La playa del irlandes
Capítulo 14
Ribadesella, agosto de 1637.
Patrick regresó a la hora de la cena para dejar espacio al matrimonio, que convivía en la casa de Brian durante la ausencia de los hombres. Era tal la sensibilidad de la herida que notaba los latidos del corazón reflejados allí, le escocía a causa de la sal pero, como buen marino, no ignoraba que era indicio de que sanaba correctamente.
Sentado a la mesa ante un guiso de pescado, decidió completar su información para hacerse una idea de las razones que habían llevado a una mujer, como la duquesa, a refugiarse en Ribadesella los veranos, arrendando una casa con un puñado de criados cuando contaba con palacios por toda la península y un regimiento de servidores.
—¿Repararon la nave antes de zarpar?
—Sí, el propio Richard se tomó interés en ello. Os alabó como el héroe de la empresa porque vuestra exposición permitió el hundimiento del francés.
—¿Confiará vuestro misterioso armador en Colm?
—Yo confío, así que no os quite el sueño eso —afirmó convencido el abogado.
—Eso me recuerda al marqués de Maqueda. A su flota no le va mal, aunque la guerra…
—Es un zorro y se guarda bien las espaldas del Conde-Duque —sonrió menando la cabeza.
—Recuerdo que tenía una hija que se casó muy bien. Conocí al duque de Alvarado en La Coruña, precisamente cuando cerré el trato con el
marqués —comentó inocentemente, dejando correr el sedal.
—No lo conocí personalmente, pero mi padre hablaba muy bien de él.
—¿Hablaba?
—Falleció de unas fiebres un par de días antes que su padre.
—Lo ignoraba. ¿Y qué sucedió con la duquesa?
—Su suegro la nombró tutora de su hijo, el nuevo duque de Alvarado y administradora del ducado en detrimento de otro hijo, el conde Trujillo. Ha sido muy comentado el asunto en la Corte.
—¡Qué historia tan triste! —suspiró doña Teresa.
—Mucho poder en manos de una mujer —se asombró Patrick.
—Es una joven muy lista —explicó José Manuel distraído. Patrick comprendió que la admiraba.
—La conocéis bien, deduzco por vuestras palabras.
José Manuel comprendió su desliz demasiado tarde y se aclaró la garganta antes de responder.
—He conversado un par de veces con su excelencia, cuando he coincidido en alguna visita al marqués.
—Y siendo tan joven, ¿no se ha casado de nuevo? —preguntó doña Teresa facilitándole la labor.
—Resulta extraño, es verdad —confirmó José Manuel.
—¡Oh! ¡Qué romántico! Estaba enamorada de su marido —elucubró la mente de doña Teresa.
—No creo que esa sea la causa, era un matrimonio concertado, aunque se llevaban bien, por lo que he oído.
—Hay veces en las que los contrayentes se enamoran —apuntó la posibilidad doña Teresa.
José Manuel pareció cansado del tema porque cambió drásticamente de conversación. Terminaron la colación y doña Teresa se retiró para dejarles hablar un rato a solas sobre sus asuntos.
—Aclaradme qué mosca os ha picado —exigió José Manuel.
—¿A qué os referís?
—Os conozco lo suficiente para comprender que la conversación sobre la duquesa no ha sido casual. Yo también sé razonar, no me toméis por tonto, amigo mío.
—Guardáis muchos secretos y yo lo respeto; respetad los míos —rogó Patrick sin acritud.
—Lo haría, pero estoy atando cabos y me sudan las manos con el resultado —se sinceró José Manuel.
—¿Y qué cabos son esos?
—Habéis conocido a la duquesa en La Coruña…
—En San Sebastián, cuando estaba soltera —corrigió Patrick.
—Y habéis recordado a la mujer del otro día —concluyó José Manuel nervioso.
—No solo la he recordado, sino que he visto a la duquesa y a su hijo.
—¿Habéis ido a la casa? —se alarmó José Manuel.
—En absoluto. Los vi de lejos, en la playa. Comprendo vuestra lealtad y no quise poneros en un brete preguntando directamente —se disculpó Patrick.
—Ahora decidme que no es ella vuestro amor imposible —indagó ansioso el abogado.
—Me pedís que mienta a un amigo —reconoció con tristeza Patrick.
—¡Válgame Dios! ¿Habéis perdido la cabeza? —reprendió José Manuel, peinándose el cabello hacia atrás con los dedos.
—Porque tengo la cabeza sobre los hombros, me encuentro reducido a este estado. Lo que perdí fue el corazón el día en que me presenté ante ella y le regalé una pequeña y perfecta caracola que rescaté del fondo de la ensenada de San Sebastián. Que tengáis buena noche.
