo y cubrió de nieve la villa en dos ocasiones. La Corte la mantenía informada de los progresos de la guerra en Flandes y de los problemas con las Flotas de la Carrera de Indias; por si fuera poco, en diferentes puntos de la península se rebelaban contra las disposiciones tiránicas del Conde-Duque, quien buscaba recursos humanos y económicos hasta debajo de las piedras para mantener las armadas y los tercios. El año de 1638 fue favorable a los intereses españoles: conservaban Amberes, habían tomado la plaza de Kerpen antes de los primeros fríos y mantenían a los franceses en los Pirineos. Comenzó 1639 con los ejércitos acantonados, a la espera de la primavera para recomenzar las grandes ofensivas.
La relación con Doña Clara, fría en un principio, fue derritiéndose al calor de la chimenea y, aunque no le reveló lo sucedido con Luisa, no volvió a mencionar a don Hernando y su trato se suavizó con ella.
Leonor había afrontado la rutina sin permitirse reflexionar, pensar en el futuro o recordar el pasado. Permanecía en un limbo, un cuerpo sin alma, sin alegría, sin vida. Ella no era consciente de ese cambio, pero su hijo sí que lo fue. El pequeño Pedro era precoz, había heredado su capacidad de disfrutar de todo lo que le rodeaba, su curiosidad era inagotable, como su energía. Mezclaba la intuición de su madre y la inteligencia de su padre: era el resultado de una generación mejorada.
—¿Las hojas no son verdes? —preguntó Pedro un día que se encontraban solos.
Leonor prestó atención a la labor que estaba realizando y comprendió lo atinado de la observación de su hijo: se había distraído y las estaba bordando en rojo. Suspiró, confundida y resignada.
—Yo también cuento las semanas para escapar a Ribadesella —le susurró al oído con una mirada de complicidad.
Leonor, enternecida por la sensibilidad de su hijo, lo besó.
—Mentiroso —rebatió Leonor cariñosamente—. Estás disfrutando con el maestro de espada y un pajarito me ha dicho que has dejado el potrillo y has cabalgado un caballo muy grande.
—Guárdame el secreto o la abuela lo prohibirá.
—¿Desde cuándo me lo tienes que pedir? Los secretos son sagrados.
—¿Aunque te pongan triste?
—¿Qué te pone triste? —inquirió Leonor preocupada.
—A mí, no. A ti. Estás muy triste sin el niño.
—No solo es el niño —Leonor era consciente de que no debía hablar de ello con su hijo, pero la soledad y el silencio eran muy pesados—. Echo en falta el mar y a Patrick.
—¿Por qué no vamos a vivir a Ribadesella con ellos?
—Tengo una obligación contigo, con el ducado que has heredado de tu padre y con la abuela. Las exigencias sociales me lo impiden.
—A la abuela le agrada esto. Me repite hasta la saciedad quienes son los señores de los retratos y lo que lograron; cuáles serán mis obligaciones como duque; cómo he de moverme por la Corte y cuáles son mis prerrogativas como Grande de España: puedo permanecer cubierto ante el Rey, entrar libremente en Palacio, sentarme en banco preferente en la Capilla Real, soy general del ejército por derecho propio…
Leonor se rio.
—Has aprendido muy bien los sermones de la abuela. Ella domina la etiqueta mejor que yo. A mí me dan igual esas cosas.
—Me he dado cuenta —afirmó el chiquillo con sus enormes ojos castaños fijos en ella—, no eres feliz.
A Leonor se le encogió le corazón ante la perspicacia de Pedro. Le cogió la cara entre las dos manos y le besó la frente.
—Tú eres mi felicidad, por ti me levanto cada mañana, por ti estoy aquí
—dijo Leonor conmovida.
Llegó la primavera y recibió una inquietante carta del administrador don José Manuel en la que le comunicaba que se encontraba en San Sebastián y que no se desplazara a Ribadesella hasta que recibiera instrucciones de su padre, pues no quedaba nadie allí para protegerla. ¿Por qué había viajado a
San Sebastián don José Manuel? ¿Pronovil lo había llamado para algún juicio de presa de resolución dudosa o el conde de Trujillo mediaba en ello?
