La playa del irlandes
Capítulo 20
Ribadesella, otoño de 1638.
Patrick contempló la larga playa con nostalgia. Habían sido muchos los meses que había estado ausente y se preguntaba si Leonor habría regresado ese verano. Los barcos rebasaron la barra con la pleamar y maniobraban antes de echar las anclas de las amuras. En el muelle se agolpaban los amigos, los familiares y los curiosos. El abogado lo saludó alegremente y Patrick alzó el brazo como respuesta. Las chalupas se botaron al agua y se apresuraron a desembarcar después de dejar un retén de guardia. Richard concertó una reunión a la mañana siguiente entre los cabos y don José Manuel antes de retirarse con su familia. No habían terminado de hablar cuando José Manuel lo arrastró fuera del muelle.
—Esta noche cenáis en mi casa y no admito una negativa por respuesta.
—Estará contenta doña Teresa con casa propia —fue más una afirmación que una pregunta.
—Yo también. Nunca soñé que me asentaría tan pronto ni que sería propietario tan joven.
—¿Pasó aquí el verano? —lo preguntó porque le quemaba la boca, le corroía la incertidumbre. Necesitaba hablar de ella.
—Llegó en abril y se marchó a primeros de septiembre —contestó lacónicamente el abogado.
—Mucho tiempo, ¿me esperaba?
—Luego hablamos —eludió José Manuel.
—¿Sucede algo grave? —se alarmó Patrick.
—No, que yo sepa —respondió con una sonrisa.
Patrick respiró aliviado. Se separaron y Patrick se retiró a la casa de Brian para realizar su ritual de aseo y desparasitación. Aunque no la hubiera visto, el hecho de que hubiera residido allí esos meses, le alegró.
Significaba una pequeña esperanza de reencontrarse, de amarse de nuevo, una luz en medio de la oscuridad, ganas de seguir viviendo, un futuro.
Llegó temprano a la casa de José Manuel porque le apetecía charlar un rato sobre algo que no tuviera relación con el mar. Le pasaron a la sala recién amueblada, amplia y luminosa. Oyó el llanto de un niño y el canturreo de una mujer. José Manuel llegó con un niño de unos cinco meses en brazos.
—No le ha gustado que lo despierten —aclaró José Manuel.
—¿Sois padre? Enhorabuena —felicitó Patrick entusiasmado—. No me fijé en el embarazo de Teresa.
—Porque no ha estado embarazada, aunque ahora sí lo está —corrigió José Manuel.
—¿Y el niño?
—Es vuestro —informó llanamente el abogado.
—Os han engañado. No he mantenido relaciones con nadie en Ribadesella. ¿No será la muchacha que quiso drogarme?
—Pues la duquesa se va a llevar un disgusto, decía que era exacto a vos.
—¿Se lo habéis dicho a la duquesa? ¡Dios mío! ¿Qué habrá pensado de mí? —se alarmó Patrick.
—Dijo que seríais un padre magnífico —ratificó José Manuel.
—Sois un estúpido. No es mi hijo —soltó Patrick furioso.
—Pues la duquesa aseguró que vos erais el padre y no creo que sea una mujer que se esté acostando con varios a la vez.
—¿La duquesa? ¿Queréis decir…? —La mente de Patrick se fue aclarando—. ¡Por eso ha pasado tantos meses! Vino a dar a luz discretamente. ¡Es nuestro hijo! ¡Tunante! Habéis jugado conmigo.
José Manuel depositó al niño en los brazos del padre, quien lo alzó y lo miró por primera vez con los ojos velados por la emoción. El niño estaba bien alimentado y le sonreía a la vez que intentaba tocarle la cara con sus manitas. Patrick no conseguía asimilar la noticia ni teniéndolo delante: era su hijo, de ambos. Su unión había producido su fruto sin él saberlo. ¿Cómo
lo habría pasado Leonor? Se volvió para preguntarle al abogado pero había desaparecido. Se aproximó a la ventana y acercó la cara a las manos de su hijo quien lo pellizcó y palmeó mientras hacía gorgoritos. Leonor lo había gestado, lo había parido y se lo había entregado, lo había hecho por él: ya no estaba solo, tenía una responsabilidad. Lo estrechó contra su pecho conmovido por el amor de Leonor, besó su cabeza con la seguridad de que ella la habría besado mil veces, consciente de lo que debería de haberle costado separarse de su hijo.