José Manuel se había quedado pálido, los oídos le zumbaban a causa de la confesión de Patrick, su mente trabajaba anudando los últimos cabos. El amor que describía la duquesa en los dichosos pliegos que había dejado olvidados era Patrick, ya no le cabía la menor duda. Por un tiempo creyó, como Teresa, que se había enamorado de su marido, pero la propia duquesa lo había desmentido. Y luego la caracola, que nunca la había visto sin ella cuando debía lucir collares de perlas, esmeraldas y rubíes. ¿Lo sabría Patrick? No, si hubiera intuido por un segundo que él era el objeto de su amor, se hubiera presentado en la casa sin dudarlo. ¿Y ella? Por las palabras
de Patrick no se habían vuelto a ver desde La Coruña. ¡No! Él no la había vuelto a ver, pero la duquesa, sí. Recordó el verano pasado, cuando Patrick cantó y bailó para festejar la llegada al pueblo e, inesperadamente, ella decidió retirarse. Estaba en el puerto cuando desembarcaron a Patrick y envió a doña María a preguntar puntualmente por él. ¿Cómo había estado tan ciego? Y ahora también conocía la identidad del cabo al frente de la nave que armaba. ¡Menudo embrollo por culpa de su ineptitud! Él había sido quien había sugerido a Patrick arrendar la casa.
Intentó serenarse para pensar algo inteligente y no dejarse llevar por el pánico, pero fue incapaz. Lo único que consiguió colegir fue que ella no había intentado el acercamiento aunque era la más informada. A pesar de la calentura del corazón, se mantenía en su puesto. Entonces, ¿por qué había regresado?
Aquello era una locura y los dos amantes estaban a punto de sucumbir a ella. Solo faltaba que se encontraran frente a frente y se abrasarían vivos en su pasión. Y lo peor de todo es que no atenderían a razones. Sin saberlo, había emulado a la Celestina, la vieja alcahueta de Fernando de Rojas, facilitando el encuentro de los amantes.
Leonor, como todas las mañanas, salió de paseo hacia la playa. Mientras su irlandés estuviese en el pueblo, evitaba exponerse incluso cubierta con el velo. De acuerdo con doña María, simuló una indisposición y bajaron al pueblo a la misa dominical sin ella. Se sobreentendía que permanecería en casa, pero se encontraba demasiado inquieta y el mar era el único que absorbía sus preocupaciones y le proporcionaba la paz deseada. La casa, desde que se había enterado de que él era el dueño, la sumía en la melancolía. En la biblioteca tocaba los libros porque habían estado en sus manos anteriormente, bebía en la copa y se imaginaba sus labios en el mismo borde, deleitándose con un vino. De seguir así, perdería la razón.
Llegó al final del prado, desde donde se divisaba todo el abra, y le dio pereza bajar hasta la playa; además, se encontraba sola. Se desvió del sendero hasta un árbol y se sentó a la sombra para contemplar el paisaje que se extendía a los pies. No lo oyó hasta que se sentó a su vera. En otras
circunstancias, en otro lugar, hubiera mostrado su disgusto por la osadía y falta de respeto; pero en esta ocasión la invadió la felicidad y la timidez al compartir la sombra del chopo.
—Si vuestra excelencia lo considera un atrevimiento por mi parte, no tenéis más que decírmelo y os liberaré de mi presencia.
Leonor lo miró, parecía que le había leído el pensamiento. Estaba muy atractivo con la camisa blanca que resaltaba el cuerpo moreno, el calzón también era claro y las medias terminaban en unos zapatos de hebilla ancha, un lujo de nobles. Sus ojos se fijaban en el panorama de abajo, para no turbarla ni parecer insolente.
—¿Cómo os sentís de vuestras heridas? —Deseaba que la mirara, que esos ojos verdes la reconocieran como una amiga al menos.
—Recuperado de las que causan los hombres.
El corazón de Leonor amenazaba con escaparse del pecho ante la alusión tan directa sobre sus sentimientos. A él le quemaba el diario tanto como a ella los pliegos, una vez desveladas las identidades.
—¿Sois siempre tan directo?
—Si tenéis en cuenta que nuestras entrevistas se han reducido a unos minutos en el plazo de varios años, debo condensar mi conversación.
Leonor sonrió ante la agudeza del irlandés.
—Nuestras indiscreciones ya no tienen remedio, será mejor olvidarlas, aunque he de reconocer que compartir mis sentimientos con un papel me ha aliviado mucho.