No alcanzaba a discernir qué información habría obtenido de Luisa, pues el correo seguía recibiéndolo en casa de su padre; pero, por mucho cuidado que pusiera uno, siempre había algún desliz que una persona al acecho recogía al vuelo.
Lo más dramático de la situación era la pérdida de ilusión. Desde hacía semanas contaban los días para desplazarse a Ribadesella, tanto ella como Pedro, y el no poder acudir ese verano al pueblo significaba perder la esperanza de reencontrarse con Patrick y, sin esperanza, no podría resistir otro año. Cuando consiguió asumir su propia desilusión, cayó en la cuenta de otro detalle del mensaje: ¿Qué tenía que ver su padre en todo aquello?
Exceptuando cuando le pidió ayuda, nunca había intervenido en la decisión de sus desplazamientos. Estas cuestiones relegaron a un segundo término el desánimo y la contrariedad.
La carta de su padre no llegó; en su lugar, una noticia se propagó por los pasillos de palacio. El siete de junio, cuando abandonaba las estancias de la Reina para regresar a casa y mientras atravesaba uno de los salones, escuchó a dos hombres con uniforme de marino que comentaban el apresamiento de Pronovil por los franceses mientras espiaba para la corona española, un desastre ahora que el Conde-Duque estaba reuniendo una Armada para detener a los holandeses.
Leonor regresó a casa fuera de sí, de angustia, de incertidumbre, de dolor. Recordó cuando su padre le comentó que los rumores, en muchas ocasiones, estaban desvirtuados, como el desastre de Lope de Hoces. Pero algo había de razón en el fondo. Pronovil había caído en manos de los franceses, pero igual, Patrick no. Su mente comenzó a evaluar las posibilidades. En el caso de que Patrick hubiera sido detenido ¿lo colgarían por corsario?, ¿por espionaje?, ¿o lo mandarían a galeras? Por la gente importante se pagaban rescates, pero ¿quién pagaría por un irlandés sin patria?
Se devanó los sesos dilucidando cómo podría ayudarlo si se encontrase prisionero y siempre llegaba a la misma conclusión. Se desplazó de nuevo a la residencia del capitán Gaspar de Montesinos y lo contrató para que la
escoltara en el viaje a San Sebastián. En una semana se despidió de la Reina hasta el mes de septiembre, dejó las disposiciones pertinentes sobre los asuntos del ducado y doña María preparó el equipaje. Se llevaría a la cocinera y las dos criadas de siempre por si acaso luego continuaban a Ribadesella.
Doña Clara se quejó de tan intempestiva partida y Leonor se excusó con los prematuros calores estivales que tan mal soportaba. Pedro revoloteaba a su alrededor nervioso ante la perspectiva de la partida y de reencontrarse con el abuelo, con quien se había entendido muy bien el verano anterior.
Partieron a mediados de mes, después de comprobar que no había mensaje del duque.
El capitán no escatimó en hombres y a los seis sirvientes del ducado de Alvarado se sumaron ocho de Montesinos. Fue el que decidió la marcha y los lugares donde dormirían. Con la ansiedad a flor de piel, Leonor aprobó el plan que había elaborado y lo apremió a no demorar la partida. Si a Montesinos le había parecido extraña tanta premura, no lo dio a entender y se limitó a asentir.
Sin prisa pero sin pausa, cruzaron Castilla y traspusieron la abrupta cordillera cantábrica. Las últimas leguas fueron las más duras a causa de las revueltas del camino y de las cuestas que ralentizaban los tiros de los carruajes, ya que debían descansar más a menudo. Cuando divisaron la franja de azul más fuerte en el horizonte, Leonor casi lloró de alegría.
El capitán tomó la delantera para avisar al duque de la llegada de su hija, para encontrar alojamiento a sus hombres y establos para los animales.