—Disimuló el embarazo hasta que ya no le fue posible. Pidió ayuda a su padre y este la reclamó a su lado. Se reunieron en vuestra casa y el duque se llevó a La Coruña a Pedro. La primera semana de septiembre pasó a recogerla y se fueron a Madrid, como si hubieran estado juntos todo el verano —le relató José Manuel, que había regresado.
—Entonces el duque está enterado de todo —resumió Patrick receloso.
—Excepto de vuestro nombre, pero es un hombre perseverante.
—¿Cómo os permitió quedaros con él?
—Por amor a su excelencia. El duque es mayor y su hija lo es todo para él. Tarde o temprano os localizará. No obstante, si consiguiera vuestro nombre, dudo que hiciera algo ahora que conoce los sentimientos de la duquesa.
—Es el mejor regalo que me han hecho jamás. —Volvió a besar al niño
—. ¿Ha sido bautizado?
—Patricio, como su padre, aunque se le ha ocultado al abuelo. Se quedará con nosotros hasta que dejéis el mar. Por el momento, tiene un ama de cría.
—Decidme lo que cuesta todo. Os dejaré una buena suma para que no le falte de nada.
—Llegáis tarde. La duquesa le ha asignado todos los beneficios de corso que obtenga de ahora en adelante.
—¿Queréis decir que este mocoso es mi nuevo armador?
—El armador de corsarios más joven —ratificó José Manuel con una sonrisa.
—Preparad los papeles para dejarle mi pequeño patrimonio en caso de que me sucediera algo. Hemos conseguido veinticuatro mil ducados en
estos meses —José Manuel silbó admirado—, calculo que en un año pueda retirarme.
—Lo imaginé y me adelanté. Después de la cena, los firmaremos.
Patrick se encerró en su habitación con el olor de su hijo en la camisa.
Todavía le costaba creer que era padre. Se dejó caer en la cama y se quedó mirando el techo. Comenzó a calcular cuánto había ahorrado y cómo lo invertiría. Al ritmo que llevaba, se retiraría en un año con capital suficiente para vivir holgadamente el resto de su vida. El futuro, una sombra de soledad y tristeza, se había permutado por un tiempo lleno de planes, de responsabilidad y compañía. Ese pequeño pedazo de carne y ojos había trastocado su existencia, lo había revivido.
A la mañana siguiente, Richard desplegó su energía ante ellos: repartió beneficios, liquidó la parte real, encargó el cuidado y reparación de las naves a Colm, aleccionó sobre la forma y las características de una nave de trescientas toneladas a Patrick y a Brian para que gestionaran su construcción en Guarnizo, mientras él viajaba a Madrid.
Esa misma tarde realizaron los preparativos del viaje a Guarnizo para salir al amanecer. José Manuel lo convenció de que era una oportunidad para invertir en los astilleros y le facilitó el nombre de un abogado de Santander, amigo suyo, para que lo gestionara y asesorase en el asunto.
Patrick se despidió de su vástago con pena, pero ya conocía a Richard de hacía años y no era hombre que permaneciera inactivo. Todo el que se arrimaba a él era absorbido por su energía; sin embargo, ahora veía el lado positivo: el año pasaría como un suspiro y alcanzaría el sueño de retirarse y vivir junto a su hijo y, quizá, si el Cielo se mostraba clemente, podría disfrutar de algún encuentro casual con Leonor.
José Manuel aprovechó la ausencia de su amigo para poner al día toda la documentación que le había exigido Pronovil y para enviar un estado de cuentas a la duquesa con alguna alusión velada sobre el potro que había adquirido y el emotivo encuentro con el semental.