—Es muy triste perder un amor siendo tan joven.
—Que sea un imposible no es sinónimo de perdido, me complacería ganarme vuestra amistad.
Leonor se vio recompensada con una mirada de esos ojos verdes; sin embargo, lo que halló en ellos fue confusión, perplejidad.
—¿Amistad? —repitió el irlandés estupefacto.
—Os ha sorprendido mi atrevimiento —manifestó Leonor, enrojeciendo de vergüenza—. Si esa mujer no os corresponde, nada impide que seamos amigos.
—¿De qué mujer habláis? Vuestros sentimientos hacia vuestro esposo os honran, pero sois joven y superaréis el dolor de la pérdida.
Leonor fue ahora la que no comprendía las palabras del irlandés.
—¿No hay otra mujer?
—¿Otra? En mi corazón no hay sitio para dos —confesó el irlandés, sosteniéndole la mirada significativamente.
Leonor recogió el mensaje que le enviaban los ojos verdes y se sintió transportada a un paraíso desconocido.
—Nunca estuve enamorada de mi marido, aunque lo respetaba —
declaró sin aliento—. Decidme que no es locura lo que estoy comprendiendo, habladme, ¡por amor de Dios!
—Desde el día en que os vi por primera vez en San Sebastián.
—Desde entonces perdí el corazón, que quedó prendado de un muchacho que me ofreció una caracola.
El irlandés, lívido y con la respiración agitada, no se movió, su expresión era una mezcla de contento y de temor. Leonor percibió el dilema del hombre y el abismo que los separaba y comprendió que ella tendría que exponerse de nuevo y cubrir la distancia. Él llevaba la razón: habían pasado muchos años añorándose; lo había visto al borde la muerte y ella se había comportado cobardemente al evitar el encuentro y abrazar el don que le otorgaba la vida. La vida que era tan corta…
Sin perder el contacto de la mirada, se inclinó lentamente hacia él y, como atraído por un imán, le salió al encuentro y sus labios se unieron, temblorosos de expectación, ávidos de años de contención, temerosos de la transgresión de las reglas sociales. Leonor fue arrastrada por el fuerte brazo del irlandés hacía él, que la estrechó contra el pecho tan solo vestido por la camisa, y oyó el latido desacompasado y fuerte del corazón que competía con el suyo. El cuerpo reaccionó celebrando en final de la tristeza con lágrimas de felicidad.
—Prometedme que os volveré a ver, que no huiréis de mí —le decía mientras bebía los regueros salados.
—Es muy arriesgado, podría costaros la cabeza —objetó Leonor, incapaz de madurar un plan con sentimientos tan contrarios.
—Elegid vos: un encuentro casual y una conversación trivial en las dunas por la mañana; o algo más serio por las noches: es mi casa y dispongo de otra llave.
—¿Y por qué no ambas? Vos lo expresasteis muy atinadamente, nuestro tiempo está contado hasta el último segundo. No podemos permitirnos perder más.
El irlandés la apretó hasta dolerle los huesos y repetía para convencerse a sí mismo palabras dulces y musicales como mi amor, mi vida, mi alma.
Se separaron a duras penas con la mirada cargada de promesas, de sentimientos inabarcables y contenidos, de palabras no dichas pero adivinadas, porque las miradas hablaban, reflejaban la ansiedad y el amor que los aguardaba.
Una vez de pie, volvieron a besarse, sedientos de labios se demoraron en explorarse, en aprenderse la boca soñada, preludio de una noche prohibida.
Leonor regresó a la casa con el ánimo ligero, con la sonrisa en la boca, con el secreto reventándole el pecho. Había atendido la llamada de la vida, reclamaba su parte en ella, dejó que la naturaleza actuara y calló la razón gobernada por los dictados de una sociedad encorsetada y estrecha, sumida en deberes y obligaciones. Disponía de dos semanas antes de que llegaran los carruajes a recogerlos, dos semanas para recordarse que era mujer, que amaba y que era amada.
Las mujeres habían regresado del pueblo y doña María la recibió hosca.
—¿Dónde os habíais metido, excelencia? ¡Me vais a matar de un susto!
—Salí a dar una vuelta —y ante la mirada reprobatoria, añadió—: no bajé a la playa, me acerqué hasta el borde del prado y ahora regreso.
Deberíamos sugerir al administrador que ponga un banco allí, a la sombra del árbol —propuso despreocupadamente.
Fue consciente de que doña María la escrutaba recelosa, tratando de adivinar a qué se debía su locuacidad o los colores que adornaban su rostro.
Se sonrió, pues ni en años llegaría a la conclusión correcta.