La marcha fue más lenta según se aproximaban a la entrada de la villa a causa de la gente que cruzaba las murallas a pie. Doña María indicó el camino al joven que había dejado Montesinos al frente quien, con gran esfuerzo, consiguió abrir paso entre las calles. En la entrada de la casa-palacio del duque, los aguardaba el capitán.
—El duque no está muy contento con vuestra llegada —susurró el capitán cuando la ayudó a descender del carruaje.
—Lo creo, porque si ha sucedido lo que me temo; imaginará la razón por la que estoy aquí.
El capitán y sus hombres se retiraron hasta nueva orden y el resto de la tarde lo pasaron instalándose. Durante la cena, el duque se mostró jovial con su nieto mientras que a ella le lanzaba miradas reprobatorias; sin embargo, Leonor lo soportó con la decisión de no cejar en su empeño.
Terminaron de cenar y, con un gesto, el duque la conminó a que lo siguiera a la biblioteca. Allí los aguardaba pacientemente don José Manuel. Tras el saludo protocolario, pasaron a la cuestión que flotaba en el aire.
—Me parece una imprudencia que te hayas trasladado hasta aquí aunque, por lo menos, has tenido la suficiente sesera de traer una buena escolta —la regañó el duque.
—Vuestro cuñado, el conde de Trujillo, es una amenaza real —
comunicó más suavemente el administrador.
—Lo sé —afirmó Leonor—. Ha asesinado a la doncella de mi suegra, pero desconozco qué información le habrá sonsacado.
—Yo te lo diré —se ofreció el duque—: tu embarazo. Y también ha descubierto tu refugio: Ribadesella.
—No lo ha podido saber. Fui muy discreta y no se me notaba.
—¿No lo descubrió doña María? ¿No pudo echar en falta unos paños manchados? Te vigilaba estrechamente.
Leonor tuvo que admitir que su padre estaba en lo cierto.
—¿Cómo sabéis que conoce Ribadesella?
—Dos esbirros suyos asesinaron a la mujer que vendía semillas, de quien obtuvieron la dirección de la casa y noticias del niño —relató don José Manuel—. Entraron en la casa, la revolvieron e intentaron secuestrar al niño, por eso me encuentro aquí. Salimos de Ribadesella inmediatamente, mi esposa está de seis meses, y vinimos a casa de mi suegra. El niño estará más seguro aquí.
—¿Cómo no me alertasteis de ello? Es terrible la ignorancia sobre lo que sucede. Me he sentido tan impotente —dijo preocupada Leonor.
—No obstante —intervino su padre—, no es esa la razón por la que te encuentras aquí, puesto que ignorabas los hechos.
Leonor se mordió el labio inferior, su padre la escrutaba implacable, no le iba a facilitar la labor.
—Escuché en los pasillos del Alcázar que Pronovil había sido apresado por los franceses.
—Y quieres conocer el paradero de tu amante —concluyó el duque.
Observó que don José Manuel, pálido, bajaba los ojos. Habría confesado la identidad de Patrick para obtener la protección del niño; no se lo reprochaba. Se levantó despacio y se aproximó al asiento de su padre.
—Sí, he venido para averiguar si se encuentra en poder de los franceses y liberarlo, cueste lo que cueste, con o sin vuestra ayuda. Y no me gusta la palabra amante y lo que implica: es el padre de mi hijo, y me siento muy orgullosa de ello.
—Tuve la certeza de que no lo abandonarías, por eso no permití a don José Manuel que os advirtiera, aunque había que avisarte para que no viajaras a Ribadesella y te localizasen esos hombres. ¡Qué pena que no seas hombre!
—¿Tanto os he defraudado, padre?
—Al contrario, eres un orgullo para mí por tu fortaleza y tu lealtad.
Nada te detiene, ni consideraciones sociales ni consecuencias futuras. Fiel a los tuyos y a ti misma. Hay que ser muy valiente para eso, hija.
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