Esa mañana se había quedado trabajando en el despacho que había habilitado en la planta baja para recibir a la clientela. Teresa había salido
con la niñera y el chiquillo al mercado de los jueves, la única distracción que había en la pequeña villa que permitía romper con la monotonía diaria.
Por la ventana divisó a la cocinera que se dirigía al gallinero con un cuenco bajo el brazo y apartaba al lechón de su camino. Regresó a sumirse en la tarea cuando oyó un golpe sordo, como de una ventana que se abriera de golpe. Se levantó para investigar el ruido y se asomó a la puerta. Oyó gritos en la calle y reconoció el vozarrón del irlandés Colm, así que dejó la ventana y se dirigió a la puerta de la entrada para enterarse de qué sucedía.
Salió al exterior y observó que los dos irlandeses regresaban hablando y mirando hacia atrás.
—¿Qué ha ocurrido?
—Eso preguntamos nosotros. Los hemos sorprendido saliendo de vuestra casa por una ventana —informó el hombretón irlandés.
—¡El ruido! Eso debió de ser —cayó en la cuenta José Manuel y entró corriendo. Los dos hombres lo siguieron.
—¡Me ha robado! —gritó la cocinera.
—¿Qué os han llevado? —inquirió el abogado extrañado.
—¡La gallina que estaba en el asador! Nos han dejado sin la comida de hoy. ¡Qué voy a hacer! —se lamentó la señora.
A José Manuel no le pareció grave el asunto de la gallina, así que siguió recorriendo la casa. El desaguisado había tenido lugar en el sitio más insospechado: la estancia del niño y del ama de cría.
—¿Qué buscaban aquí? —cuestionó Colm.
—¡Corred! Id en busca de doña Teresa y escoltadla hasta aquí. Igual buscaban al niño —exigió José Manuel alarmado.
Mientras los dos irlandeses cumplían con su deseo, el cerebro trabajaba rápido. El único que conocía la existencia del niño era el duque, a pesar de la evidencia se negaba a creer que fuera capaz de atentar contra el niño.
Uno de los irlandeses, que había regresado, interrumpió sus reflexiones instándolo para que acudiera a la plaza del pueblo, donde se había organizado un gran revuelo a causa de un asesinato.
José Manuel lo siguió con el alma en vilo. La plaza había sido invadida por los vecinos, aun así, imperaba el silencio. En el centro, el regidor y dos ayudantes del alguacil interrogaban a los presentes. José Manuel distinguió
a Teresa y al ama con el niño y respiró aliviado; se acercó al regidor que lo aguardaba.
—Han asesinado a la vendedora de semillas —informó escuetamente—.
La curandera acusa al cabo O’Duinn.
Nada más pronunciar estas palabras, los irlandeses protestaron a viva voz. El regidor llamó a la calma.
—Es imposible —refutó el abogado—, se encuentra ausente como vos sabéis muy bien. La curandera era muy amiga de esa muchacha que perseguía al cabo sin ningún recato. El señor O’Duinn la rechazó, fin de la historia. Por resentimiento no se puede acusar a un hombre.
—La muchacha lleva muerta varios días, por lo que no queda eximido el cabo; sin embargo, el señor Herminio, vendedor de telas, nos ofrece otra versión.
—La semana pasada estuvieron dos hombres preguntando por una duquesa —varias personas confirmaron de viva voz la declaración del vendedor textil—, nadie les dio razón y yo les expliqué que por aquí no paraba gente tan importante, pero la muchacha los atendió y se entretuvo hablando con ellos en voz baja. Aparentemente se marcharon y la chica siguió en el puesto.
—¿Cómo eran esos hombres? —intervino el cabo Colm, deseoso de exculpar a uno de los suyos de tan atroz crimen.
—De mala catadura, con numerosas heridas y señales en la cara. Uno de ellos vestía un calzón de verde brillante, de un terciopelo demasiado caro para un hombre como él.