La tarde pasó con una lentitud exasperante y la inquietud de Leonor aumentó de forma proporcional al comprobar que el sol se tomaba su tiempo para descender del cielo. Durante la cena procuró que los nervios no la traicionasen, aunque fue la primera en terminar la colación, cuando su natural era más bien el de comer despacio.
Doña María callaba, pero ambas se conocían demasiado bien como para que Leonor no intuyese que la vigilaba estrechamente para averiguar qué le sucedía. La asistió para desvestirla, le deshizo el peinado y se retiró hasta el día siguiente.
Leonor aguardó asomada a la ventana: presenció cómo el cielo cambiaba de un tono azul oscuro a uno más negro, la luna se alzó como reina de la noche coronada de estrellas. Cansada de estar de pie, se recostó en la cama elucubrando por dónde entraría, imaginando cómo se deslizaría escaleras arriba, rezando porque no fuera descubierto.
La ansiedad y la espera la agotaron y se durmió sin quererlo hasta que sintió que la cama se movía, que una mano repasaba su mejilla. Abrió los ojos y se enfrentó a unos verdes que refulgían a la luz de la vela llenos de pasión. Sonrió y le devolvieron la sonrisa. Los brazos partieron a enlazar el cuerpo deseado y los de él la estrecharon amorosos. Los labios se unieron como dos viejos amigos y con la confianza de esa amistad recorrieron la piel ajena, despertando nuevas sensaciones. Leonor gimió cuando la lengua descendió por el cuello, a la vez que unos dedos maestros desanudaban los lazos de la camisa de dormir, y siguió el rumbo ininterrumpido hacia el pecho. El cuerpo respondió arqueándose contra la piel morena. Las manos recorrieron la dureza de los músculos en tensión del hombre. Él era la ola que rompía implacable contra el acantilado del cuerpo prohibido. Los besos de Patrick sabían a mar, los labios recorrieron la nívea carne dejando un rastro salado y encendiendo el deseo. Ella era la arena que el mar moldeaba a su antojo, lo rodeó con las piernas y le ofreció el refugio de la playa, cálida y acogedora, la marea de su pasión la invadió con la fuerza de la pleamar, la fusión perfecta de dos elementos contrarios, tan necesitados el uno del otro, tan distintos. El mar lamía la playa y la playa absorbía el mar, perdiéndose en los embates rítmicos, constantes, con el aliento rugiendo palabras de amor. El cuerpo fluía entre las piernas de arena, sobre la playa en la que moría de amor hasta que la bajamar los separase.
Leonor sonrió satisfecha al sudoroso amante, remisa a dejar de abrazarlo. Acarició su piel con manos glotonas que ascendieron hasta el cabello que revolvió divertida.
—Déjame un poco de espacio y luego me estrujas de nuevo, mi amor.
Leonor abrió la prisión de las piernas y él se separó. Asombrada, presenció cómo se retiraba la bolsa llena de semen que envolvía el miembro.
—¿Qué es eso?
—¿No pensarías que iba a dejarte preñada?
—No pensé nada —se sinceró—. Estaba dispuesta a asumir las consecuencias de mis actos.
—Pues yo no. No soportaría que un hijo nuestro se criara en una inclusa.
—Ni yo. Mi padre me ayudaría.
Leonor contempló con consternación la cara de incredulidad del irlandés.
—No conoces a mi padre —insistió.
—Lo suficiente para saber que ahogaría a la criatura y a mí me colgaría de un árbol. No correré el riesgo ni tampoco dejaré que pases semejante trance sola. Eres demasiado importante para mí y un hijo nuestro sería un regalo, la culminación de nuestro amor. ¿Cómo dejarlo solo en el mundo, como si fuera un desecho, escoria, el fruto de un amor prohibido? Es algo impensable que no deseo. Lo que yo siento es algo puro, bueno, aunque el mundo lo denigre y lo considere contrario a la ley. No permitiré que lo mancillen con palabras o actos envidiosos y malintencionados.
Leonor tomó su cara entre las manos y besó su frente, sus ojos, su nariz, sus pómulos, las comisuras de los labios, hasta que sus bocas se encontraron y la marea recomenzó la carrera hacia la pleamar.
Leonor se despertó con la luz del amanecer, pues las cortinas del lecho se encontraban descorridas, lo que fue un alivio cuando contempló el desarreglo del lecho, la vela totalmente consumida y ella desnuda. Patrick ya no estaba. En algún momento, previo al amanecer, había abandonado la casa. Se levantó y comenzó a poner orden para no levantar las sospechas de doña María.
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