—Esos son los que hemos visto salir por la ventana de la casa de don José Manuel, incluso añadiría que parecían soldados. He visto muchos de esa clase en Flandes —corroboró Colm.
—¿Alguien más los vio o habló con ellos? —preguntó el regidor. Al comprobar que eran bastantes, les conminó a presentarse ante el alguacil, quien se hallaba en esos momentos en casa de la víctima, y a realizar la pertinente declaración.
—¿Creéis que seguirán adelante con la acusación de la maldita curandera? —consultó Colm a José Manuel.
—No. Dos extraños han estado en la villa y la declaración del señor Herminio me parece que está fuera de prejuicios como los de la curandera.
Por si fuera poco, han robado en mi casa. Podéis quedar tranquilo.
Quien no quedó nada tranquilo fue él. Acompañó a Teresa a casa y por el camino le explicó lo sucedido, mientras le narraba los hechos, su mente siguió trabajando: definitivamente, la sospecha sobre el duque de Maqueda se había diluido. A través de su padre conocía los procedimientos del noble y el asesinato no figuraba entre ellos; además, esos soldados, pues ahora no le cabía duda al respecto, indagaban sobre la duquesa. Dejó a las mujeres en casa y se fue a buscar al alguacil, con el que se tropezó una calle más allá; regresaba de casa de la muchacha.
—¿Podéis confiarme cómo murió?
Por razones de oficio había tratado en más de una ocasión con Roque.
—No es un secreto. La violaron varias veces y la degollaron. Estuvieron viviendo allí mismo, a juzgar por los lechos y el desorden. Nadie se ha enterado porque vivía apartada para tener más espacio para la huerta y los semilleros.
—¿Por qué harían algo así?
—Ni idea. Cuando interrogue a los vecinos, igual obtenemos más respuestas.
—La curandera ha acusado públicamente al señor O’Duinn —le confió José Manuel.
—Es absurdo —negó meneando la cabeza Roque—. El señor Patrick es un caballero de los pies a la cabeza. La curandera y la muchacha, que Dios tenga en su gloria, nunca han sido trigo limpio, dos liantes de mucho cuidado. No os apuréis, vuestro amigo está libre de sospecha. Con lo que he visto en la casa es suficiente para exculparlo a pesar de la acusación.
José Manuel rumió la información de camino a casa. Si habían pasado casi una semana en la casa de la muchacha, habrían observado los movimientos de la población: su casa había sido vigilada y el niño localizado. La muchacha conocía la existencia de la viuda en la casa de Sebreño y no le habría costado llegar a una conclusión, pues era una chica lista. Tendría que inspeccionar la casa de Patrick pero no se arriesgaría a
dejar solas a las mujeres mientras esos dos tunantes anduvieran en paradero desconocido y tampoco se atrevía a subir solo. Decidió pedir ayuda a Colm.
Al día siguiente, subió con Colm a Sebreño mientras dos de sus hombres guardaban la casa en Ribadesella. Tal y como sospechaba, habían saltado el muro, habían trepado a uno de los balcones y habían roto la ventana por la que entraron. Abrió la puerta y accedieron al oscuro interior.
Encendió una vela y recorrieron la casa. El mayor desorden se hallaba en la habitación principal y en la biblioteca. A José Manuel no le cupo duda de que buscaban algo que inculpara a la duquesa o que arrojase alguna luz sobre la identidad del amante. Mientras Colm intentaba solucionar el estropicio de la ventana, entró en el excusado y, con alivio, comprobó que todo estaba en orden. A excepción de dos candeleros de plata que Patrick había adquirido en el último viaje, no echó de menos nada más, aunque le fue imposible asegurar que no faltase algún libro personal de la biblioteca.
—Bonita casa. Así que ahí es donde pasa los veranos la viuda —
comentó Colm de regreso.
—Se la alquila Patrick y así no está tanto tiempo vacía —reveló José Manuel.
—¿Es de O’Duinn? ¿Y por qué le alquila una habitación a Brian?
—Está en el puerto. Poco a poco, va invirtiendo y amueblándola para cuando se retire. Quiere formar una familia algún día.
—Como todos. ¿Vos le ayudasteis a conseguirla?
—Como la de Brian —confesó el abogado—. Llevo los intereses en tierra de varios de vuestros compañeros.
—Tengo echado el ojo a la hija del alguacil, aunque todavía es pronto para decidir nada. Igual también os necesito en un futuro.
—¿No es demasiado joven?
—Si me duermo, igual me la quitan —replicó serio el hombretón—. No quiero pecar de curioso pero ¿por qué creísteis que querían secuestrar a vuestro hijo?
—No es mi hijo —confesó José Manuel—. Cuidamos de él hasta que el padre pueda hacerse cargo de él.
—Lo sabe todo Ribadesella —aclaró Colm—. Es imposible que doña Teresa haya dado a luz y esté en avanzada gestación de otro.
—No hemos intentado engañar a nadie. Sencillamente no lo hemos comentado, no es nuestro secreto.
Se despidieron en la entrada de su casa y se retiraron los irlandeses a casa de Brian, donde dormían. José Manuel entró directamente en el despacho y se sentó mirando hacia la ventana. Necesitaba ordenar las ideas y decidir cómo proceder. El conde de Trujillo había descubierto, de alguna forma, el secreto de la duquesa. Los dos soldados, pues no dudaba de la percepción de Colm, habían escapado y llevarían alguna prueba a su superior. El niño corría peligro y, probablemente, también su familia.
Patrick se hallaba ausente pero, aunque regresase, tendría que partir de nuevo y ellos quedarían a merced del enemigo. El único que podía ayudar y protegerlos era el duque de Maqueda y exigiría el nombre del padre en justa compensación. El duque estaba en San Sebastián, la residencia habitual, mientras que las de Madrid y La Coruña eran más ocasionales. Allí se encontraba la familia de su mujer que los acogería feliz ante el advenimiento del nuevo miembro. El mayor reto sería realizar el viaje sin incidencias, necesitaban algún tipo de escolta por si acaso los mantenían vigilados, pues en el camino serían un blanco muy fácil. La madeja engrosaba a ritmo vertiginoso, tendría que confiar en Colm, que fue cabo de presa de Patrick durante unos años y había buena amistad entre ellos. A cada paso, había más personas implicadas, pero no había tiempo.
Antes de la cena buscó a Colm en el muelle, ya que era el encargado de las reparaciones de las naves.
—Debo pediros un favor en nombre de Patrick O’Duinn.
—El niño es suyo —no fue una pregunta sino una afirmación— y de la viuda que se aloja en la casa. ¿Por qué teméis su secuestro?
—Como os dije, no es mi secreto. Escuchad, la vida del niño corre peligro. Ya habéis visto cómo las gastan esos hombres. Necesito trasladar el niño y a mi familia a San Sebastián cuanto antes, pero temo que nos acechen en el camino. No puedo esperar a Patrick quien, por otro lado, deberá partir en cuanto regrese Pronovil.
—Os comprendo. Lo más inteligente es que partáis mañana mismo, así las mujeres no hablarán con nadie. Os proporcionaré la escolta adecuada y
ya le cuento a O’Duinn lo que ha sucedido, así me entero de en qué anda metido.
José Manuel se sonrió ante lo cotillas que eran los irlandeses, pero ese era un problema de Patrick, bastante tenía él ya con el que debía solventar.
Regresó a casa y le expuso a Teresa la situación y la resolución que había tomado. Tal y como sospechaba, no puso ningún reparo a la idea de dar a luz junto a su familia. Inmediatamente comenzó a impartir órdenes para que los equipajes estuvieran dispuestos para el amanecer. José Manuel se encargó de alquilar un carruaje para las mujeres y el niño y una carreta para los arcones; los hombres cabalgarían.
Colm fue a despedirlos y le presentó los seis hombres que había escogido como escolta. A alguno lo conocía de vista, disponían de su montura e iban fuertemente armados. Acordaron allí mismo la manutención y el sueldo.
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